THE LIBRARY
OF
THE UNIVERSITY
OF CALIFORNIA
LOS ANGELES
lUS^:^
GIFT OF
Clark J, Milliron
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HISTORIA
DE LOS PP. DOMINICOS
EN LAS ISLAS FILIPINAS
Y m m MISIOIS DEL JAPÓN, CHINA, MGRl Y FORMOSA.
HISTORIA
DE LOS PP. DOMINICOS
EN LAS ISLAS FILIPINAS
Y EN SUS mmm del japón, china, tü.\g-kin y foíimosa,
QUE COMPRENDE
LOS SUCESOS PRINCirALES DE LA HISTORIA GENERAL DE ESTE AUCHIPIÉLACx.O,
DESDE EL
DESCUBRIMIENTU Y CONQUISTA DE ESTAS ISLAS POR LAS FLOTAS ESPAÑOLAS,
hasla el m de 1840.
OBRA ORIGINAL É INÉDITA DEL
M. R. P. Fr. JUAN FERRANDO,
UECIOR Y CANCELARIU QVE FUÉ DE LA UMVICR.SIUAÜ DE SANTO TOMÁS DE MANILA,
Y COIIRKGIDA, VAIUADA Y REFUNDIDA
EN SU PLAV, EN SUS FORMAS \ EN SU ESTILO
POR EL M. n. \\ F\\. JOAQUÍN FONSECA,
PROFüSOR DE TEOLOGÍA, Y VICE-HECTOR DE LA MISM V LMVERSIDAÜ
CON UM /II'KNDICK H\STA NUESTROS 1)US.
SE IMPRIME FOn ORDEN UEL DI. B. P. FROVINCIAL
Fr. PEDRO PAYO.
TOMO I.
COA I.AS I 1CE^CI.\S i\ECESAI\IAS.
MADRID.— 1870.
IMPUENXA y HSTERKOTIPIA DE M. RIVADENEYRA,
calle del Duque de Osuna, numero 3.
ntispiclo eje la Iglesia conventual de Santo Domingo de Manila, reedificada después del terremoto del 3 de Junio de 1S63 ,
siendo F^rovincial el M. R. P. Fr. Domingo Tresserra.
•y.f
Á LA GLORIOSA VIRGEN MADRE,
REINA DEL SANTÍSIMO ROSARIO,
señora:
Antes de pisar el suelo filipino los venerables fundadores de la Provincia,
que por tantos títulos es vuestra, colocaron sus trabajos bajo vuestros auspi-
cios amorosos. Reunidos en la capital del nuevo Mundo en 1586, y próxi-
mos á trasladarse á los países más remotos, con el fin de propagar en ellos el
reino de vuestro Hijo amantísimo, creyeron que ante todas cosas debían ele-
giros por Patrona de su obra. Y en efecto, en las Ordenaciones primordiales
que establecieron en 17 de Diciembre de aquel año, como su base y funda-
mento, dieron á esta Provincia el glorioso título de vuestro Santísimo Rosa-
rio. Animados con la poderosa protección que esperaban de vuestra piedad,
luego que llegaron á Manila dieron principio á sus tareas apostólicas , y con
ella vencieron mil y mil dificultades, para plantear el estandarte de la Cruz
entre naciones bárbaras y propagar la luz brillante de la fe en donde una den-
sa niebla tenía sumergidos á sus infelices habitantes en las tinieblas de la igno-
rancia y del error.
Pero las islas Filipinas eran un campo demasiado reducido para el ardiente
celo de aquellos apostólicos varones; habían renunciado generosamente las co-
modidades de la madre patria para llevar la palabra de salud á los infieles, y
no podían permanecer tranquilos en Manila, cuando veian en su alrededor
reinos muy extensos y poblados de paganos, que ignoraban todavía la doctri-
na de la fe. Sin abandonar los bosques de Luzon, mientras unos se ocupaban
en desmontarlos y cultivarlos, otros, atravesando tempestuosos mares, se pre-
sentaban con la mayor intrepidez en Japón, en la Formosa, en Camboja, en
China y en Tung-Kin, procurando, como laboriosos y fieles operarios, sem-
brar en todas partes la semilla del santo Evangelio y renovar los tiempos apos-
tólicos, con su desprendimiento de los bienes temporales, con su ardiente celo
por la gloria de Dios, con su valor heroico en sostener la verdad que predi-
caban'; sufriendo un gran número de ellos prisiones, destierros, tormentos, y
la misma muerte en medio de suplicios espantosos.
La tierra, sin embargo, que tantos varones eminentes han procurado cul-
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t¡\ar, no ha sido la más agradecida; en unas partes la crueldad de los tiranos
ha obstruido enteramente la entrada á la luz del Evangelio, en otras las pre-
ocupaciones y la suspicacia de los hijos del error han detenido sus progresos, y
en todas ha sido necesario hacer esfuerzos indecibles para conservar lo que
una vez se ha plantado. Esto no obstante, el celo de los modernos hijos de
Domingo no ha degenerado todavía; aun los hay que, émulos de las glorias
de sus padres, se ocupan con igual constancia en propagar y conservar la doc-
trina de la fe, sin temer ni la cuchilla del tirano, ni el destemplado y ardo-
roso clima de países intertropicales, habitados de neófitos y bárbaros. Así ga-
nan millares de almas para Dios, y propagan la gloria de su divino nombre
en donde no era conocido; y es preciso confesar que todos estos frutos vues-
tros son, oh Madre amorosa, porque vos alentáis el fervor de vuestros siervos,
y fecundáis las tiernas plantas que cultivan bajo vuestro amparo poderoso.
Yo, Seniora, bien quisiera poderos presentar ahora alguna prenda de gran
valor, digna de Vos; pero tengo el desconsuelo de no hallar en mí sino la
buena voluntad. Salí, lo confieso, de mi patria animado de los mismos senti-
mientos que nuestros padres; pero no he tenido la dicha, ó más bien no he
sido digno de ser contado entre los hermanos que tan gloriosamente honran
todavía la Orden y Provincia que protegéis con tan amorosa piedad. Pero ya
que no puedo ofreceros tareas apostólicas, conversiones de infieles, conflictos
y padecimientos sufridos entre salvajes y tiranos, os ofrezco, no obstante, lo
que puedo : la Historia de vuestra Provincia predilecta, que, con el auxilio del
Señor y vuestra mediación, he terminado. Recibid, Señora, este pequeño tra-
bajo, que el menor de vuestros siervos os dedica, y dignaos bendecirlo, á fin
de que pueda ser útil á mis hermanos, y vuestro nombre glorioso sea siempre
más engrandecido y honrado.
A vuestras sagradas plantas, el menor de vuestros siervos,
Fr. Juan Ferrando.
AL LECTOR.
En cuatro partes se habian publicado los hechos gloriosos de los hijos de la
Prov'mcici del Santísimo Rosario que han tenido lugar en estas regiones asiáti-
cas, desde que á ellas aportaron en 1587 hasta 1765, y conforme á este mé-
todo deberían ahora publicarse los restantes en una quinta, como prosecución
de las primeras. Mas esto sería dar á los lectores una historia incompleta, y
privarles de las noticias que en aquéllas se contienen.
En efecto, la primera, escrita por el limo. Sr. D. Diego Aduarte hasta el
capítulo LV de su segundo libro, y proseguida hasta el fin por el venerable
P. Fr. Domingo González, con la segunda, que compuso el P. Fr. Baltasar de
Santa Cruz, habian sido impresas en Zaragoza el año de 1693, y de ellas
apenas habia cu;uro ejemplares en las islas Filipinas. Poco menos sucedía con
la tercera y cuarta, escrita aquélla por el P. Fr. Vicente Salazar, y ésta por
el limo. Sr. D. Fr. Domingo Collántes, á excepción de los sucesos referidos
en los diez y ocho primeros años, que, como dice el mismo autor, lo fueron
por el P. Fr. Luis Sierra. La reimpresión de estas cuatro partes, ademas de
que sería muy costosa, su lectura en el dia ofrecerla muy poco interés, ora
por la diversidad de su estilo, ora por su demasiada difusión. Esto me ha
movido á presentar la Historia de la Provincia en toda su integridad, compen-
diando las noticias que nos trasmitieron los autores referidos desde el princi-
pio hasta el indicado año de 1765, en que la dejó el limo. Collántes, y en
seguida proseguirla bajo un mismo método hasta los tiempos más recientes-
Esta idea ya trataba de realizarla el citado autor de la cuarta parte, lo que no
hizo, tal vez, por haber sido promovido poco después á la silla de Nueva Cá-
cercs.
Sin embargo de lo dicho, para escribir la historia de lo acontecido en el
dilatado espacio de ciento ochenta años, de que hablan las cuatro partes re-
feridas, no me he limitado á las noticias que en ellas se refieren; para mayor
exactitud he procurado consultar cuantos documentos existen todavía en los
archivos del convento y colegios de Manila, y los escritos que se han publi-
cado hasta nuestros dias relativos á los sucesos de las islas Filipinas y sus mi-
siones. Aun he llevado mis trabajos más allá de lo que pedia la historia p.u-
ticular de una provincia religiosa; la primera parte da principio con la funda-
cion de la Provincia del Sntit'is'nno Rosario , y con ella sola el lector casi nada
puede saber de lo que pasó en las expresadas islas hasta entonces. Para llenar
este vacío, he creido oportuno dar en compendio una noticia de la topogra-
fía y estado del país, así como también de la historia de los sucesos más no-
tables que acontecieron en las mismas, desde la expedición de Magallanes
hasta la llegada de nuestros fundadores á Manila. Y á fin de que la lectura
fuese más amena y variada , he procurado interpolar los sucesos más notables
que se han verificado aún en lo político, los que no han sido enteramente
ajenos de la Provincia; porque en casi todos ellos han tenido alguna parte,
ora activa, ora pasiva, algunos religiosos de la misma. El que tratara en el dia
de dar á luz una historia general de Filipinas, con dificultad podria presentar
suceso alguno memorable, que no se halle en los once libros y puntos preli-
minares de la presente.
Excusado es hablar ahora de la gran dificultad que se me ha ofrecido para
referir los sucesos de los últimos setenta y seis años. Sus noticias, si se excep-
túan las que existen en las actas de los Capítulos provinciales. Consejos de Pro-
vincia, y algunas relaciones de hechos aislados, ha sido indispensable reco-
gerlas de una multitud innumerable de cartas y papeles sueltos, que, cuando
se escribieron, no pensaban ciertamente sus autores que habían de servir para
la prosecución de la Hisloria. El trabajo que para coordinarlas ha sido necesa-
rio emplear, sólo el que se ha ocnpado en dar á luz esta clase de escritos po-
drá justamente apreciarlo. Esto mismo podrá ser un motivo poderoso para
inducir al lector á usar de indulgencia acerca de los defectos que notare.
ADVERTENCIA. — Las censuras y aprobación de toda la obra
se pondrán en el último tomo.
OTRA. — Aunque se ha procurado dejar íntegro el texto del
autor, con todo, en algunas cosas principalmente de las siguientes
Nociones preliminares ^ se ha arreglado á las condiciones actualmente
existentes por lo que hace á la división territorial y administrativa
de las islas en su parte civil y eclesiástica.
PROTESTA DEL AUTOR.
En cumplimiento de los Decretos del Santísimo Pa-
dre Clemente VIII y de cualquiera otras determina-
ciones canónicas, protesto: que cuanto se contiene en
esta Historia perteneciente á las materias de que ha-
blan los expresados Decretos, no merece más crédito
que el de una persona privada que escribe de buena
fe. Protesto asimismo que cuando se refieren como he-
chos milagrosos los que no están aún autenticados le-
galmente, ó llamo mártires á los que no lo son ca-
nónicamente, no es mi ánimo prevenir el juicio infa-
lible del Romano Pontífice; tan sólo expreso el pare-
cer privado y piadoso de graves escritores que así lo
expresan.
NOTICIAS PRELIMINARES
Á LA
HISTORIA DE LA PROVIIIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
DE FILIPINAS.
SECCIÓN PRIMERA.
geografía y estado de las islas filipinas.
Situación. — Clima. — Montes y llanuras. — Rios y lagos. — Aguas termales. — •
Volcanes. — Minerales. — Vegetales. — -Reino animal. — Población. — Ra-
zas.— Estadística. — Parte política y administrativa. — Parte eclesiástica.
Forman las islas Filipinas uno de los archipiélagos
más notables que se conocen en el orbe. Situadas en la
zona tórrida, entre los 5° 30' y 22° 40' latit. N. y 123°
40' y 132° 20' longit. E. del meridiano de Cádiz (i),
gozan de la posición más ventajosa. El número de ellas
es difícil designarlo; pasan sí de ciento, y si se toman en
cuenta las pequeñas é islotes, hay quien las hace subir
á mil. Las más notables, mayores y menores, habita-
(i) Siguiendo nuestras observaciones, dice el P. Buzeta, las Filipinas se
hallan comprendidas entre los 120° 40' y los 130° 37' longit. E. del meri-
diano de Madrid, con una latitud comprendida entre los 5° 9' y los 21° 3'.
La longitud de Este á Oeste de las Filipinas en su parte meridional, formada
por las islas de San Juan, Mindanao y Palauan, consta de más de 180 le-
guas, y la latitud, desde las islas de Serangan , en el extremo S. E. , hasta las
Büschi septentrionales, como de unas 320.
Apenas se encuentran dos autores acordes en fijar lo.^ límites de este archi-
piélago.
— 2
das y sujetas al gobierno de S. M. Católica en todo ó
en parte, son las siguientes: Luzon, Mindanao, Min-
doro, Samar, Panay, Ley te. Cebú, Negros, Paragua,
Basil'an y Joló, las cuales ocupan una extensión consi-
derable. Entre las menores pueden reputarse Bohol,
Calamianes, Batanes, Babuyanes, Masbate, Catandua-
nes, Siquijor, Tablas, Romblon, Sibuyan, Burías, Po-
lilio y Ticau, y las Marianas, con otras de menor ex-
tensión. Su clima y sus producciones naturales son
muy variadas. Están muy distantes todavía de contener
la población de que son capaces, y para formar una
idea más exacta de su topografía, sería necesario visi-
tarlas, tanto en sus playas como en su interior, lo cual
es absolutamente impracticable, particularmente por lo
que toca á las mayores. Sus numerosos rios, sus impe-
netrables bosques, la insalubridad de la atmósfera en
los países montuosos, y las tribus salvajes y carnívoras
que hay en muchas partes, serán en todo tiempo una
dificultad insuperable para poderlas perfectamente des-
cribir. Daré, sin embargo, una noticia de lo más no-
table que hasta ahora se ha podido averiguar.
Clima. — No se experimentan por lo general en
ninguna de las islas Filipinas calores sofocantes, á pe-
sar de que el sol pasa dos veces perpendicularmente
por su suelo (i). Las brisas y monzones atemperan la
(i) Según observaciones aproximadas, el termómetro suele fijarse:
REAUMUR. CENTÍGRADO. FAHRENHEIT.
de Noviembre á Marzo 1 8,0 = á 22,0: 22,5 ==327,5
de Marzo á Junio 23,0 = 327,0: 28,8 = 333,8
de Junio á Noviembre 20,0 = á 25,0: 25,0=331,2
53,o = a 81,9.
84,0 = 3 93,9.
57,o = á 88,3.
— 3 —
atmosfera, y las lluvias, que suelen durar desde Junio
hasta Noviembre, constituyen una larga primavera.
Sólo en los meses de Abril y Mayo es el calor algo
molesto, con motivo de las calmas que hay en este
tiempo; pero aun entonces está muy lejos del que se
suele experimentar en muchas provincias de España en
los meses de Julio y Agosto. En Manila, en donde
molesta más que en otras partes por razón de los edi-
ficios de piedra y murallas, rara vez pasa de los 92 gra-
dos en el termómetro de Fahrenheit (i); sus efectos
tampoco suelen ser muy molestos, porque casi siempre
se traspira, y por otra parte, rara vez suelen faltar los
vientos de la mar cuando su actividad debiera ser ma-
yor. Las monzones, ó vientos periódicos, nunca faltan
en las islas; la del sudoeste, que en Manila se llama
vendaval, suele empezar por Julio y acaba á fines de
Octubre, la cual sopla con gran furia y trae lluvias (2).
La del nordeste principia regularmente por Noviem-
bre, y termina en Febrero ó Marzo; los tiempos inter-
medios los ocupan brisas variables y ligeras. El cambio
(1) Suponiendo que Manila tiene una latitud norte de 14°= 36' (Mon-
sieur de La-Lande le da solamente 14° 3c'), el sol cortará su vertical el dia 29
de Abril y el dia 13 de Agosto, pasando, por lo tanto, perpendicular sobre
la ciudad. Por lo mismo, su dia máximo será el dia 21 de Julio, teniendo
de duración 12 horas y 55', y de noche 1 1 horas y 5', incluyendo en éstas
los crepúsculos; y el dia mínimo el 22 de Diciembre, con una duración de
solas II horas 5', y 12 horas 55' de noche, con los crepúsculos, y será la
noche mayor.
El Sr. Cuarterón fija los puntos de la catedral de Manila, comparada en su
longitud con San Pedro de Roma, en esta forma : lat. N. 14° 35' 7", lon-
gitud E. 108" 27' 35", en un apéndice á su obra italiana Spiegíizione é Tra-
duxione dei xiv quadri relativi alie Isole , etc.
(2) Hace algunos años que se nota bastante irregularidad en estas monzo-
nes, particularmente desde el gran terremoto del ario 1863.
— 4 —
de las monzones no se verifica regularmente sin estre-
pitosos movimientos subterráneos ó atmosféricos, que
suelen ser funestos. Las tronadas que preceden á los
vendavales son espantosas: despiden las nubes muchos
rayos y lluvias furiosas, aunque de poca duración. El
vapor que se levanta entonces de la tierra, seca y llena
de grietas, causa enfermedades, como dolores de cabe-
za, etc. , y después de las tronadas se siguen las calmas,
que molestan. El otro cambio de monzón por lo co-
mún termina con huracanes ó tifones, llamados aquí
baguios ( I ) , los que suelen derribar los árboles más cor-
pulentos, y dejar la campiña desolada y las poblaciones
destrozadas. Afortunadamente su mayor duración no
suele pasar de seis ú ocho horas, y su radio no es de
mucha extensión; á veces en pocos dias se experimen-
tan dos ó más en unos mismos lugares. El que acon-
teció en Manila en 1B31 destrozó casi todos los bu-
ques que se hallaban en bahía, y arrojó muchos de
ellos á la playa. En Cavite la fragata Union, buque
de 600 toneladas, fué arrojada encima de la muralla
que se estaba fabricando. En la ciudad fueron desen-
cajados muchos balconajes de madera y conchas, y las
planchas de plomo que cubrían la Aduana, que se aca-
baba de construir, fueron arrancadas, y arrojadas á
gran distancia en todas direcciones.
No fué menos violento el que aconteció en la costa
(í) Baguio es un fuerte viento acompañado de lluvia. Suele durar 24 ho-
ras, variando cada tres ó más de dirección, de modo que en las 24 recorre
todas las direcciones de la brújula. El año de 1865 ha sido fecundo en ba-
guios, pues casi en todas las islas se han experimentado dos ó tres, los que
han causado desgracias y pérdidas de mucha consideración.
de Cagayan el dia 7 de Octubre de 1845 : todos los
pueblos, Pamplona y Buguey por una parte, hasta
Gattáran por la otra, fueron enteramente destruidos,
sin haberse librado los techos de las iglesias y conven-
tos. Pereció en ellos mucha gente é infinitos animales;
sólo en Camalaniúgan murieron doce personas y niu-
chas más quedaron mal heridas. Los campos y los
montes quedaron arrasados y abrasados como si hubie-
ran sido incendiados. Durante el huracán se sintió
temblar la tierra fuertemente y cayeron muchos rayos.
Nueve pueblos quedaron destruidos, y sus infelices
habitantes en la mayor miseria, la cual poco después
fué en gran parte aliviada, ora por la caridad del al-
calde y de los curas, ora por el donativo gratuito que
dio la Provincia del Santísimo Rosario y su colegio de
Santo Tomas, de la cantidad de cuatro mil pesos, con
otros tres mil que la Real Hacienda facilitó de las ca-
jas de comunidad. Muchos otros huracanes podríamos
citar, que, tanto en la mar como en tierra, han cau-
sado desgracias y pérdidas, que difícilmente se pueden
calcular.
Las lluvias son en Filipinas copiosas: en Manila, sin
embargo de no ser el punto en donde llueve más, se
han hecho experiencias, que han dado 98 pulgadas por
una lluvia media anual (i). En los montes del interior,
particularmente en los del N. de Luzon, suele caer
(i) Esto se escribió cuando en Manila llovia más que en la actualidad.
Según observaciones practicadas en un quinquenio, el término medio de la
lluvia calda anualmente son unas 74 pulgadas. En el año de 1860 llovió 86,
mientras que en 1864 llovió apenas 61 , y si algún año llueve más, ya se
considera como extraordinario en lluvias.
granizo alguna vez; pero el agua nunca llega a conge-
larse, ni aun en los meses de Diciembre y Enero, en
los cuales se suele experimentar un frió penetrante y
muy sensible, aunque en algunos puntos se la experi-
menta con principios de congelación en su superficie.
En estos meses, como los cuerpos no traspiran como
en tiempo de calor, hay más enfermedades, particular-
mente en la clase de españoles, de los cuales mueren
muchos (i). Sin embargo, las enfermedades más co-
(l) Es observación que hacen los estadistas y geográficos, de que bajo los
trópicos la estación del invierno es la menos favorable para la vida. Aunque
muchas sean las causas que contribuyen á fijar la mayor ó menor mortandad
en un país, con todo, los datos de defunciones comparados con los estados de
almas y de nacimientos suelen ser considerados como barómetro de la salu-
bridad de un clima dado. Según esto, Filipinas en su generalidad debe ser
considerado como un país bastante sano. Hay mucha variedad entre los auto-
res en fijar el término medio de la mortridad anual en Europa, y mientras
unos lo fijan en i por 33, otros lo extienden hasta i por 43. En una me-
moria ó sea Ensaco físico descriptivo de la provÍ7icia de Bataan, para la cual
proporcionó muchos datos el inteligente y observador D. lííigo Azaola, se
dice uque es cálculo generalmente admitido que en Filipinas de 21 personas
nace l , y de cada 39 muere i , cuyo cálculo es bastante aproximado al que
hemos hecho en vista de los datos suministrados por los estados de diez arios
de las corporaciones religiosas; pues aunque no han dado un resultado igual á
aquél (nacidos I por 22 '/j^; muertos i por 36 '/lo)' '^^ dudamos en lla-
marle aproximado á aquél, principalmente en cuanto á defunciones; porque
están incluidos los años pasados en que reinó el cólera en casi todo este ar-
chipiélago, y además porque el número de defunciones es mucho más exacto
que el de almas. De esperar es que, extendida la vacuna en las islas con
buenos vacunadores, sea el resultado de defunciones más favorable, por ser
muchos los que mueren en la infancia por las viruelas.
Las muertes en la clase de españoles son más, pues según los datos de de-
funciones de este distrito municipal salen á i por 21 en el año de 1865, si
es cierto lo que se dice, que hay unos 5.150 de la clase de españoles, sin
contar los mestizos, pues han sido unas 240 las defunciones; pero como se
cree más exacto el número de defunciones que el de vivos, en cuyo número
se queda corta la estadística, se cree también que es bastante excesivo el nú-
mero comparativo de defunciones. En España, en el quinquenio de 1858-62,
resultaron las defunciones, según la estadística, i por 36, y en las capitales
de provincia i por 28; y en el año 1863, i por 34, y 1 por 24 en las ca-
— 7 —
muñes son la disentería y la tisis, que provienen del
continuo calor, que altera é irrita el estómago. Por lo
demás, la suavidad del clima, la bondad de los alimen-
tos, el verdor y lozanía de los campos, con la abun-
dancia de todo lo que puede apetecer el gusto, consti-
tuyen á estas islas uno de los países más agradables del
mundo conocido. '
Montes y llanuras. — Son las Filipinas, por lo
general, bastante montuosas : la isla de Luzon está cor-
tada de varias cordilleras, habitadas solamente de sal-
vajes. El monte Mariveles, que está situado á mano
izquierda de la entrada de la bahía de Manila, es uno
de los más elevados ( i ) y da principio á una cordillera
que se prolonga hasta Bolinao, de la provincia de Zam-
bales, dejando una depresión en frente de Balanga y
otra en Llana-Hermosa. Al pié de esta cordillera por
el E. están las provincias de Bataan, Pampanga y Pan-
gasinan, confinantes por el mismo punto con las de
Nueva Ecija, Bulacan y Tondo, que, con la de Cavite,
situada á la otra banda de la bahía, forman unas lla-
nuras muy extensas, que dan muy ricas producciones
de arroz, azúcar y aííil. Desde la provincia de la La-
guna y Tayabas van saliendo otras cordilleras, de las
cuales la principal va discurriendo por toda la contra-
pitales. Siendo así que los datos que se han presentado de aquí son del dis-
trito municipal, no hay grande diferencia con España, aun cuando el núme-
ro 5.150 se considere exacto; y si bien es verdad que algunos españoles se
van á morir á España, habiendo contraído aquí la enfermedad mortal, con
todo se puede tal vez considerar esta rebaja en las defunciones como recom-
pensación de la rebaja que puede haber en el cómputo de los habitantes.
(i) Le dan de 3.900 á 4.. 800 pies de elevación sobre el nivel del mar,
costa hasta el cabo de Engaño, al N. de Luzon. De
ella salen varios ramales, en los cuales se elevan los en-
cumbrados montes de San Cristóbal (i) y Maquíling
en las márgenes de la Laguna de Bay; y desde Baler
la de los ilongotes, que separa las provincias de la
Nueva Écija y Nueva Vizcaya, la cual se prolonga de
E. á O. hasta San Fabián, en el golfo de Lingayen.
De aquí sigue su arranque ladeando las provincias de
la Union é llocos Sur y Norte, terminándose al N. de
Luzon entre el cabo de Bojeador y Cabicúngan. Entre
estas cordilleras están las extensas llanuras que forman
las provincias de Cagayan y Nueva Vizcaya, regadas
por el Magat y el grande Ibanag, con quien se junta
en Gamú. Al O. de estas dos provincias está el país de
los infieles de varias naciones todas bárbaras, que ha-
bitan en las faldas de los montes y orillas de los rios y
esteros, en donde suele haber valles y llanuras de poca
extensión. En el interior del país llamado de los igor-
rotes está el monte Polac, el más elevado del N. de
Luzon, porque, según dicen los infieles que han estado
en su cumbre, se divisan de allí las dos costas de la isla,
esto es, la de Nueva Écija y la de llocos. Otro monte
hay bastante elevado en la cordillera del O., llamado
Tangió, en frente de Santo Tomas y de Agoo. Al pié
de esta cordillera están las llanuras de la Union y de Ilo-
(i) E] llamado San Cristóbal, dice el P. Félix Huerta, en su por más de
un concepto interesante Estado geográfico , etc., de su Religiosa provincia de
PP. Franciscanos, viene á ser como un desprendimiento del elevado Banájao,
midiendo éste, según el mismo, 7.030 pies con 7 pulgadas sobre el nivel del
mar. Otros le dan algo más, y otros algo menos. Al Maquíling le dan algu-
nos 3.446 pies sobre el nivel del mar.
— 9 —
eos Sur y Norte, de poca anchura; pues la mayor no
pasa de una legua, aunque detras de ella se hallan dos
bastantes considerables en el Abra, Dingras y Piddig.
Ríos Y LAGUNAS. — Los rios principales de Luzon
tienen su origen en la cordillera del monte Caraballo,
entre las provincias de Nueva Ecijay la Nueva Vizcaya,
y en el país de los igorrotes. Los más considerables son
los de Cagayan, Pampanga, Abra y de Vigan, en llo-
cos Sur. El primero, llamado Ibanag, sale de aquella
cordillera por la parte en donde están los ilongotes, y
corre hacia el N. En Carig ya es considerable, y de allí
sigue su curso por el Difun, pasando por los pueblos
de Camarag, Angadanan y Cauayan. En Gamú se le
junta el Magat, de no menos caudal, y riega en se-
guida lo restante de la Nueva Vizcaya (i) y Cagayan
(recibiendo en Nassiping las aguas del Rio Chico ó de
Itaves) (2), hasta el mar de China, desaguando en
Aparri por una anchurosa desembocadura, que tiene
por lo menos milla y media de extensión. El de la Pam-
panga nace en la opuesta vertiente de la misma cordi-
llera, en frente de Pantabangan y Carraglan de Nue-
va Ecija, y tiene un curso á la inversa de aquél, esto
es, de N. á S. En Cabanatuan recibe las aguas de otro
(i) Antes de erigirse la provincia de la Isabela, formada de parte de las de
Cagayan y Nueva VÍ7xaya, por Real orden de 31 de Marzo de 1856, era
verdad que el Rio Grande desde Gamú regaba /o restante de Nueva Vizcaya;
mas ahora se debe entender ¡o restante Je ¡a Isabela.
(2) El Rio Chico tiene dos orígenes principales : el uno viene del centro
del partido de Itaves, y el- otro más al poniente, que es el llamado propia-
mente Rio Chico. Ambos se juntan un poco al N. de Giat, denominándose
entonces rio de Bangag, hasta juntarse con el Rio Grande, denominado tam-
bién el Tajo, al N. O. de Nassiping.
lO
rio llamado Chico, pasa por Arayat, San Luis, San Si-
món y Apalit. En Calumpit se le junta el caudaloso
rio Quingoa, y después de haber regado las llanuras de
Agonoy, desagua por varias bocas en la bahía de Ma-
nila. El del Abra sale del monte Polac, pasa por las
cordilleras que habitan los buries y busaos, se le juntan
otros rios en la llanura de aquel nombre, sale por una
rara abertura cerca de Santa Catalina, y luego desa-
gua en la mar. En sus grandes avenidas rebosa hasta
Vigan, en donde tom.a dos direcciones que forman
las barras de Dile y de Pandang. Otros rios hay en
la isla de Luzon y en las otras islas del archipiélago,
cuyo curso sería largo describir. Los más notables son :
en la de Luzon el Agno en Pangasinan , Amburayan
en llocos, el Pasig en Tondo, y el Orani que divide la
Pampanga de Bataan.
Hay ademas en Filipinas grandes lagos , algunos de
los cuales dejan de serlo en tiempo de secas. La lagu-
na llamada de Bay tiene más de treinta leguas de bo-
geo, y es navegable en todas direcciones. La de Bom-
bón en Batangas es también de mucho fondo y grande
extensión. Los lagos de Agonoy en Bulacan, de Can-
daba y Cañaren en la Pampanga, y el Mangabol en
Pangasinan, también tienen muchas leguas de bogeo
en la estación de lluvias, porque reciben las aguas de
varios rios que no pueden desaguar por sus cauces na-
turales, con motivo de la poca elevación del terreno,
resultando de ahí que á veces Se inundan provincias
enteras. En tiempo de secas se visten de hermosísimas
praderas que sirven de pasto para los animales, y se
hacen grandes pescas de dalag, particularmente en el
II
Mangabol, que conservan desecado como bacalao.
También en la isla de Mindoro hay un gran lago, y
dos en la de Mindanao.
Aguas termales. — En varias partes de Luzon
abundan las aguas minerales y calientes. Las más co-
nocidas son las del pueblo de Mainit, conocido con el
nombre de los Baños, situado al pié del Maquñing,
en la playa de la laguna de Bay. Los PP. Francisca-
nos, que administran en lo espiritual el pueblo, tenian
en él antiguamente un hospital muy bien montado,
cuyo edificio existe todavía en el dia, que ya sólo sirve
páralos soldados enfermos de Manila (i). A una me-
dia legua de distancia se hallan muchos manantiales
de agua caliente de varias temperaturas, y el más cau-
daloso, que sale al pié del hospital, tiene el calor en
sumo grado. En la provincia de Albay también hay
aguas termales, cuya virtud no es tan conocida; pero
no hay duda que podria producir los mismos resultados
que las de la laguna de Bay. Otros muchos manantia-
les hay en estas islas, cuyas virtudes y aplicaciones no
son aun bien conocidas.
Volcanes. — Tres son en el dia los volcanes que
hay al S. de la isla de Luzon, y uno en Babuyanes.
Hubo antiguamente otros muchos en Tayabas y Ba-
tangas, y también en el N. de Luzon, cuyos cráteres
son lagunas ó están cubiertos de altas y espesas arbole-
das. El mayor y el que despide casi siempre llamas es
el Mayon (2), en la provincia de Albay: el monte en
(i) Hoy dia ya no existe tampoco en tal concepto.
(2) Dicen que tiene 1.628 pies de elevación sobre el nivel del mar.
12 —
cuya cumbre está el cráter tiene la figura de un pilar
de purificar azúcar, de mucha elevación. Su base tiene
algunas leguas de circunferencia (i). Se descubre desde
el mar á gran distancia, y es de mucha utilidad para
los marinos que navegan desde las Américas á Fili-
pinas. Otro se descubre no muy distante de aquél en
la misma provincia de Albay, llamado Bulusan, el cual
humea sin interrupción, y de vez en cuando arroja lla-
mas. Lo mismo sucede en e\ de Taal , de la provincia
de Batangas; mas éste ha tenido erupciones espantosas,
que han consternado á toda la provincia. Según las ob-
servaciones del farmacéutico D. Víctor López, que lo
visitó personalmente, su cráter es ovalado y tiene sobre
dos millas de diámetro. En su centro hay una laguna
que baña el muro de la banda del Sur, y deja libre la
mitad de su terreno, que es llano y sólido. Entre éste
y la laguna hay un gran trozo en estado de reciente
ignición. La cantidad de azufre que allí se halla es in-
mensa. En el terreno libre del cráter existe un cubo de
pórfido de veinte á veinte y cinco pies cuadrados. El
muro es por todas partes perpendicular, y por el N.,
que es de mayor elevación , tiene doscientas toesas de
altura, con ciento y cincuenta por la parte más baja.
Otras notabilidades dejó escritas aquel diligente oficial,
que podrian ser muy útiles si se aprovechasen.
Los montes y crestas de las provincias de Manila,
Batangas, Laguna, Cavite y Bulacan, muestran que
hubo en otro tiempo muchos más volcanes y erupcio-
(i) Bogea unas catorce leguas, dice el P. Huerta.
nes que ahora, porque todos ellos se componen de ce-
nizas y lavas volcánicas. A una milla al O. de Indan,
provincia de Cavite, hizo la provincia del Santísimo
Rosario, en 1847, una mina entre los rios Zamboc y
Jabo, á una profundidad de treinta y dos metros en la
parte más elevada de la loma intermedia, para dirigir
las aguas del primero al segundo, y regar con ellas su
hacienda de Naic; y en su fondo se hallaron varios ma-
deros, unos en estado de descomposición, y otros en-
teros todavía. En el medio de la loma se hizo un poco,
y en toda su altura hasta el fondo de la mina se ven
capas volcánicas, y se ignora la profundidad de la base
sobre la cual están asentadas. Habida consideración á
su estructura geológica, es muy verosímil que todo
aquel terreno fuese mar, del cual dista aquel punto
muy cerca de tres leguas. Esta sola observación nos
manifiesta las grandes revoluciones que ha sufrido esta
parte de Luzon, causadas, á no dudarlo, por la violen-
cia del fuego interior, que todavía subsiste en sus en-
traíias. De aquí provienen los temblores que se expe-
rimentan, los que algunas veces han sido muy funestos.
De algunos se hará mérito en el decurso de esta His-
toria; ni de ellos podríamos prescindir, en cuanto que
han causado en varias ocasiones grandes destrozos en
los edificios de Manila y otros pueblos de nuestra ad-
ministración.
Minerales. — Hay en Filipinas muchos y ricos
minerales que no se benefician. Se halla oro, hierro,
cobre, imán, piedra cuadrada, ulla y azufre en abun-
dancia. Sólo en Paracale y en el centro del país de los
igorrotes se saca el primero de las entrañas de la tierra,
— 14 —
pero de un modo muy imperfecto, sin arte ni conoci-
mientos. Las minas de aquel pueblo eran ya famosas
cuando Legaspi se posesionó de la isla de Luzon. Juan
de Salcedo las visitó por la primera vez en 1571, y
desde entonces sólo algunos naturales se han dedicado
á explotarlas en la superficie de la tierra. Los igorrotes
de Pancutcutan, pueblo situado en las faldas del E. del
monte Polac, benefician las suyas de Acopan, Apayao
y Locio, con otras menos considerables. Las poseen al-
gunos principales de su nación , y las explotan por me-
dio de esclavos, extrayendo una tierra colorada, que
contiene el oro en granos de quilates muy subidos. Los
trabajadores se iluminan con teas de pino, que llenan
de humo las minas á poco tiempo de trabajar en ellas,
y les impide la faena. Cuando pierden la veta, ó des-
aparece de su vista, hacen algunos sacrificios al nonoy
según su bárbara y confusa creencia, y en seguida ba-
jan los más inteligentes para encontrarla. La mayor
parte del oro que aquellos bárbaros bajan á las provin-
cias de Pangasinan, Union é llocos Sur, es de estas
imperfectas minas, sin que se hayan agotado en mu-
chos siglos.
Pero no son éstas las únicas que hay en Filipinas:
muchos rios conducen con sus aguas, en las grandes
avenidas, arenas de este metal tan estimado, y muchos
pueblos se dedican á recogerlas y lavarlas. El rio Agno,
el de San Jacinto, el de San Fabián, el de Aringay, el
de Baoan v el del Abra las conducen á las provincias
referidas, que confinan con el igorrotismo. El de Abu-
lug, en Cagayan , las tiene en «abundancia, y en Aparri
habia un lavadero que producia much© á los indios.
— t^ —
En otras provincias de Luzon hay ríos que conducen
arenas del mismo mineral á las llanuras, lo cual indica
que en las entrañas de los montes por donde pasan
abunda el oro. En Caraga y Misamis se halla en lami-
nillas en la superficie de -la tierra, y los naturales no se
toman otra pena para beneficiarlo que lavar un pedazo
de tierra, y recoger el que se descubre a su vista. En
Calamianes también se halla. En Mindoro y otras par-
tes hay vetas descubiertas, y se puede asegurar, se-
gún la expresión de Basco, que todas las islas Filipi-
nas están engastadas en oro. A pesar de la grande apa-
tía de los indios al trabajo, y de los modos imperfectos
de que usan par^ beneficiarlo, no baja de doscientos
mil pesos anuales el valor del que se coge, cuya ley
varía de los i6 á 22 quilates. Esto no obstante, el pue-
blo en Filipinas que se dedica á recoger oro, suele ser
miserable : la mejor mina son los campos bien culti-
vados.
El hierro es otro mineral que se da en mucha abun-
dancia, especialmente en Luzon. Se halla en varias
partes de Cagayan, en Nueva Vizcaya, en Santa Inés,
al N. de San Isidro, y en las faldas de la cordillera de
Jayabahan, en Morong de la Laguna de Bay, y sobre
todo en los montes del E. desde Silihan hasta San Mi-
guel de Mayumo. Es tan rica y abundante la veta de
este mineral en los montes de Angat, que se descubre
en la superficie de la tierra, y con la mayor facilidad se
funde y suaviza. Hay mineral de hierro en otras partes;
pero cuando no se benefician las minas de oro por falta
de brazos y capitales, no es de extrañar estén olvidadas
las de hierro.
— i6 —
En los montes de los igorrotes se halla mucho cobre
de muy buena calidad, del cual hacen varios utensilios
mal forjados (i). También lo hay en abundancia en
la isla de Masbate. En Camiguing y cabo de Engaño
se halla el imán. En Bangui existe la piedra cuadrada,
sembrada en una especie de pizarra. El azufre abunda
en el volcan de Taal y en las islas de Masbate y Cami-
guing. La hulla se halla también en abundancia en va-
rias partes, pero no es tan buena como la que viene de
Inglaterra. Tal vez en lo interior, si sus minas se ex-
plotasen, sería mejor que el que ahora se descubre en
la superficie de la tierra. Pero en todo caso sería una
ventaja si los vapores de Manila se surtiesen de este
combustible, aunque fuese algo inferior al extranjero.
En 1834 se remitieron al Ministerio de Fomento por
este superior Gobierno 139 ejemplares de minerales y
rocas (2).
Vegetales. — -Sobre el reino vegetal de estas islas
se han escrito ya varios tratados curiosos, y sin embar-
go^ su historia todavía está muy atrasada. No hace mu-
cho que el R. P. Fr. Manuel Blanco, ex-provincial
de Agustinos, dio á luz la Flora Filipina, que, á no
dudarlo, es la obra más completa que en su clase, hasta
el presente, se ha escrito en Filipinas. Trata la materia
de un modo científico, según el sistema de Linneo, y
puede ser de mucha utilidad para la medicina é histo-
(i) Son ya famosas las minas de cobre de Mancayan, en el distrito de Le-
pante, que beneficia la sociedad denominada Cántabro-Filipina, cuyo cobre
es ya conocido y apreciado en los mercados de Europa.
(2) Puede verse la lista en el cuaderno ix de las Memorias históricas y es-
tadísticas de Filipinas , publicadas por el Sr. Arenas.
— 17 —
ria natural. Yo al presente haré mención tan solamente
de algunos árboles y plantas principales á fin de que
pueda formarse algún concepto de la riqueza de estas
privilegiadas islas.
Entre sus innumerables vegetales hay muy pocos
que se parezcan á los del mundo antiguo. El pino, en-
tre los árboles, es, á no dudarlo, el más parecido y de
la misma calidad : se halla en grande abundancia en el
centro del país de los igorrotes, y su madera sólo sirve
para fabricarse estos bárbaros algunas chozas y casas
mal formadas, é iluminarse con su tea. También hay
cepas silvestres, particularmente en Batanes, muy pa-
recidas á las europeas : dan uvas negras bastante dulces,
pero pequeñas y de mala calidad. Se hallan en varias
partes de las islas árboles tan altos y corpulentos, que
asombran al espectador. Del guijo se fabrican canoas
de una sola pieza, de veinte y cinco varas de largo y
dos de ancho. De la narra, madera de mucha duración,
algo parecida á la caoba, se sacan tablas para hacer
mesas de una sola pieza, de dos varas de ancho y siete
de largo. De las mismas dimensiones se saca á veces
del Alintatao, madera de mucha dureza y de color ama-
rillento, parecido al de la paja. El molave es incorrup-
tible y excelente, así para edificios como para buques;
es algo vidrioso, pero de mucha solidez y fácil de la-
brar. El tíndalo, especie de narra de color negruzco,
el mangachapoy y el bañaba, para tablazón, también
son excelentes, así como el yacal para tirantes, vigas y
soleras de las casas. Hay ébano, aunque muy pequeíío;
pero en cambio se halla en nbundancia el camagon,
que recibe el mismo brillo, es negro con vetas amari-
lientas, y de él se fabrican los muebles más lujosos y
de gusto. El sibucao 6 palo campeche se da en todas
partes, y forma uno de los artículos más considerables
del comercio de las islas.
f Se hallan muchas especies de palmas : las principales
son el coco, de cuya fruta se saca vino, agua y aceite.
Este para luces es preferible al de olivo : es oloroso,
claro y medicinal. La bonga, ó areca, es mucho más
delgada que el coco : su fruta es muy parecida á los dá-
tiles, y su interior, que tiene el gusto de bellota, sirve
para el betel ó buyo, como lo llaman en Manila. El
hurí es corpulento, y de sus hojas se hacen esteras de-
licadas y preciosas, sacos para conducir arroz, sombre-
ros y otros utensilios. Su tronco molido sirve para co-
mer y es muy parecido, al sagú. Del agua que le sacan
cortándole el cogollo se hace una especie de azúcar
muy moreno, pero muy estimado por ser medicinal.
En los buques y edificios se consumen muchas made-
ras en las islas; pero aun existen muchos bosques en
donde no ha entrado todavía el hacha del trocero.
Las especies de cañas que se dan en Filipinas son
muchas y de excelente calidad. El cauayan toto de los
tagalos, ó caña espina, como lo llaman los españoles,
crece hasta veinte y cinco ó treinta varas de altura, y
tiene de diámetro ocho pulgadas. Se cria en matas ó
grupos reunidos, y de ellas salen ramas con espinas,
que parecen arboledas encumbradas. Otra especie de
caña, muy parecida á ésta, es el cauayan quiling ó caña
macho: crece lo mismo que aquélla, pero es algo más
delgada y torcida, aunque tiene la carnosidad más grue-
sa; de suerte que una caña de cinco pulgadas de diá-
— 19 —
metro apenas tiene en el centro la cavidad de una. Es
tan dura, que de ella se forman travesanos para asegu-
rar los tablones ó piso de los andamios, y una tira de
una cuarta parte, algo adelgazada, de dos varas de lar-
go, sirve para llevar un hombre el peso de ocho ó diez
arrobas en sus extremidades. Ambas sirven para fabri-
car las casas de los indios, sus techos, pisos y paredes;
para formar puentes, cercos y andamios, con otra mul-
titud de usos que sería difícil enumerar. Hasta los pa-
los de los paraos, que son embarcaciones muy capaces,
y pueden conducir más de cuarenta hombres, se ha-
cen por lo regular del cauayan. Otras hay más cortas y
delgadas, pero de mucha más dureza. La más parecida
á las que se dan en España es la bojo, tanto por su sen-
cillez, cuanto por la forma de los caíiaverales; aunque
también las hay que tienen los nudos á una vara de
distancia, y de ellas hacen los igorrotes de la Nueva
Vizcaya lanzas arrojadizas, endurecidas sus puntas con
el fuego.
De la caña es hermano el bejuco, por su semejanza y
uso, aunque es macizo y poroso en su interior. Se pro-
duce en los bosques como las enredaderas, y los hay de
varias especies. El común y el palasan son los más lar-
gos : el primero sirve para amarrar las cañas , empacar
fardos y cajones, formar enrejados de aparadores, pisos
de catres, sillas y otros utensilios, hacer sombreros, sa-
lacots (i), de que usan los indios, y otros muebles ex-
quisitos. Del palasan se hacen maromas para amarrar
(i) Especie de sombrero grande, de tbrma redonda y convexa.
— 20 —
buques de cabotaje y asegurar las balsas de los ríos; los
hay que crecen más de cien varas, con sola una pul-
gada de diámetro. Ademas de los bejucos hay otras
muchas enredaderas, que sirven para los mismos usos.
En Cagayan con una de ellas se aseguran las campa-
nas en las torres, sin que jamas llegue á romperse.
También las hay muy medicinales, y entre éstas es
muy conocido el macabuhay , que es de unas tres líneas
de grosor, y de color verde. Es más amarga que el
acíbar; se curan con ella las tercianas más rebeldes,
calenturas y tabardillos, y es eficaz remedio contra la
ponzoña. Otras muchas plantas hay en Filipinas, con
las cuales los naturales del país se alivian de sus males
sin necesidad de médicos científicos ni boticas.
Sin embargo de que los filipinos tienen mucha di-
versidad de frutas, son pocas las acomodadas al paladar
del europeo. La manga es, sin contradicción, la mejor
de todas ellas. Suele tener de largo escasamente un
geme. Es algo aplastada, y de figura recorvada por la
punta á manera de un corazón; de color muy amarillo,
y de olor bastante fuerte, muy parecido al de la brea.
El árbol que la produce es muy copado y corpulento,
y no hay quizás en Europa árbol frutal que se le pa-
rezca. Es mucho mayor que las higueras, algarrobos y
nogales.
De la familia de los plátanos se hallan muchísimas
especies, y de ellas las hay de sabor muy agradable.
De una de ellas sale el abacá, el renglón de comercio
más rico y productivo de las islas. Se saca de las pencas
que forman su tronco desde la raíz hasta las hojas, cu-
yos filamentos, semejantes á los de la pita, sirven para
II
hacer cuerdas y maromas. De los mismos se fabrican
tejidos y ropas de varias especies, desde las guiñaras
hasta el más fino y delicado sinamay, muy parecido á
la pina. Los chicos^ algo parecidos á los nísperos en su
tamaño y color, también son fruta delicada, así como
los lanzones, que se dan en grandes racimos en los
troncos de sus árboles. La pina, aunque la hay en abun-
dancia, no es tan dulce y suculenta como la de Java y
Singapore. Se dan muy buenas, sin embargo, en los
montes de Bataan. En éstos y en los de llocos Sur se
da también la lechía, muy parecida á la de China : es
tan dulce y suculenta como ésta, pero de mucho me-
nor carnosidad; de suerte que apenas cubre su pepita.
La nanea, entre todas las frutas filipinas, es la que más
llama la atención del europeo. Las hay que pasan de
tres palmos de largo y uno y medio de diámetro. En
lo exterior es verde, y está llena de puntas romas algo
blandas, y en su interior tiene muchas pepitas, que co-
cidas se parecen á las castañas. Su carne es amarilla,
muy dulce, de un olor muy fuerte, pero muy indigesta.
También hay abundancia de naranjas, cajeles y limo-
nes, y éstos, aunque más pequeños que los reales, son
más suculentos y de un ácido más fuerte.
Los vegetales más útiles y productivos de las islas,
ademas del abacá, son el arroz, la caña dulce, el añil
y el algodón. El arroz se da en todas partes, y lo hay
de varias calidades, algunas de las cuales son más finas,
blancas y sabrosas que el de Valencia. El que llaman
de monte se siembra como el trigo, y el llamado ba-
cal por los tagalos se da en menos de dos meses. El co-
mún, y del que hay también varias especies, se siem-
22
bra en tierras bajas y requiere siempre mucha agua. Si
las lluvias no escasean, la cosecha es segura, á no ser
que la destruya la langosta ó las inundaciones. En tier-
ras buenas produce regularmente el arroz cincuenta
por uno de su semilla. Este arroz de tubigan ó de re-
gadío, se siembra primeramente en almácigas, y cuan-
do tiene media vara de altura se planta en la tierra pre-
parada, que por lo regular está cubierta de agua. Esta
operación se hace regularmente por Agosto en tierra
de tagalos, y se corta por Diciembre. Es el arroz el
verdadero pan de los indios filipinos : lo comen cocido
con agua solamente, y sin ella lo conservan hasta vein-
te y cuatro horas.
La caña dulce sería suficiente por sí sola para llenar
de riqueza las islas Filipinas. La hay de tres calidades
por lo menos : la que llaman los tagalos tubu zafnbale
crece hasta seis y ocho varas, es más blanca que las
otras , y el zumo no tan dulce. Esta caña la plantan los
indios para mascarla, á que son en extremo aficiona-
dos. La colorada es la mejor para el beneficio del azú-
car; es más corta y delgada que aquélla, más dura y
compacta, y el zumo más dulce y abundante. La blan-
ca, que también se beneficia, es muy parecida á la se-
gunda en la perfección, y en algunas partes la prefie-
ren. La caña de azúcar, plantada en buenas tierras y
beneficiada con buenas máquinas, puede producir un
ciento por ciento al cosechero. Está regularmente un
año en la tierra, y se beneficia en las islas desde Fe-
brero hasta Junio.
El tabaco es otro de los vegetales más productivos é
importantes de estas islas. Ha sido importado en el
— 23 —
país por iniciativa del Gobierno, y es la producción
más rica para las rentas del Estado. Lo hay de varias
clases y de calidades muy distintas, según las condicio-
nes del terreno y los diferentes modos de beneficiarlo
y cultivarlo. En algunas partes se produce tan bueno
como el más rico y aromático de la misma isla de Cuba.
Aunque se da en muchas provincias de este archipié-
lago, y pudiera producirse en todas ellas, sin embargo
en ninguna es tan general y beneficioso su cultivo como
en las de Cagayan y la Isabela. Mejorada su elabora-
ción, dirigido con inteligencia su cultivo, y dada una
administración bien comprendida, sería el ramo de ri-
queza más fecundo é inagotable que se conoce univer-
salmente en toda la industria agrícola. Su siembra en
la actualidad, y el procedimiento general de su cultivo,
está en perfecta armonía con la paciencia prolija de es-
tas razas. Ante todo se preparan y limpian los terrenos
de toda maleza extraña, y terminada ya con todo es-
mero esta operación preparatoria, se introducen los
granos en la tierra á cierta profundidad. A su tiempo
se hace el trasplante, que suele ser cuando la hoja se
eleva como una cuarta sobre la superficie de la tierra,
y entonces se forman cuadros separados por surcos, que
se cortan á distancias convenientes, para dar salida al
agua en la estación de las lluvias. Cuando la planta del
tabeco se desenvuelve de la tierra, y desplega ya sus
hojas á cierta elevación determinada, hay que regis-
trarlas diariamente una por una en las primeras horas
de la mañana, para limpiarlas de un gusano que las
acomete con frecuencia, y las destruye totalmente si se
abandonan á sí mismas. A esta operación asisten las
— 24 —
mujeres, que son las que llevan la mayor parte del tra-
bajo en el beneficio de esta planta, á las que también
se asocian los niños mayores de cuatro años. Es in-
mensa la escala de los detalles minuciosos y de todas
las operaciones que constituyen el beneficio del tabaco
desde el trabajo de la siembra hasta su entrega y depó-
sito en los almacenes públicos.
El añil es otra planta de rica producción. Crece en
algunas partes hasta dos varas de altura; tiene mucho
ramaje; las hojas finas, pequeñas y ovaladas, parecidas
á las de las lentejas, y la semilla en vainillas encarna-
das. Se corta el arbusto antes de que eche la semilla;
se pone en grandes tinas llenas de agua, y se deja en
fiírmentacion por espacio de veinte y cuatro horas.
Después trasladan el zumo á otra más pequeña 6 á un
estanque, lo baten y lo hacen precipitar con cal. Del
fondo sacan en seguida una pasta azul, que forman en
ladrillos, y disecado es el precioso índico, tan estimado
en las tintorerías. Los chinos prefieren el tintarron, que
es el mismo zumo del añil antes de coagularse, que
colocan en tinajas y se lo llevan en champanes.
La planta del algodón también se da en muchas
partes de las islas. Crece hasta vara y media, pero no
prospera en donde llueve muy temprano. Los capullos
en donde está el algodón, si se mojan, se llenan de
gusanos y se pierden. En llocos, que es tierra bastante
seca, se produce bien, y es muy estimado en Europa
el de esta provincia. Lo hay también de árbol; pero
sólo sirve para llenar las almohadas, y no para tejer,
porque tiene la fibra demasiado corta y de poca con-
sistencia. El café y el cacao se dan también en estas is-
— 25 —
las, y el primero en abundancia y de excelente calidad;
pero como las otras producciones se logran con más
facilidad, no ha llegado todavía este renglón al estado
de prosperidad que es de desear. En Mindanao se da
asimismo la canela, pero no es tan fina como la de
Ceylan.
Reino animal. — Las producciones de los tres rei-
nos naturales son en Filipinas muy ricas y variadas :
para describirlas clara y distintamente sería necesario
emplear muchos volúmenes, que podrían formar una
parte muy interesante de la historia natural, lo cual es
ajeno de mi objeto y superior á mis conocimientos. En
orden á los animales, no hay en estas islas cuadrúpedos
feroces y dañinos, como leones, tigres, panteras, osos,
lobos, etc. Los únicos que dañan á los hombres, al ver-
se acosados, son los jabalíes y búfalos silvestres, ó cara-
baos cimarrones; y sin embargo, los cristianos é infie-
les los cazan con destreza. El carabao, á pesar de ser
más corpulento que los mayores toros de Europa, y de
mayor ferocidad, es á veces derribado de una -lanzada
que le da el cazador á carrera tendida de caballo. Tam-
bién hay en Filipinas abundancia de venados, que se
cogen con redes, perros y caballos, llevando el* jinete
una lanza, que tira á la vez á gran distancia sin errar.
Los pueblos que más se dedican á la caza de estos ani-
males son los de la Nueva Ecija y Vizcaya. Luego que
los cogen los digecan á los ardores del sol, y venden á
buen precio sus carnes y sus cueros, que constituyen
un artículo muy lucrativo de comercio con la China.
En los bosques hay gatos de algalia y de otra especie
llamado alamid, que con el auxilio de membranas pasa
— 26 —
de un árbol á otro, á distancia de treinta á cuarenta
pies. Hay monos de diferentes castas. Suelen ir á ma-
nadas, y cuando son muchos acometen al que trata de
incomodarlos. En Mindanao los hay enteramente blan-
cos y también negros, pero su color por lo común es
pardo y algo ceniciento. También hay ratones de varias
especies, y en tanta abundancia en algunas partes, que
destruyen en una sola noche una sementera de trigo ó
la cosecha del cacao. Ambos artículos se dan muy bien
en la Nueva Vizcaya, y con motivo de estos animales
se han tenido que abandonar. Entre los domésticos se
cuentan búfalos y toros, carneros, cabras, cerdos, ca-
ballos, perros y gatos. Los caballos y los toros son oriun-
dos de los peninsulares, aunque algo más pequeííos;
pero éstos son muy mansos, y aquéllos poco nobles,
aunque de mucha resistencia.
Hay reptiles de muchísimas especies : muchas cule-
bras, y entre ellas las hay de un veneno muy activo.
El dahum-palay y tangacybiya y balabag de los tagalos,
matan con sus mordeduras, sin dar tiempo muchas ve-
ces á la cura. Me han asegurado que la última es larga
sólo de dos pies-, da saltos á ocho y diez varas de dis-
tancia, y daíía por las dos extremidades: es una espe-
cie de lombriz, de color muy aplomado. La que en la
Nueva Vizcaya llaman tuna tiene también un veneno
muy activo: es mortífera su mordedura, y tiene cua-
tro patas muy pequeñas. La que llaman sauá los taga-
los y bova los españoles crece hasta veinte varas de
largo y más de un pié de gueso. Estos culebrones ca-
recen de veneno, pero enroscados de medio cuerpo en
un árbol, arrebatan con la cola á un venado, lo suben
— 27 —
y lo devoran. Algunos indios las cuidan en sus casas,
y venden su excremento á los chinos, que lo pagan
muy bien para ciertas medicinas. La iguana es una es-
pecie de lagarto, que suele crecer hasta una vara: á
proporción es más delgado que los del mundo antiguo,
pero mucho más ligero : los indios comen sus huevos
y sus carnes, que dicen ser comida delicada. Habitan
en los bosques, y también en las casas, en donde son
muy útiles, porque, sin hacer daño á la gente, se co-
men los ratones, culebras y demás insectos; pero en
donde están ellas no puede haber gallinas. YS. chacón es
otra especie de lagarto, más parecido al de Europa que
la iguana, pero mucho más pequeño y oscuro. Canta
con frecuencia, particularmente por las noches : tiene
la voz muy gruesa, ronca y torpe. Hay también otra
especie de lagarto más amarillo, con membranas, con
cuyo auxilio pasa de un árbol á otro. También se co-
noce la sagita volante. Hay muchas lagartijas, algunas
de las cuales cantan; cien pies, alacranes, tarántulas y
muchas especies de arañas, con otra multitud de rep-
tiles difícil de enumerar.
La volatería no es muy abundante en Filipinas. Se
hallan, sin embargo, muchas aves desconocidas en Eu-
ropa, l^-ü págala, que se halla en los rios y lagunas, es
bastante corpulenta; algunas de ellas crecen hasta cin-
co pies de alto. Las que yo he visto en Calamba no
pasan de dos pies, sin contar con la cabeza, y son mu-
cho mayores las grullas, que crecen más de cuatro:
son cenicientas y tienen una mancha encarnada en la
cabeza. Se halla el casili, ó cuervo marino, mucha di-
versidad de patos, y el pavo real en la Paragua. E\ca-
— 28 —
lao se cria en los bosques, y tiene el pico y la cabeza
muy disformes. Hay abundancia de cuervos y muchas
especies de palomas silvestres, y entre ellas de colores
muy hermosos : hay una que tiene en el pecho una
mancha de color de sangre, que parece una herida re-
cien hecha, por lo que la llaman comunmente de la
puñalada. También hay un ave singular, parecida á la
golondrina, llamada por los naturales salangan, cuyo
nido forma uno de los artículos de comercio de las is-
las. Es de una materia glutinosa, dura y trasparente,
que los chinos comen como cosa regalada y muy ali-
menticia. Hay varias especies de loros y otras aves de
plumaje muy hermoso, pero son pocas las que tienen
el canto agradable. También hay muchas especies de
murciélagos : algunos tienen rabo como los ratones.
Los llamados paniquis son de una magnitud disforme,
tienen más de una vara de la una á la otra punta de
sus alas. Los hay enteramente negros, rojos y mancha-
dos : sus pieles son muy estimadas por su finura en
Europa, y sus carnes lo son todavía más en Filipinas.
El pavón, que es del tamaño de un pollo regular, echa
unos huevos rojos y largos, mayores que los de galli-
na; los entierra debajo de las arenas, sale el pollo por
sí solo, y en seguida se echa á volar. Entre las aves do-
mésticas se halla el pavo, la ánade, el pato, la gallina
y la paloma. Es admirable el método que usan los in-
dios de Pateros y Taguig para empollar los huevos de
los patos. Los echan en grandes cauas, especie de cal-
deras, entre la cascara del grano de arroz, y sólo con
el calor lento del fuego los hacen nacer y los crian á
millares. Les forman sus casas cerca del rio; los ali-
— 29 —
mentan con unos caracolillos que sacan en abundancia
del mismo rio ó de la laguna de Bay. Salan los huevos
sin abrirlos, cuya habilidad han aprendido de los chi-
nos, y los venden á buen precio. La cría de los patos
es la subsistencia principal de estos pueblos.
Es imposible describir y ni siquiera enumerar las es-
pecies principales de insectos, con alas y sin ellas, que
hay en estas islas. Las abejas se crian en los bosques
sin cuidarlas. Las hay de dos ó tres especies, y tal vez
podrían abastecer de cera á todas las iglesias de las islas
é iluminación de muchos particulares. La miel es poco
estimada, sin duda porque abunda el azúcar. La lan-
gosta á veces destruye los arrozales y deja como abra-
sados los mismos cañaverales. Se levanta una nube de
ellas, que cubre el sol. Para el indio es comida muy
sabrosa, y la comen frita ó cocida con vinagre. Las hay
de varias clasee, y se halla en los guayabales una espe-
cie de ellas, cuyas alas y color se confunden con las
hojas de este árbol, de las que se alimentan. También
hay muchas especies de moscardones de colores muy
vistosos y brillantes, y unos escarabajos con un cuerno
en la cabeza, que tienen más de dos pulgadas. Se des-
cubre con frecuencia un gran número de lucernas vo-
lantes de mucho resplandor, que trasforman los árbo-
les, en cuyas ramas voletean , en grupos hermosísimos
de luz, que se divisan en medio de la oscuridad á una
gran distancia. Pero quizás no hay país en donde más
abunden las mariposas. Las hay de bellísimos colores y
de una magnitud verdaderamente monstruosa. Se ha-
llan hormigas de varias especies y tamaños, y en tanta
abundancia, que en las casas es preciso aislar con agua
— 30 —
los dulces y comida para evitar que se apoderen de ellos
al momento. Las hay de cinco líneas de largo. Muchas
algo menores : crian en las ramas de los árboles, en
donde forman grandes bolsas para depositar sus hue-
vos, los que comen los indios de algunas provincias
como alimento delicado. El anay ^ que en la India es
conocido con el nombre de hormiga blanca, es el in-
secto más dañino de las islas : penetra por las paredes,
corroe las maderas, á excepción de algunas privilegia-
das por su amargo como el molave y la narra, y des-
truye en pocas horas un aparador de ropa. En los cam-
pos levanta unos mogotes de tierra de la altura de una
vara y más, en donde forma sus casillas. En el fondo
está la que llaman reina, que es una especie de gusano
de pulgada y media de largor. Nadie diria que este in-
secto fuese la madre del anay, y sin embargo, él pro-
duce los huevos á millares, y si se le mata, queda des-
truido el enjambre. Esta clase de hormigas son blancas
y rojizas, á "excepción de la cabeza, que es algo negra.
Siempre andan cubiertas por un camino que ellas mis-
mas se hacen de lodo. Si se las deja descubiertas, son
devoradas al momento por las hormigas ordinarias, sus
enemigas implacables. Con las tenacitas que tienen en
su boca corroen la ropa y las maderas de la mayor du-
reza, las que humedecen antes para ablandarlas. En las
primeras aguas salen muchas aladas, que vuelan cerca
de la luz hasta que las alas se les caen. Hay también
anay negro, muy parecido al blanco en su figura, pero
no es dañino como éste.
Población y división territorial. — Todo el
territorio filipino sujeto al Gobierno está dividido en
— 3^ —
corregimientos, comandancias y provincias, muchas
de las cuales ocupan parte de una misma isla, y otras
una entera. Según el nuevo reglamento, hay provin-
cias de entrada, ascenso y término, y todos los alcaldes
deben ser letrados, y las servidas por gobernadores mi-
litares deben tener tenientes, también letrados, para la
administración de justicia. Todos estos jefes, así alcal-
des como gobernadores, están subordinados inmedia-
tamente al Gobernador y Capitán General de las islas
en lo gubernativo, y a la Real Audiencia en lo judicial.
Instruyen las sumarias y sentencian hasta la definitiva,
debiendo consultar sus sentencias en lo criminal con
la Audiencia; pero se puede apelar de sus providencias
á la Real Audiencia, ó recurrir al Gobernador Capitán
General en los asuntos gubernativos ó militares.
Puede considerarse la población de Filipinas en ad-
venediza é indígena. En la primera clase se compren-
den los españoles con los demás europeos y americanos
de la casta blanca, chinos y oriundos de entrambas
castas; y en la segunda la malaya civilizada, la malaya
independiente ó infiel, y la negra oceánica. Los euro-
peos y americanos blancos, con los oriundos de los
mismos, no pasan de veinte y cinco mil. Los chinos
son como diez mil, y los mestizos de estos extranjeros
y de Indias ascienden á unos ciento y veinte y cinco
mil. Los llamados naturales, que son los civilizados y
cristianos de la casta malaya, no bajan de tres millones,
y los independientes, inclusos los mahometanos de Jólo
y Mindanao, son más de un millón y medio. Por ma-
nera que toda la población del archipiélago, por un
cálculo aproximado,. es de cinco millones y medio de
— 32 —
habitantes. Su verdadero censo no se puede saber con
toda exactitud, porque, ademas de ocultar los pueblos
civilizados á muchos individuos, nadie ha podido pe-
netrar en las muchas rancherías de salvajes que hay en
Luzon, Joló y Mindanao, y las estadísticas que se po-
seen en detall no están conformes en sus datos (i);
Españoles. — Pocos son los europeos, si es que hay
alguno, que pasan á Filipinas con la idea de estable-
cerse en el país, á excepción de los religiosos. Los más
viven en Manila y sus arrabales, y se dedican al co-
mercio. Los hay también en el ejército, ya oficiales,
ya soldados; aunque soldados rasos solamente los hay
en la brigada de artillería, compuesta toda de europeos.
Muchos son empleados de Hacienda y en las adminis-
traciones de gobierno y justicia. Viven por lo regular
un tiempo dado en las islas, y procuran reunir un ca-
pital, ó aspiran á un grado, ó á un retiro ó cesantía de-
corosa, que les asegure un futuro bienestar, en recom-
pensa de haber dejado la madre patria y de sus servi-
cios en estas tierras. Algunos, sin embargo, se casan en
las islas, y á sus hijos, ó los mandan á España ó al ex-
tranjero, lo que hacen pocos; ó siguen alguna carrera,
como la de la milicia, la eclesiástica, del pilotaje, etc.
Muchos tienen empleos en las oficinas de Gobierno,
Hacienda, Estancadas; bastantes se dedican al comer-
cio, y si se realizan los deseos del Gobierno, de mejo-
rar los estudios, poniendo carreras de aplicación, para
(i) Al fin del primer tomo se pone un estado de la div^ision territorial, que
comprende también la parte administrativa tanto civil como eclesiástica; y te
rectificará el censo de la población en sus respectivos lugares.
lo cual mucho ha contribuido y tiene que contribuir
mi Corporación (i), se les abrirán nuevas carreras á
que puedan dedicarse. Gozan todos estos de las mis-
mas consideraciones que sus padres.
Chinos. — Estos son los verdaderos urones de las
islas: trabajadores á la par que viciosos, llevan por lo
común una vida miserable v no conocen otro dios que
el interés. A pesar de que son muy orgullosos, se aba-
ten y envilecen por el lucro, porque la codicia es su
pasión predominante. Su principal ocupación es el co-
mercio : toman dinero á un quince y veinte por ciento,
pagan al Gobierno un tributo muy crecido, y sin em-
bargo, muchos se enriquecen. De sus tiendas se pro-
veen los españoles y naturales, no sólo de Manila y sus
contornos, sino también de las provincias más distan-
tes de las islas. En esta parte nadie puede competir con
ellos, por su grande economía y por su sistema de aso-
ciación. Los más de estos extranjeros son de la provin-
cia de Fo-kien y partido de Chinchen; pero también los
hay de Macao, que se dedican á la herrería, carpinte-
ría y zapatería. Se les deja vivir libremente en su infi-
delidad, pero les está prohibido el ejercicio de su falsa
religión; sin embargo, practican muchas supersticiones
en sus casas, particularmente en los entierros, fiestas
de año nuevo y otras de su culto. Son pocos los que
se convierten, y raros los que se hacen cristianos por
una verdadera convicción. Los más piden el bautismo
con el fin de habilitarse para contraer matrimonio con
(i) Mucho se ha aJciiintado ya en esto, de \o caal ^e tratará en otro lugar.
TOMO I. 3.
- u —
indias 6 mestizas cristianas, 6 para tener algún padrino
que les patrocine en sus ganancias y negocios. Muchos,
después de haber hecho su fortuna, abandonan sus hi-
jos y mujeres, y regresan á su patria para reunirse con
las consortes que dejaren en su infidelidad, ó morir co-
mo sus antepasados. Más de una vez han sido funestos
á las islas, y las muchas trabas que el Gobierno pone
á su entrada es la verdadera causa de no haber muchos
millares más en ellas. No faltan especuladores que opi-
nan por la libre entrada de estos extranjeros, para po-
blar el país y fomentar la agricultura, sin considerar las
fatales consecuencias que podria producir un número
excesivo de ellos en donde no pudiesen vigilarlos las
autoridades. La circunstancia de no venir con sus mu-
jeres trae como consecuencia la sodomía entre ellos á
la que son muy inclinados, y la prostitución de las mu-
jeres cristianas, lo que debe el Gobierno, como católi-
co, celar y evitar. — ^En la actualidad habrá unos cua-
renta mil en todas las islas.
Mestizos. — Los beneficios que las islas reportan de
esta laboriosa casta de mestizos de sangley, así deno-
minados los que traen su origen de chino é india, es
la única ventaja que resulta de la venida de los chinos.
Son generalmente graves, generosos, económicos, lim-
pios y astutos : se dedican al comercio, á la agricultura
y á las artes. Saben conservar lo que adquieren , y en
las fiestas, casamientos y entierros gastan con mucha
profusión. Son los verdaderos potentados del país, y los
que dan el dinero adelantado á los indios, regularmen-
te con interés para cobrarse en la cosecha. Tienen en
sus casas muchos santos de marfil ricamente adorna-
- J5 -
dos, y son muy afectos á funciones de Iglesia. En la
clase de mujeres las hay muy piadosas, que por lo re-
gular son más activas que los hombres, y tienen gran
talento, tanto para manejar sus intereses, como para
acrecentarlos con seguridad. Su vicio dominante es el
juego, en el cual así mujeres como hombres aventuran
muchas veces su fortuna.
Naturales. — Con este nombre son conocidos en
las islas todos los filipinos cristianos sujetos al Gobier-
no y procedentes de la casta malaya. Su carácter no
puede bien definirse; en todo son extremados, y cuan-
tos han querido describir sus cualidades se han queda-
do cortos. El que más ha dicho en la materia ha sido
el Agustiniano fray Gaspar de San Agustín, á quien se
atribuye una larga carta que anda manuscrita, conoci-
da con el nombre de cuadragmta. En ella, sin embar-
go de asegurar que los habia tratado por espacio de
cuarenta años, confiesa ingenuamente que todavía no
llegó á conocerlos, aunque no estamos conformes con
todas sus apreciaciones. Otro P. Agustino ha impreso,
no hace mucho, un folleto sobre las islas Filipinas, en
el cual, hablando de estos naturales, hace una ligera
descripción de su carácter, que me parece bastante
exacta, si bien muy diminuta. «El indio indígena de
origen malayo, dice, es de color de cobre, bien for-
mado, pelo negro, largo, barbilampiño, indolente, apa-
sionadísimo de la música y del baile hasta el extremo,
y más apasionado del gallo, su compañero inseparable
y su amigo predilecto : viven mucho, pues algunos lle-
gan hasta los ciento y veinte años, si bien no son co-
munes estos ejemplos de longevidad. No se cuida del
-36 -
porvenir, ni se calienta la cabeza en pensar mucho. A
cualquier hora y adonde quiera duerme como si fuese
en blanda y mullida cama. Si tiene un peso ó ciento,
eso gasta; y sino, se conforma, sin que se le apriete el
corazón. Pide cuanto necesita, aunque después cueste
trabajo el cobrarle; pero los hay muy puntuales. Gusta
de lucir, y si tiene con qué, viste con lujo. Su traje
ordinario es un calzón y una camisa con un pañuelo
en el cuello ó en la mano, y su rosario. Y^o'í, principales
usan ademas una chaqueta : el traje de fiesta es de la
misma forma que el de trabajo, pero de pina, de seda
y de mucho más lujo, con un sombrero. Las mujeres,
que generalmente tienen esbeltos cuerpos, usan de una
breve camisa de sinamay ó pina, ó lienzo blanco ó azul,
con bordados ó sin ellos, según sus posibles, enagua
blanca de coco ó muselina interior, saya de algodón ó
de seda rayada, chinelas bordadas de oro y plata, ó li-
sas, y pañuelo al cuello, bordado ó liso, llevando so-
bre el traje principal ó enagua, un tapis (especie de re-
fajo) de algodón rayado 6 de seda que le ciñe el cuer-
po. En V^isayas y otros puntos, fuera de las provincias
tagalas, no usan del tapis, y visten casi al estilo de Es-
paña, con su mantilla y saya suelta. En muchos pue-
blos y en Manila las que viven en beateríos, para ir á
las funciones de iglesia usan de una especie de manti-
lla negra muy decente; otras usan sólo un pañuelo. Los
indios tienen el talento en el ojo ó en la mano; pues
son excelentes imitadores, buenos músicos, pintores,
talabarteros, y sobre todo buenos marineros, especial-
mente en Visayas. No carecen de valor, mucho más
cuando el español va al frente y los anima. Estos son
— 37 —
los caracteres principales; pues para definir al indio se
ha escrito mucho, y mucho pudiera yo decir. » La cali-
dad del traje que se describe en esta relación, por lo que
toca a las mujeres, sólo puede convenir á las mestizas
de Manila y sus arrabales, porque fuera de ella, rara
es la india que usa la saya, ó tapis de seda, ni camisa
de pina, y ninguna el pañuelo en el cuello al estilo de
las europeas, sino tirado en e] hombro ó en la cabeza.
Pudiera añadirse que muchas usan, particularmente en
los dias festivos, de ricos rosarios de coral y oro en el
cuello, aretes también de oro, y peinetas de carey guar-
necidas de oro, con mucho bordado en los tapis, ca-
misas y pañuelos, aunque sean de algodón : el tapis lo
usan en todas las provincias de Luzon. Son las indias
fecundísimas, pues cuentan muchas de diez á doce hi-
jos, sin que la muchedumbre les apure, por pobres que
sean. Los que tienen más hijas, más ricos se conside-
ran, porque al casarlas, en vez de dotarlas, reciben la
dote que debe darles el marido, ó exigen de éste en
muchas partes servicios personales por mucho tiempo
antes de entregarle la hija por esposa. Al indio filipino
ni le sobra ni falta, porque no sabe conservar, y se pro-
vee fácilmente en sus necesidades; vive sin cuidados y
muere resignado. Aunque bastante perezosos para el
cumplimiento de sus deberes, inclusos los deberes reli-
giosos, hay, con todo, algunos, principalmente entre
las mujeres, que son muy buenos cristianos y se entre-
gan con fervor á los ejercicios de piedad. La escasez de
ministros contribuye mucho á que en lo general no
sean tan exactos en el cumplimiento de sus deberes;
pues el indio es dócil, si bien bastante indolente. Sus
- 3^ --
pueblos se pueden llamar agrícolas; algunos se dedican
á la pesca, á la navegación, al comercio, á las artes, á
la milicia, y pocos en proporción á las letras.
Infieles de la casta malaya. — Son todavía
numerosas las tribus de salvajes que pueblan las partes
montuosas de las islas Filipinas, y viven en la infideli-
dad: todas las cordilleras desde San Fabián, sito al E.
del golfo de Lingayen, hasta la contra-costa de Valer,
y los montes que median entre Cagayan, Nueva Viz-
caya, Union, ó llocos Sur y Norte hasta lámar, están
habitadas de naciones bárbaras, las más independientes,
que no conocen más gobierno que el de sus valientes
ó ancianos. Los más conocidos son los igorrotes, tin-
guianes, apayaos, mayoyaos é ilongotes. En Cagayan
dan á todos los infieles de los montes que tienen á la
vista el nombre de calinga, que significa enemigo.
Muchos pueblos que ahora en nada se distinguen de
los que fueron reducidos en los tiempos de Legaspi, y
están sujetos al Gobierno, se han formado de aquellas
naciones, que en el dia son aun feroces y crueles. To-
das ellas tienen sus peculiares caracteres, si bien poco
conocidos todavía, por el poco roce que tienen con los
pueblos cristianos. Haré una breve reseña de los más
principales, á saber: de los tinguianes, igorrotes é ilon-
gotes.
Tinguianes. — Los infieles y cristianos reducidos
de esta nación ocupan los montes y llanuras del Abra,
hasta el pueblo de Candong, en llocos Sur. Antigua-
mente eran muy temibles, porque acosaban á los pue-
blos cristianos y asaltaban á los pasajeros; mas en el dia
son pacíficos, reconocen al Gobierno, á quien pagan
— 39 —
tributo, y se nota muy poca diferencia entre ellos y los
cristianos de los pueblos de la costa. En las plazas de
Narvacan y Vigan los hay que trafican con frecuencia
con los cristianos, sin que les interese mucho la reli-
gión. A primera vista parecen descendientes de chinos :
son bien formados, más blancos que los demás indios,
dotados de mucha viveza y suspicacia, pero ni tienen
el ojo rasgado como aquellos, ni se les parecen en sus
usos y costumbres. El traje de los varones es un pan-
talón blanco, bastante apretado, que les llega hasta
media pierna solamente, una chaqueta del mismo co-
lor, pero sin cuello, y una especie de turbante de cor-
teza de válete suavizada, ó un salacot como los de los
indios. Las mujeres, ademas de la camisa corta como
la de las indias, pero rayada por lo regular, llevan una
especie de manta blanca, que les llega desde la cintura
hasta las rodillas, que les sirve de saya y tapis á la
vez : en los brazos llevan enroscados muchos avalorios,
y en la cabeza un sarto de los mismos, que pasándoles
por encima del cabello por la frente, les sujeta el mo-
ño por detras con alguna gracia. No dan culto á divi-
nidad alguna conocida, ni tienen templos, ni efigies:
toda su religión consiste en practicar algunas supersti-
ciones, que suelen ir acompañadas de la embriaguez,
como todas sus fiestas. Sus matrimonios no son indiso-
lubles entre ellos, pues se descasan y vuelven á casarse
con la misma facilidad que los igorrotes, sus vecinos.
Tienen sementeras de arroz y de maíz, y los hay bas-
tante acaudalados, porque suelen ejercer el contraban-
do del tabaco, que compran á los igorrotes y lo ven-
den á los cristianos, sus vecinos. El lujo de los ricos
— 4'^ —
consiste en presentar muchas tinajuelas embarnizadas
llenas de basi^ especie de vino que sacan de la caña
dulce, con el cual se embriagan fácilmente. Bailan al
compás de una especie de sonaja de latón ó cobre, que
tocan con la palma de la mano, puesta en el cuello, y
su movimiento es solo con las puntas de los pies, los
que mueven con gran velocidad y suavidad al mismo
tiempo. El hombre muestra con las manos á la mujer
un tapis extendido, y ésta un pañuelo de la misma
forma al primero. Nada tiene de agradable este baile,
y sin embargo, se fatigan mucho los danzantes.
Las rancherías de los tinguianes, más inmediatas á
las de los bárbaros guinaanes, cuya nación habita en
los montes situados al E. del Abra, suelen estar en con-
tinua guerra con ellos, y son una barrera, como los
gaddanes de Nueva Vizcaya respecto de los mayoyaos,
para que no bajen impunemente á molestar á los cris-
tianos. Algunos están confederados con ellos y les pa-
gan su tributo, sin embargo que también lo pagan al
Gobierno, porque prefieren tolerar esta doble carga
que abandonar sus posesiones. Hace ya más de dos si-
glos que se convirtieron muchos individuos de esta na-
ción , de los cuales se formaron los pueblos de Banguet
y Tayom, con el celo de los PP. Agustinos y de un
venerable misionero de la orden, compañero del obis-
po, llamado P. Fr. José Polanco, que murió con opi-
nión de santidad en la misión, el año de 1679; pero
desde entonces quedó paralizada la conversión de los
tinguianes hasta el año de 1822, en que la emprendió
de nuevo el célebre Agustiniano P. Fr. Bernardo La-
gos, quien redujo á la fe á un gran número de ellos, y
— 41 —
formó los pueblos de la Paz y Pidigan en el x\bra, el
de la Nueva Cobeta cerca de Santa María, con el de
Santo Tomas y otro barrio en la jurisdicción del pue-
blo de Candong. Últimamente se ha erigido el Abra en
Alcaldía, cuya cabecera se ha colocado en Bucay, y con
las diligencias y celo de los PP. misioneros x^gustinos
se hacen algunas conversiones, habiéndose formado
otro pueblo, llamado San J'osé. En las elecciones de
ministros de justicia que hizo el Alcalde de llocos Sur
en 1844 tuve la satisfacción de asistir á algunas de
ellas, y observé que los gobernadorcillos de estos infie-
les, al recibir la vara de manos de aquel jefe, en vez
del juramento que hacen los cristianos, de administrar
justicia, proferían la siguiente imprecación : Un mal
aire me toque, el rayo me mate y el caimán me coja dor-
mido, si no cumpliere con mi deber. Todos sus juramen-
tos son imprecativos y suelen cumplirlos fielmente.
Igorrotes. — El país de estos bárbaros propiamente
dicho tiene su principio en los montes situados al N.
de Pangasinan, sigue por el E. hasta los últimos pue-
blos de la Nueva Vizcaya, y por el N. hasta en frente
de Candong. En seguida se hallan otras naciones bár-
baras, que pueden considerarse como fracciones de
aquélla, entre Cagayan, Abra é llocos Sur y Norte,
hasta el fin de las cordilleras que terminan en el mar,
entre Bangui y Cabicungan. Las más nombradas son
la de los guinaanes, que habitan en frente de los tin-
guianes, y la de los apayaos, que ocupan los montes
de Santa Rita hasta Cagayan. Los gaddanes también
deben mirarse como nación distinta de los mayoyaos,
sus enemigos implacables, que ocupan las llanuras y
— 42 —
faldas de los montes al O. de la Nueva Vizcaya. Los
igorrotes propiamente dichos tienen sus principales
rancherías en las sierras más altas, detras de la primera
cordillera que se halla al E. de la Union y primeros
pueblos de llocos Sur, cerca de las minas de oro de
Pancutcutan, á las faldas del monte Polac, el más ele-
vado del N. de Luzon. De allí, como centro de su
país, bajan á Nueva Vizcaya, Pangasinan, Union é
llocos Sur, y se comunican con los de otras rancherías
más distantes. Son por lo común los igorrotes bien
formados, algo más blancos que los naturales civiliza-
dos de las costas, de cara redonda y juanetes abultados,
particularmente los burios, con la circunstancia de te-
ner el ojo algo rasgado como los chinos. Tienen un
idioma diferente del que hablan los cristianos de las
llanuras, aunque la matriz del que hablan todos ellos
es la misma; lo que prueba que los igorrotes y los na-
turales civilizados son de una misma casta. Su religión
consiste en practicar algunas ceremonias supersticiosas,
para tener buenas cosechas, fortuna en sus viajes, di-
cha en los casamientos, y lograr la salud de los enfer-
mos y felicidad de los difuntos. En algunas rancherías
creen en la trasmigración de las almas, y tienen vanas
observancias en el canto de los pájaros; pero general-
mente su primer cuidado lo ponen en venerar á los di-
funtos, en lo cual se asemejan á los chinos, atribuyén-
doles el bien y el mal que acontece, por cuyo motivo
les hacen sacrificios por medio de algunos viejos y vie-
jas, que fingen estar los difuntos en sus cuerpos. No
tienen templos, ni altares, ni ídolos, ni sacerdotes, y
se puede asegurar como cosa cierta que toda su religión
— 43 —
se reduce á ciertas niñerías y grandes comilonas. Dice
el P. Fr. Francisco Antolin, misionero de la Orden,
que trabajó muchos años en Ituy, en un copioso ma-
nuscrito que dejó sobre estos infieles, que en cierta
ocasión dijeron los igorrotes á los cristianos lo siguien-
te : « Las fiestas de los cristianos nada valen , porque
todo cuanto hacen se reduce á hacer mucho ruido con
campanas, tambores y escopetas, yendo cada uno en
seguida á comer lo que tiene en su casa. Pero no su-
cede así en las fiestas de nuestros principales, pues sin
hacer tanto ruido, son de más gusto y provecho : ma-
tan los animales de diez en diez para comerlos, y todos
beben hasta quedar embriagados, y esto suele durar á
veces muchos dias. » Hé aquí los actos principales de la
religión de estos bárbaros, que puede convenirles en
propiedad el nombre de ateos prácticos, cuyo fin es su
vientre, sin cuidarse de lo que les ha de suceder des-
pués de esta vida.
Carecen- absolutamente de letras y escrituras. Sus
cómputos los hacen con las lunas y soles, valiéndose
de nudos hechos en unos cordelitos, como lo hacian
los americanos. Su gobierno es por lo común patriar-
cal. Cada parentela suele componer una ranchería, re-
gida por los ancianos ó por los más valientes de la na-
ción, que hacen el oficio de jueces, cuyas sentencias se
reducen á comer y beber á costa del culpado. El adul-
terio de la mujer y el estupro se castiga en muchas
rancherías con la pena capital : más de una vez se ha
verificado enterrar viva á la mujer embarazada que ha
tenido una fi-agilidad siendo soltera. La poligamia no
está en uso entre ellos, pero no tienen por indisoluble
— 44 —
el matrimonio. Si la mujer es estéril, enferma, pere-
zosa 6 de mal genio, la abandonan fácilmente y toman
otra; pero el que la desecha tiene que pagar una multa
á sus parientes, que rara vez baja de dos carabaos. El
adulterio también es causa de repudio, y la parte cul-
pada tiene que pagar la multa. Sus casas son bajas y
asquerosas: los principales, sin embargo, suelen tener-
las algo espaciosas, fabricadas de tablas de pino, cuya
madera es muy abundante en su país. Su traje se com-
pone de una mala faja para cubrirse las partes natura-
les, con una manta de algodón, que rara vez se lava.
El cabello se lo cortan á manera de cerquillo encima
de las orejas, y llevan casi siempre descubierta la ca-
beza. No conocen la cortesía; son en todo muy gro-
seros y pedigüeíios sempiternos. Duermen encima de
una piel, andan siempre descalzos, y rara vez se ba-
ñan. Los que bajan á los pueblos de la Union y Pan-
gasinan están llenos de suciedad, siendo hasta asquero-
sos, y parece que acaban de salir de un hospital. Tie-
nen sin enterrar mucho tiempo á sus difuntos, y para
que la corrupción no les moleste, les sacan los intesti-
nos por el orificio, ó los abren y después los salan y los
exponen á los ardores del sol para disecarlos. Los tie-
nen sentados durante el tiempo de sus honras, que
consisten en comerse toda la hacienda del difunto en
su presencia. Las armas predilectas de los igorrotes son
la lanza y el campilan, que es una especie de cuchilla
á manera de sable, corto y ancho por la punta. Los
mayoyaos hacen lanzas arrojadizas de palos y cañas tos-
tadas en sus puntas, y generalmente todos los igorro-
tes, para defenderse de sus enemigos, é impedir .que
^ 45 —
penetren en sus Tancherías libremente, clavan en el
suelo puntas de cañas tostadas, abren pozos que cubren
con malezas, y arman unas trampas que al pisar un
cordelito escondido en el suelo, disparan dos dardos
que atraviesan al que tocan. Los infieles fronterizos
suelen ser los que se comunican con los pueblos cris-
tianos, y no permiten que los del interior pasen libre-
mente por sus tierras. El oro que éstos sacan de sus
minas pasa regularmente por dos ó tres manos, y lo
mismo sucede con los animales y ropas, con que lo
cambian los primeros. Los que bajan á Nueva Vizcaya
se incomodan si se les habla de religión : á las instan-
cias de los PP. misioneros contestan francamente que
ellos también tienen su dios y almas de los difuntos que
les guardan, y que su religión consiste en buscar oro,
viajar y comerciar para comer y saciarse. Algunos han
opinado que descienden de los chinos; pero tan lejos
están ellos de pensarlo, que conservan entre sus fábu-
las la tradición de haberse ahogado todos los hombres
en una grande inundación, y que sólo se salvaron un
hombre y una mujer en el encumbrado monte Polac,
de quienes dicen que descienden todos los que compo-
nen su nación.
Los que habitan en las sierras fronterizas á los pue-
blos cristianos de Nueva Vizcaya son conocidos con
los nombres de yauas, yumanguies, panipuyes, iliabt-
nes, itinos, altabanes, quianganes, bugueyes, mayo-
yaos y gaddanes. Los iliabenes poseen entre todos la
singular habilidad de fabricar excelentes cuchillos, lan-
zas y campilanes de pedazos de sartén, ó cauas y rejas
de hierro colado, sin más instrumentos que dos piedras,
-4é-
que la una les sirve de martillo y la otra de yunque.
Los itinos hacen también buenos calderillos de cobre
colorado que sacan de sus minas. Los mayoyaos, que
habitan al N. de Nueva Vizcaya, á la otra banda del
Magat , son feroces y crueles : han estado casi siempre
en guerra con los cristianos é infieles que no son de su
nación, particularmente con los gaddanes, sus vecinos.
Tienen el bárbaro placer de cortar las cabezas de los
vencidos é incautos que sorprenden, en torno de las
cuales bailan con grande algazara en sus pueblos, y
colocan como trofeos en sus casas. Sus casamientos,
siembras y. siegas se celebran regularmente con cabe-
zas. Sus rancherías, situadas en las faldas de montes
escarpados, contienen muchos habitantes y tienen bue-
nas sementeras de arroz y de camote, que riegan con
ímprobo trabajo. En 1 847 se les obligó á reconocer al
Gobierno y desistir de sus hostilidades. El año siguien-
te bajaron sus principales á Manila con el Gobernador
de la provincia y uno de nuestros misioneros para pres-
tar obediencia al Gobierno. En 1849 recibieron dos
padres misioneros en sus pueblos, para quienes fabri-
caron casas para principiar su conversión; pero nada se
ha podido adelantar en tres años, á pesar de que no
tratan mal á dichos misioneros. Lo mismo sucede, á
corta diferencia, con los quianganes, que habitan al
O. de aquéllos, entre los cuales hay otros dos misio-
neros, porque, como gente bárbara, deben ante todas
cosas aprender á obrar como racionales (i).
(i) Del estado actual de nuestras misiones entre esos infieles se dará cuenta
en su lugar respectivo de esta Historia de nuestra provincia.
— 47 —
Por la parte de llocos y al N. de los igorrotes se si-
guen los burles, busaos, guinaanes, iletapanes, calaoas
y apayaos, entre los cuales deben contarse los manda-
yas. Todas estas naciones tienen sus usos y costumbres
diferentes, y sólo convienen en pintarse el cuerpo de
muchas y varias maneras, según el capricho de cada
uno de sus pueblos.
Ilongotes. — Estos bárbaros, con sus vecinos, los
italones por una parte, y los ibilaos por la otra, ocupan
los montes situados al E. de Nueva Vizcaya entre Bam-
bang y Bayombong. Los padres Franciscanos se dedi-
caron á su conversión; pero el fruto no correspondió á
sus fatigas. Son muy reducidas ya estas naciones, y de
ellos se han convertido muchos, especialmente de los
ilongotes é italones. Los ibilaos son más inconstantes,
y nunca se presentan con la cara descubierta: de todo
el mundo se recelan, y son cobardes y traidores. Tiran
la flecha con destreza, suelen incomodar á los pasaje-
ros del monte Caraballo, están en guerra casi siempre
con los negritos, y mutuamente se van aniquilando.
Los montes en donde habitan son ásperos y muy po-
blados de arboleda. Se produce en ellos muy bien la
caña dulce y otros vegetales, como en las llanuras. Re-
cogen mucha cera, que dan las abejas en los troncos
de los árboles, y tiñen de encarnado el bejuco, cuya
habilidad ha sido hasta ahora para ellos un secreto, que
á nadie han querido revelar.
Desde la llegada de los españoles á Filipinas se han
hecho muchas tentativas para reducir el igorrotismo á
la obediencia del Gobierno; pero todas han tenido fu-
nestos resultados. El oro de sus minas ha sido un ali-
^ 48 -
cíente poderoso para internarse en sus pueblos, y los
agravios que han hecho en todo tiempo á los fieles sub-
ditos de la Majestad católica han sido causas muy sufi-
cientes para sujetarlos con las armas; mas la fi'agosidad
del terreno que habitan, la falta de salud que allí ex-
perimentan los de las llanuras, y la escasez de habitan-
tes que lo ocupan , los ha hecho inconquistables hasta
hoy. ¿Qué interés pueden ofi^ecer al conquistador unos
hombres que, al verlo cerca de sus pueblos, lo aban-
donan todo, y se remontan á las eminencias sólo á ellos
accesibles? ¿Qué utilidad puede esperarse de un país
que apenas ofrece la población de cien vecinos en mu-
chas leguas de viaje, por cerros, valles y rios la mayor
parte del año intransitables? Hé aquí la mayor seguri-
dad de estas tribus, que en el dia son tan bárbaras co-
mo la primera vez que las visitaron los españoles, hace
ya cerca de tres siglos. Benguet, sitio muy ameno, era
uno de los más poblados del país de estos bárbaros,
cuando Galbey lo visitó en 1829, y sin embargo, ape-
nas llegaban á quinientos sus vecinos. Se estableció des-
pués allí un fuerte con una respetable guarnición que
sirviese de barrera para los pueblos cristianos, de freno
para toda su nación, y principio de sujeción; pero esta
medida sin misioneros que pudiesen contener las de-
masías de la tropa y suavizar las costumbres de los bár-
baros, sólo ha podido conseguir el primer fin. El re-
sultado ha sido que aquella población , que por ser de
igorrotes podia llamarse numerosa, ha quedado redu-
cida á muy pocas chozas miserables. Otra prueba de la
inutilidad de las expediciones militares sin PP. misio-
neros, nos ofrece el mismo Galbey en 1837, siendo
— 49 —
gobernador interino de las islas D. Pedro Antonio Sala-
zar. Entró en diferentes puntos del igorrotismo en llo-
cos, Pangasinan y en lo que ahora es Nueva Vizcaya:
celebró tratados de paz con los principales de sus pue-
blos, particularmente con los mayoyaos y quianganes
de los montes vecinos á la última provincia; fundó pre-
sidios en sus mismas rancherías, y el resultado fué nin-
guno. Gastó el erario mucho, los indios cristianos pa-
decieron mucho también, murió mucha tropa por las
enfermedades, tanto de la clase de soldados como de
sargentos y oficiales, y al fin los presidios se tuvieron
que abandonar, y los bárbaros han hecho después más
asesinatos que antes.
Ninguna época se ha presentado más halagüeña para
la reducción de los infieles igorrotes que la del gobierno
de D. Manuel Arandia, en 1755. El alcalde mayor de
Pangasinan, D. Manuel Arza, con motivo de las mu-
chas tropelías que aquellos bárbaros estaban cometien-
do impunemente en su provincia, particularmente en
los del partido llamado de llocos, que ahora pertenece
á la provincia de la Union, prohibió estrechamente su
comunicación con los cristianos de los pueblos de su
jurisdicción, y se dispuso á entrar en su país con una
división de dos mil hombres, con el fin de sujetarlo.
Habiendo algunos igorrotes infringido el bando del Al-
calde, fueron presos y se les confiscó el oro que traian
á vender. El provincial de Agustinos, Fr. Manuel Car-
rillo, estaba á la sazón visitando á los religiosos de su
Orden en aquel partido, y tenía deseos de reducir á la
nación igorrota por medio de sus misioneros á la fe, y
mientras se ocupaba de este negocio interesante, se le
— 50 —
presentaron por escrito algunos principales de sus pue-
blos, pidiéndole misioneros para instruir á los suyos en
el catecismo; que fuesen puestos en libertad los presos
y se les devolviese el oro confiscado. La primera peti-
ción no parecia muy sincera, en atención á las dos úl-
timas; sin embargo, aquel superior, después de haber
obtenido de los suplicantes algunas protestas favorables
á su fin, les ofreció enviarles misioneros, y escribir al
Superior Gobierno de las islas para lograr las gracias
que pedian. Algunos de los mismos igorrotes, ya ins-
truidos en las verdades de nuestra santa fe, fueron en-
viados á Manila con los despachos del dicho P. Pro-
vincial Carrillo, que fueron honrosamente recibidos.
Arandia les ofreció cuanto pedian, y después de haber
accedido á que se bautizasen en Tondo algunos de ellos,
de los cuales fueron padrinos las primeras notabilidades
de la capital, fueron despachados con muchas gracias
y regalos. Su vuelta al pueblo de Agoo aconteció á la
sazón en que otros principales de su nación estaban asi-
mismo recibiendo el bautismo, mientras otros muchos,
que pasaban de ciento, estaban aprendiendo el catecis-
mo. Estos sucesos debian de llenar á todo el igorro-
tismo de un extraordinario entusiasmo religioso, y el
P. Carrillo llegó á persuadirse que era llegada ya la
hora de su salud. Sin pérdida de tiempo designó á dos
celosos misioneros de su Orden para dar principio á lá
deseada conversión en los mismos pueblos de los bár-
baros, que sin dificultad los recibieron, y en breve se
ofrecieron á recibir el Santo Sacramento del Bautismo
mil setecientos sesenta y siete, de veinte y siete ran-
cherías que nombra el mismo Provincial en una reía-
— 51 —
cion que dio á luz y se imprimió en Madrid el año
de 1756, en la cual aseguraba que en otras muchas
rancherías se manifestaban las mismas disposiciones.
Pero desgraciadamente todo aquel entusiasmo se des-
vaneció como el humo, porque, ora por falta de cons-
tancia, ora por la emulación de otras naciones, ora, en
fin, por la escasez de misioneros, aquella misión que
tanto prometía, quedó reducida á la nada, sin que se
hubiese podido conseguir establecer un solo pueblo
cristiano en aquel país ingrato.
No es posible reducir á los salvajes á vida cristiana
antes de reducirlos á vida social. Lo segundo es abso-
lutamente imposible mientras no se les obligue á vivir
en las llanuras ó en pueblos formados, en donde se les
pueda adoctrinar y amansar. Para ambas cosas se han
tocado siempre dificultades insuperables, porque no es
fácil arrancarlos de las rancherías en donde han nacido
ó han sido enterrados sus mayores. No han sido, sin
embargo, enteramente infructuosas las diligencias que
han practicado los PP. misioneros de los pueblos in-
mediatos á sus montes : en el dia el país de los infieles
está más reducido. A mediados del siglo pasado nues-
tros religiosos redujeron á la fe y á la obediencia del
Gobierno todas las llanuras del Difun de la Nueva
Vizcaya, cuyo país, ocupado por las naciones Yogat y
Gaddan, habían sido intransitables hasta entonces. Las
inmediaciones de Ituy y Paniqui, en la misma provin-
cia, estaban pobladas de igorrotes, que en el dia son
todos cristianos, y muchos pueblos de llocos Norte y
Sur, Abra, Union, Pangasinan, Nueva Ecija, Nueva
Vizcaya y Cagayan, se han formado, ó enriquecido
— 5^ —
considerablemente, con los individuos de varias nacio-
nes de infieles convertidos á la fe. En la actualidad
cuasi todos los infieles de la casta malaya están á gran
distancia de los pueblos sujetos al Gobierno.
Negros. — No sólo en Luzon, sino también en las
Visayas se hallan los verdaderos negros occeánicos que
forman una casta diversa enteramente de las demás que
se conocen en el mundo descubierto. En Filipinas son
conocidos por los españoles con el nombre de negri-
tos, y por los naturales con los de aetas, itas, etas, ba-
higas, etc., según las provincias en cuyas cercanías ha-
bitan. Verosímilmente son los primitivos habitantes del
país. En nada se parecen á los de la casta malaya en
sus facciones, color, cabello, costumbres y modo de vi-
vir. Hasta su dialecto es distinto del que hablan las na-
ciones procedentes de aquella casta; mas como los que
bajan á los pueblos hablan el idioma de los indios, no
falta quien duda si tienen idioma propio, aunque en
sus danzas cantan de un modo ininteligible: mas pa-
rece que aullan que no que cantan. En el pelo no to-
dos son iguales : algunas tribus lo tienen algo lacio,
pero el de la generalidad es crespo, como el de los de
África, aunque no tan negro. Tampoco el color del
cuerpo es tan atezado, pero mucho más que el de los
naturales de la casta malaya. Tienen la boca más an-
cha que lo regular, y más distante de la nariz, que es
pequeña, y en algunos afilada. Cuasi todos tienen pa-
tillas, y algunos no carecen de barba. Su traje es una
miserable faja que les cubre sus vergüenzas, y las mu-
jeres cuando bajan á los pueblos cristianos suelen cu-
brirse los pechos con otra hecha de algodón ó corteza
— S2 —
de válete. Son de muy limitada inteligencia, aunque
en algunos se descubren señales que indican más que
regular talento, si lo cultivaran. Su casta puede repu-
tarse por la última de la especie humana; su mismo
físico tiene todos los caracteres de una raza salvaje y
degradada: ellos mismos tienen una idea tan baja de
sí, que dicen que no son hombres ni gente, sino aetas.
Habitan entre bosques en la cordillera del O. de la ba-
hía de Manila, desde Mariveles hasta Pangasinan; en
lae faldas de una y otra banda, de la que atraviesa la
isla de E. á O. desde San Fabián hasta Valer; al O. de
algunos pueblos de Cagayan, y en la otra cordillera
desde el Cabo de Engaño hasta Tayabas; en los mon-
tes de San Mateo y Camachin; en algunas partes de
las provincias del Sur; en una palabra, los hay en casi
todos los montes de Luzon, reunidos en pequeñas tri-
bus con relaciones entre sí, particularmente los cerca-
nos de una misma cordillera. No tienen más vivienda
que unas malas chozas debajo de los árboles, y á veces
algunas ramas enredadas para evitar de algún modo los
efectos de la intemperie. Los más duermen donde les
coge la noche, y cuando tienen frió, ó la humedad es
muy grande, encienden hogueras y se revuelcan en la
ceniza caliente. No se dedican á la agricultura y se
mantienen de raíces silvestres, hojas de árboles y reses
que la casualidad les presenta á tiro de flecha; en tiem-
po de lluvias padecen mucho, y se pasan dias enteros
sin probar otra cosa que hierbas. Para la caza de los
jabalíes, o cerdos montaraces, tienen unas flechas, cu-
yas puntas de hierro sólo se sujetan con la caña por
medio de unos fuertes cordelitos, de los cuales se des-
— 54 —
prenden al entrar en el cuerpo de la fiera, la que lue-
go queda presa en los matorrales, y el cazador se libra
fácilmente de sus colmillos, que son temibles cuando
se conoce herida. Su gobierno consiste en dejar á cada
uno en la más completa libertad, y en la observancia
de algunas prácticas que han heredado de sus mayores:
una de ellas es el comerse de común las reses grandes
que coge algún particular. No se ve entre ellos señal
alguna de religión, como no sea alguna práctica que
indica su creencia en la inmortalidad del alma. Sus ma-
trimonios se solemnizan con algunas fiestas brutescas,
que no merecen la pena de referirlas. La ceremonia
esencial consiste en hacer dar una vieja algunas cabe-
zadas á los desposados entre sí, diciendo algunas veces
las siguientes expresiones : c Produzca el hombre, pro-
duzca la mujer», muy propias para designar el fin pri-
mario del enlace, en lo cual apenas se diferencian de
las bestias. En algunos puntos se van extinguiendo no-
tablemente, como sucede en los montes de Bataan,
efecto de la vida miserable que llevan, y de que faltan
mujeres, pues no pocas las compran las indias tagalas
para su servicio. Estas se mezclan á veces con los in-
dios, y los mestizos que de ellas nacen no tienen el
pelo crespo, y hay quien dice que su fisonomía es me-
jor que la del tagalo mismo.
Sus tribus se trasladan de una parte a otra con la
mayor facilidad, pero no se apartan jamas á gran dis-
tancia del distrito que sus antepasados ocuparon. La
muerte de cualquier individuo de la tribu es suficiente
causa para hacerles variar de domicilio, y como no tie-
nen muchos muebles, casas ni sementeras, no les da
— ss —
mucha pena abandonar el sitio que antes ocupaban.
Los que habitan en las cercanías de los pueblos cristia-
nos son esclavos voluntarios de éstos. Por un poco de
arroz ú otra friolera les traen de gran distancia cera,
maderas, cañas y bejucos. Todos tienen sus padrinos,
que les dan hospedaje cuando bajan á los pueblos, cuyo
beneficio no es poco favor en atención á la asquerosi-
dad que se descubre en sus cuerpos, cubiertos por lo
regular de herpes y empeines. Desde que los misione-
ros españoles empezaron la conversión de los naturales
de las islas, trataron también de reducir á los de esta
casta degradada; pero ninguno hasta ahora se ha po-
dido gloriar de haber tenido por mucho tiempo una
sola tribu sujeta y reunida, para enseñarle la vida civil
y cristiana. Si se ks habla de religión, oyen con la ma-
yor indiferencia cuanto se les dice; contestan siempre
con niñerías, y su última respuesta es, que sus ante-
pasados vivieron como ellos y que los quieren imitar
eji la muerte. Muchos cristianos tienen la maña de
comprar chiquillos y chiquillas de esta casta para bau-
tizarlos y servirse de ellos como de esclavos; pero los
más se vuelven á los montes cuando han llegado á la
pubertad. Entre los pangasinanes ya es proverbio que
los hijos de los negros son como los gallos de monte,
que en sabiendo volar, aunque. hayan nacido de huevos
empollados por gallinas caseras, se marchan á los bos-
ques (i).
Estadística. — Parte política y administrativa. —
(i) En 1868 y 69 se contaban unos 13.000 de la casta de negritos, redu-
cidos ó conocidos; pero pocos serian cristianos.
- 56 -
Todas las islas Filipinas sujetas al Gobierno español,
con las Marianas, están bajo el cuidado de un jefe mi-
litar, que al cargo de Gobernador Superior Civil reúne
los de Capitán General, de Vice-patrono regio, de
Presidente de la Real Audiencia con otros de menos
entidad; y á él solo están confiadas la seguridad y de-
fensa del país; motivo por que su autoridad es de al-
gún modo ilimitada en ciertos casos. Para el debido
desempeííp de estos interesantes cargos tiene varias ofi-
cinas, un asesor y un auditor de guerra, á cuyos pare-
ceres suele conformar sus resoluciones : por manera
que estos dos letrados, particularmente el asesor, son
los verdaderos gobernadores de las islas (i).
En cada pueblo hay un gobernadorcillo, á quien los
indios llaman capitán, con varios tenientes y alguaciles,
que le ayudan en el desempeño de sus atribuciones,
que consisten en decidir los asuntos de poco interés,
mantener el buen orden en el pueblo, castigar con
multa ó arresto á los culpados, formar las primeras di-
ligencias sobre graves delitos, cuidar de la conservación
de las obras públicas, puentes y caminos en donde no
hay oficiales públicos destinados á este objeto (2), y
publicar las órdenes que le comunica el Alcalde. Los
gobernadorcillos de los pueblos de Filipinas vienen á
ser los alcaldes pedáneos de la Península. El empleo
(i) Hoy ya no existe el cargo de asesor, desde que se creó el Consejo de
Administración, que absorbe sus atribuciones. Ni es el Capitán General Pre-
sidente de la Audiencia, sino del Consejo de Administración y del Ayunta-
miento.
(2) Hoy están estas obligaciones á cargo de los llamados inspectores de ca-
nsinos Y obras públicas.
— 57 —
de todos estos ministros es electivo y dura un año sola-
mente. Su elección se hace hacia el fin de cada año por
la clase de los llamados principales, y los confirma el
Alcalde ó el Superior Gobierno. Hasta el año de 1 847
fueron los electores del gobernadorcillo los doce cabe-
zas de barangay (i) más antiguos con el saliente. El
electo presentaba una* lista de los tenientes y demás
oficiales subalternos, y los confirmaba el Alcalde en el
acto si eran de su satisfacción. Mas en dicho año el
gobernador D. Narciso Clavería varió este método an-
tiguo por un bando, publicado el 5 de Octubre del
expresado, que contenia 25 artículos, de los cuales
el 3.°, 4.°, y 6.°, prescribían lo esencial de las futuras
elecciones (2).
Hé aquí su contenido: «Artículo 3.^ Estas eleccio-
«nes ó propuestas se harán por una junta, que se com-
«pondrá del gobernadorcillo saliente y de doce vecinos,
«que se sortearán, la mitad de entre los capitanes pasa-
))dos, y de los que, habiendo sido cabezas de barangay
))por espacio de diez años consecutivos, hubiesen deja-
))do de serlo sin mala nota; estos seis en calidad de
«principales; y la otra mitad de entre los que fuesen ca-
))bezas de barangay en ejercicio al tiempo de la elec-
))cion.)) «4.° Para poder ser elector, se necesita, ademas
))de pertenecer á una de las tres clases sobredichas y
(i) Barangay es un grupo de tribunales compuesto de 50 familias, como
se dirá más adelante.
(2) Por reales órdenes de 19 y 28 de Agosto de 1862 se han introducido
algunas variaciones en el decreto de 1847. Los gobcrnadorcillos duran dos
años : la elección se hace al i." de Abril, menos en las provincias cosecheras
de tabaco; en provincias distantes solamente no lo confirma el Superior Go-
bierno.
- 58 -
«expresadas en el artículo anterior, tener un oficio ó
))modo de vivir conocido; no estar impedido ó entre-
«dicho judicialmente, por incapacidad física ó moral;
))no ser de los que en sus casas acostumbran tener jue-
))gos prohibidos, ó de los que hayan sido penados por
)) reincidencia en este detestable vicio; no estar proce-
«sado criminalmente ni haber sido sentenciado á penas
«corporales, aflictivas 6 infamantes, sin haber obtenido
«rehabilitación; no ser deudor á los caudales munici-
«pales ó de la Hacienda pública; no ser deudor que-
«brado; no haber concurrido á junta clandestina con
«objeto de ganar votos para las elecciones, ni haberlos
«solicitado con dádivas ó promesas, para sí, sus parien-
wtes ó para otras personas. Tampoco podrán ser electo-
«res los criados de los alcaldes mayores, gobernadores,
«tenientes de gobernadores y curas párrocos, ni los sir-
« vientes de las iglesias.)^ «6.° Sorteados, como va dicho
«(artículo 5.°), los doce electores, sin que contra ellos
«se hubiese hecho objeción alguna, ó resuelta ésta, se-
«gun se dispone en el art. 10, y desocupada la sala de
«todos los demás que entraron en suerte, se procederá
«á la propuesta para gobernadorcillo en la forma si-
«guiente : El jefe de la provincia, ó quien en su defec-
«to presida el acto, después de una alocución sencilla,
«análoga al objeto de que se trata, entregará á cada uno
))de los doce electores y al gobernadorcillo saliente, ó
«por falta de éste al teniente mayor ó primero, una pa-
«peleta según el modelo número i.°, en que diga: «Fu-
«lano de tal, capitán pasado, cabeza de barangay que
«ha sido, ó que lo es, propone para gobernadorcillo en
«el año próximo de tanto, del pueblo de faquí el nom-
— 59 —
y\bre del pueblo) á N. N. ( aqui los nombres y apellidos de
))dos individuos que se han de proponer))); y hecha, la en-
«tregará al Presidente, quien, reunidas todas las pape-
piletas en la forma indicada, y sin expresar en ellas, por
«pretexto ninguno, primero ni segundo lugar, sino sólo
«los nombres y apellidos de los dos propuestos, proce-
ftderá inmediatamente al escrutinio, »y en seguida á la
«publicación del resultado de la votación, con expre-
«sion del número de votos que cada uno haya obteni-
»do; debiendo entenderse propuesto en primer lugar, y
))Ocupar el mismo en la terna, aquel á cuyo favor hu-
«biese resultado mayoría, y el segundo el que tenga
«más votos después de él. En caso de empate se repe-
«tirá la votación entre los empatados solamente, para
«ver quién debe ocupar el primero y segundo lugar, y
«no resultando tampoco mayoría, decidirá la discordia
«el que presida el acto.» El tercer lugar lo ocupará
siempre el gobernadorcillo saliente, con el cual y los
dos propuestos del modo dicho se formará la terna que
se ha de remitir al Superior Gobierno.
Por estas disposiciones se ha hecho la esencial va-
riación de quitar el derecho exclusivo que tenian los
doce cabezas de barangay más antiguos, con el gober-
nadorcillo saliente, y trasmitirlo á todos los goberna-
dorcillos pasados y cabezas de barangay, exentos de las
notas que se prescriben en el art. 6.", una de las cua-
les es, ser criado del alcalde ó del cura del pueblo, ó
sirviente de sus iglesias, y quitar el de ser elegido á los
que no son cabezas de barangay. Con esto se ha tra-
tado, á no dudarlo, de conservar la libertad de los elec-
tores, que podría coartarse de algún modo por la in-
— 6o —
fluencia de aquéllos. Pero no se ha tenido presente que
con esta medida se minora el prestigio, especialmente
de los curas, y que las iglesias estarán en adelante, por
lo regular, peor servidas; porque ningún cabeza ni go-
bernadorcillo pasado querrá prestar estos servicios, que
los miraban casi en todas partes como los más honorí-
ficos, que requerían hombres de mucha probidad, par-
ticularmente los oficios de fiscal, de sacristán mayor,
maestro de cantores, mayordomos de los curas y otros.
Ademas, no siendo estas elecciones más que propues-
tas, que puede desechar el Superior Gobierno, pudien-
do echar mano del tercero que no ha sido propuesto,
y perpetuarlo en el empleo, ¿por qué tantas trabas y
precauciones? (i).
Las cabezas -de barangay forman la verdadera aris-
tocracia en Filipinas. Cada uno suele tener 45 6 50
tributos, que constituyen otras tantas familias bajo su
cuidado, en cuyo barrio está precisado á residir. Debe
cobrarles el tributo y entregarlo al gobernadorcillo ó
alcalde mayor de la provincia, bajo su responsabilidad,
garantida con fianzas. Cuidar del buen orden y armo-
nía de las familias de su barangay ^ repartir entre sus
individuos los servicios personales y pecuniarios con
( I ) Algunas variaciones ó modificaciones se han introducido posteriormen-
te en este reglamento, ademas de las citadas; pero no es nuestro objeto el
enumerarlas. Sobre las atribuciones de los gobernadorcillos se dio el decreto
de 21 de Diciembre de 1861 sobre el modo de cumplir sus deberes. La Real
Audiencia en varias ocasiones, y también por reales órdenes se les han fijado
sus atribuciones en la parte de justicia. Para conocer las atribuciones y debe-
res de los gobernadorcillos en el ramo principalmente de justicia, puede con-
sultarse el Manual del gobernadorcillo , escrito por D. José Feced, inteligente
y celoso alcalde mayor, siéndolo de Albayen 1867.
— 6i —
que deben concurrir para el bien común del pueblo, y
transigir las diferencias que se susciten entre ellos.
Esta institución, mucho más antigua que la sujeción
de las islas al Gobierno, ha merecido siempre las ma-
yores atenciones. En un principio eran las cabecerías
hereditarias, y constituían la verdadera hidalguía del
país; mas en el dia, si bien en algunas provincias toda-
vía se trasmiten por sucesión hereditaria, las hay tam-
bién de elección, particularmente en las provincias más
inmediatas á Manila, en donde han perdido su presti-
gio y son una verdadera carga. En las provincias dis-
tantes todavía se hacen respetar, y allí es precisamente
en donde la autoridad tiene menos que hacer, y el or-
den se conserva sin necesidad de medidas coercitivas;
porque todavía existe en ellas el gobierno patriarcal,
por el gran respeto que la plebe conserva aún á lo que
llaman aquí principalía. Están exentos de pagar el real
tributo, con sus mujeres é hijos primogénitos, y en las
iglesias suelen tener un lugar de preferencia. Abusan
con frecuencia del prestigio que gozan en las provin-
cias lejanas; pero deben ser protegidos por la autori-
dad, porque de otra suerte sería muy difícil á sus jefes
gobernar un solo pueblo sin el auxilio de la fuerza ( i )
Parte eclesiástica. — No se permite en Filipinas
(i) Por el reglamento de 20 de Diciembre de 1863, art. 16, no son ad-
misibles á los cargos de gobernadorcillos y tenientes de los mismos, ni podrán
formar parte de la principalía, salvo si la gozasen por juro de heredad, los
indígenas que no supiesen hablar, leer y escribir el idioma castellano, á los
I 5 años de establecida una escuela en el pueblo respectivo. Como en mu-
chas provincias miran esos destinos como onerosísima carga, en ellas puede
esta disposición producir un efecto contrario al que se intenta.
— 62 —
el ejercicio de otra religión que el de la católica apos-
tólica romana, á excepción de algunos puntos de las
Visayas, sujetos nuevamente, en donde se ha garanti-
do el de la mahometana. Los primeros misioneros que
principiaron á anunciar el cristianismo en estas islas
fueron los padres Agustinos, que acompañaron á Le-
gaspi en 1565 (i). A ellos se siguieron los PP. Fran-
ciscanos, los de nuestra Orden, los de la Compañía de
Jesús, y finalmente, los Recoletos ó Agustinos descal-
zos. Sin embargo de que no faltaron desde un princi-
pio sacerdotes del clero secular que los coadyuvaron,
particularmente en las cercanías de Manila, no se de-
dicaron como aquéllos á las misiones de intento. Don
Juan de Vivero fué el primero que pasó á Cebú, antes
de haberse establecido el gobierno de Manila, y poco
después el fundador de la Misericordia, los cuales ob-
tuvieron destinos en la misma capital. Para fundar y
sostener una misión entre salvajes no bastan el celo y
la virtud; es necesaria una corporación que pueda reem-
plazar los misioneros y mantener un sistema uniforme
y sostenido que le dé la fijeza indispensable; y sobre
todo un gran desprendimiento de los intereses tempo-
rales, para no hacerse odioso el misionero á los mise-
rables que trata de ganar para el cielo.
Fundada la iglesia de Manila en 1581, como ma-
triz y cabeza de todas las islas Filipinas, fué también
creado su cabildo, mantenido, como su prelado, á ex-
pensas del erario. Luego se erigió esta iglesia en silla
(i) No se hace mención aquí de los que vinieron con Magallanes, porque
no llegaron á establecerse definitivamente por entonces.
-63 -
arzobispal y metropolitana, se dividieron las islas entre
ella y tres obispados sufragáneos', tales como existen en
el dia (i).
Tanto en el arzobispado, como en los obispados su-
fragáneos hay un provisor, un secretario, un promotor
fiscal y algunos notarios, sin más renta que las obven-
ciones de la curia y derechos de la secretaría, que son
muy pocos (2). Concede ademas S. M. á cada uno de
los prelados dos capellanes de honor, ó de solio, con
cien pesos de estipendio anuales. En las causas eclesiás-
ticas, tanto civiles como criminales, del metropolitano,
por concesión especial de Gregorio XIII, se apela al
obispo más cercano, como delegado apostólico, y si las
dos sentencias son conformes, queda la causa definiti-
vamente terminada, sin recurso á otra parte; y si no lo
son, se puede apelar á otro obispo, también el más cer-
cano, y la sentencia de éste es también en tal caso ir-
revocable. En sede vacante gobierna el cabildo en el
arzobispado, y en los sufragáneos el diocesano más cer-
cano. Tanto el Arzobispo como los obispos sufragáneos
gobiernan la diócesis con sólo el real nombramiento.
(i) últimamente se ha creado el obispado de Jaro, en la isla de Panay.
Véase el estado que se pone al fin de este tomo, donde se consignan las pro-
vincias que comprende su administración, con los pueblos v número de almas
que corresponden á cada diócesis.
(2) Por real orden de i.° de Julio de 1860 se señalan 3.000 pesos anuales
al Provisor y 2.000 pesos a? Fiscal de la curia del arzobispado de Manila; si
son prebendados, disfrutarán, ademas de su prebenda la mitad de estos suel-
dos. Igualmente por real cédula de 18 de Agosto de 1853 se dispone que el
cargo de provisores se provea necesariamente en las sufragánqas en individuos
del cabildo metropolitano, y puede en ellos proveerse el de secretario, de
acuerdo siempre con el Arzobispo; en cuyos casos, para las distribuciones y
demás consideraciones personales, se les considerará como presentes en el ca-
bildo.
-64-
antes de recibir las bulas pontificias, ora por algún pri-
vilegio especial, del cual no es fácil dar razón, ora por
la costumbre, en lo que convienen los autores de In-
dias. En todas las provincias tienen los señores ordina-
rios sus vicarios foráneos, facultados para dispensar en
muchos casos, comunicar á los curas párrocos de sus
distritos respectivos las órdenes de los obispos, y des-
empeñar las comisiones que especialmente les cometen.
Los curatos y misiones son servidos por clérigos se-
glares y religiosos de las cuatro Ordenes, que tienen
sus conventos principales en Manila. Los que deben
proveerse por sacerdotes del clero secular se dan por
concurso ú oposición. A este fin pasan circulares los
diocesanos, y en los dias designados examinan por sus
sinodales á los que se presentan, y son admitidos. En
seguida, de acuerdo con los mismos sinodales, forman
las ternas y las elevan al Sr. Vice-patrono, el cual elige
uno y lo presenta al mismo Ordinario, para que le des-
pache la canónica institución. El mismo método se
observa respecto de los curatos confiados á las corpo-
raciones religiosas, á excepción de las oposiciones; pues
basta que los nombrados estén examinados y tengan
licencias de confesar para que puedan obtener la cura
de almas y la canónica institución (i).
(i) Por real cédula de 19 de Octubre de 1852 se restableció la Com-
pañía de Jesús en estas islas. Por real orden de 10 de Marzo de 1858 se
dispuso que se estableciese en Manila una casa de la dicha Compañía de
Jesús con destino á las misiones de Mindanao. Por real orden de 10 de Se-
tiembre de 1861 se declara que á los Jesuítas pertenece exclusivamente el
planteamiento y desarrollo sucesivo de las misiones vivas en la isla de Min-
danao, y que deben encargarse de la administración de los curatos y doctri-
nas ya reducidos por los Agustinos recoletos, á medida que éstas vayan va-
- é5 -
Desde el principio de la reducción de las islas Fili-
pinas hasta fines del siglo pasado, los regulares habian
administrado á los indios, como simples misioneros,
sin examen, canónica institución ni visita de los dio-
cesanos, y si bien aquéllos procedían en virtud de pri-
vilegios pontificios, éstos, no obstante, se miraban
privados de una de sus prerogativas principales. Antes
de erigirse obispado alguno en las islas, ya trató el
Arzobispo de Méjico de nombrar un delegado, que
ejerciese sobre ellos su jurisdicción relativamente á la
cura de almas; pero fué contradicha por los mismos,
y se mantuvieron en su posesión hasta los tiempos del
arzobispo de Manila D. Basilio Sancho de Si:nta Justa
y Rufina, y del gobernador Anda. De aquí se origi-
naban competencias poco edificantes, y S. M. tomó la
medida de entregar los curatos al clero secular. Pero
esto no agradó á los que gobernaban en Manila, por-
que habia en ello muchos y graves inconvenientes si
llegaban á faltar los religiosos. Por esto se suspendie-
ron las Reales disposiciones que trataban de la secula-
rización de los curatos, y se obligó a los regulares á
servirlos con la canónica institución, sujetos á las leyes
del patronato de las Indias. El Sr. Anda fué el ejecutor
de esta disposición, causando al efecto muchos sinsa-
bores y disgustos á los que habian sido la causa prin-
cando, y se faculta á la provincia de San Nicolás de Recoletos para admi-
nistrar los curatos de la provincia de Cavite ú otros que hubiere servidos
por el clero indígena, al paso que vayan tamoien vacando. Esta detcrnunu-
( ion ha dado motivo á varias cuestiones y ocasionado varias disposiciones
p)Steriores, quedando ella en pié. Hay, pues, ahora cinco Ordenes religiosas
q le administran en este archipiélago.
TOMO I. 5.
~ 66 —
cípal de su elevación. Este gobernador quería que los
curatos de las islas estuviesen servidos por los regulares;
pero los queria curas, y sujetos en un todo al rigor
del patronato.
- 67 -
SECCIÓN SEGUNDA.
IDEA GENERAL HISTÓRICA.
PRIME'lA ÉPOCA HASTA LA TOMA DE MANILA POR LEGASPI.
Magallanes. — Su empresa. — Descubrimiento del estrecho que lleva su nom-
bre.— Vicisitudes de su navegación. — Descubrimiento de estas islas.- — ■
Llegada de Magallanes á Cebú. — Su muerte. — Serrano es nombrado en
su lugar jefe de la expedición. — Su muerte alevosa con otros compañeros.
— Le sucede en el mando Juan Carballo. — Su tratado con Almanzor en la
isla de Tidore. — Regreso á España de la fragata Victoria al mando de
D. Sebastian del Cano. — Nueva expedición á las Molucas bajo la conducta
del general Loaysa. — Otra expedición á las Molucas , organizada en Aca-
pulco, al mando de D. Alvaro Saavedra. — Muerte de Saavedra. — Trata-
do de paz con los portugueses, y nueva línea divisoria de sus posesiones. —
Varias otras expediciones al mar del Sur. — Nueva expedición á las islas
Filipinas al mando de Villalobos. — Muerte de este jefe. — Nueva expedi-
ción á estas islas al mando del general Legaspi, por orden de Felipe IL —
Urdaneta. — Nueva posesión de las islas Filipinas por el adelantado Legas-
pi.— Sus primeras operaciones y tratados en las islas Visayas. — Se esta-
blece después en Cebú como centro y base de sus operaciones. — Regreso
á Nueva España y á la corte del P. Urdaneta. — Su vuelta á Nueva Espa-
ña y su muerte. — Llegada á Cebú del navio San Jerónimo, procedente de
Méjico. — Horrores y desgracias de su viaje. — Nuevos proyectos de hosti-
lidad por parte de los portugueses. — El gobernador portugués de las Mo-
lucas se presenta en Cebú con una escuadra disputando á Legaspi sus de-
rechos sobre las islas Visayas. — Es rechazado en el terreno de las negocia-
ciones y de las armas. — La escasez de víveres obliga á Legaspi á trasladar
el campo á la isla de Panay, al mando de Salcedo. — Ovación de Legaspi
en la isla de Panay. — Libra sus costas de piratas. — Expediciones con este
objeto. — Primera expedición á Manila al mando de D. Martin Goiti. —
Sus tratados con el régulo llamado Raja Matana. — Alevosía y hostilidades
de Solmian su sobrino. — Su derrota y escarmiento por los españoles. —
Regreso de Goiti á la isla de Panay. — Fundación de la villa de Cebú por
Legaspi bajo la denominación del Santísimo Nombre de Jesús.
I.
Entre las inmensas posesiones con que la divina Pro-
videncia se dignaba enriquecer en otro tiempo á nues-
tra católica nación, ocupan un lugar muy distinguido
— os-
las islas Filipinas, descubiertas en 1521 por el insigne
é intrépido marino Hernando Magallanes, protegido
por D. Carlos I de España y V de los emperadores de
Alemania de este nombre, en los principios de su rei-
nado glorioso. Los españoles ya empezaban entonces á
poblar el continente americano, y tenian noticia del
mar del Sur, descubierto en 1 5 1 3 por Vasco Nuñez
de Balboa, uno de los primeros pobladores del Darien,
y se procuraba con empeño hallar algún estrecho por
donde se pudiese navegar desde España por la via del
poniente á las Indias Orientales, que ya los portugue-
ses explotaban con éxito feliz. Algunos extranjeros ha-
bian intentado sin efecto este paso deseado; el mismo
Colon hizo varias tentativas al intento, luego que vio
no ser Lipangas ni el Catay las islas de Cuba y Haiti;
mas la gloria de este descubrimiento importante esta-
ba reservada á Magallanes. No faltan escritores portu-
gueses que lo culpan de haber hecho traición á su país,
sin hacerse cargo de que antes de pasar á ofrecer sus
servicios á la corte española, habia propuesto el pro-
yecto á su rey D. Manuel, de quien fué altamente
desairado. El rey D. Carlos, por el contrario, no me-
nos deseoso de atraer á su nación el comercio lucrativo
de Oriente, que de promover su gloria con nuevos
descubrimientos, escuchó benignamente al intrépido
marino, y lo envió á su Consejo para que en él expu-
siese francamente las razones en que fundaba su grande
pensamiento.
Habia trabajado Magallanes en Mauritania, y nave-
gado por espacio de siete años por las Indias en tiem-
po del famoso capitán D. Alonso de Alburquerque;
-69-
tenía relaciones íntimas con Abreu y Serrano, que ha-
bían reconocido las islas de Java, Bali, Sumbava, Ma-
dura, Solón y las Molucas, por cuyas memorias, y por
lo que habia observado él mismo, estaba este jefe con-
vencido de que estas islas, con otras del Pacífico, se
extendían hasta las inmediaciones de la América del
Sur, y que se podría navegar hacia ellas por la vía del
poniente, atravesándola por algún estrecho, de que ten-
dría ya noticias, que habia más allá de las costas del
Brasil, cuyo país había sido casualmente descubierto
en 1500 por D. Pedro Álvarez Cabral. El Rey, según
el parecer de su Consejo, después de haber oído la
oposición de Portugal, que no le hizo fuerza, aprobó
el proyecto original de Magallanes, y desde luego lo
condecoró con el hábito de Santiago, honor muy dis-
tinguido en aquel tiempo. Se extendieron en seguida
las instrucciones que debían observarse, y dispuso S. M.
que se aprestasen en Sevilla cinco naves al efecto, con
la gente necesaria y víveres para dos años.
El dia 10 de Agosto de 15 19 dejó Magallanes aque-
lla capital , y el 2 de Octubre principió á surcar el
Océano, dejando en espectacion á todas las naciones
europeas, que dudaban del éxito feliz de esta grande
empresa. Después de haber tenido algunos vientos fa-
vorables, muchas calmas y fuertes temporales, el dia
1 3 de Diciembre dio fondo en la gran bahía de Ge-
neyro, en donde hizo escala hasta el dia 27, en que
zarpó y se dirigió hacia el polo antartico. Al llegar á
la bahía de San Julián le fué preciso invernar, por el
rigor de la estación. Prosiguiendo después del invierno
su viaje, dobló el cabo de las Vírgenes, y al llegar 4
— 70 —
los 53 grados de latitud austral, el dia 4 de Noviem-
bre de 1520, empezó á descubrir el grande estrecho
que ha inmortalizado su nombre. La pequeña escua-
dra española se metió entonces con la mayor intrepi-
dez por este sitio desconocido y peligroso, y el dia 27
del mismo mes salió al anchuroso mar del Sur, que no
habia sido surcado todavía por ninguna nave europea.
Las contradicciones y disgustos que Magallanes tuvo
que sufrir hasta llegar á este punto deseado, no es fácil
descifrarlos : toleró tormentas espantosas y frios rigo-
rosos: los víveres se le acabaron, se rebeló la tripula-
ción de una nave, que regresó á Europa por la costa
de Guinea, y se le perdió otra en el estrecho, aunque
la gente se salvó; pero el gozo de ver ya superadas las
dificultades mayores le hizo olvidar este cúmulo de
males.
Habiendo dejado este estrecho, prosiguió con tres
buques solamente la derrota hacia el N. O. hasta llegar
á unas islas, que llamó Desventuradas, por el poco re-
frigerio que en ellas encontró, y luego siguiendo en
derechura hacia donde suponia las Molucas, objeto
principal de su jornada, el sábado de la Dominica de
Pasión descubrió un grande archipiélago, á que dio el
nombre de San Lázaro, por la oportunidad del dia que
la Iglesia celebraba.. Visitó de paso las islas que ahora
se apellidan Marianas, y él llamó de los Ladrones, y
en seguida navegó hasta los 1 1 grados de latitud N. y
descubrió la punta más austral de Samar, llamada de
Guiguan, de cuyos habitantes fué bien recibido. Por
algunos utensilios de los indios conoció que ya no es-
taba muy distante de las islas que buscaba. De allí pasó
— 71 —
á Mindanao, en cuyas costas hizo algunas ligeras de-
tenciones; y al llegar á Butuan, pueblo muy conside-
rable de Caraga, se detuvo algunos dias para celebrar
la fiesta de la Pascua. Sus primeras diligencias fueron
levantar un altar al verdadero Dios, en el que se cele-
bró la primera misa en aquel solemne dia; y en segui-
da plantó una cruz en la eminencia de un montecillo
cercano á la playa, cuya ceremonia fué acompañada
con muchas lágrimas de gozo por aquellos piadosos
navegantes, porque consideraban que la verdadera re-
ligión empezaba desde aquel dia á poseer un país do-
minado hasta entonces por el error y la barbarie.
Aquí debieran empezar las glorias del intrépido ma-
rino y sus dignos compaiieros, si no tuvieran la des-
gracia de verse precisados á tratar con pérfidos isleños,
cuyo carácter no conocían todavía. De Mindanao pasó
Magallanes, acompañado de un régulo que en Lima-
sava se le mostró muy complaciente, á la isla de Cebú,
y el dia i.° de Abril de 1521 fondeó en la ensenada
de Mandave. No intentaba fijar su residencia en este
punto, porque el objeto principal de su expedición
era llegar á las Molucas; pero la buena acogida que
halló entre los cebuanos le indujo á detenerse entre
ellos algún tiempo, y celebrar su convenio amistoso con
Hamabar, que los regía. Admirado este régulo de las
imponentes ceremonias de la religión de los recien
llegados á su isla, mostró deseos de hacerse cristiano,
y al efecto, algo instruido en sus misterios y doctrina,
se bautizó con algunos principales. Quizá no se proce-
dió en este punto con la prudencia que un asunto tan
grave requería , porque no podian los cebuanos en tan
— 72 —
breve tiempo conocer el espíritu de nuestra santa re-
ligión; pero se debe respetar su buena intención. Ma-
gallanes se entendia con ellos por medio de un moris-
co cristiano, llamado Enrique, procedente de Sumatra,
que habia llevado consigo á Europa, porque hablando
el malayo, que entienden fácilmente los naturales de
estas islas, le servia de intérprete.
Pero no todos los régulos cercanos trataron con igua-
les muestras de afecto á Magallanes. Calipulaco, que
dominaba en la pequeria isla de Mactan, no sólo se
negó á sus requerimientos, sino que ademas tuvo valor
para desafiarlo. Aquel, ora para dar una prueba de
gratitud á su aliado Hamabar, con quien estaba en
guerra el segundo, ora para humillarlo, admitió el
desafío y se presentó en su isla con cincuenta compa-
íieros. La muchedumbre de isleños enemigos y la fra-
gosidad de un país desconocido debían advertirle el
grave riesgo á que se exponía; pero confiado indiscre-
tamente en su valor y superioridad de las armas espa-
ñolas, peleó sin las precauciones oportunas, y pagó su
imprudencia con la vida. El combate, no obstante, fué
reñido: murieron en la refriega muchos isleños; pero
Magallanes fué atravesado de una lanza enemiga, de
cuya herida cayó luego desmayado, y murió en el
campo de batalla. Murieron también otros seis espa-
ñoles, que no qujsieron abandonar al capitán, y los
demás se retiraron, persuadidos de que fuera temeri-
dad insistir en la demanda. Murió Magallanes el
intrépido marino, cuya memoria, sin embargo de sus
infortunios, será siempre celebrada por los españoles
amantes de su patria como uno de sus héroes famosos.
— 73 —
Aconteció este suceso lamentable el dia 27 del mismo
mes y aíío (Abril de 1 521), en que aportó la pequeña
escuadra española á Cebú, y en seguida Juan Serrano
fue nombrado de común acuerdo jefe de la expedi-
ción (i).
Este nuevo capitán , en cuyo valor confiaron los ex-
pedicionarios su seguridad y suerte, no tardó en ser
víctima de la perfidia malaya, que no habia podido
prever. El intérprete Enrique, como ya no ignoraba
la mala disposición de Hamabar, por los recelos que
le inspiraban los nuevos aliados, muerto su amo, pro-
puso vengarse de una ofensa que un español le hizo de
palabra. Con este fin persuadió al régulo que, si que-
ría librarse de los extranjeros que tenía en su puerto,
supuesto que ya no existia el capitán con quien habia
celebrado sus tratados, les ofreciese un convite, y que
durante el bullicio de la mesa podria deshacerse de ellos
á su salvo. El régulo^ como sabía por la experiencia
que los españoles no eran inmortales, aceptó el pérfido
consejo. Con este fin dijo á Serrano que, deseoso de
festejarlo por la elección de jefe y capitán que habia
hecho su gente en su persona, queria darle un convi-
te, y le rogó se dignase aceptarlo, bajando con su gente
á su palacio. Serrano, como no tenia motivos de rece-
larse de Hamabar, y persuadido ademas que no con-
venia desairarlo, para asegurar su alianza, creyó que
(i) Parece que el 26, y no el 27. El P. Buzcta pone la muerte de Maga-
llanes en 26 de Agosto. El nombrado jefe de la expedición no fué Serrano,
sino Eduardo (a) Duarte de Barbosa, primo de Magallanes, tanto, que Ser-
rano tuvo por temeridad el que Barbosa hubiese aceptado el convite.
— 74 —
no debia negarse á sus deseos. Bajó, pues, el día de-
signado á Cebú con veinte y cinco compañeros; entró
con ellos en donde estaba dispuesto el convite, y cuan-
do estaban más desprevenidos, sin haber notado seííal
de la traición premeditada, vieron salir de improviso
á los asesinos , que les quitaron la vida cruelmente. Sólo
el capitán pudo desprenderse de sus manos, y se fué
precipitadamente á la playa para pedir auxilio á los
que habian quedado en los buques; pero temerosos
éstos de alguna nueva traición, se hicieron sordos á sus
gritos, y el desgraciado fué despedazado á su vrsta.
Entonces Juan Carballo fué nombrado capitán de
la expedición, y á la prudencia de este jefe se debe el
éxito que tuvo, que no fué tan desgraciado é infeliz
como era de temer. El atentado cri*el de aquel régulo
merecia ciertamente un castigo ejemplar ; pero los
ofendidos no se hallaban en disposición de ejecutarlo
por entonces, porque "ya eran pocos y aun no habian
llegado al fin de su viaje. En su vista echaron á pique
una nave, y salieron de Cebú con la Trinidad y la
Victoria. Desde allí tomaron la derrota hacia las Mo-
lucas; costearon la grande isla de Borneo, y después
de haber hecho algunas detenciones en sus puertos,
navegaron hasta el dia 8 de Noviembre del mismo
aiio, en el cual aportaron á Tidore, una de las islas
que buscaban, de cuyos habitantes fuercfn perfecta-
mente recibidos. La circunstancia de haber muerto los
tidores á otro Serrano, amigo del malogrado Magalla-
nes , por haber favorecido á los malayos, á quienes
odiaban, y la noticia de que los españoles estaban bien
provistos de mercaderías europeas, para cambiarlas con
— 75 —
las producciones del país, los movieron á tratarlos co-
mo amigos, con cuya protección esperaban rechazar
las vejaciones que ya padecian de los aventureros por-
tugueses. Se hicieron amigos de Almanzor, reyezuelo
de la isla, y del de Bachian, su deudo; celebró con ellos
un tratado , por el cual se reconocian vasallos de los
reyes de Castilla; y desde luego se abrieron las comu-
nicaciones entre los habitantes de la isla y los nuestros,
á cuyos almacenes traian en abundancia el clavo que
buscaban, porque á la sazón era la cosecha principal
de esta droga, tan apreciada en aquel tiempo.
Cargados los dos buques de las especerías de Tido-
re, Bachian y Gilolo, trataron los expedicionarios es-
pañoles de regresar á la Península. En la primera or-
ganizaron ante todas cosas una factoría, en donde se
quedaron algunos individuos, y recibieron en los bu-
ques algunos marineros de la misma isla, trece de los
cuales, con diez y ocho españoles solamente, llegaron
con la Victoria á Sevilla, por el cabo de Buena-Espe-
ranza, al mando de D. Sebastian del Cano, el dia 8
de Diciembre de 1522 (i), después de tres años dos
meses y seis dias de haber dejado las costas de España.
La Trinidad, bajo el mando de D. Gonzalo de Espi-
nóla, debia regresar al mismo punto por el estrecho de
Magallanes; pero desgraciadamente antes de salir de
las Molucas fué apresada por los portugueses de Ter-
nate, que se consideraban como dueños exclusivos del
comercio de la especería. Don Sebastian del Cano , á
(1) Entró en Sanlúcar de Barrameda el 6 ó 7 de Setiembre del dicho año
1522, según muchos historiadores.
- 76 -
SU llegada, fué condecorado con muchas gracias y mer-
cedes, y S. M. le dio por armas un globo de plata
con esta inscripción: Hic prtmus geometres: Hic primus
circumdedit me. Sus compañeros también fueron pre-
miados, según el mérito de ellos, y se dio á la viuda
de Magallanes una renta vitalicia. Hasta la nave Vic-
teria se guardó mucho tiempo en Sevilla, por haber
sido la primera que dio la vuelta al mundo y condujo
á España las especerías de Oriente, que habia sido el
principal intento de Colon en sus expediciones y pro-
yectos.
II.
Portugal hizo, desde luego, las más vivas y enér-
gicas protestas, alegando que el comercio de las Mo-
lucae le pertenecia exclusivamente, por caer, según
decia, en su demarcación. Su rey dio al propio tiempo
las instrucciones más severas al jefe que tenía en Ma-
laca, para que los españoles fuesen perseguidos y arro-
jados de aquellas partes, y se posesionase cuanto antes
de aquellas islas, con cuyos régulos no habian tenido
los portugueses hasta entonces más que tratados de co-
mercio. Desde esta época data la rivalidad , que ha
existido entre las dos naciones hasta ahora. Nunca ce-
saron los portugueses de perseguir á los españoles que
osaban penetrar en alguna parte de las Indias Orienta-
les, sin exceptuar á los misioneros, que sólo trataban
de propagar la luz del Evangelio; y á esta animosidad
debe atribuirse la preponderancia que llegaron á tomar
los holandeses en la India, porque los portugueses ni
— 77 —
podían por sí solos conservar sus posesiones, ni querían
admitir en ellas á los españoles, siempre temerosos de
que tuviesen que partir con ellos sus ganancias.
El Rey de España también dispuso por su parte que
se aprestase en la Coruña otra armada, para proseguir
por la vía del Poniente y estrecho de Magallanes el
intento que lo había movido á proteger á este desgra-
ciado navegante. En su consecuencia se equiparon en
aquel puerto siete buques bien provistos de géneros y
vituallas, con cuatrocientos hombres escogidos. Don
Gonzalo Jofre de Loaysa fué nombrado general, y
D. Sebastian del Cano su teniente, quien debía suce-
derle, en caso de muerte, en el gobierno de la expe-
dición. Se agregó también á ellos el célebre Urdaneta,
que le prestó grandes servicios, como marino inteli-
gente. El 2 de Setiembre de 1525 (i) se hicieron á la
vela con dirección al estrecho referido, y navegaron
con felicidad hasta Enero del siguiente, en cuyo mes
pasó la escuadra al mar del Sur, y sólo una nave se
perdió, por haber varado en aquel paso peligroso y
desconocido todavía. Desde allí siguieron sin novedad
la derrota de la primera expedición , atravesaron feliz-
mente las aguas apacibles de aquel mar, que con razón
se le da el nombre de Pacífico, hasta que llegaron al
archipiélago, al que dio Magallanes el nombre de San
Lázaro; pero aquí les sobrevino un furioso temporal,
que dispersó las naves de la expedición , las obligó á
seguir el viento, y todas, á excepción de la Capitana,
(1) En Junio ó Julio de I 524 salió de la Coruña, y en Mayo ^ic 1525
entró en el mar del ÍSur.
- 78 -
se perdieron. Murió también el General, y luego Don
Sebastian del Cano, á quienes sucedió Martin Iñiguez
de Carquizano, que llegó al fin, en 31 de Diciembre
del mismo año ( i ), á las Molucas.
El Rey habia autorizado á Loaysa para celebrar con-
federaciones con los reyezuelos de Tidore y otras islas
del Moluco, y establecer colonias y factorías en los
territorios donde los portugueses no las tuviesen for-
malizadas ni perteneciesen á su demarcación, cuyo de-
recho en manera alguna queria infringir; la cual, según
el convenio celebrado en Tordesillas, venía á ser ima-
ginaria; porque en él sólo se designaba el punto de la
ruta que cada una de las dos naciones habia de seguir
en sus expediciones. Partiendo Portugal por la via del
Oriente, y España por la del Poniente, podia muy bien
verificarse que saliendo á la vez dos buques por estas
rutas llegasen igualmente á las Molucas. De aquí pro-
cedían las competencias y disputas, y en realidad nin-
guna de las dos naciones podia alegar mejor derecho
de preferencia que la posesión legítima de los países que
se cuestionaban.
Carquizano 'fué recibido por los tidores con las ma-
yores muestras de afecto : estos isleños miraban ya en-
tonces a los españoles, no sólo como amigos, sino
también como á defensores, porque los portugueses los
perseguían por haber celebrado tratados de comercio y
amistad con los de la expedición de Magallanes. Aquel
(i) a El Cano sucedió Toribio Alonso de Salazar, que falleció poco
después, y sucedióle Carquizano. En 3 I de Diciembre de 1526 arribaron á
Tidor en las Molucas.
— 19 —
jefe, sin embargo del mal estado de su gente, confiado
en la que todavía esperaba de los demás buques de la
escuadra, se decidió á dar auxilio á sus aliados, como
debia; pero las enfermedades que los suyos hablan con-
traído en los pasados contratiempos no le permitieron
ponerlos en campaña. Sólo tenía ciento y cincuenta
hombres, debilitados y enfermos, y las fuerzas portu-
guesas ya eran á la sazón muy considerables en la In-
dia. Estas circunstancias le obligaron á fortificarse en
un punto de la isla, y allí estuvo aguardando el socor-
ro que la Providencia se dignase depararle.
Cortés, según las providencias que habia recibido
de su rey, aprestó el año siguiente de 1527 (i) una
pequeña escuadra de tres buques, al mando de Don
Alvaro de Saavedra, para reforzar la de Loaysa, cuyo
fin desgraciado aun se ignoraba. Salió de Acapulco este
jefe el mismo año, y por Enero del siguiente llegó
sin novedad á las de los Ladrones, de las cuales se po-
sesionó en nombre de la corona de Castilla. Siguió en
seguida su derrota hasta Mindanao, en donde supo la
desgracia que habia acontecido á la escuadra de Loaysa,
por medio de algunos españoles de la misma, que ha-
lló refugiados en algunos pueblos de sus costas. Prosi-
guiendo luego su viaje hacia las Molucas, llegó sin
novedad especial á la isla de Tidore, en donde halló
todavía los- restos de la escuadra que iba á reforzar. Su
presencia alentó de tal manera á los españoles del pre-
sidio, que trataban de vengar las vejaciones y moles-
(i) En 31 de Octubre de 1528 salió del puerto, al mando de D. Alvaro
(Alonso le llaman otros) de Saavedra.
— 8o —
tías que habían recibido de los portugueses; mas él, que
nada favorable podía prometerse de las hostilidades,
sólo trató de carenar sus buques y regresar con las es-
pecerías que se habían recogido, á Nueva España. El
30 de Mayo se hizo á la vela, y no pudo llegar á los
Ladrones , porque después de muchas calmas tuvo
vientos contrarios que le obligaron á regresar á la mis-
ma isla de Tidore, en donde ya fué recibido con las
armas de los portugueses. Entonces se vieron los espa-
ñoles en la necesidad de defenderse, y sostuvieron una
guerra desigual hasta Mayo de 1529, en cuyo tiempo,
reducida su escuadra á una débil nave, emprendió por
segunda vez el regreso á Nueva España; mas á los 26
grados de altura una recia enfermedad le quitó la vida
en pocos dias. Al ver los españoles que su navegación
cada vez se les hacia más difícil, y perdidas las espe-
ranzas de poder llegar al puerto deseado, se vieron en
la necesidad de regresar á las Molucas y acogerse á la
clemencia de sus rivales. En medio de sus infortunios
tuvieron el consuelo de saber que las diferencias sobre
las Molucas se habian arreglado entre España y Por-
tugal, y que los españoles que se hallaban en aquellos
países debian regresar á la Península por la via de la
India. Entre ellos se hallaban Hernández de la Torre
y Andrés de Urdaneta, que se habian distinguido por
sus conocimientos náuticos en aquella expedición des-
graciada, los cuales llegaron con otros compañeros á
España el año de 1536.
Otras expediciones que se habian enviado desde Es-
paña y América, en demanda del comercio oriental,
tuvieron igual suerte que las ya referidas; las cuales al
— 8í —
fin animaron 4 Carlos V, ya emperador de Alemania,
á transigir con Portugal, y cederle el derecho que su
nación tenía sobre las Molucas, por la suma de tres-
cientos cincuenta mil ducados. Esta cesión no fué, sin
embargo, absoluta, sino por via de empeño, pues po-
día la corona de Castilla recuperar aquel derecho de-
volviendo igual suma. Entonces se imaginó otra línea
divisoria, ora para dirimir las competencias que pu-
dieran suscitarse, ora para no privarse la España de las
nuevas posesiones que podia adquirir por su via del
Poniente, y su principal intento fué reservar las islas
del Moluco á los portugueses solamente. Pero los es-
pañoles no quedaban satisfechos de esta transacción,
porque creian que el mejor medio de que podia echar
mano la nación para resarcirse de las pérdidas pasadas
era proseguir las expediciones al Oriente por su anti-
gua ruta, supuesto que ya estaba descubierta, y no era
conveniente que los portugueses frecuentasen exclusiva-
mente los países de donde se extraían las preciosas dro-
gas aromáticas. Mas el Emperador se mantuvo firme
en su propósito, persuadido de que podrían obtenerse
iguales resultados enviando nuevas expediciones á otras
islas no comprendidas en la demarcación de Portugal.
Con este fin se procuró averiguar si por la California,
ó mar Pacífico del N., habla paso para llegar hasta el
gran Catay ó China, en donde se suponían muchas
preciosidades, que los mahometanos extraían por la via
de Malaca. El primero que trató de realizar esta idea
fué el famoso Cortés, el cual envió al intento varias
escuadrillas hacia aquella parte, y él mismo con una
de ellas llegó al golfo de California, llamado de las
— 82 —
Perlas, que también se llamó en un principio el mar
Rojo de Cortés. Su contemporáneo, Pedro de Alvara-
do, organizó también otra escuadra en prosecución
del mismo fin , y cuando ya estaba para hacerse á la
vela, murió de improviso en Palisco. El primer virey
de Nueva Espaíía, D. Antonio de Mendoza, dando
cumplimiento á los deseos y disposiciones de la corte,
envió también algunas expediciones al mar del Sur
desde el año de 1539. En una de ellas, despachada el
año de 1542, iba el piloto D. Juan Rodrigo Cabriolo,
el cual con dos naves solamente se remontó hasta les 44
grados de latitud N.; pero la violencia de los frios y
falta de víveres le obligaron á retroceder y regresar á
Nueva España.
Poco después envió aquel virey á D. Ruiz López
de Villalobos á las islas del Poniente (i), llamadas así
• (i) Que también se llamaron desde entonces Indias Occidentales. Curioso
es el saber lo que se entiende oor Indias Orientales y Occidentales, y por
donde pasa el meridiano que las divide. Advierte el erudito Morelli que el
nombre mismo de Indias es muy vago, tanto entre los antiguos como entre
los modernos. Mas para nuestro objeto basta notar, con el mismo Morelli,
que por Indias Orientales se entendía comunmente por los portugueses, des-
de el cabo de Buena Esperanza, todas las regiones comprendidas al Oriente;
pero tenía que haber alguna demarcación ó línea divisoria. El citado Morelli,
en su Fastus Novi Orbis (ordin. i 56, not. 11), dice á este propósito que «por
»donde precisamente se deba tirar la línea de demarcación no está determi-
Dnado, nondtitn definitutn est. Con todo, cita á Herrera {Descripción de las
i) Indias Occidentales , cap. xxv»), quien dice: Indias del Poniente son todas
))las islas y tierra firme comprendidas en la demarcación de Castilla y León,
«al fin occidental áft la dicha demarcación, cuya línea pasa por la otra parte
«del mundo por la ciudad de Malaca. -i) Esto tal vez no aclara del todo el
punto; pero es lo cierto que, según el derecho de Indias (ley 33, tít. xiv, li-
bro I, Rec. Ind.)y el Japón y las Indias Occidentales (al poniente ciertamente
de la América, por donde venian los descubridores españoles), cuya denomi-
nación de Indias Occidentales, dada á Filipinas por nuestro derecho índico,
concuerda con varias bulas de ¿umos pontífices, que así las llaman. Según esto.
83
las Filipinas desde la expedición de Magallanes, con
el íin de fundar establecimientos en algunas de ellas.
Para llevar á efecto esta expedición se aprovechó de la
escuadra que habia dispuesto Alvarado, compuesta de
tres naves de alto bordo, de una galeota y un lanchon
o fusta. Ademas de la marinería y gente de servicio,
iban en ellas trescientos setenta y cuatro hombres con
semillas y lo necesario para fundar establecimientos,
cuatro religiosos Agustinos y cinco sacerdotes del clero
secular, en calidad de capellanes; pero en las instruc-
ciones se prevenia al General, según las órdenes que
tenía de la corte el Virey, que no debia tocar en las
Molucas ni otras islas comprendidas dentro de la de-
marcación de Portugal. Esta escuadra salió del puerto
de Natividad (i) el dia i.° de Noviembre de 1542;
halló en el discurso del viaje muchas islas, 4 las cuales
dieron nombres, y sin haber tenido otra pérdida que
la de la fusta, llegó al archipiélago de San Lázaro. Co-
mo no hallaban en parte alguna lugar acomodado para
fundar los establecimientos proyectados, empezaron
se comprenderán por Indias Occidentales, cuyo descubrimiento pertenecía á
los csparíoles, desde trescientas setenta leguas al Occidente de la isla de San
Antonio en el Cabo-Verde hasta la línea que pasa por Malaca, según Herre-
ra citado. Ésta parece ser la demarcación que se infería del convenio de Tor-
desillas, celebrado entre España y Portugal en 7 de Junio de 1494, y de va-
rias disposiciones pontificias; pero las muchas disputas y dificultades que opu-
sieron los portugueses, como se ve en lo que queda referido y se dirá en esta
Historia , dieron lugar á otros convenios, quedándose finalmente los españoles
en estos mares en la actualidad , por no haber hecho caso de las islas que les
pertenecían en el Pacífico, con lo que se comprende en el archipiélago filipi-
no, según la nota i.^, hablando de l.i extensión de Filipinas, tomada del Pa-
dre Buccta. Puede verse al citado Morelli (ordin. 10) y las otras á que en la
dicha se refiere.
(i) Otros dicen 'Juan Gallego.
^ 84 -
allí á tener consultas y disputas acerca de la derrota
que habían de tomar para no infringir las instruccio-
nes de Mendoza, y al fin, contra el dictamen del pilo-
to D. Antonio Conzo, que habia navegado con Saa-
vedra, y que queria siguiese la escuadra hasta los once
grados de latitud, se sotaventaron de tal suerte, que ya
no pudieron coger a Guiguan, como querían. Empero
las noticias de la expedición de Magallanes les sirvie-
ron para dirigirse á Cebú, Mactan ó Mindanao. Sin
embargo, hasta el dia 2 de Febrero de 1543 no pu-
dieron coger tierra en la última, á excepción de la ga-
leota, que aportó en Abuyoc y Tandaya de la isla de
Ley te, é hizo un buen acopio de víveres. Anclada la
escuadra en la costa oriental de Mindanao, entre Ca-
raga y el cabo llamado de San Agustin, hallaron la
tierra inhabitada, y luego empezaron á enfermar de
escorbuto. Entonces pensó Villalobos en trasladarse á
la punta más al N. de la isla, en donde los indios pa-
recian ii)uy pacíficos, y la tierra abundante; pero, sin
embargo de que estuvieron muchos dias porfiando con
el viento, no pudieron doblar la punta y se vieron en
la necesidad de detenerse en la parte del Sur. De allí,
al ver que las enfermedades y contratiempos se iban
sucediendo, se trasladaron á una isleta, llamada Saran-
gan, situada en la misma costa del Sur de Mindanao.
Aquí sembraron algunas sementeras de maíz, para en-
tretener el tiempo, mientras procuraban adquirir noti-
cias de las tierras en donde pudiesen establecer una
colonia espaíiola, y evitar las disensiones que los por-
tugueses de las Molucas pudieran suscitarles; pero no
tardaron en descubrir embarcaciones con emisarios de
- 85 -
los mismos, requiriéndoles que dejasen inmediatamen-
te aquella isla, por ser de la demarcación de Portugal.
La respuesta de Villalobos fué, que en manera alguna
trataba de perjudicar á su derecho, pues que tenía or-
den de su rey de no establecerse en las Molucas, y po-
der bastante para hacerlo en las partes que caian en la
demarcación de Castilla.
Por la respuesta de este general, y por la que dio
después Legaspi en Cebú, parece que entrambos ig-
noraban los límites de la nueva demarcación, porque
ninguno de los dos queria infringir los tratados cele-
brados entre los soberanos de España y Portugal, y sin
embargo, creian que las islas del Poniente (llamadas
Filipinas en esta expedición de Villalobos, en contem-
plación al príncipe D. Felipe, hijo del Emperador)
caian fuera de la demarcación trazada por el último
convenio, la cual, según Herrera, debia pasar de polo
á polo por las islas de los Ladrones. Unos y otros
procedian de buena fe, á no dudarlo, y los espaíioles
llegaron á posesionarse formalmente de las expresadas
islas, dejando á los portugueses pacíficamente en las
Molucas, hasta que se unieron las coronas. En estas
embarcaciones portuguesas habia algunos indios de
Tidore, que se entendieron con los españoles en secre-
to, y los invitaron á que fuesen á su isla, para librarlos
de la opresión en que los portugueses los tenian; pero
Villalobos desechó sus pretensiones, porque se le habia
prevenido lo contrario.
Entre tanto despachó este jefe uno de sus buques
para la Nueva España, con el fin de dar noticia al Vi-
rey del mal estado de su gente, y descubrimientos he-
— 86 — .
chüs en su expedición; pero no pudo pasar de los trein-
ta grados de altura, más allá de las Ladrones, porque
habiendo padecido allí una tormenta, se vio precisado
á regresar á Filipinas. Los demás, después de ocho me-
ses de aguardar en Sarangan con pocos adelantos, sa-
lieron con intento de establecerse en Cebú ó en otra
isla inmediata; pero las corrientes y los vientos contra-
rios los arrebataron á otra parte, y toda la escuadra se
vio luego en el mayor conflicto, porque los víveres se
les iban acabando, con pocas esperanzas de remedio.
Entonces Villalobos, contra el voto de los demás, se
determinó á pasar á las Molucas con el único fin de
reponerse de sus necesidades y averías en Tidore. Para
justificarse mandó al escribano de la armada que le
diese un testimonio en que constase no haber en sus
naves otros víveres que un poco de arroz, el que, dis-
tribuido á dos onzas por cabeza en cada veinte y cua-
tro horas, sólo podia durar escasamente veinte dias, sin
esperanzas de poder hallar otro socorro en las islas que
dejaban. Con este documento se creia asegurado de la
responsabilidad que pesaba sobre él; pero los pareceres
singulares siempre suelen ser funestos. La escuadra lle-
gó, en efecto, sin dificultad, el 24 de Abril de 1544 á
Tidore; pero fué mal recibida, como era de suponer,
por los portugueses, posesionados de la isla. Convenci-
dos, sin embargo, de la necesidad que habia obligado
á los nuestros á esta verdadera arribada, no les hacian
mucha fuerza en un principio, para que se marchasen;
pero no tardaron en requerirlos y amenazarlos, hasta
que llegó á dicha isla un capitán humano, que cortó
las diferencias, y permitió que los españoles se repu-
- 87 -
siesen de sus necesidades hasta que se marchasen á otra
parte.
En esta ocasión observaron los expedicionarios de
Villalobos una novedad muy digna de notarse. Cele-
braban la fiesta de San Marcos un dia después que los
portugueses de la isla, y por de pronto estaban en la
persuasión que éstos tenian la cuenta del calendario
equivocada; mas luego habiendo examinado el punto
con demostraciones astronómicas, hallaron que, sin
embargo de la diferencia de un dia, todos llevaban
bien la cuenta, porque este dia se gana ó se pierde,
según por donde se navega á dicho punto. Esta misma
cuenta se llevó en Filipinas hasta el ario de 1844, en
el que, para uniformar su calendario con el de los que
navegan á las Indias Orientales por la via del Oriente,
se suprimió, de acuerdo de las dos autoridades, el dia
de San Silvestre de dicho año. Con esta novedad se
borró un perenne testimonio, que manifestaba haber
sido los españoles los primeros que pasaron á la Ocea-
nía por la via del Poniente.
III.
Villalobos, durante el tiempo de las treguas que los
portugueses le otorgaban, se apresuró á enviar un bu-
que á Nueva España para pedir algún refuerzo al Vi-
rey, porque de otra 'suerte ya no podia ni siquiera
regresar de su desgraciada expedición, cuanto menos
establecerse en las islas del Poniente. El buque salió
cargado de canela y otros efectos que se hablan reco-
gido en Mindanao; pero no tardó en regresar al mis-
mo punto, impelido por los vientos. Noticioso entre
tanto el virey de la India portuguesa de la llegada de
los nuestros á Tidore, envió sin pérdida de tiempo sus
apremiantes órdenes á su capitán de las Molucas para
que los echasen inmediatamente de todas aquellas islas,
de grado ó por fuerza. Con esto Villalobos se vio en
el mayor conflicto, porque ni podia defenderse, ni sus
buques estaban en disposición de hacer un viaje peli-
groso, y en su vista, se vio en la dura necesidad de po-
nerse á discreción de sus contrarios. Los portugueses
se posesionaron de sus buques, y él con los restos de la
expedición se embarcó en uno portugués, con intento
de regresar desde allí á la Península; pero no pasó de
la isla de Amboino, en donde, no pudiendo soportar
tantas contradicciones y reveses, cayó enfermo grave-
mente, de resultas de una melancolía muy profunda,
que en breve lo condujo al sepulcro. Allí tuvo el con-
suelo de ser asistido por el apóstol de las Indias, San
Francisco Javier, cuyos consejos saludables, si bien
consiguieron resignarlo, no fueron eficaces para curar-
le; porque al fin, vencido por la enfermedad, murió
poco después en la misma isla de Amboino.
Con la muerte del General la gente de aquella ex-
pedición se fué cada uno por su parte. Los religiosos
Agustinos intentaron ir, desde allí, al imperio de Chi-
na para predicar en él el santo Evangelio; pero los por-
tugueses no se lo permitieron, porque no eran de su
nación, y se vieron precisados á embarcarse para Eu-
ropa. Por Agosto de 1549 llegaron á Lisboa, habiendo
empleado siete años en su malhadada expedición. No
fué, sin embargo, infructuosa su misión, porque con
sus consejos saludables consolaron muchas veces á la
gente, y fueron como exploradores evangélicos de las
islas, en donde sus hermanos debian empezar, después
de pocos años, á predicar y propagar la doctrina de la
fe á los gentiles.
Con esta desgraciada expedición terminaron los co-
natos del emperador Carlos V, dirigidos á posesionarse
de las Molucas é islas del Poniente, para atraer el opu-
lento comercio de las especerías á España, y propagar
en ellas la verdadera religión. Magallanes, como se ha
visto, hizo con mucha gloria su viaje hasta la isla de
Cebú, en cuyas cercanías pereció por el honor y lustre
de las armas españolas; y aunque su escuadra tuvo el
desgraciado fin que ya queda referido, una de sus na-
ves, sin embargo, logró dar la vuelta al mundo por la
primera vez, y decidir, con las noticias adquiridas, á
nuestros católicos monarcas á posesionarse de los paí-
ses que la divina Providencia les tenía reservados.
Loaysa y Saavedra adelantaron poco más que Maga-
llanes en sus descubrimientos : sus fuerzas hubieran
sido suficientes para enseñorearse del Moluco y robus-
tecer el derecho que daba á su nación el convenio de
Tordesillas; pero entrambos tuvieron la desgracia de
llegar al fin de su carrera con los buques destrozados
y su gente aniquilada. Villalobos, por último, cuando
tenía todas las probabilidades de secundar los intentos
del piadoso Carlos V, tuvo el desconsuelo de sufrir una
serie de desgracias imprevistas, sus naves en poder de
sus rivales, y sometido él mismo á merced de un des-
— 90 —
pota virey; último esfuerzo de aquel monarca podero-
so, que con tanto empeño queria enarbolar el estan-
darte de la Cruz en estas partes, y participar del lu-
crativo comercio de Oriente.
El Sr. D. Felipe II, con la corona de España, he-
redó también el celo de su digno padre por la propa-
gación del Evangelio. Las islas Filipinas, que habian
sido así denominadas por su respeto cuando aun no
habia empuñado el cetro de Castilla, debian ser, por
consiguiente, el objeto predilecto de su religiosa am-
bición. Desde la desgraciada expedición de Villalobos
estaba abandonado el proyecto, tantas veces procurado
y nunca felizmente obtenido, de conducir á España las
especerías del Oriente por la via del Poniente, y pro-
pagar al mismo tiempo la religión de Jesucristo entre
los isleños, á quienes los sectarios de Mahoma con las
relaciones mercantiles reduelan á su ley. El nuevo mo-
narca no podia ignorar los sucesos referidos, y persua-
dido que de mandar otras expediciones á sus islas no
perjudicaba á los derechos de Portugal, y que de ellas
podrían resultar grandes utilidades á la religión y al
Estado, propuso á su Consejo en 1558 que se tratase
en él seriamente si sería ó no conveniente enviar otras
expediciones á las referidas islas. El Consejo estuvo
por la afirmativa, y en su consecuencia el 2 de Se-
tiembre del mismo año expidió S. M. una cédula real,
dirigida al virey de Nueva España, don Luis de Ve-
lasco, ordenándole que sin pérdida de tiempo dispu-
siese lo conveniente para la reducción de las islas del
Poniente. Este católico virey, no menos celoso por la
gloria de Dios que por los servicios del Monarca, vis-
— pi-
ta la cédula real por el real acuerdo, trató de realizar
sin pérdida de tiempo cuanto S. M. le ordenaba, aun-
que no pudo despachar la ya organizada expedición,
prevenido por la muerte. Sin embargo, no por esto
desistió el Gobierno del proyecto. En Navidad se fa-
bricaron dos navios, un pequeño galeón y un patache;
se juntaron cuatrocientos hombres con valientes y ex-
pertos capitanes, y se manifestó al P. Urdaneta que
era voluntad del Rey, explicada en otra real carta, que
acompaiíase aquella expedición. Este religioso era va-
ron de grandes prendas, y el más á propósito para di-
rigir con sus conocimientos y consejos la jornada. En
la expedición de Loaysa habia dado pruebas de su gran
pericia en la náutica: estuvo algunos años en los países
orientales, y se habia conducido siempre con pruden-
cia en los reveses de aquella desgraciada expedición.
Era uno de los pocos que hablan regresado á la Pe-
nínsula cuando se arreglaron los negocios sobre las is-
las del Moluco entre España y Portugal; y habiendo
regresado á Nueva España, desengañado de lo que
puede dar el mundo, recibió el santo hábito de Padres
Agustinos en la capital de Méjico. El Rey tenía noti-
cias muy circunstanciadas de su mérito, y cuando de-
terminó enviar su primera expedición á las islas sobre-
dichas, le escribió aquella carta, en la que le rogaba y
encargaba que se embarcase en las naves que hablan
de salir para su descubrimiento, por la experiencia que
tenía de aquellos países. El P. Urdaneta, sin embargo
de su avanzada edad, no dudó hacer un costoso sacri-
ficio, por la esperanza que tenía de que sus servicios
podrían redundar en honor de su nación y gloria de
— PE-
DIOS. Su provincial le dio cinco sacerdotes compañe-
ros de su Orden, y los seis fueron destinados desde en-
tonces para propagar la luz brillante de la fe en las is-
las Filipinas.
El capitán de la expedición, con el título de general
de mar y tierra, era D. Miguel López de Legaspi,
natural de Zumárraga, en Guipúzcoa, hombre de gran
prudencia y valor, cual se requeria para el éxito feliz
de la empresa. En él depositó el gobierno de la Nueva
España la confianza de S, M., y no tuvo por qué ar-
repentirse de esta elección. El dia 21 de Noviembre
de 1564 se hicieron á la vela (i), siguiendo el derro-
tero que habia llevado la escuadra de Villalobos hasta
la distancia de cien leguas. Entonces abrió el general
un pliego cerrado que contenia una orden de la Real
Audiencia de Méjico, por la que se le prevenia que la
jornada debia ser á las islas Filipinas, ú otras inmedia-
tas á las mismas, que no estuviesen fuera de los límites
de la demarcación de la corona de Castilla, lo cual
daba claramente á entender que no se tenía noticia de
la línea divisoria que debia pasar por Marianas, ó que
ya estaba olvidada. No era de este parecer el P. Urda-
neta : habia propuesto al virey difunto que la expedi-
ción se dirigiese á la Nueva Guinea, y en esta persua-
sión estaba hasta que vio las instrucciones dirigidas á
Legaspi; pero ya entonces no podia retroceder, y tuvo
que conformarse con lo mandado. Desde entonces se
dispuso que el patache, como buque más pequeño, na-
(i) En el puerto de Navidad.
— 93 —
vegase al frente de los demás, para descubrir los bajos
é islotes que hubiese en unos mares tan poco conoci-
dos; mas á los cuatro dias de viaje abandonó á los de-
mas y se fué á Mindanao. Su capitán era D. Alonso
de Arellano, y su piloto un mulato llamado Lope Mar-
tin : como sabian que en aquella isla abundaba la ca-
nela, posponiendo el honor y la lealtad á la codicia,
desertaron con ánimo de regresar á Nueva España,
ocultando su maldad. Allí supieron la feliz llegada de
Legaspi á Cebú, y sin embargo de que la tripulación
queria presentarse, los más culpados se mantuvieron
hrmes en su deserción, temerosos de perder sus inte-
reses y la vida al llegar á la presencia de Legaspi. Esta
nave volvió en efecto á Nueva España, y fué la pri-
mera que hizo el viaje redondo desde las islas Filipi-
nas hasta allí, por lo cual los desertores todavía preten-
dían se les premiase, antes de haberse descubierto su
delito. '
Las otras naves siguieron su derrota sin la guía del pa-
tache, y al llegar á las Ladrones fondearon en Guahan.
Aquí refrescaron los víveres, y Legaspi volvió á tomar
posesión de estas islas en nombre de la corona de Cas-
tilla, por cuyo motivo se le confirió después el título
de adelantado de las mismas, sin embargo de que ya
lo habia hecho Saavedra mucho antes. Sus naturales
no rehusaban comunicar con los recien llegados y con-
ducirles víveres en cambio de algunos efectos de Eu-
ropa; pero luego cometieron una maldad, que Legas-
pi castigó ejemplarmente. Los marineros solían pasear-
se por la playa sin que les aconteciese cosa alguna;
mas luego un grumete perdió la vida en manos de los
— 94 —
bárbaros, que lo mataron á lanzazos, dormido debajo
de unos palmares. Legaspi, noticioso del suceso, man-
dó desembarcar alguna tropa, que vengó la maldad de
los isleños. Poco después de este suceso, á principios
de Febrero, levaron anclas, y el i 3 del mismo mes
descubrieron las primeras islas Filipinas, y reconocie-
ron luego las costas de Samar y Leyte en demanda de
los pueblos de Abuyoc y Tandaya, cuyos habitantes
hablan recibido bien á los españoles que antes hablan
aportado en sus islas. Mas en esta ocasión ni quisieron
darles víveres, ni recibirlos en sus pueblos. Legaspi,
sin embargo, los dejó en paz y se dirigió á la isla de
Bohol, en donde tuvo igual recibimiento; lo que no
dejó de llamarle la atención. Estando la armada fon-
deada todavía en frente de esta isla, se les acercó un
buque de moros de Borneo : Legaspi les envió un bote
para reconocerlos, mas habiendo despreciado los re-
querimientos y opuesto resistencia, fué luego apresado
con seis hombres solamente, porque habiendo muerto
el capitán de una bala, los más se escaparon con un
parao, ó embarcación pequeña del país, más ligera que
el bote de los nuestros. Entre los moros que no pudie-
ron ó no quisieron escaparse, habia el piloto de su em-
barcación y el factor de uno de los reyes de su isla, que
luego fueron de grande utilidad para Legaspi, particu-
larmente el primero. Preguntados por intérprete sobre
la calidad de sus personas y motivos de la resistencia
que habian hecho, se sinceraron con franqueza: con-
testaron que eran de la grande isla de Borneo; que
habian hecho aquel viaje con licencia y en interés de
su rey para contratar con la gente de Mindanao, y que
— 95 —
si se habían resistido, fué porque juzgaban que los
querian apresar. Legaspi, oida su respuesta, creyó que
debia tratar con deferencia á estos hombres, y desde
luego los dio por libres, devolviéndoles su buque y
cargamento.
Agradecidos los borneos por un favor que ya no es-
peraban, no tuvieron dificultad de satisfacer a todas las
preguntas que Legaspi les hacia. Le manifiestan, en
primer lugar, que sus mercadurías consistían en oro de
su isla, benjuí para perfumes, hierro, ropas bastas y
pintadas, de algodón, que extraían de la India, cuchi-
llos y lanzas de acero, calderas y sartenes de hierro co-
lado, armas de fuego, sonajas de cobre á manera de
cazos aplastados, platos y tinajuelas de porcelana, cu-
yos efectos se fabricaban en Siam, China y Malaca, y
los cambiaban por cera, pimienta, mantas gruesas, oro
en polvo, esclavos y unos caracolillos de la mar, lla-
mados sigáis, que en algunas partes de la India servían
y aun sirven de moneda. Los nuestros les mostraron
sus efectos de Europa, que consistían en tafetanes,
lienzos y paños de lana, espejos, abalorios, cascabeles
y otras cosas de adorno, y en su vista les aseguraron
que estas cosas en aquellas islas serian poco estimadas.
Después les sacaron algunas monedas y barras de plata
de la Nueva España, las que apreciaron mucho, y los
mismos empezaron á cambiarlas por algunas cosas que
hacían falta á la armada, asegurándoles que aquella
mercaduría era de mucha estima en todas las regiones
asiáticas. Como Legaspi trataba de enviar uno de sus
buques á la Nueva España con canela, les preguntó
también sí por allí se hallaría esta droga en abundan-
-96-
cía, á lo cual le contestaron que en Mindanao la ha-
llarla, así como también oro, pimienta y otros artículos
de estimación; y que á un pueblo de la misma isla,
llamado Botuan, iban las embarciones mercantes de
Luzon, que solian traer efectos de la China. También
averiguó que á pocas leguas de allí estaba la isla de
Cebú, con cuyos habitantes tanto los moros de Bor-
neo como los de Manila hacian buen comercio. Esta
noticia fué muy satisfactoria para Legaspi, porque ha-
bia resuelto fijar su residencia en donde Magallanes
habia aportado el primero de los navegantes europeos.
IV.
Faltaba todavía averiguar la verdadera causa de la
esquivez y enemistad que le habían mostrado los pue-
blos de Leyte y Bohol, huyendo unos y recibiendo
otros á los suyos con las lanzas, cuando le constaba por
relaciones fidedignas que eran muy humanos. Los bor-
nees, que no ignoraban estos hechos, le dijeron que ng
era de extraiíar los hubiesen recibido y tratado como á
enemigos, por que hacia como cosa de dos años que
los europeos de las Molucas habían venido con ocho
buques bien armados á Bohol y otros puntos, en don-
de al principio fueron amigablemente recibidos; pero
que después cometieron robos y asesinatos, llevándose
cautivos á muchos de estos infelices. Legaspi no quiso
dejar la isla de Bohol sin haberse sincerado y dejar
bien asentado su buen nombre entre unos pueblos cuya
— 97 —
amistad le interesaba en gran manera. Ante todas co-
sas dijo á los borneos que ellos no eran los europeos de
las Molucas, sino subditos de otro rey, que los habia
enviado para el bien de estas islas, y que, por consi-
guiente, no se les podian imputar en manera alguna
aquellas tropelías , cometidas tal vez para hacerles odio-
sos, y esquivar á los naturales del país de su amigable
trato. Luego le rogó que desengañase en su nombre á
Sicatuna, reyezuelo de la isla, del error en que estaban
sus vasallos de mirarlos como europeos de las Molu-
cas, y que no temiese en tratar con ellos; pues debia
estar seguro que ningún daño les habian de hacer.
Los borneos se ofrecieron desde luego á ser mediado-
res de la paz que Legaspi deseaba entablar con Sica-
tuna, y al efecto el principal de ellos bajó á tierra y se
vio con este régulo, dándole razón de cuanto el Gene-
ral le habia manifestado. Sin embargo de la amistad
que mediaba entre el moro y Sicatuna, éste se portó
en un principio con gran desconfianza; temia alguna
traición y nuevos daños, porque no podia persuadirse
que la gente de Legaspi fuese diferente de los portu-
gueses, que antes los habian tan injustamente maltra-
tado. Condescendió al fin, y prometió que celebrarla
paces con los europeos de los buques que tenía en fren-
te de su isla, siempre que uno de sus principales bajase
á sangrarse con su hijo. Esto era un juramento, cuya
ceremonia consistía en echar en un vaso lleno de agua
algunas gotas de sangre de los que celebraban el trata-
do, y bebería en seguida. Legaspi no tuvo la menor di-
ficultad en aceptar esta propuesta, y desde luego envió
á uno de los suyos á la isla, acompañado del borneo.
- 98 -
para practicar la diligencia que propuso Sicatuna, en-
cargándoles que dijesen á este régulo que deseaba fuese
en persona á saludarle en sus naves. La ceremonia de
la sangre se llevó á efecto sin la menor dificultad, y
desde aquel momento se consideró Sicatuna como alia-
do de los nuestros. No depuso, sin embargo, toda su
desconfianza; porque cuando trató de embarcarse para
satisfacer á los deseos de Legaspi se detuvo en la pla-
ya, y envió á éste un recado haciéndole decir que ba-
jase él primero á su isla sin acompañamiento de gente
armada. Pero el General le hizo contestar que repre-
sentando la persona de un monarca poderoso, no le era
permitido desamparar la escuadra que le habia confia-
do; que si tenía verdadera voluntad de ser amigo, po-
dia sin recelo subir á su navio, y que en todo caso le
enviaria para su satisfacción á dos hombres de los su-
yos, y otros tantos moros de Borneo sus conocidos.
Entonces Sicatuna ya se determinó á presentarse á Le-
gaspi en su navio, de quien fué honrosamente recibido
y tratado. Luego le manifestó que por entonces no
trataba de otra cosa que tener relaciones con su gente,
recibir comestibles y efectos de la isla, en cambio de
otros que él traia de Europa, y que nadie de los suyos
les habia de hacer la más pequeña violencia. El régulo
accedió sin dificultad á cuanto le propuso; le dio satis-
facción de su desconfianza, y le confirmó la noticia que
le habian dado los borneos sobre que los portugueses
de las Molucas, dos años antes, le habian hecho trai-
ción y causado muchos daños. Estas relaciones amis-
tosas proporcionaron á Legaspi cuanto habia menester
para remediar las necesidades que padecia la escuadra.
— 99 —
porque los boholes empezaron desde entonces á con-
ducirle víveres, y le franquearon sus maderas para la
carena de los buques.
Entre tanto trató Legaspi de averiguar la posición y
estado de Cebú y de las islas más vecinas. A este fin
despachó pon uno de sus buques el piloto mayor de la
escuadra, á quien acompañó el piloto borneo, que era
muy inteligente y estaba perfectamente enterado de la
situación de todas ellas. Al salir le fijó cierto número
de dias dentro de los cuales debia regresar; pero los
vientos contrarios y las corrientes no le permitieron
terminar la comisión en el tiempo prefijado. Su tar-
danza inquietó al General, y pidió á Sicatuna enviase
una de sus embarcaciones para averiguar el paradero
de su buque; mas éste no tardó en presentarse sin ha-
ber sido visto de aquélla. Este reconocimiento produjo
los buenos resultados que Legaspi podia prometerse :
en vista de las informaciones del piloto, trató en una
junta si sería conveniente establecerse en la capital de
la isla de Cebú, y fijar allí su residencia como centro
de sus operaciones. La junta resolvió la parte afirmati-
va, y en su consecuencia la escuadra levó anclas y se
presentó en frente de Cebú.
El dia 27 de Abril de 1565, dos meses y medio
después de haber llegado la escuadra á las primeras is-
las Filipinas, fondeó en la ensenada de Mandave, y
luego requirió el General pacíficamente al reyezuelo
de Cebú. Tupas, que era el nombre de este principal,
no recibió mal á los enviados de Legaspi; les contesto
en todo conforme á sus deseos y les aseguró que el dia
siguiente iria personalmente á visitarle en sus naves;
— ÍOÓ —
pero entre tanto determinó asegurar cuanto tenían los
suyos en la población , y oponerse con las armas al des-
embarque de los esparioles que tenía a la vista. La mala
fe de este régulo fué luego descubierta, porque los
nuestros desde las naves observaban que los cebuanos
trasportaban á toda prisa por mar y tierra sus haberes
á otras partes. No faltaron en la escuadra hombres ani-
mosos que representaron al General la necesidad de lle-
var á efecto el desembarque cuanto antes, y castigar la
doblez con que Tupas procedia; mas aquel prudente
jefe, que trataba de asegurar la dominación española
en estas islas con modos humanos y pacíficos, tuvo
paciencia de aguardar inútilmente que el régulo cum-
pliese espontáneamente su palabra. Al dia siguiente le
envió una comisión, presidida por el P. Urdaneta, que
tenía el título de protector de indios, el cual le hizo
presente la falta de no haber dado cumplimiento á su
promesa, y volvió á requerirlo que dentro de dos ho-
ras se presentase sin falta al General para celebrar amis-
tosamente un tratado, y que si se negaba á su requeri-
miento, le dijese francamente los motivos que tenía
para ello. Disculpóse Tupas, pretextando que no habia
ido á visitar al General por cortedad y miedo; pero
que de nuevo prometia que iria dentro del plazo seña-
lado. Se pasaron las dos horas y no compareció; se re-
pitió el requerimiento y todo fué en vano, porque
aquel régulo sólo trataba de ganar tiempo y burlar la
buena fe del General. Este, sin embargo, tuvo sufi-
ciente calma para enviarle una cuarta comisión, la que
ya fué recibida con las armas. La población de Cebú
ya estaba á la sazón exhausta de gente : sólo hablan
lOI
quedado los varones de armas tomar, que reunidos en
un gran número de pequeñas embarcaciones y gran-
des pelotones en la playa, trataban de recibir hostil-
mente á nuestra gente. Aun entonces no quiso Legas-
pi usar de violencia con los imprudentes cebuanos, sin
oir el voto de los capitanes de la escuadra, los cuales
unánimemente decidieron que se hallaban en el caso
de rechazar la fuerza con la fuerza.
Esta medida, aunque violenta, estaba apoyada en la
justicia : el honor nacional habia sido vulnerado por la
doblez y mala fe con que habia procedido el jefe de
Cebú : la gravísima injuria que este pueblo habia he-
cho á la escuadra del malogrado Magallanes no estaba
todavía satisfecha ni vengada. La perfidia de Hamabar,
que con capa de amistad habia quitado la vida cruel-
mente á Serrano y compañeros cuando sólo trataban
de refrescar sus víveres é ir á las Molucas, es uno de
aquellos casos que justifican la declaración de guerra
contra cualesquiera soberanos; y Legaspi en esta oca-
sión podia castigarla, 6 pedir una satisfacción condig-
na; y sobre todo, el modo hostil con que ahora reci-
ben á sus enviados lo provocaba á la guerra, la que no
debia ni podia rehusar, siendo bastante poderoso para
dejar en buen lugar el pabellón victorioso de Castilla.
Ordenóse, pues, el desembarque: los buques se pusie-
ron en orden de batalla, echáronse los botes á la mar,
y la gente armada se fué acercando bien prevenida á
la playa. La sola artillería de los buques fué bastante
para despejar el campo, porque los cebuanos, al ver
los estragos de las balas, llenos de un pánico terror, se
pusieron en precipitada fuga; de suerte que la tropa á
I02
SU llegada ya no halló enemigos que les hiciesen resis-
tencia. Los mismos indios en su retirada, llenos de des-
pecho, incendiaron á Cebú, y los españoles salvaron
muchas casas, de las que se posesionaron como cosa
abandonada. De esta suerte quedó Legaspi en un mo-
mento dueño de aquella población, provocado por sus
mismos habitantes á una guerra, que trataba seriamen-
te de evitar.
En una de las casas que se preservaron del incendio
se halló una imagen preciosa, que representaba el niño
Dios. Era de una tercia de alto con camisa de volante,
ropa de damasco colorado y un gorro flamenco de ve-
lludo : llevaba en la mano una esfera y en el cuello una
crucecita colgada de una cadena de oro. Hallóla un
afortunado marinero vizcaíno, llamado Juan Camus,
al registrar la casa, metida en una caja de pino y liada
con una cuerda de cáñamo, materia que no se halla en
el país. El gozo de que se hallaba poseído el piadoso
marinero al descubrirla, no es posible describirle; aun-
que la caja estuviera llena de piedras preciosas, no pu-
diera expresarse con mas satisfacción y alegría. Una
novedad tan rara debia de llamar precisamente la aten-
ción de los presentes : en su vista se hincaron todos de
rodillas delante de la imagen prodigiosa, la adoraron
llenos de una santa emoción, y dieron gracias al Se-
ñor, que de esta suerte se dignaba consolarlos, endul-
zando sus fatigas, sufridas por la gloria de su nombre.
No se pudo averiguar de positivo cómo y cuándo ad-
quirieron los cebuanos esta prenda de amor; pero es
verosímil la llevasen á esta población los primeros es-
pañoles de la expedición de Magallanes, Ni hace fuer-
— I03 —
za el dicho de los indios, que después aseguraron ha-
berla poseido de tiempo inmemorial; porque los cua-
renta y cuatro arios que hablan transcurrido desde en-
tonces, eran suficientes para borrar de su memoria el
tiempo y circunstancias de su adquisición. Puede ser
también que los cebuanos ocultasen de propósito estas
mismas circunstancias, para que no se les privara de
un tesoro, que sin conocerlo apreciaban. Sin embargo
de las súplicas que después hicieron á Legaspi para que
les devolviese la sagrada imagen, no fueron atendidos.
El Santo Niño fué considerado como propiedad de la
armada, y Legaspi, como general de ella, lo entregó á
los PP. Agustinos que lo acompañaban, quienes lo co-
locaron desde luego en una iglesia subsidiaria, que
luego se fabricó bajo la invocación del Santísimo Nom-
bre de Jesús. Su invención fué el mismo dia en que
los españoles se posesionaron de Cebú; esto es, el dia
28 de Abril de 1565.
V.
Sin embargo de que los cebuanos abandonaron su
población, huyendo de los nuestros, de noche solian
hacer sus correrías y molestar á los centinelas que ve-
laban por la seguridad del campamento. Fiados en la
escabrosidad y maleza del terreno, se insolentaban de
tal suerte, que una vez consiguieron pegar fuego en
los cuarteles que se hablan levantado para la tropa.
Entonces mandó el General arrasar las arboledas y
— I04 — ■
malezas en derredor del campamento, y construir un
fuerte de empalizada, cuyas sencillas diligencias fueron
suficientes para precaver los daños que podian meditar
los enemigos, los cuales, refugiados entre tanto en los
cercanos bosques, padecían muchas privaciones y mo-
lestias. La obra del fuerte se principió el 8 de Mayo,
dia en que celebra la Iglesia la aparición de San Mi-
guel, cuya circunstancia, con la de llamarse con este
nombre el General, motivó el haberse dado este mis-
mo nombre á la nueva población.
Algunos principales de Cebú, al fin, fueron depo-
niendo el miedo, y acercáronse al campamento, mos-
trando deseos de confederarse con los nuestros. Cuan-
do se les echaba en cara las hostilidades nocturnas, las
atribuian á otros enemigos; y al proponer las amista-
des, les hacia contestar Legaspi que no podia con-
cluirse cosa alguna mientras no se presentase Tupas,
su señor. Después de muchas instancias y demandas,
se presentó al campamento uno de los principales, que
dijo ser hermano de este régulo, y aseguró al General,
que á la sazón estaba muy lejos de allí, pero que no
tardarla en presentarse, siempre que se le diese un sal-
voconducto y se le perdonase lo pasado. Legaspi, que
no aspiraba á otra cosa, accedió á sus propuestas, y le
dio cuantas seguridades podia desear; pero el régulo,
cuya mala fe le hacia cada vez más receloso, no se re-
solvía á cumplir lo prometido, hasta que, al fin , com-
pelido por las instancias repetidas de los suyos, com-
pareció á la presencia de Legaspi. Iba acompañado de
Tamoyan y otros principales de la isla, y fué recibido
de aquel jefe con agrado: le dijo, sin embargo, que
— I05 —
extrañaba en gran manera hubiese tardado tanto tiem-
po en cumplir lo que tantas veces habia prometido,
puesto que hasta entonces ningún agravio habia reci-
bido de su gente, y sólo se trataba de asegurar la paz,
que á todos convenia.
Contestóle Tupas que él también deseaba por su
parte estar en paz con ellos y celebrar tratados amisto-
sos, y que no habia comparecido antes por temor. En-
tonces dirigió Legaspi á todos la palabra y les habló
así: «No podéis ignorar ¡oh cebuanos! lo que sucedió
en tiempo de Hamabar, soberano de la isla, con los
españoles de la expedición de Magallanes. Este era un
general que venía, como yo, en nombre de mi rey; fué
recibido como amigo, y prendado aquel régulo de su
amable trato, recibió su religión, con muchos de los
suyos, prometiendo por un tratado guardar fidelidad
al Rey de España. Magallanes murió luego, peleando
como bueno contra los enemigos de Cebú, y ¿cómo
correspondisteis á las finezas de vuestros aliados? Lejos
de consolarlos por la pérdida de su amado general, ase-
sinasteis luego alevosamente á Serrano, que le habia
sucedido en el mando (i) con veinte y cinco compa-
ñeros. Mas yo, si bien pudiera ahora castigar un aten-
tado tan atroz, no trato de vengar injurias pasadas, sino
tan solamente de que renovéis el tratado que antes ce-
lebrasteis con Magallanes. Ni creáis que os recuerde
vuestros yerros para confundiros con su memoria, sino
para que conozcáis el valor de la clemencia, y sepáis
(i) Ya se ha indicado que, según otros autores, no fué Serrano sino Bar-
bosa el jefe que sucedió á Magallanes en el mando.
— io6 —
apreciar el perdón que os ofrezco en nombre de mi
rey, os mostréis rendidos á este soberano, y le profeséis
amor y lealtad. Pagaréis un escaso reconocimiento, y
yo os admitiré debajo de su poderosa protección.» Es-
cucharon los cebuanos muy atentos la arenga de Le-
gaspi; se excusaron de la deslealtad de sus antepasados,
que les habia recordado, echando la culpa á sus auto-
res; le agradecieron el perdón, y le ofrecieron desde
luego pagar el conocimiento que les pedia, según sus
fuerzas. Luego añadió Legaspi que convenia se deter-
minasen los precios de los comestibles que necesitaba
para el abasto de su gente, con el fin de evitar con-
tiendas y disgustos, y les señaló tres dias para que de-
liberasen de común acuerdo lo que más les importaba,
y después no alegasen ignorancia de lo que habian ofre-
cido. De esta suerte se terminó la primera conferencia.
Tupas y los principales de Cebú dieron á entender al
General que les parecia bien cuanto les habia dicho, y
le prometieron volver á darle la última respuesta den-
tro del plazo señalado.
Se ignora lo que los cebuanos resolvieron al sepa-
rarse de la presencia de Legaspi; pero lo cierto es que
se pasaron los tres dias aplazados, sin que Tupas ni
otro alguno de aquellos principales compareciese, fi-
gurándose quizás que los españoles, á quienes no po-
dían rechazar, hostigados por la necesidad, al fin aban-
donarían á Cebú. Entre tanto sucedió un lance lasti-
moso, que contribuyó en gran manera al desenlace del
asunto principal. Un gentil-hombre de Legaspi, pa-
seándose, contra su orden, fuera del campamento, fué
atravesado por una lanza enemiga; le cortaron inme-
— loy —
diatamente la cabeza, y se la llevaron embarcados, sin
ser vistos ni sentidos. Luego que Legaspi tuvo noticia
de este atentado, envió al maestre de campo D. Mateo
del Saus con una partida de soldados, para averiguar el
caso y castigar á los culpados. Dirigióse hacia donde
se habian refugiado los agresores; pero á su llegada sólo
halló en unas chozas miserables siete mujeres, que
prendió y llevó al campamento. Esta fué la única sa-
tisfacción que se pudo tomar de aquel asesinato; pero
la prisión de estas mujeres fué un medio poderoso para
establecer las paces entre los españoles y naturales de
la isla.
Durante la ausencia del maestre de campo, Legaspi
se quedó en el real, y dispuso que los gentiles-hombres
le hiciesen la guardia para el decoro y seguridad de su
persona. Esta disposición era muy justa y natural, y,
sin embargo, ellos sintieron vivamente que se les exi-
giese un servicio á que no estaban acostumbrados, y
no faltó entre ellos quien tuvo el descaro de decir al
General que hacer la guardia era más propio de laca-
yos que de gentiles-hombres. Este jefe sintió, como
era natural, tamaño insulto, pero creyó que por enton-
ces debia disimular, para evitar mayores males. No fué
de este parecer el maestre de campo; porque, noticio-
so del suceso, procuró que se disolviese aquel cuerpo,
y los que lo componían fuesen agregados á las demás
compañías de soldados, supuesto que en su concepto
sólo les servia de lujo aquel título. Esta medida exaspe-
ró de tal manera á aquellos hombres insolentes, que se
precipitaron en su vista á cometer un atentado, que pu-
diera haber sido la ruina de todo el campamento; por-
— \0\
que incendiaron la casa en donde se habia quedado el
General, que, como construida de materiales combus-
tibles, cerca de los reales almacenes, todos los haberes
de la armada estuvieron en inminente peligro de per-
derse. Desde luego se sospechó quiénes pudieran ha-
ber sido los culpados; en su consecuencia se practica-
ron diligencias, y dos individuos del cuerpo suprimido
fueron probados criminales, y expiaron, como incen-
diarios, su delito en la horca para escarmiento de los
demás.
Poco después de este suceso deplorable envió Legas-
pi uno de sus buques á la Nueva España, con el fin de
pedir más gente y dar cuenta de sus descubrimientos
al superior Gobierno. Nombró cabo mayor de él á su
nieto, D. Felipe de Salcedo, y encargó la derrota y
dirección del viaje al padre Fr. Andrés de Urdaneta.
Zarparon de la ensenada de Cebú el dia i." de Junio
del mismo año, y habiéndose remontado hasta los 36
grados por las islas de los Ladrones, el 30 de Octubre
llegaron sin novedad especial al puerto de Acapulco.
La noticia de su llegada, y la relación que hicieron
verbalmente de los sucesos de la escuadra, causaron
mucha sensación en la capital del Nuevo Mundo, por-
que nada se sabía aún de estos hechos. En su vista se
repicaron las campanas en señal de regocijo, cuya
práctica se continuó después por mucho tiempo, siem-
pre que llegaba á Nueva España algún galeón de Fi-
lipinas. El P. Urdaneta prosiguió su viaje hasta la cor-
te; entregó al Rey la correspondencia de Legaspi y le
dijo de palabra cuanto deseaba saber de su larga expe-
dición. A su llegada, D. Alonso de Arellano, capitán
del patache que habia desertado de la escuadra de Le-
gaspi, estaba en la misma corte negociando recom-
pensas por haber sido el primero que dio la vuelta á
Nueva España desde las Filipinas; pero su maldad fué
desde luego descubierta con las relaciones de Legaspi
é informes de aquel distinguido religioso. En su vista,
fué metido desde luégcten una cárcel, y después envia-
do á Nueva España bajo partida de registro, con orden
de que fuese enviado á Legaspi para que lo castigase.
El P. Urdaneta, concluidos sus negocios, volvió á la
ciudad de Méjico, y terminó sus dias entre los herma-
nos de su Orden, con opinión de gran virtud.
Legaspi en Cebú, no desviándose un paso de la
senda que le habia trazado su gran prudencia, se ha-
cia querer de sus mismos enemigos. Una de aquellas
mujeres que prendió Saus cuando salió para castigar
el asesinato del gentil-hombre, le suplicó que le per-
mitiese ir con su criada para llamar á su marido, ase-
gurándole que sin falta volveria. Sin embargo de que
no parecía cuerdo el fiarse de la palabra de una mujer
que no se hallaba con la libertad suficiente, el Gene-
ral le otorgó lo que pedia, y conociendo por su aire que
no era ordinaria, le encargó que procurase hacer saber
á Tupas que lo estaba aguardando. Cumplió la india,
en efecto, su palabra, y dio satisfacción á los deseos de
Legaspi, pues Tupas no tardó en enviarle un moro
que sabía la lengua malaya, para que le comunicase
por su medio lo que bien le pareciese, y dijese al mis-
mo tiempo lo que pedia por el rescate de las presas.
Legaspi recibió muy bien al emisario, y le dijo que
estaba muy sentido de Tupas y principales, ora por
— lio
no haberle cumplido la palabra de volver á su presen-
cia dentro de los tres dias designados, ora por la
muerte alevosa que habian cometido en uno de sus
gentiles-hombres. Por lo que tocaba á la libertad de
las mujeres, le aseguró que se la otorgaria, tan pronto
como la paz se asentase, sin ninguna clase de rescate,
y que entre tanto estarian bajo su cuidado, bien trata-
das. Se despidió el moro de Legaspi, y no tardó en
volver al campamento con dos principales cebuanos,
llamados Maquiong y Catipan, de los cuales el prime-
ro era marido de una de las presas, y padre de otras
dos. Habiendo á su llegada pedido audiencia á Legaspi,
se le presentaron y le dijeron que, noticiosos del buen
trato que se daba á las presas, entre las cuales tenía el
uno á su mujer y dos hijas, estaban muy agradecidos;
y que supuesto no queria permitirles se fuesen á sus ca-
sas, que á lo menos no les negase a ellos el consuelo
de estar entre los suyos. Legaspi, en vista de una acción
tan noble y generosa, accedió gustoso á sus deseos y
procuró ganarles el afecto. Por este medio consiguió
el prudente General lo que no pudiera con las armas,
porque aquellos principales, vencidos por los beneficios
que recibían con frecuencia de los españoles, empeza-
ron á cobrarles afición, y luego allanaron el camino
para terminar las negociaciones de la paz.
Maquiong fué el primero que se ofreció á ser ami-
go de los españoles y subdito de su gobierno, y Le-
gaspi le dijo entonces francamente que era necesario
establecer la paz, llevando á efecto las propuestas que
antes les habia hecho. Desde entonces este principal
y su compañero Catipan se constituyeron mediadores
Itt —
entre el General y los principales de Cebú. El dia si-
guiente volvieron á su alojamiento llevando á un hijo
de Tupas, y le dieron cuenta del buen estado del ne-
gocio. Entonces Maquiong se quedó en el campamen-
to con el nuevo compañero, sin duda con el fin de
hacerle observar que los españoles no eran tan fero-
ces como creian, y Catipan volvió á verse con el ré-
gulo para decidirlo á que aceptase las proposiciones
de Legaspi. No se cumplieron en este dia sus deseos;
mas el régulo, ya determinado, envió á Legaspi cuatro
hombres, asegurándole que el dia siguiente se le pre-
sentaria, lo que al fin cumplió, acompañado de algu-
nos principales y sesenta hombres de respeto , como
guardia de honor. El General lo recibió sin muestras
de resentimiento, pero con la gravedad que la visita
reclamaba, y dirigiéndole en seguida la palabra, le dijo:
« Extraño es \ oh Tupas ! el poco aprecio que has hecho
de la amistad y perdón de los agravios que te habia
ofi-ecido en nombre de mi rey : me has mirado con la
desconfianza de enemigo , y has preferido las molestias
é incomodidades de la fuga á la compañía de los que
hemos venido de lejanas tierras para colmaros de feli-
cidad y gloria. Habla, en fin con claridad: elige entre
la guerra y la paz; y sin embargo de que repetidas
veces me has provocado á lo primero, todavía tienes
tiempo para meditar acerca del partido que más ven-
tajoso te parezca.)) Enterado Tupas del lacónico dis-
curso de Legaspi, le contestó, por medio de intérprete,
que siempre habia tenido voluntad de concluir los tra-
tados comenzados; que su tardanza en presentarse más
habia procedido de vergüenza que de malicia; porque,
— III —
sin embargo de que no rehusaba pagar el reconoci-
miento que le habia anunciado, la necesidad que pa-
decian sus vasallos le ponia en el caso de faltar al
compromiso, y que, finalmente, hablándole con la
claridad que le inspiraba la confianza con que lo tra-
taba, debia decirle que siempre habia temido á su
gente; pero que ya estaba convencido que la paz y
amistad con él era el partido más ventajoso que podia
adoptar, y que en su consecuencia desde aquel mo-
mento él y sus vasallos se colocaban bajo la protección
de su monarca, y le prometía por sí y sus descendien-
tes guardarle lealtad. Legaspi admitió desde luego á
los cebuanos la sujeción que ofi'ecian por medio de
Tupas, su señor, á la corona de Castilla, y para la
firmeza de un hecho de tanta gravedad se extendieron
por escrito los conciertos con las formalidades necesa-
rias. Sentimos carecer de este documento importante,
que sería, á no dudgrlo, un rico ornamento para la
historia de las islas Filipinas.
Desde aquel dia los cebuanos entraban y sallan con
frecuencia en el real ó campo de los españoles, y los
principales repetían sus visitas á Legaspi, atraídos más
bien por los regalos que les hacia que por el afecto
que en la apariencia le mostraban. La visita más in-
teresante de que hablan las historias antiguas de las
islas, fué sin duda la que le hizo la mujer del régulo:
llevaba en su comitiva muchos deudos y principales
de la isla, que de dos en dos iban entrando en la es-
tancia del General. Detras venía la señora, cercada de
mujeres bien vestidas con faldellinas y mantas borda-
das con flores muy vistosas; llevaban en la cabeza unos
— 113 —
adornos curiosos hechos de palma fina, con guirnaldas
de flores naturales con mucha gracia. Tenian, ademas,
en los pies y muñecas una especie de argollas, y en
los dedos anillos de oro abrillantado, de quilates muy
subidos. Todos entraban cantando, a excepción de la
señora, que andaba con mucha gravedad, apoyada
sobre los hombros de dos niños. El General la recibió
con la afabilidad posible, la obsequió como convenia,
la convidó á su mesa, y después la regaló muy buenas
ropas y dos sartos de perlas finas, con otros adornos de
buen gusto. Al fin de la visita salió con el mismo orden
que habia guardado en la entrada, muy satisfecha y
prendada de la fineza y obsequios de Legaspi.
Luego que los cebuanos empezaron á tratar amiga-
blemente con los nuestros, también los padres misio-
neros procuraron dar principio á la propagación del
Evangelio. Ante todas cosas hicieron admirar á los in-
fieles la majestad del culto é imponentes ceremonias
de nuestra santa religión, y luego les hablaron de la
ley santa del Señor, cuya doctrina admiraban, y no
pocos mostraron poco después deseos verdaderos de
abrazarla. Pero el ejemplo de los que hablan recibido
el santo sacramento del Bautismo en tiempo de Ma-
gallanes los hizo cautos, y en su vista anduvieron con
mucha circunspección en esta parte en un principio,
administrando solamente las aguas de salud á los que
daban pruebas de perseverancia con las obras. Una
sobrina de Tupas, ofrecida por este regulo á Legaspi
para el servicio de su casa, fué la primera que tuvo
la dicha de ser regenerada. Este jefe quiso tener el
gusto de apadrinarla, y le puso el nombre de Isabel,
— 114 —
por ser éste el de su mujer difunta; procuro solemni-
zar el acto con muchas demostraciones de regocijo, y
luego él mismo dotó á la nueva ahijada y la casó con
Andrés, calafate de la armada.
VI.
El mayor trabajo que á la sazón afligia á Legaspi
era la escasez de víveres que su gente padecía: habia
ya algunos meses que se hallaban en Cebú, y los na-
turales de la isla, á pesar de los ricos retornos que les
ofrecían, no trataban de llevar comestibles al real:
táctica de que hablan echado mano los que los man-
daban, á fin de que los españoles los dejasen. Pero al
fin, lo que no pudieron conseguir de los que ya eran
considerados como amigos, lo consiguieron de unos
moros cuyo país todavía ignoraban. Eran éstos unos
mercaderes de Luzon procedentes de Manila, que ya
entonces era corte de los rajáes que dominaban en sus
costas, los cuales, noticiosos de la llegada de los nues-
tros á Cebú, y de los ricos cambios que tenian, se
apresuraron á llevarles arroz y otros comestibles. Le-
gaspi los recibió á su satisfacción , les tomó todo el ar-
roz á precios subidos, y consiguió por este medio que
le condujesen más cantidad de este cereal de la isla de
Panay, no distante de Cebú, en donde abundaba. Des-
de entonces concibió Legaspi el proyecto de trasladar
su campo á Manila, en atención á ser país más abun-
dante, y á la escasez de víveres que experimentaba en
. — 115 —
Cebú. Con este fin, al despedirse los moros mercade-
res, encargó á Mahomat, uno de ellos, que dijese de
su parte al jefe de Manila que pensaba enviarle una
embajada para celebrar con él tratados amistosos.
A consecuencia de esta escasez de víveres, que tanto
afligia al General, se apoderó el descontento de algu-
nos hombres inquietos , que deseosos de aliviar los ma-
les que todos padecian y mejorar deposición, trataron
de fugarse con uno de los buques de que se compo-
nía la pequeña escuadra española. Su intento era robar
lo que pudiesen, barrenar los demás buques para que
no pudiesen perseguirlos, y refugiarse en Francia, que
siempre solia estar en guerra en aquel tiempo con Es-
paña. La conspiración fué descubierta un dia antes del
aplazado para llevarla á efecto, por haberla delatado
un veneciano, llamado Juan María, uno de los princi-
pales conjurados. Legaspi, en su vista, prendió á los
culpados, los encausó, y resultando criminales Pablo
Hernández, Pedro Prim y Jorge Griego, los dos últi-
mos el dia siguiente amanecieron ahorcados; el prime-
ro se fugó, pero luego la necesidad le obligó á entre-
garse, y sufrió la misma pena. Castigados los cabezas
de la conspiración, desistió el General de las pesquisas
comenzadas; pero hizo una arenga delante de todo el
campamento, afeando como convenia un atentado que
podia destruir las esperanzas que de tantos sacrificios
hechos hasta allí debian prometerse.
El ejemplar castigo ejecutado en las personas de
aquellos criminales, si bien produjo por de pronto los
efectos deseados, no fueron estos, sin embargo, de lar-
ga duración , porque no habia sido- posible todavía
— ii6 —
remediar el mal que habia motivado la conspiración
de aquellos infelices. En efecto, otros mal contentos,
que no sabian resignarse en la adversidad presente, tra-
maron una nueva insurrección , con intento de aban-
donar el campo de Cebú y pasarse a los portugueses
del Moluco. Hallábanse al frente Juan Nuñez Carrion,
Miguel Gómez y un tal Chaves, los cuales, practica-
das las diligencias oportunas, también fueron ahorca-
dos. Con estos castigos, al parecer severos, pero muy
saludables, atendidas las apremiantes circunstancias en
que todos se hallaban, atajó el General» el contagio que
iba cundiendo en su campo, y aseguró la tranquilidad
y salud de los demás. El rigor que desplegaba Legaspi
contra los principales criminales, herrnanado con la
clemencia en los demás, contribuyó- en gran manera
al éxito feliz que tuvieron sus empresas; porque la
gente que tenía á la sazón era en extremo necesaria
para hacerse respetar de los isleños entre quienes ha-
bitaba, y por otra parte no con venia tolerar la insu-
bordinación.
Entre tanto, con sus pocas fuerzas disponibles, Le-
gaspi se iba suavemente apoderando de los demás pue-
blos de Cebú é islas circunvecinas, unas veces forzado
por la necesidad, y otras llamado por sus mismos ha-
bitantes, que se sometian espontáneamente á su go-
bierno para que los defendiese de la tiranía de otros
enemigos. De este sistema de conquista, sin derramar
sangre ni oprimir con vejaciones á los pueblos, se
obtenía el objeto deseado, porque los amigos se le mos-
traban más afectos y los vencidos más sumisos. En uno
de estos lances envió al capitán D. Martin Goiti con
— 117 —
cíen hombres contra unos pueblos que molestaban á
sus aliados de Cebú, en cuya expedición fué tan afor-
tunado este jefe, que de paso, sin echar mano de la
fuerza, consiguió que otros muchos pueblos recono-
ciesen el Gobierno; pacificó á los pueblos enemigos sin
haber muerto un solo hombre, y regresó con dos em-
barcaciones cargadas de comestibles al campo de Cebú.
Toda esta isla á los pocos meses ya estaba sometida á
la obediencia de Legaspi, á excepción de los pueblos
de Mactan y Gabi, que se mantenían en su indepen-
dencia. Sus habitantes, persuadidos de que eran im-
potentes para oponerse hostilmente á las armas espa-
rtólas, se dispersaron, y persuadieron á los de otros
pueblos desafectos que no sembrasen aquel año, para
que de esta suerte los españoles se viesen en el caso
de marcharse de su isla, impelidos por el hambre. Un
hecho semejante refieren las historias de los indios de
Haiti, que contribuyó en gran manera á su despo-
blación, sin que por esto los españoles pereciesen. Lo
mismo sucedió, á corta diferencia, en Cebú, porque
Legaspi, noticioso de la necedad de los isleños, se pro-
veyó de víveres á tiempo, y la malicia de aquellos se-
ductores recayó sobre todos sus paisanos.
El mismo Goiti fué enviado poco después con se-
senta hombres á los pueblos de Aboyoz y Cabalian;
por medio de los cambios que llevaba, consiguió en
breve un acopio muy considerable de arroz, y sujetó
de paso aquellos pueblos, cuyos habitantes no se resis-
tieron á reconocer el gobierno español. No fué menos
feliz el maestre de campo en su expedición á Minda-
nao, porque, sin embargo de que su viaje fué más
— ii8 —
largo de lo que se habia calculado, regresó á Cebú con
más de mil fanegas de arroz, y aseguró á Legaspi que
todos los pueblos de Butuan, isla de Negros y Panay
reconocían su gobierno y hablan ofrecido pagar tribu-
to anual de todo lo que tenian.
El capitán Juan de la Isla también habia salido de
Cebú, como los anteriores, en demanda de arroz: iba
convoyado por el segundo; mas luego se dividieron,
andando cada uno por su parte, para dar cumplimien-
to á las disposiciones de Legaspi. Cuando ya trataba
de regresar á su destino, y andaba por aquellas islas
buscando al compañero, descubrió un galeón con
bandera española, que habia sido enviado desde Aca-
pulco para reforzar la escuadra y gente de Cebú. Era
el navio San Jerónimo, cuyos sucesos lastimosos no
pueden omitirse sin hacer injuria ala histo/ia. Su viaje
desde allí á Filipinas fué una serie no interrumpida
de desgracias, ocasionadas por la imprevisión y mali-
cia de los hombres. Su capitán, ó cabo mayor, era
D. Pedro Sánchez Pericón, y su sargento mayor don
Juan Ortiz de Mosquera, los cuales, al salir de Méjico
para embarcarse, ya estaban enemistados. Desgracia-
damente éste, poco después de haberse hecho el navio
á la vela, contrajo amistad. con el piloto Lope Martin;
aquel mulato que, habiendo desertado con el patache
de la escuadra de Legaspi, era enviado en esta ocasión
á la presencia de este jefe para que lo castigase, y
por consiguiente estaba en disposición de cometer
cualquiera atentado. A los pocos dias de viaje. Mos-
quera, que ya habia tenido varios disgustos con Peri-
cón, determinó asesinarlo. Combinado con otros dos
— 119 —
malvados, entró de noche en la cámara de este capí-
tan desgraciado, y lo asesinó atrozmente con su hijo,
arrojando en seguida sus cuerpos palpitantes á la mar.
Lejos de ruborizarse el asesino por un delito tan atroz,
tuvo la desfachatez de publicarlo por sí mismo á la
gente, añadiendo que tenía motivos para ello, y que
daria razón de su conducta en Cebú; pero no tardó en
pagar el atentado. El mulato en cuyo arrojo confiaba,
fué su verdugo. Dueño el asesino del mando del navio,
se enemistó con éste y trató de asegurarlo; mas no
llevó á efecto su intento, porque se lo estorbaron sus
amigos. Resentido éste de la conducta de Mosquera,
concibió el proyecto de vengarse, y para conseguirlo
se reconcilió con él, y después le persuadió que con-
venia hacer una justificación en forma de lo ejecutado
con los asesinados; porque decia que la gente estaba
descontenta; que al efecto debia dejarse prender; que
él, como piloto mayor, le formaria la sumaria á su
satisfacción y lo declararía libre. El incauto se dejó
alucinar por el pérfido mulato, el cual por modo de
broma, corno decia, lo mandó ahorcar en el peñol
de la verga mayor, sin darle tiempo para confesarse,
como él habia hecho con los desgraciados Pericones.
Constituido el mulato dueño absoluto del navio, su
confidente Ocampo, después de haber arrojado á la
mar el cuerpo de Mosquera, arengó á la gente, y le
dijo, en nombre de aquél, que su intento no era ir á
Cebú, sino á otra parte, en donde podrían hacer más
pronto su fortuna, y que si alguno no se determinaba
á seguirles, lo pondrían en una isla cercana á Cebú
para que desde allí pudiese incorporarse fácilmente con
I20
Legaspi. Tal fué la propuesta del mulato por medio
de Ocampo; pero su intento y el de sus cómplices era
otro. La memoria de sus delitos lo tenía inquieto; sabía
que en llegando á la presencia de Legaspi sería seve-
ramente castigado, y no podia estar tranquilo en me-
dio de muchos leales, que detestaban su conducta.
Llegaron poco después á una de las islas, llamada de
los Barbados, que estaba inhabitada, y el mulato dijo
que debia fondearse, porque el navio necesitaba de
carena; su verdadero fin era abandonar en ella á los
leales, y él marcharse con los de su partido en donde
no pudiesen ser castigadas sus maldades; pero Dios
dispuso que cayese, con los suyos, en el lazo que ha-
bia armado para perder á los primeros. Con el fin de
ocultar su designio, los traidores bajaron á la isla, el
mulato, Ocampo y otros secuaces, con algunos de
aquéllos: el capellán, que era un virtuoso sacerdote,
llamado Juan Vivero, habiendo penetrado la trama
urdida, por algunas expresiones que habia oido, alusi-
vas al intento; libre de los principales cabezas de mo-
tin, persuadió á Rodrigo del Angle , contra-maestre
del navio, que se pronunciase por el Rey. Bartolomé
de Lara, que habia cooperado al asesinato de los
Pericones, lo ayudó, persuadido de que después se le
daria el mando del navio; arengaron á la gente, levaron
anclas y llamaron á los leales, que estaban en la isla,
para que se reembarcasen cuanto antes, porque el na-
vio proseguía su viaje. Con esto, sólo se quedaron en
la isla el mulato y Ocampo, con algunos de los rebel-
des, que probablemente perecerían allí de hambre,
porque ya no se supo más de ellos. Todavía no se
121
terminaron con este acertado golpe las tragedias; por-
que Lara, al ver que no se le daba el mando del navio,
empezó á sembrar cizaña entre la gente para sublevar-
la y llevar á cabo el proyecto del mulato; pero Angle
lo prendió y lo mandó ahorcar como asesino del capi-
tán Pericón é hijo. De esta suerte la paz se consolidó
en el navio, y se prosiguió el viaje hasta las islas Fi-
lipinas, adonde llegaron sin víveres y con el navio es-
tropeado. Finalmente arribaron á la primera isla que
descubrieron, en donde los indios les negaron toda
suerte de auxilio, porque no tenian cambios para pa-
garlos. En este infeliz estado los halló Juan de la Isla,
quien inmediatamente dio cuenta á Legaspi del suceso,
y éste les envió una fragata, que llevó á remolque el
galeón hasta Cebú. Informado el General de los su-
cesos del viaje, encausó al escribano Zaldibas, y lo
mandó ahorcar como cómplice también del atentado
cometido contra los Pericones, reprendió á los demás
culpados y premió á los leales.
A fines de Noviembre de 1566, solícito Legaspi para
que no faltaran víveres en el campo de Cebú, envió
al sargento mayor D. Luis de la Haya con dos fra-
gatillas á recoger el arroz, que los pueblos amigos ha-
bian ofrecido por el reconocimiento. Al mismo tiempo
despachó también al maestre de Campo á la costa de
Mindanao, para recoger canela por cuenta del erario,
con intento de remitirla á la Nueva España en la pri-
mera ocasión. El viaje del segundo no tuvo el mejor
éxito, por haberle sobrevenido un temporal fuera de
puerto, que lo puso en grave riesgo de perderse; pero
descubrió algunas naves dispersadas por el mismo tem-
122
poral. Eran de una escuadra portuguesa, mandada por
el capitán D. Gonzalo Pereira, cabo mayor de las
Molucas, enviado por el Virey de la India para expeler
á Legaspi de todas las islas Filipinas. No llegó Pereira
á Cebú en esta ocasión, porque no habiendo podido
reunir todos los buques de que se componía su escua-
dra, se vio precisado á regresar á las Molucas. El año
siguiente envió el mismo capitán dos embarcaciones a
Cebú, con una carta dirigida á Legaspi , escrita desde
los mares del Moluco, con fecha del 25 de Mayo de
1567. En ella le decia, en términos generales, que
suponía casual su llegada á Cebú, en donde se habria
fortificado para defenderse de la gente del país; que el
año anterior, noticioso de esta novedad, habia deter-
minado hacerle una visita con el fin de socorrerlo,
por ser aquella isla comprendida en la demarcación de
Portugal, y que se holgaría mucho de que al dejarla,
en su regreso á España pasara por las Molucas, como
lo hablan hecho las escuadras anteriores, enviadas por
Carlos V á las islas del Poniente. Legaspi, por no fal-
tar á la urbanidad, contestó á Pereira en los mismos
términos; pero sin concederle ni negarle lo que éste
daba por asentado en su carta. Sin embargo de que los
portugueses de la comisión hacian alarde de la paz y
buena correspondencia que deseaban tener con los es-
pañoles de Legaspi, se averiguó por algunos enfermos
que bajaron á la población para curarse, que en las
Molucas se estaban haciendo grandes preparativos para
arrojarlos de las islas Filipinas , y que Pereira sólo
aguardaba la respuesta de Legaspi para llevar á cabo
la expedición premeditada, en el caso de no favorecer
— 123 —
á sus intentos; lo que no pudo verificar en aquel año,
por estar ya muy adelantada la estación.
A principios de este mismo año habia Legaspi
vuelto á enviar al maestre de campo á Mindanao en
demanda de canela, para apresurar la salida del pata-
che San Juan, que debia hacer viaje á Nueva España.
Acompañaban á Saus en esta ocasión unos ochenta
hombres, y una fragatilla mandada por el sargento
mayor Juan de Morones. Las compras fueron muy
felices, porque en breve tiempo se recogieron cuarenta
quintales por lo menos de aquella droga, y se hubie-
ran acopiado muchos más, si no faltaran los cambios
ó rescates. Pero el buen suceso de los cambios moti-
varon la muerte de aquel valiente militar, que aconte-
ció en el viaje, antes de llegar ala isla de Cebú. Estaba
atacado de una fuerte calentura, y algunos compañeros,
seducidos por el portugués Martin Hernández, contra-
maestre del patache, conspiraron contra su vida para
apoderarse del buque y cargamento. El doliente tuvo
algunos indicios de la traición premeditada, y en su
vista hizo llamar á D. Juan de Morones y le encargo
que dejando la fragata se hiciese cargo del patache.
Esta oportuna providencia, si bien salvó lo que se in-
tentaba, no libró de la muerte al que la diera. Don
Juan de Morones, posesionado del mando del patache,
averiguó el hecho de que Saus tenía sospechas sola-
mente, y en su consecuencia mandó ahorcar á Martin
Hernández, que antes de espirar lo confesó. Sin em-
bargo de haberse ocurrido al mal que se trataba de
cortar, el maestre de campo no por esto se alivió de
su dolencia; antes bien la misma pesadumbre que le
124 —
causó la memoria de la deslealtad é ingratitud de los
conspiradores, le agravfS las calenturas, que le quitaron
la vida en medio de la expedición. La muerte del pri-
mer maestre de campo de las islas Filipinas fué muy
sentida de los verdaderos españoles del campo de Cebú,
y particularmente de Legaspi, que tenía bien probadas
sus apreciables prendas de valor, patriotisnx) y lealtad.
El capitán D. Martin Goiti fué nombrado en su lugar,
y luego se apresuró la marcha del patache con el prin-
cipal intento de pedir nuevos socorros al Virey de
Nueva España.
El dia 27 de Julio de aquel año se hizo el patache
á la vela, y el 20 de Agosto inmediato aparecieron en
la ensenada de Cebú dos galeones, que reconocidos,
llenaron á todos de contento : eran españoles, que
hablan sido enviados desde Acapulco con un buen
refuerzo de soldados, municiones y pertrechos para
reforzar el establecimiento de Cebú, y venía en uno
de ellos, de regreso, D. Felipe de Salcedo, nieto de
Legaspi, con un hermano de solos diez y ocho años,
llamado D. Juan del mismo apellido, que después
llegó á ser el héroe que más se distinguió en el des-
cubrimiento y sujeción de las islas Filipinas. Con este
auxilio ya no temia Legaspi la llegada de Pereira, y
aun se alegrara que apareciera cuanto antes para darle
una lección y humillarlo; pero no compareció cuando
se le aguardaba, y presumiendo que habria desistido
del empeño, se resolvió á despachar la capitana, car-
gada de canela, para la Nueva España, á cargo de su
mismo nieto D. Felipe.' Se hizo en efecto este buque
á la vela, y navegó sin novedad hasta las islas de los
— 125 —
Ladrones; mas aquí, estando fondeado en Guahan, le
sobrevino el 1 5 de Agosto un fuerte temporal , que lo
arrojó sobre la costa, en donde se estrelló. El rico car-
gamento de canela se perdió, pero la gente se salvó,
la que, sin embargo, pereciera en manos de los bárba-
ros ó acosada por el hambre, si la necesidad no les
inspirara una traza para librarse del conflicto. Apro-
vechando los pedazos de la nave destruida, formaron
una embarcación capaz sobre el batel que se conservó
intacto, y con él llegaron sin novedad á la ensenada
de Cebú, precisamente cuando Pereira estaba ame-
nazando el campo de Legaspi.
VIL
En efecto, el dia 17 de Setiembre de 1568 apareció
el capitán de las Molucas en frente de Cebú con cua-
tro galeones, dos galeotas, cuatro fustas y más de
veinte embarcaciones de menor porte, que conducian
á su bordo setecientos hombres aguerridos con mu-
chos auxiliares molucanos y malabares. Al principio
aparentó Pereira que su venida era pacífica, pero no
tardó en causar á nuestro General desazones y disgus-
tos con disputas y etiquetas impertinentes. Legaspi
procuraba con prudencia evitar un rompimiento por su
parte; pero estaba al mismo tiempo determinado á no
abandonar el campo mientras le quedase un soldado.
Todas las disputas entre ambos capitanes versaban sobre
la demarcación que habia designado Alejandro VI, á
126
fin de que no se confundieran las posesiones ultrama-
rinas que Portugal y Esparía adquiriesen. Pereira es-
taba empellado en sostener que la isla de Gebú y las
demás circunvecinas caian bajo la demarcación de
Portugal, y Legaspi sostenía con firmeza lo contrario.
Por la bula Alejandrina ciertamente nada se podia
concluir, porque sin faltar los españoles á su conte-
nido podian llegar a dichas islas por la via del ponien-
te, como lo realizaron, sin perjudicar al derecho que
asistia á Portugal, así como éstos podian haberlo ve-
rificado sin perjuicio del derecho que favorecía á los
nuestros. Resultaba, pues, que la cuestión debia resol-
verse por la primacía de los descubrimientos, y por
esta parte Legaspi debia triunfar, porque está fuera de
duda que los portugueses no habian pasado de las
Molucas cuando Magallanes celebró tratados en nom-
bre de Castilla con el soberano de Cebú. Si Pereira
en sus disputas hubiera alegado el último convenio
celebrado entre Carlos V y el rey de su nación, en tal
caso sus razones hubieran sido concluyentes; pero, se-
gún parece, ni Pereira ni Legaspi tenian presente este
convenio, porque todos estaban en la inteligencia que
con él sólo habia cedido la España el derecho que pre-
tendía tener sobre las islas del Moluco, de las que Por-
tugal no habia aun entonces tomado posesión. El re-
sultado de la primera conferencia fué, que al fin dijo
redondamente Pereira a Legaspi que se marchara con
su gente de Cebú, y se fuese con su armada á las Mo-
lucas, para auxiliar á su nación en la guerra que hacia
á los infieles; lo cual, decia que todo redundarla en
servicio de Dios, nuestro Señor. Esta conferencia se
127 —
tuvo en la capitana de la escuadra portuguesa, y luego
volvió Pereira la visita á Legaspi. En la playa fué re-
cibido honrosamente; oyeron juntos el santo sacrificio
de la misa y luego fueron á la morada de Legaspi.
Después de la comida volvió Pereira á suscitar la cues-
tión sobre la demarcación Alejandrina; pero tampoco
en esta vez adelantó más que en la primera. Desde
este dia ya no volvió Pereira á ver la cara á Legaspi,
ni lo trató sino por cartas. Pero eran éstas tan frecuen-
tes y tan apremiantes al principio, que Legaspi apenas
tenía tiempo para contestar á ellas. Tres meses se man-
tuvo el capitán portugués con su escuadra en frente de
Cebú, sin que intentara la toma de la población en
todo este tiempo, sino dos veces, si bien en ambas fué
rechazado con valor. Legaspi tomaba sus disposiciones
por la parte que Pereira trataba de atacar, y éste tenía
por insultos las prevenciones naturales de aquél. Era
tal la simpleza del jefe portugués, que llegó á decir á
Legaspi, en un oficio, que bien podia excusar los pa-
rapetos y reparos que iba levantando, porque antes de
atacarlo le pasaria un aviso. Mas un dia en que habia
determinado hacer el desembarque, al acercarse á los
parapetos su escuadra, le envió Legaspi algunas balas
sin aguardar lo avisase, y al ver que recibia más daño
en sus naves del que él podia hacer en los parapetos,
se retiró adonde no pudiesen alcanzarlo. Entonces trató
de bloquear el campo de Cebú., hasta que al fin, des-
engañado de la inutilidad de sus esfuerzos, ofreció la
paz á nuestro general con algunas condiciones, que
fueron rechazadas, porque con ellas trataba en realidad
de salir victorioso sin haber todavía peleado.
— 128 —
Ante todas cosas, con el fin de tantear la disposición
é intentos de Legaspi, le envió un padre jesuíta que
tenía de capellán en su escuadra. Éste, al llegar al cam-
po de Cebú, visitó á los padres Agustinos, y les habló
acerca de las proposiciones que deseaba Pereira fuesen
aceptadas antes de retirarse á las Molucas, rogándoles
que no se negasen á ser mediadores de la paz. Luego
se presentó ante Legaspi, y le dijo francamente que
Pereira estaba inclinado á ofrecerle la paz, porque le
repugnaba derramar la sangre española. El General le
contestó que no la rehusaba; pero que ante todas cosas
propusiese las condiciones con que se la queria ofrecer,
y que en su vista determinarla lo que le pareciese más
conveniente. No tardó en volver el.jesuita con la res-
puesta de Pereira, que se reduela á dos proposiciones
solamente, á saber: i.^, que Legaspi le diese cien sol-
dados españoles para auxiliarlo en la guerra que hacia
á los régulos de Achen y Ambón, enemigos declara-
dos de Portugal; y 2.^, que se levantase en Cebú una
columna ó padrón con las armas de su reino. Legaspi
contestó á lo primero que no tenía inconveniente en
concederle los cien soldados españoles que pedia para
los fines indicados, siempre que dejase en Cebú algu-
nos rehenes de su satisfacción, para que concluida la
guerra le fuesen restituidos al momento ; y á lo segun-
do, que le parecía impertinente la propuesta, cuando
sólo se trataba de arreglar la paz entre los dos, y no de
asentar derechos : que en las cortes se podría ventilar
aquella cuestión, y si se decidiese en favor de Portu-
gal, entonces podría levantar á su placer cuantos pa-
drones le pareciese. No salió muy satisfecho el emisa-
rio de Cebú; se despidió, sin embargo, cortésmente, y
Pereira, leida la respuesta de Legaspi, le escribió que
habia variado ya de pensamiento, y que los cien solda-
dos españoles no le hacian falta. Después celebráronse
las pascuas de Navidad con bastante alegría; los dos
jefes se hicieron mutuamente sus regalos, y luego la
escuadra portuguesa se hizo á la vela para las islas del
Moluco, dejando pacíficamente á los españoles en las
Filipinas.
Desembarazado el General del importuno Pereira,
mejoró la posición del campo de Cebú, y procuró al
mismo tiempo adelantar los intereses de la corona, ex-
tendiendo cada dia más sus posesiones y consolidando
sus derechos. La constancia en llevar á efecto los planes
prudentemente combinados, y la destreza con que so-
lia manejar sus escasas fuerzas lo hacian cada dia más
temido de los enemigos de Cebú. El odio inveterado
que muchos pueblos, aun de una misma isla, se te-
nían entre sí, y las guerras intestinas con que mutua-
mente se aniquilaban, contribuyeron poderosamente á
la felicidad de sus empresas. Los amigos pedíanle au-
xilio para vengar los agravios de otros pueblos más
fuertes, los cuales, con la dirección y superioridad de
las armas de los nuestros, se miraban invencibles. De
esta suerte, pueblos, por otra parte poderosos, no 'se
desdeñaban de humillarse y sacrificar su antigua inde-
pendencia para colocarse bajo los auspicios del gobier-
no, paternal y poderoso al mismo tiempo, de Legaspi.
La escasez de víveres que cuasi siempre se experi-
mentaba en Cebú era lo que más ocupaba la atención
del General. Los apuros en que se vio en esta parte
— 130 —
durante la presencia de Pereira, le hicieron advertir
que no era aquel punto la posición más ventajosa para
formar el cuartel general de sus operaciones militares.
Por otra parte observaba que los pueblos más distantes,
que no hablan recibido tantos favores como los cebua-
nos, eran más generosos y mostraban más afecto á los
suyos que los últimos, que sólo deseaban verlos fuera
de su isla para negarles la obediencia, que con tanta
repugnancia les hablan prometido. Sabía que Panay
abundaba en arroz, que su gente era muy dócil y tra-
table, y que desde allí podria con más facilidad aciídir
á otras partes, sin el cuidado siempre apremiante de los
víveres. En su consecuencia, obtenido el voto de la jun-
ta, á la cual solia proponer los asuntos de alguna tras-
cendencia, trasladó el campo á la expresada isla de Pa-
nay, bajo el cuidado de su nieto D, Felipe, en donde
por de pronto levantó unos pequeños fuertes de empa-
lizada para la defensa de su gente. Apenas asentó en
esta isla sus reales, se le presentaron algunos principa-
les, pidiendo los auxiliase contra otros que no cesaban
de inquietarlos. Desde luego accedió á sus deseos y en
breve terminó las diferencias, quedando los enemigos
humillados, y los amigos se le mostraron más agrade-
cidos y afectos.
Entre tanto Legaspi estaba trabajando en Cebú para
despachar á Nueva España el patache San Lúeas; su
nieto D. Felipe (i) debia mandarlo, y para que no
faltara en el nuevo establecimiento de Panay un sujeto
(i) Algún autor Je llama íóbi'no.
— 131 —
de toda su satisfacción, envió en su lugar al otro nieto,
hermano de aquél, que sin embargo de su poca edad
era hombre de valor y gran prudencia. Apenas D. Fe-
lipe se habia hecho á la vela, regresó al mismo puerto
de Cebú por haber visto un buque grande no lejos de
allí. Era el galeón San Juan, que venía de Acapulco
con soldados y dos PP. Agustinos. Despachado por
segunda vez aquel patache, se trasladó Legaspi á Pa-
nay, en donde los principales de la isla lo recibieron
con extraordinarias demostraciones de afecto. En se-
guida se dispuso para castigar las tropelías que hacia
por aquellas cercanías una escuadra de piratas com-
puesta de borneos y joloanos, aunque no fué necesaria
su presencia, porque Goiti salió con nueve embarca-
ciones desde Cebú en su alcance, y con sólo dos de
ellas, con que pudo alcanzar á los enemigos ya fugi-
tivos, apresó cuatro de sus embarcaciones con su gen-
te, cuyos despojos repartió al llegar á Cebú entre los
que le hablan acompañado. Con esta sola acción el
nombre espaííol ya fué temido de aquella clase de ca-
nalla, y más respetado de los indios pacíficos.
Poco después, dos principales de Aclan é Ibahay,
pueblos de la misma isla de Panay (i), se presentaron
á Legaspi, quejándose de las violencias y tropelías que
recibían de los indios de Mindoro, muy dados á la pi-
ratería en aquel tiempo; y como este jefe se habia pro-
puesto proteger á todos los que estaban colocados bajo
la protección de su gobierno, desde luego despachó
(i) Son puntos en la provincia de Capiz , de la isla dicha de Panay.
— 132 —
una partida de soldados bajo el mando de su nieto
D. Juan de Salcedo, para castigar ejemplarmente á los
piratas. Salió el joven capitán bien instruido por su pru-
dente abuelo, con encargo de pacificar algunos pue-
blos de la misma isla de Panay, que andaban algo in-
quietos todavía. En Aclan se le agregaron quinientos
indios escogidos, que los principales babian reunido
para coadyuvar á los espaíioles de Salcedo en su expe-
dición. Dista Panay de la isla de Mindoro veinte le-
guas, y cuarenta de la punta de Aclan, de donde de-
bió de salir Salcedo con su gente. Hizo sin novedad la
travesía, y procuró llegar de noche al pueblo de los
piratas. Puso las embarcaciones en donde no pudiesen
verlas sus contrarios, y bajó á tierra con un principal
que sabía las entradas para reconocer el sitio que tra-
taba de tomar. Después de esta indispensable diligen-
cia cenó la gente, y dio las providencias oportunas para
sorprender á los piratas. Al amanecer dio el asalto con
los españoles y doscientos indios solamente, y sin em-
bargo de que los enemigos le opusieron una vigorosa
resistencia, cayeron muchos de ellos en sus manos.
Después les concedió la libertad por cierta cantidad de
oro, que repartió entre su gente, porque no podia con-
fiar en su palabra sin darles por de pronto una lección
severa. En seguida se dirigió al pueblo de Lubang, en
donde se hablan refugiado los que lograron evadirse
del primero, confiados en su ventajosa posición. Este
pueblo estaba á la sazón muy bien asegurado : ademas
de un foso lleno de agua que lo cercaba, tenía á la
otra banda una fuerte estacada; defensa suficiente para
burlarse de los enemigos con quienes hablan tenido
— ^33 —
que pelear hasta entonces. Salcedo formó su gente, y
luego requería de paz á los cercados; mas éstos, que
se miraban suficientemente asegurados, se burlaron de
sus proposiciones. Entonces dio orden para el asalto,
que no fué difícil para su gente valiente y aguerrida.
Los más decididos pasaron el foso con embarcaciones,
rompieron algunos palos de la estacada y despejaron
con las balas el paso á los demás. Llenos de pavor los
enemigos, se retiraron, el pueblo fué tomado y Salcedo
dictó la ley á los vencidos. Por de pronto les impuso
una buena multa, les señaló un tributo anual, y luego
regresó con los suyos, cargados de despojos, victorioso
á Paney.
Después de este feliz suceso, al ver Legaspi su cam-
po bastante asegurado, y sujetos ya á su gobierno cuasi
todos los pueblos de Visayas, trató de posesionarse de
la grande isla de Luzon, la más extensa, rica y pode-
rosa de las Filipinas. Con el fin de dar principio á su
proyecto grandioso, llamó á Goiti, que con su familia
se hallaba en Cebú, y le ordenó que acompañado de
su nieto D. Juan capitanease una expedición que ya
tenía organizada en Panay para hacer una visita al so-
berano de Manila. En las instrucciones qite le dio, se
le prevenía que antes de atacar á los que le opusiesen
resistencia, los requiriese siempre con la paz, y excu-
sase todo rompimiento hostil en cuanto estuviese de su
parte. Salió Goiti con Salcedo de Panay á mediados
de Abril ó principios de Mayo de 1570, acompañado
de ciento y treinta españoles y muchos indios amigos
de las Visayas. Al descubrir la isla, se dirigió con el
grueso de la expedición hacia la bahía de Manila,
— 134 —
Era conocido con el nombre de raja Matanda, ó el
Viejo, el que á la sazón tenía el señorío de Manila.
Por su avanzada edad habia confiado las riendas del go-
bierno á un sobrino suyo, llamado raja Solimán, joven
emprendedor, orgulloso é inquieto. El maestre de cam-
po de Legaspi á su llegada fué recibido amigablemen-
te de entrambos, y celebró con ellos tratados amisto-
sos, con las ceremonias acostumbradas para su mayor
firmeza. En esta conformidad estaban las cosas, cuan-
do llegó Salcedo á la misma capital, de retirada de
Batangas, adonde habia hecho una ligera excursión y
cuya provincia estaba alarmada é inquieta. Pero raja
Solimán, á quien no agradaba la vecindad de nuestra
gente, no tardó en romper las amistades con un hecho
indiscreto, y declararse abiertamente contra ellos. Pri-
meramente trató de cortar las comunicaciones de los
indios con los nuestros, á quienes conduelan víveres
por los preciosos cambios que les daban ; luego intentó
asesinar á dos españoles que se estaban paseando tran-
quilamente por la playa, y por fin acabó con declarar
la guerra á la escuadra.
Al N. O. de Manila, en la desembocadura del rio
Pásig, donde ahora está el castillo de Santiago, tenian
los señores mahometanos un fuerte de maderos, mon-
tados por doce piezas de artillería regular (i). Raja
Solimán desde allí mandó batir a la escuadra española
fondeada en la bahía, y no satisfecho del poco efecto
(i) Hay quien opina que esta especie de baluarte revelaba en su construc-
ción al genio europeo , y que un artillero portugués dirigía la defensa de este
fuerte, siendo víctima por fin del ^s^ltg d? los españoles.
— ^3S —
de las balas, despachó algunas embarcaciones peque-
ñas, armadas con falconetes, capitaneadas por el mis-
mo, con el fin de batirla más de cerca. Goiti, sin em-
bargo de este improvisado ataque, ni se amilanó, ni
creyó que debia mantenerse á la defensiva solamente.
Dispuso desde luego que Salcedo maniobrase en los
buques, y él se dirigió hacia el fuerte con la gente más
valiente y decidida, con intento de tomarlo. Hizo el
desembarque cerca de las mismas baterías, y mandó
disparar á sus arcabuceros sobre los artilleros. Salió esta
disposición tan acertada, que á las primeras descargas
cayó el capitán del fuerte con otros artilleros, y ater-
rados los demás, se dieron á la fuga. Posesionado de
este interesante punto, mandó cargar á Solimán, que
lo estaba aguardando con su gente. Trabóse entre los
dos un combate porfiado; pero al fin, no pudiendo re-
sistir los mahometanos las descargas de la gente de Goi-
ti, abandonaron el campo de batalla y se decidió la
victoria por los nuestros. Raja Matanda no tuvo parte
en las alevosías del sobrino, pues aseguran las historias
antiguas de las islas que durante el combate siempre
tuvo una bandera blanca enarbolada, y que ninguno
de los suyos se mezcló con la gente que mandaba So-
liman. Sin embargo de que Goiti triunfó completa-
mente en este dia, y pudiera imponer la ley á los ven-
cidos, creyó que por entonces debia disimular la ofensa
recibida. Se apoderó, no obstante, de las piezas, las
condujo á sus buques y en seguida se retiró al puerto de
Cavite, porque tampoco pudiera con la poca gente que
tenía conservar la capital, estando en guerra con los
partidarios del arrojado Solimán. En aquel puerto re-
— 136 —
fresco sus víveres, hizo alianza con los principales,
oprimidos por el gobierno del joven Solimán, que dis-
ponia despóticamente de sus bienes y personas, y lue-
go regresó con toda su escuadra á Panay á dar razón
de su expedición al General.
Durante la ausencia de Goiti, llegó a Cebú Juan de
la Isla con tres galeones enviados de la Nueva Espa-
ña y un buen refuerzo de soldados para consolidar y
adelantar las conquistas comenzadas : traia despachos
de la corte concernientes á la sujeción y gobierno de
las islas, y el título de adelantado de las islas de los
Ladrones en favor de Legaspi, por haber sido el pri-
mero que tomó posesión de ellas en la forma ordinaria.
También se encargaba á este jefe que procurase poblar
de espaíioles las provincias sujetas, y repartirlas en en-
comiendas entre los que más se hubiesen distinguido.
Celebráronse con públicos festejos las mercedes que
S. M. habia hecho á Legaspi, y luego dispuso que el
mismo Isla regresase con dos galeones de los tres en
que viniera. Entre algunas cosas curiosas que Legaspi
remitió á la corte en esta ocasión habia doce plantas
de canela.
Con el nuevo socorro de gente y municiones, ya no
dudó Legaspi que era llegado el momento en que po-
dia marchar sobre Manila; pero antes de ausentarse de
Visayas quiso dejar organizada la primera colonia de
las islas, á fin de que no se malograsen las ventajas
que con tantos trabajos y afanes se habian conseguido
hasta entonces. Mandó en su consecuencia publicar un
bando, en que anunciaba la próxima erección de una
villa española en Cebú, é invitaba á establecerse en
— 137 —
ella á las familias que quisiesen. Cincuenta solamente
se presentaron al efecto, y con ellas se dio principio á
la nueva fundación el dia i.° de Enero de 1571, que
se denominó del Santísimo Nombre de Jesús, en me-
moria de la imagen del Santo Niño que se habia ha-
llado en aquel sitio. Luego se edificó un fuerte para la
seguridad de los nuevos colonos, y Legaspi, arreglados
los negocios de la nueva villa, regresó al campo de
Panay.
— 138 —
SECCIÓN TERCERA.
SEGUNDA ÉPOCA, DESDE LA TOMA DE MANILA POR LEGASPI HASTA LA
FUNDACIÓN DE LA PROVINCIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO EN I587,
Legaspi se posesiona de esta capital. — Un moro desafia á los españoles y
muere en Bancusav. — Fundación de la ciudad de Manila. — Muerte de raja
Matanda. — Sujeción de Taytay y Cainta. — Sujeción de la Laguna y viaje
de Salcedo á Paracale. — Sujeción de Bétis y Lubao. — Se sublevan algu-
nos pueblos de Visayas, vejados por los encomenderos. — Expedición de
Salcedo á Cagayan, y su vuelta por la contra-costa. — Muere Legaspi y le
sucede Lavezares. — Expedición de Goiti á Pangasinan é llocos, y pacifi-
cación del rio del Vicol. — Viaje de Salcedo á Vigan, y llegada del cor-
sario Li-ma-hon. — Manila es atacada por Sioco, su general. — Es atacada
con todo su ejército, y huye su escuadra de la bahía. — Sublevación de
raja Solimán y Lacandola. — Expedición mandada por Salcedo contra Li-
ma-hon. — Sitio del corsario y su fuga. — Llega á Manila el gobernador
Sande, y muere Salcedo. — Pacificación de algunos pueblos de Camarines. —
Expedición á Borneo. — Sujeción de Mindanao, y utilidad de los PP. mi-
sioneros.— Llegan á Manila los PP. Franciscanos. — El Arzobispo de
Méjico nombra sus delegados á las islas Filipinas. — Llega á las islas el Go-
bernador Ronquillo. — El primer obispo de Filipinas. — Hecho escanda-
loso de un encomendero. — Pacificación de Cagayan. — Expedición des-
graciada á la isla de Ternate, y muerte de Ronquillo. — Le sucede su so-
brino.— Gobierno de Vera.
I.
A principios de Abril de aquel año ya estaba pre-
venida la escuadra que debia salir para la proyectada
expedición. Se componia de veinte y siete buques, en-
tre mayores y menores, que conducian doscientos
ochenta españoles y muchos más indios fieles de Visa-
yas, particularmente de Panay. Sus principales cabos
— 139 —
eran el maestre de campo D. Martin Goiti y los capi-
tanes D. Juan de Salcedo, D. Andrés Ibarra y Don
Luis de la Haya, bajo la dirección y mando del Ade-
lantado, que quiso capitanear personalmente esta fa-
mosa expedición. El dia 15 de aquel mes dejó la escua-
dra las costas de Panay, é hizo escala en la isla de Min-
doro, con el fin de aguardar los buques que se hablan
extraviado, de resultas de un fuerte viento que tuvie-
ron antes de llegar á este punto. De paso se procuró
que sus pueblos se sometiesen al gobierno, y se libró
con su auxilio un champan de chinos mercaderes, que
estaba para naufragar en las costas de la isla, en la cual,
según la bárbara costumbre del país, hubieran per-
dido sus mercaderías y la libertad. Desde entonces han
sido conocidos estos extranjeros por los españoles de
las islas con el nombre de Sangley, de la voz china
Sang-lay, que significa tratar y contratar; porque pre-
guntados quiénes eran, contestaron en su propio idio-
ma con la indicada expresión, queriendo decir que eran
viajeros mercaderes. La generosidad de Legaspi, que
los salvó graciosamente con todos sus haberes, admi-
rada por aquellos chinos, dio principio al comercio lu-
crativo entre su país y la capita4 de Filipinas, que se
ha continuado hasta nuestros dias sin interrupción.
Desde Mindoro pasó la escuadra de Legaspi á Cavite,
en donde hizo una ligera detención para carenar algu-
nos buques que hablan padecido averías en el viaje, y
sin embargo de que allí fué reconocida por los emisa-
rios de los rajaes de Manila, no tardó en presentarse
en frente de esta capital, y luego entró sin oposición
por el Pásig, que baña sus murallas. Sus habitantes, al
— 140 —
ver una escuadra tan numerosa, á cuyas fuerzas no po-
dían resistirse, á imitación de los naturales de Cebú
ocultaron sus haberes y pegaron fuego á las casas; mas
luego, convencidos de que los recien llegados venían
de paz, se tranquilizaron y apagaron el incendio.
Fondeada la escuadra, se presentaron á Legaspi raja
Matanda y Lacandola, régulo de Tondo, cuyo pueblo
forma en el día uno de los extramuros de Manila. El
General los recibió con mucho agrado, aunque extra-
ñó la ausencia del joven Solimán, y manifestó su re-
paro á los dos régulos. Temía con razón que se le cas-
tigara por los desafueros cometidos contra Goiti el año
anterior; pero asegurado del perdón, los mismos régu-
los ofrecieron á Legaspi que el día siguiente se le pre-
sentaría. Compareció en efecto Solimán con los régu-
los, y Legaspi, sin hacerle cargo de la traición pasada,
manifestó á los tres el objeto principal de su venida, y
la necesidad de celebrar un tratado con las formalida-
des de estilo. Desde aquel día juraron los tres régulos
guardar fidelidad á nuestro católico monarca, y Legas-
pi los recibió bajo la real protección de su gobierno.
Sin embargo, después se supo que Solimán se confe-
deró con Lacandola para expeler de su país á los recien
llegados tan pronto como se les presentase algún lance
favorable á sus designios, cuya mala fe disimuló Le-
gaspi con prudencia, si bien estuvo siempre á la mira
para que no llevasen á efecto su intento.
Arreglados los asuntos entre los rajaes de Manila y
régulo de Tondo con el gobierno, Legaspi se apresuró
á tomar posesión del sitio de Manila, cuya ceremo-
nia se verificó el día 19 de Mayo del mismo año
— 141 —
de 1 57 1 (i)> y dio las providencias necesarias para le-
vantar un fuerte en donde estaba el de los rajaes. Man-
dó también proseguir la estacada que éstos habian em-
pezado; edificó un palacio para sí, una iglesia con su
convento para los PP. Agustinos que lo acompañaban,
y las casas necesarias para los españoles de la escuadra.
La noticia de estos sucesos memorables no tardó en
publicarse, y en su vista se fueron presentando los prin-
cipales de los pueblos más inmediatos á Manila, con
el fin de reconocer el nuevo gobierno y asegurar su
amistad.
Entre éstos habia un valiente moro que, acaudillando
una partida de Pampangos de Agonoy y Macabebe, se
habia presentado en Tondo para inducir á Lacandola á
sublevarse. Legaspi tuvo noticia de su llegada, aunque
ignoraba su objeto, y aun creia que habia venido á pre-
sentarse, como lo habian hecho otros muchos. En esta
persuasión le envió dos españoles, para que le dijesen
de su parte que podia ir á visitarlo sin recelo, y que
no dudase de conseguir su amistad. Cuando el moro
entendió el mensaje, se levantó enfurecido, desenvainó
el alfanje, y blandiéndolo con tono amenazador, dijo
(i) Dia de Santa Potcnciana, celebrándose una misa solemne en honor de
la Santa, que en tal concepto fué declarada patrona de estas islas, y lo es
por los baguios. Según tradición, en el mismo dia se halló milagrosamente la
imagen de Nuestra Sefiora de Guía, que es muy venerada en esta ciudad.
Dícese que la halló un soldado de Legaspi entre unas palmeras, llamadas aquí
pandan, y le edificaron una capilla ó ermita en el sitio en que fué hallada,
llamado ahora pueblo de la Ermita : aquella capilla ó iglesia fué en un
tiempo parroquia de españoles. Se cree haber sido el primer santuario de
esta isla de Luzon. Destruida la iglesia, que era suntuosa, por un terremoto,
y luego derribada hasta los cimientos después de la guerra de los ingleses, des-
pués de 1762, nada queda de aquel edificio.
— 142 —
en voz alta: «El sol me parta por el medio, y caiga yo
en desgracia de mis mujeres para que me aborrezcan,
si fuese en algún tiempo amigo de los españoles.» Di-
cho esto salió del aposento y añadió: «En la barra de
Bancusay os espero.» Enseguida saltó por la ventana
para hacer alarde de valor, y fué á incorporarse con su
gente, que estaba reunida en aquel sitio, distante poco
más de una milla de Manila.
Cuando Legaspi supo la disposición y desafío del
pampango ordenó al maestre de campo que sin pérdi-
da de tiempo fuese á encontrarlo con una partida de
soldados. Salió Goiti el mismo dia, embarcado con
ochenta hombres de su satisfacción, y se presentó en
Bancusay, en donde efectivamente estaban los pam-
pangos en disposición de batirse, capitaneados por
aquel moro. El combate se trabó; pero fué de corta
duración, porque habiéndose adelantado el capitán de
los contrarios para animarlos, cayó herido mortalmente
de una bala, y en su consecuencia volvieron las po-
pas á los nuestros y se pusieron en precipitada fuga,
habiendo perdido en su retirada mucha gente, perse-
guidos por los vencedores. El éxito feliz que tuvieron
las armas españolas en este dia consolidó en gran ma-
nera el gobierno de Legaspi , porque desanimó al mis-
mo tiempo á Solimán y Lacandola, dispuestos á su-
blevarse si los pampangos hubieran salido victoriosos.
La mala fe del régulo de Tondo no dejó de traslucirse
en esta ocasión; porque entre los prisioneros se halla-
ron un hijo suyo y dos sobrinos. Legaspi, sin embargo,
no se dio por entendido, y se los devolvió generosa-
mente sin ninguna suerte de rescate. Con esta sola vic-
— 143 —
toría los pueblos que todavía se mantenian indecisos,
sabido el resultado, se apresuraron a ofrecer sus home-
najes al afortunado General. En breve se vio Manila
constituida reina de una gran comarca, y su gobierno
con poder bastante para subyugar á los pueblos más
altivos, que antes estaban en continua guerra.
Legaspi ya no dudaba que Manila habia de ser la
capital de las islas Filpinas, y por lo mismo se apresuró
á concluir las obras comenzadas para erigirla en ciudad
de la colonia. Los edificios se fabricaron por entonces
de madera, caña y paja, al estilo del país, según las
circunstancias permitían, y al mes de haberse comen-
zado ya eran habitables. Para la nueva erección nom-
bró el General dos alcaldes ordinarios, doce regidores,
un alguacil mayor y un escribano, y el dia 24 de
Junio del mismo año hizo la ceremonia de fundación
con las formalidades necesarias. Dejóle el nombre que
tenía de Manila (i) y la constituyó metrópoli de la
Nueva Castilla, nombre que dio á la isla de Luzon.
S. M. confirmó después las disposiciones de Legaspi,
honrando á su ciudad con los títulos de Noble y siem-
pre leal, y concediéndole todos los privilegios de que
gozan las capitales de reino, á cuyo fin expidió dos cé-
dulas reales en 21 de Junio de 1594 y 19 de Noviem-
bre de 1595.
Establecida ya la capital, sólo faltaba proseguir los
(i) Los naturales la llaman aún ahora May/ii/t: , compuesto de May y un
árbol llamado Nilad ó Nilar, que quiere decir un lugar en donde hay mu-
chos de estos árboles. El nombre científico de este árbol es Ixorú. Véase
al P. Blanco en su Flortí de Filipinas , verb. Ixora Manila.
— 144 —
descubrimientos de Luzon, y apaciguar algunos pue-
blos de pampangos con los tagalos de Taytay y Cainta.
Ambas cosas hubieran podido terminarse mucho antes;
pero Legaspi no queria valerse de las armas sino cuan-
do la necesidad lo exigia; porque no queria derramar
la sangre humana para engrandecer á su nación. La
falta de víveres que ya se padecia en la ciudad, la obli-
gó á enviar al maestre de campo con alguna gente y
embarcaciones á los pueblos amigos de la Pampanga
que respetaban á Lacandola, en donde sabía que abun-
daba el arroz, encargándole que de paso procurase su-
jetar á los amotinados. Goiti hizo luego un buen acopio
de aquel grano, que remitió á la capital, y fué obede-
cido en muchas partes sin mucha resistencia. En esta
pequeña expedición lo acompaíiaron Solimán y Lacan-
dola, traza de que se habia valido el General para que
fuese, con la presencia de éstos, más respetado de los
pueblos; pero estos régulos secundaron tan mal los
deseos del jefe de Manila, que sigilosamente incitaban
á los desafectos á la oposición y resistencia. Las dis-
posiciones hostiles de los de Bétis, que por entonces
no se pudieron sujetar á la obediencia del Gobierno,
dieron bastante fundamento á las sospechas que se te-
nian de su mala fe, las que se confirmaron con la fuga
clandestina del segundo cuando Goiti estaba tomando
providencias para batirlo; pero Legaspi, al verlo en
Tondo sin permiso, lo prendió y lo tuvo detenido
hasta que Goiti intercedió por él á su llegada, y en
seguida le confiscó quince piezas de artillería, con el
doble fin de castigar su falta y consolidar la paz jurada.
Esta medida, al parecer severa, refrenó á los demás, y
— 145 —
aseguró la dominación española en Manila, a pesar de
la mala disposición de aquel régulo.
Por este mismo tiempo enfermó gravemente el an-
ciano raja, señor de Manila y su comarca, y no quiso
morir sin abrazar la religión de los españoles, á quie-
nes siempre habia mostrado mucho afecto. Parece que
el Señor quiso premiarle en aquella hora los interesan-
tes servicios que habia hecho á la causa de la fe, pues
habia facilitado su predicación en sus dominios, y per-
suadido á los que le obedecian á que la abrazasen. Ins-
truido suficientemente en sus misterios y doctrina, y
convencido de la necesidad del bautismo para llegar á
obtener la felicidad eterna, se lo administró á su solici-
tud el virtuoso sacerdote D. Juan Vivero, que habia
pasado de la Nueva España á Cebú con la nao San Je-
rónimo. Después de algunos dias se le agravó la enfer-
medad, y al fin muy resignado entregó su alma en ma-
nos del Señor. La muerte de este régulo fué muy sen-
tida de los españoles, y particularmente de Legaspi,
quien perdió en él, no sólo un amigo,- sino también un
príncipe pacífico, cuya buena voluntad y diligencias
contribuyeron mucho á la facilidad con que se posesio-
nó, sin derramar una gota de sangre, de la comarca de
Manila. Se honró en seguida la memoria del difunto con
un solemne funeral, según las ceremonias de la Iglesia,
á que ya pertenecía; cuya función admiraron los natu-
rales que la presenciaron porque todavía no hablan visto
un acto semejante. En su enfermedad, Legaspi le pro-
metió poner en posesión del señorío de Manila á su
sobrino Solimán, como él se lo habia suplicado; cuya
promesa fué religiosamente cumplida, ordenando al
— 146 —
efecto que todos los naturales de la comprensión de
sus dominios lo reconociesen como su natural señor y
le prestasen la debida obediencia. Agradecido el joven
raja á las finezas de Legaspi, renovó su promesa de
guardar fidelidad á su gobierno, lo que cumplió du-
rante la vida del Adelantado.
Si se medita seriamente sobre la conducta de Legas-
pi en el descubrimiento y sujeción de las islas Filipi-
nas, se echará de ver que no ejercia sobre los natura-
les subyugados más que un dominio de protección. En
las Visayas ayudaba siempre á los amigos, y sujetaba
solamente con las armas á los que los ofendian, y aun
después de subyugados no les exigia más que un re-
conocimiento en especie, á que se obligaban. La perfi-
dia y mala fe de Lacandola fué castigada solamente
con pena de arresto y privación de su artillería, por-
que así lo reclamaban el bien y la conveniencia de la
paz; pero antes y después ejerció su señorío entre los
suyos, lo mismo que los régulos de Cebú y de Ma-
nila. Por fin, á petición de éste confirmó el que obte-
nia en su sobrino, y robusteció la sujeción que le de-
bian sus vasallos, mandando que le obedeciesen. Estos
jefes son los principales que existian en aquel tiempo
en Filipinas : los demás, ó no eran sino cabezas de ba-
rafigay , aliados en naciones, ó unos tiranos, que se
hacian respetar por la única ley del más fuerte, de cuyo
sistema de gobierno se originaban guerras intestinas,
con que se aniquilaban. En atención á esto, sin des-
pojar Legaspi á los antiguos soberanos de sus legítimos
derechos, exigia de los pueblos el vasallaje, que era
reputado por muy justo, atendido el derecho que los
— 147 —
Vicarios de Jesucristo habían otorgado á nuestros ca-
tólicos Monarcas, por el bien de la humanidad y por
la propagación de la religión cristiana, conforme al
precepto de nuestro divino Redentor : Euntes in mun-
dum universiim, prcedicate Evangelium omni ere atura;
lo cual no es posible entre bárbaros sin el freno de una
autoridad humana y poderosa. Con esta conducta tan
prudente, constantemente sostenida, adquirió el gran
Legaspi, para la corona de Castilla y para la Iglesia,
la posesión de las ricas y populosas Filipinas.
Cuando en Manila se honraba la memoria del bene-
mérito Matanda, tuvo Legaspi la feliz noticia de haber
llegado á Cebú dos galeones con soldados y seis reli-
giosos Agustinos. En seguida ordenó que fuesen trasla-
dados á la capital, y dispuso que el maestre de campo
trajese su familia, porque ya debia estar en ella de
asiento.
Entonces todavía los moros de Taytay y Cainta se
mantenían independientes de la obediencia del gobier-
no de Manila, y convenia sujetarlos. Legaspi, arre-
glando su conducta á las instrucciones que tenía del
católico Monarca, en las que se disponía que excusase
en lo posible las batallas, y procurase atraer con medios
pacíficos á los naturales de las islas á su obediencia y
al gremio de la fe, habia invitado varias veces á aque-
llos habitantes á que se sujetasen; mas ellos, abusando
de su condescendencia, atribulan á debilidad y cobar-
día la prudencia y bondad del General; y pasando aun
más adelante, se insolentaron de tal suerte, que llega-
ron á desafiarlo, é incitar á los pueblos ya sujetos á que
se sublevasen. Confiados en sus fortificaciones y per-
— i4B —
trechos se creían invencibles, porque todavía no habían
entrado en campaña sino con los indígenas, á quienes
impunemente oprimían. Ya causaban indignación á
Legaspi estos moros con sus repetidas insolencias, á
quien al fin forzaron á que les enviase una partida de
valientes para que los sujetasen por la fuerza. La jor-
nada fué confiada á Salcedo, su nieto, á quien hizo las
prevenciones oportunas, que llenó á su satisfacción.
Embarcado este valiente joven con su gente, subió por
el Pásig hasta descubrir el pueblo de Cainta, cuyos
habitantes ya estaban prevenidos y dispuestos á oponer
una vigorosa resistencia. Dispuestas las embarcaciones
y soldados en orden de batalla, intimó la rendición á
los cercados, ofreciéndoles la paz y el perdón; pero le
contestaron, insolentes, que no querían paz con los es-
pañoles de Manila. Entonces ya no le quedaba más
arbitrio que abandonarlos ó batirlos.
El pueblo de Cainta, distante media jornada sola-
mente de Manila, estaba á la sazón defendido por la
naturaleza y por el arte. Situado á la orilla de un rio,
tenía muy buenas estacadas terraplenadas, con torreo-
nes montados de artillería gruesa, que defendían su
entrada. Por la banda de tierra había en su alrededor
cañaverales muy compactos entretejidos con bejucos y
malezas, que componían una especie de muro impe-
netrable, fosos llenos de agua y una estacada en su cir-
cunferencia. Sus habitantes estaban bien armados y dis-
puestos, y no creían que los nuestros pudiesen pene-
trar en su recinto. La primera diligencia que prac-
ticó Salcedo, después de los requerimientos, fué man-
dar á su alférez que reconociese toda la cerca, el cual
— 149 —
averiguó que á la otra banda de un riachuelo estaba
más débil que en otra parte, y que por allí podia pe-
netrarse con más facilidad. En vista de lo cual ordenó
que desde el rio se batiesen los torreones, en los cuales
estaba la defensa principal de los del pueblo, y él con
una partida de soldados se dirigió hacia el riachuelo
anunciado, previniendo á los que batian los torreones
no desistiesen de la carga hasta que él se hallase pose-
sionado de la población. A su llegada rompió la esta-
cada; se abrió portillo con el fuego de sus arcabuceros,
y los moros, al ver la tropa que entraba sin retroceder
un paso, se dieron á la fuga, abandonándoles el pueblo.
Como Salcedo habia conseguido ya el principal objeto,
no se cuidó de perseguirlos. Desde luego se apoderó
de la artillería, demolió los parapetos, y en seguida se
echó sobre Taytay, que na estaba menos fortificado
que Cainta. Sus habitantes, desanimados con la noticia
de la suerte que habia cabido á los de este pueblo, no
trataron ya de resistirse, y en su consecuencia recibie-
ron de paz al vencedor. Este no les impuso otras con-
diciones que las de entregar la artillería, demoler los
parapetos y someterse á la obediencia del Gobierno.
Todo se efectuó entonces njismo, y los de Cainta no
tardaron en presentarse y someterse. Luego regresó
Salcedo con su gente victoriosa á Manila, en donde
recibió los honores del triunfo.
Las prendas relevantes del joven capitán decidieron
á Legaspi á confiarle otra jornada de mayor importan-
cia todavía que la pasada. Hay al E. de Manila, á me-
dia jornada de distancia, un gran lago, conocido con el
nombre de Laguna de Bay. En sus riberas habia rnu-
— I50 —
chos pueblos que aun no reconocian el Gobierno. Tra-
tó, pues, el General de reducirlos á su obediencia por
medios pacíficos, á cuyo fin se resolvió á enviarles á su
nieto, acompañado de un religioso anciano, llamado
Fr. Alonso de Alvarado, que también se habia hallado
en la expedición enviada sobre Cainta y Taytay. Salie-
ron de Manila con una galeota y doce caracoas bien
montadas, y al llegar á la Laguna se dirigieron al pue-
blo que da nombre al gran lago, que á la sazón era la
capital de la comarca. Salcedo, á su llegada, trató de
atraer á los principales á la paz y amistad que deseaba;
pero, como estaban ya preocupados con motivo de las
relaciones que tenian antes con los moros de Taytay
y Cainta, lo recibieron con las armas. Por de pronto
no les hizo violencia; pero trató el negocio con el re-
ligioso que lo acompañaba?, y de común acuerdo se re-
solvió éste á bajar, y convencer á dichos principales
con razones que admitiesen la paz que se les proponía.
Ocho dias tardó el religioso en triunfar de la tenaz re-
sistencia que le oponian; pero al fin admitieron á Sal-
cedo con los suyos, y se sometieron á la obediencia del
Gobierno. Con el ejemplo de Bay, los demás pueblos
ya no opusieron resistencia, y á los pocos dias todos
los habitantes de las riberas del gran lago se ofi'ecieron
á pagar su reconocimiento á Manila.
Terminada tan felizmente la pacificación de la La-
guna de Bay, se determinó Salcedo á visitar las minas
de oro que le aseguraron habia en Paracale, pueblo de
Camarines Norte. Antes de emprender un viaje tan
largo y peligroso, por no estar aún sujeto el país, con-
sultó su proyecto con Legaspi, su abuelo, el cual no
— 151 —
sólo aprobó su pensamiento, sino que ademas le envió
personas de confianza que le acompafíasen. Con su res-
puesta favorable despachó la escuadrilla para la capital,
y él se internó con ochenta hombres solamente hacia
el S. E. con algunos guías que sacó del pueblo de Bay.
Estos, ora fuese por ignorancia, ora por malicia, lo
encaminaron por el pueblo de Majayjay por senderos
muy difíciles, y en él halló á sus habitantes prevenidos,
que trataron de impedirle el paso con las armas; pero
él con su intrepidez allanó las dificultades y se apoderó
del pueblo. Entonces trató de recorrer los pueblos más
cercanos; pero los halló desiertos, porque su gente
amedrentada se habia refugiado en los vecinos mon-
tes. Después de algunos dias de fatigas y trabajos in-
fructuosos un indio le desengaííó, asegurándole que
por allí no podia irse á Paracale. En vista de esto re-
gresó á Bay; despachó la gente que tenía enferma para
Manila, y con cuarenta compañeros emprendió por
otra parte la marcha hacia el pueblo deseado. A los
pocos dias llegó á Malapang, y de allí por la contra-
costa prosiguió su viaje hasta llegar á Paracale. Con el
aviso que los habitantes de Camarines, ó rio del Vicol,
habian recibido de los de la Laguna, ya estaban con las
armas en las manos para oponerse á su entrada; mas él
se atrincheró en aquel pueblo, se defendió bizarra-
mente de los ataques de los indios, y logró visitar las
minas, objeto principal de su expedición. Legaspi en-
tre tanto estaba muy solícito por su tardanza, y por
haberse dicho en Manila que habia muerto en el via-
je. En tal concepto se determinó á enviar á Paracale
alguna gente embarcada, la que á su llegada halló fe-
— 152 —
lizmente vivo á Salcedo con los suyos, si bien muy
debilitados y enfermos. Entonces se embarcaron los
más para Manila, y el joven capitán con pocos com-
pañeros atravesó los montes otra vez hasta la Laguna
de Bay, en donde se embarcó para Manila, de cuyo
gobernador y habitantes fué recibido con las mayores
demostraciones de alegría. Salcedo en esta expedición
averiguó que la realidad de las minas de Paracale no
correspondia á la exagerada fama de la abundancia del
metal , y estudió al mismo tiempo la situación del país,
para reducirlo á la obediencia del Gobierno.
Entre tanto el maestre de campo, vuelto con su
familia de Cebú, se ocupaba en pacificar los pueblos
más belicosos de la Pampanga, que por la mala fe de
Lacandola estaban aún en su independencia, con per-
juicio de los pueblos amigos, á quienes molestaban. Ya
dejamos dicho que en su primera expedición halló
muy prevenidos á los de Bétis, cuyo pueblo, por no
haber sido entonces humillado, persistía más tenaz é
insolente. Era, pues, ya necesario hacerlo entrar por
el camino de los demás tan pronto como se ofreciese
algún lance favorable. Este se presentó al fin, con mo-
tivo de una queja que dio al General contra los de Bé-
tis un principal amigo, haciéndole presente los agra-
vios que de ellos habia recibido, y suplicándole que lo
auxiliase para reprimir sus insolencias. Legaspi, que
nunca se negaba á proteger á los adictos , destinó al
efecto una partida de soldados al mando del maestre
de campo, cuya expedición se ofreció á dirigir el mis-
mo principal que habia elevado la queja al Gobierno,
y sus medidas fueron tan acertadas, que introdujo la
— ^S3 —
tropa en el pueblo enemigo, sin ser vista ni sentida.
Bien quisieran los enemigos defenderse; pero con el
desorden consiguiente á la sorpresa, sólo pensaron en
poner en salvo sus personas, abandonando el pueblo á
merced de la tropa de Manila. Goiti ya no trató de
perseguirlos, porque no dudaba que, convencidos de
su flaqueza é impotencia, abrazarian el partido de la
paz, que desde luego les propuso, como se verificó,
quedando así más agradecidos y obligados á la gene-
rosidad del vencedor. En su consecuencia se sometie-
ron á la obediencia del Gobierno, entregaron sus falco-
netes al jefe de la tropa y demolieron ellos mismos los
terraplenes que habian levantado para su seguridad.
En seguida se dirigió la tropa hacia el pueblo de Lu-
bao, que también se habia mantenido independiente
has^ entonces; pero noticiosos sus vecinos de la suerte
que habian sufrido los de Bétis, sin embargo de las
muchas prevenciones que tenian hechas para defen-
derse, abrieron al momento sus puertas al vencedor y
se sujetaron á las mismas condiciones.
II.
Concluida felizmente la paz con los pueblos y pro-
vincias más cercanas á Manila, y sujetas casi todas las
Visayas á la obediencia del Gobierno, repartió Legaspi
en encomiendas á los indios tributantes entre los capi-
tanes que más se habian distinguido, según las instruc-
ciones que habia recibido de la corte. El intento del
— 154 —
Rey era, no tanto premiar el mérito de los conquista-
dores, cuanto atender al bien de los mismos indios,
como soberano y protector. Los encomenderos debian
mantener á los pueblos de sus distritos respectivos en
la obediencia del Gobierno, defenderlos de la tiranía de
los principales, civilizarlos é instruirlos en la verdadera
religión por medio de los PP. misioneros, á quienes
debian mantener á sus expensas; y en recompensa uti-
lizarse del reconocimiento moderado que los primeros
les habian de pagar. Esta sabia y paternal medida, que,
atendidas las circunstancias del tiempo, era la mejor y
más prudente que podia adoptarse, fué muy pronto
convertida por algunos hombres codiciosos en mortí-
fero veneno, que iba empeorando la suerte de los in-
dios, que el piadoso Soberano estaba empeñado en
mejorar. Decididos á hacer su fortuna antes de tiempo
á costa de los infelices indios que les habian sido en-
comendados, empezaron á mortificarlos con injustas
exacciones, con las cuales el paternal cuidado con que
debian atenderlos fué muy pronto violento y abusivo.
Los indios de algunas partes, cansados ya del yugo que
sufrian, se pronunciaron contra sus opresores, y las
consecuencias hubieran sido muy funestas, si el mal
no se hubiera atajado cuanto antes. En la misma isla
de Panay, cuyos indios habian sido siempre tan afectos
al gobierno de Legaspi, en Bohol y Marinduque ma-
taron algunos encomenderos y soldados, y no tardara
en propagarse el incendio á otras partes, si Legaspi con
prudencia no lo apagara en sus principios. Al efecto,
no habiendo podido dejar la capital, comisionó al ca-
pitán D. Luis de la Haya, quien á su llegada apaciguó
— ^ss —
á los indios sublevados, castigó á los culpados y dio
muy oportunas providencias para corregir los males y
abusos que eran el origen del descontento de los in-
dios. El comisionado de Legaspi regresó muy satisfe-
cho á Manila, creyendo haber desemperíado felizmen-
te su delicado cargo; pero en realidad dejó la raíz del
mal en todo su vigor, porque no pudo arrancar la co-
dicia, que era la verdadera causa del general desconten-
to. Los PP. Agustinos, que ya por este tiempo tenian
muy adelantadas sus misiones, particularmente en las
Visayas, se tenian que fatigar mucho más en contener
á los indios, que se marchaban á los montes, huyendo
de la tiranía de sus encomenderos, que en reducirlos á
la verdadera religión. Con la fuerza moral de la pala-
bra y vida ejemplar adelantaban más seis ú ocho mi-
sioneros que todo el poder de las armas españolas; por-
que, si bien lograban éstas con la fuerza contener los
primeros movimientos, no podian conservar la paz en
su ausencia. Es cosa averiguada que, sin el auxilio de
aquellos varones apostólicos, todas las ventajas de Le-
gaspi se hubieran desvanecido como el humo, y hu-
biera sido necesaria mucha tropa para conservar algu-
nos puntos de las islas, sin lograrse el objeto principal
que se propusieran nuestros católicos monarcas en la
adquisición de estas ricas posesiones. Desde entonces
se procuró entablar entre los indios de las islas un sis-
tema de gobierno paternal, que sin echar mano de la
fuerza sino cuando la necesidad imperiosa lo exigiese,
los conservarse en la fidelidad debida á Dios y á su rey.
Ya entonces el bizarro nieto de Legaspi se hallaba
restablecido de los padecimientos sufridos en su expe-
- 156 -
dicion de Paracale. Su briosa juventud, su patriotismo
y su amor 4 la gloria de nuevos descubrimientos le de-
terminaron á emprender una jornada más difícil toda-
vía y más arriesgada que las anteriores. Nada ó muy
poco se sabía hasta entonces de las provincias situadas
al N. de Luzon. Sólo se tenía alguna noticia muy con-
fusa de que existian por aquellas partes muchos pue-
blos de distintos idiomas, con quienes algunos moros
de Manila solian contratar, viajando á sus provincias
por mar en ciertas épocas del año. Salcedo, pues, trató
de reconocer toda la costa, hasta el grande rio Ibanag,
que riega la extensa provincia de Cagayan, y desagua
en el mar de China al N. de la isla. Obtenido el per-
miso de Legaspi, hizo disponer algunas embarcaciones,
buscó gente de su satisfacción, y con cuarenta y cinco
soldados solamente que le facilitó, se hizo á la vela el
dia 20 de Mayo de 1572. Desde luego costeó la pro-
vincia de Zambales, reconoció sus pueblos sin la me-
nor contradicción, y al llegar á Bolinao, halló un bu-
que de chinos mercaderes, que se habia apoderado de
un principal y varios indios del pueblo, con intento de
aplicarlos á los trabajos de la mar, ó venderlos como es-
clavos. Salcedo, que ya miraba á todos los naturales de
la isla como colocados bajo la protección de su gobier-
no, arrebató la presa de manos de los chinos y la puso
en libertad. Este generoso hecho, que no tardó en di-
vulgarse, cautivó de tal manera el corazón de los zam-
bales, que desde luego se sometieron á la obediencia
del Gobierno. Después de algunos dias de descanso,
prosiguió la escuadrilla su derrota hasta Pangasinan,
en donde fué bien recibida de los pueblos situados en
— 157 —
la costa, y asistida con abundancia de víveres, sin la
menor dificultad. No sucedió así en los pueblos de lo
interior, porque luego que Salcedo trató de visitarlos,
le opusieron resistencia, y como no trataba de sujetar-
los con la fuerza, se retiró á sus embarcaciones y pro-
siguió su viaje hacia el N. de la isla. En breve recorrió
todas las barras de la costa de llocos, sin hallar oposi-
ción, hasta que llegó á Vigan, pueblo situado en las
márgenes del gran rio llamado del Abra, distante hoy
dos millas de la mar. Sus habitantes le disputaron la
entrada con las armas; pero rechazados, se retiraron á
Bantay, que se halla en una loma á la otra banda de
su rio, dejando sus casas y haberes á merced de los es-
pañoles vencedores. Salcedo no trató de perseguirlos,
ni molestó á los que no se hablan escapado, y esta con-
ducta, nunca practicada entre bárbaros, hizo regresar á
los prófugos al pueblo, persuadidos de que no debian
ser enemigos ni hombres malos los que tan benigna-
mente les trataban. Vueltos ya pacíficamente á sus ca-
sas, Salcedo celebró amistad con ellos, y después de
algunos dias de escala prosiguió la navegación hasta el
rio de Laoag. Aquí halló una grande población, cuyos
habitantes lo recibieron hostilmente. Se opusieron á su
desembarque con las flechas, y no desistieron de mo-
lestarlos, á pesar de los requerimientos pacíficos que
se les hizo por intérprete, hasta que se les desalojó de
la ribera con la mosquetería. Estuvieron los españoles
de Salcedo muchos dias en las cercanías de Laoag, sin
que los indios quisiesen recibirlos ni suministrarles ví-
veres; y en una ocasión se vio el capitán en un con-
flicto, en que por poco pierde la cabeza. Hallábase en
- .58-
la playa con los suyos muy tranquilo, cuando desde
lejos lo provocó un indio, blandiendo la lanza en ade-
man de desafiarlo. Salcedo, deseoso de humillar su in-
solencia, lo atacó armado de espada y rodela, y le des-
alojó sin dificultad del sitio en donde se hallaba. Lle-
vado Salcedo de su natural ardor, persiguió al indio en
su fuga, sin precaverse del lazo que los enemigos le
tendieran. Estos, en efecto, estaban emboscados en el
sitio adonde lo condujo el primero con su fingida fuga,
y el incauto capitán se vio de improviso cercado de un
gran número de ellos, de cuyas manos no le era fácil
evadirse. Por de pronto se arrimó á una peña, y logró
defenderse con el auxilio de su rodela de las muchas
flechas que le tiraban. Ya tenía rota la defensa y esta-
ba en extremo fatigado, cuando afortunadamente llegó
á socorrerle el alférez Hurtado con algunos hombres,
y lo libró de la chusma enemiga, que de otra suerte
no tardara en degollarlo. Por fin, arrepentidos los in-
dios de haber desechado los primeros requerimientos
de Salcedo, después de algunas escaramuzas, en las que
siempre llevaban la peor parte, le dieron satisfacción y
celebraron paces y amistad con él, asistiéndole desde
entonces con generosidad, hasta que se despidió de
ellos. Cansada ya la gente de Salcedo con tantas cor-
rerías, y temerosa de doblar el cabo N. de la isla, del
que ya no estaban muy distantes, con sus débiles em-
barcaciones, dio á entender al capitán que no gustaba
de continuar la comenzada expedición. Este por de
pronto no tuvo más remedio que conformarse, porque
la gente descontenta no es la más á propósito para aco-
meter grandes empresas. En su vista, se determinó re-
— 159 —
gresar á Vigan embarcado, y ordeno a su alférez que
con algunos hombres reconociese por tierra los pueblos
de la costa, y que de paso procurase reducirlos bue-
namente á la obediencia del Gobierno.
A los pocos dias llegó Salcedo á Vigan, de cuyos
habitantes fué bien recibido, y desde luego determinó
hacer un fuerte en una eminencia cercana, para la se-
guridad de los suyos, y facilitar con esta salvaguardia
la sujeción de la comarca. Esta obra se principió 4 la
llegada de Hurtado, sin oposición por parte de los na-
turales del país. Luego volvió^ tratar de la prosecución
de su viaje, y no fué al principio más feliz en esta oca-
sión que en Laoag, porque la mayoría de su gente
mostraba la misma repugnancia. Pero resuelto á llevar
á cabo su proyecto, determinó que el alférez se quedase
en el fuerte de Vigan con veinte y siete de los descon-
tentos, y que los demás le siguiesen hasta el rio Iba-
nag, los que al fin se conformaron y se hicieron á la
vela. La navegación fué muy feliz, porque apoco do-
blaron el cabo N. de la isla, llamado Bojeador, y no
tardaron en descubrir algunos cagayanes en la barra
de un rio. Salcedo queria reconocer la tierra mediante
su auxilio; pero luego que la escuadrilla se dirigió hacia
ellos se escaparon precipitadamente. Al fin se determi-
nó á proseguir la derrota hacia el E. A pocas horas de
viaje, después de este lance, descubrió la barra de otro
rio, y en la playa unos salineros, que lo aguardaron y
recibieron con agrado. Suplicóles que le hiciesen el
favor de llamar al jefe de su pueblo, con quien deseaba
hablar, v accediendo á sus deseos, no tardaron en apa-
recer unos veinte valentones, armados con lanzas v ro-
— 1 6o —
délas, que con despejo preguntaron á los nuestros quié-
nes eran y qué buscaban por allí. Salcedo les dijo por
intérprete que deseaba ver al principal á quien obede-
cian, porque debia tratar con él algunos asuntos de
grande importancia. Oida la propuesta se despidieron,
y á poco volvieron con la contestación, y dijeron que
los ancianos del pueblo no querian que su principal
bajase á la playa. Después de muchos ruegos, seguri-
dades y demandas, al fin se presentó el régulo muy
bien acompañado, pero Salcedo no pudo lograr que
fuese á bordo de su embarcación. Al ver tanta descon-
fianza en aquella gente, que por otra parte no le pa-
reció mal intencionada, se resoWió á bajar con algu-
nos de los suyos á la playa, para ver si podria entrar
en relación con su pueblo. Fuese desde luego hacia
donde lo aguardaba el principal, y trató de darle un
abrazo en señal de amistad; mas como el bárbaro no
entendia esta clase de caricias, y figurándose, por el
contrario, que trataba de prenderlo, se fugó precipita-
damente con su gente. Con esto volvió Salcedo á em-
barcarse, y prosiguió la navegación hasta el rio que
buscaba, del cual ya no estaba muy distante, porque,
según todas las apariencias, y por el nombre de Tu-
lag, ó Tular, que el intérprete dio al lugar, sería, á no
dudarlo, la barra del rio que ahora se llama de San
Juan, ó Abulug.
En la corta travesía que luego tuvieron que hacer se
vieron en el mayor conflicto : navegaron por espacio
de tres horas felizmente; mas á la entrada de la noche
les sobrevino un viento duro que los constituyó en los
últimos apuros. Se les abrió la popa de una embarca-
— léi —
cion; tuvieron que echar al agua la carga más pesada
de otra, y cuando ya estaban á pique de perderse, el
Señor, á quien llamaron de todo corazón, los consoló,
calmando el viento y las olas : de suerte que al amane-
cer ya estaban cerca de la barra llamada hoy de Apar-
ri, por donde desagua aquel caudaloso rio. Luego se
metieron por sus desconocidas aguas, y dieron fondo
al lado de una isleta que formaba el mismo rio, a la
vista de un pueblo, que debió ser el de Camalanyugan;
porque el de Aparri aun no existia. Salcedo, según cos-
tumbre, requirió de paz á sus vecinos, quienes por de
pronto no la rehusaron, mas luego dieron á entender
que trataban de recibirlo con las armas. Desde luego
empezaron á levantar una estacada en la ribera, y se
fué reuniendo mucha gente en ademan de defenderse
y disputar á los nuestros la entrada. Estos estuvieron
fondeados allí algunos dias, sin atreverse á efectuar el
desembarque, porque no estaban, por su corto núme-
ro, en disposición de batirse con los prevenidos caga-
yanes; lo que movió á Salcedo á desistir por entonces
de sus requerimientos, satisfecho ya de haber llegado
al punto deseado. Luego se hizo á la vela hacia el Cabo
de Engaño que dista pocas leguas de allí, y navegando
por la contra-costa de lo que ahora es Nueva Ecija,
fué á parar al puerto de Piapi, cerca de la Laguna dé
Bay. Allí dejó las embarcaciones con su gente, y con
solos cuatro compañeros atravesó los montes y salió á
Paete, donde se embarcó en una débil canoa para ir
por agua hasta Manila.
Cuando parecía al intrépido Salcedo que ya estaba
al fin de su hrga expedición, le aconteció un lance que
l62 — •
lo constituyó en los últimos apuros. Al hallarse en el
medio del gran lago, una ola volcó la canoa que lo
conducía. Los indios bogadores se salvaron á nado, y él,
que carecia de esta habilidad, no tuvo más arbitrio que
agarrarse del casco, y colocarse en las manos de la di-
vina Providencia. Afortunadamente, cuando ya estaba
medio desmayado, pasaron por allí unos moros ami-
gos de Manila, que lo salvaron y lo llevaron en seguida
á la casa de un encomendero adonde iban. Aliviado
ya de esta avería, volvió á embarcarse á fin de presen-
tarse cuanto antes en la capital, para dar cuenta á su
abuelo de los sucesos de su expedición y descansar de
sus trabajos. Pero en Taguig, cuando apenas habia de-
jado las aguas de la Laguna, tuvo la fatal noticia de
su fallecimiento , y penetrado del más vivo sentimiento,
entró en Manila ocultamente, sin dejarse ver en mu-
chos días.
La nueva capital se tenía por dichosa de verse colo-
cada bajo el paternal y sabio gobierno de su ilustre fun-
dador. La corona de Castilla adquiría todos los dias
nuevos brillos con la obediencia que por sus afanes y
cuidados le prestaban muchos pueblos de diferentes
lenguas y naciones. La religión verdadera por su celo
abrigaba nuevos hijos en su seno, para derramar sobre
ellos sus benéficos influjos; las Filipinas todas por su
vigilancia caminaban con rápido progreso en pos de la
verdadera luz que las habia de iluminar un dia, para
que pudiesen en verdad apellidarse cristianas. Enton-
ces, cuando el aspecto de todas estas islas se presentaba
tan risueño, cortó la fatal Parca el hilo de la vida al
pacífico conquistador, al insigne adelantado D. Mi-
guel López de Legaspi. Los mismos indios á quienes
habia subyugado mostraron notable sentimiento por su
muerte, porque ya no ignoraban las ventajas que ha-
blan reportado con el cambio de gobierno. Su muerte
aconteció el dia 20 de Agosto de 1572, de resultas de
una grave desazón que le causó una persona distingui-
da de su campo, con motivo de sus indiscretas preten-
siones. Pasó de esta vida á la eterna sin haber podido
recibir los últimos auxilios de la religión; pero dejó
muy asegurada la opinión de haber llegado felizmente
al fin de su carrera, porque se confesó generalmente y
recibió el cuerpo sacrosanto de Señor el dia de la
Asunción de la Virgen, cinco dias antes de su falleci-
miento.
in.
Muerto Legaspi, el factor del Rey, el maestre de
campo y demás oficiales registraron sus papeles para
ver lo que se hallaba dispuesto relativo á la persona que
le habia de suceder en el gobierno de las islas, y halla-
ron una provisión de la Real Audiencia de Méjico,
en la cual se ordenaba que el maestre de campo don
Mateo del Saus debia sucederle en primer lugar, y por
su falta el tesorero D. Guido de Lavezares. Dióse cum-
plimiento á lo dispuesto en este documento, é inme-
diatamente fué reconocido el segundo jefe superior de
Filipinas, por haber fallecido el primero.
Luego que Lavezares se hizo cargo del supremo car-
go, trató de llevar á cabo las empresas de su digno an-
— 164 —
tecesor, y consolidar las reducciones que Salcedo habla
comenzado á sus expensas en las provincias de Zam-
bales, Pangasinan é llocos. Parecía regular que la glo-
ria de esta obra se reservara á su primer descubridor,
puesto que por ella habia hecho el más generoso sa-
crificio; pero la envidia, que suele atropellar los dere-
chos más sagrados, desconceptuó al joven héroe en la
opinión del nuevo gobernador. Salcedo sufrió resigna-
do los desaires, y Lavezares no tardó en conocer la
ponzoña que destruía sin motivo su buen nombre. En-
tre tanto la sujeción de aquellas provincias lejanas fué
confiada al maestre de campo D. Martin Goiti, quien
á este fin se hizo á la vela de Manila con veinte y tres
embarcaciones bien provistas, con las cuales el 18 de
Diciembre del mismo año de 1572 dobló el cabo Bo-
linao, entró en Lingayen, visitó los pueblos de la cos-
ta, con los de la provincia de llocos, y cobró el recono-
cimiento que antes hablan ofrecido, sin haber hallado
oposición en parte alguna, porque Salcedo con su buen
comportamiento le habia allanado el camino. Desde
esta fecha data la noticia que se tiene de la existencia
de las minas de oro que hay en el país de los igorrotes,
porque Goiti ya compró á estos bárbaros una conside-
rable cantidad de este metal que bajaban de sus mon-
tes. Con esta sola expedición, y la que habia hecho an-
tes D. Juan de Salcedo, quedaron aquellas provincias
definitivamente sometidas á la obediencia del Go-
bierno.
Por Julio del año siguiente, reconciliado ya Salce-
do con el anciano Lavezares, mereció la confianza de
ser nombrado por este general pacificador de Camari-
- i6s -
nes, que había reconocido en la expedición á Paracale.
Salió de la capital con diez y ocho embarcaciones, para
conducir ciento y veinte soldados, con mayor número
de indios amigos y las provisiones necesarias para el
viaje. Subió por el rio Pásig y navegó hasta el Sur de
la Laguna, en donde arregló la marcha por el mismo
camino que habia andado en la citada expedición, y
despachó las embarcaciones para Manila. No dejó de
tener algunos encuentros con los indios antes de llegar
al rio del Vicol; pero de todos salió con lucimiento.
La tierra que debia sujetar era muy extensa y mon-
tuosa, su gente belicosa y con poca disposición de so-
meterse á la obediencia de un gobierno extranjero. La
oposición qufe algunos pueblos le habian hecho antes
los tenía en gran cuidado; pero con la humanidad y
prudencia que habia heredado el capitán de su ilustre
abuelo, sin cometer violencias ni estorsiones venció to-
dos los obstáculos. Humilló á los pueblos más belico-
sos de toda la provincia, consiguió que reconociesen al
Gobierno, y para tenerlos más sujetos, fundó una villa
española cerca del rio del Vicol, llamada Santiago de
Libón, habiendo regresado victorioso á la capital á los
cinco meses de ausencia.
Entonces Lavezares se determinó á presentarse en
las Visayas, para visitar personalmente las islas de Pa-
nay. Cebú y Bantayan, con motivo de las repetidas
quejas de los indios contra los encomenderos y solda-
dos de quienes eran molestados con frecuencia; pero el
alivio de estos infelices sólo duró el tiempo que el jefe
estuvo entre ellos, porque la codicia de los primeros y
las necesidades de los segundos por la misma causa
— i66 —
quedaban en todo su vigor. De aquí también dimana-
ban los disgustos de los PP. misioneros; porque los in-
dios se volvían á los montes después de haberlos redu-
cido á poblado con trabajos indecibles, figurándose es-
tos isleños que los misioneros hacian causa común con
sus codiciosos opresores. Vuelto Lavezares de Visa-
yas, y sujetas las provincias de Camarines, Pangasi-
nan é llocos, repartió algunas encomiendas entre los
españoles beneméritos que más se habian distinguido.
A Salcedo se las dio en llocos, y lo nombró justicia
mayor de la provincia; recompensándole así de algún
modo los servicios distinguidos que habia prestado á la
patria, adquiriéndole aquellas provincias populosas.
Por Enero de 1574 salió de la capital con alguna
gente para Vigan, de cuyos habitantes fué honrosa-
mente recibido. Luego tom.ó posesión de sus enco-
miendas, y en virtud del oficio que el gobernador le
habia conferido, fundó la villa Fernandina en la mis-
ma población de Vigan. Dio en seguida las disposicio-
nes necesarias para levantar una iglesia, casa Real y
fortaleza, y finalmente nombró oficiales subalternos
para su policía y buen gobierno. Ocupado en estas
obras, se vio precisado á despachar una galeota con in-
dios y soldados á una encomienda que tenía en Sinait,
distante unas seis leguas de la villa, con el fin de ha-
cer algún acopio de víveres para aliviar á los de Vigan,
que trabajaban en los edificios que se estaban fabrican-
do. Cuando la embarcación ya no estaba muy distante
del referido pueblo, fué de improviso atacada por la
escuadra de un corsario poderoso. Los soldados se re-
sistieron con valor; pero al fin, oprimidos por la mu-
— 167 —
chedumbre enemiga, fueron todos pasados á cuchillo.
Salcedo no tardó en saber esta triste novedad, y teme-
roso de que los enemigos entrasen en la nueva villa,
se dispuso del mejor modo posible para defenderla con
las armas; pero sus preparativos sólo sirvieron para mos-
trar á sus vecinos que no faltaba valor á los españoles
para defenderlos, porque la escuadra del corsario pasó
de largo hacia el S., en donde está la capital, y Salcedo,
penetrando su intento, embarcó su gente y le siguió
por la retaguardia.
Era este corsario el famoso chino Li-ma-hon, na-
tural de la provincia de Cui-tam, el cual desde joven
se mostfó muy inclinado al ejercicio de las armas, y
dio á conocer muy pronto que á su tiempo sería el
azote de sus paisanos. Constituido capitán de una par-
tida de foragidos, se apoderó de algunos buques fon-
deados en un puerto, y de ladrón quedó trasformado
en pirata. Su escuadra cometia toda suerte de atroci-
dades, é infundia el terror en los mares que infestaba.
Varias veces se apoderó de los buques de sus persegui-
dores, y su poder se hacia cada dia más temible. Can-
sado el Emperador de perseguirlo sin provecho, trató
de capitular con él, y al efecto le envió comisionados
ofreciéndole el perdón si queria presentarse; mas él,
despreciando la clemencia del Monarca, degolló á los
enviados. Este atentado indignó al Emperador de tal
manera, que lo mandó perseguir con ciento y cin-
cuenta embarcaciones, tripuladas con cuarenta mil sol-
dados. Esta formidable escuadra lo acosó por todas par-
tes, y temeroso al fin de caer en manos de sus perse-
guidores, se determinó á dejar aquellos mares y refu-
— i68 —
giarse en algún país distante de su patria. Por unos
chinos mercaderes que apresó, procedentes de Manila,
supo el estado de las islas Filipinas, se enteró de sus
riquezas, de la condición de los naturales del país y del
corto número de españoles que las tenian dominadas.
Estas noticias le parecieron muy acomodadas á sus mi-
ras; por lo que se decidió á tomar por fuerza la me-
trópoli, y en seguida posesionarse de las islas, para co-
ronarse señor de todas ellas. Escogió para el efecto se-
tenta y dos embarcaciones, las que montó de su mejor
artillería con dos mil hombres aguerridos, sin contar
con las mujeres y la marinería necesaria. Con esta ar-
mada se presentó el corsario en la bahía de Manila pa-
ra posesionarse de esta capital, á fines de Noviembre
de 1574.
Como práctico pirata, no ignoraba el valor de las
sorpresas para conseguir el fin de la campaña. Así que,
tan luego dobló la punta de Capones, envió por de-
lante seiscientos hombres escogidos, capitaneados por
su general Sioco, natural de las islas de Japón, soldado
muy valiente, de quien se valia el corsario para realizar
las empresas más difíciles. Este cuerpo de vanguardia,
con que se habia prometido sorprender la capital de Fi-
lipinas, fué costeando de noche la bahía con embarca-
ciones más pequeñas por la provincia de Cavite hasta
llegar á Parañaque, creyendo ser la plaza que trataban
de tomar. Descubierto el error, fueron caminando por
la playa, llevando sus embarcaciones á la sirga hasta
Manila, que al fin fué sorprendida. Los indios de Ma-
late ya los habian visto; pero como decian que eran
moros de Borneo, no fueron creídos cuando dieron el
— 169 —
aviso, por ser fuera de tiempo. Pero Sioco no tardó en
llegar, y entró al frente de los suyos en la plaza por el
sitio en donde está ahora la puerta Real , sin hallar opo-
sición. La primera víctima de estos foragidos fué el
maestre de campo D. Martin Goiti, que todavía esta-
ba en cama. Los soldados de su guardia se defendieron
con valor, pero fueron oprimidos por la muchedumbre
de los agresores. Los enemigos en seguida pegaron fue-
go á la casa, y Goiti, al saltar por la ventana, fué al
momento acuchillado. A la gritería de los chinos se so-
bresaltó la vecindad, y Lavezares, al frente de los es-
pañoles, que se fueron replegando en el fuerte, dio las
disposiciones necesarias para la defensa. Con su peque-
ño escuadrón se defendió bizarramente de los enemigos,
que, formando sobre el fuerte una media luna, trata-
ban de asaltarlo. Maá á la sazón llegaron los valientes
capitanes D. Alonso Velazquez, Amador de Arisan y
Gaspar Ramirez, que con su gente batieron á los chi-
nos en todas direcciones. Al ver los estragos que su-
frian de las balas, se desanimaron y se retiraron hacia
la playa, en donde habian dejado sus bateles. En segui-
da se reembarcaron, llevándose los cadáveres que pu-
dieron recoger, y se fueron á dar cuenta á Li-ma-hon
de su derrota. Aconteció este suceso memorable el dia
de San Andrés del referido año de 1574.
Cuando el corsario entraba en la bahía con su escua-
dra orgullosa, creyendo que Sioco ya era dueño de Ma-
nila, éste se retiraba confuso para encontrarlo en Cavi-
te, en donde enterró algunos muertos. Este jefe atribuia
su desgracia al cansancio de la gente, y prometió á su
señor que repetiria el asalto al tercer dia y lo pondria
— 170 —
en posesión de la ciudad. Esta corta demora contribuyó
en gran manera á la salvación de nuestra gente, porque
Lavezares tomó desde luego las disposiciones más enér-
gicas para la defensa de la plaza, y mandó despacho á
los españoles, que no estaban lejos, para que se presen-
tasen cuanto antes. Trabajó la gente con calor en me-
jorar los parapetos, se montaron todos los cañones dis-
ponibles, y entre tanto llegó Salcedo con su gente.
Este valiente y activo capitán, que, como se ha dicho,
seguia tras la escuadra del corsario , al llegar á la bahía
de Manila supo que aquél estaba en Cavite. Entonces
acercó su escuadrilla á la costa, navegó por frente de
Bataan y la Pampanga, y llegó á tiempo á la plaza con
cincuenta y cinco españoles, sin ser visto del corsario.
Su presencia animó en gran manera á los demás; todos
lo miraban como el salvador de h. ciudad, y el Gober-
nador lo abrazó amorosamente, confiriéndole desde lue-
go el honroso título de maestre de campo, que vacaba
por la muerte del malogrado Goiti.
El dia 2 de Diciembre por la madrugada se supo
en Manila que Li-ma-hon estaba levando anclas, y lue-
go apareció su numerosa escuadra que fondeó en frente
de la plaza. Para entusiasmar su gente, é infundir más
terror á la ciudad, disparó un fuerte cañonazo en su
nave capitana, que fué correspondido por las demás
con tres tiros. Llamó entonces á los cabos de su tropa,
V les arengó con energía. Les trajo á la memoria las
hazañas pasadas, las victorias conseguidas, el valor de
sus guerreros, las escasas fuerzas españolas de Manila,
la imposibilidad de regresar á su país, y la necesidad de
colocar su señorío en la tierra que tenian á la vista.
— 171 —
Concluida su arenga, acordó inmediatamente el asalto
á las órdenes del citado Sioco, quien, al despedirse, le
aseguró que le pondría la plaza en sus manos ó mori-
rla en la demanda.
Estaba persuadido el orgulloso japonés que á su vista
desaparecerían los españoles como el viento, y reducirla
la ciudad á un montón de escombros; pero salieron va-
nas sus necias esperanzas. Con mil quinientos hombres
hizo sin oposición el desembarque; los dividió en tres
columnas, y dispuso que la una se quedase en la playa
de reserva, que la otra recorriese la orilla del Pásig, y
él con la tercera entró á sangre y fuego por el mismo
sitio que la vez primera. Abrasó el convento de PP.
Agustinos; degolló á cuantos indios caian en sus ma-
nos, y colocado en frenffe de la fortaleza, desafiaba á
los españoles á que salieran para pelear con él á campo
raso. Cansado al fin de aguardar, se acercó á las trin-
cheras, se batió valerosamente con los nuestros, y hasta
consiguió que algunos de los suyos asaltasen y entra-
sen en el fuerte. Entonces los españoles hicieron pro-
digios de valor; quitaron la vida á cuantos hablan en-
trado en el cerco, y jugando la artillería felizmente,
hicieron estragos horrorosos en los que ya estaban á
tiro de metralla. Los enemigos, sin embargo, se iban
acercando á las trincheras; pero pagaban con la vida
su arrojo temerario. Intentó Sioco repetidas veces el
asalto, pero siempre fué rechazado con valor. Al ver
Li-ma-hon, que se prolongaba el combate más de lo
que esperaba y que su gente se iba replegando en la
playa para coger los bateles, que él habia retirado de
intento, bajó personalmente con cuatrocientos hombres
— 172 —
de refuerzo para reanimar á los demás; pero todos sus
esfuerzos se frustraron. Sioco habia muerto, y los chi-
nos, aterrados, preferían perder la vida en la playa á vis-
ta de su jefe que volver á las trincheras. ¡Tal era el pá-
nico terror que se habia apoderado de aquellos foragi-
dos, que poco antes se consideraban invencibles! El
corsario al fin se convenció de que los españoles eran
otra clase de gente muy diversa de la que habia batido
hasta entonces, y se reembarcó con la tropa que le ha-
bia quedado. En su retirada recorrió la playa hasta Pa-
rañaque, cuyo pueblo abrasó, robando y degollando á
cuantos indios encontraba; y vuelto á sus naves, se
hizo á la vela hacia media noche, para ir á ocultar su
ignominia á otra parte.
Luego que Manila se vio* libre de tan terrible ene-
migo, y al considerar los españoles el gran peligro de
que se acababan de librar, dieron gracias á Dios y al
apóstol S. Andrés, de quien se creian especialmente
protegidos. En su consecuencia lo eligieron patrón de
la ciudad, y se ha procurado perpetuar la memoria del
beneficio recibido hasta hoy, celebrando este triunfo
con una fiesta aniversaria, que tiene el doble carácter
de cívico-religiosa. En seguida se procuró reparar en
lo posible los daños sufridos, y se confirmó en Salcedo
el nombramiento de maestre de campo, ó sea de la
segunda autoridad de las islas Filipinas, que ya le ha-
bia sido conferido á su llegada. Después se trabajó en
apagar el fuego de la rebelión, que Lacandola y Soli-
mán hablan encendido y atizado durante la campaña.
Estos régulos , cuando los nuestros se batian como fie-
ras contra el común enemigo, que no perdonaba á los
— 173 —
indígenas, creyeron que habia llegado ya el momento
favorable que aguardaban para recobrar su antigua in-
dependencia, faltando vergonzosamente á la fe de los
tratados que hablan jurado observar. Mataron aquel
dia á los indios más adictos al Gobierno, sin perdonar
siquiera á los inocentes sacristanes que los PP. Agus-
tinos tenian en su iglesia de Tondo. Rechazado el cor-
sario, lejos de apresurarse á reparar su falta, se obsti-
naron en su rebelión. Al intento se marcharon para
refugiarse en los sitios más seguros, al frente de algu-
nos principales y muchos indios de la plebe que ha-
blan envuelto en su perfidia; pero este nuevo despro-
pósito era efecto de su mala conciencia, temiendo con
razón ser castigados por su falta de fidelidad en el crí-
tico momento en que más peligraba el Gobierno. Así
lo creyeron los mismos á quienes estaba confiada la se-
guridad de todos, y al efecto se trató de no reducir á
los rebeldes á la desesperación, si se les perseguía con
las armas. El P. Fr. Jerónimo Marin, prior de Tondo,
que, á no dudarlo, hubiera sido víctima de la perfidia
si no se hubiera escondido, empezó las negociaciones
con los prófugos, las que se concluyeron felizmente
con la promesa que les hizo Salcedo de perdonarlos si
se presentaban al momento. Con esta seguridad depu-
sieron los rebeldes las armas, y dieron á Lavezares va-
rias excusas de su pronunciamiento vergonzoso, quien
les otorgó el perdón ofrecido en nombre de S. M.
Entonces se tomaron providencias para perseguir á
Li-ma-hon y desalojarlo de Pangasinan, en donde se
habia constituido soberano. Despachó al efecto Lave-
zares órdenes á Camarines, Panay y Cebú, disponlen-
— 174 —
do que toda la tropa disponible se presentase cuanto
antes en la capital, y se invitase á los indios más adic-
tos para auxiliarla en la próxima campaña. De aquella
provincia no tardó en llegar el capitán Chaves con se-
senta y cinco españoles, y á su tiempo fueron llegando
los demás de las Visayas. Con estos refuerzos se pudie-
ron destinar doscientos y cincuenta soldados españoles
para la proyectada expedición, sin quedar abandonada
la ciudad, á los cuales se agregaron mil y quinientos
indios fieles de Visayas, ademas de la gente destinada
para la maniobra de las embarcaciones, que no baja-
ban de sesenta. El encomendero D. Esteban Rodrí-
guez de Figueroa se distinguió en esta ocasión por su
patriotismo, pues se presentó á Lavezares con seis em-
barcaciones de su propiedad, armadas y tripuladas con
doscientos indios valientes, conducidos á su costa. El
Provincial de los PP. Agustinos no quiso faltar en esta
famosa expedición, llevándose de compañero al Padre
Fray Martin de Rada. Salcedo por su parte, á quien
se confió esta jornada, tomó la precaución de llevarse
á Lacandola con algunos de sus parientes y amigos, y
un chino muy inteligente que sirviese de intérprete.
Hasta el 22 de Marzo no pudieron hacerse á la vela:
costearon sin novedad la provincia de Zambales, é hi-
cieron escala en Bolinao. Aquí se informaron circuns-
tanciadamente de lo que necesitaban saber, y Salcedo
formó el plan de ataque que le pareció más oportuno
para el logro del intento deseado. Dejaremos por un
momento á la escuadra española en Bolinao, para re-
ferir lo que los chinos ejecutaron desde su salida de
Manila.
— 175
IV.
El 3 de Diciembre se marchó el corsario de la ba-
hía de la capital, desesperado y furioso por haber sa-
lido mal de su empresa. Formó, sin embargo, el pro-
yecto de fundar en otra parte de las islas su colonia y
dar principio á su soñado imperio. En su retirada pro-
turaba imbuir á los indios de las costas en la falsa idea
de que ya no habia más españoles en Manila, por ha-
berlos muerto, según aseguraba, en el asalto que habia
dado a esta capital. Con esta maliciosa estratagema re-
dujo á los incautos, y no dejó de causar daños, que
fueron harto funestos en Mindoro; porque los natu-
rales se sublevaron, y prendieron á los PP. misioneros
que trataban de reducirlos á la fe, á quienes tuvieron
arrestados en el monte, con intento de matarlos tan
pronto como se confirmase la noticia. Costeó después
la provincia de Zambales, dobló el cabo Bolinao, y
navegando por el golfo de Lingayen, entró con su es-
cuadra por la desembocadura del rio Agno, fondeando
á una legua de distancia de la mar entre Salasa y San
Isidro. Hizo luego el desembarque en una isleta que
forma el expresado rio con un brazo que viene de Lin-
gayen, levantando allí un fuerte de empalizada para su
seguridad. En lo interior fabricó algunas casas de ma-
dera para él y sus principales capitanes, y en otro re-
cinto bien cercado de una fuerte estacada, defendido
por aquél, levantó otras casas y pabellones para la gen-
te ordinaria. Creyéndose bastante asegurado, se declaró
— 176 —
señor absoluto del país, y como tal se hacia obedecer;
pero su reinado no fué de larga duración, como ve-
remos.
Resuelto Salcedo á dar al enemigo el primer ataque
antes de que pudiese prevenirse, manda zarpar de Bo-
linao y fondear tras una isleta tres leguas distante sola-
mente del sitio que éste ocupaba. Desde allí mandó al
capitán D. Juan de Ribera con dos hombres á reco-
nocer el rio, y practicada esta diligencia, salió el 30 de
Marzo antes de amanecer, entrando, sin ser visto de
los chinos , en el rio, cuya boca cerró por la parte más
estrecha. En seguida efectuó el desembarque, levantó
apresuradamente un baluarte y colocó en él algunas
piezas. Al salir el sol, las obras más precisas ya estaban
acabadas, y desde luego se propuso sorprender al ene-
migo y abrasarle la escuadra. Con este fin mandó al
capitán Ribera que con su gente se acercase á su
fuerte, y que al mismo tiempo los capitanes Chacón y
Chaves con los suyos y ocho «embarcaciones se apode-
rasen de los buques enemigos, y que en seguida con-
dujesen algunos de ellos al campamento para obstruir
la parte más profunda de la barra, y diesen fuego á los
demás. El plan se llevó en todas sus partes á efecto : á
los primeros tiros de la compañía del primero, los ma-
rineros chinos abandonaron los champanes para refu-
giarse en el fuerte, y los capitanes que debian apresar-
los se apoderaron de todos ellos sin la menor dificultad.
Muchos de los prófugos perdieron la vida en manos
de la gente de Ribera antes de entrar en el recinto.
Entre tanto sólo Chaves se quedó en los champanes, y
Chacón salió con los suyos en auxilio de RibeVa, cuya
— 177 --
gente ya estaba fatigada; pero con el nuevo refuerzo
atacaron á los enemigos con tanto entusiasmo, que se
apoderaron del primer cerco, en donde estaba el cam-
pamento del corsario. Entonces los soldados é indios,
codiciosos del botin, empezaron á desordenarse para
apoderarse de lo que los chinos hablan abandonado en
sus casas; mas éstos entre tanto, replegados en el fuer-
te, se aprovecharon del desorden de los nuestros y les
desalojaron del recinto. Muchas veces la codicia del
soldado malogra el éxito de los planes sabiamente com-
binados de los más diestros capitanes, y les quita la
victoria de las manos. Los soldados de Salcedo experi-
mentaron en esta ocasión cuánto es esto verdad. Aver-
gonzados, sin embargo, de la ventaja de los chinos,
volvieron sobre sí, se reanimaron mutuamente y con-
tinuaron con nuevos bríos el ataque. En tan buena
ocasión llegó el capitán Hurtado con dos barriles de
pólvora y cincuenta hombres de refuerzo. Entonces,
rechazando al enemigo, recobraron lo perdido, incen-
diaron sus pabellones, les batieron en sus trincheras, y
se apoderaran de su fuerte si tuvieran los instrumentos
indispensables para escalarlo. Chacón, que hasta en-
tonces habia estado custodiando los champanes, al ver
que el combate se prolongaba más de lo que esperaba,
se resolvió á incendiarlos y acudir con su gente en au-
xilio de los demás. El combate fué terrible, porque los
chinos, atrincherados, se batian á la desesperada; y su
obstinada resistencia, el ardor del sol, el humo de las
naves y pabellones enemigos fatigaron de tal suerte á
los nuestros, que se vieron precisados á desistir del
combate y retirarse. Lleváronse á varios hombres y
- lyS -
mujeres que cogieron prisioneros en los pabellones y
champanes, y se presentaron al campamento muy can-
sados, pero con ánimo de repetir la carga otro dia.
Salcedo no quedó todavía satisfecho ni con la que-
ma de las naves enemigas, ni con los estragos causa-
dos á los chinos. El intento principal era rendirlos ó
acabarlos, y persuadido de que esto no podia conse-
guirse sin el auxilio de la artillería, se apresuró á si-
tuarla cerca del fuerte para batirlo con más seguridad;
pero esta diligencia tan precisa fué tardía; porque Li-
ma-hon aquella misma noche reparó sus parapetos,
montó la artillería gruesa y se preparó para rechazar
enérgicamente los ataques que temia de los nuestros.
Por la mañana, sin embargo, quedó sorprendido al
ver tan cercana la batería española : indeciso acerca
del partido que habia de tomar, suspendió por enton-
ces la campan^. Viendo Salcedo que no hacia ninguna
maniobra para defenderse, aprovechó las treguas y or-
denó al intérprete que le escribiese una carta exhor-
tándole á que se entregase á discreción, porque de esta
suerte sería bien tratado. Contestóle con orgullo el cor-
sario «que prefería la muerte á entregarse de este modo:
que él no rehusaba la paz; pero que si debia llevarse á
efecto, se marchasen los españoles á Manila, y que
luego él y sus capitanes, con los deudos, irian á besar
las manos al Gobernador y hacerle el debido acata-
miento.» Entonces aquel jefe le hizo escribir otra carta
en su nombre, asegurándole que no saldría de allí sin
llevarlo por delante. Pero no por esto se acobardó el
corsario, pues sin contestarle por escrito, le hizo decir
«que no era hombre á quien las amenazas asustaban.»
— 179 —
Así se pasó aquel dia sin haberse disparado un ca-
ñonazo; mas en el siguiente, en que la artillería de los
nuestros ya estaba en disposición de operar, empezó á
batir el fuerte enemigo con bastante resultado. Los
chinos correspondían con igual y aun con mayor ven-
taja, por tener en mejor disposición su artillería. Al
ver Salcedo que las balas enemigas podian causar da-
ños á los nuestros, que trataba de evitar, retiró los ca-
ñones, y se resolvió a tener sitiado al enemigo ínterin
consultaba á Lavezares si queria que se tomase el
fuerte por asalto, ó aniquilar á los chinos por el ham-
bre. El Gobernador le envió más fuerzas y le escribió
que procurase concluir cuanto antes la campaña. Sal-
cedo, en su vista, se apresuró á dar el último asalto; pero
halló tantas dificultades en su ejecución, que se vio
precisado á desistir, á pesar suyo, de su empeño y con-
tinuar con el asedio, dando al mismo tiempo una sa-
tisfacción cumplida al Gobernador, con el parecer uná-
nime de todos los capitanes de su campo.
El sistema que adoptó Salcedo era ciertamente el
más prudente : en los asaltos debian perecer por pre-
cisión muchos soldados españoles, que hacian mucha
falta para conservar las islas; Li-ma-hon, por otra
parte, se veia cada vez más apurado y acosado por el
hambre, lo que obligaba á muchos de los suyos á pa-
sarse al campo de los nuestros, sin esperanzas de so-
corros. La situación era la más apremiante, y sólo le
quedaba el arriesgado medio de fugarse, lo cual pare-
cia imposible á Salcedo; porque por tierra debia pere-
cer á manos de los españoles y de los indios á quienes
habia tiranizado, y por agua no habia, al parecer, sali-
— i8o —
da, pues no tenía buques, y la bocana del rio estaba
bien guardada. Mas él, en sus apuros, halló recursos
para burlarse de la seguridad con que los nuestros es-
peraban triunfar completamente.
Durante el asedio del corsario, llegaron al campo
de Salcedo dos buques chinos á cargo de Pe-sung-au-
mon, enviado por el virey de la provincia de Fo-Kien,
con un salvo-conducto del Emperador para Li-ma-hon,
en el caso de quererse presentar. El emisario tuvo an-
tes una conferencia con el jefe de los nuestros, y luego
habló con el corsario, á quien entregó en propia mano
los despachos. Se ignora lo que hablaron entre sí; pero
Aumon salió muy satisfecho de su presencia, y des-
pués se fué para la capital con intento de verse con el
Gobernador. Este le aseguró que Li-ma-hon, muerto
ó vivo, sería entregado á su emperador tan pronto
como cayese en manos de la tropa; y con esta con-
fianza regresó á la provincia de Fo-Kien con los pri-
sioneros que se habian cogido al corsario, entre los
cuales habia algunas mujeres principales, que él habia
arrebatado del seno de sus familias.
Los PP. Agustinos quisieron aprovecharse de esta
ocasión para introducir la luz del Evangelio en el im-
perio de China. Con este fin se embarcaron con Au-
mon los PP. Fr. Martin de Rada y Fr. Gregorio Ma-
rin, en calidad de embajadores de Manila, acompaña-
dos de dos españoles solamente. El 1 2 de Junio de i ^y^
salieron de Manila, y el 5 de Julio llegaron al puerto
de Tiong-so-song. Fueron tratados con mucha distin-
ción en todos los pueblos del tránsito hasta Hong-chia,
en donde estaba el Virey, á quien entregaron los des-
I8l
pachos del Gobernador de Filipinas, en los cuales le
daba cuenta de la llegada del corsario á la isla de Lu-
zon, de los daños que habia causado en sus pueblos v
del aprieto en que lo tenian con los suyos. Leyó aquel
jefe oon mucha atención los despachos, dio las debidas
gracias á los embajadores por los importantes servicios
que hablan hecho en Manila á su nación en la causa
del corsario, y les dio regalos para el Gobernador y
luego trató de despacharlos. Terminados los negocios
de la embajada, los religiosos le pidieron permiso para
quedarse en su provincia, con el fin de predicar y pro-
pagar la religión de Jesucristo; pero tuvieron el des-
consuelo de oir que no estaba en su mano otorgarles
la gracia que pedian, porque siendo un asunto de mu-
cha gravedad, debia ante todas cosas consultarlo con el
Emperador. Esto, en buenos términos, equivalía á una
negativa absoluta, por lo cual aquellos celosos misio-
neros se resolvieron á regresar á Filipinas. El 2 de
Agosto se hicieron á la vela, y hasta el 28 de Octubre
no llegaron á la capital de Filipinas, en donde supie-
ron con la mayor sorpresa que Li-ma-hon se habia
escapado con los suyos, dejando burlados y confusos á
sus sitiadores.
La fuga del corsario se verificó de un modo verda-
deramente ingenioso. Con los restos de los champanes
abrasados y sumergidos en el rio, fabricó algunas em-
barcaciones dentro de su fuerte, por medio' de las cua-
les salió de su encierro. Los españoles, que no ignora-
ban sus trabajos, redoblaban la vigilancia en la barra
del Agno, que desde un principio tenian bien asegura-
da, ignorando que más arriba de donde hoy está el
— I82
pueblo de Salasa, tenía el mismo rio otro brazo, que
desagua en Dagupan, tres leguas más al E. de aqué-
lla. Por otra parte, el fuerte del corsario estaba algo
distante de la ribera, y no parecia fácil echar los bu-
ques al agua. Pero él, á manera de un tigre encerrado,
á. quien se comparaba, se procuró salida á fuerza de
trabajo. Terminada la obra de sus embarcaciones, man-
dó abrir una gran zanja (seg-un tradición de los pan-
gasinanes, en una sola noche), por la cual las echó al
rio Agno muy temprano, de donde salieron por la
barra de Dagupan á la mar, sin ser vistas de los nues-
tros hasta que ya estaban navegando á remo y vela por
el golfo. El P. Gaspar de San Agustin supone, contra
la dicha tradición, que los chinos no acabaron en un
solo dia los trabajos de la zanja; pues dice que con la
misma tierra que sacaban, formaban parapetos, en don-
de colocaban sus cañones, para alucinar á los sitiado-
res; que el dia de la salida, con embarcaciones peque-
ñas y muchas luces hicieron un falso ataque al campo
de Salcedo, y que entre tanto las demás realizaron su
salida. Sin embargo de la mucha fe que merece este
autor, que es uno de los más antiguos de las islas, es
preciso confesar, en obsequio de la verdad, que su re-
lación en este punto no es probable, atendida la situa-
ción del punto que los chinos ocupaban. Existe toda-
vía en el dia el canal, que llaman de los Chinos, y de
Li-ma-hon (que yo he visitado), en la punta de la isla
que forma dicho rio con el brazo que pasa por Lin-
gayen, cortándole en una punta, á dos millas más aba-
jo de este pueblo. El canal se parece á un estero, con
varias direcciones, poblado en sus riberas de nipales, y
- i83 -
todavía es navegable para embarcaciones chicas en ple-
na mar. Tal vez ya habria entonces alguna comunica-
ción por agua desde el fuerte de los chinos (cuyo punto
fijo se ignora) hasta el rio, y que en la noche de la
fuga lo profundizarian; lo cual no sería muy difícil,
atendida la calidad del terreno, que es anegadizo, y la
construcción de los buques chinos, que no tenian qui-
lla y pueden navegar en una vara de fondo. Si su fuga
hubiera sido por la barra que hoy se llama de San Isi-
dro, la relación del P. Gaspar sería más fundada; pero
en este caso hubieran sido aprendidos antes de salir al
rio Agno, en cuya barra estaba el campo español con
más de setenta embarcaciones, y no se conforma con
la tradición que asegura haber sido su salida por Da-
gupan.
Grande fué por cierto la sorpresa de los nuestros al
ver las embarcaciones de los chinos navegando á toda
vela en alta mar. Ya no fué posible perseguirlos, por-
que se hallaban á una gran distancia, y sus buques
eran mucho más ligeros. En el fuerte, que luego fué
reconocido, se hallaron muchos muerros, que habian
sido víctimas, tal vez, de la crueldad del tirano Li-
ma-hon, para aligerar la carga. Muchos de los chinos
de esta expedición se salvaron por tierra con la fuga, y
no faltan autores que opinan que algunas rancherías
de igorrotes que hay en el dia en los montes más cer-
canos de Pangasinan y Union descienden de aquéllos.
Lo cierto es que Li-ma-hon vino á Filipinas con al-
gunos millares, y se marchó con muy pocos indivi-
duos. Salcedo sin pérdida de tiempo recorrió por mar
las costas de llocos, para ver si podria alcanzar todavía
— i84 —
al corsario; pero hasta la villa Fernandina no halló sino
rastros de su ferocidad, con muchos muertos de su gen-
te. Li-ma-hon no se detuvo en toda aquella costa sino
el tiempo más preciso para recoger víveres, y más tar-
de se supo que fué á parar á la isla de Ta-cao-ti-can
para carenar sus buques, y que perseguido por el vi-
rey de la provincia de Fo-Kien, trató de refugiarse en
Siam, en donde su rey no quiso recibirlo, temeroso de
la vecindad de un hombre tan famoso. Esta fué la pri-
mera y última noticia que se tuvo en Manila del cor-
sario, después de haberse escapado de las manos de los
nuestros.
Vuelto Salcedo de la villa Fernandina, halló en Ma-
nila de gobernador á D. Francisco Sande, nombrado
en interinidad por el Virey de Nueva España, que ha-
bia tomado posesión de su interesante cargo el dia 24
de Agosto de 1575, á satisfacción de Lavezares, á
quien pesaba ya demasiado tanta carga. Salcedo le dio
cuenta» de su expedición, y trató de retirarse á Nueva
España, en donde tenía dos hermanos, á cuyo fin le
pidió el permiso competente. Sande, informado de sus
prendas, si bien accedió á sus deseos, lo hizo con har-
to sentimiento, porque en realidad era el hombre de
más valía é importancia que á la sazón habia en Fili-
pinas. Obtenido el permiso, volvió á dicha villa con
el fin de realizar sus intereses; pero á poco de haber
llegado fué atacado de unas fuertes calenturas, que lo
condujeron al sepulcro. Murió con mucha humildad
y poseído de sentimientos piadosos, habiendo pedido
perdón á todos de las faltas que hubiese cometido. En
Manila habia hecho testamento, y sólo tuvo que aña-
— i85 —
dir algunas cosas en su codicilo, disponiendo por una
cláusula especial que el remanente de sus bienes se
repartiese fielmente entre los indios de su encomienda
de Vigan. Aconteció su muerte el dia 1 1 de Marzo
de 1576, á los 27 años de edad, y su cuerpo fué en-
terrado en el convento de los PP. Agustinos de Ma-
nila, al lado de su abuelo D. Miguel López de Le-
gaspi.
El nuevo gobernador procuró con mucho emperío
continuar los descubrimientos de las islas, y reducir á
sus naturales á la obediencia de su gobierno. Con este
fin envió desde luego al capitán Chaves al rio del Vi-
col ó Camarines. Salcedo habia adelantado mucho la
conquista; pero como aun no habia suficientes fuerzas
españolas en las islas, ni misioneros que con la fuerza
moral de la persuasión apaciguasen á los indios, los
de Naga principalmente, Baao y Bula hicieron mucha
oposición al nuevo conquistador. Al fin, con valor, cons-
tancia y paciencia realizó los deseos del Gobierno, y
fundó en el primero de aquellos pueblos, por disposi-
ción de Sande, la ciudad de Nueva Cáceres, que des-
pués se erigió en silla episcopal del mismo nombre.
Por este y otros servicios interesantes, muerto Salcedo,
fué condecorado con el título de maestre de campo
General de Filipinas.
V.
Luego se ofreció á Sande una expedición muy glo-
riosa á su gobierno, que realizó con la mayor facilidad.
— i86 —
Portugal, durante el reinado de D. Sebastian, había
decaído mucho de su antiguo esplendor, y en la India
eran ya sus armas muy poco respetadas, por estar de-
masiado repartidas sus posesiones. Poseia muchos pun-
tos de grande importancia, es verdad; pero sus régu-
los, especialmente los de las Molucas, estaban en la
más completa independencia, y sólo se valían del fa-
vor de los europeos, particularmente portugueses, para
hacerse la guerra y aniquilarse mutuamente. Las guer-
ras de Mauritania tenían á los portugueses muy ocu-
pados, y por fin fueron allí completamente derrotados
por los moros con su rey, que pereció en la batalla.
Al desgraciado D. Sebastian sucedió su tío el cardenal
D. Enrique, por no haber dejado ningún hijo, y lue-
go la corona de Portugal se reunió con la de Castilla
en 1580 por derecho hereditario, reinando todavía en
España el Sr. D. Felipe II. Como las Molucas estaban
ya poco menos que abandonadas, este previsor monarca
había ordenado al Gobernador de Filipinas que se apre-
surase á reconquistarlas, y con este fin reunió Sande
una escuadra respetable para sujetar al reyezuelo de
Ternate, la que sólo sirvió para reponer á Sí reía, rey
desposeído de Borneo. Este soberano se había presenta-
do en Manila ofreciendo vasallaje á la corona de Casti-
lla, con tal que se le auxiliase contra un hermano suyo,
que, según decía, le había usurpado el trono. Sande, en
vista de la queja, y persuadido de la legitimidad de su
derecho, accedió á su solicitud, y se resolvió á destinar
á este fin la escuadra que debia ir á las Molucas, sin
abandonar por esto el objeto principal. El mismo Go-
bernador quiso mandar personalmente esta famosa ex-
— i87 —
pedición, que se componia de cuatrocientos españoles,
más de mil y quinientos indios para el manejo de la fle-
cha, y unos trescientos borneos que Sirela tenía de toda
confianza. Las embarcaciones que debian conducirlos
pasaban de cuarenta, y sus principales capitanes eran
D. Esteban Rodríguez de Figueroa, D. Juan de Mo-
rones, D. Antonio Saavedra y D. Amador de Arrian.
En treinta dias llegaron á Borneo, y desde luego la
gente de Sirela se adelantó para dar aviso á sus adictos,
á fin de que se reuniesen á sus poderosos aliados. La
escuadra de Manila navegó por el gran rio que con-
duce á la capital, y no fondeó hasta que se halló en
fi-ente del palacio, del cual fué desalojado inmediata-
mente el intruso. Este, sin embargo, trató de oponer-
se á las fuerzas del hermano, auxiliado por algunos
portugueses que tenía á su servicio; pero no tardó en
verse abandonado de los suyos y precisado á refugiarse
en los montes. Los portugueses, por buena composi-
ción, tuvieron que retirarse á la India. Sirela quedó en
pacífica posesión de su gobierno, agradeció á los espa-
ñoles el beneficio recibido, y juró con sus principales
guardar fidelidad al Rey de España. Sande, contra el
parecer de los capitanes del ejército, ya no quiso por
entonces proseguir la expedición hasta las islas del Mo-
luco, y en su consecuencia dispuso el regreso para las
islas Filipinas, sin haber producido tantos gastos más
utilidad para la corona de Castilla, que la gloria de te-
ner un vasallo coronado, que al fin volvió á perder
otra vez el cetro que los españoles hablan mal asegu-
rado en sus manos.
Llegado Sande á Manila, al ver tantas fuerzas reuni-
das, sin poder ir á las Molucas aquel año, quiso apro-
vecharlas para sujetar la gran isla de Mindanao y la
pequeíía de Joló, cuyos habitantes no cesaban ya en-
tonces de molestar á los subditos del gobierno español
con depredaciones, quemas y cautiverios. Comisionó
al efecto á D. Esteban Rodriguez de Figueroa, el cual
á su llegada fué recibido con poca resistencia, y redu-
jo fácilmente á los principales pueblos de entrambas
islas á la obediencia del Gobierno. Mas, como no dejó
ni guarnición , ni misioneros que consolidasen la con-
quista; muy pronto se malograron sus trabajos, porque
aquellos pueblos, que ya profesaban la secta de Maho-
ma, volvieron á su antigua independencia, y á ejercer
la piratería como antes. Tan cierto es que los españoles
sin el auxilio de los PP. misioneros jamas hubieran
llegado á poseer pacíficamente las islas Filipinas : hu-
bieran derramado, sí, torrentes de sangre y sujetado
á los pueblos más civilizados de las costas y llanuras;
pero ni la obediencia forzada que les exigian hubiera
sido duradera, ni hubieran llegado á reducir á los que
se hallaban diseminados por los bosques, sin sociedad
ni sujeción, los cuales formaban entonces la mayoría
de los indígenas procedentes de la casta malaya.
Pero lo que más ha honrado a los misioneros espa-
ñoles de las islas ha sido el tesón con que constante-
mente se han opuesto á las vejaciones é injusticias de
algunos hombres codiciosos é inmorales, que por des-
gracia de la humanidad no han faltado algunas veces.
A los principios tuvieron que lidiar con los encomen-
deros, y cuando desaparecieron éstos, lo han tenido
que hacer con otros, destinados para el gobierno y pa-
— 189 —
cificacion de los indígenas, y que abusaban á veces de
su autoridad y de su fuerza. Esta pugna ha causado
más disgustos á los celosos misioneros, que trabajaban
en la propagación de nuestra santa fe entre los indios,
procurándoles su dicha y bienestar. Algo se ha dicho
ya de la materia en este histórico bosquejo, y se verá
más adelonte que el mal cundia é iba en aumento. No
es esto una mancha para el Gobierno español, siempre
celoso y vigilante del bien de los que á su obediencia
se reducian, ni tampoco en general de los hidalgos es-
paíioles que han formado la clase de jefes de provin-
cias, pues muchos han tratado á estos naturales como
padres y protectores de ellos, y me complazco en de-
jarlo consignado.
Durante el gobierno del Sr. Sande se fundó en Fi-
lipinas la apostólica provincia de San Gregorio Magno,
de los PP. Franciscanos. El destino de sus primeros
fundadores era ir á predicar el Evangelio á las islas de
Salomón y Nueva Guinea, que los españoles en aque-
llos tiempos empezaban á reducir; mas estando su mi-
sión esperando por momentos en Sevilla la salida de
las naves que debian conducirla, el Rey varió de pen-
samiento y la destinó á las islas Filipinas, en donde ha-
bla tantos pueblos que convertir y tanta escasez de ope-
rarios. Por Julio de 1576 se hizo á la vela de aquella
capital, y después de un viaje muy penoso, en el que
murieron algunos misioneros, que fueron reemplazados
en la Nueva España, llegó á Manila, compuesta de so-
los diez y seis, el dia 24 de Junio de 1577. En esta
ciudad fueron honrosamente recibidos de las autorida-
des y vecinos, y los PP. Agustinos, que hasta entón-
r
— 190 —
ees habían sido solos en las islas, los hospedaron como
hermanos en sus conventos de Tondo y de la capital,
ínterin se les estaba disponiendo casa propia. Luego
fueron destinados á las provincias de llocos, Pangasi-
nan. Camarines, Laguna de Bay, Panay y Cebú, se-
gún su cronista (part. i.^, lib. 11, cap. xviii), en don-
de empezaron sus misiones. Según el mismo, llegaron
estos Padres á- Manila en el tiempo de la mayor nece^
sidad de operarios evangélicos; porque asegura que
no habia más en Filipinas que diez religiosos Agusti-
nos, á quienes era absolutamente imposible convertir
y conservar en la fe á los naturales de las islas, que ya
entonces estaban casi todas descubiertas y sujetas á la
obediencia del Gobierno.
Hasta entonces habian usado los PP. Agustinos de la
facultad o??í?iímoda en todos aquellos casos en que no se
requiere orden episcopal, concedida por la Santidad de
Adriano VI á los religiosos misioneros ocupados en la
conversión del Nuevo Mundo; y los mismos fueron
jueces delegados de la Silla Apostólica, según los privi-
legios concedidos por Paulo IIL Ninguna duda se ha-
bia ofrecido acerca de estos puntos, habiendo ejercido
siempre su delegada facultad los expresados religiosos
cuando la necesidad y utilidad de las misiones lo pe-
dian; mas el Sr. Arzobispo de Méjico, como diocesano
más inmediato de los dominios españoles, empezó á
perturbarlos en el uso de estas facultades con el nom-
bramiento de juez delegado que despachó en favor de
dos sacerdotes seculares, para que ejerciesen su juris-
dicción en todas las islas Filipinas. Los PP. Agustinos
se opusieron á esta disposición, que infringía sus más
— 191 —
terminantes privilegios, y se presentaron desde luego
al Gobernador, para que, como vice-patrono regio, los
amparase en sus derechos. Luego que se terminó aque-
lla competencia, el provincial de Agustinos renunció
el cargo de juez delegado de S. S. en la persona del pa-
dre Custodio de la provincia de San Gregorio, y éste
lo ejerció hasta la llegada del primer obispo de las is-
las, que sucedió pocos años después.
El gobierno de D. Francisco Sande fué uno de los
más tranquilos y gloriosos de las islas. Procuró este
iefe la reducción de muchos pueblos, contuvo los ex-
cesos de los encomenderos, protegió paternalmente
las misiones, y cuando se estaba disponiendo para su-
jetar las islas del Moluco, llegó á Manila D. Gonzalo
Ronquillo, nombrado por S. M. gobernador propieta-
rio de esta capital é islas Filipinas, que tomó posesión
de su cargo en Abril de 1580. Una de las primeras
disposiciones de su gobierno fué reunir á los chinos,
que ya entonces venian á millares á Manila tras del oro
de la Nueva Espaíia, bajo los caííones de la fuerza en
Bay-bay, entre el rio Pasig y el pueblo de Tondo, vi-
gilados por un alcaide. Con esta medida tan prudente,
se precavian las inquietudes que podian causar disemi-
nados, y se evitaban al mismo tiempo los escándalos
que con sus idolatrías clandestinas podian causar á los
neófitos, poco cimentados todavía en la fe. Luego se
vio en la necesidad de reponer al rey Sirela en su tro-
no de Borneo, del que habia sido despojado otra vez
por su hermano, protegido por algunos portugueses
descontentos, capitaneados por un tal Brito. El capitán
Ribera tué á desempeiiar esta importante comisión,
— 192 —
que concluyó en breve tiempo felizmente y luego re-
gresó á Filipinas con su gente.
En Marzo del año siguiente de 1581 llegó á Ma-
nila el limo. Sr. D. Fr. Domingo Salazar, de nuestra
Orden, consagrado primer obispo de todas las islas Fi-
lipinas. Con él llegaron también una misión de Fran-
ciscanos, los cuatro primeros jesuítas, dos sacerdotes
y dos coadjutores, que fundaron en Manila, y un reli-
gioso de nuestra Orden, que fué provisor del ilustrísi-
mo prelado y misionero de Bataan (i). Poco después
de haber tomado posesión de su iglesia, se dedicó á la
reforma de las costumbres, y trató de remediar varios
abusos que la costumbre autorizaba; lo que le causó más
de una vez disgustos muy pesados. Mas no por esto de-
jaba de aplicar el cauterio cuando lo exigia la dolencia.
En vista de los males que por sí solo no podia reme-
diar, echó mano de los medios que la disciplina ecle-
siástica ofrece; y al efecto convocó un sínodo, al que
asistieron los religiosos y clérigos más doctos y celosos
de las islas, y se trataron algunos puntos de grave im-
portancia para el mejor gobierno de la iglesia y misio-
nes de las islas.
Más tarde causó alguna turbación á los PP. misio-
neros con motivo de haberlos querido sujetar á la vi-
sita; pero como su pretensión procedía de un verdade-
ro celo por el cumplimiento de su deber, desistió de
su empeño tan luego como conoció los pareceres de
los religiosos doctos de la Nueva España, en que pro-
(1) Llamábase P. Fr. Cristóbal de Salvatierra, hombre muy docto.
— 193 —
baban la exención de los misioneros regulares, y la le-
gitimidad de sus facultades y privilegios , en orden á la
administración de los santos sacramentos á los indios,
y conversión de los infieles, con independencia de la
autoridad diocesana. Esta pretensión, que después re-
novaron algunos 'obispos de las islas, ha dado mucho
que hacer á las provincias religiosas de las mismas, á
cuya organización parecía más conforme el carácter de
misioneros que de párrocos; hasta que por fin acepta-
ron y recibieron dicha visita diocesana, interviniendo
al efecto el acuerdo de la Santa Sede. Nadie que tu-
viese noticia de las virtudes eminentes de este venera-
ble obispo de Manila, y del afecto con que miraba á
los PP. misioneros, hubiera dicho que con esta medi-
da trataba de causarles la menor inquietud, ni perju-
dicarles en sus derechos; porque sabía que eran dignos
de todas las atenciones, por el celo infatigable con que
procuraban la propagación del Evangelio. No pudo te-
ner en esta parte otras miras que salvar las preeminen-
cias de la dignidad episcopal y la tranquilidad de su
delicada conciencia, pareciéndole que hallándose pre-
sente el Ordinario, á quien se podia recurrir, debia ce-
sar la potestad delegada: por esto, aun los que podían
mirarse como partes hacen justicia á la sana intención
con que procedía en el asunto.
El 2 1 de Diciembre del mismo año de su llegada
erigió la iglesia catedral, en virtud de una bula de Gre-
gorio XIII; le dio constituciones y ordenanzas pecu-
liares y la tituló de la Purísima Concepción. Creó su
cabildo, compuesto del deán, cuatro dignidades y otras
tantas canongías, dotadas por el Real erario, cuya ren-
TOMO I. 13.
— 194 —
ta, así como la del Arzobispo, ha variado con el tiem-
po. La fábrica, que se principió en este año, y se acabo
durante el gobierno de D. Gómez Pérez Dasmaririas,
se arruinó con los temblores de la noche de San An-
drés en 1 645 , y se volvió después á levantar con más
solidez y elegancia ( i ).
VI.
Los males que los PP. misioneros deploraron desde
que se repartieron en encomiendas los indios tributan-
tes, y que tantas lágrimas de sangre hicieron derramar
en otro tiempo á los religiosos de la Orden en la isla
española, si bien habian sido remediados en parte, no lo
fueron totalmente, y volviendo á reproducirse con más
fuerza, necesitaban de una mano poderosa para ser efi-
cazmente reprimidos. Abusando algunos encomende-
ros de esta merced del Soberano, no podian tolerar las
saludables amonestaciones de aquellos á quienes estaba
confiada la defensa de estos pueblos. Uno habia en
Mindanao, llamado Blas de Laserna, que era tan es-
tragado en sus costumbres como duro é inhumano
con sus encomendados; y por consecuencia era ene-
migo de los PP. misioneros; que no podian tolerar sus
escandalosos hechos. Este, pues, tan mal español como
peor cristiano, se estrelló con un religioso Agustino, y
dio harto que sentir al prelado de Manila. Cansado de
(i) En la actualidad se halla en ruinas por efecto del terremoto del 3 de
Junio de 1863.
— 195 —
oír las amonestaciones de aquél, que no cesaba de ad-
vertirle su deber de tratar con humanidad á sus enco-
mendados, ampararlos, darles buen ejemplo y procu-
rar que aprendiesen la doctrina cristiana, según S. M.
le prevenia, lejos de seguir sus consejos, hacia de pro-
pósito lo contrario, con el fin de apurar su paciencia,
tratando como esclavos á los indios y viviendo públi-
camente amancebado con una india. Obstinado siem-
pre más en sus excesos, llegó por fin el caso en que
el P. misionero creyó que debia echar mano de las ar-
mas que la Iglesia le habia confiado; y en su conse-
cuencia, después de las amonestaciones oportunas, le
excomulgó públicamente. Esta saludable medicina, le-
jos de aprovechar á un enfermo que ya estaba desahu-
ciado, lo precipitó á rebelarse contra el juez, maltra-
tándole delante de los indios. Noticioso el Obispo del
atentado de Laserna, procedió criminalmente contra
él, y lo hizo traer á la capital para juzgarlo y castigar-
lo según el resultado de la causa. Ronquillo, que no
guardaba la mejor correspondencia con el prelado, en
vez de auxiliarlo, como debia, favoreció la obstinación
del criminal. Instado por los amigos de Laserna, se vol-
vió contra todos los PP. misioneros para causar más
sentimientos al prelado, adoptando medidas odiosas
que tendian á sujetarlos al favor que los encomen-
deros quisiesen dispensarles. Pero no faltaron tampo-
co hombres justos entre los mismos encomenderos,
que disuadieron á este jefe de llevar á efecto aque-
llas sugestiones, saliendo en defensa de los PP. misio-
neros, sin los cuales, no dudaban afirmar que ningu-
no sería capaz de recoger los frutos de sus encomien-
— 196 —
das. Por entonces se serenó algún tanto la borrasca,
porque Ronquillo desistió de sus intentos; pero no por
esto cesaron los disgustos, porque su causa todavía sub-
sistia. El Provincial de Agustinos, en vista de los ma-
les que se seguían á la causa de la fe, y padecimientos
de los PP. misioneros de su obediencia, se embarcó
para Méjico, y de allí se presentó al Rey en nombre
de su provincia, manifestándole la injusticia con que se
les perseguía, y la necesidad de abandonar las islas , para
lo cual le pedia desde entonces el permiso competente
para regresar con todos ellos á la Nueva España. S. M.,
enterado de sus quejas, le escribió una Real carta, con
fecha 1 8 de Junio de 1582, por la cual le ofrecía el re-
medio deseado y lo animaba á la perseverancia. Al mis-
mo tiempo escribió otra á Ronquillo, mandándole la
más rigorosa observancia de las cédulas reales despa-
chadas en beneficio de los indios, y que tratase con
amor y suavidad á los religiosos, y les ayudase en su
empresa para llevar adelante la civilización cristiana de
estos países.
Por este mismo tiempo empezó á reducirse á la obe-
diencia del Rey la gran provincia de Cagayan, que
hasta entonces sólo había sido visitada de paso en sus
playas por el valiente y laborioso D. Juan Salcedo. La
empresa se confió al capitán D. Pablo Carrion, con
motivo de la llegada de una escuadra de japones, man-
dada por el corsario Tayfusa (i), á las playas de la
desembocadura del rio Ibanag. Salió aquel jefe de Ma-
nila con los auxilios que se conceptuaron necesarios de
(i) Tayzufu le llama la 4/ parte de nuestra Historia.
— 197 —
gente y municiones, acompañado del P. Fr. Cristóbal
de Salvatierra, religioso de la Orden, compañero v
provisor del obispo de las islas, y un religioso Agus-
tino, según afirma el P. Gaspar de San Agustin. El
éxito de la jornada correspondió á las esperanzas de
Ronquillo, porque los japones, después de un tenaz
combate, fueron desalojados, y Carrion se quedó en la
provincia para sujetarla á la obediencia del Gobierno.
Fundó la ciudad de la Nueva Segovia en el pueblo de
Lal-lo, como se dirá más largamente, tratando de la
entrada de nuestros religiosos en la misma provincia,
para reducirla al gremio de la fe.
Otra expedición se hizo durante el gobierno de
Ronquillo, cuyo funesto resultado abrevió la carrera
de su vida. Habia en aquel tiempo un decidido empe-
ño en Manila para posesionarse de la isla de Ternate,
la más considerable de las Molucas; porque se temia
con mucho fundamento que tanto ella como sus ad-
yacentes cayesen en manos enemigas, y de allí exten-
diesen su poder á las islas Filipinas, que todavía no
estaban suficientemente aseguradas. Para esta jornada
se aprestaron tres galeones de guerra y cincuenta cara-
coas (i) perfectamente pertrechadas, que debian con-
ducir trescientos soldados españoles, y mil quinientos
indios de las provincias más belicosas de las islas. Salió
la escuadra de Manila, pasando por Borneo, con el
doble objeto de limpiar la travesía de los muchos pi-
ratas que la infestaban, y hacer escala en la isla de
Muriel para asegurar á sus naturales en la obediencia
(i) Caracoas, una especie de esquifes ó embarcaciones ligeras.
— 198 —
de D. Pedro de Lima, su gobernador. De allí pasó sin
dificultad á la de Ternate; se hizo el desembarque fe-
lizmente, se asestó la artillería contra la capital, y se la
batió con mucho acierto. La plaza hubiera caido muy
pronto en manos de los nuestros, si la malignidad del
clima no pelease contra ellos. En breve se apoderó del
campo el berbén, enfermedad endémica de esta isla,
con la cual se hinchan los que la contraen, se les en-
torpecen los miembros, y en llegando al corazón mue-
ren al momento. Al ver los cabos que ya no tenian la
tercera parte de la gente disponible, resolvieron, de
común acuerdo, levantar el sitio y regresar con los en-
fermos á Manila, como lo efectuaron, abandonando
por entonces la empresa.
Ronquillo se afectaba demasiado por los reveses que
sufria : las medidas que tomaba eran, al parecer, muy
acertadas, y sus intenciones sanas; pero los resultados
solian por lo regular ser infelices. El mal éxito que
tuvo la costosa expedición á la isla de Ternate, las in-
terminables disensiones entre misioneros y encomen-
deros, y otras desazones que tuvo en su gobierno, le
causaron una profunda melancolía, que le quitó la vida
á los seis meses, después de haber gobernado tres años
solamente. Parece que las desgracias no le dejaron des-
cansar ni siquiera en el sepulcro, porque mientras se
estaban celebrando sus exequias en la iglesia de pa-
dres Agustinos en Marzo de 1583, se incendió el ca-
tafalco, se abrasó el templo y, comunicándose el fuego
á la población, en breve redujo á cenizas las dos ter-
ceras partes de la ciudad.
Entre los papeles del difunto se halló una cédula
— 199 —
real, en la que se disponía que por su fallecimiento,
pasase el gobierno de estas islas, en interinidad, á su
sobrino D. Diego Ronquillo, quien tomó desde luego
posesión de su destino, y empezó á gobernar con el
mayor acierto. Su primera disposición fué mandar que
la nao despachada para Acapulco, que habia arribado á
las costas de China, prosiguiese su viaje, en el cual
consistía entonces la suerte de los vecinos de Manila.
Auxilió á los portugueses de las Molucas, que se halla-
ban en el mayor conflicto, por todas partes acosados, y
pacificó muchos pueblos de las islas de su mando, que
se habían sublevado con motivo de los excesos que al-
gunos encomenderos cometían. Este mal, de tan difícil
remedio y de tanta trascendencia, fué el que más lla-
mó su atención, pues dictó al momento las más serias
y prudentes providencias, con las cuales muchos de los
pueblos sublevados volvieron á la obediencia del Go-
bierno, en provecho de los mismos que los habían es-
quivado con sus inoportunas é injustas exigencias. Su
gobierno fué demasiado corto para que con su influjo
las islas Filipinas pudiesen llegar al colmo de su pros-
peridad, como deseaba; pero las esperanzas de los bue-
nos españoles se fundaban en el gobernador propieta-
rio que le sucedió, y llegó á Manila en Mayo de 1584.
Era este ilustre español D. Santiago de Vera, cuyo
gobierno fué muy pacífico y glorioso. Trajo la comi-
sión de fundar la Real Audiencia, cuya jurisdicción
debía comprender las islas Filipinas y Molucas (i), y
(i) Véanse las Reales Cédulas do 5 de Mayo de 1583 y 25 de Mayo
de 1589, que forman la lev l i, tít. xv, lib. 11 de la Recopilación de Indias.
200
con él llegaron los primeros oidores D. Melchor Aré-
valo y D. Pedro Rojas, ambos licenciados en dere-
cho, y el fiscal de S. M., D. Gaspar de Ayala. Fun-
dóse el tribunal según las instrucciones que S. M. ha-
bia dado al nuevo Gobernador, y desde luego empezó
á funcionar conociendo en los asuntos contenciosos,
civiles y criminales, á excepción de los de patronato,
militares y gubernativos, que se reservaron al Gober-
nador.
No tardó Vera en saber los desórdenes que algunos
encomenderos impunemente cometian, en perjuicio de
la pública tranquilidad, y deseoso de remediarlos, apli-
có su atención á este interesante punto. El Obispo, que
habia llorado tantas veces estos males, por los daños
que resultaban á la fe de sus ovejas, procuraba esti-
mular su celo en esta parte. Afortunadamente habia
recibido el Prelado una Real cédula en la que S. M.,
después de haber hecho una reseña de los abusos refe-
ridos, le rogaba y encargaba que tuviese particular
cuidado en ver y atender que se cumpliese lo ordena-
do y lo que en adelante se ordenare en beneficio de
los indios; mandando en la misma á los vireyes y go-
bernadores que castigasen con rigor á los trasgresores
de las disposiciones despachadas en beneficio de los
mismos. A consecuencia de los excesos indicados, pro-
cedió el Gobernador contra D. Bartolomé de Ledes-
ma, encomendero de Abuyoc, y algunos otros muy
culpables, á quienes quitó las encomiendas. Desde en-
tonces el aspecto de las islas ya se presentaba más ri-
sueño, porque los demás se moderaron, y los ministros
del santo Evangelio ya podian trabajar con más satis-
20I
facción en sus misiones. A los tres años de haber lle-
gado el Sr. Vera á Manila, llegaron también los fun-
dadores de la Provincia del tantísimo Rosario, á cuya
historia voy á dar principio, sin omitir en ella los su-
cesos más notables de las islas, que han tenido alguna
relación con sus individuos y misiones.
PLAN GENERAL
DE LA
HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
DE FILIPINAS.
Dada la idea general histórica de los tiempos que
precedieron á la fundación de la Provincia del Santísi-
mo Rosario en estas islas, vamos á concretar la narra-
ción al desenvolvimiento de los hechos que constitu-
yen propia y especialmente su historia, sin omitir, como
ya queda indicado, las conexiones que aquéllos puedan
tener en el país con la marcha y desarrollo común de
los sucesos que pertenecen al dominio de su historia
general.
División. — Para seguir con mayor claridad y des-
embarazo la marcha de los acontecimientos que van á
ser el objeto de nuestra sencilla narración, dividiremos
esta Historia en once libros, bajo el programa siguiente.
El primero da principio con la fundación de esta
Provincia por los años de 1587, y concluye con el
capítulo provincial celebrado en 1602, en que se acor-
dó enviar misioneros de la Orden al imperio del
Japón.
— 104 —
El segundo comprende desde esta fecha hasta el
capítulo provincial celebrado en el año de 1619,7 da
razón de los trabajos, persecuciones y martirios de
aquella cristiandad; bien así como de la fundación de
varias casas de la Orden en esta Provincia.
El tercero continúa los sucesos de la persecución
cristiana en el Japón, habla de nuestra primera misión
de Formosa y de las cuestiones de competencia susci-
tadas entre las autoridades de estas islas.
El cuarto comprende la historia del origen y perse-
cuciones primitivas de nuestra misión en China, la
sublevación de los sangleyes en Manila, y las tentativas
de los holandeses para apoderarse de estas islas.
El quinto continúa hablando de los trabajos y vici-
situdes de nuestras misiones de China y Formosa; re-
fiere la nueva sublevación de los chinos en el Parian,
y el resultado de las famosas controversias sobre los
ritos de China.
El sexto comprende el origen y primeras persecu-
ciones de nuestra misión del Tung-kin, los trabajos y
la administración espiritual de la provincia de Zamba-
Íes por nuestros misioneros, y las disidencias del señor
Pardo con la Real Audiencia.
El séptimo trata de nuestras misiones en Cagayan,
de los progresos de nuestra misión en el Tung-kin,
gestiones del Sr. Camacho sobre la visita diocesana de
los curas regulares en estas islas, y persecución cruel
de nuestras misiones en el Tung-kin.
El octavo se refiere á las nuevas gestiones entabladas
sobre los ritos de China, y confirmación de los decretos
anteriores sobre dichas controversias, al alzamiento de
— 205 —
Cagayan, y á los progresos de las misiones en estas
islas.
El noveno da principio con los grandes trabajos de
nuestros misioneros en el país de los Isinayes; habla
del proyecto y resultado de la traslación de los Batanes
á la provincia de Cagayan , y de las persecuciones y
martirios de nuestros misioneros en China. Concluye
con la toma de Manila por los ingleses.
El décimo trata de los males y perturbaciones que
dejara en pos de sí la guerra de los ingleses, habla de
los procesos incoados sobre los mártires de China y
Tung-kin; del arreglo definitivo de los pueblos de
Batanes, y de la devolución de los curatos á los regu-
lares, que los hablan dejado al clero con motivo de la
visita diocesana.
El undécimo se refiere al estado floreciente de la
misión de Tung-kin, después de las pasadas persecu-
ciones. A continuación reseña otra cruenta persecución
en aquel reino; habla de los edictos contra la religión
cristiana y nuestros misioneros en la China, de la in-
surrección de Novales, y de los mártires que fijeron
víctimas de la sangrienta persecución en el Tung-kin,
por los años de 1838, 39 y 40.
Estos once libros se dividirán, á su vez, en breves
períodos, que, condensando los hechos en grupos de-
terminados, habida consideración al tiempo, al lugar,
á las personas y demás afinidades especiales que pue-
dan ligarlos entre sí, seguirán sin dificultad y sin vio-
lencia el curso natural de los sucesos que se irán des-
envolviendo á nuestra vista, á medida que se avance
en el campo circunscrito de esta historia. Ha parecido
— 2o6 —
más conveniente acomodar la narración á esa relación
y afinidad más ó menos compleja de los hechos, que
á un método cronológico rigorosamente exacto. Mas
como quiera que no era dable el prescindir absoluta-
mente de la razón de los tiempos, ni seguir demasia-
do lejos el encadenamiento de las cosas en un orden
determinado de sucesos, perdiendo tal vez de vista el
resto del panorama que se debe ir desenvolviendo si-
multáneamente en el curso de esta obra, ha sido ne-
cesario alguna vez cambiar repentinamente las deco-
raciones de la escena, para reanudar todos los hilos de
la narración histórica.
El apéndice no entra en este plan general.
HISTORIA
DE LA
PROVINCIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
DE FILIPINAS.
LIBRO PRIMERO.
PRIMER PERIODO. — COMPRENDE LA FUNDACIÓN DE ESTA PROVINCIA
y LOS PRIMEROS TRABAJOS DE LOS MISIONEROS, HASTA EL PRIMER CAPÍTULO
PROVINCIAL, CELEBRADO EN I 588.
CAPÍTULO PRIMERO.
El Sr. obispo Salazar parte con una misión de religiosos de la Orden para
Manila, y mueren casi todos en el viaje. — E! P. Fr. Juan Crisóstomo es
enviado desde Méjico á Madrid y Roma para organizar la fundación de la
provincia. — Es despachado favorablemente por el General de la Orden y
por el Papa. — Halla dificultades en Madrid á su proyecto. — Sus motivos.
— Obtiene finalmente el permiso de S. M. para embarcar una misión. —
Su viaje hasta Sanlúcar. — Contradicciones que padecen los primeros funda-
dores.— Llegan á Vera-Cruz y enferman en la Puebla. — Son tentados en
Méjico á fijar allí su residencia, y el P. Alonso Sánchez trata de impedir
la prosecución de su viaje. — El Virey permite que se embarquen hasta
veinte. — Ordenaciones primordiales de la provincia. — Se embarcan tres
de los fundadores para Macao y quince para Manila. — Viaje de los pri-
meros.— Fundan un convento en aquel puerto y son expelidos para Goa.
— Dos de ellos prosiguen su viaje hasta España, v el uno funda un colegio
en aquella capital. — Viaje de los quince. — Padecen una tormenta antes
de llegar á la bahía de Manila. — Su entrada en esta capital. — El señor
Obispo los hospeda en su palacio. — Primera fiesta de nuestro Santo Ro-
sario.
! . Gobernaba santamente la iglesia de Manila su pri-
mer obispo, el limo. Sr. D. Fr. Domingo Salazar, cuan-
do nuestros religiosos llegaron á las islas Filipinas para
— 2o8 —
fundar la provincia del Santísimo Rosario. Aquel pre-
lado habia sido promovido á esta silla por el piadoso
rey D. Felipe II, á la sazón en que negociaba asuntos
importantes en favor de los indios de Nueva España,
como protector de ellos. Habia aceptado la nueva dig-
nidad, forzado por las circunstancias, y con la espe-
ranza de emplear el resto de sus dias en beneficio de
infieles y cristianos nuevamente convertidos. Noticioso
de la mies abundante que habia en su Iglesia y de la
escasez de operarios, sus primeras diligencias se enca-
minaron a procurarse algunos religiosos celosos de la
Orden, para destinarlos á la conversión de los gentiles
que abundaban todavía en el vasto país de esta su ju-
risdicción. Obtuvo, en efecto, una lucida misión, con
la cual se embarcó alegremente en el nombre del Se-
ííor; pero en la navegación se apoderó la peste de la
nave que los conducia, y murieron casi todos antes de
llegar á Nueva España. Los que sobrevivieron, enfer-
mos y desanimados; no se atrevieron á proseguir el viaje
hasta Manila (i). Sólo el P. Fr. Cristóbal de Salvatierra
acompañó al limo. Prelado, á quien sirvió después de
provisor de la diócesis y de gobernador en su ausencia.
2. No perdió el Sr. Salazar las esperanzas de ver á
sus hermanos radicados en las islas Filipinas , porque ha-
biendo consultado sus nobles sentimientos con los Pa-
dres que regian la provincia de Méjico, halló entre ellos
la más favorable acogida. Desde luego se determinaron
(i) Sólo sobrevivieron dos, como se dirá más adelante; y de estos dos el
uno era el mismo P. Salvatierra. Sólo, pues, se t|uedó uno en Nueva España
por enfermo, y éste fué el P. Fr. Jerónimo García.
• — á09 —
4 nombrar un hábil religioso que pasara a las cortes de
Madrid y Roma para negociar la fundación de una
provincia religiosa, cuyo principal objeto habia de ser
propagar la fe en las islas Filipinas y reinos circunve-
cinos. Éste fué el P. Fr. Juan Crisóstomo, hijo del
convento de San Pablo de Sevilla, en quien se reunían
las circunstancias que una comisión tan espinosa re-
quería. Se le dieron los despachos necesarios y cartas
del Obispo, y entregado en manos de la divina Provi-
dencia salió de Nueva España, con dirección á la Pe-
nínsula, en 1 58 1. Puesto en la corte, trato del impor-
tante fin á que habia sido enviado, y cuando sus ne-
gocios presentaban el aspecto favorable que podia pro-
meterse, se partió para Italia. En Bolonia halló al
maestro de la Orden, que lo era á la sazón el reveren-
dísimo P. Fr. Pablo Constable de Ferrara, á quien co-
municó el fin de su llegada y los despachos que lleva-
ba. Halló en S. Rma. la disposición que debia esperar,
porque bien informado de las bases, sobre las cuales
habia de cimentarse la proyectada fundación, le otor-
gó cuanto pedia. En 14 de Julio de 1582 despachó
el Rmo. sus letras de oficio, autorizando al P. fray
Juan Crisóstomo para reunir una misión de treinta re-
ligiosos de las provincias de España, y fundar conven-
tos é iglesias en las islas Filipinas, é imperio de Chi-
na, bajo el tenor de vida con que fué instituida la pro-
vincia de Santiago de Méjico : concediendo á esta pro-
vincia que fundasen, los mismos privilegios que los
antiguos generales de la Orden hablan concedido á
aquellas, á excepción de no poder por ningún caso ni
pretexto retener, ni impedir sus letras ni preceptos, ni
TOMO I. 14.
— lio —
apartarse de la llana obediencia y cumplimiento de los
mismos. También lo nombraba su vicario con las fa-
cultades de que gozan los provinciales de la Orden,
autorizándole para poder comunicar el mismo cargo á
otro religioso, en caso de muerte ú otro impedimento;
prohibiendo en las mismas á los provinciales, presiden-
tes de los conventos, y á cualesquiera religiosos de su
obediencia, con precepto formal y pena de excomu-
nión mayor ¡at¿e sententia^ el que pudiesen impedir al
expresado vicario general y religiosos que eligiere de
su santo propósito, ni les molestasen de manera alguna.
3. Obtenida la licencia del maestro general de la Or-
den, se trasladó el P. Crisóstomo á Roma para la con-
clusión de sus negocios. A su llegada visitó al cardenal
protector de la Orden, y luego tuvo una larga confe-
rencia con la Santidad de Gregorio XIII, que á la sa-
zón regía la Iglesia, quien le otorgó un breve, con fe-
cha 15 de Setiembre del mismo año, en el cual con-
cedía indulgencia plenaria á todos los religiosos que se
embarcasen para la provincia que habia de fundar en
las Indias Orientales, y facultad de ser absueltos una
vez por cualesquiera sacerdotes deputados por sus pre-
lados para oir confesiones de todos sus pecados y cen-
suras reservadas a la Santa Sede , y de todas las irregu-
laridades en el fuero de la conciencia. Dióle otras mu-
chas gracias y reliquias preciosas, y lo despidió con su
apostólica bendición.
Entre tanto falleció el Rmo. Constable, y temeroso
el P. Crisóstomo de que se ofreciese alguna dificultad
en la ejecución de sus despachos, procuró por medio
del cardenal protector que S. S. lo.s confirmase, lo que
CL\ I
obtuvo sin la menor oposición , con la circunstancia de
haber extendido á su provincia los mismos privilegios
de que gozaban las de Méjico y Chiapa. El Vicario
general de la Orden , que abundaba en los mismos sen-
timientos que el Rmo. difunto, aprobó también la
concebida fundación, y dio á su vicario una carta muy
piadosa, á fin de animar á los religiosos que quisiesen
alistarse para llevar á cabo una empresa tan conforme
al espíritu de la Orden.
4. Despachado el P. Crisóstomo á medida de su gus-
to, trató de trasladarse á Madrid, en donde creia que
poco le quedarla que hacer; pero el éxito no corres-
pondió á sus deseos. ¿Quién pensara que, después de
haber obtenido sus despachos tan favorablemente, ora
de S. S., ora de la cabeza de la Orden, habla de ha-
llar oposición á su proyecto en la corte española? Los
misioneros que á la sazón ya trabajaban en las islas no
podían atender á todas las conversiones comenzadas:
el Gobernador estaba convencido de que sin el auxilio
de un mayor número de religiosos no era posible man-
tener á los indios sumisos á su rey; el Obispo clamaba
por la venida de nuevos operarios; y sin embargo, al
llegar el procurador de la provincia á la corte, halló
todos los pasos obstruidos para llevar á cabo sus santas
pretensiones. Se le denegó el permiso que solicitaba
para embarcar religiosos de la Orden y mirando como
desesperado el negocio, se retiró á su convento, re-
suelto á terminar allí su trabajada vida. No estuvo, sin
embargo, ocioso en Sevilla : por disposición de su pre-
lado se dedicó á la instrucción de los novicios, y entre
tanto no cesaba de pedir á Dios se dignase allanar las
— lii
dificultades que los hombres oponían á la obra, que
conceptuaba muy útil á su santo servicio. Sus ruegos
fueron sin duda atendidos en el tribunal de la clemen-
cia divina; porque, movido por un impulso interior,
ignorando todavía que el estado de sus cosas hubiese
cambiado de aspecto, se presentó de nuevo á la corte,
y en breve consiguió cuanto antes se le habia dene-
gado.
5. No es difícil adivinar cuáles fueron los motivos
que entorpecieron en Madrid los negocios del P. fray
Juan Crisóstomo. Las Filipinas habian sido muy costo-
sas al erario, sin esperanzas de poder cubrir en mucho
tiempo lo que anualmente se expendía para su conser-
vación. Enviábanse soldados, oficiales y PP. misioneros
á costa del Estado, y los políticos, que sólo atendían á
los intereses de la tierra, miraban con indiferencia la
propagación del santo Evangelio en unos países tan re-
motos. El Monarca piadoso, por el contrario, estaba
empeñado en conservar y mejorar unos dominios que
tantos afanes habian costado á su solicitud; y si bien
bastaran sus deseos para vencer la oposición de sus mi-
nistros, las comunicaciones encontradas que se reci-
bían de Manila dejaban problemática la cuestión so-
bre si convenia enviar nuevos misioneros á las islas. El
Obispo, el Gobernador y las dos corporaciones reli-
giosas existentes (i) instaban por un número mayor
de operarioe evangélicos; pero algunos españoles, parti-
(i) Eran ya tres las corporaciones religiosas que existían en estas islas, si
por corporación pueden contarse dos solos jesuítas que habia á la sazón en
Manila.
— 213 —
cularmente de aquellos que poseían encomiendas, á cu-
yos excesos se oponían los misioneros, lo repugnaban;
y la Real Audiencia, neutralizando los partidos, acon-
sejaba que las remesas de misioneros fuesen moderadas.
En esta pugna estaban los negocios de las islas cuando
el P. Crisóstomo llegó de Roma á Madrid.
6. A pesar de los obstáculos que los cortesanos opu-
sieron al P. Fr. Juan Crisóstomo, obtuvo el Real per-
miso para embarcar una misión de veinte y cuatro re-
ligiosos que reunió de las provincias de Espaíia, ocho
de los cuales eran del convento de Valladolid, y entre
ellos se contaban dos lectores actuales de teología y dos
de artes. La cédula Real en favor de los nuevos misio-
neros fué despachada en Tortosa á 30 de Mayo de
1685, y son dignos de notarse los términos con que
S. M. se expresaba. Hablando en ella con el Globerna-
dor de Filipinas, le decia : «El P. Fr. Juan Crisósto-
mo, de la Orden de Santo Domingo, va á esas islas,
y lleva veinte y cuatro religiosos de su Orden, con
el fin de plantarla en ellas, y gran deseo, según me
han significado, de ocuparse en la doctrina y enseña-
miento de los naturales é idólatras que no tienen co-
nocimiento de nuestra santa fe católica; y para esta
tan santa y apostólica empresa se han movido muy
ejemplares y doctos religiosos, como tengo relación
que lo son los que van en esta compañía; y porque mi
voluntad es ayudar para conseguir el fin de su preten-
sión tan piadosa, y de tanto celo del servicio de nues-
tro Señor, y propagación de su santa ley evangélica, os
mando les ayudéis, honréis y favorezcáis, consolándo-
los y animándolos mucho á la perseverancia, para que
214 —
se haga fruto, y el demonio no pueda poner estorbo
en ello.» Con este favor del católico Monarca, y confia-
dos, sobre todo, en el auxilio del cielo, empezaron los
nuevos misioneros su viaje desde sus conventos á Sevi-
lla, para embarcarse en las naves de la flota que se es-
taban aprestando para el puerto de Vera-Cruz.
7. Desde luego empezaron á observar estos apostó-
licos varones el método de vida que después hablan de
practicar en sus destinos; hacian el viaje á pié, pedian
limosna en donde no habia conventos para hospedarse,
fundaban la cofradía del Rosario en las parroquias que
no la tenian, predicaban la divina palabra, y derrama-
ban por todas partes el olor de sus virtudes. Cuando el
P. Crisóstomo los vio juntos en Sevilla, admirado de
ver una comunidad tan respetable de sabios y venera-
bles religiosos, y penetrado de sus humildes sentimien-
tos, no pudo menos de avergonzarse en regirla, y en su
vista abdicó el oficio de vicario general en la persona
del P. Fr. Juan de Castro, que habia sido provincial
en Chiapa y Guatemala. Este venerable anciano, no
menos humilde que aquél, no pudo resolverse á reci-
bir sobre sus hombros una carga por otra parte tan
honrosa, hasta que á ruegos de los demás la admitió,
sujetándose á la voluntad de la cabeza de la Orden, en
cuya virtud obraba el P. Fr. Juan Crisóstomo, que así
lo disponía; el cual se reservó el trabajo de las nego-
ciaciones, que para personas recogidas, en tales cir-
cunstancias no dejan de ser muy engorrosas.
8. La misión estuvo reunida en Sevilla hasta la pró-
xima partida de la flota. Pasaron después los religiosos
á Sanlucar, en donde celebraron con gran devoción la
— 215 —
fiesta solemnísima del Corpus, y el día designado se
dispusieron para embarcarse en el navio que el P. Cri-
sóstomo habia fletado al efecto. En esta ocasión , parece
que el Señor quiso probar la constancia de los que se
mostraban tan celosos para la gloria de su nombre. En
Sanlúcar se embarcaron en un pequeño buque, para
trasladarse á bordo del navio que estaba fondeado en la
bahía de Cádiz, habiendo enviado por delante el equi-
paje en otra embarcación del mismo porte. Apenas se
hicieron á la vela, les sobrevino un viento muy duro,
que les obligó á saltar á tierra, y desde allí hicieron su
viaje á pié hasta el Puerto de Santa María. El barco
que llevaba el equipaje, no habiendo podido vencer el
viento, regresó al puerto de Sanlúcar, sin ser visto de
los PP. misioneros. Creyendo éstos que habia hecho su
viaje, volvieron á embarcarse y se presentaron al navio
que los habia de conducir á Nueva España; pero los
oficiales, al ver que no llevaban provisiones ni equipaje
alguno, no quisieron admitirlos, á pesar de sus protes-
tas, y los afligidos misioneros sé vieron precisados á re-
gresar, harto desconsolados, al puerto de donde habian
salido. Para su mayor pena y desconsuelo, aquella mis-
ma tarde la flota levó anclas y se hizo á la vela, que-
dando ellos en el puerto con pocas esperanzas de poder
realizar por entonces sus deseos.
9. El que no estuviese revestido de la conformidad
y celo de estos venerables, hubiera desde luego abando-
nado la empresa; porque, según el juicio de los hom-
bres, parecía imposible que por entonces pudiesen pro-
seguir su comenzada expedición; más ellos se pusieron
en manos de la divina Providencia, redoblando sus ora-
2l6
clones para que el Señor proveyese de remedio, si su
misión habia de ceder en mayor gloria de su nombre.
Para mayor prueba de su celo tuvieron en aquellos dias
otra clase de tentación más temible aún que la pasada,
porque se la veia revestida con capa de piedad. El ade-
lantado de Castilla, Duque de Medina-Sidonia, ha-
biendo tratado algunas veces con nuestros misioneros,
les habia tomado un singular afecto, y al verlos ahora
tan desconsolados, les propuso que si era de su gusto
les fundaria un convento con las rentas necesarias en
alguna de sus villas, para que allí pudiesen dedicarse á
la santificación propia y á la de sus vecinos. Nada más
conforme al fervor de aquellos religiosos que una pro-
posición tan ventajosa; pero como habian abandonado
ya todas las comodidades de la patria para entregarse
exclusivamente á la conversión de los infieles en los
países más remotos, agradecieron al Duque la merced,
y le significaron que Dios proveerla de remedio. Veri-
ficóse según sus esperanzas, porque á los tres dias vie-
ron regresar uno de los navios de la flota, para reco-
ger unas anclas que habia dejado en Cádiz por olvido.
¡Admirable disposición de la divina Providencia! En-
tonces se embarcaron sin la menor oposición, y ha-
biendo recogido el navio lo que le faltaba, se hizo
con nuestros misioneros á la vela el dia 17 de Julio
de 1586.
I o. Luego que dejaron el puerto, echaron de ver las
incomodidades que habian de sufrir en el viaje; porque
como el buque no estaba preparado para conducir á
tantos pasajeros, lleno como estaba de efectos mercan-
tiles, apenas tenía sitio para su tripulación. Sin embar-
— 217 —
go, nuestros fervorosos misioneros toleraban con santa
resignación estas molestias, y aun se alegraban en su-
frirlas, porque las miraban dirigidas al glorioso fin de
su empresa. Desde el primer dia arreglaron el método
de vida que habian de guardar en la navegación; se-
ñalaron las horas más acomodadas para el rezo y ora-
ción, y determinaron el tiempo necesario para el estu-
dio y descanso corporal. Acomodaron la mesa, com-
puesta de dos largos tablones, encima de cubierta; te-
nían lectura durante la comida, y observaban el más
rígido silencio, según las constituciones de la Orden.
Toda la tripulación miraba con asombro la regularidad
y ejemplo de aquella comunidad santa, y por su res-
peto cesaron bien pronto las blasfemias y palabras tor-
pes, tan frecuentes entre la marinería. En las pocas ho-
ras que se detuvieron en Canarias, el P. Vicario Ge-
neral celebró el santo sacrificio de la misa y administro
la comunión á los demás, cuyo acto, ejecutado con de-
voción y modestia religiosa, edificó á todos los presen-
tes. Antes de llegar á la isla de Ocoa, en donde el ca-
pitán determinó hacer aguada, les aconteció un lance
que los puso en gran consternación. Al preparar los
marineros el batel para saltar á tierra, se les incendió
el alquitrán , y la llama se propagó inmediatamente al
castillo y á las jarcias. Este suceso inesperado llenó de
un pánico terror á cuantos iban en la nave, sin saber
qué partido habian de tomar para librarse de la última
ruina. Afortunadamente ocurrió al P. Cobo echar una
manta mojada encima del caldero, con cuya diligencia
cortó la llama, y los demás pudieron fácilmente acu-
dir á otras partes, y apagar el fuego, que todavía no ha^
21
bía tomado mucho cuerpo. Libres del peligro, rindie-
ron las debidas gracias al Señor, y no pudieron menos
de ponderar la grave tribulación en que se habían vis-
to. En esta isla hallaron á los restantes buques de la
flota, que sin duda estaban aguardando á esta nave re-
zagada; cuya circunstancia no permitió á los religiosos
lavar su ropa, porque luego se hicieron á la vela en
prosecución de su vfaje. En aquella travesía sufrieron
recios temporales, que pusieron á la flota en el mayor
conflicto. En uno de ellos la nave que conduela á nues-
tros misioneros perdió el bauprés, y al izar la vela ma-
yor, se rompió la verga y mató á un joven pasajero,
que afortunadamente se habia confesado el dia ante-
rior. Al llegar á Vera-Cruz, hallaron faltar el navio,
cuyos oficiales no habían querido recibir á la misión en
Cádiz, habiendo desaparecido en aquellos temporales.
Los religiosos, al saber la triste novedad, adoraron ren-
didos las disposiciones de la divina Providencia, y tri-
butaron infinitas gracias al Señor por haberse dignado
librarlos de la muerte por unos medios tan ajenos de
los juicios de los hombres.
II. Fondearon, pues, en Vera-Cruz el dia 29 de
Setiembre, y se hospedaron en el hospital, por no ha-
ber otro lugar más acomodado para ellos en el puerto.
Allí fueron tratados con mucha caridad y alegría por
sus vecinos, quienes á porfía se esmeraban en obse-
quiar á los nuevos misioneros. Descansaron en este
puerto algunos días, sin dejar sus acostumbrados ejer-
cicios, y luego emprendieron el viaje para Méjico. En
la Puebla de los Angeles fueron caritativamente reci-
bidos por sus hermanos en el convento de la Orden;
219 —
pero como no habia local suficiente para todos en esta
santa casa, el provincial los repartió en otras á solici-
tud de sus prelados. Entonces sucedió que los que se
hablan conservado tan robustos entre las privaciones y
peligros de la mar, empezaron á enfermarse y decaer
en su salud. Murieron tres de la misión, y los demás
recuperaron la salud con el cuidado de los religiosos
del convento. Restablecidos ya perfectamente, prosi-
guieron su viaje hasta Méjico, en donde fueron asi-
mismo recibidos con extraordinarias demostraciones
de afecto, particularmente por los Padres de la provin-
cia de Santiago, quienes miraban como hija la provin-
cia que iban á fundar en Filipinas. También allí fueron
repartidos en varios conventos, cuyos prelados tenian
un placer especial en obsequiar á los recien llegados;
pero si en la Puebla hallaron enfermedades que les qui-
taron la salud, en Méjico fueron combatidos contra su
vocación y llamamiento. No faltaban en esta capital
personas que hablan vuelto de Manila, las cuales, para
cohonestar su inconstancia, vilipendiaban el país que
hablan abandonado, y ensalzaban á la vez las propor-
ciones y ventajas que ofrecían las Américas. A estas
voces desconsoladoras se agregaban las noticias que
otros descontentos escribían desde las islas adonde los
nuestros iban á fundar, y estas voces y noticias, confir-
madas de palabra por una persona grave que acababa
de llegar de Manila, comprometieron el fervor y el
ardiente celo de los fundadores de la provincia del
Santísimo Rosario.
12. La escala que los misioneros destinados para las
islas Filipinas solían hacer en la capital del Nuevo Mun-
220
do era un motivo poderoso para que muchos desistie-
sen de la prosecución de su viaje. Allí solian ponderar-
les las ventajas de la tierra, la escasez de misioneros y
los muchos infieles que podian convertir; por otra par-
te, las molestias sufridas en el viaje de mar y tierra
hasta allí solian acobardarlos cuando reflexionaban
que sólo estaban en la mitad de la carrera. El caso
llegó á ser de tanta trascendencia, que S. M. se vio
precisado á prohibir por repetidas cédulas que los re-
ligiosos destinados á las islas Filipinas se quedasen en
las provincias de Nueva España. Nuestros venerables
fundadores tropezaron con este mismo escollo, aunque
es diverso el modo con que lo refieren diversos histo-
riadores. El limo. Aduarte (lib. i, cap. vi) asegura
«que algunos de los nuestros se desanimaron, particu-
larmente por unas persuasiones de una persona religio-
sa que habia venido de Manila, porque contó tales
cosas de aquella tierra, que algunos, llamándose á en-
gaño, juzgaron por pecado proseguir en el viaje, ase-
gurándolas que les sería imposible entrar en la gran
China (como algunos deseaban), y que en Filipinas
no eran necesarios por ser muy corta la tierra, y con-
vertirse muy pocos de sus habitantes.)) Esta persona
religiosa (no era de nuestra Orden), que nuestro histo-
riador no designa, se halla consignada con su nombre
y apellido en la historia que el P. Fr. Antonio Re-
masal escribió de Chiapa y Guatemala, y siendo este
historiador contemporáneo y extraño á la provincia del
Santísimo Rosario, merece entera fe en esta parte, y
más que otro autor que escribió sobre este punto, re-
gido por unos manuscritos, los cuales hacen poco fa-
— 111 —
vor á quien trata de vindicar, por la falta de exactitud
en las palabras que pone en su boca; pues dice que la
persona religiosa de quien habla el Sr. Aduarte, en
una conferencia que tuvo con el P. Fr. Juan Volante
en Madrid, decia «que baria mucho escrúpulo y aun
engaño si dijese que S. M. haga gasto sin provecho;
porque sé muy cierto, aiíadia, que cuando los setenta
frailes fueron de aquí con mucha costa del Rey, y lle-
garon á la Nueva Espaíia, donde hay muchos que
vienen de Filipinas, y les desengañan de la verdad de
lo que allá pasa, y es muy contrario de lo que V. R.
imagina, se han de hallar muy confusos, y los cuerdos
no han de pasar adelante, y S. M. allí no los habia
menester, ni de ordinario hacen nada, sino quedarse
en los conventos de entre españoles, y volverse, como
yo lo he visto dos veces : la una fueron á costa de S. M.
cuarenta frailes con un obispo, y ninguno quiso pasar
á Manila; y el año pasado hallé yo á otros tantos que
hablan ido con otro religioso su comisario.» Y más
adelante supone que la república de Manila pedia á
S. M. que les hiciese la merced que, «estando en la
estrechura en que estaban, no les cargase de nueva re-
ligión, sino que los que se hubiesen de enviar fuesen
de los que ya tenian allá hecha la costa de conventos,
y que los que fuesen, en ninguna manera saliesen para
China, por los grandes daños que esto causaba á las
mismas islas y á la China.» Dice luego en los capítu-
los siguientes que «el Sr. obispo Salazar iba acompa-
ñado con una misión de cuarenta religiosos, y que nin-
guno de ellos pasó á Filipinas, ni viajó con él hasta
Manila»; no pudiendo ignorar que el P. Fr. Cristúbul
111
de Salvatierra no se quedó en Nueva España, n¡ re-
gresó á la Península; que la misión no era de cuarenta,
sino de solos veinte, y que no se quedaron en Méjico
ni se negaron á ir á Filipinas, sino que casi todos mu-
rieron en el viaje; que mal podia pretextar la república
de Manila, para que S. M. no les enviase nueva reli-
gión, la estrechura en que estaba, cuando nada de
ella exigian los religiosos para sus iglesias y conventos,
sino tan sólo recibir con acción de gracias lo que qui-
sieran darles de limosna; y que, por fin, la ida de al-
gunos á China ni podia ser dañosa á este imperio, ni
mucho menos á las islas Filipinas. Oigamos ahora al
P. Remasal.
Este ilustre religioso, en el lib. 1 1, cap. vii, núme-
ro 2 de la historia citada, habla de la misión que de
España se llevó el obispo Salazar en estos términos :
«Pidió licencia para llevar allá religiosos de la Orden,
y diósela para veinte que escogió, todos moradores del
convento de Salamanca, y los catorce, hijos de la casa,
religiosos ancianos, y los que no lo eran tanto como
los más antiguos, grandes estudiantes y aventajados en
religión. Dio peste en el navio en que iban estos reli-
giosos con el Obispo, y en la mar, antes de llegar á
Méjico, murieron los doce Viéndose el obispo sin
sus religiosos, y que de todos ellos sólo quedaron vivos
Fr. Jerónimo García y Fr. Cristóbal de Salvatierra, su
compañero, procuró en Méjico otros religiosos v, de la
misión que llevó el P. Fr. Juan Crisóstomo, que es lo
que el P. Sánchez halló en Méjico.
13. Las ordenaciones de que habla el P. Remasal,
son las primordiales de la provincia del Santísimo Ro-
— 223 —
sario. Las compuso, en efecto, el P. Vicario General
Fr. Juan de Castro, poco después de haber llegado á
Nueva España, con el consejo y parecer de los padres
más graves y prudentes, como base y fundamento del
método de vida que habian de observar los hijos de
esta apostólica provincia en sus ministerios y misiones.
Después de una exhortación patética y elegante, ro-
bustecida con textos oportunos de la Sagrada Escritura,
doctrina de los Santos Padres y ejemplos de la historia
eclesiástica, se hace una reseña de los votos religiosos,
y en seguida se establecen algunos documentos impor-
tantes para facilitar la observancia necesaria de aqué-
llos. Este precioso documento está animado de un es-
píritu verdaderamente apostólico, y por lo mismo no
pudo menos de merecer la aprobación de la cabeza de
la Orden. Lleva la fecha de 17 de Diciembre de 1586,
y lo firmaron los, veinte religiosos que se ofrecieron á
pasar á Filipinas (i).
14. Vencidos ya los embarazos que en Méjico se
opusieron á los fundadores de la provincia, é instando
la partida de los buques que debian conducirlos, se
juntaron el dia de San Matías de 1587, les hizo el Vi-
cario General una plática enérgica, y de nuevo se ofre-
cieron al Señor para trasladarse á las regiones asiáticas,
con el fin de propagar su sacrosanta religión. De los
veinte misioneros se quedaron por entonces dos en
Méjico con un hermano lego: el P. Fr. Juan Cobo
(1) En el archivo de provincia se conserva un ejemplar, firmado de puño
y Ierra del V. P. Fr. Juan de Castro. Fueron aprobadas por el Rmo. P. maes-
tro Fr. Juan B. ile Mariiiis, en 4 de Agosto de 1668, por su autoridad, y
por autorid:id especial apostólica que tenía para ello.
— 214 —
para la expedición de algunos negocios importantes re-
lativos á la misión, y el P. Fr. Juan Crisóstomo por
enfermo. De los restantes diez y ocho, tres fueron des-
tinados á Macao para fundar en este puerto un con-
vento que sirviese de escala para los misioneros que
habian de pasar á predicar el evangelio en China, y
los quince debian embarcarse para las islas Filipinas.
Despidiéronse por fin de sus caritativos bienhechores,
les dieron afectuosas gracias por las finezas que de ellos
habian recibido durante su mansión en aquella capital,
y luego se pusieron en camino para el puerto de Aca-
pulco, en donde habia un galeón y un patache dis-
puestos á salir, éste para Macao, y aquél para Manila.
Los misioneros que fueron encargados de la espinosa
comisión de fundar convento en Macao, eran los pa-
dres Fr. Antonio de Arcediano, Fr. Alonso Delgado
y Fr. Bartolomé López, cuyos hechos y trabajos voy
á referir concisamente.
15. El dia 3 de Abril se hicieron á la vela en el
patache Sa?2 Martin , confiado al capitán D. Lope de
Palacios. Su viaje fué tranquilo hasta las costas de Chi-
na; mas aquí les asaltó un furioso temporal que los ar-
rojó sobre la playa, en donde se hizo pedazos el pata-
che y se perdió el cargamento. La gente se salvó como
por milagro , y los religiosos fueron recibidos con mu-
cha humanidad en casa de un chino principal, que los
trató con mucho afecto y confianza. En una sala es-
paciosa levantaron un altar, y ofrecieron al Señor el
incruento sacrificio del Cordero sin mancilla. El infiel
no cesaba de admirar las augustas ceremonias de nues-
tra sagrada religión y santidad de vida de sus huéspe-
des. Fiados estos en las buenas disposiciones que mos-
traba su bienhechor, le propusieron que, si le parecia
bien, se quedarían en su casa con el fin de predicar la
religión del Dios del cielo, y dar noticia de su santa é
inmaculada ley á los naturales del país; mas el infiel,
no atreviéndose á conceder lo que pedian, les contestó
que gustoso accedería á sus deseos si el Virey de la
provincia les otorgase su permiso, y que haria las dili-
gencias necesarias para obtenerlo; pero que entre tanto
podrían trasladarse á Macao con los demás compañe-
ros de viaje, y allí les daria cuenta del resultado. Así
salieron nuestros religiosos de aquella tierra, dejando
acreditada nuestra sacrosanta religión, pero al mismo
tiempo engañados.
1 6. En Macao fueron recibidos y consolados por
los PP. Agustinos, que ya tenian casa en este puerto;
pero tan luego como las autoridades tuvieron noticia
de su llegada y proyecto que llevaban, empezaron á
temerlos, dando cabida á los recelos que siempre tu-
vieron los portugueses de los castellanos. Celebraron
al efecto varias juntas, en las cuales los pareceres fue-
ron varios : los más exaltados opinaban que convenia
echar cuanto antes á los recien llegados de 4a ciudad,
porque tras los religiosos, decian, vendrán los seglares
y nos quitarán el puerto, ó su comercio. La mayoría,
sin embargo, adoptó la medida de que podian fundar
convento en hora buena; pero que debian atenerse á la
disposición que tomase el Virey de la India, á quien
se daria cuenta en la primera ocasión. Con esta preca-
ria garantía fundaron nuestros religiosos un convento,
bajo la invocación de Nuestra Señora del Rosario, en
TOMO I. 15.
— 126 —
el solar de unas casas que habían sido del Provisor del
obispado, el cual les hizo donación, con la carga de
celebrar por su intención las tres misas de Navidad.
Levantada una iglesia con la decencia que las circuns-
tancias permitían, empezaron á ejercer su ministe-
rio, predicando al pueblo con frecuencia, y sus sermo-
nes eran oidos con gusto de aquellos cristianos, quie-
nes no cesaban de alabar á Dios por haberles enviado
tan santos misioneros. Los informes que los portugue-
ses de Macao enviaron al Virey no serian sin duda fa-
vorables á nuestros religiosos, por la simple circuns-
tancia de ser castellanos, á pesar de que todos obede-
cían á un mismo soberano, pues aquel jefe desaprobó
la nueva fundación, y dispuso que los religiosos fuesen
enviados cuanto antes á la metrópoli de Goa, cuya
orden fué ejecutada sin pérdida de tiempo, con senti-
miento de nuestros misioneros y lágrimas del pueblo
fiel, que les había cobrado un singular afecto. Los re-
ligiosos portugueses de la Orden que luego fueron á
Macao, se apoderaron del convento que los hijos de
la provincia del Santísimo Rosario fundaron, y sin em-
bargo de haber sido declarado el derecho de los nues-
tros, y decretada su devolución por varios capítulos
generales de la Orden, hasta hoy no se ha verificado,
porque el gobierno portugués siempre se ha opuesto á
la entrega.
17. En Goa, á pesar de las preocupaciones del Vi-
rey, nuestros misioneros de Macao fueron tratados
como nacionales, y su virtud y talento merecieron muy
pronto la confianza de ambas autoridades. El P. Ar-
cediano, teólogo muy hábil y perito, aprovechando el
— i27 — ■
favor que le dispensaban el Arzobispo y el Virey, em-
prendió la fundación de un colegio para los religiosos
de la Orden, bajo la invocación del Angélico Doctor,
que después ha sido el consuelo del estado eclesiástico
de aquellas posesiones. En él explicó con mucho aplau-
so los seis años que permaneció en esta capital, siendo
el oráculo á quien todos consultaban. Desde allí envió
á la corte á los PP. Delgado y López, sus compañe-
ros, con el fin de negociar la devolución del convento
é iglesia de Macao, cuyo asunto lo detenia únicamen-
te en la capital de la India portuguesa; pero nada de
cuanto alcanzaron en su favor llegó á efectuarse. Can-
sado el P. Arcediano de esperar, y llegando á deses-
perar del buen éxito de sus deseos, trató de retirarse á
su convento para terminar en él pacíficamente la car-
rera de la vida. Mas allí, sin pensarlo ni pretenderlo,
fué nombrado lector de teología, y al fin murió en
Santo Tomas de Ávila en i 599, en cuyo tiempo falle-
ció también en el convento de Atocha el P. Fr. Bar-
tolomé López. El P. Fr. Alonso Delgado no cesó de
trabajar por la provincia á que pertenecia; porque des-
pués de haber insistido en su demanda, concluido el
capítulo general celebrado en Venecia en 1593, re-
unió en la Península una misión de veinte y cuatro
reHgiosos, que condujo hasta Méjico, en donde pasó á
mejor vida, como en su lugar veremos.
18. Si los tres misioneros que fueron á Macao pa-
saron trabajos peligrosos al fin de su viaje, los quince
que se embarcaron con dirección á las islas Filipinas
los tuvieron que sufrir mucho mayores desde que se
hicieron á la vela. El 6 de Abril del dicho año 1587
— 128 —
dejaron el puerto de Acapulco, estación demasiado
adelantada para navegar por aquellos mares. A los po-
cos dias se les maleó el rancho, y tuvieron que pasar
el viaje con solas habas y garbanzos. Pero no sentían
nuestros misioneros estas privaciones, porque al fin eran
comunes, y muy análogas al espíritu de mortificación
y penitencia que habian profesado. Lo que más afligia
á sus corazones piadosos eran las discordias y disensio-
nes que luego se suscitaron entre los magnates del na-
vio; estaban en continuas alarmas, y traian dividida la
tripulación, sin que ni los ruegos, ni las exhortaciones,
ni las lágrimas de nuestros venerables misioneros fue-
sen capaces de mover la voluntad de aquellos tercos é
imprudentes. Algunas veces se les vio fortificados, los
unos en el castillo de popa y los otros en el de proa,
dispuestos á batirse con las armas, como enemigos ir-
reconciliables. En fin, aquel viaje llevaba todas las tra-
zas de ser tan desgraciado como el del galeón San Je-
rónimo, en donde fueron asesinados los Pericones, y
sucedieron las escenas desastrosas de que hablan las
historias de Filipinas. Desesperanzados nuestros misio-
neros de lograr la paz con sus palabras, acudieron con
sus oraciones al Señor, del cual al fin fueron oidos en su
misericordia; porque, mediante su auxilio poderoso, re-
conciliáronse los ánimos, y se restableció la buena cor-
respondencia en el navio. Todos conocieron la eficacia
de la oración, que habia obrado esta especie de prodi-
gio, y los mismos seglares no dudaban confesarla, atri-
buyéndola á la virtud de nuestros venerables misioneros.
19. En el archipiélago filipino les sobrevino de im-
proviso una tormenta furiosa que los colocó en los úl-
— llg —
timos apuros, no tanto por la violencia de los vientos,
cuanto por la situación peligrosa del lugar. Las innu-
merables islas de este mismo archipiélago, las corrien-
tes encontradas y el peligro de caer en manos de los
bárbaros, eran motivos muy fundados para temer un fin
funesto, aunque se libraron de ser sepultados en el pro-
fundo de las aguas. Mucho tiempo les duró la incerti-
dumbre de salvarse, caminando el navio hacia su rui-
na, sin que el tiempo mejorase. Perdieron los maste-
leros el palo de mesana, la vela de trinquete y otras,
quedándoles tan sólo la mayor, con la cual apenas el
timón podia gobernar. Cuando vieron que el naufragio
era ya inevitable, toda la gente del navio, religiosos,
españoles, capitán y marineros, acudieron al Señor, de
quien sólo esperaban el remedio, prometiéndole hacer
una procesión de disciplina si los llevaba á puerto de
salvamento. No era posible que Dios se hiciese sordo
á los ruegos de sus siervos, y á los de tantos hombres
atribulados; cesó, pues, el temporal, las olas se apaci-
guaron, y el dia siguiente (21 de Julio) entraron en
la bahía de Manila y fondearon en el puerto de Ca-
vite (i). Con este último trabajo parece que el Señor
quiso acabar de purificar el celo de aquellos venerables
misioneros, y castigar los muchos pecados que en la
navegación se habian cometido; pues todos entraron
en el puerto compungidos, olvidando las discordias
pasadas, y muy obligados á las misericordias de Dios,
por quien se reconocian salvados del naufragio.
(i) Por esto fué elegida Santa María Magdalena por patrona de esta pro-
vincia.
— 230 —
20. El Sr. Obispo, luego que supo la llegada de
nuestros misioneros, mandó á Cavite á un sobrino que
tenía, para darles la bienvenida en su nombre y con-
ducirlos cuanto antes á Manila; lo que verificaron el
dia del apóstol Santiago de 1587. El recibimiento que
se les hizo en la ciudad fué imponente : el gobernador
y capitán general D. Santiago de Vera, con lo más no-
ble y lucido de la plaza, los acompaííó desde la puerta
hasta la iglesia mayor, en donde el Obispo con el cle-
ro y sagradas religiones los estaba aguardando para dar-
les su pastoral bendición. Al tender la vista el Prelado
sobre sus hermanos, y al ver á este precioso coro de
venerables misioneros, no pudo reprimir los afectos de
su enternecido corazón, derramando copiosas lágrimas
de gozo. Llévalos después á su palacio; y dando en se-
guida lugar al desahogo, mientras los abrazaba amo-
rosamente, les decia : «¿í^s posible que mis ojos hayan
llegado á ver en estos países tan remotos á los hijos de
mi Santo Patriarca? ¡Bendito sea Dios, que así se ha
dignado consolarme! ¡Ya por fin tengo en mi casa á
mis hermanos, por quienes tanto habia suspirado!» Así
hablaba aquel prelado virtuoso, colocado en medio de
los fundadores de la provincia del Santísimo Rosario,
de quienes se constituyó desde entonces su más deci-
dido protector. Luego fueron felicitados de las demás
autoridades, de las órdenes religiosas que habia en la
ciudad, del clero y españoles, mostrando todos con sus
palabras y afectos cuan distantes estaban de pensar lo
que les habia atribuido el P. Alonso Sánchez.
2 1 . En el palacio quedaron hospedados hasta la fiesta
de nuestro Santo Patriarca, regalados del Obispo se-
— 231 —
gun le permitía su pobreza, y con el afecto que se deja
entender. Para celebrar aquella fiesta por la primera
vez en Filipinas, suplicaron al Prelado les cediese la
iglesia catedral, y les permitiese defender algunas con-
clusiones, análogas al ministerio apostólico á que de-
bian dedicarse. Nada más conforme á sus inclinaciones
y deseos, y en su consecuencia la fiesta se celebró con
la mayor solemnidad. Por la tarde del mismo dia el
P. Fr. Miguel de Benavides presidió el ejercicio lite-
rario que sustentó el P. Fr. Pedro de Soto, quien mos-
tró en esta ocasión, con sus sabias y eruditas soluciones,
que habia en Filipinas quien podia defender con digni-
dad la verdad y pureza de nuestra santa fe. No tuvieron
nuestros venerables fundadores este acto literario para
ostentar erudición, sino para dar á entender que, sin
embargo de ser los indios á quienes debian enseiiar,
gente ignorante entonces y de cortos alcances, no de-
bian olvidar las letras ni menospreciar la sabiduría, por-
que sabian que cuanto más rudo es el discípulo, mayor
habilidad se requiere en el maestro que lo ha de ins-
truir. Era ademas esta práctica muy conforme á las
costumbres de aquellos tiempos, en que tanto florecia
el estudio de las sagradas letras.
— 232 —
CAPÍTULO II.
Los fundadores de la provincia se trasladan al convento de N. P. San Fran-
cisco, en donde son tratados con mucha caridad. — El Vicario General los
destina á las misiones. — Fundación del convento de N. P. Santo Domingo
de Manila, y circunstancias extraordinarias que mediaron al efecto. — Prii
meras provincias donde se han establecido nuestros celosos misioneros. —
Preocupaciones supersticiosas en la provincia de Bataan. — Su desaparición
y su remedio. — Frutos de nuestros religiosos en esta capital. — Se reedifica
la iglesia varias veces. — Limosnas para este objeto. — Imagen milagrosa de
nuestra Sefíora del Rosario. — Conversión de su escultor. — Devoción ex-
traordinaria de los fieles hacia ella. — Milagro con que alargó la vida á un
devoto. — Prodigios que obra hasta hoy por su vestido.
22. Celebrada la fiesta de nuestro Santo Patriarca,
trataron los fundadores de la provincia de hospedarse
en otra parte hasta que tuviesen casa propia, porque no
les parecia bien molestar por más tiempo al Prelado,
en cuyo palacio no podian estar con desahogo, por no
haber en él capacidad suficiente, ni poderse practicar
los ejercicios religiosos con el recogimiento y libertad
que convenia. Los PP. Franciscanos, sus hermanos, les
cedieron muy gustosos una parte del convento, en don-
de los trataron con amor y caridad. Era á la sazón cus-
todio de la provincia de San Gregorio el B. P. Fr. Pe-
dro Bautista ( i ) , que después padeció martirio glorio-
so en el Japón, y guardián de la casa el V. P. Fr. Vi-
cente Valero, religioso adornado de aquellas virtudes
que hacen á los santos amables á Dios y á los hom-
bres. Bajo el amparo de tan grandes prelados es de.su-
poner que nuestros religiosos no echarían de menos el
afecto y el cariño corf que les habia tratado el Obispo.
(i) Está ya canonizado.
— ^33 —
Poco después trató el P. Vicario General de repar-
tir á sus hermanos en los ministerios que les habia de-
signado el Prelado. Entonces los españoles ya tenian en
obediencia á la mayor y mejor parte de las islas. Los
pueblos más civilizados reconocian el gobierno de Su
Majestad, y los encomenderos les cobraban el tributo.
Sólo faltaban obreros para desmontar las malezas de la
gentilidad, y suavizar las costumbres de los muchos in-
dios que, diseminados en sus bosques, sólo obedecían
por temor, sublevándose con el menor pretexto. Las
provincias más cercanas de Manila estaban entregadas
al cuidado de los religiosos Agustinos y Franciscanos,
sin dejar por esto de acudir á otras más remotas. Con
sus apostólicos esfuerzos no dejaba de adelantar la obra
del Señor, pero con aquella lentitud que les permitía
el corto número de individuos que contaban entrambas
religiones. Eran éstos tan escasos, que según asegura
el P. Mansilla (autor contemporáneo que trabajó en
las islas Filipinas) en el cap. lv del libro que compuso
sobre la propagación del Evangelio en estas partes, ci-
tado por el P. Remasal, lib. ii, cap. vii, núm. 7 de
su historia, «los PP. Agustinos eran siete u ocho, los
Franciscanos descalzos doce ó catorce, y los PP. de la
Compañía dos sacerdotes y un lego.»
Era natural que los primeros misioneros procurasen
convertir á la fe aquellos indios que habitaban en pue-
blos ya formados, y que menos repugnancia mostra-
ban en recibirla; de suerte que, si bien podia de al-
gún modo afirmarse que el santo Evangelio habia sido
predicado en todas las provincias de las islas, habia,
no obstante en casi todas ellas muchos pueblos y par-
— 234 —
tidos de una extensión inmensa, cuyos habitantes no
habian aún oido la palabra de salud. Pangasinan y Ca-
gayan, y aun el partido de Bataan, que fueron el tea-
tro en donde nuestros primeros misioneros ejercieron
su ardiente celo, podian contarse entre ellas. En Ba-
taan, que á la sazón era un- partido gobernado por el
alcalde mayor de la Pampanga, aunque á la llegada
de nuestros religiosos habian entrado para predicar la
fe algunos PP. Agustinos, Franciscanos y aun Cléri-
gos, estaba la reducción tan imperfecta, que apenas se
habia organizado su evangelizacion. En Pangasinan es-
taban sus vecinos todavía más lejanos de la fe, no tanto
por la falta de ministros que se la predicasen, cuanto
por la resistencia que la oponian con la mayor tenacidad.
Desde la expedición que hizo D. Juan de Salcedo por
las provincias del Norte de la isla en 1 572, hasta la en-
trada de nuestros misioneros, habian sido visitados por
algunos religiosos Franciscanos, Clérigos y Agustinos;
pero las ventajas que habian obtenido entre ellos eran
de tan poca importancia, que los últimos en 1587 sólo
adoctrinaban el pueblo de Lingayen, á la sombra de
los españoles que residian en el presidio de esta cabe-
cera. El Sr. Obispo no ignoraba la mucha población
que en esta provincia existia, sujeta casi toda al Go-
bierno y no podia desentenderse de procurar su con-
versión luego que tuvo á su disposición misioneros
animosos que se le ofrecieron. Hé aquí por qué Panga-
sinan y Bataan fueron los partidos que se confiaron á la
provincia del Santísimo Rosario, luego que llegaron sus
primeros fundadores á Manila: de la misma suerte se le
confió poco después la extensa provincia de Cagayan.
— ^3S —
23. Designadas las provincias que nuestros misio-
neros debian reducir á la verdadera religión, los juntó
el P. Vicario General, y les encargó que encomenda-
sen al Señor el acierto de la elección que pensaba ha-
cer de ellos, para destinarlos al ministerio apostólico.
Después de esta diligencia les hizo una plática muy
fervorosa, los animó á la empresa, y en seguida nom-
bró á los sujetos que habían de pasar á Pangasinan y
á Bataan. A ésta destinó al P. Fr. Juan Ormaza de
Santo Tomas, con los PP. Fr. Alonso Ximenez, fray
Pedro Bolaños y Fr. Domingo de Nieva, que todavía
era diácono. A Pangasinan envió al P. Fr. Bernardo
Navarro de Santa Catalina, con los PP. Fr. Gregorio
de Ochoa, Fr. Juan de Castro, su sobrino, Fr. Pedro
de Soto, Fr. Marcos de San Antonino y Fr. Juan de
la Cruz, quedándose él en Manila con los PP. fray
Miguel de Benavides, Fr. Diego de Soria, Fr. Juan
Maldonado y el hermano Fr. Pedro Rodríguez. Estos
quince campeones de la gracia fueron los que dieron
principio á la provincia del Santísimo Rosa?'¿o en Fili-
pinas, empezando los unos las tareas apostólicas entre
indios, y los otros trabajando en el ministerio de las
almas en la capital, edificando á la vez el convento
principal y su iglesia.
24. En Setiembre del mismo año en que nuestros
religiosos llegaron á Manila, tomaron posesión de los
campos espinosos en donde debian trabajar, y en el
mismo tiempo el P. Vicario General y compañeros se
ocupaban en las obras indicadas. Pero ¿con qué medios
cuentan estos venerables para realizarlas? Ellos no po-
seen rentas, y han formado el plan de no tenerlas á
— 136 —
no exigirlo así la necesidad. Con los indios no tienen
que contar, y los españoles son todavía pocos, y éstos
afanados en reunir una fortuna que les asegure su fu-
turo bienestar. Pero los que todo lo han abandonado
por amor á Jesucristo, se han entregado al mismo
tiempo á la divina Providencia, y no dudan que el
Señor es su herencia. En efecto, al principio sólo con-
taban con la caridad del señor Obispo, cuyas rentas
eran tan escasas, que con ellas no podia socorrer á sus
hermanos como deseaba. Mas luego tuvieron tantos
bienhechores, que nunca les faltaron los auxilios nece-
sarios para llevar á cabo las costosas obras que se vie-
ron precisados á edificar. La mayor dificultad que para
la erección de iglesia y convento se les ofreció, era la
falta de solar en donde pudiesen cimentarlos. En Ma-
nila habia á la sazón poco terreno, y aun éste ya es-
taba ocupado por los conventos é iglesias de las otras
religiones, cuarteles, oficinas y casas de españoles. Sólo
se veian en su contorno algunas lagunas y sitios pan-
tanosos que cubria la marea, y se inundaban con las
avenidas del caudaloso Pasig. Esto era lo que más afli-
gia por entonces al Obispo, que deseaba con más ansia
que nuestros religiosos el dar principio cuanto antes á
las obras proyectadas. Sin embargo, no por esto se des-
animó el limo. Prelado, pues hablando en una ocasión
con el P. Vicario General le dijo : « Consulte V. R. el
negocio con Dios, y yo haré lo mismo; y no dude
que su divina Majestad nos dará medios para efectuar
las obras que deseamos levantar.» El mismo dia, como
si ya hubiese obtenido del Señor lo que le habia supli-
cado, salió de su oratorio muy de noche, y dijo al ma-
— m —
yordomo de palacio que buscase trescientos pesos para
comprar un pedazo de terreno, en donde se habian de
edificar la iglesia y convento para sus hermanos; pues
esa cantidad era la que su dueño queria se le diese. El
mayordomo, que siempre andaba alcanzado, pues ape-
nas recibía el tercio de la renta del Obispo cuando se
veia precisado á repartirla á los pobres, le dijo llana-
mente que ni tenía ni sabía de donde debia sacar aquel
dinero. No se alteró por esto el Prelado, pues luego
halló la suma indicada sin que se supiese de dónde la
habia sacado, y volviendo entonces á llamar al mayor-
domo, se la entregó, diciéndole que fuese á verse con
D. Gaspar de la Isla, y le comprase el terreno que es-
taba terraplenando en la orilla del rio por aquel dinero.
Nadie tenía por bueno este sitio para levantar en él los
edificios proyectados. El Obispo, sin embargo, con la
mayor seguridad lo adquirió con este fin, y el dia si-
guiente encargó al citado mayordomo y capellán que
con una cruz , estola y agua bendita fuesen á bende-
cirlo y tomar posesión de él en su nombre; lo que ve-
rificaron el dia 1 6 de Agosto de 1587, embarcados en
canoa, y en seguida lo donó á nuestros religiosos para
los fines indicados.
Desde luego se dio principio á las obras verdadera-
mente colosales en aquel tiempo, y se trabajó en ellas
con tanta rapidez, que el dia i.° de Enero del año si-
guiente de 1588 ya estaban concluidas. Entonces se
pasó á bendecirlas; se les dio por patrón y titular á
nuestro P. Santo Domingo, y luego las ocuparon nues-
tros religiosos, después de haberse despedido de los
PP. Franciscanos, y agradecido la caridad con que los
— 238 —
hablan tratado hasta entonces. El primer superior de
esta casa, á quien se dio entonces el nombre de Vica-
rio solamente, fué el P. Fr. Diego de Soria, sujeto el
más digno para cimentar la observancia regular en un
convento que habia de ser la norma y el modelo de
penitencia en un país tan relajado. Los vecinos de Ma-
nila se aficionaron desde luego á nuestros religiosos de
una manera particular; frecuentaban su iglesia, y los
socorrían con tal generosidad, que en mucho tiempo
no hubo cocina abierta en el convento. En estos actos
de beneficencia y caridad se distinguió el capitán don
Francisco Rodriguez, con cuyo socorro contaban dia-
riamente nuestros religiosos del convento; pero tam-
bién el Señor, complacido de la misericordia que usa-
ba con sus siervos, la usó con el, dándole fruto de
bendición de que habia carecido en diez años que lle-
vaba de casado; lo que tanto él como su consorte ha-
blan deseado en gran manera; y después, reconocidos,
no dudaban afirmar que hablan obtenido este beneficio
por la liberalidad con que hablan socorrido á los pa-
dres del convento. También fueron especiales bien-
hechores de esta santa casa doña Ana de Vera, con-
sorte del maestre de campo D. Pedro Chaves, doña
María de Céspedes, doña María Pérez, el capitán Cas-
tillo y otros que no nombra la historia; pero á quienes
hasta hoy tiene muy presente la comunidad para en-
comendarlos á Dios en sus oraciones, agradecida á los
beneficios que prestaron á los primeros fundadores.
25. Aunque los primeros edificios de iglesia y con-
vento se edificaron de madera, y los adornos de aqué-
lla eran pobres, no por esto se dejaban de celebrar las
— 2J9 —
funciones más lucidas, ni el Señor era menos servido,
porque no se paga tanto de la magnificencia de los
templos, cuanto de la simplicidad y pureza con que es
adorado, según la posibilidad de nuestras fuerzas. Era
ya entonces este pobre templo un verdadero santuario,
que los fieles frecuentaban con gran devoción, y el
fruto que nuestros religiosos recogían con sus confe-
siones y sermones eran visibles en toda la ciudad. Lle-
gó á ser tan notable la reforma de costumbres en esta
capital, que un vecino de categoría de la misma, es-
cribiendo al capitán Chacón, que era gobernador de
la Nueva Segovia, le decia: «Han llegado á Manila
algunos PP. Dominicos, y la ciudad parece un monas-
terio.» Así podia llamarse ya entonces en comparación
de lo que habia sido antes; porque muchas personas
visibles y de nota, que se confesaban con nuestros re-
ligiosos, guardaban una vida muy conforme á las má-
ximas del santo Evangelio, habiendo abandonado el
lujo y la vanidad con que hablan escandalizado á sus
vecinos. A esta dirección han llamado algunos rigidez,
como si los confesores pudiesen contemporizar con los
caprichos de sus penitentes, cuando son contrarios á
la ley santa del Señor. Desgraciadamente subsiste aún
por nuestros dias en muchos esta preocupación, que
por otra parte nos hace mucha honra.
26. No tuvieron nuestros religiosos el consuelo de
disfrutar por largo tiempo de sus primeros edificios,
pues como construidos de malas maderas y con dema-
siada rapidez, empezaron luego á mostrarse ruinosos.
A los dos años ya se desplomó el techo de la iglesia,
aunque sucedió esta desgracia á puertas cerradas, y se
— 240 —
preservó lo más precioso que habia en ella. Este suceso
lo comunicó Dios de antemano á un santo novicio del
convento, quien, al saber que su divina Majestad así
lo habia decretado, le suplicó que, supuesto era inevi-
table la ruina, no permitiese que en ella pereciese per-
sona alguna, y se preservase el sagrario en donde es-
taba reservado el Santísimo, y la imagen de Nuestra
Señora del Rosario. Todo se verificó así como el novi-
cio lo habia suplicado, pues hallándose en oración con
el P. Vicario General, á quien tan sólo habia comuni-
cado la revelación, mientras l®s demás religiosos del
convento estaban en la mesa, se desplomó el techo de
la iglesia, y quedó el altar de la Virgen cubierto á
manera de un pabellón y guarda-polvo, sin que la
santa imagen ni el sagrario recibiesen daño alguno.
Cuando los vecinos de Manila tuvieron noticia del
suceso, admirados de la «providencia del Señor, vene-
raron con más devoción aquella sagrada imagen, pre-
servada de un modo que parecia prodigioso, y por esto,
cuando se hizo la que ahora existe de cara y manos de
marfil, suplicaron al Prior que colocara la primera en
algún sitio en donde pudiesen prestarle sus obsequios.
Se cumplieron á su tiempo sus deseos, porque se colo-
có en la fachada de la iglesia, en donde persevera hasta
hoy, y se ilumina todas las noches. Según el dictamen
de la prudencia humana, parece que el Vicario Gene-
ral, con la noticia anticipada que tuvo del suceso, de-
biera de haber separado el Santísimo, la imagen de la
Virgen y cuanto estaba á riesgo de dañarse, y no dejar
estos objetos preciosos pendientes de la contingencia
de un milagro; mas el Señor quizás permitió este des-
— 241 —
cuido, para dispertar la fe y la devoción de los habi-
tantes de Manila.
27. Parece natural que nuestros religiosos debieran
afligirse, al verse sin iglesia y sin medios para reparar-
la; mas no sucedió así, porque se resignaron con la
divina voluntad, se tuvieron por muy dichosos al ver
que nadie habia perecido, y hablan quedado sin lesión
los tesoros inestimables del Santísimo é imagen de la
Virgen. Esperaban en el Señor, que así como les ha-
bia sido tan propicio para levantar la iglesia arruinada,
no les faltarla en las obras que se resolvieron á empe-
zar con más perfección. En efecto, á los pocos dias de
haber dado principio á otra iglesia más capaz, sólida y
más hermosa, enfermó de peligro el capitán D. Do-
mingo de Mendiola, el cual, llamando al Prior, le dio
la tercera parte de sus bienes para costear la parte del
edificio que habia de ser capilla de Nuestra Señora del
Rosario. Doña María Pérez, consorte del capitán Ro-
dríguez, murió también por entonces, y dio para la
obra dos mil pesos, sin otra carga que la de encomen-
darla á Dios; lo cual ha cumplido siempre fielmente
el convento, nombrándola expresamente en los sufra-
gios que se aplican para los bienhechores de la Orden.
También el capitán Castillo dio una gruesa cantidad
para el mismo fin, y no faltaron las limosnas de otros
bienhechores hasta que la obra llegó á su perfección.
Se hicieron ademas en el convento dos grandes dormi-
torios con las oficinas necesarias, y á los tres años, esto
es, el dia 9 de Abril de 1592, ya estaban las obras aca-
badas.
28. Con estos nuevos y fuertes edificios parecía que
16.
— 1^2 —
no tendrían nuestros religiosos necesidad de ocuparse
en otras obras en mucho tiempo, mas á los once años,
el dia 30 de Abril de 1603, aconteció en Manila un
incendio espantoso, que los redujo á cenizas. En esta
ocasión sucedieron algunos casos muy notables. Existia
en el refectorio del convento un retrato de nuestro
P. San Francisco, y habiendo sido pasto de las llamas
cuanto habia en su alrededor, se preservó el lienzo del
retrato. También se preservaron los papeles de la ofi-
cina del comisario del santo oficio, siendo así que se
abrasaron unos papeles heréticos que estaban en una
mesa de la misma. De la iglesia sólo se salvaron el
Santísimo y la imagen de la Virgen, lo cual no dejó
de ser un consuelo poderoso para nuestros afligidos re-
ligiosos, que se vieron reducidos á una pequeña parte
del convento, preservada por el Señor para la necesa-
ria vivienda de sus siervos. Cuando se trató de reedifi-
car las obras destruidas , se creyó conveniente hacer la
iglesia con bóveda de piedra, con el fin de preservarla
de otros acontecimientos semejantes : para esto fué pre-
ciso levantar el edificio desde los cimientos, porque de
otra suerte no hubiera podido sostener la gran mole
que la habia de cubrir. Diez años se emplearon en la
obra, que costó más de cincuenta mil duros; pero salió
un templo verdaderamente grandioso. Este edificio per-
severó sin novedad hasta el año de 1 645 , en cuyo tiem-
po se desplomó la bóveda del cuerpo principal, con
motivo de los grandes temblores que acontecieron el
dia de San Andrés de este año. Todavía subsistia la del
crucero y presbiterio después de la catástrofe primera;
pero quedó muy resentida y maltratada en los que su-
— 243 —
cedieron á los tres años, el dia de San Bernardo. En-
tonces se trató de reedificar de nuevo la iglesia, y como
la inconstancia del terreno no ofrecía la seguridad su-
ficiente, se levantaron con mucha solidez tres naves, y
se cubrieron de teja con bóveda de madera bien labra-
da y dorada, en cuyas obras se expendieron más de
cuarenta mil duros, que la caridad y devoción de los
fieles facilitaron. Este edificio se ha burlado de las vi-
cisitudes de los tiempos , pues ha llegado hasta nuestros
dias en un estado sólido y perfecto (i). La nave ma-
yor tiene 50 varas de largo y 14 de anchor, y las co-
laterales con el mismo largor. Tiene cinco arcos en
cada lado y diez encima, que dan salida á las tribunas.
El crucero es irregular, pues le faltan algunas varas
para que sea cuadrado, y el presbiterio es muy capaz
desde que lo alargó el limo. Sr. Arechederra. Añadió-
sele después una capilla para Nuestra Señora del Ro-
sario, á la mano izquierda del crucero, ó sea al lado
de la epístola. Esta capilla es hermosa y perfecta, pues
tiene las dimensiones proporcionadas á su altura, con
ventanas en el centro de sus paredes y en la bóveda,
que también es de madera. El coro de la iglesia está
colocado sobre dos arcos rebajados á la altura de las
naves colaterales. Tiene una sillería de tíndalo, madera
de mucha duración, semejante á la narra; pero á los
pocos años toma el color de ébano.
29. La imagen de Nuestra Señora del Rosario que
(i) En el horroroso terremoto de 1863 se desplomó casi toda la iglesia, y
se reedificó posteriormente bajo otro orden de arquitectura , como se dirá en
el apéndice.
— 244 —
se venera en su capilla, fué regalada por el caballero
D. Luis Pérez Dasmariñas, gobernador que fué inte-
rino de las islas : tiene de alto siete palmos, cara y ma-
nos de marfil. Es obra de un chino infiel, bajo la di-
rección del capitán Hernando de los Rios, que después
se ordenó de sacerdote, y salió cual se podia desear.
Está labrada con tal primor, que aun después de dos-
cientos y cincuenta años, conserva una majestad en-
cantadora, sin embargo de haber perdido mucho de su
primitivo brillo. Los prodigios que la Virgen ha obra-
do por su medio la han hecho muy famosa, y los fie-
les imploran su amparo amoroso en los tiempos más
calamitosos. Era tal la fe que el artífice tenía en su
imagen, que solia decir, estando avecindado en llocos,
que no recibiría el bautismo sino en su presencia; lo
que al fin verificó, con gran consuelo de su alma y
alegría de los que asistieron al acto.
30. Es la capilla de Nuestra Señora del Rosario de
Manila uno de los santuarios más venerados de las is-
las, y no hay festividad más concurrida que la llamada
Naval, que anualmente se celebra en la primera do-
minica de Octubre y su octava. Son muchas las comu-
niones que en su altar se administran en estos dias, y
serían aun más numerosas si en la capital y sus extra-
muros hubiese suficientes confesores. Sus devotos se han
mostrado en todos tiempos muy generosos en enrique-
cer á la sagrada imagen de preciosas joyas, mostrándo-
le así de algún modo su agradecimiento. Pocas son las
personas que no hayan experimentado sus misericor-
dias, si la han invocado con amor, pues los prodigios
que ha obrado son sin número, y muchos están jurí-
— 245 —
cucamente comprobados por el Ordinario, según las
formalidades de la presente disciplina. Serian necesa-
rios volúmenes enteros para referir los conocidos, lo
que no permite la brevedad de la historia. Hablaré, no
obstante, del que aconteció en 1613 en favor de don
Francisco López, retratado por disposición del arzo-
bispo de Manila D. Fr. Miguel Serrano, después de
haber sido comprobado por el deán de su cabildo don
Francisco Gómez de Arellano, mediante la deposición
de diez testigos fidedignos y contestes.
Era López un español de costumbres estragadas,
pero devoto al mismo tiempo de Nuestra Señora del
Rosario. Iba á las fuerzas de Ternate en una de las
galeras que en dicho año despachó el gobernador don
Juan de Silva, bajo las órdenes de D. Fernando de
Ayala, y al doblar la punta de Calavite en Mindoro,
les sobrevino un recio temporal que arrojó las galeras
á la costa. Los españoles y forzados salvaron las vidas
á nado; y los segundos, al verse en la isla, se determi-
naron á salvar también su libertad. Aquéllos trataron
de perseguirlos; mas éstos, habiéndose apoderado de
un cerro escabroso, despeñaron á sus perseguidores,
quienes perecieron miserablemente en los derrumba-
deros. Entre estos desgraciados se hallaba D. Francisco
López, el cual, al verse á las puertas de la muerte, y
acordándose en aquel terrible trance de sus costumbres
depravadas, llamó de todo corazón á la Santísima Vir-
gen del Rosario, y le suplicó que le alcanzase un ver-
dadero arrepentimiento de sus culpas y sacerdote con
quien pudiese confesarse. No salieron fallidos sus de-
seos, porque la Virgen, no pudiéndose mostrar indife-
— 246 —
rente á los ruegos de su devoto, le oyó piadosa y le
conservó milagrosamente la vida, hasta que hubo opor-
tunidad de proporcionarle lo que pedia. A los tres dias
de este suceso lamentable, pasó por allí otra galera que
llevaba un capellán : los vientos no le permitieron pa-
sar más adelante , y el capitán mandó atracar y saltar á
la isla, precisamente en el punto en donde estaba el
moribundo López. Al oir éste las voces de la gente,
llamóla en su auxilio, y un soldado llamado Gonzalo
Salcedo, habiendo percibido sus lastimeras voces, se
acercó al sitio de donde salian, y luego vio al infeliz
cubierto de heridas hediondas en varias partes de su
cuerpo. Quedó Salcedo asombrado en su presencia,
pues le parecía imposible que un cuerpo humano tan
horriblemente maltratado estuviese animado, cuando
ya era pasto de gusanos. Llamó el soldado al cirujano
y compañeros, quienes trataron de aliviar al moribun-
do; pero su cuerpo ya no era susceptible de los reme-
dios del arte : su vida se conservaba milagrosamente
para recibir el beneficio de la absolución sacramental,
y esto era únicamente lo que López deseaba. Acercóse
entonces el P. capellán, que era un religioso Francis-
cano llamado Fr. Pedro de los Cobos; le oyó en con-
fesión, le absolvió de sus pecados, declarando el pa-
ciente que por intercesión de la Virgen del Rosario se
habia conservado vivo hasta entonces; y después de
haber pedido perdón á todos de sus excesos y escán-
dalos, entregó su alma al Criador.
31. La misma celestial Señora que se dignó obrar
este prodigio quiso dar á entender de algún modo que
habia usado de su gran misericordia en favor de su de-
— 247 —
voto López, mediante su sagrada imagen del convento
de Manila. Hé aquí cómo refiere este hecho el ilustrí-
simo Sr. D. Fr. Diego Aduarte, lib. i, cap. xii de la
primera parte de su historia : « Una señora llamada do-
ña Ana de Vera, entre otras devociones que tenía,
acudia de ordinario á vestir esta santa imagen , mudán-
dole los vestidos según el tiempo y las festividades lo
pedian. Viniendo, pues, una vez á este santo ejercicio
acompañada de otras mujeres devotas, vieron que unas
sandalias que el Niño Jesús tenía puestas , tenian algún
lodo y arenas, y aun parecian estar algo gastadas, como
de haber servido en lugares ásperos y lodosos, de que
quedaron espantadas; y creció su admiración cuando
vieron la basquina de la Madre Santísima por el ruedo
y un palmo en alto húmeda, lodosa y rozada: caso
que, por ser nueva la basquina y estar el tabernáculo
enjuto y seco y en lugar eminente, les dio que pensar
y dijeron: ¿Qué es esto, Señora? ¿Por dónde habéis
andado? Y vos, Señor, ¿de qué se os han enlodado las
sandalias? ¿Cómo las tenéis tan gastadas? ¿Os habéis
acaso segunda vez ido perdido, y vuestra Santísima
Madre habrá ido á buscaros, que estáis Hijo y Madre
tan llenos de humedad y arena? Pero ¿quién duda que
habréis ido á hacer alguna obra digna de vuestras ma-
nos? Avisaron al prior del convento, que admirado del
caso, mandó guardar la saya, y el P. Fr. Bernardo de
Santa Catalina, que también habia acudido , guardó las
sandalias por inestimable reliquia; y por no poder ima-
ginar lo que podria ser, dejaron al Señor el descubrirlo
cuando fuese servido, que, como obra suya, la mani-
festó después de algunos años.» Refiere en seguida el
— 248 —
prodigio obrado en favor de López, y concluye el su-
ceso en estos términos : « Celebróse mucho este mila-
gro cuando se comprobó el año de 1621, y recorrien-
do la memoria y contando los tiempos, se halló que
era éste, cuando la imagen de Ntra. Sra. del Rosario de
este convento se halló con la saya mojada, y las sanda-
lias del Santísimo Niño con arena, rozadas y gastadas,
como de quien habia caminado mucho y por áspero
camino; que el salvar á una alma distraida cuéstale á
Dios mucho sudor y cansancio, pero en siendo en hon-
ra de su Santísima Madre todo se facilita. »
El que lea y examine este hecho con superficial filo-
sofía lo reputará por un absurdo; pero será otro su jui-
cio, si se hace cargo que Dios suele acomodarse en su
modo de obrar á nuestra débil y limitada inteligencia,
practicando circunstancias que á veces nos parecen im-
pertinentes, pero que en realidad son muy propias para
movernos hacia su amor y alabar su gran misericor-
dia. Las sagradas letras nos ofrecen con frecuencia
ejemplos de igual naturaleza, según el fin que la Ma-
jestad Divina se proponía en sus obras. Lo cierto y po-
sitivo es, que esta saya y sandalias se han conservado
hasta hoy como reliquias preciosas, y que por su me-
dio ha obrado la Virgen una multitud innumerable de
prodigios en favor de sus devotos, particularmente de
las mujeres que se hallan de parto peligroso, librándo-
las con solo su contacto. A su tiempo se referirán las
victorias religiosas que en 1646 reportaron las armas
de Manila contra una escuadra holandesa, mediante el
patrocinio de Ntra. Sra. del Rosario.
249 —
CAPITULO III.
Estado del partido de Bataan. — Fatigas de nuestros religiosos en su reducción.
— Muere el P. Bolaños, uno de ellos. — Reseña de su vida. — Progresos
en las nuevas conversiones. — Acredítase la ley de Dios y el bautismo. —
Reducen los PP. misioneros las muchas rancherías del partido en^pueblos.
— Mala disposición de los pangasinanes para reducirse á la fe. — ídolo lla-
mado Ana-gaoley. — Enmudece el demonio. — Trabajos de nuestros mi-
sioneros.— Inocencia vindicada. — Empiezan los pangasinanes á conver-
tirse.— Razón y motivo. — Caso prodigioso de un bautismo. — Casipit y
su conversión. — Cambio radical de esta provincia obrado por la religión y
por la fe. — Resurrección de un difunto. — Otro caso prodigioso.
32. Mientras en Manila trabajaban nuestros reli-
giosos en las obras de iglesia y convento y en la re-
forma de costumbres, el P. Fr. Juan de Ormaza con
sus venerables compañeros adelantaban en Bataan la
conversión de sus vecinos. La topografía del país nada
favorecia en aquel tiempo á sus tareas apostólicas, y la
manera con que se habia procurado hasta entonces
propagar la luz del Evangelio en el país, ofrecia nue-
vos embarazos y dificultades á estos primeros misione-
ros de la Orden. En una lengua de tierra llana, de seis
leguas de N. á S., y poco más de media de E. á O., ha-
bia como setecientos habitantes diseminados en trein-
ta pueblos ó rancherías, colocadas en tierras anegadi-
zas y cruzadas de varios arroyos, que hacian intransi-
table el terreno. Era, pues, Bataan un punto de mu-
chísimo trabajo, y poco el fruto que de él se podia es-
perar; por lo que no es extraño que no perseveraran
los misioneros que habian entrado en este partido an-
tes de la llegada de los nuestros. Pero no era esto lo
que más afiigia á estos celosos operarios; porque, por
— 250 —
una sola alma que ganaran para Dios dieran por bien
empleadas sus fatigas. Lo más espinoso que les ofreció
el ministerio era la poca y embrollada religión que en
el país hallaron. Al principio, por la docilidad que veian
en los indios y falta de experiencia, ignoraban la gra-
vedad del mal que inutilizaba sus trabajos; mas luego
que los conocieron, hallaron que apenas habia entre
ellos quien estuviese penetrado de la verdad de nuestra
sagrada religión. Eran, los ya bautizados, cristianos á
medias solamente, que confundidos con los gentiles,
sólo se distinguian de ellos por el nombre; pues prac-
ticaban las mismas supersticiones, y en nada se diferen-
ciaban en las obras de los mismos. Hubo sacerdote de
los que antes los habian visitado, que cometió la im-
prudencia de bautizar en varias ocasiones á cuantos se
le presentaban, contentándose con dejar el nombre que
les imponia escrito en una lista, abandonándolos des-
pués entre sus padres y familias, que los educaban en
la infidelidad. De aquí resultaba que la religión hacia
pocos progresos entre ellos, y la gran dificultad que
hallaron nuestros religiosos en discernir á los cristianos
de los gentiles; porque muchos negaban el bautismo
recibido para librarse de sus cargas, y otros afirmaban
que ya estaban bautizados, para que no se les adminis-
trase el Santo Sacramento. Con la predicación de fray
Domingo de Nieva, que siendo el más joven de nues-
tros primeros misioneros, aprendió más pronto el idio-
ma, empezaron á conocer los indios la fealdad de sus
ficciones y la verdad de nuestra fe. Descubierto ya el
mal, se procedió á proveer de remedio competente, pro-
curando que se bautizasen en secreto los que, siendo aún
— 251 —
infieles eran tenidos por cristianos; y se apartasen de su
errado proceder los que, siendo aún cristianos, prefe-
rían ser tenidos por gentiles. De esta suerte, sin men-
gua de la reputación de nadie, en breve tiempo des-
embrollaron aquel intrincado laberinto, y separaron la
zizaña del buen grano.
33. El aumento de las nuevas conversiones acrecen-
taba las fatigas de aquellos celosos misioneros; pues
alentados con el fruto de sus trabajos apostólicos, an-
daban de dia y de noche de pueblo en pueblo, en me-
dio de las lluvias y de un sol abrasador, entre lodaza-
les y pantanos, ora descalzos de pié y pierna, ora em-
barcados en débiles canoas, buscando, como el buen
Pastor, la oveja perdida, sin reparar en los peligros é
incomodidades consiguientes á un estado tan pobre y
desprovisto. El P. Fr. Pedro Bolaños, anciano de se-
senta años de edad, no pudo soportar por mucho tiem-
po el peso de tan penoso ministerio, de suerte que á
los pocos meses enfermó de gravedad , y se vieron pre-
cisados sus hermanos á llevarlo á la enfermería del con-
vento de nuestro P. S. Francisco de Manila, por no
estar todavía concluido el que nuestros religiosos fabri-
caban en la misma capital. Padecia dolores de vientre
tan agudos, que le hacian prorumpir en altos gritos.
Allí fué cuidado con mucha caridad, y después de ha-
berse aliviado, volvió al mismo ministerio, en donde
hacia mucha falta; pues sin embargo de que no po-
dia predicar ni confesar, por no saber el idioma de los
indios, instruia á los niños, enseñándoles á leer y es-
cribir, é imponiéndolos en el canto eclesiástico para
alabar á Dios en la iglesia. Con el cariño y afabilidad
— 252 —
con que trataba á los pequeños, los grandes se aficio-
naban á los PP. misioneros y á la doctrina que les en-
señaban. Vuelto á Bataan, no tardó en recaer en la
misma enfermedad, la cual en breve le colocó á las
puertas del sepulcro. Por segunda vez fué llevado á
Manila, y asignado al convento de nuestro P. Santo
Domingo de esta capital, espiró después de la celebra-
ción del primer capítulo provincial.
Era el P. Bolaños hijo del convento de Nuestra Se-
ñora de la Peña de Francia, y noticioso de que se re-
unian religiosos de la Orden para fundar una provin-
cia en Filipinas, se sintió interiormente inspirado para
ir con los que ya estaban alistados para tamaña em-
presa. Habiendo consultado sus deseos con algunos pa-
dres graves de su convento, le disuadieron del intento,
juzgando que por su avanzada edad más servirla de es-
torbo que de alivio á los restantes compañeros. Con
este parecer no se resolvia á dar su nombre, y estando
en sus incertidumbres lo animó el P. Arcediano, repre-
sentándole que en una provincia nueva podian ser muy
útiles religiosos ancianos, porque con su buen ejem-
plo podian servir de norma para los jóvenes que en ella
debian admitirse y educarse. Con las razones y persua-
siones del P. Arcediano se acabó de resolver; siguió á
los primeros fundadores, y trabajó no poco en el par-
tido de Bataan, pasando después á mejor vida, para
recibir allá en el cielo el premio de sus trabajos.
34. Sabido en Bataan el fallecimiento del ejemplar
y laborioso anciano, fué notable el desconsuelo que
tuvieron los pocos misioneros que allí trabajaban. Por
su falta se acrecentaron sus fatigas, pues se vieron pre-
— 253 —
cisados á suplir los servicios que él habia prestado á la
misión, cuando apenas tenian lugar para desempeñar
los altos cargos del ministerio apostólico. El que más
se distinguía en estas ocupaciones era el joven diácono,
que tenía que predicar, enseñar el catecismo, y ave-
riguar los enredos en materia de supersticiones, matri-
monios mal habidos, usuras y tiranías, que los pode-
rosos ejecutaban contra los desvalidos. Ordenado ya de
sacerdote, y asociado con otro joven llamado Fr. Juan
de la Cruz, empezó á confesar á los nuevos cristianos,
y esta diligencia produjo desde luego los más felices
resultados. La embriaguez era tan general y frecuen-
tada cuando llegaron á este partido nuestros primeros
misioneros, que parecia imposible poderla desterrar
de sus costumbres; pero su celo halló un arbitrio de
tanta eficacia, que con él, sin necesidad de usar de vio-
lencia, consiguieron el efecto deseado. Dispuso, pues,
el P. Vicario provincial, como superior de la misión,
que los ebrios de nadie fuesen visitados ni recibidos
en las casas : con esta especie de excomunión los más
culpados empezaron á conocer su mala posición, y
avergonzados luego por verse de algún modo separa-
dos de los vecinos más honrados, cobraron horror in-
sensiblemente á un vicio que los hacia tan desprecia-
bles. Después la predicación y las exhortaciones amo-
rosas produjeron finalmente los más felices resultados;
pues aun los que antes eran tenidos por los más incli-
nados á este brutal vicio, se hicieron capaces de reci-
bir los Santos Sacramentos, y toda la provincia le co-
bró horror, habiendo sido después una de las más so-
brias de las islas.
— 254 —
La idolatría se exterminó con el desprecio. Unas
viejas, llamadas catalonas^ eran las sacerdotisas, las cua-
les tenian buen cuidado de conservar sus prácticas ri-
diculas, que ejercían con ciertos instrumentos en los
sitios más ocultos, por la cuenta que les tenía. Los mis-
mos cristianos, ignorantes de la fe que hablan recibido
en el bautismo, encubrían á estas malas mujeres, y los
misioneros no pudieron descubrir este abuso hasta des-
pués de mucho tiempo. Al fin lograron apoderarse de
los idolillos é instrumentos supersticiosos, y no fué ne-
cesario practicar más diligencias, para que los cristianos
é infieles los despreciasen, que entregarlos á los mu-
chachos de la escuela, los cuales los arrastraron con al-
gazara, y luego los entregaron á las llamas. Con ésto,
y con castigar á las viejas mentirosas, no se habló más
de idolatrías en todo el partido de Bataan.
No fué tan fácil el remedio acerca de las usuras, es-
clavos y solución de las deudas legalmente contraidas;
porque estando tan arraigada la injusticia, y no ha-
biendo en el partido rigor suficiente en las autoridades,
los ricos se burlaban de los pobres, los poderosos délos
débiles y los deudores de sus acreedores. Sin embargo,
no por esto perdieron nuestros religiosos las esperanzas
de remediar aquellos males ; porque al fin , con el au-
xilio del Señor y la gracia de los Sacramentos, pudieron
conseguir que los culpados conociesen su enormidad y
los fuesen detestando.
35. El Bautismo era tenido al principio por muchos
indios de Bataan, como un mal que creian habia de
hacerlos infelices. De aquí resultaba, que muchos de
los que se bautizaban por respetos humanos al verse
— 255 —
libres del P. misionero, se lavaban la cabeza para qui-
tar el crisma y óleo de los catecúmenos, con el fin de
precaverse de los males que temian. Esta preocupación
perniciosa desapareció muy pronto del partido, cuando
sus naturales fueron ilustrados con la doctrina de la fe.
El demonio quedó también muy pronto despojado
del tiránico dominio que ejercía entre estos infelices,
en grave perjuicio de sus almas y haciendas; pues el
que antes solia afligirlos de varias maneras como escla-
vos suyos, después los dejaba libres con la simple vista
de algún P. misionero.
Todas estas ventajas eran frutos de la predicación y
celo de los PP. misioneros, á quienes el Señor solia
consolar también con algunos hechos, en los cuales se
mostraba de un modo especial su admirable providen-
cia. Entre varios casos que refiere el limo. Sr. D. fray
Diego Aduarte, que lo comprueban, es digno de ad-
mirarse lo que aconteció al P. Fr. Juan de Ormaza,
estando presente el Sr. Obispo en el partido. Reparó
el misionero en una ocasión , que pasaba por frente de
la casa una vieja infiel, que en su concepto no podía
vivir mucho. Compadecido de su alma, la llamó y le
habló de la religión cristiana, y de la necesidad que te-
nía de abrazarla para alcanzar la vida eterna. Escuchó
la vieja con atención y docilidad al misionero, y movi-
da sin duda por la gracia, accedió gustosa á abrazar lo
que le proponía. Le ordenó entonces que asistiese dia-
riamente á la iglesia cuando se instruía en el catecismo
á los demás, y no negándose la vieja, fué inscrita en el
número de los catecúmenos. Después de algunos días
de puntual asistencia faltó la catecúmena, y el P. mislo-
— 256 —
nero, sin advertir su falta, leyó, después de la misa, en
alta voz la lista de los catecúmenos; y no constándole la
asistencia de la vieja, envió á su casa un muchacho para
llamarla. No tardó éste en volver con la noticia de que
la catecúmena se estaba muriendo. Entonces fué á verla
el misionero, y como si aguardase solamente la gracia
del Bautismo para salir de esta vida, recibió las aguas
saludables y en seguida espiró. El Obispo y los demás
que tuvieron noticia del suceso, dieron gracias al Se-
ííor y adoraron los juicios de su admirable providencia.
Con esta clase de sucesos endulzaba el Señor las fati-
gas de sus siervos, y aquellos indios llegaron á formar
en breve una de las cristiandades más bellas de las islas,
por su docilidad y observancia de la ley santa que ha-
bían abrazado.
36. Acreditada ya entre estos neófitos la palabra de
salud, trataron nuestros misioneros de reducir sus mu-
chas rancherías á pueblos formales, con el fin de su-
ministrarles con más facilidad el pasto espiritual y en-
señarles á vivir como fieles subditos del Rey. Eligieron
desde luego como centro de sus apostólicas tareas el
pueblo de Abucay, en donde estaban de asiento, y en
él observaban á la vez la regularidad del claustro como
en el convento más bien organizado. De allí acudian
á las necesidades de los cristianos, arreglaban su poli-
cía, componian sus discordias, les administraban los
Santos Sacramentos y les imbuian en las máximas sa-
gradas del santo Evangelio. Más tarde se fué subdivi-
diendo el partido en varios ministerios, por razón del
mayor número de fieles. En la actualidad son siete los
que cuenta este partido, erigidos por nuestros religio-
— 257 —
sos y confiados al cuidado de la provincia del Satitísi-
mo Rosario, á excepción del pueblo de Nuestra Señora
del Pilar, que lo fué en la época en que lo administró
el clero secular, si bien formado de una parte de Ba-
lan ga, ministerio que ya entonces contaba muchos
años de existencia. La totalidad de cristianos asciende
en el dia al número de veinte y nueve mil seiscien-
tos cincuenta y cuatro ( i ) , que todos estarian todavía
sumergidos en las tinieblas del error, si el celo de los
padres misioneros no los ilustrara con la luz brillante
de la fe.
37. El mismo año de 1587 entraron en Pangasi-
nan los seis primeros religiosos de la Orden que nom-
bró el P. Vicario general, para convertir á sus feroces
habitantes. Dista esta provincia de Manila unas treinta
leguas hacia el Norte en la misma isla de Luzon. Tie-
ne por límites en el mismo punto el mar y la provin-
cia de llocos, y recientemente la de la Union; al S. la
de Pampanga, al E. la Nueva Ecija y montes de los
igorrotes, y al O. los de la provincia de Zambales.
Nuestros misioneros fueron recibidos por sus habitan-
tes como era de esperar de unos bárbaros, á quienes el
demonio habia persuadido de antemano que no reci-
biesen la religión que los españoles trataran de predi-
carles. Aquellos apostólicos varones, sin embargo, con-
fiados en el auxilio del Señor, entraron sin el menor
recelo en sus pueblos, y se hospedaron al principio en
una casita de caña y ñipa que les ofreció el encomen-
dero Jiménez del Pino. En seguida levantaron una
(i) Hoy asciende ese número á 37.068.
TOMO I. 17,
— 258 —
pobre iglesia en el pueblo de Binalatongan , conocido
ahora con el nombre de San Carlos, cuyo ministerio
fué el primero que se recibió como casa de la Orden
en el capítulo provincial de 1588.
38. Apenas los PP. misioneros levantaron la serial
de nuestra Redención en frente de su iglesia, el de-
monio alborotó á los habitantes del país para que cuan-
to antes los arrojasen de toda la provincia. La tiranía
que el padre de la mentira ejercía entre estos infelices
indios era espantosa, y el culto con que se hacia ado-
rar muy parecido al que le tributaban los pueblos de
otras provincias de Luzon. Tenian unos templos mi-
serables, dedicados á un ídolo llamado Ana- Gao ley , el
cual daba sus respuestas por medio de unas mujeres
llamadas Managanito , que eran las que hacian el ofi-
cio de sus sacerdotisas. Vestian un traje especial para
servirle, y le ofrecian aceites, ungüentos, olores y per-
fumes en unos vasos primorosos, y después de las
ofrendas les daba sus respuestas en un retrete acerca de
lo que le consultaban. Cuanto el ídolo ó el demonio
pedia por medio de estas diabólicas mujeres le era con-
cedido sin reparo, aunque fuese la vida de muchos ino-
centes, como á veces sucedía. Todo el poder de un
enemigo tan temible quedó desvanecido con la llegada
de nuestros religiosos, sin que diese más respuestas á
las ilusas mujeres, por más esfuerzos que hicieron con
el fin de aplacarlo.
39. Bien pudieran los pangasinanes haber salido de
su error al ver la impotencia de un dios á quien la
cruz y la presencia de seis hombres hablan enmude-
cido y atado; argumento que fué suficiente para con-
— ^S9 —
vertir al sacerdote de un templo de Apolo, en donde
se habia hospedado San Gregorio Taumaturgo; mas
estos bárbaros ni tenian la luz ni capacidad suficiente
para deducir la consecuencia que debia resultar de
aquel antecedente; pues lejos de respetar á los PP. mi-
sioneros, como superiores y más poderosos que su ído-
lo, se irritaron contra ellos y se determinaron á matar-
los. Mas el Señor, que velaba por su conservación, no
permitió que los bárbaros realizasen su designio de-
pravado. Faltó á los pangasinanes el valor para des-
hacerse de nuestros misioneros por medio del acero;
pero desde luego adoptaron la medida de agotar su celo
y paciencia, negándoles el sustento más preciso y
cuanto habian menester para cubrir las necesidades de
la vida; medio terrible en un país extraño, cuyos na-
turales no conocen el interés ni la codicia. Sufi'ian aque-
llos celosos misioneros con heroica resignación la te-
nacidad y los malos tratamientos de los pangasinanes,
y como no ignoraban cuál era el autor de la guerra
que les hacian, aunque delante de los hombres procu-
raban disimular su aflicción, pedian, no obstante, al
Señor en sus oraciones que remediara con su poder los
males que sufrían, y ablandara la dureza de aquellos
infelices, á quienes el demonio cerraba la puerta de su
salvación.
40. En aquellos dias azarosos aconteció á los afligi-
dos misioneros un suceso, que á los ojos de los hom-
bres era de sí suficiente para malograr los sacrificios
que hasta entonces habian hecho en beneficio de los
indios. Sucedió, pues, que una mujer principal, siendo
soltera, apareció embarazada, la cual, según sus barba-
— 26o —
ras costumbres, debia ser enterrada viva con el cóm-
plice de su delito. La india, instigada sin duda por el
padre de la mentira, dijo que el autor de su desgracia
era el P. Fr. Bernardo de Santa Catalina, superior y
vicario provincial de la misión. Los indios, que profe-
saban un odio mortal á este misionero porque procu-
raba con más eficacia su conversión, como ya estaban
predispuestos, creyeron al momento la calumnia, y sin
más averiguación salieron muchos de ellos para pren-
derlo y ejecutar en él la pena acostumbrada. No se al-
teró al verlos el virtuoso misionero; antes bien, luego
que supo el motivo y fin de su venida, procuró ante
todas cosas sosegarlos con blandura, y les dijo que él
daria cuenta de su persona. Logró con sus persuasiones
calmar á los alborotados indios; se hizo acompañar á
la casa de la mujer embarazada, y al verla la preguntó
si sabía en qué tiempo habia cometido aquella falta.
La culpada, sin prever la consecuencia de la respues-
ta, confesó llanamente lo que se le pedia : entonces el
P. misionero manifestó que en aquel tiempo habia
estado ausente del lugar en donde ella habia cometido
su pecado, y los indios, no pudiendo replicar, lo deja-
ron, quedando más acreditada su virtud. No por esto
depusieron estos bárbaros el odio mortal que tenian á
los PP. misioneros, porque los miraban como enemi-
gos de su culto y preocupaciones, por más chocantes
que pareciesen á la luz de la razón.
41. Nadie mejor que el limo. Sr. D. Fr. Miguel
de Benavides podia saber lo que pasaba en Pangasinan
en aquel tiempo; ni es de presumir exagerase los he-
chos, cuando daba razón de su iglesia á la Santidad
26l ,
de Clemente VIII. Voy á trasladar algunas de las cláu-
sulas de la relación, tales como se hallan en la historia
del limo. Sr. Aduarte : «Los milagros, dice, con que
se han convertido estas gentes, han sido la vida de los
ministros; aunque tampoco han faltado milagros, por-
que el Señor de cuando en cuando ha descubierto su
poderosa mano. Fueron allá (á Pangasinan) al princi-
pio seis religiosos de la dicha Orden de Predicadores,
y viéndolos los indios, luego les preguntaban cuándo
se hablan de ir : no veian la hora de echarlos de sí y
de su tierra, y como los aborrecían, no habia remedio
que les diesen de comer, ni por su dinero; y así pade-
cieron por espacio de tres años muchos trabajos; pero
corrían parejas la rebeldía de ellos y la paciencia de los
padres. Sobre esto cayeron enfermos de ellos cinco, y
lo estuvieron cinco meses; pero al cabo de ellos, sin
médicos, ni medicinas, ni regalos, fué Dios servido de
darles la salud. Eran tales los tratamientos que les ha-
cían los indios, sin tratar de convertirse ninguno de
ellos á nuestra santa fe, que teniendo noticia de ello el
Sr. Obispo de estas islas D. Fr. Domingo Salazar, á
petición de muchos capitanes españoles, quiso que los
religiosos les dejasen y se saliesen de entre ellos; los
cuales eran realmente la más mala gente y más fiera
y cruel que habia en la tierra; gente indómita, y que
sus fiestas eran cortarse la cabeza unos á otros; pero el
prelado que entonces era de la Orden no quiso con-
venir en ello, antes dijo : Egos indios tan malos, quiero
yo que los conviertan mis frailes. Después de tres años,
en los cuales sólo bautizaron algunos niños (que las
niñas no las querían dar), comenzaron á creer á los
— 262 —
religiosos, y fué el principio que el Señor tomo para
ello, que como vieron los indios el modo de vivir de
los frailes, los ayunos y penitencias que hacian, su pa-
ciencia en los trabajos, y que no solamente no les ha-
cian mal alguno, antes acudian á sus necesidades, co-
menzaron á ablandarse y creer lo que les decian. »
(Aduarte, lib. i, cap. xxi.) No puede darse un testi-
monio más brillante de los padecimientos y dificulta-
des que nuestros misioneros experimentaron en la con-
versión de los pangasinanes; testimonio que tanto por
la calidad de la persona que lo escribió, cuanto por la
del Papa á quien se dirigia, y tiempo en que se hizo,
merece toda fe.
42. Es á la verdad un grande desconsuelo para los
predicadores del Santo Evangelio el hallar tanta dureza
y pertinacia en aquellos 4 quienes procuran reducir al
gremio de la fe, principalmente cuando éstos despre-
cian altamente el tesoro inestimable de la doctrina que
se les predica en nombre del Señor, y aquéllos no pue-
den vislumbrar el fin de sus trabajos y afanes. En estos
casos es preciso revestirse de una constancia heroica, y
recordar la máxima consoladora del Apóstol : que el
hombre planta y riega, pero que Dios es quien da el
incremento. Nuestros venerables misioneros experi-
mentaron á la letra esta verdad entre los pangasinanes,
pues plantaban y regaban la semilla evangélica, sin que
medrase, en la estéril tierra de aquellos empedernidos
indios, hasta que Dios, mediante el extraordinario au-
xilio de su gracia, satisfecho de las penas y oraciones
de sus siervos, ablandó la dureza de los indios, y em-
pezó á hacer fructificar de un modo maravilloso su
26ji
palabra. Más había de un año que nuestros misioneros
estaban en aquella provincia, sin haber podido conse-
guir ninguna clase de ventajas, ni lograr siquiera que
los indios oyesen sus sermones. ¡Tal era la repugnan-
cia que tenian á la nueva religión ! Cansado el P. Vi-
cario provincial de aguardar inútilmente, le pareció
que ya era tiempo de romper el silencio y procurar
que los esquivos indios los escuchasen. Aprovechando
el favor que le facilitaba D. Juan de Vera, indio prin-
cipal, que por haber estado algún tiempo en Manila
ya era cristiano, y de un hermano suyo que gobernaba
el pueblo, se determinó á ir por las casas y pedir que
los indios le entregasen los niños para administrarles el
santo sacramento del Bautismo, ya que los grandes es-
taban empeñados en rechazar un don tan precioso.
Por este medio fué Dios servido de conceder á este
celoso misionero que comenzase á recoger las primi-
cias de la fe; pero aun fué necesario que su divina
Majestad obrase un milagro.
En efecto, cerciorado el misionero que en una de las
casas que tenía á la vista habia una criatura de poca
edad, subió á ella, acompañado del V. P. Fr. Luis Gan-
dullo, la pidió para administrarle el bautismo, y los de
la casa, que ya la hablan escondido, le aseguraron que
allí no había criatura alguna. Pero ésta desmintió por
sí misma el dicho de sus padres, porque levantando la
cabeza en su mismo escondite, fué vista por el com-
pañero del Vicario, y hablándole en lengua española,
le dijo: "Vén, hijo mió, que no sabes el valor del bien
que pierdes escondiéndote del santo sacramento del
Bautismo.» ¡Cosa maravillosa! Con esta invitación, que
— 264 —
el niño naturalmente no podía entender, salió y se aco-
gió á los brazos de este venerable misionero, quien lo
abrazó con ternura y le llevó á la iglesia, en donde lo
bautizó sin repugnancia de sus padres, que no pudie-
ron menos de conocer que la mano de Dios habia
obrado este milagro. Con este y otros casos extraordi-
narios se fué ablandando la dureza de aquellos fieros
corazones, y empezaron á respetar á los PP. misione-
ros, que con tanta paciencia insistían en convertirlos
á la fe.
43. La mudanza que el Señor obró en algunos prin-
cipales que reglan á la plebe, contribuyó en gran ma-
nera á la conversión de toda la provincia. Entre ellos
se distinguió uno de Magaldan, llamado Casipit : habia
sido antes tan enemigo de la fe, que hallándose en una
ocasión un padre Franciscano en su pueblo, habia de-
terminado asesinarle : con este fin ya le tenía derribado
en el suelo, y consumara, á no dudarlo, su delito, si
otros indios más prudentes no se lo estorbaran. A la
llegada de nuestros misioneros todavía no estaba do-
mada esta fiera; antes bien hacia tal oposición á sus
proyectos, que se presentó en Manila para que el go-
bierno dispusiese que saliesen de su pueblo, habiendo
antes ofrecido la mitad de su hacienda al encomendero,
á fin de que lo ayudase para lograr su necia pretensión.
Este Saulo perseguidor no tardó en convertirse en otro
Pablo, apóstol de su nación. El Señor, para ablandarlo,
convirtió primeramente á su mujer mediante las celo-
sas diligencias del P. Soto, el cual, persuadido de que
su conversión habia sido milagrosa, la llamó Gracia
en el Bautismo. Estando la neófitá bien impuesta en la
— 265 —
doctrina de la religión que tan de veras habia abraza-
do, no tardó en procurar la conversión de su marido,
y éste empezó también á escuchar con poca repugnan-
cia las exhortaciones piadosas de su consorte. Convir-
tióse al fin, y abrazó de veras la religión que tanto habia
odiado. Fué siempre muy constante y fiel á su primera
vocación, y con sus exhortaciones y ejemplo indujo a
otros muchos á que pidiesen el bautismo. A su con-
versión se siguió la de tres hijas que tenía y de toda su
familia, que era numerosa. Luego empezó á manifes-
tar á Dios su agradecimiento, dando muchas limosnas
para hermosear su casa, y atender á la subsistencia de
los PP. misioneros. Costeó el retablo mayor de la igle-
sia, contribuyó con una suma muy considerable para
levantar los colaterales, y nunca dejó de ser su más
fiel y constante bienhechor. Su casa, que antes habia
sido el asilo de la superstición, fué convertida en un
verdadero oratorio, en donde sólo se trataba de servir
al verdadero Dios. De esta y otras conversiones verda-
deramente milagrosas, resultó el gran respeto que tu-
vieron luego los pangasinanes á los PP. misioneros y
su doctrina, entrando por el camino real de la Iglesia,
y convirtiéndose en un pueblo fiel y fervoroso, habien-
do sido antes tan rebelde á la gracia como dócil á las
instigaciones del demonio.
44. Luego que los pangasinanes empezaron á reci-
bir la fe, ellos mismos procuraron desterrar la idolatría,
que por tantos años habia dominado en su país, y á fin
de que los PP. misioneros no dudasen de su sinceridad,
les descubrian los secretos y les suministraban medios
para que la verdad triunfase completamente del error.
— 266 —
En efecto, muchos principales cristianos y catecúme-
nos que de veras habian abrazado la doctrina de la fe,
les decian sin rodeos: «Es necesario, padres, que para
convertir á todos los habitantes de esta provincia, les
quitéis de una vez todo lo que tienen deputado para
el culto del demonio.» Como los PP. misioneros no
deseaban otra cosa, desde luego adoptaron el consejo
v se resolvieron á llevarlo á efecto con la prudencia y
precaución que un asunto de tanta trascendencia re-
queria. Era tal el temor que la preocupación habia
infundido en el corazón de los pangasinanes acerca
de las cosas deputadas á su antiguo culto, que no ha-
bia entre ellos quien se atreviese á tocarlas; mas los
PP. misioneros entraron á su vista en los sitios que
ellos tenian por sagrados, y sacaron cuanto habia en
ellos, para desengañarlos. Los utensilios de sus supers-
ticiones consistian casi todos en piezas de loza fina, y
también tenian un gran número de tinajas llenas de
vino muy añejo, del cual sólo hacian uso las sacerdo-
tisas, y á ningún otro era permitido probarlo ni tocar-
lo. Destruidas todas estas cosas, la muchedumbre abrió
los ojos á la luz de la verdad; quedaron los indios con-
vencidos de la inutilidad de lo que siempre habian mi-
rado con respeto, y desde entonces se entregaron sin
dificultad á la instrucción del catecismo.
Dispuestos los catecúmenos como convenia para re-
cibir el santo sacramento del Bautismo, procuraban los
PP. misioneros dar un realce especial á las imponentes
ceremonias que la Iglesia tiene señaladas para la ad-
ministración de tan augusto sacramento cuando se ha
de conferir á los adultos. Para ello solian escoger las
— 267 —
vigilias de Pascua y Pentecostés, en cuyos dias apare-
cian en las iglesias todos los catecúmenos dispuestos, y
se les reengendraba con gran solemnidad á la vida de
la gracia.
Vencidas las primeras dificultades, creció de tal ma-
nera aquella cristiandad naciente, que muy pronto se
vio libre la provincia de infieles, pues nadie se podia
resistir al influjo poderoso de la gracia para recibir la
doctrina de una ley predicada por tan dignos minis-
tros como eran aquellos celosos y ejemplares misio-
neros. En una relación que escribió en 161 2 el padre
Fr. Bernardo de Santa Catalina, verdadero apóstol de
los pangasinanes, se explicaba en estos términos : «Con
el gran cuidado que tienen por acá nuestros religiosos
de vivir, como hijos de nuestro Padre, en la observancia
regular y celo de las almas, han vencido gentes indó-
mitas, que no habia quien se pudiese avenir con ellas,
y son ahora como unos mansos corderos, grandes cris-
tianos : de los niños recien nacidos y bautizados tiene
ya esta provincia de Pangasinan diez mil en el cielo :
con estas partidas se va aumentando el número de los
predestinados. » Así, después de muchas amarguras, em-
pezaron á probar aquellos misioneros las dulzuras y
consuelos de la gracia, cogiendo á manos llenas los
frutos preciosos de sus apostólicas tareas con los mu-
chos hijos que reengendraban para Dios y su Iglesia,
Binalatongan fué por mucho tiempo el centro de sus
operaciones; pues de allí salian recorriendo los pueblos
comarcanos, enseñando, predicando y publicando con
la mayor solemnidad el santo Evangelio. La segunda
iglesia que edificaron fué la de un pueblo inmediato.
— 268 —
llamado Gabon, que ha perdido ya su existencia, in-
corporado con el de Calasiao, y sólo se ha conservado
su nombre en un barrio no distante del convento de
éste, en el camino que va á Magaldan. Su casa, sin
embargo, se halla aceptada en el primer capítulo pro-
vincial celebrado en 1588.
45. Decia el limo. Sr. D. Fr. Miguel de Benavi-
des á su Santidad que no faltaron milagros en Panga-
si nan á los principios de su conversión; y en efecto, el
Sr. Aduarte (lib. i, cap. xxiii) refiere algunos casos
que comprueban lo que aquel prelado venerable afir-
maba. No se obraron ciertamente con la frecuencia que
en la primitiva Iglesia; pero no faltaron los suficientes
para que estos indios conociesen que nuestros misio-
neros les predicaban una religión divina. En Calasiao
se puede muy bien asegurar que empezó la conversión
de sus vecinos por medio de un milagro. Estaba allí
el P. Fr. Alonso Montero muy afanado en predicar
las verdades de nuestra santa religión y la necesidad del
bautismo á los indios : en esta sazón le dijeron que
en un campo distante de la iglesia habia muerto una
criatura sin bautismo. Al oir el celoso misionero una
nueva tan poco agradable, se afligió en gran manera,
y como si el Señor le hubiese inspirado lo que habia
de suceder, lleno de fe, suplicó á los circunstantes con
empeño que le trajesen aquella criatura muerta ó viva.
Obedecieron los indios á su voz; se presentarork en
donde estaba el cadáver, y pidiéndolo en nombre del
misionero á sus padres, lograron fácilmente lo que sólo
servia á éstos de estorbo. Serian las doce de la noche
cuando los indios llegaron al convento, y apenas estuvo
— 269 —
la criatura en presencia del P. misionero empezó á dar
señales de vida; abrió los ojos, y parecia que disperta-
ba de un profundo sueño. Entonces se le administra-
ron las aguas saludables del bautismo, y desde luego
empezó á mejorar hasta que recobró perfectamente la
salud. Creció la criatura afortunada, y vivió muchos
años como buen cristiano, dando siempre buen ejem-
plo á los demás. Su vida era la admiración de todos, y
no era conocido por otro nombre que por el de resu-
citado. Es lamentable el descuido de nuestros primeros
misioneros en practicar aquellas diligencias que son in-
dispensables para la calificación de un hecho milagro-
so. En este caso no consta, es verdad, por diligencias
jurídicas que los enviados por el P. misionero hallasen
á la criatura muerta; mas las circunstancias con que lo
refiere aquel ilustre historiador, y los efectos saludables
que produjo, colocan el hecho sobre la esfera de las
leyes de la naturaleza.
46. Daré fin á este capítulo con otro caso prodigio-
so, para que conste que el Señor no dejaba de mostrar
de vez en cuando su admirable omnipotencia en testi-
monio de su fe. Uno de aquellos primeros misioneros,
al pasar en una ocasión por una calle para administrar
la confesión á un enfermo, fué llamado para que su-
biese á una casa en donde habia una cristiana que es-
taba padeciendo los dolores de parto más terribles. Diez
dias habian trascurrido con peligro de morir juntamente
con el feto, y al ver al P. misionero en su presencia,
animada de una viva fe, le suplicó que le leyese el
Santo Evangelio. El misionero accedió gustoso á los
deseos de la neóhta; rogó á los circunstantes que reza-
— 270 —
sen entre tanto algunas oraciones, y él leyó en alta voz
el evangelio de San Juan : In principio erat Verbum. Al
llegar á las palabras : Rt Verbwn caro factuf?i est , se
oyó llorar á la criatura, que acababa de nacer buena y
salva, sin que la madre hiciese en el acto demostración
alguna de dolor. Los presentes, en su vista, no pudieron
menos de admirarse y confesar la eficacia de las ora-
ciones de la Iglesia. De esta suerte se iba acreditando
y propagando la doctrina de la fe, y los PP. misione-
ros eran respetados de una gente que al principio los
miraba con horror. No es menos admirable la seguri-
dad con que andaban éstos de un pueblo á otro, solos
y desarmados, cuando aun eran tan aborrecidos; pero
también es preciso confesar que el Señor, por cuya
gloria trabajaban, los guardaba por medio de una vir-
tud superior, como los mismos indios llegaron á en-
tenderlo. Lo cierto es que siempre anduvieron de esta
suerte entre ellos, mientras los españoles no podían
dar un paso sin gran riesgo si no andaban bien acom-
pañados y armados.
« Otros muchos milagros podrian ponerse aquí (con-
cluye el mismo limo, autor), que se dirán después,
tratando de muchos religiosos de gran virtud que esta
provincia ha tenido, y muchos más son los que se ca-
llarán, por haberlos ocultado sus autores.» Y puedo
añadir que lo dicho basta para manifestar la gran pre-
dilección con que el Señor ha mirado á la nación pan-
gasinana, la que ha perseverado hasta nuestros dias
profesando con fervor la doctrina de la fe, tal como se
la predicaron los primeros fundadores de la provincia
del Santísimo Rosario.
— I'] I —
SEGUNDO PERIODO.
COMPRENDE DESDE EL PRIMER CAPÍTULO PROVINCIAL, CELEBRADO EN I 588,
HASTA EL NUEVO Y VOLUNTARIO VASALLAJE PRESTADO POR LOS HABI-
TANTES DE ESTAS ISLAS X LA CORONA DE ESPAÑA X ÚLTIMOS DEL SI-
GLO XVI.
CAPÍTULO IV.
Llegan á Manila otros cuatro religiosos de la Orden. — Primer capítulo pro-
vincial en 1588. — Patronato de Santa María Magdalena. — Aceptación
de las primeras casas de la provincia. — Mucre el P. Fr. Gregorio de
Ochoa. — Primera visita del provincial Fr.Juan de Castro. — Llegan otros
religiosos, y se da principio al ministerio de los chinos. — Fundación del
hospital de San Gabriel. — ídem de la iglesia y convento de Binondo. —
Viaje del P. Provincial y Fr. Miguel de Benavides al imperio de China. —
Sus trabajos, y regreso á Manila. — Gobierno y visita del P. Fr. Juan Co-
bo.— Muerte del V. P. Fr. Juan Crisóstomo.
En 1588 llegaron á Manila cuatro religiosos de la
Orden, que deben reputarse entre los fundadores de la
provincia del Sajitísimo Rosario. El P. Fr. Juan Cri-
sóstomo debia pasar á Filipinas en esta ocasión, por ha-
llarse ya algo aliviado de sus males, y en efecto se puso
en camino para el puerto de Acapulco; mas en Tissa
recayó en su enfermedad, y se vio precisado á quedar-
se en Nueva España por entonces, con harto senti-
miento de no poder seguir á sus hermanos. Los reli-
giosos que llegaron eran, en primer lugar, el P. fray
Juan Cobo, de quien dijimos que se habia quedado
en Méjico el año anterior para la expedición de los ne-
gocios de la nueva fundación. No hubiera sin duda de-
jado por entonces la ciudad, si el Virey no le hiciera
tuerza por un hecho que hace mucho honor á su vir-
— 272 —
tud. Como verdadero hijo de nuestro Santo Patriarca,
reprendia en la cátedra sagrada los vicios dominantes,
sin dirigirse á personas y sin temor á respetos huma-
nos. Mas aquel magnate, que quizás era el más cul-
pable , no sufria que los predicadores de la verdad cum-
pliesen con su deber sagrado. En su consecuencia en-
vió á Filipinas á nuestro Fr. Juan Cobo y al P. fray
Luis Gandullo por igual motivo, en calidad de dester-
rados, cuya pena aceptaron con acción de gracias , por-
que, ademas de serles muy honrosa, era muy confor-
me á sus deseos. Con ellos se embarcaron también el
P. Fr. Juan García y el hermano Fr. Juan Deza. Por
Febrero se hicieron á la vela en un pequeño y mal acon-
dicionado galeón, que naturalmente debia irse á pique
en cualquier mediano temporal que les aconteciese. No
les faltó este trabajo, y los restantes pasajeros no duda-
ron en atribuir su salvación á las oraciones de estos ve-
nerables misioneros, en particular á las del P. Fr. Luis,
quien tuvo una revelación de la Virgen Santísima, ase-
gurándole que no hablan de perecer en él. Pasaron,
sin embargo, muchos sustos, y llegaron á Manila an-
tes que la provincia celebrase su capítulo provincial,
cuyo acto se habia diferido por la noticia anticipada
que tuvo el Vicario General de su próxima llegada.
47. Entonces se trató de dar la última sanción á la
nueva provincia. El Vicario General aguardaba impa-
ciente la nueva elección, con la esperanza de dejar el
cargo que estaba desempeñando desde que la misión
se reunió en Sevilla, no para librarse del trabajo, sino
con el piadoso fin de hallarse expedito para dedicarse
exclusivamente á la conversión de los infieles. Convo-
— 273 —
có, pues, á los PP. que debían gozar de voz activa pa-
ra la elección de prior provincial, y al efecto designó
el dia 12 de Junio de 1588. En dicho dia se juntaron
todos los PP. que pudieron reunirse en el convento de
nuestro P. Santo Domingo de Manila, y eligieron de-
finidores á los PP. Fr. Diego de Soria, prior deí mis-
mo, Fr. Juan Cobo, Fr. Juan de Santo Tomas, vica-
rio de Bataan, y Fr. Bernardo de Santa Catalina, vica-
rio de Pangasinan; todos religiosos excelentes y dota-
dos de una virtud nada común. Después se procedió 4 la
elección de provincial, y no dudaron los vocales en pro-
longar el gobierno de la provincia en la persona del pa-
dre vicario general Fr. Juan de Castro, que, sin em-
bargo de que no faltaban sujetos que podian obtener
con mucha dignidad la prelacia superior de la provin-
cia, como en efecto después la obtuvieron, en aquellas
circunstancias pareció el más apto para regir una cor-
poración á la cual habia dado el ser. Salió , pues , canó-
nicamente electo provincial ;j y ésta fué la tercera vez
que recayó en él la carga de esta prelacia, pues habia
sido ya provincial dos veces en Chiapa y Guatemala.
Esta primera asamblea, que en calidad de capítulo pro-
vincial celebró la provincia del Santísimo Rosario, si
bien contaba todavía muy pocos individuos, fué, no
obstante, una de las más respetables que se han cele-
brado hasta ahora. Los vocales eran religiosos venera-
bles, y dotados de un celo extraordinario por la gloria
de Dios. No reinaba entre ellos la ambición de domi-
nar; sólo se trataba de dar á la provincia un prelado
que la rigiese dignamente, y adelantase la obra comen-
zada para llevarla á su debido complemento. Por esto,
18.
— 274 —
acabado el capítulo, sólo tuvieron motivos de alabar a
Dios, y no pensaron en otra cosa que en volver á sus
trabajosos ministerios.
48. Poco tuvo que hacer el definitorio en sus sesio-
nes, porque no habia abusos que corregir ni excesos
que enmendar. En las ordenaciones primordiales, que
de común consentimiento se habían establecido en Mé-
jico dos años antes, se prevenía lo que los PP. misio-
neros debian practicar para desempeñar fielmente el
ministerio de las almas, y cumplir con los deberes de
un perfecto religioso : ahora sólo restaba aceptarlas é
inculcar su observancia , lo que hicieron en el princi-
pio de sus actas. Se dio también á la provincia el glo-
rioso título de Nuestra Señora del Rosario , colocándola
bajo el amparo de su poderoso patrocinio, y se nom-
bró por segunda patrona á la discípula amada del Se-
ñor, Santa María Magdalena, como asegura el ilustrí-
simo Aduarte; aunque en sus actas no se hizo mención
especial; se infiere, sin embargo, de una denunciación
que se hizo en el capítulo provincial celebrado en 1 608,
por estas palabras terminantes : T)enuntia?nus , divam
Mariam Magdalenam patronam fuisse, et es se hujus nos-
tr^e provmcice ab initio suce fundationis, licet actenus non
fuerit litteris .mandatum; et si necesse est, illam denuo in
nostram patronam eiigimus. Se declaró que en la pro-
vincia no se admitiesen curatos, ni sus religiosos ad-
ministrasen á los indios ligados con el vínculo de jus-
ticia, sino que toda su obligación debia depender úni-
camente de la caridad, por manera, que debia siempre
de quedar á su arbitrio dejar los ministerios cuando
bien les pareciese; dando aviso de antemano á los se-
— 275 —
ñores ordinarios, para que entre tanto pudiesen proveer
á sus ovejas de ministros. Esta saludable disposición se
observó por el dilatado tiempo de dos siglos, hasta que
por autoridad real, fundada en breves pontificios, se
obligó á todas las corporaciones religiosas de las islas á
recibir la institución canónica para administrar los pue-
blos que no conservan el nombre de misiones, como
se dirá en su lugar.
49. En este capítulo provincial se aceptaron las cin-
co primeras casas que se hablan fundado hasta enton-
ces, a saber: el convento de nuestro P. Santo Domin-
go de Manila, la casa de Binalatongan, la del partido
de Bataan ó de Abucay, la de Gabon, la cual luego
fué incorporada con la de Calasiao, y la de Nuestra
Seííora del Rosario de Macao. Se amonestó en seguida
á todos los religiosos aplicados al ministerio de los in-
dios que tratasen á estos neófitos con mucha caridad
y espíritu de mansedumbre, como á hijos muy ama-
dos; mostrándoles el amor que les debian, no sólo con
palabras, sino también con obras; y que si alguna vez
se viesen precisados á castigarlos no lo hiciesen con sus
propias manos, sino por medio de otros, «con el fin
(dicen los PP.) de que no se convierta en furor la pa-
ternal corrección que se hiciere.»
La erección de la provincia del Santísimo Rosario , y
la elección de provincial recaída en la persona del padre
Fr. Juan de Castro, fueron confirmadas en el capítu-
lo general celebrado en Venecia el año de 159^- Y
el Rmo. P. Maestro general de la Orden, Fr. Hipó-
lito María Vecaria escribió una carta de oficio ala pri-
mera, en la cual, entre otras cosas, daba noticia a sus
— 276 —
religiosos del gran placer que los PP. definidores ha-
bian tenido por la erección de una provincia dedicada
á un fin tan elevado y tan conforme á los fines de la
Orden, asegurándoles al mismo tiempo, para su satis-
facción, que no se habia dado á la prensa la confirma-
ción de ella en sus actas por olvido de los que habian
corrido con la impresión.
50. Poco después murió el P. Fr. Gregorio de
Ochoa, uno de los primeros misioneros que fueron en-
viados á la conversión de los pangasinanes. Efa hijo
del convento de San Pablo de Valladolid, en donde
vivió algunos años con grande ejemplo de virtud. Sus
conversaciones sólo eran de Dios, ó dirigidas á su glo-
ria, de suerte que le disgustaba cualquiera otra, que
miraba como ajena de su estado. Luego que llegó á su
noticia que se trataba de fundar una provincia en Fi-
lipinas, dedicada á la conversión de los infieles, se alistó
entre los primeros fundadores, con los cuales llegó a
Manila en 1587. Destinado por el Vicario General á
la misión de Pangasinan, enfermó luego de peligro
por los malos tratamientos de sus feroces habitantes.
Como no era fácil que recobrase la salud en donde no
se le podia tratar con ninguna clase de regalos, lo en-
viaron sus hermanos á Manila, en donde se restableció;
mas cuando trataba de arreglar una gramática para fa-
cilitar á los principiantes el estudio de la lengua de
aquella provincia, recayó en la misma enfermedad, de
la cual no estaba todavía bien curado; y satisfecho el
Seííor de sus servicios, le dio la muerte de los justos,
para premiarle, como es de creer, sus merecimientos
en la gloria.
— 277 —
Hacia el mismo tiempo debió de fallecer el P. Bo-
laños, misionero de Bataan, del cual ya se ha hecho
mención; no habiendo podido suceder su muerte antes
del primer capítulo provincial, como supone el ilustrí-
simo Sr. D. Fr. Diego Aduarte, por hallarse asignado
en sus actas al convento de nuestro P. Santo Domin-
go de Manila, en donde debió morir, y no en el de
San Francisco; pues no es probable que pasase su en-
fermedad en casa ajena, cuando la propia estaba ya
concluida y habitada.
51. Concluido el capítulo, y vueltos los vocales á
sus respectivos ministerios, trató el provincial de visi-
tar personalmente las misiones de Pangasinan y de Ba-
taan. El fin de su visita no era ciertamente corregir
abusos, porque no los-habia; sino alentar á sus amados
subditos y dirigirlos en sus tareas apostólicas, como tan
perito en ellas, por los muchos años de experiencia
que tenía. Empezó su visita por Bataan, y quedó muy
satisfecho de los progresos de la misión, admirando la
gran docilidad de aquellos habitantes, y la afición con
que se dedicaban á la instrucción del catecismo. De
allí pasó á la provincia de Pangasinan, y observó que
las noticias que corrían por Manila de las fatigas y pa-
decimientos de sus hijos eran todavía diminutas, y les
faltaba mucho para manifestar lo que realmente suce-
dia. Los vio habitar en chozas miserables en una de
las provincias más húmedas y destempladas de las islas
en aquel tiempo; sin tener apenas con qué alimentarse,
ni medicinas con que aliviarse de los achaques consi-
guientes á una vida tan austera y trabajosa. Contem-
plaba gozoso la fuga del demonio de aquella tierra, que
— 278 —
por tanto tiempo había tiranizado, y fué testigo de
muchas maravillas, en vista de las cuales no pudo me-
nos de conocer que, á pesar de la tenacidad con que
aquellos indios se oponian á la fe, no estaba lejos el di-
choso dia de su completa reducción. Consoló á los re-
ligiosos, los animó á la perseverancia, y lleno de espe-
ranzas, regresó ala capital, en donde no le faltaba que
hacer en beneficio de las almas y gloria de Dios.
5¿. No tardó, después de su visita, en recibir un
nuevo consuelo con la llegada de cuatro venerables reli-
giosos, entre los cuales se contaba el P. Fr. Juan Cri-
sóstomo, que tanto habia trabajado para llevar á efecto
la provincia del Santísimo Rosario^ á quien al fin dio el
Señor el consuelo de ver su obra más adelantada de lo
que podia prometerse. Los restafites eran los PP. fray
Francisco de la Mina, Fr. Tomas Castellar y Fr. Alon-
so Montero : los tres habían sido ya ministros de la
Nueva España, y el primero habia trbajado con mucho
fruto por el largo tiempo de cuarenta años. Este fué
destinado al partido de Bataan, y los otros dos á la pro-
vincia de Pangasinan. El P. Fr. Juan Crisóstomo, co-
mo más anciano y achacoso, se quedó en Manila cui-
dando de los chinos, que habian sido confiados á la
provincia del Santísimo Rosario.
Este ministerio fué uno de los primeros que el se-
ñor Obispo de Manila entregó á nuestros religiosos
luego que llegaron á las islas. Antes de proceder á esta
diligencia invitó á los superiores de otras provincias re-
ligiosas; pero ninguno se determinó á cargar sobre su
corporación un cuidado tan difícil, y que á la sazón
era de muy poca utilidad, por el escaso número que de
— 279 —
esta nación se convertía á la fe. No negaré que ya en-
tonces se hubiesen dedicado algunos religiosos de otras
órdenes á la conversión de estos extranjeros; pero está
fuera de duda que á la llegada de los nuestros no ha-
hia un solo sacerdote á quien estuviese confiado este
cargo, y se ocupara en ello de intento; pues entonces
sucedía, con poca diferencia, lo que en el dia, en que,
por regla general, tan sólo se bautizan los que tratan
de casarse ó juzgan que con la nueva religión mejo-
rará de suerte su fortuna. Con el permiso del Obispo
y asenso del Sr. Vice-patrono el gobernador D. San-
tiago de Vera, se hizo cargo la Provincia de este mi-
nisterio, y el Vicario General destinó á su cuidado á
los PP. Fr. Miguel de Benavides y Fr. Juan Maldo-
nado, quienes tomaron posesión de él por Setiembre
de 1587. Desde luego se aplicaron al estudio del difí-
cil idioma de la gente que debian administrar; y sin
embargo de la avanzada edad de ambos, no tardaron en
predicarles é instruirles en el mismo, habiendo admi-
nistrado el santo sacramento del Bautismo á tres de los
recien catequizados, el dia de los Reyes de 1588.
53. La primera iglesia que se edificó para el cuida-
do de los chinos estaba cerca del convento de nuestro
P. Santo Domingo de Manila, en el sitio donde está
ahora el baluarte llamado de San Gabriel, y se le dio
por tutelar al glorioso San Pedro Mártir. Allí tuvo
principio el hospital del Santo Arcángel, que después
de varias traslaciones, duró el dilatado tiempo de dos
siglos. En él se cuidaban los chinos enfermos, á quie-
nes al principio se suministraban los alimentos necesa-
rios desde la enfermería del convento. El año siguiente
— 28o —
de 1588 se trasladaron estos edificios más allá del Pa-
rian, quedando este pueblo chino entre el convento y
el hospital, que desde entonces fué conocido con el
solo nombre de San Gabriel. Esta variación no fué ca-
sual, ni obra exclusiva de los hombres; porque, opo-
niéndose algunos religiosos á que se mudase el santo
patrón, echaron suertes entre los nombres de varios
santos, y por tres veces salió el de San Gabriel, mani-
festándose de esta suerte la voluntad de Dios en un
asunto que parecía de tan poca importancia. Entonces
el P. Fr. Juan Maldonado fué substituido por el insig-
ne P. Cobo, quien acompañó al P. Benavides en los
trabajos de este ministerio, y se dedicó singularmente
al cuidado de los enfermos con el auxilio del hermano
Fr. Pedro Rodríguez. A la hora de la muerte no ha-
bía chino que no pidiese y aceptase el bautismo que se
le proponía, y. por esta via empezó la conversión de
esta gente de una manera asombrosa, de suerte que no
tardó en formarse una cristiandad interesante. Por los
años de 1597, con motivo de un incendio que sucedió
en el Parlan, se abrasaron los edificios de la iglesia y
hospital, y nuestros religiosos empezaron luego á re-
edificarlos con más perfección y solidez, levantándolos
de piedra, cuando antes eran de tabla y ñipa; pero la
ciudad se opuso á la prosecución de estas obras, con-
siderándolas peligrosas á la seguridad de esta plaza por
la poca confianza que los chinos inspiraban al gobierno
de las islas. Por esta causa sólo se levantaron unos dé-
biles tabiques, asegurados con maderas, que eran sos-
tenidas por pilares. La obra de este hospital, que á la
sazón se levantó, llegó á servir; pero fué de corta du-
— 28l
ración, y como la provincia tenía un decidido empeño
en conservar un establecimiento de tanta importancia,
el año siguiente de 1598 lo trasladó á la isla de Binon-
do, al lado del Pasig, que la separa de Manila. Allí
permaneció en un estado más ó menos imperfecto,
hasta que por último en 1774 fué suprimido por un
auto de la Real Audiencia de las islas, como se dirá en
su lugar.
54. Con la traslación del hospital quedó suprimida
la iglesia del Parian, y los religiosos dedicados á la en-
señanza de los chinos se trasladaron á la de Binondo,
fundada en 1596 bajo la misma invocación del Santo
Arcángel para los chinos convertidos, á quienes el ca-
ballero D. Luis Dasmariñas habia cedido la expresada
isla de Binondo, con el fin de tener á los cristianos de
su nación separados de los infieles; pues con su vecin-
dad y comunicación no era fácil evitar las muchas su-
persticiones que los chinos suelen practicar, burlando
la más cuidadosa vigilancia d« las autoridades. Al mis-
mo tiempo, y con el mismo fin, edificaron nuestros
religiosos otra casa é iglesia en el sitio de Baybay, ex-
tramuros de Manila, bajo la invocación de Nuestra
Señora de la Purificación; la cual era como aneja de
aquélla, y las dos constituian el ministerio de los chi-
nos. Baybay estaba situado entre Tondo y el Pasig,
hacia la banda de la playa. Esta administración fué lar-
go tiempo disputada á la provincia del Santísimo Ro-
sario por los PP. Agustinos, primeros doctrineros del
expresado Tondo, hasta que por fin quedó agregada á
Binondo por la famosa transacción que se celebró
en 1 6 1 3 entre esta provincia y la del Santísimo Nom-
— 282 —
bre de Jesús. El año siguiente, por disposición del ca-
pítulo provincial que en él se celebró, fué su iglesia
suprimida, y los religiosos que la cuidaban trasladados
á la casa de Binondo, con cuyo pueblo ha formado
una sola parroquia desde entonces, si bien ha estado
casi siempre su administración á cargo de un religioso,
especialmente destinado á este objeto.
^^. Este ministerio era considerado por la provincia
del Santísimo Rosario como la llave que le habia de
franquear la entrada al imperio de China, para predi-
car en él la doctrina del santo Evangelio. En él los
religiosos más doctos y celosos se instruian en el idio-
ma y costumbres de aquellos extranjeros, y procura-
ban adquirir relaciones dirigidas al santo fin que inten-
taban. El mismo provincial Fr. Juan de Castro, sin
embargo de los muchos años de edad que ya contaba,
era el que más lo deseaba. No sabía, es verdad, el
idioma de los chinos, requisito indispensable para que
pudiese surtir algún efazto favorable su misión; mas
tenía á su lado un celoso é insigne misionero que ya
lo poseia. Era éste el P. Fr. Miguel Benavides, con
quien trató seriamente de hacer una tentativa en la
provincia de Fo-kien, de donde son la mayor parte de
los chinos que van á sus negocios á Manila. Con este
intento, concluida la segunda visita de su provincia,
se vio con el Obispo y Gobernador, les habló de su
proyecto, y obtuvo de los mismos el permiso compe-
tente para llevarlo á efecto. Faltaba, no obstante, quien
quisiere conducirlos; porque en China está rigorosa-
mente prohibida la entrada á cualesquiera extranjeros,
y los conductores son siempre castigados con severidad,
— 283 —
si tienen la desgracia de caer en manos de los gober-
nadores. El fervor, no obstante, de dos neófitos que
habian sido bautizados en Manila, venció esta dificul-
tad, que parecía insuperable. Llamábase el uno Tomas
Sey-guan y el otro Francisco : el primero habia reci-
bido el santo sacramento del Bautismo de manos del
Sr. Obispo Salazar, habiendo sido apadrinado por el
Sr. Gobernador D. Santiago de Vera y su sobrina dona
Ana; el segundo era hombre rico y de mucha influen-
cia entre los suyos : de suerte que todos estaban con-
fiados en que, con el favor de estos cristianos, se alla-
narían los obstáculos que se pudiesen ofrecer á su lle-
gada. Pero las disposiciones de la divina Providencia
eran otras.
El Provincial, antes de salir de las islas Filipinas,
nombró por su Vicario al P. Fr. Juan Cobo, para re-
gir á la provincia en su ausencia, y trató al mismo
tiempo de enviar á la corte de Madrid al P. Fr. Diego
de Soria, para desempeñar el cargo de procurador ge-
neral de la provincia. Por Mayo de 1590 se hicieron
á la vela, llegaron felizmente á las costas de Fo-kien,
y registrado el buque que los conduela por la marina
del Gobierno, fueron desde luego asegurados y con-
ducidos presos, con Tomas Sey-guan, á la ciudad de
Hai-teng, en donde fueron depositados por de pronto
en una pagoda dedicada á Neo-ma, diosa de la mar,
á quien los chinos navegantes tienen gran veneración.
En este lugar inmundo se vieron precisados los vene-
rables misioneros á celebrar la fiesta de Pentecostés, y
después de muchos dias fueron presentados al juez su-
perior, reputados por espías. Puestos de rodillas, como
— 284 —
reos, en su presencia, sufrieron un breve interrogatorio,
contestando á las preguntas el P. Benavides. Este ce-
loso misionero no tuvo reparo en asegurar al orgulloso
juez que su entrada en el imperio tenía por objeto
predicar y enseñar á la gente del país la verdadera re-
ligión, en la cual se halla solamente, con exclusión de
toda otra, la felicidad eterna de las almas. En esta au-
diencia no fueron los venerables presos maltratados;
pero tuvieron el desconsuelo de averiguar la mala dis-
posición de los infieles entre los cuales se hallaban,
para recibir la luz de la verdad. Cuando el juez enten-
dió que unos extranjeros hablan ido á su país para en-
señar á sus compatriotas una nueva religión, sólo dijo
que no tenian razón, y en seguida mandó que los de-
volviesen al lugar de su depósito.
56. Después ríe la primera audiencia no estuvieron
muchos dias nuestros venerables misioneros en la pa-
goda; porque habiendo sobrevenido luego una grande
inundación, se denó de agua el pavimento, y se vieron,
con este incidente, precisados á abandonar un asilo tan
poco agradable, refugiándose á una mala garita que
habia no lejos de allí en la muralla. Con las incomodi-
dades causadas por los vientos y las aguas, y con las
privaciones consiguientes á un estado tan aflictivo, en-
fermó de gravedad el anciano Provincial, y para su
consuelo movió Dios el corazón de un gentil que ha-
bia estado en Manila, quien pidió al juez que le per-
mitiese tener hospedados en su casa á los dos presos.
Obtenido el permiso, trató á nuestros venerables con
esmero, y les proporcionó todas las comodidades que
podian desear en un país infiel. En la mejor pieza de
— 285 —
la casa que les designó exclusivamente para su vivien-
da, levantaron un altar, y en él celebraban el santo sa-
crificio de la misa con extraordinario consuelo. El juez
procedia entre tanto con rigor contra los capitanes que
los habian conducido, y esto era lo que más atormen-
taba á nuestros venerables. Tomas Sey-guan, que era
el principal, fué condenado á azotes y á servir en la
milicia, cuya pena es la mayor que en China puede
sufrir un hombre honrado. Nuestros misioneros, sabi-
da la sentencia, se interpusieron con el mayor empeño
para que se revocase, ofreciéndose á sufrirla en sus per-
sonas, en atención á haber sido ellos los autores de la
causa; mas el juez, si bien perdonó á Tomas la pena
de azotes, admirado de la caridad de los intercesores,
ejecutó la más penosa, cual era la de servir en la mili-
cia en clase de soldado. Sin embargo, el fervoroso neó-
fito se conformó resignado con la pena, creyéndose
dichoso de sufrirla, por habérsela impuesto con moti-
vo de haber procurado que el nombre del Señor fuese
conocido en su país.
^"j. Luego que el juez llegó á penetrarse de la vir-
tud y candidej de los venerables misioneros, y vio la
gran conformidad con que sufrían sus trabajos, empezó
á tratarlos con blandura, convencido ya de que no po-
dían ser espías, como antes presumía, unos hombres
de costumbres tan puras y sencillas. Mas entonces un
perverso, al ver la deferencia con que los trataba, atri-
buyendo á cohecho lo que sólo procedia de su buen
natural, lo acusó á otro juez superior, inventando al
efecto un escrito, en el que se aseguraba que los pre-
sos habian sido efectivamente enviados como espías de
— a86 —
Luzon. La suspicacia de los chinos, la poca integridad
y mucha codicia de estos jueces, y la falta de medios
que tenian los venerables presos para defenderse de una
impostura tan maliciosamente combinada, pusieron el
negocio en un estado deplorable. El P. Benavides, que
defendia en persona la inocencia de entrambos, se es-
forzaba con todo su talento en manifestar el único fin
que los habia conducido al país; pero el juez apreciaba
mucho más los cargos del falso acusador que las razo-
nes alegadas en contrario. El venerable Provincial, por
otra parte, no estaba ocioso, pues encomendaba desde
su retrete el negocio al Señor, quien al fin se dignó
consolar á sus afligidos siervos en su tribulación. A su
divino auxilio se debió sin duda el desenlace de la tra-
ma, que la malevolencia y la astucia habian urdido
contra la inocencia y el candor de estos venerables mi-
sioneros. En una de las muchas idas y venidas que el
P. Benavides hacia al tribunal, se le hizo encontradizo
un desconocido, y le preguntó que adonde iba y cuál
era el negocio que traia entre manos. Iba el religioso
á satisfacer á sus preguntas, cuando el mismo lo in-
terrumpió, añadiendo que ya estaba de todo enterado,
y que la defensa de su causa era muy sencilla, pues
sólo consistía en suplicar al juez que le mostrase el es-
crito presentado contra él y su prelado, el que hallaria
sin firma, y por lo tanto ninguna fe podia merecer en
aquel tribunal superior; porque, si fuese cierto lo que
en él se afirmaba, no debia ocultar su nombre el autor,
puesto que ningún peligro corría su persona en dar la
cara contra dos indefensos extranjeros. Con la insinua-
ción del desconocido bienhechor halló el P. Benavides
— 287 —
la solución de la dificultad; porque, adoptando sus con-
sejos, extendió en debida forma un escrito, que visto
por el juez lo absolvió de la demanda, y dio luego por
terminado el asunto.
58. Sucedió al P. Benavides, durante el litigio, un
caso extraordinario, que le mostró de un modo muy
patente el auxilio con que el Señor y su Madre Santí-
sima lo estaban protegiendo. Habia presentado un es-
crito en caracteres sínicos, y estaba concebido con tal
perfección y maestría, que el juez no pudo persuadirse
fuese el firmante su autor, y aun llegó á sospechar que
una mano oculta agitaba el negocio. Como el padre
negaba este cargo, le mandó que compusiese otro es-
crito de igual naturaleza en su presencia. No dejó de
conocer aquél la gran dificultad que en la ejecución se
ofrecía, pues él mismo estaba admirado de haber sali-
do tan feliz en el primero. Entonces suplicó al juez se
sirviese concederle algún plazo para meditar acerca
de lo que habia de hacer : poniéndose desde luego de
rodillas, rezó una parte del rosario y pidió á la Virgen
lo amparase para salir felizmente del conflicto. Acaba-
da su breve oración, arregló el papel, echó mano del
pincel que sirve de pluma á los chinos, y empezó á
trazar los caracteres en presencia de todos con tanta ó
mayor facilidad que antes. Esta prueba acabó de incli-
nar al juez en su favor, y no pudo menos de conocer
que los acusados procedían sin malicia y eran inocen-
tes. Dispuso, sin embargo, que debian salir cuanto an-
tes del imperio, por no ser permitida la entrada á ex-
tranjero alguno, según las leyes, sin autorización supe-
rior. Con esto quedaron nuestros venerables misioneros
convencidos de que todavía estaba cerrada en este gran-
de imperio la puerta para entrar en él la luz brillante
de la fe, por los juicios inescrutables del Señor, que gra-
ciosamente confiere este precioso don á quien le place.
En la primera ocasión se dispusieron para regresar a
Filipinas; y dejaron, no sin dolor, á este país ingrato,
sacudiéndose el polvo de sus calzados, según el conse-
jo del Señor. Tuvieron una feliz navegación hasta Ma-
nila, en donde fueron recibidos con imponderable gozo
de sus hermanos, que con impaciencia deseaban tener
alguna noticia favorable de unas personas tan amadas.
Durante la ausencia del P. Provincial y compañero,
el P. Fr. Juan Cobo gobernó la provincia con el celo
y tino que era de esperar, en atención á sus bellas
prendas personales; pero su principal cuidado, y lo que
más ocupaba su solicitud, era el ministerio de los chi-
nos, que á la sazón tan lisonjeras esperanzas prometía
para propagar el Evangelio en su nación. Al ver que
no podia por sí solo llevar el peso de un ministerio tan
costoso, llamó en su auxilio al laborioso joven Fr. Do-
mingo F. Nieva, que con tanto celo habia trabajado en
Bataan, y destinó al mismo tiempo al hermano fray
Pedro Rodríguez para el cuidado de los chinos enfer-
mos de San Gabriel, en donde trabajó con mucha ca-
ridad y fué un instrumento fiel de las misericordias del
Señor. Visitó también las misiones de Pangasinan y de
Bataan, consoló á sus hermanos, que tan gloriosamente
trabajaban en la conversión de los infieles, y los animó
á la perseverancia. En este partido dispuso que se re-
uniesen á los pueblos de Samal y Abucay algunas ran-
cherías que habia en sus alrededores, y en las más dis-
— 2B9 —
tantes dio las providencias necesarias para que en ellas
se levantasen hospitales, en donde los enfermos pudie-
sen ser aliviados y asistidos con los auxilios espirituales
competentes.
59. Por este mismo tiempo falleció el venerable pa-
dre Fr. Juan Crisóstomo, satisfecho el Señor de sus
merecimientos. Tuvo el consuelo de ver en su vejez,
como otro Simeón, cumplidos sus deseos de pasar á
mejor vida fundada ya y muy adelantada la provincia,
por la cual habia trabajado tantos años con celo infa-
tigable. Perteneció este venerable misionero á tres pro-
vincias : á la de Andalucía, de donde era hijo; á la de
Méjico, en cuyas misiones pasó lo más florido de su
vida religiosa, y á la del Santísimo Rosario, que fundó,
y todas ellas pueden gloriarse con razón de haber po-
seído un hijo muy ilustre. Cuanto queda referido acerca
de la fundación de la provincia es suficiente para for-
mar el elogio más completo de su mérito; y si bien es
cierto que no tuvo el gusto de asistir con sus herma-
nos en las primeras tareas apostólicas que emprendie-
ron en las islas Filipinas, no por esto desmerece el
glorioso nombre de fundador de ella. Se quedó enfer-
mo en la capital del Nuevo Mundo en 1587, sufrien-
do resignado esta terrible prueba de su celo; en el si-
guiente, no restablecido todavía, se puso en camino
para Acapulco, y también se frustaron sus deseos; en
el de 1589 llegó por fin á su apetecido término, más
bien para ser testigo de los copiosos frutos que su pre-
ciosa planta producía, que para cooperar al apostolado
de sus hijos. En el poco tiempo que vivió en la pro-
vincia, ya que por sus achaques y vejez no le fué po-
TOMO I. 19-
— 1^0 —
sible trabajar entre los indios, se dedicó con mucha
caridad á la asistencia de los chinos enfermos, en cuyo
hospital pasó el resto de su trabajada vida. Aquí su es-
píritu acabó de purificarse en el crisol de los trabajos,
porque toleró una terrible enfermedad, en la cual parece
que el Señor le hizo purgar los defectos que son inse-
parables de la condición humana, con el fin de pre-
miarle en seguida sus merecimientos en la gloria. Mu-
rió, ó más bien dejó de existir en este valle de mise-
rias, el año de 1590, y su memoria ha quedado siem-
pre muy impresa en el corazón de los verdaderos hijos
de la provincia del Santísimo Rosario.
— 291
CAPITULO V.
Llega á Manila el gobernador D. Gómez Pérez Dasmariñas, y suprime la
Real Audiencia de las islas. — Sus competencias con el Obispo. — Conduc-
ta que en ellas observan nuestros religiosos. — El Obispo se resuelve á pre-
sentarse personalmente en la corte. — Su viaje. — Trata sus asuntos con el
Rey. — Divididas las islas en un arzobispado y tres sufragáneos, es nom-
brado arzobispo del primero y muere ántss de recibir las bulas. — Reseña
de su vida. — Celébrala provincia su capítulo en 1592, y el P. Fr. Alonso
Jiménez es electo provincial. — Sus disposiciones acerca de las vicarías. —
Muerte del P. Fr. Juan Castro, y reseña de su vida. — Embajada del Em-
perador de Japón al gobierno de Manila. — Intrigas de Foranda. — Se cele-
bra en Manila una junta, y el P. Fr. Juan Cobo es nombrado embajador. —
Su llegada al Japón y nuevas intrigas de Foranda. — Infieles relaciones de
algunos sujetos acerca de esta embajada. — El P. Cobo desempeña feliz-
mente su comisión y muere en su regreso. — Vuelta de Foranda á Manila.
60. Por Mayo de 1590 llegó á Filipinas su gober-
nador el caballero D. Gómez Pérez Dasmariñas, cuyo
nombramiento habia procurado el P. Alonso Sánchez.
Sólo faltaba á este ilustre personaje la moderación de-
bida á su genio colérico, para llenar perfectamente el
interesante cargo que S. M. le confiara; pero este solo
defecto le hizo cometer por desgracia excesos indiscul-
pables, y lo indujo á romper la buena armonía con el
virtuoso Obispo de Manila. Trajo una buena porción
de tropa para la seguridad y firmeza del gobierno de
las islas, y una real disposición para suprimir la Au-
diencia de Manila, la que llevó á efecto con general
sentimiento del país. Esta providencia fatal fué uno de
los amargos frutos que produjo la misión que llevó el
P. Alonso Sánchez á Madrid, y por desgracia el señor
Obispo fué el que más sintió sus consecuencias; por-
que hallándose Manila tan distante de la corte , faltan-
do el contrapeso de aquel tribunal superior, el Go-
— 1^1 —
bernador se constituía en un soberano casi indepen-
diente, de cuyos fallos no podia apelarse más que al
Consejo de las Indias. Por esto se suscitaron luego com-
petencias entre las dos autoridades, que Dasmariñas
decidia siempre en favor de su jurisdicción. Para adop-
tar esta medida se habia alegado como causa princi-
pal la necesidad de una respetable guarnición para la
plaza de Manila, cuyos gastos podian suplirse de algún
modo con el sueldo que se daba á los magistrados y de-
mas oficiales del tribunal; como si el gran Felipe II
fuese de tan mezquino corazón, que por esto dejara
abandonados á sus amados subditos á un sistema de
administración y de gobierno menos conveniente. Sin
embargo, la medida se llevó á efecto, porque así lo
creyó mejor el Consejo de Indias, alucinado por las re-
presentaciones de aquel inexperto enviado, y desde lue-
go se tocaron los inconvenientes de un paso tan poco
meditado. Era Dasmariñas tan nimio en sostener lo
que miraba como propio de la autoridad Real , que por
ella, á pesar de sus sentimientos religiosos, no repara-
ba en deprimir la jurisdicción eclesiástica; y como el
Obispo no tenía en Filipinas á quien pudiese apelar, su-
fría humillaciones con frecuencia contra su divina é
indisputable autoridad; pues la fuerza triunfaba siem-
pre de la razón y la justicia.
6i. Nuestros religiosos, como era natural, partici-
paban de las penas que afligían al Prelado, las que llo-
raron por mucho tiempo en el silencio, á fin de no
empeorarlas con su positiva resistencia. Pero al fin cre-
yeron que no podian mantenerse indiferentes abando-
nando á un padre y protector á quien tanto debían , sin
— 293 —
incurrir en la odiosa nota de ingratos. Resueltos, pues,
á defenderlo con todos sus esfuerzos dentro de los lí-
mites que dictaba la prudencia, tomaron la iniciativa,
procurando ante todas cosas el remedio de los males
por las vias conciliadoras de la paz. Entablaron al efec-
to negociaciones eficaces, propusieron honrosas tran-
sacciones, y practicaron cuantas diligencias les suge-
rian la caridad y el saber; pero en vano, porque Das-
mariñas, parapetado con la Real autoridad de que se ha-
llaba revestido, creia que no debia retroceder sin men-
gua de la misma, aunque se atravesasen consideracio-
nes dé personas respetables. Convencidos de la inutili-
dad de sus esfuerzos , pasaron á defender la verdad y la
justicia con la publicidad que estaba á sus alcances, sin
temor de las duras pesadumbres que podia causarles su
absoluto antasfonista. Los ecos v la voz de su concien-
cia llegaban a oidos de este jefe, y sin embargo de que
solia prorumpir en amargas quejas, nunca se atrevió á
usar de violencia contra ellos, porque por otra parte
tenian buen cuidado, como virtuosos, de no traspasar
los límites de la moderación. El que más se distinguió
en la defensa del Obispo fué el P. Fr. Diego de Soria,
y sin embargo, este insigne religioso siempre mereció
las atenciones y elogios de Dasmariñas.
62. Duraron estas disensiones mientras estuvieron
juntos en las islas Dasmariñas y el anciano Salazar; y
los males que éste deploraba eran de tanta gravedad,
que juzgó necesaria su presencia en la corte para re-
mediarlos, á pesar de que ya rayaba en los ochenta años
de edad. Resuelto, pues, á emprender un viaje tan
largo y penoso, pidió á la provincia del Santísimo Ro-
— 294 —
sario le asociase al referido P. Fr. Diego de Soria; pe-
ro Dasmariñas, temiendo quizás las diligencias que éste
deberia practicar contra sus disposiciones, le negó el
pasaporte, si bien lo concedió después al P. Fr. Mi-
guel de Benavides, que fué sustituido al primero. Por
esta via S. M. llegó á conocer el mérito de este sabio y
virtuoso misionero, y no tardó en elevarlo sucesivamente
á las sillas de Nueva Segovia y de Manila. El Gober-
nador no podia menos de temer la presencia del Pre-
lado en Madrid, y para que tuviese allí quien pudiese
defenderlo, nombró por su apoderado al Agustiniano
Fr. Francisco de Ortega. El Obispo, antes departirse,
arregló los negocios de su diócesis, y nombró por su
gobernador al P. Fr. Cristóbal de Salvatierra, su pro-
visor y compañero.
63. En 1 59 1, diez años después de haber goberna-
do santamente sus ovejas, se hizo á la vela el ilustrísi-
mo Prelado, con no poco sentimiento de dejar á su es-
posa en una ausencia tan larga, si bien estaba en la fir-
me confinza de volver á consolarla con el remedio de
los males que sufría. Desde Manila hasta el puerto de
Acapulco no tuvo más novedad que un grave susto,
motivado por la caida en el mar de su amado com-
pañero el P. Fr. Miguel de Benavides. Pero en este
lance se patentizó también la gran privanza de que su
Ilustrísima gozaba ante la majestad de Dios. Adverti-
da la desgracia, se practicaron desde luego las diligen-
cias oportunas; pero fueron éstas tan tardías, que de na-
da aprovecharan si el Sr. Obispo no procurara por otra
parte el remedio; porque cuando el piloto tuvo noticia
del suceso, ya estaba él caido más de tres cables cum-
— ^9S —
piídos del navio por la popa. Aun entonces la turba-
ción que era consiguiente á un suceso tan grave é ines-
perado retardó la echada del bote al agua, de suerte
que ya quedaban muy pocas esperanzas de remedio.
Entonces el Obispo se arrojó á los pies de una imagen
de Nuestra Señora, en extremo afligido, y fué su ora-
ción de tanta eficacia, que sin otra diligencia tuvo lue-
go el consuelo de ver á su amado compaíiero, mojado
y maltratado, pero vivo, en su presencia. Inclinóse en
seguida encima de una caja, y dio gracias al Sefior y
á su Madre Santísima por un favor tan señalado, ha-
biendo quedado todos asombrados del suceso.
También en la ensenada de Campeche les aconte-
ció otro suceso digno de consignarse en la historia. Al
llegar á este sitio peligroso, asaltóles con efecto un
temporal tan furioso, que arrojó de improviso el navio
sobre una cala, en la que quedó varado y profunda-
mente inclinado á una banda. La tripulación , que des-
de luego se tuvo por perdida, se apresuró á saltar cuan-
to antes á la playa, creyendo con razón que el casco
muy luego sería destrozado por la furia de las olas que
sobre él se estrellaban. Mas el Obispo, puesta la con-
fianza en Dios, se quedó en él con un solo sacerdote
que lo acompañaba; y habiéndose puesto inmediata-
mente en oración, el navio, sin haber recibido daño
alguno, se enderezó antes de haber subido la marea.
Los que habian saltado á tierra, admirados de un suce-
so que no podian menos de considerarlo milagroso, se
reembarcaron al momento, y se hicieron á la vela con
dirección á la Habana, en donde se hallaba una flota
que debia salir luego para Cádiz. La nave que condu-
— 296 —
cia al Obispo se incorporó con ella, y en breve llegó
á su destino sin haberle sucedido otra novedad en el
viaje.
64. La noticia de la llegada del Obispo de Manila
no fué grata en un principio á los oidos de S. M.; pero
luego que estuvo enterado de los motivos que lo ha-
bian conducido, se alegró en gran manera, y se mani-
festó muy dispuesto á otorgarle cuantas medidas pro-
pusiese en bien de su iglesia. Allí conoció el Prelado
virtuoso el grave daño que habia hecho el P. Alonso
Sánchez con sus proyectos peregrinos, los que fueron
combatidos victoriosamente en varios escritos que pre-
sentó al Real Consejo de las Indias, auxiliado por el
celoso y sabio P. Fr. Miguel de Benavides; algunos de
los cuales se conservan todavía en el archivo del con-
vento de Manila. Entre otras cosas, consiguió que se
restableciese la Real Audienia de Manila, y se divi-
diesen eclesiásticamente las islas Filipinas en cuatro
diócesis, erigiéndose en arzobispado la silla de Manila,
para la cual fué propuesto á la Silla Apostólica el mis-
mo obispo Salazar. También obtuvo de la piedad del
católico Monarca que los prebendados de su iglesia
fuesen mejor dotados, y que se despachasen algunas
providencias para atajar los abusos y excesos de los en-
comenderos; abusos que ellos sostenian con empeño
como legítimas costumbres, en grave perjuicio de los
indios y desdoro del nombre español.
65. Ya estaba aprobada por el Papa la erección de
las cuatro sillas episcopales en las islas Filipinas, y se
aguardaban las nuevas bulas en favor del Sr. Salazar
para metropolitano de Manila, cuando el Señor, satis-
— 297 —
fecho de los merecimientos de este prelado' virtuoso, lo
llamó para sí, coronando sin duda tantos méritos con
el premio de la gloria. Mientras estaba trabajando con
escritos y palabras en la corte en favor de sus ovejas,
le asaltó la postrera enfermedad, que no tardó en con-
ducirlo al sepulcro, terminando su larga y trabajada
vida con la muerte de los justos. Con motivo de sus
exequias sucedió un hecho sorprendente, que hace mu-
cho honor á la piedad del gran Felipe II : en el mis-
mo dia debian celebrarse las del Arzobispo de Toledo,
y los grandes, según costumbre, debian asistir á en-
trambas. Perplejos sobre lo que debian practicar, ele-
varon á S. M. una consulta acerca de lo que debian
hacer en aquel caso, y el piadoso Monarca, sin aten-
der á las grandes preeminencias del Primado, determi-
nó que honrasen con su asistencia al prelado más po-
bre y más modesto. En vista de esta resolución sobe-
rana, asistieron á las honras del Sr. Obispo de Manila.
De esta suerte quiso el Señor que fuese glorioso el se-
pulcro de este prelado venerable, que habia sido tan
amante de la humildad y la pobreza.
66. El limo. Sr. D. Fr. Domingo Salazar fué uno
de los prelados más insignes que han tenido las iglesias
de las Indias. Nació en la Rioja y tomó el santo há-
bito en el convento de San Esteban de Salamanca. Fué
contemporáneo y condiscípulo de los sabios maestros
Fr. Domingo Bañez y Fr. Bartolomé Medina, á quie-
nes no era inferior en el talento y en la continua apli-
cación á los estudios. Pudiera haber obtenido la nom-
bradla y honores que la cátedra proporcionó á estos
grandes hombres, si los deseos de ocupar su vida en
— 298 —
otra clase de trabajos más penosos no se lo estorbaran.
A este fin, abandonando las esperanzas que sus letras
y aplicación le ofrecian, se trasladó á la provincia de
Santiago de Méjico, con el objeto de ocuparse en la
conversión de los infieles, que tanto abundaban en aque-
lla sazón en el vasto Nuevo Mundo. Pero allí, contra
su inclinación, lo destinaron sus prelados á la cátedra,
y como religioso observante, se conformó con la volun-
tad de aquellos á quienes debia obedecer. No tardó en
dar pruebas manifiestas de su extraordinario talento;
pues luego mereció ser condecorado con el grado de
maestro en sagrada teología, última preeminencia á
que puede aspirar un religioso dominico en la Orden.
A pesar de esto, como no habia pasado á aquella apos-
tólica provincia para obtener honores, el Prelado con-
descendió al fin con sus deseos, que eran el poderse de-
dicar exclusivamente á la conversión de los indios, y
fué destinado á la provincia de Guajaca, en donde tra-
bajó con mucho celo y mucho provecho de las almas.
Allí redujo á muchos infieles al redil de Jesucristo, y
defendió con pecho invencible á los indios de toda cla-
se de vejaciones é injusticias. De aquel punto fué tras-
ladado á la Florida en donde padeció trabajos indecibles,
y después de muchos años fué llamado á la ciudad de
Méjico para desempeñar los cargos át prior del con-
vento de la Orden y de vicario provincial , honrándolo
al mismo tiempo el Santo Oficio con el distinguido
título de su primer consultor. Después de cuarenta
años, empleados gloriosamente, ora en la conversión de
los infieles, ora en los diferentes cargos que le confió
la Orden en la capital del Nuevo Mundo, cuando creia
— 299 —
que su muerte no podia estar distante, fué enviado á la
corte como protector de indios, para allanar dificulta-
des que se ofrecian con frecuencia en orden á la con-
versión y gobierno de los mismos. En Madrid desem-
peñó su grave comisión con la energía que habia here-
dado de su hermano en el hábito, el célebre Fr. Bar-
tolomé de las Casas, clamando siempre y procurando
el remedio de los males que afectaban á sus amados
protegidos. Sus diligencias é instancias no producian,
sin embargo, el éxito feliz que se habia prometido, y
no tardó en ser nombrado para primer obispo de las
islas Filipinas.
67. Si se para la consideración en las intrigas que
suelen reinar en las cortes, no es difícil inferir cuál fue-
se el objeto de los que propusieron á S. M. tal elec-
ción; pero también es preciso confesar que en Mani-
la, á la sazón, era absolutamente necesaria la presencia
de un prelado que reuniese las circunstancias del padre
Salazar. Colocado en la capital de las islas Filipinas, no
tardó con efecto en descubrir los males de que adole-
cia su iglesia. Sus habitantes se habian hallado hasta
entonces sin pastor, sujetos en lo espiritual álos padres
misioneros solamente, que si bien muchos de ellos es-
taban revestidos de un celo verdaderamente apostólico,
no tenian en su mano los medios necesarios para con-
tener los abusos que eran consiguientes al primitivo
orden de cosas, habida consideración á la distancia que
separa estas provincií^s de la metrópoli. Con estos abu-
sos tan sensibles se vio precisado á lidiar el limo. Pre-
lado con notable riesgo de la vida; pues se ofrecieron
á su celo varios lances peligrosos y difíciles, en los que
— 300 —
campeó su valor y prudencia de un modo admirable.
Tuvo disgustos á su llegada con motivo de la visita
diocesana que trató de plantear; pues la miraba como
un deber anejo á la dignidad episcopal, y á la que ya
se habian allanado los ministros evangélicos del Nuevo
Mundo.
Pero es preciso confesar que en esta parte el celo
del Prelado no fué del todo discreto, porque los regu-
lares se hallaban á la sazón competentemente autoriza-
dos para ejercer el ministerio de los indios sin ese re-
quisito, y pedia la equidad y la prudencia contempo-
rizar con ellos, pues eran los únicos que con sus traba-
jos y fatigas mantenían y acrecentaban la grey de Je-
sucristo en toda la extensión de las islas Filipinas. Si se
medita, no obstante, ^obre las circunstancias que ro-
deaban al Prelado, no será difícil descubrir los motivos
que pudieron inclinarlo á suscitar una cuestión tan de-
licada. En las islas habia excesos que corregir, y los pa-
dres misioneros no tenian el vigor suficiente para ex-
terminarlos : la autoridad diocesana era sin duda más
poderosa y más fuerte para conseguir aquel designio;
pero al mismo tiempo era indispensable que gozase de
prestigio. Tampoco debe omitirse que el Sr. Obispo no
procedía en sus determinaciones graves sin consejo : ha-
cia mucho aprecio de los dictámenes del P. Alonso
Sánchez, y no es de creer que se apartase de su opi-
nión en este asunto. Así lo juzga el autor de la Histo-
ria universal de Filipinas, part. ii, cap. xv, núm. lo,
en donde, hablando del asunto, dice: «No es muy ex-
traño tuviese el P. Alonso Sánchez la mayor parte en
las disensiones con los Agustinos, pues, como dice la
— JOI —
carta del Obispo al Pontífice, con él consultaba todos
los negocios, casos y dificultades.» El mismo P. Gas-
par de San Agustin, sin embargo de ser parte en la
materia, habla del Sr. Salazar con el mayor respeto, no
dudando en apellidarle santo muchas veces, y atribu-
yendo aquellas disensiones á su timorata y escrupulosa
conciencia, la que pronto se aquietó, dice, al ver los
pareceres de los PP. Cruz y Aguirre, residentes en la
Nueva España, á quienes consultó S. lima, desde Ma-
nila. Su buen corazón lo engañó en haber depositado
tanta confianza en aquel padre, que no tardó en cau-
sarle gravísimos disgustos; y puede asegurarse que sus
proyectos fueron la causa de su viaje á la corte; viaje
superior á sus debilitada^ fuerzas en una edad tan avan-
zada.
68. Sucedió su dichosa muerte el dia 4 de Diciem-
bre de 1594, la que fué muy sentida de cuantos tu-
vieron el gusto de tratarlo. La provincia del Santísimo
Rosario fué la que más debió llorarla; pero se consola-
ba con la esperanza de que no la dejarla abandonada
en la presencia de Dios el que tanto se habia esmera-
do por su prosperidad viviendo en la tierra. Su cuerpo
fué enterrado en la iglesia del convento de Santo To-
mas de Madrid, en donde se celebraron sus exequias,
y su memoria jamas se borrará del corazón de los ver-
daderos hijos de esta Madre agradecida, que con el fin
de perpetuarla hace de él mención especial en las ac-
tas de sus capítulos provinciales. El epitafio que se co-
locó en su sepulcro explica en compendio las virtudes
en que se distinguió este venerable é ilustrísimo prela-
do. Dice, pues, así: Hic jacet D. Fr. Dominicus de
— 302 —
Sa/azar Ordinis Prcedicatorum, Philippinarum Episco-
piiSy doctrina clarus, verus religiosa vita sectator, sua-
rum ovium piissimus Pastor , pauperum Pater^ et ipse
veré pauper. Obiit , 4 die T>ecembris anno 1594.
69. Volvamos ahora á reanudar el hilo* de nuestra
narración. Terminado el cuatrienio del P. Fr. Juan de
Castro, se procedió á nueva elección. A este fin se jun-
taron los vocales en el convento de nuestro P. Santo
Domingo de Manila el día 19 de Abril de 1592, y
eligieron al P. Fr. Alonso Jiménez, que era a la sazón
prior del expresado convento. Seglares y religiosos ce-
lebraron tan acertada elección , porque consideraban al
electo muy digno de ocupar empleos más honrosos.
Entonces se estrenó la nueva iglesia de piedra que nues-
tros religiosos edificaron después de haberse arruinado
la primera, cuyo acto dio más realce á este capítulo
provincial. En ella se defendieron públicamente algu-
nas conclusiones teológicas relativas á los abusos que
los PP. misioneros debian impugnar y exterminar, y
se decidieron puntos muy interesantes, con el fin de
que' los religiosos de la provincia del Santísimo Posario
fuesen de un mismo parecer y sentencia en asuntos que
afectaban al ministerio de las almas. En particular se
ventiló con mucha erudición el gravísimo punto rela-
tivo á la obligación que tienen los misioneros de las
islas de residir entre los indios que les estaban enco-
mendados, á fin de poderles adoctrinar personalmente;
y se probó de una manera incontestable que no po-
dian en conciencia abandonarlos con frivolos pretex-
tos; condenando á culpa grave á los que practicasen
lo contrario, en atención á la escasez de sacerdotes que
— 303 —
pudiesen sustituirles. Este pensamiento fué á la sazón
muy oportuno para evitar que los misioneros abando-
nasen el ministerio de los indios al ver que no podian
lograr los adelantos que les dictaban sus deseos y su
fervoroso celo por la salvación de las almas. Es cons-
tante que ni todos los judíos á quienes predicaba Jesu-
cristo, ni todos los atenienses que oyeron a San Pablo
en el Areópago se convirtieron. Es una verdad inne-
gable que en la conversión de los infieles el hombre
es sólo instrumento de la gracia. Su misión en esta
parte se reduce á sembrar la buena semilla en su cam-
po respectivo, y á regarla con su celo, su caridad y su
constancia. A Dios corresponde el incremento y des-
arrollo, según el pensamiento del Apóstol.
En este capítulo provincial se adoptó la máxima de
que fuesen de poca duración las vicarías : por esto ve-
mos en el título de Absolutiones que se absuelve al
sub-prior del convento de Manila y á todos los vica-
rios de las casas, reeligiéndolos de nuevo ó trasladán-
dolos á otras casas, al arbitrio de los PP. definidores.
Al presente todavía se pone esta fórmula y se observa
esta práctica en las actas de los capítulos. También se
dispuso en el título Ordinationes que todos los religio-
sos sacerdotes celebrasen diez misas por cada difunto
de la provincia; pero se nota al mismo tiempo que
esta disposición habia de durar tan solamente hasta que
hubiese siete casas erigidas; pues en este caso, debien-
do de ser mayor el número de individuos, sólo queda-
rían obligados á celebrar seis, como se ha practicado
hasta nuestros dias. •
70. Poco después de la celebración de este capítulo
— 304 —
perdió la provincia al célebre P. Fr. Juan de Castro,
su principal fundador, columna y sosten de la regular
observancia de la misma, la que le ha merecido justa-
mente el glorioso título de Santo. Sintieron mucho los
religiosos, como era natural, un golpe tan sensible,
pues todos le miraban como un padre amoroso, que
con su prudencia, doctrina y santidad de vida habia
elevado la nueva fundación á un estado floreciente. Era
natural de la ciudad de Burgos é hijo de hábito del
convento de San Pablo de la misma. Desde los prin-
cipios de su vida religiosa dio muestras especialísimas
de lo que habia de ser, pues se entregaba de un modo
singular al estudio de la virtud y de las letras, y cuan-
do su convento podia ofrecerle una cátedra para con-
decorarlo á su tiempo con los honores con que la Or-
den suele premiar el mérito de sus hijos aplicados, él
se trasladó al Nuevo Mundo para dedicarse á la con-
versión de los infieles, á pesar de la fuerte oposición
que su padre y su familia le hizo á fin de que no se
ausentara de su patria. En Guatemala trabajó hasta su
última vejez, ora en el ministerio apostólico, ora en los
oficios que la Corporación le conferia, habiendo des-
empeñado por dos veces la honrosa prelacia de pro-
vincial. Después de haber honrado por dilatados años
su provincia, fué enviado á la corte con el fin de ob-
tener de S. M. la decisión de varios asuntos en benefi-
cio de los indios, y concluida felizmente su comisión,
se retiró á su convento primitivo de San Pablo de Bur-
gos, á fin de disponerse para la última partida. Tal era
su ocupación cuando el P. Fr. Juan Crisóstomo pro-
yectó la fundación de la provincia del Santísimo Rosa-
rio Y principió á reunir algunos religiosos para el efec-
to. Con esta novedad se reanimó su celo por la gloria
de Dios y propagación del Evangelio, y persuadido de
que aun podria ser de alguna utilidad en la proyectada
fundación, se alistó con los primeros religiosos de la
Orden que se determinaron á pasar á Filipinas. Desde
su convento hizo el viaje á pié hasta Sevilla, y aquí se
vio en la precisión de hacerse cargo de la presidencia
y vicaría general de los demás, á quienes desde enton-
ces dirigió y condujo á la tierra deseada, desempeíian-
do los oficios de Moisés y de Josué. Nombrado en Ma-
nila primer provincial, tuvo el consuelo de presenciar
los progresos que hacian sus amados hijos y hermanos
en el ministerio apostólico, y deseoso de allanarles el
camino para conducir la fe al imperio de la China,
hizo un viaje con la mayor intrepidez, como queda
dicho, á la provincia de Fo-Kien, en donde padeció
grandes trabajos. Sin embargo de que habia recibido
una Real Cédula, por la cual S. M. lo nombraba obis-
po de Vera- Paz, tuvo la modestia de ocultar á sus her-
manos esta Real gracia, y, sin aceptarla, prosiguió en
sus acostumbrados ejercicios religiosos hasta la última
enfermedad. Persuadido ya de que su hora era llegada,
se retiró al hospital de San Gabriel, con el fin de mo-
rir pobre entre los pobres. Allí la enfermedad siguió
su curso, y al fin, entre los .brazos y lágrimas de sus
hermanos, entregó plácidamente su dichosa alma en
manos del Señor.
Por este mismo tiempo se vio Manib en un con-
flicto: su gobernador, que tanto habia molestado al
santo obispo Salazar y religiosos de la Orden que lo
— 3o6 —
habían defendido , se vio en la necesidad de buscar en-
tre ellos el remedio, quienes, por el bien de la ciudad
y de las islas, perdieron con este motivo á uno de sus
más ilustres y graves cohermanos : el hecho es el si-
guiente.
71. Taycosama, poderoso emperador de las islas de
Japón, envió una embajada á Filipinas, por medio de
la cual pedia nada menos que ser reconocido como se-
ñor de ellas, á quien debian rendirle sus moradores
vasallaje, con la arrogante amenaza de destruirlas en el
caso de negarse su gobierno á sus imperiosas exigen-
cias. No era desconocido en Manila el genio guerrero
del monarca japonés, su orgullo y su poder, la proxi-
midad de su imperio y el arrojo de sus tropas, valien-
tes y aguerridas. Estas circunstancias, atendido el corto
número de españoles que habia en Manila á la sazón,
la poca ó ninguna confianza que se tenía' aún en los
indios, y la imposibilidad de obtener nuevos socorros,
era de sí suficiente para infundir el terror y el espanto
en el ánimo de todos, persuadidos de que si aquel po-
deroso emperador llegaba á efectuar sus amenazas, la
ruina de las islas sería inevitable, si por otra parte no
las salvaba Dios por medio de un prodigio. Y es la
verdad que ni Dasmariñas ni los españoles á quienes
gobernaba se creian bastante fuertes para resistir á tan
formidable adversario, sin que por eso estuviesen tam-
poco dispuestos á condescender con las exigencias de
aquel monarca. No quedaba, pues, otro medio, en tal
estado de cosas, que optar entre la esclavitud 6 la
muerte. Para deliberar en situación tan apremiante se
formaron juntas, se emitieron pareceres, se consulta-
_ 307 —
ron los medios más prudentes, y por fin se resolvió
que convenia entretener al orgulloso soberano por me-
dio de otra embajada, con la cual se debia procurar
ganar su voluntad, y entablar solamente relaciones
amistosas de comercio entre Manila y Japón, sin acce-
der á su propuesta.
72. Las pretensiones de Taycosama habian sido pro-
movidas por un japonés llamado Foranda Kiemon,
quien tuvo la rara habilidad de triunfar y hacer por
algún tiempo su fortuna con embustes. Este malvado
habia perdido sus caudales juntamente con la fe, que
habia recibido en el bautismo , y tenía suficientes no-
ticias del estado de Manila por el largo, tiempo que
habia estado tratando con los españoles de esta capital.
Era muy amigo de Laxevadono, uno de los privados
de Taycosama, y por su medio pensó salir de la mise-
ria, proponiendo á este soberano la sujeción de las islas
FiHpinas á su corona; cuya propuesta no podia menos
de hallar en él la más favorable acogida, en atención
á su carácter dominante y ambicioso. Presentóle al
efecto un memorial, en que le pintaba á su modo la
situación de Filipinas muy acomodada al éxito feliz de
su proyecto : le decia que estas islas estaban bien po-
bladas de gente acostumbrada al trabajo, sujeta á unos
extranjeros que se llamaban castellanos, á los cuales
pagaban tributos los naturales del país en oro, cera,
mantas de algodón, y otros géneros; que los domina-
dores eran pocos y casi desarmados, quienes no podrian
resistirse á su poder; y concluia asegurándole que, si
era de su gusto, él mismo iria en persona á intimarles
que le rindiesen obediencia y vasallaje. El memorial
— 3o8 —
tuvo la acogida que Foranda podia prometerse, porque,
persuadido el ambicioso emperador que de esta suerte
podria fácilmente extender sus dominios, se determinó
á enviar á Filipinas una embajada, que confió al mismo
Foranda, á quien dio una carta para el gobernador de
dichas islas, en la que se esforzaba en ponderar sus
conquistas, su valor y el poder de su imperio; mani-
festándole también que trataba de conquistar la China
y reino de Manila, y que habia suspendido el último
proyecto por las noticias que tenía del buen trato y
acogida que en esta capital se daba á sus vasallos. En
atención á esto, decia que se habia limitado á enviarle
una honrosa embajada y proponerle que le reconocie-
se como seíior de las islas, sin demora; pues de lo con-
trario enviarla sus ejércitos para destruir y asolar toda
la tierra. Estas arrogantes letras iban acompañadas de
una catana ó sable al estilo de Japón, con la siguiente
inscripción : Gui-Hoc-Can; cuyo significado se inter-
pretaba por un perito, bajo de juramento, en estos tér-
minos : « Ahí te envió esa muestra de amor fraternal :
pasa la mar, para que sujeto me reconozcas.» Por ma-
nera que la señal misma de afecto que Taycosama en-
viaba á Dasmariñas, mostraba su altivez y arrogancia,
diciendo en compendio lo que se leia en su larga carta.
73. Despachado Foranda de la corte, se encaminó
hacia Nangasaqui para embarcarse, y presentarse en
Manila; mas en aquel puerto no le faltaron amigos
que, noticiosos de las pretensiones del monarca japo-
nés y del genio de los españoles, le manifestasen que
con los despachos imperiales que llevaba se exponía á
dejar la cabeza en aquella capital, si no procuraba algún
— 309 —
salvo conducto para templar de algún modo la dureza
con que en ellos se expresaba Taycosama. Con este fin
procuró Foranda algunas cartas de los PP. Jesuítas que
estaban á la sazón en Nangasaqui; mas el P. Valigna-
no, visitador de la Compañía, se excusó modestamen-
te, y no accedió á sus deseos en este particular. Con
esta repulsa ya no se atrevió Foranda Kiemon á pre-
sentarse en Manila á desempeñar la embajada, que él
mismo habia procurado; se fingió enfermo, y la confió
á otro Foranda, su sobrino y factor, que no corria tan-
to riesgo como él. Tales fueron los principios del su-
ceso que consternó al gobierno y habitantes de Mani-
la en 1592.
La medida que en las juntas se habia adoptado era
ciertamente la más prudente y acertada; pero faltaba
quien se encargase de una misión tan delicada y peli-
grosa. No halló Dasmariñas entre los seglares un su-
jeto que reuniese las circunstancias que eran indispen-
sables para salir bien del compromiso, y le buscó en-
tre los religiosos de la provincia del Santísimo Rosario,
la cual no dudó en sacrificar en esta ocasión á uno de
sus hijos más ilustres para la salud común de Filipi-
nas. Este fué el P. Fr. Juan Cobo, religioso sabio y
virtuoso, y dotado al mismo tiempo de un valor inal-
terable, del cual ya habia dado muestras en repetidas
ocasiones. El Provincial, á quien se habia dirigido
Dasmariñas, sin embargo del riesgo que llevaba esta
grave comisión, mandó al expresado religioso que la
aceptase, y éste, que no tenía otra voluntad que la de
su prelado, se sujetó humildemente y se conformó con
el mandato.
— 3^0 —
74- Vencidas las dificultades que se habian ofrecido
en el asunto, trató Dasmariñas de despachar la emba-
jada con el decoro que pedia el honor nacional. Escri-
bió una carta á Taycosama, y le mandó una docena
de dagas y otras tantas espadas de regalo, presente muy
análogo al que él mismo le habia enviado por medio
de su embajador anteriormente. En la carta hacia una
sencilla relación de la llegada de su embajador con un
escrito en su nombre, de cuya realidad dudaba, por
no haber venido á Manila una persona autorizada, como
con venia á su majestad imperial; y que con el fin de
certificarse le enviaba al P. Fr. Juan Cobo, como su
lugarteniente, quien por la embajada recibida, en el
caso de ser real y verdadera, le haria el debido acata-
miento, sin apartarse, empero, de la intención y obliga-
ción que tenía á su rey y señor, á quien daria cuenta,
para que S. M. se dignase resolver lo que fuese de su
mayor agrado; que finalmente le enviaba algunas co-
sas de regalo, las que no dudaba serian de su gusto, y
que el P. embajador tenía las convenientes instruccio-
nes para informarle acerca de lo que S. M. imperial de-
seaba saber. De esta suerte daba salida ingeniosamente
á los apuros en que se hallaba, y podia prevenirse en
el caso de que Taycosama tratase de efectuar sus ame-
nazas. Con este despacho salió de Manila el P. emba-
jador por Julio de 1592, acompañado de D. Lope de
Llanos, capitán de infantería. La navegación no fué
pesada, pues sin haber tenido contratiempos llegó la
embajada en breve tiempo al puerto de Satzuma, en
donde la estaba aguardando el intrigante Foranda Kie-
mon. De aquí pasó el P. embajador por agua á Nan-
— 311 —
gasaqui, y luego emprendió por tierra su viaje hasta
Nangoya, en donde estaba Taycosama. Foranda, que lo
acompañaba, trató de llevar á cabo sus enredos con nue-
vos embustes é intringas, y á este fin trataba de per-
suadir al P. embajador que las dagas y espadas que
el Gobernador de Filipinas enviaba á su emperador no
eran un regalo que le pudiese ser muy grato, y que en
su lugar le aconsejaba que le presentase mil pesos en
moneda acuñada. Mas el P. embajador, que penetró
desde luego sus intentos, se negó abiertamente á tal
propuesta; pues debia estar en la inteligencia de que
no era un reconocimiento lo que Dasmariñas enviaba,
como él quería dar á entender, sino un presente, de
costumbre en semejantes casos. No falta quien diga
que Foranda, sin embargo de la repulsa que le dio el
P. Cobo, se procuró por otra parte algunos pesos, y
que los entregó en nombre del segundo en señal de
vasallaje; mas esta noticia carece de verosimilitud y
fundamento.
j^. En Nangoya fué recibido el P. Cobo con las
atenciones debidas á su carácter : fué obsequiado y re-
galado, y á su tiempo desempeñó la embajada, entre-
gando á Taycosama los despachos y regalo del Gober-
nador de Filipinas, que aquél recibió con muestras de
afecto, y después de haber sido recibido en algunas
audiencias especiales y obsequiado del monarca, fué
despachado favorablemente para Manila.
Esta embajada ha sido la piedra de escándalo en que
han tropezado algunos historiadores que han escrito
del Japón , fundados en el texto del P. Luis Guzman,
autor á quien no juzgamos imparcial en la materia.
— 312 —
Los portugueses, sin duda con buena intención, tenían
un vivo empeiío en tener ellos solos misioneros de su
país en el imperio del Japón, y bastaba que cualquiera
religioso que no fuese portugués pusiese los pies en el
país, para alebrestarse por su llegada, y culparlo de los
males que sufrían. Cuando el P. Cobo entró en el Ja-
pon, ya los PP. Jesuítas habían sido extrañados por un
decreto imperial; de suerte que la persecución mas fu-
riosa que habían sufrido aquellos dignos ministros del
Señor desde su entrada en el imperio, dio principio en
I 587. Sin embargo, el P. Guzman pone todo su empe-
ño en exagerar los males de la Compañía y de la cris-
tiandad de este imperio, con motivo de las embajadas
de Manila. Quiere suponer, según el cronista de la pro-
vincia de San Gregorio (part. 3.^, lib. 11, cap. vii,
núm. 70), que á la llegada del P. Fr. Juari Cobo á Nan-
gasaqui había cierta diferencia entre dos castellanos que
estaban ya en Japón y portugueses, y que á pesar de
haber querido los PP. mediar con su acostumbrada ca-
ridad, valió poco, no obstante, su autoridad para el te-
son de los portugueses; y que entonces se enconaron
los castellanos contra religiosos y seglares, quejándose
á Taycosama del agravio, é informándole que los pa-
dres se mantenían en Japón, contra sus decretos. No
hay duda que si aquellos castellanos obraran de tal
suerte, como sin fundamento asegura, se portaran ini-
cuamente; pero no se para en una acusación tan odio-
sa : quiere todavía que los males que se agravaron so-
bre aquella infeliz iglesia fuesen en parte consecuen-
cia de la embajada del P. Fr. Juan Cobo, por suponer
que este embajador se llevó de Nangasaqui á Nangoya
— 3^3 —
á uno de aquellos castellanos agraviados, que se queja-
ron ante el Emperador, quien por ello se alteró de tal
manera, que, dice, escribió al Gobernador de Manila
otra carta tan arrogante y llena de amenazas como la
primera; que amenazó de muerte á los portugueses, y
que les quitó los gobernadores que tenian cristianos,
poniéndoles uno gentil en su lugar; de todo lo cual
deduce como consecuencia legítima que este mal, y
los demás que le siguieron, fueron producidos por
la embajada de Manila. De suerte, concluye el Padre
Guzman, que de toda esta embajada no se siguió otro
fruto ni provecho sino la destrucción de aquella igle-
sia y casa de Nangasaqui, y el desconsuelo universal
de aquella cristiandad.
76. Es necesario tener una venda en los ojos, para
no ver la ligereza que dirigía la pluma de este escritor,
quien parece se propuso hacer un panegíriso de los
portugueses, y condenar cuanto no era conforme á sus
miras. Cotejado su relato con lo que dice el limo, se-
íior Aduarte, podrá formarse un juicio más exacto de
la fe que en la materia merece su aseveración; pues,
según éste, el P. embajador, no sólo no abogó por los
castellanos contra sus contrincantes los portugueses de
Japón y PP. Jesuítas, sino que, como caritativo y ce-
loso misionero, intercedió por éstos, á ñn de que pu-
diesen habitar libremente en el imperio y reparar las
iglesias destruidas; ni es de presumir obrara de otra
suerte un sujeto que por su extraordinaria virtud ocu-
pa un lugar muy distinguido en las crónicas de la pro-
vincia del San f istmo Rosario. Igual equivocación se ad-
vierte en el P. Colin, lib. 111, cap. vi, fundado en los
— 3H —
escritos del citado P. Luis de Guzman, pues dice «que
no teniendo el P. Cobo intérprete de la lengua por su
parte , fué necesario que para tratar los negocios lo fue-
sen Foranda Kiemon y su padrino, el valido del Em-
perador, que le dio la mano para sus embustes; y que
como éstos daban á la carta y palabras del embajador
las traducciones que les eran más favorables, y al gus-
to del Emperador más conformes, les hizo éste tanto
agasajo y honras á los embajadores; porque lo que lle-
gó á entender fué la obediencia, el reconocimiento y
vasallaje, que él deseaba, de los españoles.» [Crónica de
la provincia de San Gregorio, parte 3.^, lib. i, capítu-
lo VII, núm. 1 16.)
De esta suerte desfiguraba los hechos el citado his-
toriador, porque las embajadas que de Manila se des-
pachaban para las islas de Japón no eran conformes á
las pretensiones de los portugueses, empeñados en man-
tener un absoluto exclusivismo en el Japón. Pues bien;
si, según el P. Guzman, el P. Cobo pasó por Nan-
gasaqui; si allí fué informado por los castellanos de las
disensiones que tenian con los portugueses, y si uno de
aquéllos lo acompañó á Nangoya, ¿cómo se hace creí-
ble que el embajador se presentase ante el Emperador
sin un intérprete de su entera confianza? Si, según el
P. Colin, fueron los embajadores tan agasajados y hon-
rados del Emperador porque entendió que se le con-
cedía lo que habia pretendido, ¿por qué, entonces, se-
gún el P. Guzman, se portó con tanta aspereza, tanta
arrogancia y soberbia? Pero oigamos al limo. Aduarte,
autor contemporáneo, que podia estar perfectamente
informado de estos hechos.
— 3^S —
77. «Supo, dice, el P. Juan representarles bien la
grandeza, magnificencia y riquezas de nuestro rey, la
fortaleza de sus soldados, y cuan poco era Japón en su
comparación; que con muy poca gente habia conquis-
tado un nuevo mundo; cosas bien ajenas de las que el
Emperador solia oir, que son todas lisonjas y superio-
ridades, sin que haya quien se atreva á hablar jamas
de otra manera; pero como las que el padre le decia
eran tan manifiestas, y las veia puestas en práctica en
la Nueva España, en Filipinas y en la India, que es
lo que él conoce, templóse algo y dijo: que cesarla de
su intento si los españoles de aquellas islas le diesen
cada año algún presente en parias y reconocimiento de
algún vasallaje. A lo cual el padre respondió que pri-
mero darian las vidas que tal hiciesen; que bien po-
drían ser muertos por ser pocos, pero no vencidos, ni
sujetos en la tierra a otro que á su rey legítimo y na-
tural; que si Japón queria su amistad, se la harian muy
buena y la guardarían con gran fidelidad; pero que no
esperase más de ellos por ningún caso. » (Lib. i , capí-
tulo XXXIII.) Prosigue luego el mismo limo, autor que,
lejos de indignarse Taycosama con esta respuesta tan
contraria á sus intentos, le cayó en gracia, agasajó al
embajador, le convidó á su mesa y le hizo grandes fa-
vores; que en su vista se adelantó el P. Cobo á ro-
garle se dignase levantar la mano de la persecución
que habia declarado á los PP. jesuítas, y permitiese re-
parar sus iglesias, que habia mandado destruir; que to-
do cuanto le pidió se lo concedió gustoso, y lo despi-
dió favorablemente. Sea lo que se quiera de la exacti-
tud de esta relación, la cual está fundada, sin embargo.
— 3i6 —
en los documentos más verídicos, de cuya verdad no
se puede dudar, ni se dudaba por nadie cuando el se-
ñor Aduarte escribia su historia, lo cierto es que el pa-
dre embajador se dispuso con la mayor celeridad para
regresar á Filipinas, y dar á sus compatricios la feliz
noticia del buen despacho de su embajada; y que Fo-
randa, más perito en la navegación de aquellos mares,
aguardó el buen tiempo para presentarse en Manila
como embajador de Taycosama, con el fin de dar la
última mano á los negocios que aquél habia dejado en
buen estado. Ahora bien; si Foranda interpretó en sen-
tido contrario la carta del Gobernador de Filipinas y
discursos del P. embajador; si persuadió á Taycosama
que aquél convenia en que los españoles le prestasen la
obediencia que de ellos pretendia; si habló de otra suer-
te con el mismo embajador, dándole á entender que el
Emperador quedaba satisfecho con las relaciones amis-
tosas que aquél le proponia, ¿cómo fuera posible que
se atreviese á presentarse ante el Gobernador de Fipili-
nas en persona, cuando antes se habia fingido enfermo,
temeroso de perder la vida por la propuesta indiscreta
de su emperador? Las relaciones, pues, de los PP. Guz-
man y Colin son inverosímiles, carecen de fundamen-
to, se destruyen por sí mismas y son opuestas á noti-
cias más imparciales, que los demás autores graves y
contemporáneos nos han legado.
78. Alegre el P. Cobo con el resultado feliz de su
misión, salió de la corte y se presentó en Nangasaqui
con los despachos necesarios. Entre tanto escribió y
entregó por precaución una carta á Foranda, en la que
daba noticia á las autoridades de Manila de los sucesos
— 317 —
de la embajada, y luego se embarcó en un tiempo pe-
ligroso para llegar cuanto antes á las islas Filipinas;
pero desgraciadamente le asaltó sin duda algún furioso
temporal, que estrelló, como se cree, su embarcación
sobre las costas de la Formosa, en donde pereció con
los que lo acompañaban. Esto es lo que se conjetura de
su desgracia, pues nada se pudo saber de positivo, des-
pués de su salida de las islas de Japón.
Por Abril de 1593 llegó Foranda a Manila con el
carácter de embajador de Taycosama; cuya noticia al-
teró en gran manera á sus vecinos, pues nada todavía
se sabía del resultado que habla tenido la embajada del
P. Cobo; mas el contenido de la carta de este religio-
so con su verdadera firma templó el vulgar rumor, es-
tando ya persuadidos que la embajada habia surtido los
más felices resultados. Pero la extraordinaria tardanza
en llegar el P. embajador enlutó de algún modo la ale-
gría general, y se trató con disimulo á Foranda, por-
que ya no se ignoraban en Manila sus intrigas, y con-
venia también no dar á Taycosama motivo alguno de
disgusto, pues su enemistad pudiera ser funesta á las
islas y al comercio que muchos de sus vecinos ejercían
en Japón. La provincia del Santísimo Rosario fué la
que más perdió en esta desgracia, porque quedó pri-
vada de un hijo cuya ciencia, prudencia y santidad de
vida la honraban sobremanera, particularmente en una
época en que poseía un número tan escaso de sujetos.
El Sr. Aduarte asegura que algunos religiosos de gran
virtud tuvieron privadas revelaciones, en las que se les
manifestó que el P. Fr. Juan Cobo habia pasado á go-
zar de Dios, sin expresar las circunstancias de su muerte.
— 3i« —
CAPITULO VI.
Dasmariñas organiza una expedición para posesionarse de las Molucas, y es
asesinado por los chinos de su galera en el viaje. — Observación acerca de
su muerte. — Le sucede en el gobierno su hijo D. Luis, y envia al P. fray
Luis Gandullo á China para recuperar lo que los asesinos de su padre ha-
blan robado. — Frutos de su viaje. — Llegan á Manila algunos mandarines
chinos. — Junta intermedia de 1594. — La administración espiritual de Ca-
gayan es entregada á la provincia. — Conquista final de Cagayan por Car-
rion. — Su combate con unos corsarios japones. — Guiab y sus dos herma-
nos.— Sujeción de la provincia. — Los PP. Agustinos en la Nueva Sego-
via. — La dejan, y entran en su lugar los nuestros. — Primeros misioneros
de la Orden que dan principio á la predicación del santo Evangelio en sus
pueblos. — La sacerdotisa Fulangan desaparece en Cabicungan. — Conver-
sión de Siriban. — Primeros bautismos en Lal-lo. — Tratan los de Abulug
de expeler á los PP. misioneros. — Se convierten por último á la fe. — Te-
naz resistencia de los de Camalanyugan. — Conversión de Siguiran. — Pres-
tan espontánea obediencia al Rey, nuestro seííor, mediante las diligencias
de nuestros religiosos. — Relación del Sr. D. Fr. Miguel de Benavides.
79. Luego que D. Gómez Pérez Dasmariñas des-
pachó su segunda embajada al soberano de Japón, me-
diante la persona del santo mártir Fr. Pedro Bautista,
de quien se hablará después, trató de realizar su gran
proyecto, premeditado mucho antes, sóbrela conquista
de los Molucas. Al efecto habia juntado mil soldados,
cuatrocientos pampangos arcabuceros, y mil indios de
Visayas entre lanceros y flecheros, con cuatrocientos
chinos para el remo y la marinería necesaria. Debian
conducirlos un galeón, algunas fragatillas de particu-
lares, varias galeras y otros buques de menor porte;
por manera que se componia la escuadra de cien bu-
ques regulares, capaces de atravesar aquellos tempes-
tuosos mares. En Otong estaba D. Esteban Rodriguez
de Figueroa con el mejor tercio de las tropas, y en
— JI9 —
Cebú, con otro tercio, D. Luis Pérez Dasmariñas,hijo
del Gobernador, el cual debia salir de Manila con el
resto del ejército, que debia incorporarse con la gente
de entrambas. Este, contra el parecer de los pruden-
tes , quiso capitanear personalmente la compañía , per-
suadido quizá de que no habia por entonces un militar
en Filipinas á quien pudiese confiar una escuadra tan
crecida. Salió del puerto de Cavite el 17 de Octubre
de 1593 con una hermosa galera, acompañado de al-
gunos religiosos y españoles, y conduciendo la caja
para el pago de la tropa. Las demás embarcaciones se
hicieron al mismo tiempo á la vela, y navegaron to-
das al principio con viento favorable; pero no tardó en
declararse un leste furioso, que fatigaba á los bogado-
res sin provecho. La capitana, sin embargo, más lige-
ra y mejor provista que las demás, se adelantó más de
lo que convenia, hasta que, advertido el atraso de las
otras embarcaciones por el Gobernador, dio fondo jun-
to á la punta de Santiago, en la costa de Batangas. Aquí
los chinos bogadores fraguaron una conspiración, que
desbarató los planes de esta grande empresa. El proyec-
to de los desleales no dejaba de ser arriesgado, porque,
sin embargo de ser los traidores en número mayor que
los españoles, estaban éstos bien armados y eran gente
de valor; mas la codicia envalentonó á los primeros, y
la demasiada confianza perdió á los segundos. Para rea-
lizar su traición aprovecharon el silencio de la noche,
y mientras los incautos españoles estaban entregados al
descanso, se armaron de todas armas, sin dar lugar á
que éstos se juntasen ni pudiesen defenderse. Sorpren-
diéndolos, pues, en lo más profundo de su sueño, em-
— 320 —
pezaron á decapitarlos, asesinando á cuantos se les opo-
nian. A la gritería y confusión que eran consiguientes
á la sorpresa, despertó el Gobernador, y al sacar la ca-
beza por la escotilla se la partieron de un sablazo. Al
verse herido mortalmente se retiró al camarote, cogió
el libro del rezo de su Orden (era caballero del hábi-
to de Santiago), y abrazado con una imagen déla Vir-
gen, espiró. Quedaron con vida un P. Franciscano, el
secretario del Gobernador y algunos otros, que logra-
ron evadirse de las manos de los traidores á nado ó
con el bote, bien así como los que se hablan mante-
nido encerrados bajo de cubierta, á quienes perdona-
ron los sublevados, satisfechos con el rico botin de que
se hablan hecho dueííos. Consumado ya el atentado,
dirigieron la proa los traidores hacia las costas de Zam-
bales é llocos, para refugiarse en su país y gozar el
fruto de su perfidia. Mas su impericia ó los vientos los
condujeron á Cochinchina, en donde el Rey y sus mag-
nates los despojaron del botin.
Esta desgracia desanimó á los capitanes del ejército,
porque, al verse sin cabeza ni dineros, no se atrevieron
á proseguir la comenzada expedición, y en su conse-
cuencia regresaron con sus buques á Manila. Aquí tuvo
lugar á la sazón una pequeña competencia acerca del
sujeto en quien debia recaer el gobierno de las islas :
algunos estaban empeñados en reconocer al licenciado
Rojas; mas la elección ya estaba hecha por el difunto
en la persona de su hijo D. Luis, en virtud de una
Real disposición que habia recibido, cuyo documento
se halló en un baulito que habia depositado en poder
del P. Agustino Fr. Diego Muñoz. Con esto se ter-
— 321 —
minó la competencia, y D. Luis Pérez Dasmariñas to-
mó posesión de su gobierno el dia 3 de Diciembre del
mismo año.
80. Sentimos como es debido la desgraciada muerte
del valiente, del noble y leal D. Gómez Pérez Das-
mariñas, pues ha sido uno de los gobernadores que más
han ilustrado el nombre español en las islas Filipinas;
pero tuvo como hombre sus defectos. Se dejó llevar
más de una vez de su genio colérico, y la supremacía
del gobierno temporal le deslumhró y no le dejó ver
como era debido la superioridad del espiritual en los
asuntos que competen á la jurisdicción eclesiástica; fal-
tas que empañaron su gobierno, por otra parte glorio-
so. Ya dejamos dicho que la poca conformidad con el
Sr. obispo Salazar motivó graves competencias, que
obligaron á este prelado virtuoso á emprender un via-
je á la corte en su avanzada edad de ochenta años.
Ahora veamos el distinto fin que la divina Providencia
tenía reservado á uno y otro. Este salió victorioso ante
la persona del Monarca de todos sus empeños, y acabó
en paz sus dias con la muerte de los justos; fué hon-
rada y obsequiada su memoria por el Rey y por la
grandeza de la monarquía con preferencia al que es
mirado como primado de la misma, y su venerable
cuerpo fué depositado como convenia á su carácter en
el templo del Señor. Su desdichado antagonista, por el
contrario, tuvo la desgracia de ser asesinado un año
antes, sin que su cadáver pudiese ser honrado con se-
pultura eclesiástica, pues fué arrojado á la mar. La di-
ferencia es muy notable, y sin necesidad de andar en
busca de milagros, no hay inconveniente en afirmar
— 3^2 —
que la Justicia divina quiso de algún modo reparar en
este mundo los agravios que habia recibido en la per-
sona de su representante en la iglesia de las islas, sin
que por esto sea visto prejuzgar el fin eterno de en-
trambos, que, piadosamente hablando, es de creer se-
ría cual se debe desear.
8 1. Luego que el nuevo gobernador arregló los
asuntos de su mando, trató de averiguar el paradero de
los asesinos de su padre, rescatar lo que pudiese de lo
robado, y pedir en donde convenia una satisfacción
condigna de tamaño atentado. En Manila se ignoraba
todavía el lugar adonde habian aportado los traidores;
pero se presumia que, siendo naturales del partido de
Chin-chen , estarían allí refugiados. Al efecto se deter-
minó enviar al Virey de la provincia de Fo-kien, á cu-
ya jurisdicción pertenece aquel distrito, á su sobrino
D. Fernando de Castro, acompañado del venerable pa-
dre Fr. Luis Gandullo, religioso de la Orden, con
otro hermano de la misma, quienes debían entregarle
una carta para el Emperador y otra para él, entrambas
dirigidas al deseado fin. La salida no sufría demora;
pero el tiempo no era el mejor para efectuarla, con
motivo de los nortes que suelen dominar con furia por
aquellos mares desde Noviembre hasta Marzo. Por es-
ta misma causa, en vez de ir directamente a la provin-
cia de Fo-kien, se vieron precisados á tocar en la de
Quan-tung, confinante con aquélla al O. del imperio.
Los guarda-costas los tuvieron desde luego por piratas,
y como tales los prendieron y los llevaron ante el Vi-
rey de la provincia, el cual, enterado del motivo de su
arribada y fin de su viaje, los absolvió; si bien escuchó
— 3^3 —
con mucha frialdad la queja que le dieron contra los
asesinos, por si acaso se hubiesen refugiado en algún
punto de su jurisdicción. A este jefe entregaron la carta
dirigida al Emperador, y porque en su entrega no
guardaron las enfadosas ceremonias que se acostum-
bran en el país, se irritó en gran manera contra ellos,
prohibiéndoles fuesen á verle otra vez, y previniéndo-
les que dentro de quince dias se debian ausentar de su
provincia. Sin embargo, el P. Gandullo, mediante
cierta suma que le facilitó el favor de un amigo, con-
siguió que se revocase esta orden , y se practicasen las
pesquisas que el caso requería, para ver si se podrían ha-
llar los asesinos que buscaban.
82. No fué del todo infructuoso el viaje de este ve-
nerable misionero á la provincia de Quan-tung, pues
habia en su capital varios cristianos, que habiéndose
escapado del poder de los portugueses de Macao, vi-
vían allí como apóstatas, sin acordarse de la religión
que profesaban, y él procuró reducirlos al verdadero
camino de su salvación. Predicóles varias veces sobre
lo que más les convenia, y si bien los más le escucha-
ban enternecidos, familiarizados ya con su mal estado,
se quedaron, no obstante, en su obstinación, habiéndo-
se determinado cuatro ó cinco de ellos solamente á
presentarse á sus amos y vivir como debian. Allí el
venerable misionero cayó enfermo de peligro; pero fué
Dios servido de restituirle la salud con una extraria co-
mida de cangrejos que se le antojó, y luego se fué al
puerto de Macao con los cristianos prófugos que se
determinaron á seguirle. Aquí fueron honrosamente
recibidos de los portugueses sus vecinos, y después de
— 3^4 —
refrescar sus provisiones se partieron para Chin-cheu.
En esta ciudad no adelantaron más en las pesquisas que
en Quan-tung, y vista por D. Fernando la inutilidad
de sus esfuerzos, trató de regresar á Filipinas. Como
el celo del P. Gandullo por la propagación del Evan-
gelio habia sido el primer móvil que lo habia decidido
á emprender este viaje, tanteó algunos medios para ver
si sería posible entablar una misión en el país, pero tu-
vo el desconsuelo de averiguar la extraordinaria repug-
nancia que tenían los gobernadores de que se queda-
sen extranjeros en el imperio. Ya que le era preciso
regresar á Filipinas, preguntó si sería asequible un per-
miso de la autoridad para el efecto deseado, y los man-
darines inferiores, siempre sedientos de dinero y dis-
puestos á comprometer el honor por el ínteres, le sig-
nificaron que era cosa fácil dando alguna suma por la
chapa ó licencia. El misionero no tuvo inconvenien-
te en franquear la suma pedida para facilitar el fin que
tanto deseaba la provincia, y en seguida recibió un pa-
pel escrito en caracteres que él no entendía; mas lue-
go que se lo interpretaron, halló que la licencia sólo se
extendía á que podía comprar víveres en la ciudad du-
rante su permanencia en la misma. Con este chasco se
acabó de convencer que aun no ^ra tiempo de intro-
ducir en este ingrato imperio la ley santa del Sefior.
Entre tanto los asesinos de Dasmariñas andaban erran-
tes por Cochinchina y reinos circunvecinos, y más
tarde fueron habidos algunos de ellos por el gobierno
de Macao, los que, remitidos á Manila, expiaron en la
horca su perfidia; pequeña satisfacción por un delito
tan atroz y de tan funestas consecuencias.
— 3^S —
83. Poco después de haber llegado á Manila el pa-
dre Gandullo, aparecieron en la bahía de la misma
capital embarcaciones chinas con algunos mandarines,
los cuales visitaron por dos veces al Gobernador, sin
haberse podido traslucir el verdadero fin de su viaje.
Esta novedad, con las circunstancias de la traición de
los chinos que asesinaron al malogrado Dasmariñas, é
indiferencia con que los vireyes de Quan-tung y de
Fo-Kien trataron á los comisionados del gobierno de
las islas, hizo concebir sospechas sobre si habria al-
gún plan entre los chinos (que á la sazón eran en gran
número en la capital y sus alrededores) contra el go-
bierno español : sospechas que se hacian más creibles,
en atención á que los champanes apenas traian efectos
de comercio. Sin embargo, no por esto temió el Go-
bernador sorpresa alguna, porque tenía la ciudad bien
guarnecida, y con los recursos necesarios para oponer-
se á cualquiera tentativa. Con este motivo, y la incer-
tidumbre que se tenía del buen éxito que podria tener
la segunda embajada enviada á Japón, no se llevó á
efecto por entonces la expedición organizada para su-
jetar las islas del Moluco.
84. Estos acontecimientos alarmantes fueron quizá
el motivo principal porque la provincia del Santísimo
Rosario omitió en 1594 la celebración del capítulo in-
termedio en el tiempo designado; pero como era muy
conveniente celebrar estas religiosas asambleas cuando
la corporación no estaba aún perfectamente organiza-
da, el Provincial, con el parecer de los PP. más nota-
bles de la misma, se determinó á convocar una junta
que pudiese suplir las veces de aquél, para el 14 de
— 3'^^ —
Diciembre del expresado año. En ella se aceptaron las
actas del capítulo general que se habia celebrado en
\^enecia el año de 1592, con algunas glosas acomoda-
das á las circunstancias del país y estado excepcional
de la provincia. Se decidieron también en la misma
junta muchos puntos relativos á la uniformidad que
sus religiosos debian observar en la administración de
los santos sacramentos, y se hicieron algunas ordena-
ciones que muestran el espíritu de fervor que animaba
á los pocos religiosos de que se componia á la sazón la
provincia del Santísimo Rosario.
85. Estando los padres en la junta se les presentó
personalmente el gobernador interino de las islas, don
Luis Pérez Dasmariñas, manifestándoles la gran nece-
sidad que habia de ministros evangélicos en la provin-
cia de Cagayan, pues hasta los españoles que guarne-
cian la ciudad de la Nueva Segovia estaban sin sacer-
dote que les confesase y celebrase el santo sacrificio de
la misa, y les rogó se hiciesen cargo de su administra-
ción. Muchos indios de aquella provincia reconocían
ya, por otra parte, el gobierno de S. M. Católica, y pa-
gaban su tributo á los encomenderos, sin que se hu-
biese tratado hasta entonces de adoctrinarlos en la ver-
dadera religión, por falta de PP. misioneros. Nuestros
religiosos, que no deseaban menos propagar la luz del
Evangelio que el piadoso Gobernador, si bien se ale-
graron en el alma de una propuesta tan acomodada á
sus intentos, sentían, no obstante, la falta de sujetos
para llevarlo á efecto; porque era indispensable fundar
misiones en su extenso territorio, y sostenerlas, lo cual
no les era posible por entonces. Accedió, sin embargo,
— 3^7 —
4 los deseos del celoso Dasmariñas, enviando desde
luego al intento á dos excelentes religiosos, para que,
como exploradores evangélicos, tomasen posesión de
la tierra y preparasen el camino á otros misioneros que
aguardaba la provincia, y pensaba destinar para la con-
versión de los muchos pueblos y naciones que habita-
ban al norte de Luzon, sumergidos en las tinieblas de
la gentilidad.
86. La provincia de Cagayan habia sido reconocida
por la primera vez en algunos puntos- de su costa, por
el célebre conquistador D. Juan de Salcedo el aíio
de 1572, como ya queda indicado en su lugar. Entró
en los rios de Cubicungan y Abulug, y por último re-
quirió á los indios que habitaban en las riberas del
grande Ibanag, que casi baña toda la provincia, y es,
sin contradicción, el más caudaloso de las islas, al cual
llamaron Tajo los primeros españoles que fundaron la
ciudad de Nueva Segovia. No estaban los cagayanes
por entonces en disposición de obedecer á unos extran-
jeros que no conocian todavía, ni Salcedo tenía ele-
mentos para subyugarlos con las armas; por esto desis-
tió de proseguir en sus requerimientos amistosos, y con
harto peligro de la expedición se hizo á la vela y los
dejó en su independencia; luego dobló el cabo de En-
gaño, desde cuyo punto navegó por la contra-costa
hasta el puerto de Piapi.
87. Cagayan quedó independiente hasta el año
de 1 58 1. En esta época dio principio su conquista con
motivo de la llegada de un corsario japonés, llamado
Tay-fusu, que se creyó trataba de enseñorearse de sus
costas. Don Gonzalo Ronquillo, que á la sazón gober-
— 328 —
naba estas islas, noticioso del suceso, trató seriamente
de desalojar de ellas al corsario, y al mismo tiempo
sujetar toda la provincia á la obediencia de S. M. El
héroe á quien se confió tamaña empresa era el capi-
tán D. Pablo Carrion, quien se hizo á la vela en la
bahía de Manila en dicho año, al frente de una pe-
queña escuadra, compuesta de algunos buques y sesen-
ta y seis soldados españoles solamente, á los cuales se
agregaron ocho en Bolinao y cuarenta en la villa Fer-
nandina. También estaban á sus órdenes algunos indios
fieles, y por capellán de la escuadra iba el P. Fr. Cris-
tóbal de Salvatierra, compañero y provisor del señor
Obispo de Manila, como asegura el limo. Sr. D. Fray
Diego Aduarte. Se agregó igualmente á esta expedi-
ción un P. Agustino, llamado Fr. Francisco Rodríguez,
según el P. Gaspar de San Agustín. Hechas las deten-
ciones necesarias en los puntos indicados, siguió la es-
cuadra su derrota hacia el cabo de Bojeador, y después
de haberlo doblado felizmente, descubrieron un buque
japonés, que se vieron precisados á batir. Los corsarios
opusieron una resistencia inesperada, y por el valor
que desplegaron, aunque al fin vencidos, dieron á en-
tender á sus contrarios que eran otra clase de guerre-
ros de los que hasta entonces hablan conocido en las
islas. Este incidente fué muy útil á los nuestros, porque
les instruyó acerca de las trazas que tenian para pelear
sus adversarios, y en su vista tomaron las precauciones
necesarias para salir victoriosos. Vencido el buque ja-
ponés, siguió la escuadra su viaje hacia el Este de la
isla hasta la barra del gran rio Ibanag, en donde estaba
con los suyos Tay-fusu. Afortunadamente hizo su en-
— 329 —
trada nuestra escuadra en medio de la noche sin ser
vista, y en seguida dispuso Carrion levantar un peque-
ño baluarte de fagina con una estacada, montado por
dos piezas y un pedrero. Tay-fusu no tardó en tener
noticia de la cercanía de la escuadra española; pero no
la creia ya internada en el rio. Por la mañana, cuando
la aurora empezó a disipar las tinieblas de la noche,
reparó el corsario con asombro que las naves españo-
las estaban fondeadas no muy lejos de las suyas, y des-
de luego reunió su gente, la puso en orden de batalla
y se dispuso á batir á los nuestros en su fuerte. No
creian sin duda los japones hallarlos prevenidos, y sin
embargo, fiados más de lo que les convenia en su va-
lor, dieron principio a un combate desigual. Ellos ata-
caban con alfanje y rodela, y los nuestros, ademas del
sable y lanza, tenian cañones y buenos arcabuces; de
suerte que, al acercarse los japones á la estacada reci-
bieron una carga, en la que muchos de ellos perecieron.
En su primera embestida mataron al valiente D. Mar-
tin de Saldivia é hirieron á D. Gonzalo de Heredia;
pero desconfiados de poderse apoderar del fuerte por
aquella parte, lo atacaron por la otra, en donde estaban
las piezas cargadas de metralla, las que disparadas,
como suele decirse, á quema-ropa, hicieron en ellos
estragos horrorosos. El campo quedó cubierto de cadá-
veres, y advirtiendo los pocos enemigos que quedaban
el riesgo que corrian de insistir en su demanda teme-
raria, se retiraron á sus buques, levaron anclas y se
hicieron á la vela, dejando á los nuestros señores de la
tierra. Murieron en esta acción cuatro soldados espa-
ñoles, y á los pocos dias otros dos, de los nueve heri-
— 330 —
dos que llevaron á la villa Fernandina para curarlos.
Carrion dio cuenta en seguida á Ronquillo del éxito
feliz de la jornada, y su noticia llenó de júbilo á los
vecinos de Manila. Se premió á los que más se distin-
guieron en esta heroica acción, se dio una encomienda
al capitán, y se le ordenó que no regresase á la capital
hasta que la provincia reconociese su gobierno.
88. Carrion, con la orden terminante de Ronquillo,
emprendió desde luego la conquista de una provincia
belicosa, pero dividida en partidos, que se aniquilaban.
Habia en ella á la sazón un guerrero muy famoso, lla-
mado Guiab; hombre de gran estatura, de muchas
fuerzas y valor, que con trescientos hombres que tenía
muy adictos y aguerridos, imponía la ley á los pueblos
y los tiranizaba á su salvo. Noticioso de la llegada de
los nuestros, y del modo con que hablan derrotado á
los japones, quedó poseído de asombro y de terror.
Ponderáronle el orden que guardaban en la pelea j su
valor, la blancura de sus rostros, la singularidad de sus
vestidos, las guarniciones de hierro que llevaban, y al
fin, que tenian unos palos, con los cuales arrojaban ra-
yos para matar á quien querían. Esta noticia, que debia
alebrestarlo, le hizo entrar en reflexión y tomar un
partido razonable. Desde luego se determinó á entablar
con ellos amistad, les envió por delante algunos comes-
tibles de regalo, y en seguida se presentó como amigo
en su campo. Los vecinos pueblos, al ver las diligen-
cias que Guiab estaba practicando, juzgaron, no sin
fundamento, que los intentos del que hasta entonces
los habia tiranizado no eran otros que de tenerlos más
sujetos y rendidos, con el favor de los guerreros que
— 33"^ —
ya consideraban invencibles. En tal concepto procura-
ron desacreditarlo, y manifestar á Carrion, que siempre
habia procedido con doblez, que era un tirano, que los
tenía oprimidos, y que ellos preferían prestar obedien-
cia al gobierno español que estar por más tiempo bajo
la influencia de un hombre á quien justamente odiaban.
89. Aquel capitán, falto de experiencia, acogió con
ligereza las quejas, tal vez exageradas, de los enemigos
del guerrero, quienes no deseaban otra cosa que librar-
se de un rival á quien temian. Es cierto que Guiab era
un tirano que se hacia respetar por su valor; pero, ¿acaso
era otro el principio de autoridad reconocido por los
pueblos cagayanes? Si el capitán de nuestra gente hu-
biera conservado la amistad que de tan buena fe, pa-
rece, le ofrecía aquel jefe, hubiera seguramente redu-
cido la provincia con más facilidad y sin derramar san-
gre; mas él creyó que debia anteponer la sujeción que
unos pueblos, al parecer sencillos y pacíficos, le ofre-
cían, á la correspondencia amistosa de un valiente que
tenía ya por sospechoso. En su consecuencia se declaró
la guerra entre Guiab y Carrion, cuyas fuerzas no tar-
daron en batirse. Este, ademas de los soldados españo-
les, contaba con los indios enemigos de aquél, y el re-
sultado no podia ser dudoso. En efecto, después de al-
gunos combates, Guiab cayó en las manos de los nues-
tros, y Carrion lo mandó ahorcar, en pena de las mu-
chas vejaciones que habia causado á los pueblos en el
largo tiempo de su despótico dominio. Con esto pen-
saba el capitán que la provincia quedaria desde enton-
ces sujeta á su gobierno; pero sus cálculos en esta parte
se frustraron; pues los cagayanes, libres ya del enemigo
— 33^ —
que los había oprimido, se negaron á la obediencia
prometida, y en seguida se dispusieron á disputarles la
tierra con las armas, cuyos resultados hubieran sido
muy funestos para las armas españolas, si la providen-
cia no les proporcionara una buena coyuntura, de la
que Carrion se supo aprovechar con más. acierto.
90. En los pueblos de la costa habia dos hermanos
poderosos, pero tan mal avenidos, que, olvidando los
deberes de la sangre, se hacian la más cruda guerra.
Tuliao, uno de ellos, logró en una ocasión sorprender
al otro hermano, y no atreviéndose á matarlo ni de-
jarlo en libertad, lo encerró en una jaula, en donde lo
tuvo por mucho tiempo asegurado. El infeliz prisio-
nero, cansado de sufrir esta penosa afrenta, suplicaba
al hermano que lo librase de un estado tan ignominio-
so, ó le quitase de una vez la vida, que ya no podia
soportar. Consiguió al fin su deseada libertad, y en vez
de mostrarse agradecido á su hermano vencedor, se
resolvió á vengar los ultrajes recibidos, declarándole la
guerra, cuyos sucesos eran varios y crueles cuando Car-
rion entró en Cagayan. El partido que temia sucumbir
imploró el auxilio de los nuestros, con el cual triunfó
de sus contrarios; pero todos reconocieron desde luego
la autoridad del jefe que representaba la persona de
S. M. en la provincia. Sólo así pudieron terminarse las
guerras intestinas con que mutuamente se aniquilaban
los infelices cagayanes, y franqueárseles la puerta para
entrar en el seno de la religión y de la Iglesia, que
paulatinamente los trasformó de lobos carnívoros en
mansos corderos, muy sumisos á la voz del buen
Pastor.
— 333 —
Luego que aquellos pueblos reconocieron al gobier-
no español, se dio principio á la fundación de la ciu-
dad de la Nueva Segovia en el pueblo de Lal-lo, tres
leguas distante de la mar, en la ribera derecha del rio
Ibanag. Levantaron un fuerte, edificaron una iglesia y
los PP. Agustinos se hicieron cargo de su administra-
ción. El P, Gaspar de San Agustín quiere suponer que
desde allí acudían los religiosos de su provincia á la
conversión de otros pueblos: éstos serian, á no dudar-
lo, sus deseos, y tal vez lo probarían, atendiendo el celo
de los primeros misioneros de las islas; mas el resulta-
do no correspondería á sus esfuerzos, porque cuando
en 1596 entraron definitivamente nuestros religio-
sos en esta provincia, ni hallaron fuera de la ciudad
iglesias, ni capillas, ni cagayanes bautizados. Aquellos
primeros misioneros más bien fueron capellanes de
tropa ocupada en pacificar los indios, que ministros
apostólicos de éstos, establecidos en aquella provincia
para llevar á cabo su completa evangelizacion y cate-
quismo. El limo. Aduarte, que hablaba de lo mismo,
asegura que habia oido á los que lo presenciaron, y
visto por sus ojos, que á la llegada de los nuestros ha-
cia mucho tiempo que ya no habia religiosos Agusti-
nos en la ciudad, por haberla abandonado, convenci-
dos de la inutilidad de su ministerio, por las guerras y
vida corrompida de muchos. «Estando, dice, los reli-
giosos juntos en esta ocasión (de la junta intermedia
referida), entró el Gobernador, que entonces era don
Luis Pérez Dasmariñas, y les representó la necesidad
grande en que estaban los españoles en la ciudad y pro-
vincia de la Nueva Segovia, sin sacerdote que los con-
— 334 —
fesase, cuanto menos quien enseñase y predic9se el
Santo Evangelio á los indios naturales de ella, que ha-
biendo ya muchos años que estaban sujetos á S. M. y
pagaban tributo á sus encomenderos, nunca habian
tenido quien les predicase la fe, y se estaban tan cie-
gos é infieles como si nunca hubieran reconocido por
rey 4 un príncipe católico» (i). Y más abajo añade:
«El sacerdote que en aquellos primeros lances acom-
pañó á los españoles fué el P. Fr. Cristóbal de Salva-
tierra, de la Orden de nuestro Padre Santo Domingo,
que fué el primer sacerdote que aquellos indios vieron;
y aunque, por no saber la lengua, no trató de su con-
versión, no dejó de hacerles mucho bien, yendo á la
mano 4 los soldados para que no les hiciesen tantos
agravios, que excusarlos todos era imposible: volvió
presto 4 Manila, que era necesaria allí su persona, y
fueron 4 aquella provincia religiosos de nuestro Padre
San Agustin, y vivieron en la nueva ciudad con los
españoles; mas no trataron del ministerio de los indios,
pareciéndoles que 4un no estaban de sazón, por andar
muy alborotados con las guerras, como en las demás
partes de las Indias se ha hecho. El modo de proceder
de los soldados y vecinos que por este tiempo allí re-
sidían, era tan poco cristiano, y las exhortaciones de
los sacerdotes hacían en ellos tan poco efecto, que to-
maron por buen consejo dejarlos en sus disensiones;
pues no querían la paz que les persuadían, y una no-
( I ) Ya se dice después la causa por que se retiraron de allí los PP. Agusti-
nos, y nos complacemos en consignarlo, para que conste sienpre que no
fué por su voluntad ni por falta de celo, que lo tenian bien acreditado.
— 33S —
che, sin ser sentidos, los dejaron y se fueron. Mucho
tiempo vivieron sin sacerdote, sin sacramentos y sin
doctrina, y tan descuidados de Dios y de sus almas,
que dejaban pastear las vacas en la iglesia, y una tabla
de Nuestra Señora que en ella habia quedado estaba
llena de telarañas, sin que hubiese quien en esto repa-
rase, como gente olvidada de sus almas. En esta nece-
sidad estaba aquella provincia, cuando el noble y de-
voto gobernador D. Luis Pérez Dasmariñas pidió en
la junta dicha se enviasen religiosos que siquiera ad-
ministrasen los sacramentos á los españoles.» (Lib. i,
cap. XXXIV.) Tal es el cuadro lastimoso que presenta
este gravísimo autor de la provincia de Cagayan, antes
de que nuestros religiosos entrasen en ella para redu-
cirla al gremio de la fe; cuya relación debe tenerse por
verídica, en atención á la virtud de su autor y tiempo
de que hablaba; habiendo llegado á Manila en 1595,
cuando se confió la conversión de ella á la provincia
del Santísimo Rosario.
9 1 . Los primeros religiosos de la Orden que fueron
enviados á la Nueva Segovia en virtud de lo dispuesto
por los PP. de la junta de 1594, fueron los PP. fray
Diego de Soria y Fr. Tomas Castellar, ambos misio-
neros de prendas relevantes; siendo el primero á la sa-
zón prior del convento de Manila y después segundo
obispo de aquella ciudad, y el segundo vicario de Pan-
gasinan. El estado en que hallaron la provincia era ver-
daderamente deplorable. En su vista, no trataron por
entonces de fundar misión alguna, y sólo procuraron
aprender el idioma, y reconciliar los ánimos de aque-
llas gentes, que tanta necesidad tenian de ministros.
— 33^ —
Permanecieron entre ellos medio año, hasta que des-
animados y sin esperanzas de poder conseguir los altos
fines que se habia propuesto la provincia, se resolvie-
ron á salir de un país en donde creian inútil su pre-
sencia, como lo hablan hecho los PP. Agustinos. Ya
estaban en el pueblo de Pata, último de la provincia
por la parte del O., con intento de trasladarse á Mani-
la (por Agosto de 1595), cuando llegó al mismo pue-
blo una nave que conducía seis PP. misioneros de la
misma Orden y provincia nuestra, que el Provincial
habia despachado para la conversión de Cagayan, en
virtud de la licencia que le hablan otorgado el gober-
nador D. Luis Pérez Dasmariñas y el cabildo eclesiás-
tico en sede vacante, en 25 de Junio del mismo año.
No es difícil entender cuál sería el contento de aque-
llos virtuosos misioneros al verse juntos : desde luego
mudaron los primeros de intento, se reunieron á los
recien llegados , y todos se presentaron en la ciudad de
la Nueva Segovia con intento de dar principio cuanto
antes á las tareas apostólicas. Permanecieron, no obs-
tante, en el convento hasta Setiembre, disponiéndose
para tamaña empresa con la oración, penitencias y ayu-
nos, á fin de alcanzar los auxilios necesarios del Señor.
El ejemplo de estos virtuosos misioneros contribuyó en
gran manera á excitar y disponer los ánimos de los in-
dios en favor de la religión que predicaban, y su vida
penitente les inspiró una idea capaz de hacerles tribu-
tar la veneración que convenia, para que oyesen su
doctrina y abrazasen la fe que les debian anunciar con
su palabra. Aparejados ya los nuevos operarios para tra-
bajar en el campo del Señor, dieron principio desde
— 337 —
luego á tres misiones, en las cuales se comprendían to-
dos los pueblos de la costa. Los PP. Fr. Miguel de
San Jacinto y Fr. Gaspar Zarfate fueron enviados al
pueblo de Pata; el P. Fr. Ambrosio de la Madre de
Dios, con el hermano Fr. Domingo de San Blas, lo
fué al de Tular ó Abulug; el P. Fr. Antonio de So-
ria, con otro hermano lego, al de Camalanyugan, y
el P. Vicario provincial, Fr. Diego de Soria, con
el P. Fr. Tomás Castellar, se quedaron en la ciudad,
para cuidar de los españoles soldados de la guarni-
ción é indios de Lal-lo. En estos pueblos se levanta-
ron iglesias y casas para la habitación de los PP. mi-
sioneros, pero con la pobreza extremada que era con-
siguiente en aquel tiempo, en que los religiosos care-
cian de recursos, y no convenia molestar á los infieles,
para no hacerles odiosa la vida cristiana, á que se tra-
taba de convertirlos.
Los de Pata fueron los que mejor recibieron á los
PP. misioneros, pues los dominaba un indio principal,
llamado Lúngan, que sin embargo de ser aún infiel,
tenía mucho afecto al Gobierno español. Con su acti-
vidad las obras de casa é iglesia se llevaron muy pronto
á término, y fueron las primeras que nuestros religio-
sos dedicaron al culto, dándoles por titular la gloriosa
Santa María Magdalena, bajo cuyo amparo se dio prin-
cipio al catecismo, que no rehusaron muchos de sus
naturales.
92. No debe dejarse sepultado en el olvido un caso
prodigioso, que habia sucedido en este pueblo antes de
la llegada de nuestros misioneros, y que los alentó en
gran manera para emprender su conversión. En él ha-
- 338 -
liaron levantada una cruz, y como no habia aun cris-
tiano alguno, les llamó la atención esta novedad. Pre-
guntaron los misioneros desde luego cuál habia sido
el motivo de tener el distintivo de nuestra santa reli-
gión siendo gentiles, y sin dificultad les contestaron
que algunos años antes habia sucedido en el pueblo
una enfermedad contagiosa, que causaba estragos hor-
rorosos; que habia á la sazón un encomendero muy hu-
mano y pacífico, llamado D. Juan Fernandez de Na-
jara, á quien los habitantes respetaban, y que al verse
éstos en extremo afligidos, se le presentaron y le pi-
dieron les facilitase algún remedio saludable para li-
brarse de la calamidad que padecían. El encomendero
les confesó ingenuamente que no sabía curar; pero al
mismo tiempo añadió : « Dios es el que sabe y puede
remediar estos males. Confiemos en él y en su unigé-
nito Hijo, que se hizo hombre y murió en una Cruz,
en cuya señal os curará : es cosa que nosotros los cris-
tianos reverenciamos y estimamos mucho, y podrá ser
que por esta devoción el Señor se apiade de vosotros:
traed los maderos y la trazaremos. » Hizo Najara una
cruz, la colocó en aquel sitio y dispuso se la honrase
con una salva de arcabucería; y en seguida, puesto él
y los suyos de rodillas, á los cuales los indios imitaron,
suplicaron al Señor que se dignase suspender aquel
castigo por la señal de la Santa Cruz, con la cual Je-
sucristo habia redimido el mundo. Las oraciones de
Najara fueron oidas, pues cesó inmediatamente la epi-
demia, y los indios respetaron desde entonces aquel
instrumento prodigioso de salud. De esta suerte se dig-
naba el Señor preparar de antemano á los indios caga-
— 339 —
yanes, para que pudiesen recibir dignamente el tesoro
inestimable de la fe. El mismo Iringan habia hecho
una cruz pequeña á imitación de la primera, y la con-
servaba devotamente en su casa, persuadido de que con
ella se preservarla de la peste. Tal era la impresión que
esta señal admirable de salud habia hecho en su alma.
93. Estas disposiciones, sin embargo, y el afecto de
los indios hacia los PP. misioneros, no facilitaban á es-
tos celosos operarios los progresos que debian prome-
terse. Sus hechiceras ó sacerdotisas los tenian alucina-
dos con embustes, y éstas eran las que con todos sus
esfuerzos y tenaz resistencia se oponian á la doctrina
santa del Señor. Pero no tardaron en experimentar un
manifiesto desengaño, que les anunciaba la próxima
ruina de la falsa religión que practicaban. El enemigo
común, cuya causa hablan hecho hasta entonces, se
apareció en una ocasión á Fulangan, una de ellas, y le
dijo: «Ya no me hallarás más, ni puedo estar por más
tiempo entre vosotros, de vergüenza por haber recibi-
do en vuestro pueblo á los encogullados.)-) Esta aparición
la manifestó la misma hechicera á los PP. misioneros
y á muchos cristianos, y sea cual se quiera la realidad
del hecho (que bien pudo ser algún ardid para po-
nerse en buen lugar la embustera), los efectos se paten-
tizaron por la experiencia, porque desde aquel dia ce-
saron los oráculos con que los vecinos de este pueblo
eran lastimosamente fascinados.
Otra hechicera muy famosa habia en Cabicunga,
que hacia notable oposición á los PP. misioneros, re-
trayendo á los indios y excitándolos á permanecer obs-
tinados en sus errores. Aquéllos la amenazaron al prin-
— 340 —
cipio, y le dijeron que si no desistia de seducir al pue-
blo, harian que fuese castigada en la ciudad; pero ella,
cada dia más tenaz, los despreciaba altamente, sin de-
sistir de su empeíío. Los PP. por fin se resolvieron, an-
tes de proceder á ulteriores medidas, á enviarle á Irin-
gan para que la redujera, ó á lo menos procurara que
desistiese de seducir á los demás. Este principal no se
negó á desempeííar la comisión; pero temeroso de al-
gún funesto resultado, no se atrevió á presentarse en la
casa de aquella mujer endiablada, á quien todos temian,
sino armado con la señal poderosa de la Cruz. El pa-
dre misionero se la pintó en el pañuelo que llevaba en
la cabeza, y de esta suerte se presentó en Cabicunga.
Fué tan eficaz esta piadosa diligencia de Iringan, que
la hechicera desapareció al verle, dejando á los indios
muy creidos en que el demonio se la habia llevado á
los abismos del infierno. En vista de unos hechos que
no podian explicarse sino atribuyéndolos á una virtud
divina, los indios cagayanes de la costa empezaron á
desconfiar de sus sacerdotisas y respetar á los PP. mi-
sioneros, que les persuadian á entrar por el sendero de
la verdadera religión.
94. Algún tiempo, sin embargo, transcurrió sin que
aquella mies, que tanto prometía, estuviese en sazón.
En Pata eran los PP. misioneros bien tratados; pero el
pueblo, envejecido en sus antiguas supersticiones y er-
rores, no se determinaba, en su grande mayoría, á mu-
dar de religión. El primer triunfo de la gracia fué la
conversión de Siriban, obrada por el ministerio y dili-
gencias del vicario provincial Fr. Diego de Soria. Era
Siriban un indio muy valiente, y por lo mismo temido
— 341 —
y respetado de los indios de toda la comarca, y su au-
toridad se extendia hasta Masi. Acusado por sus ému-
los al Sr. Alcalde mayor de la provincia, fué perseguido
por este jefe, el cual procedió con muy poco mira-
miento contra el régulo, atendido su prestigio é in-
fluencia. Uno de los cargos que se hacian á Siriban era
que tenía muchas mujeres, y el Alcalde cometió la im-
prudencia de prenderlas y azotarlas, á pesar de que la
una estaba á la sazón embarazada. Este, resentido de
una disposición tan ofensiva, se asoció con algunos
compañeros de valor y se retiró á los montes, deseoso
de vengarse en la primera ocasión favorable que se
ofreciese á sus designios. Esto habia sucedido antes de la
llegada de nuestros religiosos á Cagayan, quienes, en-
terados de las circunstancias del hecho, aplicaron desde
luego su cuidado á remediar del mejor modo un mal
que pudiera ser la ruina de sus planes. Las nobles dis-
posiciones que mostraba Siriban para entablar una hon-
rosa transacción animaron á aquel ilustre misionero
para procurar su conversión. Ante todas cosas interesó
á todos los religiosos de la provincia para que pidiesen
con instancias al Señor, en sus sacrificios y oraciones,
se dignase ablandar el corazón de aquel jefe principal
con los auxilios de su gracia, persuadido de que su
conversión determinarla la de toda la provincia, como
se verificó efectivamente. Oyó sin duda el Señor los
ruegos de sus siervos, pues á los pocos días accedió
gustoso Siriban á bajar á cierto sitio convenido, en
donde el P. Fr. Diego sin acompañamiento de solda-
dos, le podria decir lo que bien le pareciese. Verificóse
en efecto la anunciada conferencia, v fué su resultado
— 342 —
tan extraordinario y sorprendente, que desde luego el
principal bajó á Pata, se puso como un manso cordero
en las manos de los PP. misioneros, aprendió el cate-
cismo como un niño, y por la Pascua de Resurrección
de I 596 recibió el santo sacramento del Bautismo, con
otros siete principales, en la ciudad de Nueva Segovia.
Tales fueron las primicias que nuestros misioneros ofre-
cieron al Señor en la clase de adultos de Cagayan. Des-
de entonces aquella viña tan estéril empezó a producir
tan copiosos frutos, que para recogerlos no bastaran
otros tantos operarios.
95. Desde Pata fué la gracia dilatando la esfera de
sus conquistas hasta Tular ó Abulug, en donde el rei-
no de Dios debia anunciarse á la tierra por medio de
un prodigio manifiesto. Se habia levantado una iglesia
en este pueblo por sus mismos habitantes; mas aun no
habia llegado entonces para ellos la hora de su verda-
dera vocación al cristianismo; y si se hablan prestado
á trabajar en la construcción del templo, no era tanto
por afecto á la religión á que se dedicaba, sino por te-
mor de la autoridad ya entonces constituida. De esta
suerte tenian á los PP. misioneros entretenidos con
pretextos y evasivas, excusando la instrucción del ca-
tecismo, y permitiendo tan sólo que algunos niños lo
aprendiesen. Celebraban juntas, en las cuales discutían
y trataban de qué modo podrían expelerlos de su tier-
ra. El resultado de sus reuniones fué, que dos princi-
pales, llamados Cafagao y Tuliau, con buena cantidad
de oro, se resolvieron á partir para Manila, con el fin
de gestionar ante el Gobierno el fin de sus designios. Se
hicieron, en efecto, á la vela en una buena embarca-
— 343 —
don, y después de haber sufrido algunas borrascas pe-
ligrosas, llegaron á la villa Fernandina, en donde ma-
nifestaron su proyecto á varios principales conocidos.
Estos, en vez de apoyarles en su necia pretensión, como
ellos esperaban, procuraron disuadirlos del intento, ha-
ciéndoles presente que era un error expeler de su pue-
blo á los PP. misioneros, estando sometidos á la obe-
diencia del gobierno de Manila. Los comisionados ca-
gayanes se empeñaron, no obstante, en proseguir su
viaje, puesto que ya estaban en la mitad de su carrera.
Siguieron en efecto costeando hacia el Sur; pero luego
advirtieron con asombro que una virtud oculta los de-
tenia á su pesar, y veian con asombro que otros bu-
ques seguian su derrota sin oposición hacia el mismo
punto, sin que el suyo adelantase ni pudiera moverse
de su sitio. Cansados ya de forcejar en vano, y deses-
peranzados de poder llegar por entonces á Manila, re-
gresaron á la misma villa, y sus amigos volvieron á di-
suadirles de su necia pretensión. « Los religiosos que
tenéis, les decian, no os han de hacer mal alguno; os
defenderán, por el contrario, de los agravios que los
soldados os hicieren. Los pangasinanes están con ellos
muy contentos; comen hierbas y pescado, andan a pie,
no van en busca de riquezas, y lo poco que les sobra
lo distribuyen entre los necesitados. >> Con estas persua-
siones eficaces , y la experiencia de lo acontecido en su
viaje, se resolvieron á regresar á su pueblo, y manifes-
tar á los que les hablan enviado, la verdadera causa de
su vuelta. Verificáronlo así, y los que antes se hablan
mostrado tan rebeldes á la fe, fueron los más decidi-
dos en pedir la instrucción de la doctrina y aprender
— 344 —
el catecismo para recibir el santo sacramento del Bau-
tismo. Otros muchos imitaron su ejemplo, y en breve
los fieles de Abulug se distinguieron por su fervor, de-
voción y caridad, habiendo sido en varias ocasiones el
consuelo de toda la provincia.
96. Terminadas ya las obras de casa é iglesia de
Abulug, trataron nuestros religiosos de edificar otro
templo en Camalanyugan. Este pueblo, sin embargo
de ser el más cercano á la ciudad, pues sólo dista de
ella poco más de una legua, era el que más se resistia
á recibir la doctrina de la fe. Sus vecinos habian pro-
fesado siempre mucho afecto á los españoles, á quie-
nes habian auxiliado fielmente en los combates que se
habian ofrecido con motivo de la oposición de otros
pueblos á su obediencia; pero no manifestaban las mis-
mas disposiciones respecto á su religión y á sus creen-
cias. No se opusieron, es verdad, á recibir en aquel
pueblo á los PP. misioneros que el Vicario provincial
les designó, ni á trabajar en las obras necesarias de casa
é iglesia; pero estaban muy lejos de pensar que habian
de tenerlos por largo tiempo entre ellos. Para mostrar
de algún modo el disgusto que su presencia les causa-
ba, se retraian de tratar con ellos pública y privada-
mente; y si alguna vez se veian á ello precisados, lo
hacian con el mayor disgusto, preguntándoles con fre-
cuencia cuándo se marchaban de su pueblo; los padres
tomaron el arbitrio de contestarles que lo harían cuan-
do el rio grande que baña este pueblo se secase. Con
esto ya no les molestaron más con aquella pregunta
importuna; pero no dejaron de portarse con la misma
indiferencia con ellos. Las mujeres, aunque muchas
— 345 —
veces por curiosidad procuraban verlos, solian practi-
carlo á escondidas y por las espaldas, y al verse des-
cubiertas, se apresuraban á ocultarse como fieras. Su-
cedía á veces que al pasar en frente de algún P. mi-
sionero con alguna carga, la tiraban al momento, con
el fin de estar más expeditas para esconderse. A pesar
de esta repugnancia y aversión, con la paciencia, cons-
tancia y celo de los PP. misioneros los camalanyuga-
nes recibieron al fin la instrucción del catecismo, y se
convirtió á la fe todo aquel pueblo, que tan mal dis-
puesto se mostraba á recibirla. Poco después se levantó
también una iglesia en el pueblo de Bugay, el más
distante de la provincia por la banda del E., y no lejos
del cabo de Engaño, el cual, por contener pocos veci-
nos, quedó por entonces como anejo ó visita de aquél.
97. Éstos fueron los primeros pueblos que nuestros
religiosos convirtieron á la fe en la extensa provincia
de Cagayan, los mismos que más de una vez han dado
pruebas nada equívocas de fidelidad y adhesión al go-
bierno que los rige. Cuando S. M. á fines del siglo xvi,
con motivo de los irregulares procedimientos de los
primeros conquistadores, dispuso que se procurase por
medios prudentes y suaves que los indios de las islas
prestasen de nuevo obediencia á su corona para aquie-
tar ciertos escrúpulos, los habitantes de estos pueblos
tan lejos estuvieron de oponerse á la voluntad del pia-
doso Rey, que fueron los primeros en apoyarla. Siri-
ban, principal de Pata, de quien se ha hecho mención,
dijo francamente «que por sí y por los suyos daba de
muy buena gana esta obediencia al Rey, nuestro seíior,
por el gran bien que les habia hecho con haberles en-
-- 346 —
viado religiosos, á los que si antes hubieran conocido
mejor hubieran ido á buscarlos en su tierra.» Los prin-
cipales de otros pueblos dijeron «que daban la obe-
diencia con la misma buena voluntad, por haber ido
espaiioles á su tierra, que los libraron de la tiranía de
sus régulos, y enviado religiosos que los defendiesen
de las vejaciones de algunos de ellos.»
98. El primer obispo de la Nueva Segovia, el señor
D. Fr. Miguel de Benavides, en la relación que di-
rigió á la Santidad de Clemente VIII acerca del estado
de su iglesia, después de haber hablado de los panga-
sinanes, refiere lo que de los cagayanes habia visto y
oido de testigos oculares en los términos siguientes :
«Esta provincia de Cagayan aun es más nueva en la
predicación del Evangelio; tres años sólo há que hay
en ella ministros de la Orden de Santo Domingo; pues
antes sólo habia habido uno que otro sacerdote en el
lugar de los españoles, y en lo que tocaba á la predi-
cación de los indios aun no se habia tratado. La gente
natural de ella es muy briosa, y su pacificación ha cos-
tado á los españoles harto trabajo y vidas de muchos.
Entrando en ella los religiosos de Santo Domingo, se
fueron luego á vivir entre los indios, é hicieron sus
iglesias y casas, que más parecían chozas. El no ha-
berlos muerto los indios, sino antes recibirlos en sus
pueblos (aunque hubo sus dificultades para ello en al-
gunas partes), procedió del buen nombre que habia
llegado á ellos de los que ya se hallaban en la provin-
cia de Pangasinan, que trataban á los indios como hi-
jos, y los defendían de quien los ofendia. Conside-
rando ellos el modo de los religiosos en su entrada,
— 347 —
su paciencia en los trabajos, su comida de vigilia, sus
muchos ayunos, mucha oración y gran pobreza, su
mansedumbre y amor con que los trataban, ha sido
Dios servido que en los pueblos donde hay religiosos
todos quieren ser cristianos; de manera que no sólo se
han allanado para Dios, sino también páralos españo-
les; de suerte que los religiosos han pacificado y ase-
gurado lo que antes no lo estaba, pues eran menes-
ter presidios y muchos soldados en donde ahora están
de sobra.)) Otras varias noticias escribia aquel prelado,
que nos dan una idea nada equívoca de los progresos
que la doctrina de la fe hacia á la sazón en Cagayan,
cuyos habitantes, por otra parte, de un carácter belicoso,
se interesaban de un modo extraordinario en tener mi-
nistros de la verdadera paz para que les enseñasen los
dogmas y preceptos de nuestra santa religión , cuan-
do antes se habian mostrado tan tenaces y rebeldes.
Tales eran los efectos sorprendentes que producía en-
tre ellos la palabra de salud, pronunciada por ministros
tan ejemplares y llenos de celo por la gloria de Dios.
— 348 —
TERCER PERÍODO.
COMPRENDE DESDE EL aRO 1595, Y EXPEDICIÓN AL REINO DE CAMBOJA,
HASTA EL CAPÍTULO PROVINCIAL CELEBRADO EN 1 602 , EN QUE SE ACUER-
DA LA IDA DE NUESTROS PRIMEROS MISIONEROS Á JAPÓN, Y SE DA FIN
AL PRIMER LIBRO.
CAPITULO VII.
Llega una misión ala provincia en 1595. — Expedición al reino de Camboja
de los PP. Fr. Alonso Jiménez y Fr. Diego Aduarte. — Sus trabajos en la
mar. — Estado del reino. — Exploran el ánimo de su gobernador. — Su
viaje á Churdamue. — Visita el P. Aduarte un monasterio de bonzos. —
Los chinos molestan á los espafíoles, y son privados de sus champanes. — El
P. Jiménez se presenta en la corte, y averigua que el intruso trató de ma-
tarle con los suyos. — Vuelve solo á Churdamue, y el P. Aduarte va á con-
solar á los españoles detenidos. — Atacan éstos de noche el palacio, para
librarse de las manos del intruso. — Se frustran sus intentos. — Su heroica
retirada. — Vadean un rio, á pesar de los esfuerzos de sus perseguidores.
— Llegan felizmente á Churdamue. — Llega al mismo punto Gallinato, jefe
de la expedición, y salen para Cochinchina. — El rey del país se declara
contra los españoles. — Salen para Manila. — Nuevos trabajos del padre
Aduarte. — Combate peligroso con unos piratas. — Se libran los españoles
de sus manos y llegan á Malaca.
99. Los religiosos que habían sido enviados á Ca-
gayan á mediados de 1595 para convertir á sus habi-
tantes á la fe, eran de la misión que llegó á Manila el
mismo año, reunida en España por el celo del P. fray
Alonso Delgado, uno de los que fueron enviados á
Macao en 1587. Este laborioso misionero, estando en
Madrid, tuvo el consuelo de hallar al venerable Obis-
po de Manila, el Sr. Salazar, y al P. Fr. Miguel de Be-
navides, su amable compañero, quienes procuraron que
se hiciese cuanto antes á la vela para Veracruz, con la
buena compañía de religiosos que se habian alistado
para la provincia del Santísimo Rosario, por la suma
— 349 —
falta que hacían en la misma. Por Julio de 1594 ya
estaba reunida en Sevilla la misión, y en el mismo mes
se embarcó en una de las naves de la flota que debia
ir á Nueva España. En la Puebla de los Angeles en-
fermaron algunos de los padres, como habia sucedido
con los primeros fundadores, y murieron tres de ellos.
En Méjico también murieron otros dos, y uno de ellos
fué el mismo superior de la misión. Los restantes, al
verse sin cabeza, nombraron de común acuerdo al pa-
dre Fr. Miguel de San Jacinto por su vicario y presi-
dente, el cual partiendo con ellos del puerto de Aca-
pulco el dia 23 de Marzo de 1595, los condujo feliz-
mente hasta el fin de su viaje. Se les habian agregado
en Nueva España otros once religiosos de la Orden,
con los cuales llegaron á Manila en mayor número de
los que habian salido de la Península, á pesar de los
difuntos : aportaron á estas islas el dia 1 1 de Junio de
aquel año. Contaba esta misión, entre los veinte que
venian, sujetos muy apreciables, entre los cuales ocu-
pa un lugar muy distinguido el P. Fr. Diego Aduarte,
que tanto ilustró á la provincia del Santísimo Rosario
con su virtud y celo.
IDO. Poco después de la llegada de estos religiosos
se ofreció una expedición al reino de Camboja, que no
produjo más utilidad que acrisolar la paciencia de dos
ilustres misioneros y un hermano lego de la provincia
del Santísimo Rosario. El Rey de Camboja, que guarda-
ba buena correspondencia con el gobierno de Manila,
viéndose amenazado por el de Siam, mucho más po-
deroso y aguerrido, con quien estaba enemistado, en-
vió á esta capital una embajada, que confió á los capi-
— 35^ —
tañes Diego Velloso y Blas Ruiz, portugués el primero
y castellano el segundo, pidiendo á su gobernador al-
gún socorro de soldados para librarse de su competidor.
A.1 mismo tiempo, y quizá para dar más fuerza á la
demanda, le decia que le enviase algunos religiosos
dominicos con el fin de propagar la religión de Jesu-
cristo en sus dominios. Dasmariñas no se hallaba á la
sazón en el mejor estado para satisfacer los deseos del
soberano de Camboja acerca de su primera preten-
sión, pues era preciso desmembrar las fuerzas españolas
de las islas, tan escasas y necesarias para su conserva-
ción. Mas el aliciente que á su piedad ofrecía la se-
gunda parte, que parecía completar el objeto de la em-
bajada, le hizo adoptar un justo medio, con el cual, ni
su autoridad quedase en descubierto, ni la religión que-
josa. Dispuso, pues, que sólo se enviasen á Camboja
cuarenta soldados españoles á las órdenes del capitán
D. Juan Suarez Gallinato, á quien nombró por su pri-
mer embajador. Mas, sin orden ni conocimiento del
Gobernador, se embarcaron también furtivamente otros
que, reunidos con aquellos, componían una respetable
compañía de ciento y treinta españoles, con algunos
indios y japones. Oida y aprobada la propuesta de los
embajadores de Camboja, se dirigió Dasmariñas á la
provincia del Santísimo Rosario^ para que destinase si-
quiera un religioso, que, revestido también con la ca-
lidad de embajador, acompañase á la expedición. El
Prelado trató desde luego el asunto en Consejo, y en
él se acordó que fuese á desempeñar este importante
cargo el mismo Provincial, cuyo oficio estaba para es-
pirar. La mayor dificultad que se ofreció entonces á los
— 3Si —
padres versaba acerca del sujeto que se debia destinar
para compañero del anciano Provincial, que sin hacer
falta á la provincia, pudiese llenar este vacío á su satis-
facción. Después de varias propuestas, fué por último
nombrado el P. Fr. Diego Aduarte, que á la sazón
sólo tenía veinte y seis años de edad, y para el servicio
de entrambos el hermano Fr. Juan Deza. Para llevar
á cabo lo dispuesto con la urgencia que requería el
asunto, echaron mano apresuradamente de una fraga-
tilla y dos buques aparejados al estilo de Camboja, lla-
mados comunmente juncos. En aquélla se embarcó Ga-
llinato, en el junco mayor Blas Ruiz con la mayor
parte de la tropa, y en el menor los religiosos, con
Diego Velloso y el resto de la expedición.
I oí. El dia i8 de Enero de 1596, tiempo en que
los nortes suelen apretar con violencia en el mar de
China, se hicieron á la vela con dirección á la isla de
Luban. Hablan dispuesto surgir en uno de sus puertos,
y continuar en seguida su derrota en convoy hasta
Camboja. El junco menor y la fragata llegaron juntos,
con efecto, á la isla designada; mas el mayor, que llegó
á la misma isla más tarde de lo que convenia, no se
atrevió á aportar por entonces, temeroso el capitán de
dar encima de algún bajo en su entrada. En aquella
noche no pudo éste mantenerse á la capa, como con-
venia, y sin ser visto de los otros hizo solo su viaje a
Camboja. Al amanecer, cuando los que hablan queda-
do fondeados en la isla no pudieron divisarlo, sospe-
chando lo que realmente habia sucedido, levaron an-
clas y con harta pena siguieron su derrota. El junco
que conduela á los religiosos, á los tres dias de nave-
— J5^ —
gacion con viento en popa y con poca mar, perdió el
palo mayor, y fué preciso que la fragata le alargase un
cable, á fin de que no quedase abandonado en tan mal
estado en medio de la mar. De esta suerte navegaron
hasta que hallaron fondo a las cuarenta brazas, y juz-
gando que ya no estaban lejos de la tierra que busca-
ban, recogió el cable la fragata. No tardaron, en efecto,
en ver tierra; mas no la del puerto adonde debian diri-
girse, habiéndose sotaventado á una gran distancia. En
su consecuencia determinaron fondear, con el fin de
emprender después una derrota más segura. El fondea-
dero, por desgracia, no podia ser más peligroso; dis-
taba más de dos leguas de la playa, y sin embargo, no
habia más que tres brazas de agua, soplando al mismo
tiempo un viento furioso, que los tenía en un conflic-
to. La fragata, no habiéndose podido mantener en aquel
sitio, se hizo á la vela y fué arrojada á Malaca, dos-
cientas leguas por lo menos sotaventada de Camboja.
El junco, que no estaba en disposición de seguirla, se
quedó allí, casi desesperanzado de remedio.
102. Aquí comienza una serie de sucesos que pare-
cen verdaderamente fabulosos, y sin embargo, la más
sana crítica no puede rechazarlos. El historiador que
los ha trasmitido á la posteridad es el expresado pa-
dre Fr. Diego Aduarte, que los presenció, y sus pala-
bras deben ser el documento más auténtico de su rea-
lidad. «Cerróse la noche, dice (lib. i, cap. xlvi), que
fué la que medió entre 8 y 9 de Febrero, y todos
entendimos que fuera la postrera de nuestros dias, sin
que ninguno se prometiese llegar al siguiente : con la
fuerza del viento dimos en seco, estando más de dos
leguas de tierra; y nos fué necesario cortar el pedazo
de árbol mayor que habia quedado, y echar á la mar
el timón y cuanto habia en el navio, que todo nos ha-
cia daño. El batel que pudiera servirnos se anegó, y
los marineros que en él habia se entraron en el navio,
no para escapar la vida, sino para alargarla algo; por-
que corria el mismo riesgo de las olas, que á veces le
encapillaban; pero no le podian echar á fondo, porque
estaba ya varado en tierra. Yo estuve toda la noche sen-
tado en el combés (porque no habia hombre que pu-
diese estar en pié), y allí confesé á los cristianos y ca-
tequicé á los infieles que allí iban, y bauticé á veinte
y dos de ellos, de diferentes lenguas, con la disposición
á que el grande aprieto en que estábamos dio lugar; y
sacramentados todos, los animaba al trabajo que para
no perecer era necesario. A vueltas de esto, iba algu-
nas veces á la popa á confesarme y confesar al santo
viejo, mi provincial, que allí estaba esperando la muer-
te, en cuyo artículo nos velamos, con la soga ya (co-
mo dicen) en la garganta. Todo era plegarias y apelar
de la divina justicia á la misericordia, de quien parecía
haber salido ya contra nosotros sentencia de muerte;
pero, como era sólo conminatoria, admitió nuestra ape-
lación por entonces, y diónos espera para que pudiése-
mos, con su ayuda, pagar nuestras deudas, cuya virtud,
en aquella ocasión, casi palpamos con las manos, en-
tre las cuales parecía ya andarla muerte, haciendo eje-
cución con las vidas de los que allí estábamos Al
fin las mismas olas que iban á reventar á la orilla, ar-
rojaron allá el navio que iba casi vacío, como si fuese
un palo seco. Esto fué con la creciente del mar, y va-
TOMO I. 23.
— 354 —
ciando después con la menguante, quedamos en seco
un tiro de cañón fuera de la mar Puestos en tierra,
fueron exploradores á unas partes y á otras á recono-
cerla, y después de bien cansados, trajeron por nueva
que era desierta, y morada sólo de fieras, sin rastro de
rio ni fuente, á lo menos por la costa; y que la tierra
adentro parecía inaccesible, por ser anegadiza y todo
espesura. Con tales nuevas nos pareció menos mal la
mar que tal tierra, y las tormentas pasadas leves peli-
gros respecto de lo que aquel deseado y desgraciado
puerto nos ofrecía,
103. ))Como el comer y beber es pensión forzosa y
de cada dia, y la comida y bebida era muy poca, y
nosotros éramos más de cien personas, hicimos gran-
des diligencias en busca de algún remedio; y porque
la sed era lo que más nos apretaba, abrimos pozos en
las partes más secas que hallamos, y cuando dábamos
con agua, era más salada que la de la mar. Doy fe, co-
mo quien lo experimentó, que hasta el rocío del cielo
que aparecía por las mañanas en las hojas de los árboles
silvestres que allí habia era salado; y así, pues, negán-
donos la tierra la comida, nos determinamos de volver
á la que al fin nos habia perdonado las vidas, y nos
daba más esperanzas de poderlas conservar. Para esto
era necesario echar mano del triste navio varado en
tierra, sin árboles, ni velas, ni timón, ni cosa de pro-
vecho; porque entre esto y perecer no habia medio
ninguno, y para esto también era necesario no alzar la
mano del trabajo hasta ponerlo en perfección. Lo más
que habia que hacer en él era deshacer, y acomodarle
á que necesitase de poca agua y pudiese andar cerca
— 3SS —
de la costa al remo; porque el remedio se había de bus-
car en tierra; pero el que la tierra lo tuviese se habia
de buscar por la mar; que ya no tratábamos de con-
quistas ni embajadas, sino de buscar agua, por la cual
diéramos todo lo que ha dado el cerro del Potosí, si
fuera nuestro. Tardamos diez dias en acomodar el na-
vio á nuestro intento; quitáronle todas las obras muer-
tas, y de las vivas buen pedazo, y echándole doce re-
mos por banda, quedó á manera de galeota mal tra-
zada; y de timón, árboles y velas, la poblamos de re-
miendos. Aquellos dias, mientras andaban unos en es-
tas obras, iban otros á descubrir tierra, haciendo pun-
tas en busca de agua; de los cuales vinieron unos con
buenas nuevas, diciendo que como cuatro leguas de
allí, por la costa adelante, iba un rio muy grande la
tierra adentro, y que, aunque allí junto á la mar era
el agua salada, sería el rio arriba dulce; y más, que ha-
blan visto huellas de hombres en su playa.)) Según el
mismo autor, con tan placenteras noticias se animaron
todos al trabajo, y echando el buque al agua, anduvie-
ron en busca del anunciado rio. Entraron luego por su
boca, navegaron por él algunos dias, y después de ha-
ber excitado más la sed con el trabajo de los remos,
averiguaron que aquel soñado rio no era otra cosa que
un seno de agua salada, internado en la tierra. Deses-
peranzados ya de hallar el agua apetecida, se resolvie-
ron á retroceder en busca de una choza que habían des-
cubierto; la asaltaron de noche con cautela, y hallaron
en ella dos hombres y un niño que estaban durmiendo,
los que maniataron para que no se fugasen , y después
de haberles asegurado que no les harían mal alguno,
— 3S^ —
los subieron á bordo de la nave. Con este hallazgo fué
tal el gozo que se apoderó de la gente, que desde luego
se repartió medio cuartillo de agua por persona, y los
religiosos entonaron el Te Deum, creyendo equivoca-
damente que en donde habitaban hombres no habia
de faltar alguna fuente ó depósito de agua dulce. Pero
¿cuál sería su sorpresa cuando supieron que en aque-
lla tierra no habia gente, agua ni alimentos? Aquellos
se habian escapado de la casa de sus amos, y se hablan
refugiado en aquel desierto : su alimento eran unos pes-
cadillos que casualmente cogian en la playa, y su be-
bida el agua llovediza que podian recoger en unos tu-
bos de caña que tenian al intento. Les aseguraron, no
obstante, que algunas jornadas más adelante habia un
rio, y que por él podia irse á la corte; pero no con
aquel barco, por ser el rio muy pequeño. Sin embargo
de unas noticias tan poco halagüeñas, se resolvieron á
proseguir el viaje por no morir de sed.
104. El dia de San Matías descubrieron una isla á
unas seis leguas de distancia, y creyendo que hallarían
allí el agua deseada, enderezaron á ella la proa; pero el
buque estaba tan desmantelado, que habiéndose levan-
tado alguna marejada, se vieron precisados á volverse
á la costa. La sed que padecían era tal, que los impe-
lía á tantear toda clase de arbitrios para apagarla; por-
que, puestos á medio cuartillo de ración al dia, en un
país tan caluroso, apenas tenian la necesaria para mo-
jarla boca. Algunos, para ahorrarla, tostaban el arroz,
otros mojaban la boca con agua de la mar, sin dejar
por esto de probar si podrían aliviar su gran necesidad
con el vapor de aquella misma agua; pero en vano.
— 357 —
porque con estas diligencias se acrecentaban sus con-
gojas. Empero, si Dios aprieta, también es cierto que
no ahoga, como se dice vulgarmente. En efecto, cuan-
do se hallaban más desesperanzados de remedio, y no
les quedaba más agua que para dos dias, aun repartida
escasamente para no morir, entonces acudió en su ayu-
da la divina Providencia, pues les sacó de las mortales
agonías en que se veian sumergidos. «Ordenó, pues, el
Señor de la vida (dice el limo. Aduarte en el lugar ci-
tado) que las olas de la mar nos espaldeasen á una en-
senada pequeña que hacia allí la tierra, en donde sur-
gimos, con intención de no levantarnos más de allí,
sino concluir en aquel puerto viaje y vida. Sucedió,
pues, que un indio de los que iban en nuestro navio
se echó al agua para refrigerar, bañándose algo por el
gran calor que hacia, y templar alguna cosa la sed que
nos mataba. Llegóse nadando á tierra, y allí luego, en la
playa, que era de lama, como toda la que hablamos cos-
teado, al pié de una palma silvestre se le hundieron á
él los suyos; y sintiendo que habian dado en agua, sa-
cándolos, aplicó los labios al hoyo que habian hecho, y
halló que era dulce, y sin permitirle la sed que espe-
rase á que se asentase, bebió agua y lodo hasta satis-
facerse; y dándonos á voces parte de su hallazgo, no
habia quien le creyese, hasta que porfiando el indio en
afirmarlo, se echaron todos al agua á ver aquella ma-
ravilla, que se podia poner á la par de lo que Dios hi-
zo sacando agua de una piedra para que bebiera su
pueblo en el desierto; pues no nos pareció menos mi-
lagrosa el agua dulce en tierra tan allegada á la mar.
Dimos mil gracias á Dios, y en el regocijo de la fiesta
- 358 -
olvidamos el trabajo y el ayuno que en tan larga vigi-
lia habiamos hecho.»
Aliviados de la sed, y llenas de agua sus vasijas, pro-
siguieron el viaje en busca de alimentos, y á las pocas
jornadas llegaron á la barra de un rio que conducía á
la corte de Camboja, en donde habia un presidio guar-
necido por los habitantes del país. Aquí les informaron
de varios sucesos alarmantes, que les presagiaban un fin
funesto. El otro junco estaba fondeado en Churdamue,
á unas ocho leguas de la corte y ochenta de allí; pero
nada se sabía de la fragata, en donde iba Gallinato,
primer embajador de aquella empresa. Les aseguraron
que el reino habia sido invadido por el soberano de
Siam, y que no hallándose el suyo con suficientes fuer-
zas para defenderse de su competidor, se habia retira-
do al reino de los Laos para salvarse; que vencido y
saqueado el país, se habia marchado el enemigo; pero
que un principal valiente, llamado Nacparan, con las
tropas que pudo reunir, le habia picado la retaguardia,
arrojándolo del reino á toda prisa con mucha pérdida de
gente; que, finalmente, engreido este principal con la
victoria, se habia declarado soberano, y que como tal
estaba gobernando. Esta relación era ciertamente poco
grata; pues no podia dejar de ocurrírseles que el intruso
los miraria como enemigos, siendo el objeto de su ex-
pedición auxiliar al rey legítimo, cuyo trono tenía ocu-
pado. En tal estado las cosas, dictaba la prudencia re-
gresar á Filipinas; pero el junco no estaba en disposi-
ción de hacer aquella peligrosa travesía; sus compañe-
ros, ademas, estaban en lo interior del reino, y se ig-
noraba el paradero del jefe principal de aquella desdi-
— 359 —
chada expedición. En tal conflicto, tuvieron por más
conveniente ponerse á discreción del que mandaba;
pues juzgaron que éste era el partido menos espinoso
y más prudente que podian adoptar. Desde luego en-
viaron á la corte á uno de los soldados más expertos,
con el fin de visitar en nombre de todos al intruso,
ofi'ecerle su auxilio , y de paso ponerse de acuerdo con
los españoles del otro junco, que estaba fondeado en
Churdamue.
105. El comisionado fué recibido bien por el in-
truso, á quien hizo presente la llegada de sus compa-
ñeros al punto en donde los dejara; el fin de su viaje,
su situación, y la disposición en que todos se hallaban
de servirle, en atención á que ocupaba el supremo pues-
to del estado; y finalmente, que estaban á sus órdenes,
si en algo podian servir á sus intentos. El intruso le
dio á entender que agradecía sus ofrecimientos; que él
no era el soberano legítimo del reino, sino su lugar-te-
niente solamente, y que daria órdenes á fin de que
pudiesen reunirse con los otros españoles que ya esta-
ban en Churdamue. En efecto, no tardó en despachar
una orden al jefe que mandaba en la costa, disponiendo
proveyese de carretas y embarcaciones chicas á los es-
pañoles que estaban en aquellas aguas, para que pu-
diesen trasladarse con sus equipajes al expresado puer-
to : en fin, cuando hubo tomado estas providencias,
despidió al enviado con muestras de afecto. Sus dispo-
siciones, al parecer, no podian ser más favorables, y
sin embargo, era otro el concepto que los españoles que
estaban en Churdamue hablan formado de sus miras.
Éstos estaban en la persuasión de que sólo trataba de
— T^6o
tenerlos juntos en donde no les fuese fácil escaparse,
para desprenderse de todos, cuando se le ofreciese al-
guna buena coyuntura, si bien juzgaban que convenia
por entonces contemporizar con las circunstancias, en
atención á los apuros en que todos se hallaban. Com-
prendian, sin embargo, la necesidad de reunirse cuan-
to antes en un punto, para determinar de común
acuerdo el partido que podian adoptar, á fin de poder
salvar la existencia de todos. Con esta confusión y mez-
colanza de noticias, al parecer contrarias, regresó el
enviado á la costa, y los del junco, adoptando el con-
sejo de los de Churdamue, se aprovecharon del auxilio
que les franqueaba el intruso, y se dispusieron para la
marcha.
1 06. La cuaresma á la sazón ya estaba muy adelan-
tada. En Churdamue habia muchos españoles é indios
cristianos que debian cumplir con el precepto anual, y
en tal concepto dispuso el P. Jiménez que el P. Aduar-
te se adelantase al convoy, para confesarlos y admi-
nistrarles la comunión pascual, como lo hizo. En el
viaje tuvo este religioso la oportunidad de visitar de
paso dos monasterios de bonzos, que siendo para él
tan nuevos, no dejaron de llamarle la atención. Al lle-
gar al primero, el superior de la comunidad, que era
un respetable anciano, lo trato con mucha deferencia:
se ¡untaron los bonzos, y le hacian muchas cortesías;
entendiéndose con él por serías, por ignorar el Padre
Aduarte el idioma del país. Luego quiso tener el gusto
de visitar su templo, cuya descripción no deja de ser
bastante curiosa. «Diéronme, dice, colación de alguna
fruta, y luego el sacristán me llevó á su templo la
-36i -
puerta era pequeña, y él de bóveda, redondo y peque-
ño, sin más luz de la que le entraba por una claravoya
que tenía en lo alto. Al lado de la puertecilla tenía un
altar de tierra, sucio de polvo y sin aderezo ninguno,
en que estaban cuatro figuras de hombre de estatura
ordinaria, en pié, arrimados á la pared; y tenian la
media cara negra, y la media dorada. Delante de estas
figuras habia otros tres órdenes de ídolos menores, y
al labio del altar, que era algo ancho, estaban unos
niños de metal sentad itos, rematando lo alto de las ca-
bezas en un espigoncillo. El sacristán debia de ser de-
voto, y así se puso luego en oración, y entre tanto es-
taba yo manoseando aquellas figuras y mirándolas con
atención; pero no las trataba con menosprecio, por no
escandalizar, haciendo cosa de que no podia dar razón,
por falta de lengua : más todavía; le daba á entender
con señas que aquello no se habia de adorar, sino otra
cosa superior.)) Despidióse luego de los bonzos, y pro-
siguiendo su viaje, no tardó en hallar otro monasterio,
cuyos bonzos rezaban muy temprano en voz alta á dos
coros. Estos, dice el P. Aduarte, iban vestidos de unas
mantas amarillas que llegaban hasta los pies, con una
especie de rosca á manera de las que usan en sus becas
los colegiales, al lado izquierdo. Llevaban los pies des-
calzos, como todos los del país, y el pueblo los mira
con gran respeto; de suerte que si los seglares se en-
cuentran con alguno de ellos, le ceden el lugar más
preferente, se paran y le hacen una inclinación con la
cabeza.
107. Después de algunos dias de viaje, llegó el pa-
dre Aduarte á Churdamue, en donde encontró á la
— 3^2 —
gente del otro junco bastante afligida. Se contaron mu-
tuamente sus aventuras y trabajos, y aguardaron la lle-
gada de los restantes compañeros, que aparecieron sin
novedad después de quince dias. Desde luego trataron
de los medios que podrían adoptar para salir de los
conflictos en que todos se hallaban, y no dudaron que
el Señor, que los habia librado de tantos trabajos sufri-
dos hasta allí, los librarla también de los futuros. Pero
no tardó en acontecerles un lance peligroso, que agra-
vó su posición. Habia en el mismo rio, en donde es-
taba fondeado el junco de los nuestros, cuatro cham-
panes de chinos mercaderes que traficaban en Cambo-
ja. Éstos, con los que ya estaban radicados en el país,
ascenderían á dos mil, y no miraban con serenidad y
buenos ojos la presencia de los españoles en aquel pun-
to, temerosos de perder con su vecindad las ventajas
del comercio. Esta idea equivocada, la protección que
les dispensaba el intruso, y la superioridad del número,
en que ellos ponian su confianza, los inducían á mo-
lestarlos con frecuencia, y causarles sentimientos. Blas
Ruiz, conociendo su desgraciada posición, habia pro-
curado contener á sus soldados, exhortándolos al su-
frimiento: V entre tanto daba cuenta al intruso de las
demasías de los chinos, á fin de que proveyese de re-
medio. Este se hacia sordo á sus instancias, y los chi-
nos, cada vez más insolentes, provocaban á cada paso
con nuevas tentativas á los nuestros, á quienes al fin
fiíltó la paciencia necesaria para contener la ira, que
debian reprimir á todo trance. El primer domingo
después de la Pascua de Resurrección bajaron tres ó
cuatro soldados españoles, con permiso de su jefe, á pa-
— 3^3 —
searse por el pueblo. De allí á una hora volvió uno de
ellos muy colérico, con la espada desenvainada , asegu-
rando que los chinos le habian ofendido y maltratado.
Con esta novedad se alborotaron los demás, y se ar-
maron para vengar la injuria recibida, sin que ni los
ruegos de los padres ni la autoridad del jefe pudiesen
contenerlos. El P. Aduarte, que hablaba el idioma de
los chinos, se adelantó para ver si podria arreglar con
medios pacíficos aquella diferencia; pero á su llegada
ya estaban éstos con sus armas, esperando á los españo-
les en orden de batalla. Entre tanto llegaron setenta de
éstos bien armados con espadas y mosquetes, y dispa-
rando desde lejos sobre los chinos, los dispersaron en
todas direcciones, después de haber muerto á un gran
número de ellos, sin que los Cambojas se tomasen el
trabajo de favorecerlos; antes, por el contrario, daban
bastante á entender que no les disgustaba el extermi-
nio de aquellos extranjeros. Cansados ya los españoles
de matar chinos, volvieron las armas sobre sus cham-
panes, de los cuales se apoderaron al momento, echán-
dose al agua los que los custodiaban. Comprometidos
ya los nuestros con un hecho que no podia ser grato
al intruso, trataron de conservar las embarcaciones de
los chinos, porque de esta suerte, ni éstos podrian per-
seguirlos, ni aquél impunemente molestarlos. Al efecto
los anclaron en el medio del rio, y los juntaron con el
fin de vigilarlos con poca gente. El P. Aduarte, mien-
tras los españoles estaban maniobrando, subió al junco
para ver y consolar al venerable anciano P. Jiménez,
harto afligido por el hecho. Luego se trasladó á los
champanes, en donde procuró que se diese libertad a
— 3^4 — ■
los chinos prisioneros, y curó caritativamente á los he-
ridos.
1 08. No tardó en saber el intruso la desgracia de
los chinos, y lleno de coraje, mandó preguntar á los
españoles por qué habian entrado en su reino y usado
de violencia con los chinos. Contestáronle los nuestros
que el motivo de su venida era dar la embajada que el
gobierno de Manila enviaba al soberano del país; y que
si habian castigado á los chinos, habia sido porque
ellos los habian provocado; que culpara á la insolencia
de éstos y á su propia negligencia en no haberles con-
tenido, después de haberle dado cuenta tantas veces
de lo que estaba sucediendo. Su respuesta fué, que
fuesen cuanto antes á darle la embajada.
No habia llegado todavía Gallinato, ni se sabía en
donde estaba : su presencia pudiera librar á la expedi-
ción de compromisos; pero su falta lo entorpecía todo.
Sin embargo, como el estado de las cosas estaba ya
tan complicado, pareció á todos que el P. Jiménez, que
era el segundo embajador, podria satisfacer á los de-
seos del intruso, y luego tratarían de salir de aquel
complicado laberinto. Presentóse, al efecto, con la mi-
tad de la gente más determinada en la corte : alojáronse
en donde el intruso habia ya dispuesto, sitio distante
del Real palacio un cuarto de hora solamente ; pero
interceptado por dos rios, que no podían fácilmente
vadearse. A su llegada hicieron los nuestros la salva de
costumbre; mas el intruso les mandó decir que no le
verian mientras no entregasen los champanes á los chi-
nos, y que entre tanto se estuviesen en su alojamiento.
En demandas y respuestas se pasaron algunos dias sin
provecho; porque el intruso se mantuvo firme en su
empeño, á pesar de los esfuerzos que hacia el P. em-
bajador para doblarlo; hasta que al fin se decidió éste
á pedirle les permitiese volverse á Churdamue, con el
fin de consultar el punto con los restantes compañeros,
sin cuyo parecer no podia definitivamente decidirse.
Mas el intruso, que ya estaba decidido á matarlos, como
se sabía por los espías que los nuestros tenian, y sólo
deseaba tenerlos desarmados para llevar á cabo su pér-
fido proyecto, se lo dio á él tan solamente, disponien-
do que los demás se quedasen como en rehenes en la
corte, de donde no les sería fácil escaparse. Con harta
pena los dejó el P. Giménez; pero llevando cartas de
los mismos, en las que pedian á los de Churdamue
que en manera alguna soltasen los champanes, puesto
que si ellos perecían en manos del intruso, se pudiesen
salvar los que allí quedaban, lo .cual no podrían en
manera alguna conseguir, si accedían á lo que pretendía
aquel malvado.
109. Llegó el P. Giménez á Churdamue, entregó
las cartas de sus afligidos compañeros que habia dejado
en la corte, y les habló del conflicto en que estaban.
Convencidos éstos de las razones que aquéllos alega-
ban, adoptaron su opinión, negándose á entregar los
champanes á los chinos, cuya resolución era en cierto
modo declarar la guerra al intruso. El venerable ancia-
no ya no se atrevió á volver á la corte : su presencia
sólo podría servir de embarazo á los cautivos, y por
otra parte no convenia dejarlos desamparados. En aten-
ción á esto, preguntó al P. Aduarte si tendría valor
para ir á darles la respuesta, confesarlos y animarlos en
sus conflictos, los que, fuera de duda, eran los más
apremiantes. Este virtuoso y valiente joven bien sabía
que acceder á los deseos del Prelado era lo mismo que
ponerse espontáneamente en los brazos de la muerte;
pero la obediencia y el patriotismo no reparan en pe-
ligros: contestóle, pues, muy decidido, que iria con
la bendición de Dios y la suya; y desde luego, habién-
dose confesado como para morir, salió con dos solda-
dos, y se presentó en donde estaban los españoles como
presos. Con su llegada se alegraron en el alma, como
gente que ya se miraba condenada á muerte, y que
deseaba en gran manera tener un confesor. Trataron,
sin embargo, de los medios que podrian adoptar para
conseguir su libertad; pues ya no pensaban en dar res-
puesta alguna al intruso, constándoles que sólo pensa-
ba en ejecutar su muerte. En esto estaban todos de
acuerdo; pero no en el modo de llevar á efecto su in-
tento, como suele suceder en los casos arriesgados y
dudosos; pues unos proponian que se retirasen todos á
Churdamue con orden, defendiéndose de los que tra-
tasen de ofenderlos; y los más que sería más acertado
atacar de noche al palacio y apoderarse de la persona
del intruso, de su mujer y de alguno de sus hijos, para
tenerlos en rehenes, y asegurar con su vidala de todos.
Para tomar una medida tan desesperada y atrevida, se
fundaban los que tenian conocimiento del país, en que
de este acontecimiento, aun cuando nada de lo dicho
sucediese, resultaria retirarse los indios á los montes,
y dejarles el paso franco para su retirada; porque sabian
por experiencia que éstos son gamos en huir de los
que los acometen, y leones en acometer á los que hu-
•— 3^7 —
yen. Este parecer aterrador, que era el de la mayoría,
fué adoptado con poca oposición, y se dio fin a la con-
ferencia, todos ya dispuestos á realizar este arriesgado
pensamiento cuanto antes, mirándolo como indispen-
sable para su salvación.
1 10. Convenidos en atacar aquella misma noche el
palacio Real, se dispusieron ante todas cosas con el
sacramento de la penitencia, porque el golpe era de
vida ó de muerte. El P. Aduarte los estuvo confesando
hasta media noche, y en seguida les advirtió lo que
era lícito en aquella ocasión , en que sólo se trataba de
salvar la vida, injustamente amenazada. Luego dispu-
sieron el orden que habian de guardar, y aunque el
P. Aduarte trataba de quedarse, no por cobardía, sino
porque á su vez la tentativa, que no podria dejar de
ser sangrienta, era muy ajena de su estado, le fué
preciso por fin acompañar á los demás, siquiera para
asistirlos en los últimos momentos. Serian las dos de la
madrugada, cuando pasaron los dos rios que mediaban
entre su alojamiento y el palacio; y á pesar del orden
y silencio que guardaron, fueron descubiertos por la
gente del país, que desde luego comenzó á rebullirse
y amontonarse en pelotones. Los nuestros, sin embargo,
dieron el asalto, penetraron sin oposición hasta lo más
interior del Real palacio, y con el ruido que causaron
al entrar, rompiendo puertas y enrejados y cuanto po-
dia embarazarles en su marcha, se escapó el intruso
con los suyos, dejándolos burlados con la fuga. Enton-
ces trataban algunos de entregar el edificio á las lla-
mas; mas el P. Aduarte, que no creia este medio ade-
cuado á su defensa, no quiso en manera alguna per-
- 368 -
mítirlo. Encendieron, sí, algunas hogueras, á fin de
que con la oscuridad no se perdiesen de vista unos á
otros.
III. No se fugaron los Cambojas, como mal habian
conjeturado algunos de los nuestros; antes, por el con-
trario, se reunieron en una plaza, con una gritería es-
pantosa, animados sin duda por el intruso, que no ig-
noraba el corto número de los que se habian apode-
rado por sorpresa del palacio. Éstos, al ver frustrado su
proyecto, y mirándose cercados de una turba innume-
rable de enemigos prácticos en el país, que sólo aguar-
daban la primera luz del dia para despedazarlos, se
desanimaron algún tanto. «Quisiera yo entonces (dice
el limo. Aduarte) se detuviera el sol en salir lo que
se detuvo en tiempo de Josué en ponerse, porque te-
nía aquella noche por capa de pecadores afligidos. Pero,
si no hizo el Señor este milagro, por no merecerlo nos-
otros, hízole por quien él es, en escaparnos : por tal
se puede tener, pues fué consejo raro y sobre conse-
jos y fuerzas humanas. Al amanecer, pues, como ya
los indios nos comenzaron á distinguir de los suyos y
nos vieron tan pocos, dieron en nosotros como en real
de enemigos, lloviendo flechería sobre nosotros; y de
la primera rociada, que fué entre dos luces, salió un
soldado atravesado un carrillo de una flecha, y el capi-
tán Diego Velloso una rodilla con otra, de que no se
pudo más menear sino es en hombros de dos hom-
bres. Hicieron todos una rueda al rededor de mí en
aquel aprieto, y fué Dios servido darme ánimo para
darle á todos; y porque el que hacia el oficio de capi-
tán no estaba de provecho para hacerlo por su herida,
— 3^9 —
á ruegos de todos le hube de comenzar á hacer yo,
porque en tener buen orden estaba nuestro remedio,
si alguno teníamos.)) (Cap. xlvii.)
112. En tal conflicto, ordenáronse del mejor modo
posible, rechazando siempre las avenidas de los ene-
migos, que por todas partes los estaban atacando. El
intruso, montado en un coloso elefante, no cesaba de
animar á los suyos al combate, sembrando por donde
quiera el espanto y el terror. Cuando ya el dia fué más
claro, estando los nuestros en la entrada de una calle,
les envió una tropa de valientes con sables y rodelas,
que con intrepidez se lanzaron sobre el pequeño es-
cuadrón de los españoles. Su capitán venía culebreando
para evitar algún balazo, y se acercó de tal manera,
que á los pocos pasos ya pudiera repartir sus tajos so-
bre los nuestros. El P. Aduarte ya estaba decidido á
salir y oponerse á este valentón; mas luego ordenó á
Blas Ruiz que lo acometiera, lo que hizo con tal des-
treza y pujanza, que de un golpe de alabarda le pasó
la rodela con el cuerpo, y lo tendió en medio de la
calle : en seguida se adelantaron algunos japones que
iban con los nuestros, é hicieron tajadas su cuerpo á
pesar de los hechizos que llevaba. Muerto el capitán,
la tropa de los cambojas que lo seguia se retiró, y los
nuestros, entre tanto, tuvieron lugar de salir á despo-
blado, en donde les pareció que podrian defenderse con
más seguridad. Afortunadamente, á los primeros lan-
ces cayó herido el intruso, y á las dos horas espiró,
preguntando siempre si hablan muerto á los nuestros.
Por entonces no supieron los nuestros este golpe for-
midable que habían dado á sus contrarios; mas obser-
TOMO I. 24.
— 37Ó —
Váron que los enemigos ya no los atacaban con el brío
que á las primeras cargas, y aprovechando estas tre-
guas, trataron de retirarse al lugar de su alojamiento
para escaparse con sus embarcaciones. Sin duda los
cambojas penetraron su intento, porque se adelantaron
á su paso, cortándoles un mal puente de palos y cañas
que habia en el rio por donde habian de pasar. Con
esto se vieron precisados á retirarse por tierra con buen
orden, debiendo de hacer doble camino con motivo
de una gran laguna que habian de salvar.
1 13. Con la retirada de los nuestros se reanimaron
los cambojas, persuadidos de que no les sería difícil
acabar con tan poca gente. Iban armados con flechas
y alfanjes, y formando una media luna, disparaban so-
bre ellos sin cesar. Aquéllos habian dispuesto la retira-
da con el mejor orden que pudieron en aquellas cir-
cunstancias. Iba á la vanguardia el capitán herido, el
alférez con su bandera en el centro, y el P. Aduarte
en la retaguardia, que, estando la compañía de retira-
da, era el lugar más peligroso. Andaban siempre á paso
lento para no fatigarse, y de vez en cuando disparaban
sus mosquetes sobre la multitud de los cambojas, sin
perder tiro : los unos se sucedian á los otros, y los he-
ridos se ponian á la vanguardia, cuyo paso era forzoso
seguir, si ya no iban á hombros de los sanos. De esta
suerte sólo anduvieron cuatro leguas en el dilatado
tiempo de catorce horas, sin haber muerto más que un
japón y un indio, ni quedado herido de gravedad más
que un español, que murió á los pocos dias del com-
bate. Después de una retirada tan heroica, bajo de un
sol abrasador, sin haber comido ni bebido en todo el
— J7Í —
dia, llegaron, á la caida de la tarde, á un sitio en donde
les aguardaba el mayor riesgo. La tierra se les habia
acabado, y para seguir su marcha hacia Churdamue
debian vadear un rio caudaloso. No tenian qué comer,
ni podían quedarse en la ribera sin entregarse en los
brazos de la muerte; carecían ademas de barcas, y
muchos de los enemigos estaban ya en la otra banda,
adonde hablan pasado á nado ó montados sobre ele-
fantes; de suerte que, ajuicio de los hombres, todos los
nuestros debian perecer en aquel sitio, estando como
toros encerrados en el matadero. El conflicto era tal,
que ya no temian morir, sino caer vivos en poder del
enemigo. Algunos proponían que sería quizás más acer-
tado atacarlos, para morir peleando; y los más cuerdos,
discurriendo como cristianos afligidos, dijeron; que
debian ponerse en las manos de Dios, puesto que les
habia dado tantas pruebas de clemencia, sacándolos
de tantos peligros como hablan arrostrado hasta allí.
Mientras estaban discurriendo acerca de los medios
que podrían adoptar para salir del conflicto en que se
hallaban atollados , para mayor prueba de su constan-
cia , se preparó al anochecer una espantosa turbonada,
que amenazaba mucha lluvia, la cual inutilizaría, á no
dudarlo, sus mosquetes, y entre tanto pudieran los ene-
migos impunemente acabarlos. Ya se preparaban éstos
para darles una furiosa acometida, y los nuestros, cu-
briendo del mejor modo posible los fogones de sus
mosquetes, se formaron en ala, colocados los heridos
entre el rio y sus espaldas. El P. Aduarte se paseaba
por delante de las filas, confesando á unos y animando
á otros, mostrando en lo exterior que deseaba les acó-
— 372 —
metiesen los cambojas. «Llamamos (habla el ilustrísimo
Aduarte) de todo corazón á la que es Madre de mise-
ricordia y consuelo de los afligidos, y no tardó en oir-
nos, haciendo que cesase el agua, con haber habido
amagos de ser grande, y así se quedo también en ama-
gos el acometimiento de los indios; pero la dificultad
de pasar el rio siempre se quedaba en pié, y aun pare-
cia imposible el pasarlo.»
1 14. Serian las diez de la noche cuando pareció al
P. Aduarte, cuya voz era respetada y obedecida de to-
dos, que ya era tiempo de probar si estaban de vida ó
de muerte en aquel trance. El rio tenía en aquel sitio
dos vados, á cual más difícil de vencer, y guardados
ademas por los cambojas desde la otra banda, monta-
dos en elefantes bien armados. El más ancho era, como
suele suceder, menos profundo, y se decidieron á pasar
por éste. Tuvieron la precaución de poner varias mechas
encendidas en las matas, y quedarse atrás seis hombres
solamente, haciendo fuego nutrido para que los ene-
migos entendiesen que allí quedaban muchos más, y
entre tanto empezaron los restantes á vadear el rio. Ya
estaban todos en el agua, cuando los de la vanguardia
fueron atropellados por los elefantes enemigos y retro-
cedieron algún tanto; pero animados por el P. Aduar-
te, vencieron aquella gran dificultad que parecía insu-
perable. «Cuando yo, dice, los vi en tan grande aprie-
to, los comencé á animar, diciéndoles que en aquella
ocasión sólo estaba la esperanza que teníamos de vi-
vir; pues fuera de ella el morir era cierto, supues-
to que no teníamos de donde esperar socorro, ni aun
comida ninguna, y la gente que quedaba adonde que-
— 373 —
riamos volver, era más que la que tenían delante; que
pues estábamos dispuestos para morir, pasaran adelan-
te, pues el retirarse era huir de menor á mayor nú-
mero de enemigos. Fué Dios servido, continúa, para
mayor gloria suya, por un instrumento tan flaco dar
ánimo á los más valientes, y fué tal, que volviendo á
hacer rostro á los que teníamos delante, desde el medio
del río, adonde daba el agua á muchos á la barba, se
dio una rociada de arcabucería contra ellos, como se
pudiera dar en campo raso, y muchos, volviendo á car-
gar (que llevaban la pólvora sobre las cabezas porque
no se mojase), dieron otra carga; con que abriendo por-
tillo por entre sus enemigos, á mal de su grado, y con
grande asombro suyo, tomaron tierra los delanteros, á
los cuales siguieron todos los demás, sin faltar ninguno,
con habernos acrecentado la dificultad del pasaje el ser
la madre del rio de lama, que se nos atollaban en ella
las piernas hasta la rodilla, tanto que para sacar yo las
mías, hube de dejar allá en prendas los zapatos y cal-
zas, que no las pude desatollar; pero de haber sacado
el pellejo dimos todos á Dios mil gracias, pues estos
sucesos tanto más parecían mercedes de su franca mano,
cuanto más eran sobre trazas y fuerzas humanas; y así
pienso que tienen poca ocasión de vanagloria los que
se hallaron en ellas, y muchísima de hacimíento de
gracias al Señor, á quien allí debimos la vida segunda
vez, como si después de muertos nos hubiese resu-
citado.»
115. Habiendo vadeado el rio con el peligro refe-
rido, emprendieron la marcha á paso lento, dejando á
los cambujas en el mismo sitio, sin que les molestasen
— 374 —
en toda la noche, ni tratasen de seguir sus pasos en la
oscuridad. Por la mañana se desayunaron con la fruta
de unos árboles que hallaron por especial providencia
del Señor, pues ya estaban muy extenuados con motivo
del hambre y del cansancio. Los heridos eran el mayor
estorbo que tenian, causando notable pena á los cora-
zones compasivos, y el P. Aduarte se vio precisado á
cargar uno de ellos un gran trecho, el cual de otra
suerte se hubiera quedado en el camino á merced de
los cambojas, porque harto trabajo tenian todos con an-
dar y llevar sus armaduras. Afortunadamente hallaron
poco después una pequeña embarcación, en donde co-
locaron á los tres heridos de mayor gravedad, y les en-
cargaron que bogando ellos mismos, diesen aviso á los
compañeros de Churdamue de su próxima llegada, y
que atracasen á la ribera una de sus naves, para que
pudiesen embarcarse á la brevedad posible. Esta dili-
gencia los libró de un nuevo peligro. Serian las diez
de la mañana, cuando los cansados y fatigados com-
batientes llegaron al puerto deseado, y no tardaron en
llegar los enemigos, si bien desordenados; pero con la
precaución que tomaron los primeros de poner á las
espaldas algunas ramas, y luego con la artillería de las
naves, se logró embarcar toda la gente sin haber reci-
bido daño alguno, dejando á los enemigos burlados y
asombrados. Por más cobardes que se quisiera suponer
á los cambojas, no era posible por el orden natural la
salvación de los nuestros en un país desconocido. Hi-
cieron, es verdad, prodigios de valor y desplegaron
un heroismo fabuloso, desconocido por completo en
las historias verdaderas. Mas, sin una protección espe-
— 375 —
cial de Dios, no se libraran de las manos enemigas en
alguno de los muchos lances peligrosos que tuvieron
que vencer. El fin que les habia conducido á la em-
presa era bueno, y los acompañaban ademas dos vene-
rables religiosos, muy amigos del Señor por su virtud
y celo, á quien invocaban de todo corazón. Sólo así
puede explicarse el desenlace favorable de una tragedia
de tantas maneras complicada y de situaciones tan di-
fíciles.
lió. Al verse ya en los buques nuestros héroes, les
parecía un sueño cuanto acababan de hacer. Desde luego
se reconocieron deudores de su vida á las misericordias
del Señor, y le rindieron gracias infinitas por los favores
recibidos. Su satisfacción pudiera haber sido completa
con la llegada de la capitana con Gallinato, que luego
se verificó, si este militar estuviera dotado de un hu-
mor menos destemplado. Cuanto le contaban le parecian
fábulas, y aun aquello que creia lo desaprobaba, quizá
porque no se halló presente, como nota el P. Aduart'e.
Sin embargo de la adversidad de los sucesos tan recien-
tes, ni este religioso ni sus valerosos compañeros eran
de opinión de abandonar por entonces el reino de Cam-
boja; porque ni habia enemigos extranjeros que comba-
tir, ni era difícil restituir el cetro al rey prófugo. Pero
Gallinato, contra la opinión de h mayoría, se empeñó
en restituirse á Manila, pretextando escasez de provi-
siones. Adoptada esta determinación, y con harto sen-
timiento de los que se acababan de batir con tanto he-
roísmo, levó anclas y se dirigió á Cochinchina, con el
fin de comprar víveres y proseguir en seguida su viaje
á Filipinas,
- J76-
Allí fueron amigablemente recibidos, y averiguaron
que los asesinos de Dasmariñas, padre del entonces go-
bernador de Filipinas, habian aportado á este reino, en
donde habian sido despojados del fruto de su perfidia.
Gallinato creyó entonces oportuno reclamar el real es-
tandarte é intereses, que el Rey y sus magnates se ha-
bian repartido. Esta imprudente exigencia, practicada
sin las debidas precauciones, motivó un suceso peligroso,
que expuso á la pequeña escuadra espaíiola á un evi-
dente riesgo de perderse. La demanda fué mal recibida
por el Rey, y el comisionado se dio por muy dichoso
de haber escapado con vida de la corte. Rotas ya las
amistades entre el rey y Gallinato, debiera éste de ha-
berse hecho á la vela cuanto antes; pero sin hacerse
cargo que trataba con un soberano sin honor, se man-
tuvo impasible, fondeado en el puerto. A fines de Agos-
to empezó á extenderse un rumor sobre que el Rey tra-
taba de apoderarse de los españoles y sus buques, y el
3 de Setiembre se vieron las alturas coronadas de mu-
cha gente armada, y en la mar una escuadra que se
dirigia hacia nuestros buques, y ademas quince embar-
caciones más pequeñas amarradas de tres en tres, con
mucha leña, y un hombre que dirigia el timón; la idea
era abrasar los buques de los nuestros, y apoderarse en
seguida de su gente. La capitana y el junco menor, pi-
cando las amarras, pudieron fácilmente zafarse del pe-
ligro, á merced de un ligero viento favorable; mas el
junco mayor hubiera sido pasto de las llamas, á no du-
darlo, si no lograran matar á balazos á los timoneles de
las naves incendiarias, las que careciendo entonces de
gobierno, se desviaron. A la sazón estaba el P. Jiménez
— 377 —
en el convento de los PP. Agustinos misioneros de la
corte, y con este motivo fué preso, despojado de sus
hábitos y presentado como reo ante el Gobernador.
Este mandó se le devolviesen los vestidos; pero reclamó
á Gallinato un rescate para ponerlo en libertad. Con-
siderando este jefe que la demanda era contra toda ley,
é indecoroso el satisfacerla, se desentendió de ella y se
hizo á la vela, dejando al venerable anciano en tierra,
el cual poco después logró su libertad, y se embarcó
sin oposición para el puerto de Macao.
1 17. Poco después de haber llegado nuestros expe-
dicionarios á Cochinchina, tuvieron noticias muy fa-
vorables de Camboja, que Gallinato pudiera haber
aprovechado. El intruso, como queda dicho, habia
muerto, y los partidarios del Rey, que se habia refu-
giado á la corte de los Laos , habian logrado apoderarse
del supremo mando, y proclamado á éste por su legí-
timo señor. Así las cosas, habian enviado á buscar y
suplicar á los españoles, tan maltratados por aquél, para
que regresasen á su reino ; mas á la llegada de los emisa-
rios á la mar, los nuestros ya estaban navegando á toda
vela, y por ser las embarcaciones de aquellos muy pe-
queñas, no pudieron alcanzarlos. Gallinato, puesto ya
en Cochinchina, no quiso regresar al reino de Cam-
boja, pareciéndole quizá que las turbulencias de aquel
país y la ausencia de su rey no le ofrecian la seguridad
que deseaba. Permitió, no obstante, á los capitanes Die-
go Velloso y Blas Ruiz que se trasladasen á la corte de
los Laos para ofrecer sus servicios al rey prófugo, como
ellos deseaban. Mas si bien mostraron un vivo interés
en que el P. Fr. Diego Aduarte los acompañase, éste
— 378 —
no se atrevió á dejar al anciano P. Jiménez, y sólo fué
con ellos hasta Sinoa, en donde estaba gobernando un
hijo del rey de los laos. Los recibió muy bien el joven
príncipe, y aun mostró un decidido emperio en que se
quedase allí el religioso, ofreciéndole que le edificarla
una iglesia á su costa. Esto era lo mismo que permi-
tirle fundar allí una misión, lo cual era un asunto de
mucha gravedad, y no podia abordar este compromiso
sin expresa licencia del Prelado. Con tan justo pretexto
se excusó de aceptar la propuesta de aquel gobernador,
y regresó á Cochinchina, en donde halló todavía á Ga-
Uinato, que aun permanecía en las mismas aguas.
1 1 8. Después del atentado cometido por el gobierno
cochinchino, ya no estaban los españoles seguros en su
puerto. Por otra parte, la debilidad y la insignificancia
de su armada no les ofrecía los recursos que eran indis-
pensables para tomar la satisfacción debida; y habida
cuenta de esto , se determinó Gallinato á levar anclas y
hacerse cuanto antes á la vela para la capital de Filipi-
nas. La fragata con el viento de bolina hizo felizmente
su viaje; mas el junco en donde iba el P. Aduarte, se vio
precisado á arribar. Después de un mes de trabajos y
de malos tiempos, cuando creían estar en las cercanías
de Manila, se hallaron entre unos arrecifes, cuya exis-
tencia y situación ignoraba el piloto mismo, en donde
infaliblemente hubieran perecido, si Dios no los libra-
ra. El junco se habia metido por un canal, de donde
no podia salir sino por donde habia entrado. Los arre-
cifes estaban por una y otra parte á un tiro de piedra,
y tan acantilados, que entre ellos no habia fondo para
echar el ancla. Fué Dios, servido por fin, que habiendo
— 379 —
cambiado el viento, y soplando favorable, saliesen de
allí sin avería. Pero este mismo viento, que por enton-
ces los salvó, era contrario al viaje que debian hacer
para Manila, y como sólo trataban de salvar la vida,
se resolvieron dirigirse á Malaca.
119. En Pulo-Timon fueron avisados que á cinco
leguas de allí habia unos corsarií)s que andaban por
aquellas cercanías, y robaban á cuantos tenian la des-
gracia de caer en sus manos. Esta noticia les dio mu-
cho cuidado, porque siendo ellos pocos y los corsarios
muchos, no les sería fácil evitar un lance peligroso.
Prosiguieron, pues, en su derrota, y no tardaron en
hallar lo que temían. Los corsarios eran más de dos-
cientos, y tenian cuatro buques, el uno grande, fuerte
y bien montado, y los restantes más pequeños. Cuando
los españoles advirtieron el peligro, sin poderlo evitar,
pasaron á son de tambor á vista de los corsarios, para
darles á entender que no temian su encuentro. Mas al
ver éstos que su buque era pequeño y no contenia mu-
cha gente, se dispusieron desde luego á batirle y apre-
sarle. A su misma vista levaron anclas, y toda la noche
les siguieron á la caza, hasta la mañana, en que se dio
principio á un combate porfiado. La desigualdad de las
armas fué la salvación de nuestra gente, porque las de
los corsarios eran unas malas lanzas y puntas arrojadi-
zas, mientras los españoles estaban bien provistos de
arcabuces y cañones. Así que, no obstante ser los cor-
sarios más de doscientos hombres acostumbrados á ba-
tirse con valor, cuando los españoles apenas llegaban a
la mitad de aquel número, se defendieron éstos como
leones indómitos. En el calor del combate se incendió
— 38o —
á los españoles un pequeño depósito de pólvora, que
produjo alguna turbación entre los nuestros y dio áni-
mo á los corsarios; pero al fin quedaron aquéllos victo-
riosos, y éstos se vieron precisados á retirarse vergon-
zosamente derrotados, con pérdida de más de la mitad
de su gente. Los nuestros pudieron fácilmente apode-
rarse de las naves enemigas, si no fueran más veleras
que la suya, y esta circunstancia fué la única que salvó
á los corsarios de caer todos en sus manos, y que per-
mitió salir con vida del combate á los pocos que no ha-
bían perecido en la demanda.
El P. Aduarte, que desde la popa animaba á los su-
yos, quedó gravemente herido en esta ocasión. Recibió
allí un bote de pica en la tetilla derecha, que le obligó
á ponerse en otro lugar menos expuesto; pero no pudo
evitar otra herida, que le molestó mucho más que la
primera. Hé aquí cómo refiere él mismo este lance:
«Recibí el aviso y bájeme; pero antes de llegar al com-
bés, me alcanzó una lanza en la mejilla derecha, don-
de quebró la punta y dejó más de cien astillas, como
después en la cura se echó de ver. Al fin, con las dos
manos en las dos heridas, fui á confesar á algunos he-
ridos que estaban de peligro. Viendo los enemigos que
les costaba mucho la presa, nos dejaron y se fueron,
sin poderlos seguir nosotros, por tener mal navio. Des-
pués supimos en Malaca que de doscientos que eran,
habian muerto más de la mitad, y nosotros los más
quedamos heridos, y murieron dos ó tres á manos de
los enemigos, y otros dos á las de unos bisónos nues-
tros, que estando en nuestra proa tirando al enemigo,
que venía por la popa, dieron á los amigos, y faltó bien
— 3^1 —
poco para despacharme á mí como a ellos.» (Libro i,
cap. xLviii.)
1 20. Libres ya de este gravísimo peligro, prosiguie-
ron su viaje con la esperanza de llegar en breve á Ma-
laca, para curarse de las heridas y descansar de sus tra-
bajos; pero tuvieron en el estrecho de Singapore un
sobresalto, que los aterró en gran manera. Descubrieron
en sus aguas ochenta galeras, con cañones en sus cru-
gías y pedreros; desde luego se figuraron que serian una
escuadra de corsarios, de cuyas manos no les sería po-
sible evadirse; mas luego supieron que eran del Rey de
Achen, que estaba en guerra con el de Lor, hostilizan-
do las embarcaciones que éste tenía en las entradas de
los rios. Estos soberanos habian celebrado un concierto
con los portugueses de Malaca sobre que podrían és-
tos proveer á los partidarios de ambos soberanos de ví-
veres y municiones, pero á ninguno con entrambas co-
sas, debiendo de quedar neutrales en la guerra. Por esto
pasó el buque de los nuestros sin molestia, reputado
por amigo, y aun fueron convidados por los jefes de
las galeras á que subiesen á su bordo; pero se excusa-
ron con motivo del concieto.
En Malaca fué el P. Aduarte caritativamente reci-
bido en el convento de la Orden, y halló entre sus her-
manos todo el consuelo que podia prometerse. Estaba
horriblemente maltratado y desfigurado, y los religiosos
del convento, sin preguntarle de dónde venía, ni por el
motivo de sus males, le mudaron la ropa, y se hicie-
ron cargo con el mayor esmero de su cura. Tres me-
ses estuvo padeciendo agudísimos dolores, pues casi to-
dos los dias le sacaba el cirujano algunas astillas de la
— 3^2 —
herida que tenía en el rostro; mas al fin logró la salud
deseada para regresar á Filipinas. Allí se dividieron sus
comparieros de trabajos; algunos se marcharon á la In-
dia, otros volvieron á Camboja y los demás regresaron
con él á Filipinas. En este último viaje no le sucedió
más novedad que la de haberse principiado un incendio
en la nave, que si no lo atajaran con presteza, hubiera,
sin duda, terminado sus expediciones y trabajos. El
fuego salió de la bitácora, y tomó desde luego tanto
incremento, que ya parecia imposible el remedio. Ra-
bia en el buque trescientas personas á lo menos, que
levantando sus alaridos hasta el cielo, causaban la con-
fusión más espantosa. El capitán, que debiera ser el
primero en animar á los demás, postrado á los pies del
P. Aduarte le pedia confesión; mas este decidido joven
lo arrojó de su presencia, y le dijo que no era tiempo
aquél de confesiones, sino de acudir cuanto antes al
remedio. Animados los demás con sus palabras, moja-
ron toda la ropa de que se pudo echar mano, la fue-
ron arrojando por el escotillón y por este medio logra-
ron apagar el fuego. Fué tal el asombro que este suce-
so imprevisto causó en el ánimo de todos, que, según
el mismo P. Aduarte asegura, hizo en ellos el efecto
que en los deslumhrados por la caida de un rayo. Por
fin el 1 6 de Agosto de 1597, dia dedicado al glorioso
San Jacinto, llegó el P. Aduarte á Manila, y poco
después el ex-provincial P. Jiménez por la via de Ma-
cao, habiendo empleado año y medio en una jornada
tan penosa, sin haber logrado otro fruto que auxiliar
y consolar á sus compañeros de trabajos. Los buenos
deseos, sin embargo, de estos venerables religiosos no
- 3h -
quedarían sin recompensa ante la majestad de Dios,
por cuya gloria hablan emprendido el viaje.
CAPÍTULO VIII.
Elección de provincial en la persona del P. Fr. Bernardo de Santa Catalina
en 1596, y se admiten algunas administraciones. — Misión del P. Ledes-
ma. — El Sr. de Benavides, obispo de la Nueva Segovia, procura reunir
otra misión y llega con ella á Manila. — Junta intermedia de 1598. — Se
admiten muchos pueblos y se resuelven casos importantes. — Segunda em-
bajada del Rey de Camboja al gobierno de Manila. — Expedición desgra-
ciada á este reino, organizada por D. Luis Pérez Dasmariñas. — El Padre
Aduarte naufraga en Babuyanes, va á Cagayan y regresa á Manila. — Tra-
bajos de Dasmariñas en Lampacao, en donde había naufragado. — El Padre
Aduarte hace un viaje para librarlo con su gente. — Sus trabajos en Can-
tón — Sale Dasmariñas para Manila, y el P. Aduarte para Macao. — Viaje
de los PP. Fr. Juan Maldonado y Fr. Pedro de la Bastida á Camboja. —
Muere éste en Churdamue. — Entra el primero en Siam. — Crueldades de su
rey. — Combate naval para salvar íi un padre portugués. — Muere el Padre
Maldonado. — Reseña de su vida. — Muerte y reseña de la vida del P. fray
Alonso Jiménez.
121. Durante la malhadada expedición al reino de
Camboja, la provincia del Santísi?no Rosario celebró en
Manila su capítulo, el dia 25 de Junio de 1596, y en
él salió electo el P. Fr. Bernardo Navarro de Santa
Catalina, vicario de Pangasinan. Los capitulares se
hablan dividido antes entre dos sujetos que ambos eran
muy dignos de ocupar la misma prelacia; pero al fin
se decidieron por aquel venerable fundador. Por las
actas de este capítulo provincial se advierte un aumento
verdaderamente prodigioso en las misiones confiadas á
nuestros religiosos: sólo faltaban operarios para atender
al cuidado de las muchas doctrinas que de nuevo se esta-
ban erigiendo. En Cagayan se admitieron las casas de
Lal-lo (antes Nueva Segovia), Pata,Tulag, Camalanyu-
- 384 —
gan, Bugay y Nassiping, cuyos pueblos comprendían
todo el partido de la costa Siguiran. Pata ya no existe en
el dia, y Tulag se trasformó á los pocos años en el de
Abulug, habiendo quedado su antiguo nombre en un
barrio cercano á la barra del rio de San Juan , en donde
Salcedo hizo la segunda mansión cuando fué á reco-
nocer esta provincia. En Pangasinan se admitió la casa
de Calasiao, y en Zambales la de Santiago de Bolinao,
cuyo ministerio renunció la provincia del Santísimo
Rosario en 1600, por la gran dificultad que tenía en
cuidarlo. También se admitió la casa de Samal en Ba-
taan, separándola de la de Abucay, en cuyo ministerio
habia estado comprendida hasta entonces, y finalmente,
la de San Gabriel de Binondo, extramuros de Manila,
erigida para los chinos cristianos, con el fin de tenerlos
separados de los infieles.
122. Poco después de la celebración de este capítu-
lo llegó á Manila una misión de religiosos de la Or-
den, que desde luego fueron enviados á diferentes mi-
nisterios. Este socorro, inestimable en aquel tiempo, lo
facilitó el limo. Sr. D. Er. Miguel de Benavides, electo
ya primer obispo de la Nueva Segovia, que hasta en-
tonces habia desempeñado el cargo de procurador ge-
neral de la provincia en la corte de Madrid. No pudo
por entonces el Prelado regresar á Eilipinas, ni acom-
pañar á sus hermanos; mas les dio por vicario y presi-
dente al P. Er. Pedro de Ledesma, que habia traba-
jado muchos años en las misiones de Nueva España, y
á la sazón se hallaba descansando en su convento. Vol-
vió, sin embargo, á sacrificar su amado retiro y tran-
quilidad, movido por la escasez de operarios evangéli-
- 3^ -
eos que padecía la provincia del Santísimo Rosario. Pof
Julio de 1596 llegó esta misión á Manila, en donde
fué recibida con tanta mayor satisfacción, cuanto era
más grande el ansia con que fuera deseada. Desde lue-
go dispuso de ellos el Prelado, y pueden de algún
modo reputarse como fundadores de esta apostólica
provincia, por haber sido casi todos destinados á nue-
vas conversiones.
123. Entre tanto el mismo limo. Prelado, que ha-
bla enviado este socorro, no cesaba de practicar las más
activas diligencias, para excitar el celo de otros reli-
giosos de la Orden y conducirlos á Manila. Ya en-
tonces habia cambiado la opinión de los cortesanos,
que con tanto empeño se habia sostenido por alguno
respecto á no mandar nuevas misiones á estas islas, por-
que S. M. estaba convencido de que estos remotos do-
minios de su reino sólo podian prosperar abundando
en ellos los PP. misioneros. La misión de sesenta reli-
giosos de la Orden, que el P. Fr. Juan Volante habia
pretendido organizar desde el año de 1588, para llevar
la luz del Evangelio á las naciones infieles, fué otorga-
da en esta ocasión por el Monarca, sin duda por el po-
deroso ascendiente que tenía aquel limo. Prelado en
la corte. El mismo P. Volante debia ser el conductor
de esta misión tan numerosa, y los religiosos ya esta-
ban casi todos en Andalucía, para embarcarse en la
flota que debia salir de Cádiz en 1597. Mas la toma
de este puerto, que verificaron entonces los ingleses, des-
vaneció sus esperanzas, porque la flota no hizo su via-
je á Nueva España, y aquéllos trataron de restituirse á
sus conventos respectivos. El celo del Obispo, sin em-
as-
- 3^^ -
bargo, alentó á veinte y ocho de los mismos, embar-
cándose con ellos finalmente en un pequeíío buque que
se despachó para aquel punto, entre tantas dificultades
y peligros. Nada les sucedió, no obstante, en el viaje,
y el Obispo, al llegar á Méjico, trató de edificar una
hospedería para los religiosos enviados á la provincia
del Sa?itísmo Rosario. El negocio estaba tan adelanta-
do, que ya iban á cerrarse las escrituras; mas halló el
buen Obispo tales dificultades en su ejecución, que tuvo
por más conveniente desistir por entonces del proyecto.
No fué menos feliz su navegación desde Acapulco
hasta las islas Filipinas, en la cual, ademas de no ha-
berles sucedido cosa alguna que pudiera inquietarlos,
experimentaron la providencia del Señor de un modo
especial. Estando, con efecto, en aquel puerto, el ge-
neral del galeón habia apresurado de tal suerte su sali-
da, que los religiosos no pudieron embarcar sus provi-
siones; mas Dios ocurrió próvida y generosamente á su
gran necesidad, proporcionándoles pescado fresco en
toda la navegación; cosa maravillosa y nunca vista en
un viaje tan largo y tan difícil. Llegaron á Manila por
Mayo de 1598: al entrar se incorporaron con una pro-
cesión de rogativas que se estaba haciendo desde la ca-
tedral hasta la iglesia de nuestro Padre Santo Domin-
go, y el obispo que venía con la misión predicó en
lugar del que estaba designado, causando su presencia
un gran consuelo en los que tuvieron el gusto de oirlo,
porque todos lo amaban cordialmente. Profunda debió
ser, con efecto, la impresión que no podia menos de
causar en el concurso esta circunstancia extraordinaria.
I 24. La llegada del Sr. obispo Benavides y su mi-
- 38? -
síon dio mucha celebridad á la junta intermedia del
provincialato del P. Bernardo de Santa Catalina, que
se tuvo el dia 24 del mismo mes. Animados los padres
de ella con el socorro de los muchos y muy buenos
religiosos que les acababa de llegar, recibieron un gran
número de casas ó ministerios que se leen en sus actas.
En Cagayan se hicieron cargo de San Antonino de
Dumon, de Santa Catalina de Maquila, de San Ilde-
fonso de Nalavangan, de San Pablo de Pilitan y de
San Raimundo de Lobo. En el dia sólo existe el últi-
mo de estos pueblos, conocido con el nombre de Ta-
bang, anejo ó visita de Piat, bajo la invocación de Santa
Inés. Llamóse en un principio de Lobo, porque con
este nombre era conocido el rio chico de Cagayan que
lo baña, y se incorpora con el Ibanag en Nassiping. El
pueblo de San Pablo de Pilitan era en aquel tiempo
uno de los primeros ministerios de aquella provincia, y
daba grandes esperanzas á nuestros religiosos, por el
prodigioso número de infieles que habitan en sus her-
mosas y pintorescas vegas, baríadas por varios riachue-
los, que las cruzaban en todas direcciones. Contó algu-
nos aíios de existencia, y por lo regular residian cua-
tro religiosos en su casa primitiva, ocupados en la con-
versión de los habitantes de todo el partido llamado
de Irraya. Su nombre en la actualidad apenas es cono-
cido en la provincia, y sólo se conservan los cimientos
de la iglesia en un barrio llamado Canapi, situado en-
tre llagan y Tumauini. Su primer vicario fué el padre
Fr. Antonio de Soria, hijo del convento de la Puebla,
en Nueva España, á quien se puede reputar por el
verdadero apóstol de la Irraya, adonde pasó después
- 388 -
de haber hecho sus primeros ensayos apostólicos en
Camalanyugan y Bugay. Su celo y sus afanes por la
conversión de aquellos infelices, que á su llegada ya-
cian en las tinieblas de la gentilidad, le abreviaron la
carrera de la vida, y murió en lo más florido de sus
dias. Terminada la junta intermedia de que se ha he-
cho mención anteriormente, en la cual asistió como
definidor dicho misionero, regresó después á su mi-
sión; mas no tardó en caer enfermo gravemente. En-
tonces se determinó á trasladarse al convento de la
Nueva Segovia, para aliviarse de sus males y luego
volver á sus tareas apostólicas; mas el Señor, que ya es-
taba satisfecho de sus fatigas y trabajos, lo llamó para
sí, con el fin de premiárselos, como es de creer, en la
patria dichosa de los bienaventurados. Bien pudiera
ponerse en el sepulcro de tan joven y tan celoso mi-
nistro la inscripción del hombre justo : Consumtnatus
in brevif explevit témpora inulta.
También en Pangasinan se adelantaba por este mis-
mo tiempo la obra de la fe : desde Calasiao cuidaban
nuestros religiosos de los cristianos que hablan conver-
tido en Mangaldan, y trabajaban en reunir unas ran-
cherías de infieles, que vivian esparcidos como fieras
en sus vecinos bosques. Más tarde se fundó en este si-
tio el hermoso pueblo de San Jacinto (i), uno de los
más bellos y amenos de aquella provincia populosa.
(i) En la actualidad (con fecha 3 de Noviembre de 1869) ha decretado
el Superior Gobierno la división de San Jacinto, sepaiando civilmente eJ
barrio de Claris, erigiéndolo en pueblo con el nombre de Pozorubio ; y
según la legislación vigente , se ha consultado á España el erigirlo en parro-
quia separada.
9
— 3^9 —
La casa de San Gabriel de Binondoc fué en esta
junta erigida en vicaría, y se la separó del convento
de nuestro padre Santo Domingo de Manila, en don-
de habian estado asignados hasta entonces los religio-
sos que se dedicaban á la conversión de los sangleyes.
Algunos otros pueblos que antes se habian recibido
fueron de nuevo aceptados, ó más bien erigidos en vi-
carías, cuyos superiores debian de gozar de voz activa
en las futuras elecciones,
125. Hacia este mismo tiempo llegó á Manila otra
embajada del soberano de Camboja, con el mismo fin
que la pasada. Ya queda referido cómo sus capitanes
Diego Velloso y Blas Ruiz desde Cochinchina se
trasladaron á la corte del reino de los Laos, para
ofrecer de nuevo sus servicios al rey desposeído de
aquél. A su llegada lo hallaron ya difunto; mas no
por esto desistieron de su empeño, porque anima-
ron á su hijo Prauncar, legítimo heredero de su trono,
á que recuperase sus dominios con el auxilio que podia
prestarle el de los Laos. Decidido el nuevo príncipe a
seguir los consejos de estos valientes capitanes, entró
en efecto al frente de sus auxiliares en Camboja, y no
tardó en ser reconocido soberano de todas sus provin-
cias. Entonces, agradecido á los servicios que le habian
prestado los expresados capitanes, á quienes debia su
trono, los elevó á la categoría de cJiofas , los primeros
dignatarios del país, y los hizo señores de las provin-
cias de Tran y Babano, dándoles al mismo tiempo mu-
chas tierras y vasallos. Estos capitanes habian hecho,
á no dudarlo, su fortuna, elevándose á una esfera su-
perior á sus deseos; pero no la miraban muy segura,
— 390 —
en atención á los partidos en que estaba dividido aquel
infeliz reino, y precaria posición del Soberano. Ade-
mas no se encontraban bien sin sacerdotes y sin los
auxilios espirituales de la religión cristiana. En tal con-
cepto trataron de mejorar su situación, y al efecto in-
dujeron á su nuevo rey á que pidiese sus auxilios al
gobernador de Filipinas, haciéndole pedir también á
los PP. Jiménez y Aduarte, que tanto habian padeci-
do en su primera expedición. Al primero de estos re-
ligiosos escribió el mismo rey una carta muy afectuosa,
en caracteres del país, autorizada con el Real sello en
tinta roja, pero traducida en castellano. Ert ella le daba
muestras de su agradecimiento por los servicios que
habia prestado á su país y trabajos sufridos en deman-
da de su embajada, y le decia que habiendo llegado
á Camboja, y noticioso de que se habia quedado en
Cochinchina, le habia enviado una comisión para tras-
ladarlo á su corte; pero que el buque habia sido apre-
sado; que deseaba mucho fuese cuanto antes á su rei-
no para que descansase y gozase del fruto de sus fati-
gas entre los chofas capitanes y demás españoles que ha-
bia en el mismo; y que llevase, finalmente, en su com-
pañía al P. Aduarte, supuesto que los dos habian con-
tribuido á restaurarlo en su trono. Le ofrecia también
que les edificaria iglesias, los cuidaria, y daria permiso
á los cambojas para que se hiciesen cristianos. Por fin
le otorgaba sus poderes para que pudiese reclamar sus
intereses en Manila, y se los llevase á Camboja. Esta
carta iba acompañada con otras de los capitanes Diego
Velloso y Blas Ruiz, suplicándole encarecidamente que
accediese á los deseos que mostraba aquel monarca, y
— 39^ —
no malograse la bella ocasión que se presentaba para
reducir al gremio de la religión al infeliz reino de
Camboja.
126. Estas noticias causaron mucha sensación en
los piadosos habitantes de Manila. Todos estaban en la
persuasión de que serian muy agradables á entrambas
majestades los servicios que se prestasen al soberano
de Camboja. El gobernador de Filipinas era á la sazón
D. Francisco Tello de Guzman, y D. Luis Pérez Das-
mariñas vivia como particular en el retiro , entregado
enteramente á sus piadosos ejercicios. Mas, si bien se
deseaba complacer á Prauncar, la falta de medios pe-
cuniarios tenia perplejo al Gobierno, y no podia re-
solverse á aceptar tan grave empeño. En tal estado las
cosas, el piadoso Dasmariñas no dudó sacrificar sus in-
tereses por la gloria de Dios, ofreciéndose á costear de
su hacienda los gastos de la expedición. Desde luego
se destinaron como ciento y cincuenta hombres á las
órdenes del mismo Dasmariñas, y las órdenes reli-
giosas de Santo Domingo y San Francisco nombraron
dos misioneros de cada corporación , para dar principio
á la predicación del Evangelio en el reino de Cambo-
ja. Mas la carena de los buques que debian conducir-
los se confió al cuidado de oficiales reales, que la hi-
cieron mal y tarde, lo que malogró completamente los
costosos sacrificios de esta también desgraciada expe-
dición.
127. El dia 17 de Setiembre de 1598, estación la
más fatal para navegar por los mares de China, se hi-
cieron á la vela los tres buques que se habian destina-
do al efecto. En la capitana iba Dasmariñas con el
— 392 —
P. Jiménez y los dos religiosos franciscanos, y en la
que hacia de almiranta el P. Aduarte, á cuyas órdenes
debia atenerse el que mandaba á los soldados, según dis-
puso el General. Navegaron al principio los tres buques
en convoy, con orden de no separarse hasta Camboja;
mas el viento, que no tardó en convertirse en un furio-
so temporal, desbarató sus planes á los seis dias de nave-
gación. El buque más pequeño, que era una mala ga-
leota, fué el que salió más bien librado, porque logró
refugiarse en un buen puerto de estas islas. La Capitana
perdió luego el batel y el palo mayor, y siguiendo el
temporal con el trinquete y mesana, fué arrojada en
una mala isla de las costas de China, en donde naufragó
el dia 3 de Octubre, víspera de San Francisco. La gen-
te se salvó ; pero quedó como sitiada en aquel país ingra-
to, padeciendo largo tiempo las privaciones y trabajos
de un penoso cautiverio. La almiranta, ya repuesta de
sus primeras averías, continuó arrostrando el temporal,
y poco después perdió también el palo de mesana; y si
bien con sólo el de trinquete se podia gobernar regu-
larmente, no tardaron en romperse las hembras del ti-
món, cuya falta tuvieron que suplir con dos palos bien
trabados. Durante la tormenta todo el casco amenaza-
ba una total ruina; de suerte que se vieron precisados á
sujetarlo con tres amarraduras pasadas por la quilla, y
apretadas con cafíones de arcabuz encima del combés.
Hasta la proa se les queria desprender, la que también
aseguraron con amarras. En este infeliz estado, salva-
dos como por milagro en alta mar, fueron á parar en
una de las islas Babuyanes, sitas al Norte de Luzon, en
donde aportaron tristemente. Ya estaba próxima la vis-
— 393 —
pera de San Francisco, cuando amenazados de un nue-
vo temporal, desembarcaron las municiones y pertre-
chos, dejando solamente la artillería en el buque; mas
éste no tardó, con el mal tiempo, en irse á pique, ha-
ciéndose astillas todo el casco. En la playa levantaron
unas chozas, y en ellas se guarecieron del viento y llu-
via, que duró dos dias solamente. Apaciguada la tor-
menta, sacaron la artillería, que consistía en cuatro pie-
zas de un calibre mediano, las que colocaron encima
de un fuerte de empalizada que por de pronto levan-
taron , con el fin de defenderse de los habitantes de la
isla en el caso de que tratasen de ofenderlos. No tar-
daron éstos en aparecer cerca del campamento de los
náufragos, armados con lanzas de hierro y otras de
ébano arrojadizas; mas los nuestros les hablaron, por
medio de un indio, con señales de paz, á las que ellos
respondieron enviando también á uno de los suyos,
que fué tratado con muestras de afecto por los nues-
tros. Hiciéronle efectivamente algunos regalillos, y le
encargaron que dijese á los suyos les trajesen víveres,
que era lo que necesitaban; asegurándole desde luego
que serian satisfechos religiosamente por el precio esti-
pulado. A los pocos dias rompieron las paces los isle-
ños; mataron á un japón que iba en la expedición, é
hirieron á un indio, que logró matar al agresor. Rotas
ya las amistades, cesaron también los isleños de con-
ducir más víveres al campamento; pero, como la ne-
cesidad es superior á toda ley, los náufragos se vieron
en la precisión de tomarlos por la fuerza.
128. Entre tanto el P. Aduarte dispuso que se ca-
renase el batel, que afortunadamente se habia librado
— 394 —
del naufragio, para ir con el piloto y dos hombres bo-
gadores á la provincia de Cagayan, distante unas vein-
te leguas de allí. Al efecto le alargaron la quilla, le pu-
sieron algunas tablas en los costados, hasta levantar el
bordo como una media vara, y con esta débil nave hi-
cieron en tres dias el viaje, sin haberles sucedido ave-
ría alguna en aquella peligrosa travesía. El Alcalde, á
su llegada, mandó apercibir dos fragatillas, y las envió
con comestibles á la isla, para sacar á los náufragos de
ella. Por otra parte el P. Aduarte escribió algunas car-
tas á Manila, dando cuenta del suceso á su prelado y
á los agentes del caballero Dasmariñas. Enterado el
Gobernador de esta desgracia, dispuso que la gente
refugiada en Cagayan prosiguiese su viaje, y el Pro-
vincial, por su parte, ordenó inmediatamente que el pa-
dre Aduarte regresase cuanto antes a Manila. Todos
dieron cumplimiento á lo dispuesto; pero la falta de
este religioso fué la perdición de aquella gente , porque
hallándose en las costas de China, se arrojaron á co-
meter un atentado, que él hubiera podido evitar con su
consejo; si bien recibieron luego su castigo los perpe-
tradores de aquel crimen, que no pasó finalmente de
un conato. Con este motivo el buque varó en unos ba-
jos ignorados, en donde pereció con muchos de los que
lo tripulaban; los pocos que lograron salvar la vida
fueron tratados como piratas en varios tribunales, en
donde tuvieron mucho que sufrir; hasta que al fin fue-
ron á parar á Lampacao, en donde estaba Dasmariñas
con los suyos, alimentándose de lo poco que podian
recoger en sus desiertas playas.
129. Esta isla está situada al S. O. de Macao, de
395 —
donde sólo dista siete leguas. Los portugueses, establecí-
dos desde mucho antes en este puerto, y que hubieran
podido aliviar al afligido caballero Dasmariñas y gente
que lo acompañaban en su desgracia, todavía agravaron
más su mísera situación en aquel trance. Persuadidos de
que habían hecho aquel viaje en perjuicio desús nego-
cios mercantiles, desde luego se declararon sus enemigos
mortales, y trataron de arrojarlos con las armas de aquel
punto. El P. Jiménez hizo varios viajes á Macao con
el fin de procurar algún socorro á los náufi-agos; pero
todos sus esfuerzos se frustraron, pues no le fué posi-
ble ablandar la dureza de aquellos hombres codiciosos.
Al fin logró Dasmariñas enviar algunos de los suyos á
Manila, para dar cuenta al Gobierno de su estado las-
timoso, y con el fin de que le enviasen un buen buque
para regresar á Filipinas.
130. Las cartas de este piadoso caballero causaron
mucha sensación en los vecinos de Manila, y desde
luego se dieron providencias para socorrerle en tal ex-
tremo. Esta comisión se confió al mismo P. Fr. Die-
go Aduarte, el cual, sin embargo de que no estaba
para exponerse otra vez á los peligros de la mar, por
caridad y obediencia se prestó á desempeñarla. Pero en
esta ocasión no se fió ya de nadie, para dejar el buque
que lo había de conducir en buen estado. El mismo se
encargó de inspeccionar la carena, la que, á pesar de
sus más activas diligencias, no pudo terminarse á en-
tera satisfacción, sino después de cuatro meses. Al fin
se hizo á la vela el dia 6 de Setiembre de 1599, y lle-
gó sin novedad adonde estaba D. Luis en quince días
de viaje. Para dejar á este mal aventurado puerto, aun
— 39^ —
fué necesaria una chapa ó licencia del virey de la pro-
vincia de Kuan-tung (Cantón), y esta diligencia, tan
sencilla al parecer, ocasionó muchos gastos y no pocas
molestias y trabajos al P. Aduarte, que la procuró per-
sonalmente.
131. Halló, por su desgracia, á la sazón en la capi-
tal de la provincia un visitador eunuco, que con sus
robos y estafas arruinaba á cuantos tenian la desgracia
de caer bajo su férula. Los españoles de Manila tenian
en China mucha fama de ricos, porque ya era muy
conocida á la sazón en el imperio la plata que se acu-
ñaba en Nueva España. Cuando el eunuco llegó á en-
tender que lo necesitaba uno de ellos, creyó haber halla-
do una mina, que se propuso explotar completamente.
El P. Aduarte, acompañado de dos soldados y un in-
dio, se hospedó en una casa de sus grandes arrabales,
y á los dos dias fué llamado por el dicho visitador de
la provincia, para dar razón de su persona y de la ges-
tión que motivaba su presencia en aquella capital. An-
tes de entrar le hizo decir dicho padre, que él no se
pondría de rodillas al estar en su presencia; pues los
religiosos y capitanes castellanos á nadie hacian esta
cortesía, ni delante de los reyes de estos países asiáti-
cos. Porfió por algún tiempo el eunuco en sostener el
ceremonial acostumbrado, hasta que al fin, cegado por
el interés que aguardaba, le dispensó de practicar esta
ceremonia humillante, y le mandó, ó hizo decir que
le hiciese la cortesía y reverencia que á su rey solia.
Con esta condición entró el religioso, y halló al visi-
tador eunuco sentado detras de un bufete con mucha
gravedad, y una numerosa comitiva de ministriles y
-- 397 —
verdugos, que ejecutaban inmediatamente sus manda-
tos, sin que nadie pudiese apelar de sus resoluciones.
No ignorando Dasmariñas la costumbre del imperio,
en el cual no es posible obtener cosa alguna de prove-
cho sin ir por delante los regalos, habia entregado el
P. Aduarte una pieza de grana y un grande espejo con
su cadena de plata, ambas cosas de mucha estimación
en aquel tiempo. En esta primera audiencia creyó que
debia hacer este regalo al eunuco, el cual lo recibió
muy bien; pero haciendo gestos y mirando hacia el
cielo, dándole á entender que él era hombre de con-
ciencia delicada, y que no recibía aquellas cosas como
regalo, sino por su valor, que se deberla computar en-
tre los derechos que se le debian satisfacer por la licen-
cia. En seguida pidió el P. Aduarte que ordenase fuese
medido el buque, y luego se volvió á su alojamiento.
Los agentes del eunuco eran, á no dudarlo, tan la-
drones como él; los oficiales que mandó á Lampacao
eran tan probos, que en la primera medición del bu-
que hicieron subir los derechos del anclaje á la suma
exhorbitante de mil y ochocientos ducados; pero co-
hechados luego, y pasando á segunda medición, reba-
jaron los mil que hablan aumentado injustamente en
la primera. El P. Aduarte, entre tanto, persuadido de
que ya estaba satisfecha la codicia del eunuco, se es-
taba muy tranquilo en su posada, esperando el resul-
tado de la medición del buque y la licencia; mas á los
tres dias el eunuco mandó llamar á los dos soldados
que lo acompañaban, y á su llegada, con muchas de-
mostraciones de enojo hizo dar cinco azotes al intér-
prete, porque dijo que no habia prevenido á aquellos
- 39^ -
extranjeros acudiesen á su presencia, conforme debian a
su dignidad. Luego ordenó que también fuesen azota-
dos los soldados; mas cuando ya estaban desnudos para
recibir los golpes de la penca, hizo suspender el casti-
go y dispuso fuesen conducidos á la cárcel. Bien co-
nocia el P. Aduarte que estas vejaciones se dirigian á
sacarle la plata, que no tenía y deseaba aquel inicuo,
quien, al fin, el dia de Todos los Santos, después de
haber celebrado el religioso el santo sacrificio de la misa
en una capilla que tenian los PP. Jesuitas cerca del
rio, lo hizo llamar á su palacio. Al presentarse en su
estancia le mandó se pusiese de rodillas ante él, y des-
de luego, gritando con voz atiplada, empezó á decirle
que sin duda sería algún espía, cuando no le acudia
como era de su obligación. Después de su sermón lo
mandó azotar, y los verdugos lo tendieron inmediata-
mente en el suelo para ejecutar la sentencia ya pronun-
ciada. En tal conflicto sacó el afligido religioso un gran
papel que le hablan facilitado los chinos de Manila en
sus propios caracteres, en el cual manifestaban los mu-
chos beneficios que los de su nación recibian de nues-
tros religiosos en aquella capital. Leyólo el eunuco;
pero, como no era acomodado á su intento, lo despre-
ció; mandó, sin embargo, suspender el castigo de los
azotes, y lo conmutó en otro no menos aflictivo. En
efecto, hizo acercar al religioso á su bufete, y le pusie-
ron dos cañitas con muezcas en los dedos de entrambas
manos, los que fueron apretando de tal suerte, que al
fin cayó el paciente desmayado. Entonces mandó el
cruel eunuco quitarle las cañitas, y lo despidió de su
presencia, diciéndole que si no le daba mil taeles (que
— ^99 —
en el dia importan la suma de 1.395 pesos) (i), lo ha-
bia de matar.
132. Quedó el P. Aduarte en extremo maltratado,
y se fué á su alojamiento como pudo; mas á su llega-
da se halló con que el dueño habla recibido un man-
damiento del eunuco, que le prohibia lo recibiese en
su casa. Entonces se refugió en un buque de merca-
deres portugueses, que luego tuvo que abandonar, por-
que no tardó en comparecer el dueño, diciéndole que
la ciudad andaba muy alborotada por haberse presen-
tado él en dicho buque, y le rogó se fuese á otra parte,
por el daño que podria hacer á sus negocios. Entonces
se vio precisado á dejar aquel refugio y volver á tierra,
en donde todos huian de él, temerosos del visitador
que sin humanidad lo perseguia. Por su fortuna halló
á un chino mercader que habia estado en Manila, y lo
recibió en su casa. Luego recogió trescientos taeles
ayudado de su huésped, y los remitió al eunuco, ro-
gándole se sirviese recibirlos. Le suplicaba á la vez que
diese libertad á los soldados, y á los tres, permiso para
regresar á Lampacao. Ni aun por esto consiguió ade-
lantar un paso; pues el mismo dia fué llamado por el
eunuco otra vez, y después de haberle dicho y repeti-
do que él no entendia la lengua en que le hablaba, lo
mandó llevar con cadena al cuello á la misma cárcel
en donde estaban sus compañeros de trabajos. A su lle-
(i) En el último tratado con China se fijó el peso en 72 céntimos de tíiel,
conforme con las tablas de reducción de los autores, según las que cada 100
pesos tienen 72 taeles (aunque no es siempre ni en todas partes igual el valor
del tael); según lo cual, i.ooo taeles son i.jSS'Sp pesos.
• — 400 —
gada fué presentado con una orden del eunuco a un
mandarín, que impuesto de los motivos de su prisión,
le dio á entender que parecia injusto aquel decreto;
pero añadió que nadie podia revocar lo dispuesto por
aquél, y le aconsejó que procurase contentarlo, porque
de otra suerte no sabía cuándo podia salir libre, en
atención á que el visitador estaba para salir á una pes-
quería de perlas en el golfo de Hainan, y se ignoraba
el tiempo de su regreso. En seguida le quitaron la ca-
dena y lo metieron en la cárcel.
133. Cuando los soldados españoles vieron al padre
Aduarte, no pudieron menos de llorar de pena en su
presencia; mas él estaba más tranquilo y consolado que
cuando se hallaba en libertad; pues por ellos habia pa-
decido hasta entonces, y no habia querido abandonar-
los, marchándose ocultamente sin licencia, como lo
hicieron después, á Lampacao. En la cárcel habia á la
sazón como unos trescientos presos, muchos de los
cuales estaban condenados á pena capital. Era tan he-
diondo y tan insano aquel lugar, que no tardó el pa-
dre Aduarte en sentir las malas influencias, que la su-
ciedad, la destemplanza y la carencia de abrigo no po-
dian menos de causar á su delicada complexión. Mas
fué Dios servido que sólo estuviese en él tres dias ; pues
habiendo salido su huésped por fiador de los mil tae-
les que pedia el eunuco, fué puesto en libertad con los
soldados. Entonces le acometieron los ministriles, por-
teros y satélites, y todos le pedian sus derechos res-
pectivos; de suerte que no bastaran otros mil taeles para
pagarlos, y como no los tenía, acometieron al fiador
por todas partes, molestándolo de dia y de noche, para
— 40I — '
que les diese lo que el padre no podía concederles. Co-
mo el fiador, por otra parte, tampoco permitía que él
y los soldados se fuesen á su buque ni saliesen de su
casa, éstos al fin lograron burlar su vigilancia. Teme-
roso el P. Aduarte, de que Dasmariñas, cansado de
tanto aguardar se hiciese á la vela, trato de cualquier
modo de fi^igarse con los suyos de la casa de su hués-
ped. A este fin se compuso con un chino que solia vi-
sitarlos, quien por la mezquina suma de diez taeles se
comprometió á sacarlos de su encierro, y llevarlos á
Lampacao. Hizo, pues, su contrabando á media no-
che, con una embarcación pequeña por un estero que
conduela al rio grande; los puso en otra mayor, y ha-
ciéndose á la vela rio abajo, llegaron al dia siguiente
adonde estaba Dasmariñas. A las pocas horas llego
también el fiador, y su primera diligencia fué inquirir
y preguntar por el que los habia sacado de su casa y
conducido á la isla; pero nada pudo averiguar. Das-
mariñas le pagó inmediatamente la fianza, lo despachó
muy satisfecho, y los nuestros se hicieron luego á la
vela para Manila, á excepción del P. Aduarte, que
quiso trasladarse á Macao para descansar y reponerse
de su salud tan quebrantada, con motivo de los malos
tratamientos y disgustos sufridos en Cantón.
1 34. Mientras Dasmariñas y los que lo acompaña-
ban en su desventurada expedición corrían las desgra-
cias que quedan referidas, otros religiosos hacían su
viaje al mismo reino de Camboja. El Gobernador de
F'ilipinas, cuando arribó aquella galeota que habia sa-
lido de Manila con la Capitana y Almíranta, temeroso
de lo que podía haberles sucedido, dispuso que saliese
z6.
— 402
cuanto antes otro buque en demanda de la misma ex-
pedición, y en él se embarcaron los PP. Fr. Juan Mal-
donado de San Pedro Mártir y Fr. Pedro de la Bas-
tida de Jesús, ambos religiosos de la Orden. Su viaje
fué más feliz por el pronto que el de los primeros;
pero su fin no fué menos desastroso. El P. Maldonado,
á quien el Gobernador habia confiado el cuidado de
desempeñar la embajada en el caso de no haber llega-
do Dasmariñas, se presentó en la corte de aquel reino;
pero no fué recibido como era de esperar. A la sazón
habia muerto ya Prauncar, que habia pedido el auxilio
de soldados españoles, y llamado con empeño á los pa-
dres Jiménez y Aduarte, según queda ya indicado. Le
habia sucedido por desgracia un hijo de menor edad,
que estaba bajo la tutela de su madrastra, dominada
enteramente por los malayos, que no miraban con se-
renidad, ni á los europeos, ni á la religión de Jesu-
cristo que éstos profesaban. Por otra parte, los pocos
portugueses que tenian su residencia en Camboja tam-
poco conservaban buena armonía con los españoles,
porque temian como siempre, que si éstos llegaban á
enseñorearse del país, les quitarían sus ganancias. En
atención á esto, no es de extrañar que el padre emba-
jador fuese recibido fríamente v despachado con des-
aire; pues le dieron á entender que el Rey ni habia
llamado á los españoles de Manila, ni estaba obligado
á observar los tratados que su padre hubiese con ellos
celebrado. Con tan triste desengaño, pidió el padre Em-
bajador su pasaporte para retirarse á su buque; mas se le
negó rotundamente, y se vio precisado á marcharse sin
perniibo, con ánimo de retirarse con los suyos á IVlanila.
_ 403 —
I 35. Habia hallado en el puerto, á su llegada, algu-
nos españoles, portugueses y malayos, todos divididos
y enemistados. Antes habian tenido va algunas disen-
siones, y el capitán del buque que habia conducido á
los padres, habiendo tratado de reconciliar los ánimos,
fué envuelto en la traición que loa malayos tramaron
contra todos, alentados y dirigidos por los que estaban
al frente del gobierno, que favorecían su partido. Como
los ánimos ya estaban predispuestos, no tardaron en
romper abiertamente los partidos; los españoles y por-
tugueses se vieron precisados á unirse en aquel tran-
ce, para defenderse de los malayos, que eran infinita-
mente en mayor número. Se dio principio en seguida
á un combate muy reñido, en el cual recibieron hor-
roroso daño los malayos, y se dieron por vencidos, por-
que no sabian manejar las armas de fuego como aqué-
llos; mas al fin lograron incendiar el buque de Mani-
la. No pudiendo los españoles evitar los efectos del in-
cendio, procuraron salvarse de oíros modos, y los que
sabian nadar se libraron al abrigo de los otros euro--
peos. Mas el P. Fr. Pedro de Jesús, que carecía de
esta habilidad, se desprendió por la popa y se quedó
asido del timón, encomendándose á Dios y dispo-
niéndose para la muerte, que ya no podia evitar. Entre
tanto, sin haberle podido los nuestros socorrer en aque-
lla situación, lo cercaron los malayos, y dándole una
lanzada, lo precipitaron al agua, en donde acabó de es-
pirar.
136. En el mismo puerto habia otra fragatilla fon-
deada, del capitán Juan de Mendoza, vecino de Ma-
nila, que sólo habia ido á Camboja con el fin de ob-
— 404 —
servar los acontecimientos de este reino y trasladarse
al de Siam. El P. Maldonado, herido también por los
malayos, aunque levemente, se habia salvado á nado
con otros compañeros, y se acogió á esta fragatilla, que
luego se hizo á la vela para el dicho reino de Siam. Aquí
hallaron á un P. misionero de la Orden, portugués,
que estaba como preso en un pueblo cercano de la cor-
te. A su llegada fué á visitarlos, y les dio tales noticias
de las crueldades que cometía aún con los suyos el so-
berano de este reino, que en su vista no pudieron me-
nos que llenarse de horror. Decia que por los más le-
ves motivos mandaba despedazar a sus vasallos por las
trompas de los elefantes, que no pocas veces los hacia
freir, y que haciéndoles arrancar sus carnes con tena-
zas, mandaba á los verdugos que las aplicasen á la bo-
ca de los desgraciados pacientes. La relación de este
misionero podia ser tal vez exagerada; mas les supo
pintar las cosas de tal suerte, que se las hizo muy creí-
bles. Al fin les suplicó que le hiciesen la caridad de
recibirlo en su nave, protestando que se hallaba muy
dispuesto á ir con ellos á cualquier parte, sólo por li-
brarse de las manos del tirano. Lastimado el capitán de
este afligido misionero, é instado con caridad por el pa-
dre Maldonado, se ofreció á recibirle en su buque
finalmente. Mas, temeroso de caer por esta causa en
desgracia de aquel monstruo, le dio algunas instruccio-
nes, que por no haberlas observado causó á todos las
consecuencias más funestas. Como el viaje por el rio
debia ser mucho más largo que por tierra, y si el Rey
llegase á tener noticia de su fuga, estando el buque
cercano á la corte, podria fácilmente apresarlo, acor-
— 405 —
daron que primero saliese éste con las licencias necesa-
rias, V que él podria embarcarse en cierto punto, en
donde las corrientes no les estorbaran la salida. Con
esto la fragatilla se hizo á la vela, y el P. Maldonado
se quedó en compañía del misionero portugués en el
lugar de su prisión. Empero, temiendo éstos no poder
alcanzar la fragatilla , salieron aquella misma noche en
su alcance, y la hallaron cuando apenas habia hecho
diez leguas de viaje, faltándoles aún más de cuarenta
para salir á la mar. Al verlos desde el buque, no pu-
dieron menos de temer todos algún funesto resultado.
Los recibieron á bordo sin embargo, y se dispusieron
para lo que pudiese suceder. Por la mañana de aquel
mismo dia supo el Rey la fuga del misionero portu-
gués, y presumiendo que debia estar en el buque de
Manila, que se habia hecho á la vela el dia anterior,
envió desde luego una armadilla en su alcance. Tras de
ésta envió otra, y por fin una tercera. Sus buques eran
pequeños, pero conducian á su bordo mucha gente ar-
mada con pedreros, arcabuces, lanzas y flechas. Los de
la fragata no pasaban de veinte europeos; pero estaban
decididos á burlarse de toda la chusma enemiga. No
tardaron en verse cercados por todas partes de las na-
ves siamesas, ni tampoco se tardó en dar principio á
un combate sangriento y horroroso. Mientras la ma-
rea era favorable podian los nuestros defenderse y ofen-
der con poco riesgo; pero cuando se veian precisados á
dar fondo para que la corriente no los arrastrara hacia
atrás, tenian que pelear como leones para no caer en
poder del enemigo. De los siameses morian sin cuento
y sin medida, porque, siendo mucho más alto el bu-
— 4o6 —
que de los nuestros, y estando aquéllos sin reparo, te-
nían que pelear á pecho descubierto, y las balas y me-
tralla de los nuestros hacían en ellos estragos horroro-
sos. Bien pudieran aquellos infelices haber evitado tanta
mortandad, dejando en paz á los que sólo trataban de
marcharse; pero como temían una muerte más cruel si
volvían á la corte sin el P. misionero, hicieron esfuer-
zos de valor. Tres días duró este combate encarnizado
y espantoso; pero al fin los nuestros salieron victoriosos
á la mar, y los siameses tuvieron que volverse sin la
presa, lamentando para siempre su confusión y su der-
rota. Mas el triunfo fué bien costoso á los nuestros. Mu-
rió el piloto de un balazo, y quedaron muchos heridos,
de los cuales algunos murieron en Malaca : tales fue-
ron el capitán Mendoza, un portugués llamado Jorge
de la Mota, y en la mar el P. Maldonado. Una bala
le había roto un brazo, y aunque la herida no parecía
mortal en un principio, le cortó luego la carrera de la
vida, por falta de remedios y asistencia, y sin el auxi-
lio de un verdadero inteligente en el arte de curar. Se
confesó con el P. misionero portugués que motivó es-
tas desgracias; toleró con gran conformidad los dolores
agudísimos que le causaba la herida; dictó una carta
para los PP. de Manila, en la cual hacia una breve re-
lación de los sucesos del viaje, y decia que moría con-
solado por haber hecho la jornada enviado por la obe-
diencia para predicar el santo Evangelio á los infieles,
y haber libertado á un hermano; al fin espiró tranqui-
lamente en frente de Cochínchina; cuyo cuerpo fué
sepultado en la isla de Pulo-Catovan.
I 37. El P. Fr. Juan Maldonado de San Pedro Mar-
— 407 —
tír, uno de los primeros fundadores de la provincia del
Santísimo Rosarioy nació en Alcalá de Guadiana, v tomo
el hábito de la Orden en el convento de San Pablo de
Valladolid. Desde los principios de su vida religiosa se
distinguió por el amor que tenía á la observancia regu-
lar, y como verdadero hijo de nuestro Santo Patriarca,
estaba poseido de un celo muy ardiente por la conver-
sión de los infieles. Por esto inscribió su nombre entre
los primeros religiosos de la Orden , que debían pasar
á Filipinas para fundar esta apostólica provincia. Un
año después de su llegada fué destinado á la conver-
sión de los pangasinanes, y después de haber trabajado
con ardiente celo por algún tiempo en su provincia,
fué trasladado al partido de Bataan. Por último se le
confió por su prelado el ministerio de los chinos, en
cuya conversión habia trabajado ya con mucho fruto,
poco después de su llegada á Filipinas. En todas partes
manifestó su celo por la salvación de las gentes, v con-
vencidos los sangleyes del grande amor que les tenía,
lo nombraron su protector oficial en estas islas, con
cuyo honroso título, ademas de los oficios de padre y
misionero, debia ejercer también el de abogado desús
amados feligreses. Era tan notorio el mérito de este
insigne misionero, que la inquisición de Méjico no
dudó en nombrarle su Comisario en las islas Filipinas.
Cuando se ofreció la jornada de Camboja, pudiera
el P. Maldonado haberse excusado fácilmente con sus
muchos aííos y dolencias; pero en tratándose de la glo-
ria de Dios y de cumplir la voluntad de su prelado»
no reparaba en dificultades ni peligros. Pasó á Cam-
boja en clase de embajador, es cierto; pero su intento
— 4o8 —
principal era fundar una misión para convertir á sus
naturales á la fe, lo que no pudo ejecutar por los jui-
cios inexcrutables del Señor, que abre y cierra la en-
trada á su palabra, según el beneplácito de su santa
voluntad, y los designios profundos de su alta provi-
dencia. Allí se libró de un gravísimo peligro; mas lue-
go á su salida de Siam perdió la vida, como es visto,
por haberla procurado á uno de sus hermanos; y es de
creer que el Seííor, por cuya gloria habia hecho aquel
viaje tan heroico, premiaria en el cielo sus trabajos,
como mártir de la caridad y de la obediencia religiosa.
138. Por aquel mismo tiempo próximamente pasó
también á mejor vida en la ciudad de Macao el vene-
rable P. Fr. Alonso Jiménez, uno de los fundadores
de la Orden en las islas Filipinas, y segundo prelado
provincial de ésta del Santísimo Rosario. Era hijo de
hábito del célebre convento de San Esteban de Sala-
manca, que tantos misioneros ha dado á esta provincia
religiosa, de donde habia salido en un principio para
las nuevas conversiones que hacian por aquel tiempo
sus hermanos, en las vastas regiones de la Nueva Es-
paña. Trabajó efectivamente con mucho fruto algunos
años en la provincia de Guatemala; mas por justas y ra-
zonables causas regresó finalmente á su convento, de-
seoso de pasar el resto de sus dias en el silencio y tranqui-
lidad del claustro. Mas su celo inextinguible por la con-
versión de los infieles, le hizo abandonar de nuevo las
conveniencias de la patria, tan luego tuvo noticia de
que el P. fray Juan Crisóstomo procuraba organizar una
misión de religiosos de la Orden para su apostólica em-
presa. Su primer destino, una vez llegado á Filipinas,
— 409 —
fué el ministerio de Bataan, cuyas misiones fueron el
primer teatro de su celo, donde mostró su gran pericia
en el admirable arte de convertir á los infieles y de ganar
almas para el cielo. Mas para conseguirlo fué preciso
que ante todo aprendiese el idioma del país; en lo cual,
atendida su avanzada edad, hizo progresos admirables.
Terminadqs ya el cuatriennio del segundo provincia-
lato y prelatura del P. Fr. Juan de Castro, los padres
que debian proceder á nueva elección en el capítulo
que ya queda mencionado, pusieron desde luego en él
los ojos; pues su gran virtud, celo y prudencia, que
son las dotes principales que deben brillar especial-
mente en un prelado, eran de todos conocidas. Rigió
la provincia sabiamente, como era de esperar, y eran
tales sus deseos de propagar la luz del Evangelio en
los países infieles, que antes de que se terminase su
oficio, no dudó emprender por Dios aquella desgra-
ciada expedición que le condujo al reino de Camboja,
dirigido por un fin piadoso y santo, en armonía con el
objeto principal que presidiera á la fundación de la
provincia. Aquel viaje tuvo el desgraciado éxito que ya
queda referido; mas no por esto dejó de merecer el
varón santo el galardón y la corona prometida por el
cielo á los que pelean con valor las batallas del Señor
en este mundo.
A pesar de los sucesos tan adversos de la primera ex-
pedición, no se negó á repetir segunda vez aquella
jornada dolorosa para conseguir el mismo fin, y esta
vez sus padecimientos fueron mayores todavía, y más
prolongados que los de la primera. Habiendo naufra-
gado en Lampacao con Dasmaririas, fué allí partici-
— 4IO —
pante de las penas con que Dios se dignaba acrisolar
la virtud de este piadoso caballero. Desde aquella des-
venturada isla repetia sus viajes á Macao, para mover
á sus vecinos, como cristianos y subditos de un mismo
soberano, á que auxiliasen á los náufragos, y les pro-
porcionasen algún buque para salir de aquel inhospi-
talario país; pero todas sus diligencias se frustraoan,
porque el odio y la codicia tenian sofocados los senti-
mientos de la humanidad en aquellos habitantes, sin
que ni su virtud, ni sus venerables canas lograran ablan-
dar aquellos duros corazones. El odio y la malevolen-
cia lusitana que allí se hallaba habian llegado á tal ex-
tremo, que se llegó al caso de publicar bandos, en que
se prohibia, bajo gravísimas penas, que nadie auxiliase
á los náufragos de Lampacao, por la sola circunstancia
de que eran castellanos. Al fin el venerable anciano
sucumbió al peso de tantos trabajos y aflicciones; pues
enfermó de gravedad en el mismo puerto de Macao,
en donde, después de haber recibido los santos sacra-
mentos, con no poco consuelo de su alma atribulada,
entregó su alma al Criador en el mismo convento de
la Orden. Esta fué la tercera víctima sacrificada en las
desgraciadas expediciones al reino de Camboja; ha-
biéndose salvado solamente el P. Aduarte, entre los
primeros sacerdotes que envió á evangelizar en aquel
país la provincia del Santísimo 'Rosario.
— 411 —
CAPITULO IX.
Elección de Provincial en la persona del P. Fr. Juan de Ormaza. — Circuns-
tancias notables de esta elección. — Disposiciones interesantes de este capí-
tulo provincial. — Progresos de las misiones de Cagayan. — Muerte de dos
religiosos venerables. — Fundación de la casa de San Juan del Monte. —
Llega á la provincia una misión de treinta religiosos. — Son los primeros
que se hospedaron en San Jacinto. — Su viaje de^Acapulco hasta Manila. —
Son nombrados los primeros misioneros de la Orden que fueron á predi-
car el Evangelio en Japón.
139. El P. Fr. Bernardo de Santa Catalina habia
terminado su cuatriennio felizmente, y los vocales pro-
cedieron á nueva elección el dia 2 de Junio de 1600,
que recayó en la persona del P. Fr. Juan de Ormaza
de Santo Tomas. Aconteció una circunstancia en esta
elección que no debe dejarse sepultada en el olvido.
No era fácil hallar un sujeto que pudiese llenar com-
pletamente el vacío que dejaba aquel prelado venera-
ble, sin embargo de la santidad y letras de que muchos
se hallaban adornados; mas entre ellos habia uno de
los primeros fundadores, que á manera de un astro de
primera magnitud, se distinguía de los otros. Era éste
el venerable P. Fr. Juan Ormaza de Santo Tomas,
vicario del partido de Bataan, en cuyo ministerio ha-
bia trabajado desde Setiembre de i ^Sj, cuando se con-
fió su conversión á la provincia del Santísimo Rosario.
Allí habia dado pruebas de su gran prudencia, celo por
la gloria de Dios, paciencia en los trabajos, y de una
amabilidad que arrebataba los corazones de cuantos
le trataban. No dudaran los vocales en decidirse por
este venerable religioso, cortado á medida del cora-
— 412 —
zon de Dios, sino temieran quedarse luego sin pre-
lado, por las muchas enfermedades y achaques de que
adolecia. El Provincial que concluia tenía un vivo
interés en que le sucediese; pero tenía los mismos cui-
dados y el mismo temor que los demás; y para salir
de la incertidumbre en que estaba por este mismo re-
celo, consultó el asunto con un médico muy acredita-
do que habia á la sazón en Manila, rogándole que
observara a aquel venerable sacerdote, y le dijera fran-
camente si eran tales sus achaques, que obstaran á la
elección que se intentaba hacer recaer en su persona.
A este fin, dos dias antes del prefijado para proceder
al nombramiento, mandó al expresado P. Ormaza que
á la hora de completas fuese á verse con el médico,
para consultarle acerca del estado de sus males, pero
sin darle á entender de ningún modo el verdadero fin
que se encerraba en la consulta. Concluidas las com-
pletas, llamó el Provincial á una señora muy devota
que frecuentaba la iglesia, y le habló de la gran nece-
sidad en que todos se hallaban de la asistencia de Dios
para el acierto de la próxima elección , suplicándole al
propio tiempo se sirviese encomendar al Seíior aquel
asunto en sus oraciones fervorosas. «Ya V. ha visto en
la Salve, añadió, los muchos y venerables religiosos
que han venido á Capítulo; pues ha de saber que la
mayor dificultad que nos embaraza es la abundancia,
en donde tantos hay buenos y ninguno mejor.» «Sí,
contestó la Señora : todos los he visto, y alabo al Señor
por su piadosa providencia; pero sepa que no ha estado
en la Salve el que ha de ser Provincial.» En efecto,
sólo el P. Ormaza habia estado ausente, y el Provin-
— 413 —
cial nada habia dicho á la devota del designio que te-
nía; de suerte que sus decisivas expresiones, parece que
fueron un oráculo de lo que Dios habia decretado en
sus consejos, con el fin de consolar á este prelado vir-
tuoso, que tan solícito estaba para dar á la provincia
un prelado superior digno de ella. No tardó el P. Or-
maza en volver, ni el médico en manifestar su pa-
recer, que fué cual se podria desear; pues que dijo
sin rodeos, que si en lo demás tenía condiciones para
el caso, por lo que tocaba á la salud, bien podian
elegirlo sin cuidado. Con esta respuesta favorable, to-
dos los vocales se decidieron desde luego en su favor,
y lo eligieron Provincial resueltamente. Bien quisiera
el electo eximirse de un cargo tan grave y tan pesado,
que su profunda humildad se lo representaba muy su-
perior á sus fuerzas, alegando á este propósito su avan-
zada edad y sus achaques; mas al fin le fué preciso con-
formarse con la voluntad de Dios, y aceptar la prela-
cia, compelido por la obediencia religiosa. Gobernó la
provincia como era de esperar, y no sólo terminó sin
novedad especial su prelatura, sino que ademas Dios
le prolongó la vida hasta el año de 1637; habiendo
visto diez prelados, que le sucedieron dignamente en
sus dilatados dias.
140. En sus actas se renovaron algunas ordenacio-
nes establecidas ya en los capítulos anteriores, con ex-
presión de la que prohibía á los religiosos de la provin-
cia administrar á los indios como curas, ligados con el
vínculo de la justicia; insistiendo en que su ministerio
habia de ser en todo tiempo de pura caridad en estas
islas. Se ordenaron ademas algunas cosas dirigidas á la
— 414 —
conservación de la paz interior, tranquilidad de con-
ciencia y estrecha observancia regular, que tanto habia
honrado hasta entonces á la Corporación en el país.
Tan celosos eran aquellos venerables fundadores de la
austeridad proverbial de esta provincia religiosa.
La casa y la administración de Mangaldan, que hasta
entonces se habia mirado como visita y anejo del pue-
blo de Calasiao, fué separada y erigida en vicaría, ala
cual se asignó desde luego un religioso con sufragio y
voz activa en el Capítulo, y se le dio como auxiliar un
compaíiero. Esta disposición es una prueba de los pro-
gresos que nuestros misioneros hacian entre los panga-
sinanes, tan tenaces en un tiempo en resistir á las ins-
piraciones de la gracia y á la apostólica voz del misio-
nero.
En Cagayan eran todavía mayores los progresos re-
ligiosos. Los PP. que, destinados á sus primeros mi-
nisterios, tuvieron que luchar en un principio con tan-
tas dificultades, propagaban ya la doctrina de la fe sin
oposición en todas partes , y sólo faltaban operarios para
recoger la mies copiosa que ya estaba en sazón y ma-
durez. La mayor dificultad que en aquel tiempo halla-
ban los religiosos en el ministerio de las almas, eran
las supersticiones é idolatrías que algunos cagayanes
practicaban todavía en los sitios más ocultos. Allí te-
nian sus adoratorios escondidos, en los cuales ofrecian
al demonio pedacitos de oro y plata, y una especie de
piedras que apreciaban mucho, pidiéndole en recom-
pensa los librara de sus enfermedades y miserias. En
ellos veneraban unos idolillos detestables, que miraban
como dioses, y como los genios tutelares de su hogar.
— 415 —
Hasta los árboles de sus bosques y praderas eran teni-
dos en suma veneración y en gran respeto, y nadie se
atrevia á cortarlos audazmente para las necesidades de
la vida, que hubiera sido una impiedad para aquellas
rudas gentes. En los pueblos de la costa eran más abun-
dantes estos lugares consagrados al padre de la menti-
ra, y nuestros misioneros, que ya gozaban de prestigio
en toda aquella provincia, se propusieron destruirlos,
y borrar para siempre su memoria de aquel país ya
cristiano. Tomadas las competentes precauciones, que
dictaba la circunspección y la prudencia, se presenta-
ron en los adoratorios escondidos, rompieron los cepi-
llos en donde se depositaban las ofrendas consagradas
al demonio; sacaron los idoliilos y tesoros que encerra-
ban, y después pegaron fuego á aquellas inmundas aras
de la abominación y la impiedad. En seguida practi-
caron la misma operación con las figuras y con todas
las ofrendas del demonio, echando después sus restos y
cenizas execrables á la mar. Entre tanto los cristianos
estaban poseídos de terror, y los infieles no dudaban
que Satanás realizarla inmediatamente sus espantosas
amenazas contra los profanadores de su culto, creyen-
do que por lo menos morirían todos al momento. Pero
vieron con asombro que no sucedió lo que temian, y
los PP. prosiguieron en su celo la grande obra comen-
zada, hasta que no quedó en todo el país un solo al-
bergue en donde se diesen al demonio aquellos cultos.
Esta medida fué de grande importancia y consecuen-
cia para asegurar la doctrina de la fe en el corazón de
aquella gente naturalmente tímida y sencilla; pues des-
engañada de los embustes di; sus sacerdotisas detesta-
— 4i6 —
bles, la nueva religión fué siempre ganando más ter-
reno cada dia, y la mentira fué desapareciendo insen-
siblemente del país. Desde entonces las conversiones
de los cagayanes de la costa fueron ya más numerosas,
pidiendo todos ellos con instancia el santo sacramento
del bautismo. Coincidieron estos hechos con una peste
horrorosa de viruelas, que se llevó muchos párvulos al
cielo. Los misioneros se apresuraban á bautizarlos á los
primeros amagos de aquel mal, y los infieles no hacian
la más leve oposición en esta parte á su santo ministe-
rio. Antes bien muchos de ellos presentaban muy gus-
tosos á sus hijos para que se les bautizaran, y no pocos
atacados lograban la salud también del cuerpo , después
de haber sido reengendrados en su alma con las aguas
saludables del bautismo.
141. Poco después de haberse terminado el capí-
tulo provincial de 1600, falleció el P. Fr. Damián Ba-
laguer, uno de sus definidores. Pocos años perteneció á
la provincia del Santísimo Rosario este esclarecido mi-
sionero, mas puede gloriarse, sin embargo, de haber em-
pleado santamente sus virtudes y su celo en beneficio de
las almas y en fomentar la extensión de sus misiones.
Era natural del reino de Valencia, é hijo del convento
de Predicadores de la misma ciudad. Tuvo dos herma-
nos en la Orden, el uno de los cuales honró las sillas
de Albarracin y de Orihuela, con mucho lustre de su
nombre y de la corporación á que pertenecia. Nuestro
Fr. Damián adoptó desde luego, en su convento, un
tenor de vida muy austero; pues entregado exclusiva-
mente al servicio del Seííor, procuraba castigar su cuer-
po con extraordinarias penitencias, para no hacerse
— 41? —
reprobo á sí mismo, según las palabras de San Pablo.
En la oración era asiduo, siguiendo á la letra otro man-
dato: «orad sin interrupción.» Celebraba el santo sacri-
ficio de la misa con gran ternura y devoción; y tuvo la
costumbre de rezar diariamente el salterio de David,
imitando á San Vicente Ferrer en esta parte. El amor
de Dios, que ardia en su pecho, le hizo abandonar un
dia la tranquilidad del claustro, para procurar la salud
de los infieles, y con este fin pasó á la provincia de
Guaxaca, á la sazón en que el P. Fr. Alonso Baylo
proyectaba dividirla. Desde luego fué destinado para
regentar los estudios de aquella capital; mas, persua-
diéndose al fin de que Dios lo habia separado de su
patria para propagar la fe entre gentiles, quiso trasla-
darse en tal concepto á la provincia del Santísimo Ro-
sario ^ como lo verificó el año de 1598. Enviado luego
á Cagayan, en donde sus hermanos empezaban á sem-
brar la semilla de la fe, aprendió en pocos meses el
idioma del país, y luego empezó á dedicarse á la ins-
trucción de los infieles con un celo muy ardiente y
una caridad á toda prueba. El pueblo de Abulug tuvo
la dicha de haberle por su primer vicario; pero no pu-
do disfrutar por mucho tiempo de su paternal cuidado,
porque á los dos años de su llegada á la provincia fué
trasladado al de Patta, en donde poco después fué lla-
mado á mejor vida.
También perdió aquella provincia en aquel tiempo
al hermano Fr. Domingo de San Blas, que habia tra-
bajado mucho con los primeros religiosos que fueron
enviados á la misma, en 1595, para reducirla al gre-
mio de la religión y de la fe. Era hijo de hábito del
a?-
— 4l8 —
convento de San Pablo de Sevilla, y poco después de
su llegada á Filipinas fué enviado con otros religiosos
á la provincia referida para la conversión y reducción
de aquellos pueblos. Aprendió el idioma de los natura-
les del país, y los catequizaba dulcemente con su pa-
labra y con su ejemplo. Era para ellos ciertamente co-
mo otro Moisés, que con sus oraciones les atraia las
misericordias del Señor. El P. Fr. Ambrosio de la Ma-
dre de Dios no dudaba atribuir á sus virtudes las ma-
ravillas que Dios se dignaba obrar frecuentemente
para consuelo y salud de aquellos indios. En una de
las fiestas de nuestro Santo Patriarca se halló el her-
mano sin pescado para la mesa; estando bastante afli-
gido por esta falta, no tardó el Señor en consolarlo,
porque luego se le presentó un infiel, trayéndole uno
de los mejores peces que se cogen en aquella costa, con
la circunstancia de no conocer aún aquel infiel á los pa-
dres misioneros. En vista de este suceso dieron éstos
muchas gracias al Señor y á su Santo Patriarca, por la
providencia paternal con que se habia dignado aten-
derlos en su necesidad y en su penuria. Agradecieron,
como era natural, aquel favor al infiel desconocido , pero
todavía fué mayor la recompensa que éste recibió poco
después. El mismo dia por la tarde cayó enfermo grave-
mente, y no tardaron los parientes en llorarlo ya por
muerto. Enterados los religiosos de aquel caso, sin saber
aún que fuese el mismo que les habia regalado su pes-
cado, se fueron á su casa desde luego, y lo hallaron en
efecto, á su parecer, difunto. Mas no por esto lo deja-
ron abandonado en aquel trance; antes, llenos de una
santa confianza en el Señor, se pusieron en oración jun-
— 4t9 —
to al enfermo, pidiendo á Dios de todas veras se dignase
usar de misericordia, en aquel caso, con quien tan mi-
sericordioso se habia mostrado para con ellos. \ Cosa
rara! No tardó el Señor en oir los ruegos de sus sier-
vos; pues luego el que se creia difunto se levanto sano
y salvo, con admiración y asombro de todos los cir-
cunstantes. El infiel no fué ingrato, por su parte, á las
misericordias del Señor, porque desde luego se entregó
á la instrucción del catecismo, y á su tiempo recibió
con gran fervor las aguas saludables del Bautismo. En
el capítulo provincial intermedio de 1602 se hizo men-
ción del fallecimiento de estos dos venerables misione-
ros; y sin embargo de que los PP. no les tributaron
elogio alguno en sus actas, por no ser aún costumbre
ni práctica de aquel tiempo, el limo. Aduarte nos legó
una relación muy circunstanciada de la virtud y del
mérito de entrambos.
142. En este capítulo intermedio de 1602 pidieron
los religiosos que se edificase una casa de convalecen-
cia en las cercanías de Manila, en donde los religiosos
achacosos ó envejecidos en el ministerio de los indios
pudiesen aliviarse de sus dolencias los primeros, y te-
ner algún desahogo los segundos. Aprobado el pensa-
miento, se fundó la casa de San Juan del Monte, en
una loma que se halla poco menos de una legua de
la capital de Filipinas, donde hay algunos manantiales,
cuyas aguas minerales son en extremo salubres y de
las mejores que se conocen en toda la comarca. Esta
casa se incorporó en el capítulo siguiente al convento
de nuestro P. Santo Domingo de Manila; después fué
elevada al rango de vicaría, sujeta inmediatamente al
— 4^0 —
prelado provincial. Se venera en su iglesia un Santo
Cristo de talla regular, al cual los indios profesan una
devoción especialísima; de suerte que siempre ha sido
mirado como un santuario distinguido, y muy concur-
rido en ciertos casos. Al pié de la misma loma hay un
pueblecito de naturales, que en lo espiritual están su-
jetos al cura párroco del pueblo inmediato de Santa
Ana (i), administrado por los PP. Franciscanos.
143. Durante la celebración de este capítulo pro-
vincial, llegó á Manila una lucida misión de treinta
religiosos, entre los cuales se contaban catorce indivi-
duos pertenecientes á varios conventos de la Orden de
las provincias de España. Su presidente fué el venera-
ble P. Fr. Tomas Hernández, uno de los primeros re-
ligiosos de la Orden, que fueron enviados á predicar el
Evangelio en el Japón. Reunió esta misión el célebre
Fr. Diego de Soria, que habia sido enviado de procu-
rador general de la provincia á las cortes de Madrid y
Roma. Estando estos religiosos todavía en España, die-
ron una prueba nada equívoca del celo y de la voca-
ción extraordinaria que los conducia á Filipinas; pues
estando la ciudad en donde debian reunirse para la co-
mún partida, invadida á la sazón por una epidemia
aterradora, ninguno retrocedió por eso en su camino
ni faltó á la cita convenida, confiando plenamente en
el Señor que los libraria del azote que diezmaba tris-
temente la población sevillana. En esta ciudad, donde
los estaba aguardando aquel procurador, empezaron á
(i) Hoy está agregado á San Felipe, conocido por Mandaloyon, que se
separó finalmente de Santa Ana, y constituye pueblo aparte.
421
experimentar las ventajas de la vida común que pres-
cribe la regla y constituciones de la Orden, y los con-
suelos de la observancia regular que se guardaba en la
provincia del Santísimo Rosario; pues ya se miraban
desde luego como desembarazados para siempre de to-
dos los cuidados de la tierra, para entregarse exclusi-
vamente á los del cielo. En la navegación entablaron
un sistema de vida tan arreglado como si se hallaran
en algún convento de la más rigorosa observancia re-
gular. Antes de llegar á Vera-Cruz sufrieron un terri-
ble temporal, que averió todos los buques de la flota, y
uno de ellos se fué á pique, sin que nadie se librara y
sin poder recibir socorro de los otros. El que conducia
la misión debia naturalmente haber sufrido igual suer-
te, por ser muy viejo y podrido su destartalado casco;
mas los religiosos imploraron con el mayor fervor en
aquel trance el amparo de la Virgen, la cual sin duda
los libró de igual desgracia; porque no podia desenten-
derse de las súplicas fervientes que le dirigian con viva
fe unos hijos tan queridos. El beneficio y la protección
que tan de veras imploraban se hicieron visibles desde
luego, y fué notoria para todos la acción de la Provi-
dencia en aquel caso. Cuando más desesperanzados es-
taban, en efecto, de remedio, rezaron con devoción una
parte de rosario, y apenas terminaron su plegaria, cuan-
do cesó ds improviso la tormenta.
144. En Méjico fueron los primeros que ocuparon
el hospicio de San Jacinto, adquirido poco antes por
el P. Fr. Diego de Soria, con el fin de evitar los gra-
ves inconvenientes que podian resultar de hospedarse
las misiones en casas extrañas á la provincia, é inde-
— 4^2 —
pendientes de ella. Allí continuaron el tenor de vida que
habian observado estrictamente desde su salida de Es-
paria; pero con menos incomodidades que en la mar,
porque podian sin tropiezo y sin molestia de nadie
orar en las horas respectivas, y levantarse á rezar maiti-
nes á media noche, como se acostumbra en la provincia.
Guardaban ademas todas las formalidades que regian
en los estudios de la Orden, y después de la comida
los teólogos más sobresalientes defendian las conclusio-
nes designadas por el que hacia el oficio de lector. Rara
vez sallan por la ciudad; pues habia entre ellos quien
hacia las veces de procurador para todos los negocios
que se ofrecían. De esta suerte aprovechaban aquel
tiempo tan precioso , que después les habia de faltar en
las misiones. Entonces se estableció en esta santa casa
la norma y tenor de vida que después guardaron con
rigor, bajo la vigilancia de celosos presidentes, los re-
ligiosos que en ella se hospedaban de paso para estas
islas; lo cual duró hasta que la Nueva España se de-
claró independiente de la metrópoli, haciéndose des-
de entonces la navegación á Filipinas por el Cabo de
Buena-Esperanza, llamado también de las Tormentas.
145. Cuando pensaban salir para Manila, se halla-
ron con la triste novedad de que sólo debia salir un ga-
león, y éste ocupado por la tropa que debia embar-
carse entonces con el Gobernador de Filipinas, que lo
era á la sazón D. Pedro de Acuña, quien venía acom-
pañado también de su familia. No perdieron, sin em-
bargo, la esperanza de hacer aquel mismo año el viaje
deseado; pues al efecto redoblaron sus oraciones fervo-
rosas, y celebraron un novenario á la Virgen de los Re-
— 4^3 —
medios, para que los consolara y proveyese de reme-
dio. Tenian, en efecto, por un mal grave y funesto
para los fines elevados de su misión y su destino la de-
mora de un año más en el hospicio de Méjico, cuando
su presencia hacia tanta falta en Filipinas. Ocupados
en estas piadosas diligencias, tuvieron el gusto de saber
que habian llegado al puerto de Acapulco otro galeón
de Filipinas y otros dos más del Perú, y que los tres
no debian tardar en hacerse á la vela para el puerto de
Manila. Con esto se tranquilizaron prontamente, y die-
ron rendidas gracias al Señor y á su Santísima Madre.
A su tiempo salieron del hospicio para el expresado
puerto de Acapulco, y todos al fin se embarcaron, que
era lo que deseaban, á excepción del P. Vicente Lea-
ño, que murió en el mismo puerto.
En la navegación desde Acapulco hasta Manila, se
puede asegurar que sus ejercicios religiosos fueron una
misión continuada. Enseñaban á los marineros la doc-
trina Cristina, y les daban prácticas espirituales con fre-
cuencia, las cuales, como iban acompañadas con ad-
mirables ejemplos de virtud, que á todos eran mani-
fiestos, obraron una mutación extraordinaria en el na-
vio. Todos, desde el General hasta el último grumete,
se acomodaron muy gustosos con el orden que esta-
blecieron para aquellos ejercicios espirituales, y de esta
suerte pudieron quedar perfectamente impuestos en las
verdades y preceptos de nuestra santa religión, lim-
piando al fin sus conciencias con una buena confesión.
Llegaron á Manila precisamente en una época en que
la provincia del Santísimo Rosario tenía la mavor ne-
cesidad de operarios evangélicos, ora para proveer las
— 424 —
misiones que le estaban confiadas en las islas Filipinas,
ora para dar principio á las que trataba de fundar en el
Japón, con motivo de haber invitado el Tono de Sat-
zuma á nuestros religiosos para que fuesen á predicar la
religión de Jesucristo en sus dominios. Es cierto que á
sus celosas miras se oponia un breve de la Santidad de
Gregorio XIII, impetrado por los PP. Jesuítas portu-
gueses, que les aseguraba de un modo exclusivo el
apostolado del Japón; mas esta dificultad ya estaba
zanjada desde el tiempo de D. Gómez Pérez Dasma-
riñas, y por último, el breve fué absolutamente dero-
gado como nocivo á la propagación del Evangelio.
Abierta ya la puerta del Japón á los celosos misione-
ros de Manila, sólo faltaba que les llegasen nuevos re-
fuerzos de hermanos, para que, sin detrimento de las
misiones que administraban en Filipinas, pudiesen dar
principio á sus tareas apostólicas en otro campo vastí-
simo, que ofrecía abundante mies á su apostolado re-
ligioso. La provincia del Santísimo Rosario vio con es-
pecial satisfacción cumplidos sus deseos con la llegada
de esta célebre misión, y por esto en el mismo Capítu-
lo Provincial de 1602, aprovechando la bella ocasión
que le ofrecía el expresado Tono de Satzuma, designó
á cinco excelentes religiosos para esta empresa evangé-
lica. Hé aquí las palabras que se leen en sus actas con
relación á este objeto : « Para la misión del reino de Sat-
zuma en el Japón nombramos con el oficio de vicario
al reverendo P. Fr. Francisco de Morales, y le asigna-
mos por compañeros á los PP. Tomas Hernández, fray
Alonso de Mena, Fr. Tomas de Zumárraga y Fr. Pe-
dro de Santa María para predicar allí nuevamente la pa-
— 425 —
labra de Dios, y en donde queremos que se funde una
casa bajo la invocación de nuestro P. Santo Domingo.»
Con esto damos fin al primer libro de la historia de
la provincia del Santísimo Rosario, para dar principio
al segundo con las empresas gloriosas de nuestros apos-
tólicos hermanos en otros pueblos infieles, en donde
les veremos derramar su sangre en defensa y confirma-
ción de la verdad que predicaban.
LIBRO SEGUNDO.
CUARTO PERIODO.
COMPRENDE EL ORÍGEN DE LOS PRIMEROS ESTABLECIMIENTOS RELIGIOSOS
EN JAPÓN, SUS VICISITUDES Y PROGRESOS, HASTA EL CAPITULO PROVINCIAL
CELEBRADO EN 1608 EXCLUSIVE.
CAPITULO PRIMERO.
Principios de la religión cristiana en el imperio de Japón. — Embajada de
Taycosama á Manila y misión del B. Fr. Pedro Bautista y compañeros. —
Primeras perturbaciones y obstáculos á su entrada en aquel reino. — Moti-
vos que alegaban los PP. portugueses para impedir la misión de los pa-
dres Franciscanos. — En Manila se resuelve en una junta el derecho indis-
putable en favor de los segundos. — Terremotos espantosos que suceden en
Japón por este tiempo. — Pérdida del galeón San Felipe. — Infamia del ré-
gulo de Tosa. — Impostura inventada para hacer odiosos á los españoles en
Japón. — Es decomisado el cargamento del galeón de Manila. — El B. Bau-
tista trata de salvarlo. — Cae por esto en desgracia del Emperador. — Nue-
vas perturbaciones ocasionadas á los PP. Franciscanos. — Se decreta la pri-
sión de todos los PP. misioneros. — Son excluidos los PP. y sacerdotes por-
tugueses, y solo tres indígenas son presos. — Reseña de su prisión. — Les
cortan una oreja y los pasean ignominiosamente. — Espectáculo sorpren-
dente en Osaca. — Son conducidos los confesores á Nangasaqui, en donde
son martirizados.
I. La religión de Jesucristo empezó á propagarse
en las islas de Japón el año de 1549. Su primer após-
tol fué San Francisco Javier, conducido á aquel país
por Augüero, piadoso japonés, á quien el Santo habia
convertido en Malaca, adonde habia ido con el fin de
examinar la doctrina del Señor, que aquel Santo glo-
rioso predicaba. Convertido, finalmente, á Jesucristo, y
— 427 —
enriquecido con el don precioso de la fe, trató de lle-
var al santo apóstol á su patria. Este, que no deseaba
menos propagar la luz del Evangelio en un país tan
populoso, se hizo luego á la vela hacia aquellas islas,
y el dia 15 de Agosto de aquel mismo año entró en
Congojima, patria del feliz Augüero, en donde dio
principio á su predicación con el éxito feliz que desea-
ba. De allí, á principios de Setiembre de 1550, pasó
á Firando, capital del reino de Figen.
Dos meses estuvo solamente en esta corte, predican-
do siempre la verdadera religión de Jesucristo y con-
firmando con prodigios su doctrina. Erigió allí una
iglesia, que confió al cuidado del P. Cosme Torres; y
á fines de Octubre se fué con el hermano Juan Fer-
nandez á la ciudad de Amanguchi, en donde hizo mu-
chas maravillas y prodigiosas conversiones. A media-
dos de Diciembre se presentó el Santo en Meaco, ca-
pital y corte del imperio; mas habiéndola hallado en-
vuelta en guerras desastrosas, no tuvieron otro efecto
sus fatigas que el tomar en cierto modo posesión de
esta verdadera Babilonia, en nombre de aquel Dios
santo que después habian de anunciar en ella sus her-
manos. A fines de Febrero de 1551 regresó á Mangu-
chi, y se captó entonces de tal suerte la voluntad y afec-
to de su Tono, que obtuvo ilimitada facultad para pre-
dicar el Evangelio en todos sus dominios. Tres mil al-
mas redujo en poco tiempo la palabra de Francisco al
redil de Jesucristo, y á la fama de sus portentos y doc-
trina se estremeció todo el Japón , y se movió el Tono
de Bungo á llamarlo á su reino. Los bonzos, al ver las
numerosas conversiones del nuevo apóstol, y el aprecio
— 4^8 —
que su Tono le mostraba, empezaron á temer la deca-
dencia de sus sectas, y desde luego, como era de te-
mer, conspiraron atrozmente contra su persona y su
doctrina. Por entonces no se atrevieron á usar con él
de violencias ; mas creyendo los más doctos que conse-
guirían su intento si lograban confundirlo, lo compe-
lieron á tener con ellos algunas discusiones religiosas.
El Santo no rehusó el reto infiel, confiado en la justi-
cia de su causa, y de esta suerte quedó más acreditada
la doctrina del Señor, porque aquellos pretendidos sa-
bios eran siempre confundidos por la fuerza de la ver-
dad y de la luz. El resultado de esta conferencia fué el
pedir muchos japones el bautismo, y pudiera el Santo
haber reengendrado á quinientos en un dia, según él
mismo aseguró, si no atendiera más á la virtud que al
guarismo de estas conversiones. El Tono, sin embar-
go, se quedó en su infidelidad, y si bien el Santo lo
dispuso para otra ocasión más oportuna, se despidió de
él y de Japón el dia 20 de Noviembre del referido
año, después de haber confirmado á sus neófitos en la
doctrina de la fe que les habia predicado.
En Amanguchi se quedaron el P. Cosme Torres y
el hermano Juan Fernandez, y después la compañía
procuró enviarles compañeros para proseguir la grande
obra que Francisco habia comenzado. Las vicisitudes
de sus misiones fueron varias: los bonzos fueron siem-
pre sus enemigos implacables; mas los reyes de Meaco,
Cubosama y Nobunanga, fueron muy propicios á la
verdadera religión. También le fué muy favorable Tay-
cosama en un principio, pues llegó á conceder á los
PP. misioneros la más completa libertad para predicar
~ 429 —
el santo Evangelio en sus dominios, y los eximió de
las cargas comunales; pero al fin, en 1587 se declaró
su enemigo, movido por los bonzos del imperio y por
su brutal incontinencia. En efecto, expidió en dicho
año un edicto desterrando á los PP. misioneros de to-
dos los dominios del Japón, y prohibiendo, bajo pena
de la vida, que nadie predicase en lo sucesivo la reli-
gión de Jesucristo. El motivo de esta mudanza fatal de
Taycosama, se dijo fué la resistencia que algunas don-
cellas cristianas hablan hecho á su lascivia, calificada
de inobediencia por un bonzo, que tenía la detestable
comisión de presentárselas; haciendo recaer toda la cul-
pa en los PP. misioneros. No podia, ciertamente, aquel
ministro del infierno haber tocado un resorte que pu-
diera irritar con más facilidad á este emperador; por-
que la ambición y el despotismo era su pasión predo-
minante, y no disimulaba la más leve oposición á sus
mandatos. El edicto se llevó á efecto, y en su conse-
cuencia se ordenó al capitán Domingo Montero, que
debia hacerse á la vela para Goa, se llevase á todos los
PP. jesuítas que se hallaban en las islas de Japón.
El P. Gaspar Vello, vice-provincial de la Compañía
en el imperio, se apresuró á tomar algunas precaucio-
nes para evitar la ruina de aquella iglesia naciente, y al
efecto dispuso que sólo se embarcasen tres ó cuatro mi-
sioneros, procurando que los demás se ocultasen en el
reino hasta que cesase la tormenta. Luego que llegó á
Goa la fatal noticia del destierro de los PP. jesuítas de
Japón, dispuso el Virey enviar una embajada á Tayco-
sama, la que confió al P. Valegnani, de la misma Com-
pañía, á quien dio cartas muy atentas y regalos muy
— 430 —
preciosos para aquel orgulloso emperador. Mas esta
medida no produjo los efectos deseados. El embajador
fué bien recibido en la corte del Japón; pero sin haber
podido obtener un despacho favorable acerca del obje-
to principal de su gestión , cual era la libertad de los
PP. misioneros; pues el edicto se sostuvo con tesón, y
éstos se vieron precisados á permanecer ocultos para
salvar su existencia y no dejar enteramente abandona-
da una cristiandad tan floreciente.
2. Tal era el estado de la iglesia de Japón, cuando
la Divina Providencia la quiso consolar con nuevos
operarios evangélicos, que favorecidos por el mismo
Taycosama, dieron principio á sus misiones con éxito
feliz en varias partes del imperio. Este emperador ha-
bia llegado á la sazón al apogeo del poder; era el con-
quistador más afortunado en sus empresas que hablan
visto hasta entonces las islas de Japón; el único que
pudo subyugar y avasallar á los Tonos y señores que
antes, como soberanos independientes, las mandaban á
placer, formando así de todas ellas un imperio podero-
so. Envanecido, pues, de su fortuna, y orgulloso, final-
mente, de su grandeza y poderío, despreciaba los mo-
narcas de los países extranjeros, y juzgaba que todos
debian doblarle la rodilla. Esta idea le inspiró el desig-
nio de conquistar el grande imperio de la China, des-
pués de haber sujetado con sus armas la Corea. Ya he-
mos visto también que, noticioso de que no muy lejos
de sus islas estaban las Filipinas, sujetas á otro soberano
poderoso, quiso que le reconociesen por su señor ex-
clusivo y le pagasen vasallaje. Esto motivó las dos em-
bajadas de Manila, desempeñada la primera por nuestro
— 431 —
Fr. Juan Cobo, de la que ya se hizo mención; y la se-
gunda por el B. Fr. Pedro Bautista, de la orden de San
Francisco. Éste llevaba la doble comisión de arreglar
los negocios politicos entre Taycosama y el Goberna-
dor de Filipinas , y de propagar el Evangelio en los do-
minios del Japón, después de haberse zanjado las gran-
des dificultades que presentaba al efecto el famoso bre-
ve de Gregorio XIII, concedido á los misioneros por-
tugueses. Las circunstancias que acompañaban la mi-
sión del segundo embajador de Filipinas enviado á Ja-
pon, no podian ser más oportunas. Proscritos los pa-
dres Jesuítas del imperio por los decretos del tirano;
abandonada su cristiandad naciente, é instados los pa-
dres Franciscanos de Manila por los fieles de aquél,
para que fuesen á consolarlos en su lamentable orfan-
dad, el interés de la misma religión exigia imperiosa-
mente que se proveyese cuanto antes de remedio á los
males que los buenos deploraban. Los misioneros por-
tugueses sintieron, sin embargo, vivamente que se in-
fringiese la letra de aquel breve, que miraban como el
baluarte de su exclusivo apostolado, y desde luego se
propusieron sostenerlo con todos sus esfuerzos, á pesar
de su precaria posición en el imperio.
El santo embajador fué recit)ido afectuosamente por
el orgulloso Taycosama, y en su consecuencia quedó
Manila libre de temores. Esta favorable acogida lo ani-
mó á dar principio a la predicación del Evangelio, para
la cual obtuvo el permiso competente, edificando des-
de luego una iglesia y convento en Meaco, cuyas obras
estaban terminadas el dia 4 de Octubre de 1 594, épo-
ca en que debe fijarse el principio de la misión de los
— 432 —
PP. Franciscanos en el imperio de Japón, cuarenta y
cinco años después de la entrada de San Francisco Ja-
vier en Congojima. Fundada la primera iglesia de la
religión seráfica, el B. Fr. Pedro Bautista y compa-
ñeros empezaron sus tareas apostólicas con éxito bri-
llante; mas no tardaron en sufrir graves disgustos por
parte de los PP. portugueses, que tenian por errada su
misión. A fines del mismo año se presentó aquel su-
perior en Nangasaqui, llamado por los españoles, quie-
nes le hablan ofi-ecido edificar una iglesia para los re-
ligiosos de su Orden, 4 fin de que en ella pudiesen
cumplir sus deberes religiosos en aquella cristiandad.
Mas este paso dio motivo á sucesos más ruidosos to-
davía que no deberían temerse ni esperarse ciertamente.
El dia 1 8 de Diciembre llegó aquel santo misionero
á Nangasaqui, y una de sus primeras diligencias fué
visitar al Vice-provincial de los PP. portugueses, con
quien sostuvo una larga discusión acerca del mencio-
nado breve, el cual, en su concepto, no destruía la le-
gitimidad de su misión. Este superior se portó en esta
ocasión con la prudencia que las circunstancias exigían.
Tenía una carta del obispo del Japón D. Pedro Mar-
tínez, escondido en otra parte, en la cual le decia sin
rodeos que la misión dc los PP. Franciscanos no po-
día ser legítima si no tenian algún breve que deroga-
se el de Gregorio XIII, con cédula Real de S. M. so-
bre su ejecución; sin cuyos requisitos, proseguía, no
se les debía permitir, en buena conciencia, el ejercicio
del ministerio de las almas en Japón. Después de ha-
berle manifestado de un modo tan terminante su dic-
tamen, le decia que, no obstante, examinase los moti-
— 433 —
vos que podían favorecer á los nuevos misioneros, y
determinase en su nombre los que fuese más justo se-
gún Dios, para lo cual le facultaba. El santo Comisa-
rio le mostró los documentos que habian tenido á la
vista los PP. de la junta de Manila, antes de salir con
sus compaíieros de esta capital, los cuales fueron para
él de tanto peso, que no tuvo inconveniente en per-
mitirle ejerciese por entonces el ministerio de las al-
mas en aquella cristiandad. Con esta especie de treguas,
edificaron los PP. Franciscanos algunas iglesias y hos-
pitales, y predicaron la palabra de salud á los japones,
convirtiendo á muchos de ellos á la fe; mas no tardó
en alterarse esta bonanza, permitiendo el Señor, para
mayor corona de aquellos celosos misioneros, que fue-
sen afligidos por quien debia consolarlos y animarlos
en sus tareas apostólicas.
3. Entre los PP. portugueses habia misioneros poseí-
dos de un celo verdadero por la'gloria de Dios, y creian
compatible en aquel reino el concurso de otros operarios
evangélicos; pero también los habia que deseaban se
mantuviese en todo su rigor el breve Gregoriano, que
les garantizaba en el Japón un apostolado exclusivo. Esta
diversidad de pareceres no podia menos de amenazar
un ruidoso rompimiento, el que desgraciadamente se
verificó á la llegada de aquel obispo á la ciudad de Nan-
gasaqui. Las medidas que se tomaron para expeler a
los PP. Franciscanos de Japón pueden verse en la
crónica de la provincia de San Gregorio, part. 11 1, li-
bro II, cap. IX. En uno de sus documentos decia el
B. Fr. Pedro Bautista : « El domingo infraoctavo de
Nuestra Señora de Setiembre, como soy informado, no
TOMO I. 28.
— 434 —
sin gran dolor y sentimiento de mi corazón, por cartas
de VV. ce. y de otras personas que se hallaban pre-
sentes, y vinieron de Nangasaqui (donde el Sr. Obispo
reside), en la iglesia de los PP. portugueses y japones,
por mandato del Sr. Obispo, su señoría, én una plática
que les hizo, entre otras cosas que les dijo, ordenó y
mandó fueran éstas. Primeramente publicó una desco-
munión in scriptis y añadiendo la pena de cien taeles de
plata, á cualquier persona que trajese frailes de San
Francisco ó de cualquiera otra religión á Japón, por
virtud del breve de Gregorio XIII Lo segundo que
en dicha plática ordenó el Sr. Obispo (bien que no pu-
so descomunión, aunque dijo que podia), fué vedar á
todas sus ovejas, así portugueses como japones, que no
fuesen á oir misa ni sermón, ni á sacramentarse á la
casa de los frailes de San Francisco, sino á la casa de
los PP. portugueses. Lo tercero mandó su Señoría que
no nos diesen ayuda ni limosna para edificar convento
é iglesia en forma, según teníamos de intento.» Des-
pués de esta relación, trae el citado cronista otras de-
claraciones de lo que pasó á la sazón en Nangasaqui,
relativas al asunto, que manifiestan el rigor con que
procedía aquel prelado contra los hijos de San Fran-
cisco; si bien debe salvarse su intención, como dictan
la caridad y el buen sentido siempre que se tratan
asuntos de esta naturaleza y de particular apreciación.
Los temores procedían más bien de los comerciantes
portugueses que de los mismos misioneros; pues se
creia que, después de los PP. Franciscanos, irian tam-
bién los nuestros y los PP. Agustinos, y con ellos los
mercaderes españoles de Manila, en perjuicio del lu-
— 435 —
crativo comercio que hacian casi exclusivamente los
portugueses en Japón.
Por más fundadas que parezcan las pretensiones del
limo. Martínez, eran ya á la sazón intempestivas. La
cuestión del breve se habia presentado ante el tribunal
del Papa, y sólo él podia dirimirla. Este documento
pontificio, obtenido por los PP. portugueses, habia sido
examinado por los varones más doctos de Méjico y
Manila; los religiosos de Filipinas eran los únicos que
podian consolar á los cristianos afligidos de Japón; y
el Gobernador de Manila, como vice-patrono de estas
islas, debia proveer lo conveniente para el bien de las
cristiandades comprendidas en la demarcación de la co-
rona de Castilla, bajo de la cual se consideraban las is-
las de Japón. Los PP. Franciscanos, finalmente, se ha-
llaban competentemente autorizados, por breves del
mismo Gregorio XIII, para predicar el Evangelio en
cualesquiera países de infieles, sin haberlos excluido de
este imperio. No era, pues, tan fundada la opinión de
aquellos buenos sacerdotes para proceder de tal ma-
nera contra aquellos celosos misioneros.
4. Pero veamos los motivos que alegaban los pa-
dres portugueses para sostenerse en su opinión. Su vi-
sitador, el P. Valegnani, decia : «Me parece sin duda
que el venir á Japón otras religiones, no sólo no sería
buen remedio, mas sería grande escándalo, confusión
y perturbación para esta nueva iglesia; especialmente
porque la calidad y disposición del Japón no es capaz
del modo de proceder que tienen los religiosos de Eu-
ropa; y como esto no se puede bien entender sino des-
pués de mucho tiempo y mucha experiencia, viniendo
— 436 —
otras religiones han de dar primero en los yerros que
nosotros dimos, que serán ahora peores, y no harán
más que deshacer lo que nosotros ahora comenzamos
á hacer, después de tanta experiencia de Japón. Ade-
mas no se ha de hacer fundamento en poderse conser-
var la iglesia de Japón por hombres extranjeros, ni una
nueva iglesia como ésta es capaz de diversidad de re-
ligiones.» Aun eran más peregrines los pretextos que
los mismos PP. portugueses alegaban para conseguir
su fin , en una consulta que extendieron al efecto. De-
cian, entre otras cosas: que las costumbres del país son
diferentes de las nuestras, habiendo grandes dificulta-
des tanto en el gobierno de la cristiandad como en la
conversión de los gentiles... Que sería, en fin, un gran-
de impedimento para una gente de tanto ingenio y tan
altiva, si todos los PP. misioneros no guardaban con-
formidad en todo. Hé aquí el fundamento del privile-
gio exclusivo de los PP. portugueses de Japón. Esto
hablan alegado para su consecución , y con las mismas
razones pretendían sostenerlo. Si los japones eran de
tanto ingenio como querían suponer, de la diversidad
de corporaciones religiosas debían deducir la verdad de
nuestra sagrada religión, predicada por diversos misio-
neros, que debían necesariamente convenir en lo esen-
cial de la doctrina. Las controversias y disensiones que
temían, podrían ser, con efecto, un mal funesto para
aquella cristiandad; mas la prudencia de los PP. mi-
sioneros podía y debía evitarlas, sometiendo sus opi-
niones, en los puntos controvertibles, al juicio de la Si-
lla Apostólica. Hubo portugueses que dijeron que los
japones, como tiernos en la fe, no conocían la pobreza
— 437 —
de San Francisco, y de aquí tomaban pié para censu-
rar la sencillez con que los verdaderos hijos de este
santo Patriarca procedian en sus misiones. Mas esto ya
se ve que era proceder según el espíritu humano y los
cálculos positivos de los comerciantes portugueses; cu-
ya máxima les hizo mucho daño, porque con ella cau-
saron celos al tirano Taycosama , y lo decidieron á sos-
tener el decreto de proscripción que arrojaba de sus
dominios á los sacerdotes portugueses. ¡Qué contraste!
Mientras un emperador infiel destierra de sus estados
á aquellos buenos sacerdotes, los portugueses quieren
desterrar á los PP. Franciscanos de los mismos, y prac-
ticaban por su parte diligencias encaminadas á este
efecto.
5. El santo comisario de los PP. Franciscanos, en
medio de sus disgustos y pesares, envió á Manila una
relación exacta de las medidas que se hablan tomado
en el Japón contra él y sus dignos compañeros. Como
procedía en el asunto con la más sana intención, pro-
curó que nada faltara en su luminoso informe para
ilustrar la materia cuanto era de desear, y al efecto
tomó declaraciones jurídicas á los que eran testigos
presenciales de los hechos para corroborar sus asercio-
nes. Consultaba ademas la línea de conducta que ha-
blan de observar según conciencia, en la situación em-
barazosa en que se hallaban. Cuando sus despachos
llegaron á la capital de Filipinas, era su gobernador
D. Francisco Tello de Guzman, quien no dudó en
convocar otra junta numerosa de teólogos ilustrados
para el examen del asunto, como lo habia hecho su
antecesor D. Gómez Pérez Dasmariñas. En la junta se
— 438 —
presentaron cuantos documentos se habían visto en la
primera, con la relación y datos que habia remitido el
santo Comisario, y se ventiló la cuestión profundamente
con los argumentos que en pro y en contra se ofrecie-
ron. Después de largas conferencias, según pedia es-
trictamente la gravedad del asunto para ver de qué
parte estaba la razón, se resolvió por unanimidad de
votos que el breve de Gregorio XIII en favor de los
PP. portugueses de Japón no podia tener fuerza con-
tra los privilegios de los PP. Franciscanos para pre-
dicar el Evangelio en todas partes; añadiendo, final-
mente, que, supuesto habian éstos suplicado del mismo
breve por medio de la majestad católica, no estaban
obligados entre tanto á conformarse en esta parte con
las exigencias portuguesas, hasta que Su Santidad, des-
pués de haber visto y ponderado las razones de la sú-
plica, dispusiese lo conveniente en este asunto. En con-
formidad de esto, declararon «que los PP. Francisca-
nos de Japón obraban en buena conciencia en la pre-
dicación del Evangelio en aquellas islas, y que no de-
bian de abandonar á los cristianos que se hallaban á su
cargo. {Crónica de San Gregorio, parte 3.^, lib. 11, ca-
pítulo X.)
6. Las medidas odiosas que se tomaron en Japón
contra los PP. Franciscanos coincidieron con otra clase
de sucesos, que consternaron altamente á todos los ha-
bitantes de ese país desgraciado. No habia memoria en
la historia de estas islas que hubiesen sucedido en nin-
gún tiempo las catástrofes terribles de que hace men-
ción en su Crónica el sabio analista de la provincia de
San Gregorio. Trascurría el año 1596, cuando empezó
— 4-39 —
á descubrirse un cometa aciago y espantoso que, según
las ideas de los tiempos, debia presagiar sin duda ca-
lamidades horrendas. Se dejó ver aquel astro por espa-
cio de dos semanas solamente. Su cola era muy larga,
y su disco de poca elevación, pero tan cargado de va-
pores, que no podía discernirse su natural color. Los
japones, á su vista, exclamaban ¡iiza, wzal ¡triste cosa,
triste cosa! No tardaron, con efecto, en coincidir con
el fenómeno trastornos extraordinarios. El dia de su
desaparición en el espacio coincidieron casualmente
en varias partes algunas convulsiones subterráneas, de
las que no se hizo mucho caso por entonces. Mas el
dia 4 de Setiembre repitieron con tanta violencia los
temblores y sacudimientos de la tierra, que arruinaron
en poco tiempo innumerables edificios, quedando se-
pultados en sus ruinas muchos millares de personas
entre aquellos infelices habitantes. Duró este terremoto
el largo espacio de veinte y cuatro horas, según datos.
Después fué repitiendo sucesivamente en varias partes
del imperio. En la isla de Cami fueron sus estragos
mucho más horrorosos v funestos. En Meaco se arruinó
la mayor parte de las casas y fortalezas que el Empe-
rador habia mandado fabricar, sin que se salvara el
suntuosísimo palacio recien hecho. No quedaron más
que pocos templos de los mil que se contaban en esta
capital tan populosa, habiendo perecido en ellos la ma-
yor parte de los diez y ocho mil bonzos que conser-
vaban el culto de sus ídolos. El famoso templo de
Daybut, que Taycosama habia mandado fabricar á
toda costa, se arruinó por sus cimientos, y su ídolo,
hecho pedazos, se vino rodando por el suelo. Otros sun-
— 440 —
tuosos templos de la más remota antigüedad se des-
plomaron igualmente con estruendo, castigando el Se-
ñor de esta manera los pecados y las abominaciones de
aquel pueblo, que cerraba obstinado sus miradas á la
luz de la verdad.
7. No fué aún el terremoto el azote que más afligió
á los japones en aquellos dias aciagos; pues pareciaque
los cuatro elementos conspiraban de consuno, para des-
truir completamente aquel desgraciado imperio. En el
reino de Figen cayeron, á manera de saetas, centellas
innumerables, que causaron horribles mortandades. En
las entrarías de la tierra se oian truenos pavorosos, co-
rno descargas de gruesa artillería, y á las horrendas
convulsiones que trabajaban la tierra, se abrieron por
todas partes grandes boquerones en los campos, pro-
fundas grietas en las rocas, v desaparecieron por com-
pleto algunos montes. Las iiguas de los rios salian de
sus madres con violencia, y se desbordaban rebramando,
sin poder alimentar en su seno á sus vivientes. El mar,
no hallando salida en Ximonojiqui á sus irritadas hon-
das, rompió furiosamente por las partes de Ximo y de
Meaco, anegando muchos pueblos y ahogando irre-
mediablemente á sus desgraciados habitantes. En el rei-
no de Bungo se internó el mar con estruendo unas
veinte leguas por los campos, causando estragos hor-
rorosos. La villa de Vaguinojama desapareció comple-
tamente, y en su sitio apareció una laguna siniestra,
que se comunicaba con la mar por un extremo. Las
pérdidas y desgracias personales fueron incalculables en
el reino. Sólo en Sacay faltaron , en aquel gran cataclis-
mo, más de treinta mil vecinos. Es muy digna de no-
— 441 —
tarse la particular observación que hace el cronista de
la provincia de Sa?í Gregorio sobre tan horrible ex-
piación. Después de haber hablado de los estragos que
sucedieron en esta capital, termina su relación en estos
términos: «El mayor milagro entre tantas maravillas,
y el argumento mayor que podian convencer á la pro-
tervia más obstinada, fué el haber quedado privilegia-
das de tan universales y lamentables ruinas, y sin le-
sión de ningún género, solas las iglesias con los con-
ventos, hospitales y personas de los PP. Franciscanos;
las casas de los RR. PP. de la Compañía y algunos de
los cristianos , donde se solia decir misa y administrar la
doctrina cristiana.» (Parte 3.^, lib. 11, cap. iv.)
8. Poco después de estos extraordinarios sucesos
apareció en aquellas islas el galeón de Filipinas llamado
San Felipe, que hacia su viaje á Nueva España, inte-
resado en más de un millón y medio de pesos. Habia
sufrido hasta allí un terrible temporal, que lo dejó en
un estado lastimoso. Vagando á manera de un leño
sin mástiles ni timón, fué arrojado por las corrientes á
las costas de la isla de Xicon, que no dista largo tre-
cho del puerto de Urando. Los habitantes de la isla
lo habian visto tres dias antes en aquella desgraciada
posición, y creyeron que debian dar aviso de la no-
vedad á Chusugami, señor de Tosa, el cual dispuso
desde luego que el galeón fuese conducido á remol-
que hasta el puerto referido. En seguida mandó un re-
fresco á los náufragos por su mismo secretario , y poco
después pasó á bordo con el aparente fin de consolarlos
y ampararlos, pero con el designio verdadero de in-
formarse del estado de la carga, para dar cuenta al Em-
— 442 —
perador de sus tesoros. Ya se hallaba el galeón en el
fondeadero, y su capitán trataba de anclar, cuando el
pérfido Chusugami mandó más embarcaciones para
conducir el galeón á un sitio, según decia, más seguro.
Sus emisarios, empero, instruidos de antemano, lo en-
caminaron á un banco , en donde quedó varado y per-
dido enteramente. La gente que conducia el galeón,
sin advertir la mala fe de aquel régulo, desembarcaron
sus avíos, y todos se tenian por dichosos de haber sal-
tado á tierra vivos.
9. Quien viera la solicitud de Chusugami, y el afec-
to que mostraba á los náufragos, creyera que se halla-
ba animado de los sentimientos más filantrópicos; pero
no tardó en descubrirse su perfidia, si bien procuraba
siempre paliar sus injustos procederes. Mirando desde
luego como propio del Emperador el rico cargamento
del navio, dispuso fuese desembarcado sin demora, y lo
colocó en un lugar bien seguro, cerrado con una fuer-
te estacada bien guarnecida de soldados. Poco después
de esta diligencia, y estando el mar en calma, se abrió
el galeón por su quilla, lo cual movió á la tripulación
y pasajeros á mostrarse más agradecidos al Señor, de
quien se consideraban protegidos por una extraordina-
ria providencia. Quedó, pues, la gente libre, sumergi-
do el galeón y asegurado el cargamento, ignorando to-
davía los españoles la suerte que les habia de caber
postreramente. Entre tanto Chusugami, que los tenía
entretenidos con muy buenas palabras, dio cuenta á
Taycosama del suceso, sin omitir que, según ley, aque-
llas riquezas eran suyas. Desde aquel momento empe-
zó para los nuestros una serie de acontecimientos tan
— 343 —
extraños, que la más templada pluma no acertara á
describirlos con la delicadeza que demandan la caridad
y la justicia. Salen á la vez á la palestra portugueses y
españoles, todos se lamentan de sus desgracias respec-
tivas, y á la historia pertenece restablecer la verdad de
los sucesos.
ID. Un autor tan favorable á los misioneros portu-
gueses, como poco enterado de las causas que deter-
minaron tristemente tan difícil situación, no tuvo re-
paro en trasmitirnos una fábula insulsa, que después
fué muy creida en Japón por los enemigos del nom-
bre cristiano. Aun no falta quien supone que los au-
tores del cuento fueron los herejes holandeses, que no
debian mirar con buenos ojos el establecimiento del
reino de Dios en el Japón. Dice, pues, el candido his-
toriador á que nos referimos, que uno de los pilotos
del navio San Felipe y al tomarle declaración el comisio-
nado que mandó á Urando Taycosama, hablando del
Rey de España y Portugal, ensalzó en gran manera su
poder, y manifestó que para efectuar las conquistas de
la India y Nuevo Mundo enviaba por delante misio-
neros que procuraban bautizar á la gente del país; y
que cuando ya contaban como suyos un buen número
de ellos, entraba la gente armada, que, unida con los
nuevos cristianos, despojaban de la tierra á sus señores.
Por más indiscretos que se quiera suponer á los espa-
ñoles de aquel malogrado galeón, no es creible diesen
una declaración tan falsa y tan perniciosa á sus inten-
tos; pues ella sola motivara, á no dudarlo, la ruina y
el exterminio de todos los españoles y portugueses que
habia á la sazón en el imperio. Esta fábula, sin em-
— 444 —
bargo, ha sido creída por alguno sin razón y sin crite-
rio, y de ella se han valido los enemigos de la fe para
desacreditar al Católico Monarca de Castilla, y la reli-
gión que protegía eficazmente en todas partes.
1 1 . El comisionado , hechas algunas averiguacio-
nes de ceremonia, mandó cerrar de noche con alta y
fuerte estacada el recinto en donde estaban alojados los
espaíioles, quienes al siguiente dia se vieron precisados
á salir sin más haberes que la ropa de sus cuerpos, des-
pués de haber sido rigorosamente registrados. Bien
quisieran resistirse con las armas cuando se les intimó
esta despótica medida; pero se hallaban encerrados y
faltos de recursos : de suerte que cualquiera tentativa
hubiera sido inútil, v les hubiera ademas costado la
cabeza, privados, como se hallaban, de todo medio de
defensa. Desde luego procedió el comisionado á erigir
su tribunal en la misma casa en donde hablan estado
alojados los indefensos espaiíoles, y mandó desenfardar
en su presencia el cargamento, tomando nota de las
piezas que contenia su registro, las que fueron aplica-
das al tesoro de su emperador. A los españoles sólo en-
tregó algunos efectos averiados, y los que nada vallan
en el país; pero en cambio les mandó, bajo pena de la
vida, que entregasen todo el oro que tuviesen, hasta
el último real de su bolsillo. Con este nuevo despojo
los dejó en la mendicidad, atenidos á la caridad de al-
gunos hombres piadosos, que miraban indignados la
tiranía insoportable de aquel esbirro imperial. Los pa-
dres Jesuítas se portaron, en tan solemne ocasión, como
verdaderos hijos de su Santo Patriarca; pues enviaron
un propio á Urando con dinero y comestibles para
— 445 —
aliviar en lo posible á los despojados españoles. Entre
tanto el comisionado y Chusugami embarcaron en
funeas ( i ) el cargamento para trasportarlo á la corte
imperial, á excepción de lo que se reservaron para sí.
Entonces dos PP. Franciscanos, el general del galeón
y algunos españoles determinaron presentarse ante el
Emperador mismo, para reclamar los intereses confis-
cados, en nombre de su gobierno; mas el comisiona-
do retardó con estudio la S2lida de aquellos represen-
tantes, y á su llegada ya estaba el negocio terminado.
12. Desde que llegaron á la corte las noticias del
naufragio del navio San Felipe, los PP. misioneros
Franciscanos fueron mirados con la mayor desconfian-
za por los aduladores oficiosos del codicioso Taycosa-
ma. El santo comisario Fr. Pedro Bautista, como re-
presentante del gobierno de Manila, había procurado
la restitución de las mercancías confiscadas á sus due-
ños, y este paso, que conceptuó debia practicar en vir-
tud del cargo de embajador que ejercía, le atrajo el
odio del Emperador desde aquel dia, preocupado ya
por los informes que le habia dado el pérfido Chusu-
gami. Y era así efectivamente, pues que mientras el
infame entretenía con palabras lisonjeras á los náufra-
gos en el puerto de Urando, labraba su ruina para
siempre en la corte del imperio. Al ver el santo Comi-
sario que se le cerraban las puertas de palacio, se va-
lió para vencer este obstáculo de Güenifoin, goberna-
dor de Meaco, que siempre le habia sido muy propi-
cio, y por su medio se hablan librado los PP. misio-
(l) Barquichuelo.
— 446 —
ñeros de las vejaciones con que los bonzos y gentiles
habian tratado de mortificarlos en toda ocasión y en
toda hora. No se negó este ilustre personaje á prestar
en esta ocasión un nuevo servicio al santo Comisario;
mas entonces ya estaba su causa decidida; pues no solo
habia sido aplicado el cargamento del navio al erario,
sino que ademas se habia decretado quitar la vida á los
PP. misioneros. Sin embargo del mal estado del nego-
cio, Güenifoin hizo cuanto estuvo de su parte en fa-
vor de los PP. misioneros; y convencido de la imposi-
bilidad de conseguir la restitución de los intereses con-
fiscados, procuró á lo menos salvar a los proscritos.
Recordó en efecto á Tavcosama las relaciones amisto-
sas que siempre habian mediado entre él y el emba-
jador de Filipinas; la chapa ó licencia por escrito que,
como prenda de su seguridad, le otorgara, y el per-
miso en cuya virtud los PP. Franciscanos habian eri-
gido sus iglesias, casas y hospitales, en donde practica-
ban las obras más heroicas de humanidad, de lo cual
era testigo, y más de una vez él mismo habia elogiado
sus obras.
13. No halló razones Taycosama para satisfacer al
discurso de su gobernador; estaba ya preocupado, y la
codicia lo habia decidido á sacrificar la inocencia. Qui-
so, no obstante, dar algún color á su inicuo proceder,
hablando muy colérico en los términos siguientes :
«Desde que estos padres están en mis dominios 110 me
han sido de provecho. En mi tierra les he dado casa
y sustento, y me han sido tan poco agradecidos, que
aun ahora me quieren quitar la fortuna que se me ha
venido á las manos, practicando diligencias para que se
— 447 —
dé á los castellanos, que son de su país, aquel navio
que por justo derecho y ley es sólo mió. No culpo tan-
to á ellos como á Foranda Kiemon, que me los intro-
dujo, y á Fagengaba Fungen, que me los alabó por
buenos y amigos, asegurándome que por su respeto
me habian de venir grandes conveniencias y ventajas.»
Estaba presente en esta conferencia un hijo de Fun-
gen, muy querido del Emperador, que era su paje de
catana, el cual, temeroso de que su padre cayese en
su desgracia con motivo de haber favorecido á los pros-
critos, se tomó la libertad de defenderlo, y acriminar á
los PP. misioneros, diciendo que éstos habian predi-
cado la ley de Jesucristo en contravención a sus decre-
tos, y que no habia sido de la incumbencia de su pa-
dre este cuidado. Entonces Taycosama aparentó estar
satisfecho de la conducta de Fungen, y volvió á ma-
nifestar su enojo contra los PP. misioneros. Al ver
Güenifoin que no apreciaba sus palabras, miró como
desesperada la causa de los padres, y desde entonces
dejó de protegerlos; quedando los proscritos abando-
nados á la merced de una chusma miserable de ene-
migos sin ley ni religión. La noticia de lo que pasa-
ba en palacio no tardo en divulgarse : los enemigos de
la fe aplaudian la caida de los PP. misioneros, y éstos
se iban preparando para la corona del martirio.
14. Mientras en el palacio del cruel y codicioso
Taycosama se trataba de la suerte que habia de caber
á los proscritos, entró en la corte el Obispo, manifes-
tando su desaprobación contra la misión de los padres
Franciscanos, como lo habia hecho en Nangasaqui, por
su manera de ver y de estimar sus derechos. Esto ya
— 448 —
se ve que era agravar la triste posición de estos virtuo-
sos misioneros, permitiendo el Señor, para su mayor
corona, esta nueva tribulación y desconsuelo. Sin em-
bargo de estas disposiciones tan poco favorables del
Prelado, el santo Comisario y compañeros le guarda-
ron los respetos que debian á su dignidad y á su ca-
rácter. Noticiosos de su llegada, fueron luego á visi-
tarlo, y preocupado de sus fueros, que él creia equi-
vocadamente lastimados, les habló inmediatamente de
la cuestión tan debatida, que no podia serles grata en
aquel caso. El santo Comisario defendió su causa con
el respeto y el valor que le inspiraba su buena con-
ciencia; pero nada se adelantó en la materia, porque
entrambas partes sostuvieron los derechos que, de bue-
na fe sin duda, creían respectivamente competirles.
15. Entre tanto llegaron á la corte las mercadurías
conñscadas, y el Emperador y sus esbirros sólo trataron
de sacrificar a los que hablan procurado, como era jus-
to, su restitución. Entonces los enemigos del nombre
cristiano, viendo la actitud hostil del codicioso Empe-
rador, creyeron que era llegada la ocasión más oportu-
na para vengarse vilmente de aquellos inofensivos sa-
cerdotes. Estaban allí Foranda Kiemon y Xacuin, alta-
mente resentidos de los PP. misioneros de ambos ins-
titutos, porque siempre se hablan opuesto á sus per-
versos planes, y no dudaron ahora provocar la ira del
tirano contra ellos. El dia 8 de Diciembre de 1596
llegó á Meaco el cargamento del navio San Felipe, y
en el mismo se pronunció sentencia de muerte contra
todos los PP. misioneros, en la cual fueron envueltos
igualmente los PP. Jesuítas, si bien después lograron
— 449 —
evadirse casi todos. En su consecuencia fueron cerca-
das las casas religiosas é iglesias de Osaca y Meaco, y
en ellas fueron presos los PP. misioneros que las tenian
á su cargo, con algunos cristianos virtuosos que les ser-
vían fielmente. El Obispo, que á la sazón se hallaba en
aquella ciudad misma, al rumor de las prisiones de los
PP. Franciscanos, se escapó con otros cuatro PP. Je-
suítas, y se refugió con ellos en Sacay, ocultándose en
las casas de algunas familias piadosas.
1 6. La prisión de los PP. misioneros se confió á Xi-
robioye, que profesaba un singular afecto á los sacer-
dotes portugueses, el cual, deseoso de salvarlos, fué
omiso de intento en su aprensión, y les dio lugar para
que pudiesen eludir el tiránico decreto. Güenifoin, por
otra parte, que tenía dos hijos y un sobrino cristianos,
que debian ser envueltos en la ruina de los PP. Jesuí-
tas, procuró también salvarlos con todos sus esfuerzos
é influencia. A este fin se presentó personalmente á
Taycosama, y le alabó la obediencia que los PP. Je-
suítas siempre hablan prestado en el imperio á sus dis-
posiciones y mandatos. Como estos PP. portugueses no
habian procurado la restitución del cargamento del na-
vio San Felipe, que habla sido el principal motivo de
su cólera contra los PP. misioneros, no le fué difícil
ablandarlo. Con esto logró excluir á los PP. Jesuítas de
la sentencia de muerte, pronunciada ya sin distinción
contra todos los PP. misioneros. En virtud de este in-
dulto, Xibunojo quitó las guardias puestas en las casas
y viviendas de los PP. portugueses, y tan sólo tres de
ellos, naturales del país, pero de su misión y de su gre-
mio, fueron comprendidos en la proscripción de los
29.
— 45^ —
demás, por un descuido o negligencia, que después se
hizo irremediable. Efectivamente, cuando intentaron
salvarlos finalmente, el Gobernador de Osaca no quiso
declararlos indultados, temeroso de los cargos que le
pudiera hacer el Emperador si con este motivo llegaba
por ventura á descubrir que también los PP. Jesuítas
tenian casa é iglesia en la ciudad, y que hablan pre-
dicado en ella el Evangelio, cuando se le habia mani-
festado lo contrario.
17. Once eran los PP. misioneros Franciscanos que
á la sazón habia en el imperio, cinco de los cuales con-
siguieron evadirse finalmente. El uno se quedó entre
los cristianos escondido, y los cuatro restantes fueron
expulsados del imperio. Los que estaban condenados á
la pena capital fueron detenidos desde entonces en sus
respectivos calabozos, hasta el dia 30 de Diciembre, en
el cual fueron conducidos á la cárcel pública de la ciu-
dad de Meaco. Allí se les debian cortar bárbaramente
las orejas y narices, según ley, y ser paseados en este
ignominioso estado por las calles y plazas públicas de
la corte, y de Osaca, y de Sacay y otras ciudades, has-
ta en la de Nangasaqui finalmente, en donde debian
de morir crucificados. Esta cruel disposición se mode-
ró posteriormente, pues sólo se les cortó la oreja iz-
quierda, pero cumplióse á la letra lo demás. La senten-
cia estaba concebida en estos términos: «Mando casti-
gar á éstos, porque vinieron de los Luzones en clase
de embajadores, y se quedaron mucho tiempo en Ja-
pon, predicando la ley de los cristianos, que tengo pro-
hibida, y por haber levantado iglesias y hecho descor-
tesía; y después de esto, mando sean crucificados en
— 451 —
Nangasaqui.)) Firmada esta inicua sentencia, se presen-
tó el teniente de Xibunojo en el convento de Nuestra
Señora de los Angeles, para prender al santo comisario
Fr. Pedro Bautista y compañeros, que a la sazón es-
taban en el coro rezando vísperas. Noticioso el Santo
del suceso, y terminado el rezo, tomó el Crucifijo, y
saliendo con otros cuatro religiosos como en procesión,
se entregó en manos de los aprehensores. Al mismo
tiempo fueron presos los tres niños, Antonio, Luis y
Tomé, que hacian el oficio de acólitos, y algunos otros
cristianos aplicados al servicio de los PP. misioneros y
su iglesia. Asegurados ya los santos confesores, entona-
ron el cántico Te Deiün, y al salir de aquella santa casa
obsequiaron á la Virgen, su patrona, con el himno
O Gloriosa Domina. En Osaca habia otro P. Franciscano,
el cual fué preso asimismo, con tres japones cristianos
que lo asistían en el ministerio de las almas. También
fueron presos en esta ciudad los tres japones jesuítas,
á quienes su gobernador no quiso indultar, según de-
jamos indicado.
I 8. Veinte y cuatro eran los santos confesores desti-
nados á la muerte, los cuales fueron sacados de la cár-
cel el dia 3 de Enero de 1597, para cortarles la oreja
y pasearlos ignominiosamente por la corte. La cruel
ejecución se hizo en una gran plaza pública, en donde
habia una várela ó templo dedicado á los dioses de Ja-
pon. Casi en la misma puerta de este abominable edi-
ficio cortaron los verdugos la oreja izquierda á los ado-
radores del verdadero Dios, los cuales desde este dia
empezaron á derramar su sangre por la gloria de su
nombre. Aquellos viles esclavos del tirano arrojaban con
— 452 —
desprecio en el suelo las orejas de los santos confesores;
mas los cristianos las recogían devotamente, empapando
al mismo tiempo sus paííuelos en su sangre. Acabada
esta cruel ejecución, fueron los santos confesores colo-
cados de tres en tres, en unos carros tirados de una
vaca, y de esta suerte, bien asegurados, con las manos
atadas en las espaldas, los pasearon por las plazas y lu-
gares públicos de aquella capital. Después les hicieron
sufrir la misma ignominia en otras ciudades inmedia-
tas, montados en caballos, triunfando así la crueldad de
la inocencia, pero vencida aquélla, en realidad, por la
virtud de los que alegres padecían contumelias por el
nombre del Señor.
19. Cuando fueron llevados á Osaca para hacerles
sufrir la misma ignominia, tuvo lugar un espectáculo
digno de ser consignado por la historia. Poco antes ha-
bla entrado Taycosama en esta gran ciudad con un apa-
rato verdaderamente imperial, con el fin de posesionar
á su hijo Fideyori de una fortaleza que habia levanta-
do para su seguridad. Esta suntuosa entrada la describe
D. Bernardino de Ávila, cuyo relato copió el cronista de
la provincia de San Gregorio (tomo iii, lib. 11, capítu-
lo XXI v), no dudando de su veracidad. «Entraron, dice,
primero diez ó doce mil hidalgos, todos ellos señores
de vasallos, á caballo; cada uno con tres criados, un hom-
bre de armas que le llevaba delante una nanguinata, un
paje y un mozo de caballo. Luego iban seiscientos hom-
bres de armas cubiertos de ellas, con sus nanguinatas
doradas y catanas, puestos en orden. Seguían á éstos
seiscientos maceros, con unas mazas gruesas en las ma-
nos, y en la cintura grandes catanas. Luego seguían
— 453 —
los hacheros, que eran dos mil, y después doscientos
bastoneros vestidos de carmesí. A éstos seguian treinta
caballos muy hermosos y costosamente enjaezados ; lle-
vaban cada uno cuatro japones vestidos de unas como
almillas carmesí, que les llegaban sólo á la cintura, y
embragados con sus paños, y lo demás descubierto y
al aire. Luego venia un norimono cubierto de oro y
azul con quita-sol muy rico, en que venía el Príncipe,
que era entonces niño de cinco años. Al rededor de este
norimono iban los cuatro gobernadores descalzos y arre-
mangados, y con ellos otros muchos señores de los prin-
cipales del reino, y otra gran suma de gente de los cria-
dos del Príncipe. Venía después el ejército de gente de
á caballo y á pié, en donde estaba Taycosama, que se
recogió dentro de la soberbia fortaleza. Luego asomó
el campo de los santos mártires, que aunque de tan po-
cos caballeros, habia mucho que ver en él, y no fué poco
notado. »
20. Es dÍp-no ciertamente de notarse un aconteci-
o
miento tan sorprendente. Los justos son despreciados y
proscritos, mientras los impíos son ensalzados con las
grandezas de la tierra. Sólo la fe es capaz de manifes-
tarnos el misterio que se halla encerrado en tan extra-
ordinaria diferencia. La Justicia divina recompensa en
este mundo el bien que alguna vez practican acciden-
talmente los malos, y castiga las imperfecciones de los
buenos, ó les ofrece medios para merecer, y premiarlos,
finalmente, por toda la eternidad en la otra vida. Los
gentiles miraban con asombro estos encontrados espec-
táculos, mas los cristianos veian en ellos una lección
interesante. No son raros en el mundo estos contrastes,
— 454 —
que vienen á presentarse á los ojos de la razón y de la
fe como un argumento poderoso de la existencia de
otra vida, que ha de restablecer completamente la ar-
monía del mundo moral y de sus leyes.
De estas extraordinarias escenas fueron testigos ocu-
lares algunos españoles del navio San Felipe, que juz-
gando por oportuna á su intento esta fiesta, se ha-
blan presentado en Osaca; mas los guardias no les
permitieron entrar en donde estaba Taycosama, y se
vieron precisados á regresar á Nangasaqui, desesperan-
zados de remedio. Parecia natural que el tirano, con
motivo de la fiesta con que honraba á su hijo, usara
de alguna indulgencia con los santos confesores, que
harto hablan padecido hasta entonces; pero su fiereza
no conocía la clemencia. Lejos, pues, de indultarlos,
en aquellos mismos dias en que se hallaba embriaga-
do de placer, confirmó la sentencia pronunciada poco
antes en los términos siguientes: «Por cuanto estos
hombres vinieron de los Luzones con título de emba-
jadores, y se quedaron en Meaco predicando la ley
cristiana, que yo habia prohibido muy rigorosamente
los años pasados, mando sean ajusticiados juntamente
con los japones que se hicieron de su ley. Y así estos
veinte y cuatro serán crucificados en Nangasaqui. Y
vuelvo á prohibir de nuevo la dicha ley para en ade-
lante, para que venga á noticia de todos; y mando
sean ejecutados. Y si alguno fuese osado á quebrantar
este mandamiento, sea castigado con toda su genera-
ción : el primer año de Quercho, á los veinte dias de
la undécima luna (sello real).» Pronunciada esta defi-
nitiva é irrevocable sentencia, se pasaron tres dias so-
— 455 —
lamente en preparativos para conducir á los santos
confesores al lugar de su martirio, los cuales se ocu-
paron en este breve tiempo en escribir algunas cartas
á las personas á quienes estaban más obligados, y en
disponerse para merecer la gracia del martirio.
21. El dia 9 de Enero salió de Osaca la santa pro-
cesión de los confesores de la fe, con dirección á Nan-
gasaqui. Los padecimientos que en el largo trecho de
cincuenta leguas (i) españolas que hay entre ambas
ciudades toleraron, no es posible describirlos. Iban des-
calzos y poco abrigados por el hielo, nieves y escar-
chas, con las manos atadas en las espaldas y sogas en
el cuello. En sus semblantes, sin embargo, se descu-
bria una santa conformidad y alegría, efecto de la gra-
cia del Señor, que los alentaba para tolerar con forta-
leza una muerte semejante á la suya. El P. Organtino,
jesuita, les envió desde Meaco un criado con dinero,
para cubrir en lo posible las necesidades que debian
padecer en su largo viaje. A éste se agregó otro pia-
doso cristiano, con deseos de prestar sus servicios á
los santos confesores, y ser participante de su suerte.
Con la mutación de conductores hallaban estos celosos
cristianos en unos benignidad, pues disimulaban, ó
no reparaban; mas en otros encontraban frecuentes
motivos de padecer por su ardiente caridad, hasta
que por fin dieron con unos soldados de tan mala
condición, que no les permitieron continuar en su
caritativo ministerio. Aquellos fieles servidores porfia-
ban y no desistian de importunar á los satélites, para
(i) Mas de cien leguas, según la Crónica de San Francisco.
— 456 —
proseguir en prestar sus servicios á los santos confeso-
res; mas ellos les correspondían con malos tratamien-
tos. Su constancia, por fin, les mereció lo que tanto de-
seaban, porque preguntados si eran cristianos, no tu-
vieron la menor dificultad en confesar su fe, y por su
generosa confesión fueron agregados, por su dicha, al
coro predestinado de los santos confesores, completan-
do de este modo el número de veinte y seis campeo-
nes que fueron los sacrificados poco después en Nan-
gasaqui.
22. El 4 de Febrero llegaron los santos confesores
á Conoquí, distante ocho leguas solamente del fin de
su jornada, y allí los visitaron dos PP. Jesuítas, con el
fin de consolarlos y administrarles los santos Sacra-
mentos; mas los conductores no les dieron lugar para
prestarles este auxilio tan consolador y necesario en
aquellas circunstancias. ¡Admirable religión católica,
que unes los entendimientos en una fe, y las volunta-
des en unos mismos sentimientos, aun de aquellos que
están divididos en pareceres distintos. El santo comi-
sario Fr. Pedro Bautista tuvo, no obstante, oportuni-
dad en esta ocasión de suplicarles, en su nombre y en
el de sus amados compañeros, diesen satisfacción al
Sr. Obispo y demás PP. portugueses, 'por las molestias
que de ellos hubiesen recibido : iban entonces á despe-
dirse para siempre del Japón y de la vida para ir á Je-
sucristo, que era lo que aquéllos hablan siempre de-
seado y con vivas ansias pretendido. Fazamburo, en-
cargado de la ejecución de la sentencia, temiendo al-
gún tumulto en Nangasaqui, en donde habia muchos
cristianos, tomó algunas precauciones, que sólo sirvie-
— 457 —
ron para excitar el celo y la caridad de éstos, y la cu-
riosidad de los gentiles. Al efecto publicó un bando,
prohibiendo, bajo pena de la vida, que nadie saliese á
recibir á los santos confesores, y para su firmeza man-
dó poner guardias en los caminos por donde hablan
de pasar; pero nada fué suficiente para contener á la
muchedumbre piadosa, que deseaba ser participante de
alguna reliquia preciosa de los que iban á dar su vida
por la fe. Unos llevaban pañuelos de seda y ricas toa-
llas para recoger su sangre, otros conduelan algunos
refrigerantes para confortarlos de algún modo en me-
dio de los tormentos, y no pocos se arrojaban á sus
pies para besárselos con amor y regarlos con sus lá-
grimas. Era esta piadosa conmoción un espectáculo
nunca visto en el país. Y no fué de poca utilidad en
aquel caso aquella demostración extraordinaria; porque
con el ejemplo de los santos confesores, que iban como
corderos al lugar del sacrificio, y con la fervorosa pie-
dad de los cristianos, manifestada como nunca á vista
de los tormentos, los tibios se robustecieron en la fe, y
muchos deseaban, con una santa emulación, ser parti-
cipantes de su muerte.
El ejecutor impío que habia de llevar á cabo la sen-
tencia, avisado dé antemano por una orden de la corte
acerca del género de muerte que habian de sufrir los
santos confesores, habia mandado preparar las cruces
en el repecho de un montecillo cercano á Nangasaqui,
á la derecha del camino que dirige rectamente á las
ciudades de Osaca y de Meaco, en donde solían ajus-
ticiar á los malhechores. Mas la piedad de los cristianos
no pudo tolerar que padeciesen en aquel lugar infame
— 458 —
los atletas invencibles de la religión de Jesucristo. Así
que los portugueses y algunos buenos cristianos supli-
caron á Fazamburo que mandase trasladar las cruces
á la izquierda del camino, para librarles de la pena que
aquella ignominia les causaba. El ejecutor condescen-
dió gustoso en aquel caso con tan piadosos deseos, y
aun añadió que si fuera arbitro de librar á los senten-
ciados de la muerte, lo verificara sin demora. Las cru-
ces destinadas á los discípulos amados del Señor tenian
en el centro un palo recorvado para apoyarse las vícti-
mas, y en las extremidades tres argollas con cordeles,
en donde debian asegurarles los pies y manos sin cla-
varlos. Trasladáronlas al sitio que pidieron los portu-
gueses por favor, y las colocaron con simetría de Orien-
te á Poniente, á unas cuatro varas de distancia, y mi-
rando todas hacia el Sur. Estaban en el centro las que
habian de servir para los seis santos Franciscanos, y las
demás colocadas en uno y otro lado en línea recta. La
piedad de los fieles, y aun la historia, ha consagrado
aquel lugar con el nombre de Calvario de Nangasaqui,
en memoria de los Santos Mártires.
23. Al descubrir los santos confesores las cruces le-
vantadas á lo alto, no pudieron menos de dar gracias
al Señor, como el apóstol San Andrés, por la singular
merced que les hacia en concederles una muerte tan
semejante á la suya. A su llegada se apoderaron de ellos
los verdugos; los tendieron en las cruces, colocadas á lo
largo sobre el suelo; les sujetaron los pies y las manos
con argollas, y á una señal del juez ejecutor las levan-
taron á un tiempo, causando su vista repentina una
conmoción profunda en los ánimos de los espectadores.
— 459 —
Luego se oyó un grito de indignación contra uno de
los verdugos, porque habiendo colocado mal la argolla
de los pies al santo Fr. Felipe de Jesús, con el golpe
que en el hoyo dio la cruz al caer perpendicular desde
lo alto, se resbalaron los miembros del santo mártir, y
se le descarnaron hasta los huesos. Con la vehemencia
del dolor invocó el dulce nombre de Jesús, y en se-
guida mandó el juez que sin demora le quitase la vida
el verdugo; lo que hizo de una lanzada, enviando su
dichosa alma al cielo para recibir la palma del mar-
tirio.
24. El santo Fr. Francisco Blanco fué el segundo
atleta á quien atravesó con su lanza otro verdugo. Con
la furia del golpe se le separó la mano de su argolla;
mas el santo mártir la volvió á meter con gran sosiego,
y al segundo golpe espiró. El tercero fué el santo fray
Martin de la Asunción, el cual fué traspasado de otro
golpe mientras estaba alabando al Señor con el salmo
Laúdate Domimim omnes gentes. En seguida lo fué el
santo Fr. Gonzalo García, encomendándose á Dios, al
espirar, con las palabras que San Dímas decia al Re-
dentor del mundo, estando pendiente de la cruz : Me-
mento mei diim veneris in regniim tuiím. Imediatamente
fué también atravesado el santo Fr. Francisco de San
Miguel, que esperaba aquella dicha por su turno. En-
tre tanto el santo niño Antonio, que sólo tenía once
años de edad, y se hallaba al lado del santo Comisario,
al ver que el verdugo echaba mano de la lanza para
traspasarlo, le dijo: «Padre, ¿no se acuerda que nos
dijo en el camino que cuando nos hallásemos coloca-
dos en las cruces habiamos de cantar el salmo Laúdate
— ^6o —
pueri Domhium? Ea, padre, comenzad, que ya es tiem-
po.)) El santo Comisario, que sin duda estaba sumer-
gido en la contemplación de las bondades del Señor,
no advirtió lo que el santo niño le decia; mas al ver el
santo niño que su glorioso maestro no se habia aperci-
bido de su oportuno recuerdo, él mismo entonó aquel
salmo y lo prosiguió hasta el fin, acompañado del
santo niño Luis, que, sin embargo de no tener más
que diez años de edad, estaba poseido en aquel trance
de tan inefable gozo, que bailaba de alegría en el mis-
mo madero de la cruz. Al terminar el Gloria, fueron
los dos alanceados, y sus venturosas almas volaron jun-
tas al empíreo para cantar las alabanzas del Señor ante
el trono de Dios y del Cordero. Aun estaba vivo el
santo Comisario, que, con los ojos elevados á lo alto,
imploraba los auxilios del Señor para salir victorioso
de este valle de miserias. Al ver que el verdugo iba á
enarbolar su lanza para traspasarlo, dijo con ternura
aquellas últimas palabras de nuestro divino Redentor :
I?i 7naniis tuas, Domine, commendo spiritum meum, y
concluidas espiró; quedando su rostro santo muy agra-
dable á la vista, y en una postura grave todo el cuer-
po, con la cual se daba bien á entender haber sido el
verdadero caudillo de aquella celestial milicia. Así fue-
ron inmolados sucesivamente los restantes, pasando á
recibir allá en el cielo la gloriosa palma del martirio.
El Sr. Obispo fué á verlos, y con lágrimas de tierna
devoción los elogió como verdaderos mártires. Los
cuerpos, á pesar de las medidas que preventivamente
se tomaron, fueron presa de los fieles, que todos de-
seaban tener alguna parte de sus preciosas reliquias.
— 4^1 —
Los españoles, que, como parte, después los reclama-
ron, sólo pudieron lograr algunos pequeños fragmen-
tos, que metidos después en una caja hubieron de per-
derse por desgracia. El cielo no tardó en mostrarse pro-
picio á su memoria, obrando por su intercesión muchos
prodigios, que probados jurídicamente en la Congre-
gación de Ritos, movieron á la santidad de Urbano VIII
á beatificar solemnemente á los veinte y seis atletas,
que pudiéramos llamar los proto-mártires del imperio
del Japón.
CAPITULO 11.
Nueva persecución contra la religión cristiana en el Japón. — Llegan á Nan-
gasaqui otros dos PP. Franciscanos. — Llega al Japón otro obispo. — Mue-
re Taycosama. — Jeyaso, rey del Kuanto, nombrado regente del imperio,
se hace cargo de su gobierno y toma el nombre de Dayfusama. — Se de-
clara en favor de los PP. misioneros. — Entrada de nuestros religiosos en
Satzuma, y son tratados honoríficamente por su Tono. — Dan principio á
su misión. — Edifican una iglesia en Cojiqui y otra en Ouiodomari. — Con-
\^ersion y martirio de un caballero llamado León. — Misión en Camboja.
— Su rey hace un magnífico recibimiento á nuestros religiosos. — Caso raro
y conversión de un japón en aquel reino. — Mueren dos PP. misioneros, y
el tercero se vuelve desconsolado á Manila. — Se sublevan los chinos en
esta capital. — Matan á D. Luis Pérez Dasmariñas, con otros espaííoles. —
Se libra la plaza, y los chinos se retiran. — Son perseguidos y exterminados.
— El Gobernador envia una comisión al Virey de Fo-Kien para que per-
mita que los chinos vengan á Manila, como antes.
25. Sin embargo de que los PP. portugueses fueron
excluidos de la sentencia de muerte que Taycosama ha-
bia pronunciado contra todos los misioneros del Japón,
bu permanencia, no obstante, era muy precaria en el
imperio, y aun se agravó su posición poco después por
un hecho ruidoso que aconteció sin culpa suya. Un so-
— 4^2
brino del Emperador, descoso de ascender á una digni-
dad que no le correspondía, llegó á inspirar celos á su
anciano y cruel tio con sus imprudentes pretensiones,
y de resultas fué condenado á pena capital. Con este
motivo, sospechando el tirano que los PP. portugueses
hablan tenido alguna intervención en las pretensiones
del sobrino, expidió un nuevo decreto de expulsión con-
tra aquellos misioneros, permitiendo solamente que se
quedasen tres ó cuatro en Nangasaqui, para el cuidado
de los portugueses que tenian comercio en este puerto,
pero con prohibición estrecha de comunicar con los
gentiles en puntos de religión. Esta nueva persecución
causó incalculables perjuicios á la iglesia del imperio,
porque, temerosos muchos Tonos de caer en desgracia
del Emperador, tomaron un vivo interés por la obser-
vancia del tiránico decreto. Habiéndose divulgado en
la comarca de Ximo que el Emperador debia de tras-
ladarse á Nangasaqui para continuar la guerra que ha-
bla declarado á Corea, fueron derribadas todas las igle-
sias. En los reinos de Arima, Omura y Firando fue-
ron destruidas ciento y treinta iglesias y capillas, sal-
vándose tan sólo la de Amacusa, por respetos á Don
Agustín, que gobernaba en el distrito. En vista del ri-
gor con que se ejecutaba el decreto imperial, salieron
once PP. Jesuítas para el puerto de Macao.
26. Antes de llegar la noticia de estos sucesos á Ma-
nila, enviaron los PP. Franciscanos dos nuevos misio-
neros al Japón, con el fin de proseguir las tareas apos-
tólicas, que sus santos hermanos habían tan felizmente
comenzado. Su llegada á Nangasaqui , que no tardó en
publicarse, aconteció cuando los PP. Jesuítas estaban
— 463 —
en su mayor conflicto con motivo del nuevo decreto
imperial. El P. Fr. Jerónimo de Jesús, uno de ellos,
desembarcado con la mayor cautela, logró burlar la vi-
gilancia de los perseguidores, ocultándose en las cerca-
nías de Meaco, en donde estaba cuando fueron presos
los primeros; mas su compaíiero fué encarcelado, y lue-
go se reembarcó para Manila. Los gobernadores de
aquel puerto practicaron entre tanto las más activas di-
ligencias para prender al P. Fr. Jerónimo; pero todo
fué en vano, porque el Señor lo conservaba para el bien
de la Iglesia, perseguida en aquel imperio.
27. Poco después llegó también á Nangasaqui el
limo. Sr. D. Luis de Sequeira, sucesor del limo. Mar-
tínez, que habia muerto en el viaje huyendo de la per-
secución. Sus ideas, como buen portugués, no fueron
menos estrictas que las de su antecesor por la rigoro-
sa observancia del famoso breve, ya citado, de Grego-
rio Xin. A su llegada no se descuidó en publicar que
la misión de los PP. Franciscanos era errada, sin con-
siderar que los misioneros portugueses estaban tan em-
barazados como los de la Orden seráfica para propagar
la religión que todos deseaban mantener. Habia veni-
do revestido con la calidad de embajador de Portugal,
y como tal se presentó en la corte de Meaco; pero ya
no pudo desempeñar su elevada comisión por hallarse
Taycosama á la sazón enfermo gravemente.
28. Era ya llegada la tremenda hora, en la que este
monarca poderoso habia de pagar el tributo impuesto
á todos los mortales. Educado en los errores de la ido-
latría, y acostumbrado á verter sin compasión la san-
gre de los cristianos, estaba sumergido en una fria in-
— 464 —
diferencia, sin mostrar remordimientos de sus cruelda-
des é injusticias. Como reprobo y carnal, sólo le mor-
tificaba la memoria de la suerte que habia de caber al
imperio y á su hijo, que dejaba en la menor edad, sin
acordarse un momento del fin desgraciado de su per-
versa vida. Persuadido de la gravedad de su dolencia,
trato de asegurar lo que por sí ya no podia conservar.
A este fin llamó á Jeyaso, rey de Kuanto, el más po-
deroso de los Tonos de Japón, que le habia prestado
servicios muy importantes para pacificar y sujetar á los
señores de su imperio, y cuya decisión á su favor le ha-
bia merecido la posesión de ocho reinos, sin el suyo.
Era, pues, muy natural que Taycosama se acordase en
esta ocasión de este favorito para confiarle el cuidado
de su amada prenda y las riendas del imperio durante
su menor edad. Puesto Jeyaso en su presencia con otros
Tonos y señores, le dirigió la palabra, y le dijo: que ya
no dudaba de su cercana muerte; pero que no sentia
tanto el morir, como el dejar á su amado hijo en una
edad tan tierna, incapaz de gobernar su vasto imperio :
que habiendo meditado acerca del sujeto en quien po-
dria depositar su confianza, habia puesto los ojos en él,
y no dudaba de su fidelidad que en llegando su hijo á
la mayor edad, lo pondria en posesión de la herencia
que le dejada. Para tener Taycosama más obligado al
favorito, añadió: que supuesto tenía una nieta, nacida
de su legítimo heredero, deseaba enlazar con ella á su
hijo; pues así sería la alianza más segura y su muerte
menos sensible y aflictiva. Oyó Jeyaso con asombro el
discurso del moribundo Emperador; accedió gustoso á
cuanto le propuso, y disponiendo le trajesen ala nieta.
— 465 —
se celebró desde luego el desposorio, con la fiesta que
las tristes circunstancias permitían. Después fueron los
desposados trasladados á la fortaleza de Osaca, en don-
de Taycosama habia hecho ensanchar sus muros y cons-
truir algunos suntuosos edificios para la seguridad y re-
galo de su hijo, durante su menor edad; y si bien que-
dó algo tranquilizado, creyendo que así se perpetuarla
en su familia el imperio que habia levantado con su
valor, se retiró, no obstante, á lo interior de su pala-
cio, meditando acerca de la suerte que luego le habia
de caber. Algunos cortesanos, que le eran más afectos,
le comunicaron la llegada del Embajador de Goa, ase-
gurándole que le traia regalos de mucha importancia,
persuadidos de que le sería grata esta noticia. Mas él la
recibió con la mayor indiferencia, y sólo permitió que
entrase á visitarle el P. Juan Ruiz, intérprete del Ilus-
trísimo Sequeira, con quien tuvo una ligera conferencia.
Se dijo que este sacerdote trató de aprovechar aquel
momento precioso en beneficio de su alma; pero sus pa-
labras no produjeron efecto alguno en el corazón del que
habia perseguido con tanta crueldad á los ministros del
Señor. Murió, pues, en su reprobación, con la mancha
de cruel, por la mucha sangre que habia derramado, y
con la infamia de tirano, por las víctimas que habia sa-
crificado en odio de la verdadera religión.
29. Por su muerte se hizo cargo de las riendas del
gobierno su regente Jeyaso, quien tomó el nombre de
Dayfusama; esto es, gobernador ó gran jefe de la re-
gencia. Desde luego se vio en la necesidad de reprimir
las pretensiones de algunos Tonos y señores, que trata-
ban de sacudir el yugo que les habia impuesto Tayco-
30.
— 466 —
sama, v recobrar su antigua independencia; mas el Re-
gente los contuvo, y logró asegurar el absoluto señorío
que le confiara el difunto. Mas no se limitó á esto su
intención. Desvanecido al encontrarse en la cumbre
del poder, se declara soberano del imperio, haciendo
traición á la confianza que en él depositara su más de-
cidido bienhechor. Sus miras y su conducta acerca de
la religión de Jesucristo fueron al principio más pro-
picias que las de su antecesor. El interés y la propia
conveniencia le hicieron cambiar por el pronto el sis-
tema de política que habia planteado Taycosama, y en
vez de perseguir á los PP. misioneros, se declaró abier-
tamente en su favor. No tuvo por conveniente á sus
estados el monopolio mercantil que los portugueses
ejercían en la ciudad de Nangasaqui, y creyó que les
debia oponer á los españoles de Manila, con los cuales
los japones ya mucho antes contrataban en esta misma
capital. Noticioso de que se hallaba escondido en las
partes de Meaco el P. Fr. Jerónimo de Jesús, hizo
diligencias á fin de que se le presentase, ofreciéndole
un salvo-conducto á este propósito. El P. misionero,
convencido de la buena fe con que procedía el Regen-
te, se puso en sus manos desde luego, y se entabló en-
tre los dos una correspondencia amistosa desde enton-
ces. Las primeras pretensiones del Regente fueron que
el P. misionero procurase atraer el comercio de las is-
las Filipinas á sus puertos, y á este fin envió poco des-
pués una embajada al Gobernador supremo de Manila.
El P. Fr. Jerónimo se aprovechó de esta bella ocasión
para procurar la libertad á la iglesia del imperio, y
abrir su puerta á las corporaciones religiosas de Ma-
— 467 —
nila, en atención á ser muy vasto el campo en donde
todas ellas podían trabajar con desahogo en la propa-
gación del Evangelio. Con su gran prudencia y exqui-
sitas diligencias, consiguió, en efecto, lo que deseaba,
y desde entonces principió en las islas de Japón una
nueva época de gloria para la religión de Jesucristo,
cual no se habia visto en el Imperio desde los tiempos
de San Francisco Javier. Obtuvo sin dificultad un per-
miso para fabricar una iglesia en Yedo, metrópoli de
Kuanto, que tituló de Nuestra Sra. del Rosario, y los
cristianos volvieron otra vez á ejercer públicamente su
culto y sus actos religiosos. Hasta los PP. Jesuitas,
proscritos hasta entonces aparecieron con sus trajes, sa-
liendo de la oscuridad para continuar sus tareas apos-
tólicas á la sombra de la libertad, que les alcanzó, como
era justo, un religioso Franciscano.
30. Tal era el estado de la iglesia del Japón cuando
nuestros religiosos de la provincia del Santísimo Rosa-
rio entraron en el reino de Satzuma, llamados por su
Tono. Los japones convertidos, á pesar de los esfuerzos
del tirano Taycosama, nunca dejaron de profesar la
religión de Jesucristo, ni por esto interrumpieron su
comercio con las islas Filipinas. Mas éste fué luego
más activo, con la libertad que les otorgaba Dayfusa-
ma. Estas mismas relaciones, y el prestigio de que go-
zaba en la corte el citado misionero Fr. Jerónimo de
Jesús, movieron á varios señores del imperio á pedir
que los religiosos de Manila pasasen á sus reinos á pre-
dicar la religión de Jesucristo; aunque no era, cierta-
mente, el celo de la gloria de Dios lo que principal-
mente les movia, sino el interés que esperaban de su
— 468 —
trato. Ellos creían atraer con su influjo el comercio de
los españoles á sus puertos, como lo habían hecho en
Nangasaquí los PP. Jesuítas respecto de los comer-
ciantes portugueses. Entre los buques de japones que
en 1 6o I llegaron á Manila, habia algunos del reino
de Satzuma, y entre sus mercaderes habia también va-
ríos cristianos, que admiraban altamente el esplendor
y la magnificencia del culto que se tributaba al verda-
dero Dios en los templos de esta capital. Con este mo-
tivo solían frecuentar las iglesias de las corporaciones
religiosas, y no tardaron en aficionarse á las mismas,
ora por la vida santa que sus individuos observaban,
ora por el afecto con que los recibían en todas partes.
Uno de ellos, llamado Juan Sandayas, que frecuenta-
ba nuestra iglesia, llamó la atención del P. Fr. Fran-
cisco de Morales (i), que á la sazón era prior del con-
vento por su gran modestia y devoción en los actos
religiosos. Un día le llamó dicho prior y le preguntó
si sería posible que los religiosos de su Orden fuesen
también á su país para predicar en el imperio la reli-
gión de Jesucristo. El neófito japón, que no deseaba
otra cosa, le contestó afirmativamente, y aun añadió
que él se ofrecía á conducirlos, si se determinaban á ir,
al tiempo de su regreso. Ya daba por concluido este
negocio, según los deseos que le habia manifestado el
Prior; de suerte que, al despedirse del convento, fué
á verse inmediatamente con el capitán del buque y
contrató el pasaje de los PP. misioneros que se desig-
nasen al efecto. Finalmente volvió á verse con el men-
(i) Está ya beatificado como mártir.
— 4^9 —
Clonado superior, asegurándole que el Tono, su señor,
tendría mucho gusto en verlos en su reino. El Prior
llevó entonces á los japones á la presencia del Provin-
cial, y allí reiteraron sus ofrecimientos y promesas; pero
la escasez de religiosos que á la sazón padecía la Pro-
vincia, no permitió que se realizasen por entonces los
deseos de aquel celoso misionero. El Provincial, no
obstante, practicó algunas diligencias al intento, y dis-
puso las cosas de tal suerte, que á su tiempo se pudiese
establecer una misión de religiosos de la Orden en Sat-
zuma. A este fin escribió una carta muy atenta á su
Tono, dejando muy alegres y esperanzados á aquellos
¡apones fervorosos, que no dudaban tener en su país
algunos religiosos Dominicos.
31. El año siguiente de 1602 llegó á Manila la em-
bajada de Dayfusama, de que se ha hecho mención
anteriormente, en virtud de lo acordado entre éste y
el P. Fr. Jerónimo de Jesús. El mensaje fué bien re-
cibido y despachado por el gobierno de Manila. En-
tonces llegaron también á esta capital algunas cartas de
ciertos señores de Japón , pidiendo misioneros con ins-
tancia, y en su vista se trató seriamente del asunto. La
provincia del Santísimo Nombre de Jesús envió des-
de luego á los PP. Fr. Pedro de Guevara y Fr. Esta-
cio Ortiz, los cuales salieron de Manila el dia 25 de
Junio del mismo año, y llegaron en 12 de Agosto al
puerto de Firando. La provincia del Santísimo Rosario
también se decidió á enviar al imperio del Japón al-
gunos misioneros, pues ademas de los motivos gene-
rales que animaban á las demás corporaciones, habia
recibido ya una carta del Tono de Satzuma, que esta-
— 470 —
ba concebida en estos términos: «El maestre de campo
del reino de Satzuma, Tin-Tionguen, con diligencia
y vigilancia escribió á los PP. de Santo Domingo del
reino de Luzon respetuosamente. El año pasado fué
un navio de mercancía de mi reino á ese reino precioso,
y los que iban en él rogaron á los padres que viniesen
con ellos á jsste mi reino , y no tuvo efecto. Yo he oido
que tratáis muy bien á los que van ahí de este mi rei-
no, y se les ha dicho á los que viven en él para que
lo sepan. Yo os estoy esperando con gran contento;
venid en todo caso luego, y no faltéis á mi deseo. Rué-
goos no olvidéis esta mi carta: el sexto ario del Key-
cho, á 22 del mes nono.» Con esta invitación los pa-
dres trataron seriamente de un negocio de tanta im-
portancia, y en el capítulo intermedio, celebrado en 27
de Abril de 1602, se designaron cuatro sacerdotes y
un lego, todos religiosos de gran virtud y celo, para
dar principio á la misión dominicana en las populosas
islas del Japón, como queda ya indicado al fin del li-
bro anterior, núm. 145.
32. El i.° de Junio del mismo año, dia en que ce-
lebraba la Iglesia la fiesta de la Santísima Trinidad, se
hicieron á la vela felizmente para el imperio del Ja-
pon , desnudos en un todo y para siempre de los bie-
nes de la tierra, y puestas sus esperanzas en la divina
Providencia. Ni siquiera quisieron llevar consigo las
limosnas que los fieles les hablan dado para sus nece-
sidades; pues las entregaron á León Quizayemon, su
conductor, con encargo de que en llegando á su país
las distribuyese entre los pobres. Lo que más aprecia-
ban era una hermosa imagen de Ntra. Sra. del Rosario,
— 471 —
de cara y manos de marfil, que les había regalado el
devoto caballero D. Luis Pérez Dasmariñas, para que
una tan amada y poderosa compañera los consolase v
protegiese en las tribulaciones tan frecuentes que sue-
len padecer los ministros evangélicos en las nuevas
conversiones. Al dejar las Filipinas, tuvieron algunas
calmas, que les retardaron la llegada; mas al fin vencie-
ron la corta travesía del mar de China, y aportaron
el 3 de Julio á la isla de Cojiqui, según las instruc-
ciones que habia dado á los conductores el Tono de
Satzuma, con el fin de disponerles el honroso reci-
bimiento que habia tratado de hacerles en su corte. A
su llegada, fueron hospedados en el mejor edificio del
puerto, que era una pagoda, confiada al cuidado de un
bonzo, el cual, apenas vio á los ministros del verda-
dero Dios, recogió sus ídolos y los llevó á otra parte.
Entonces nuestros misioneros bendijeron y purificaron
este templo y lo dedicaron al Señor, erigiendo desde
luego un altar á la Reina de los cielos, en el cual co-
locaron su sagrada imagen del Rosario. En vista de un
hecho tan extraordinario, no pudieron menos de re-
cordar las antiguas maravillas del Dios de Israel; pues
así como Dagon no pudo subsistir delante del Arca
santa, tampoco los falsos dioses de Japón pudieron
permanecer ante la imagen que representaba fielmente
la verdadera Arca del Verbo encarnado. Quince dias
estuvieron allí nuestros venerables misioneros, en los
cuales se preparaban para combatir la idolatría v pro-
pagar la verdadera religión, en tanto que esperaban las
órdenes del Tono en dicho punto.
Llegaron por fin el dia i8 dos nobles, enviados por
— 47'2 —
aquella autoridad á nuestros misioneros, á quienes sa-
ludaron respetuosamente y felicitaron en su nombre.
Luego les entregaron algunas cosas de regalo, según
costumbre del país, y en seguida los condujeron á la
corte. El viaje debia de durar cuatro dias á lo menos,
y al efecto les tenian caballos preparados en la costa,
los que rehusaron con modestia los PP. misioneros, por
creer más conforme á su pobreza caminar á pié con su
humilde traje y apostura, que montados, al estilo de los
nobles, en caballos ricamente enjaezados.
En la corte fueron hospedados en una casa que se les
habia preparado de antemano, y a los dos dias fué á vi-
sitarlos el mismo Tono en persona, mostrándoles estar
muy satisfecho de su llegada. Luego los convidó á un
banquete, que, sin embargo de haber sido uno de los
más extraordinarios que daba aquel magnate, más sir-
vió de molestia que de regalo á nuestros mortificados
misioneros. En una magnífica sala habia preparadas sie-
te mesas, todas ellas bien provistas de manjares y ador-
nadas con primor al estilo del país. La comida se prin-
cipió al mediodia, y no se terminó hasta la noche. Los
japones llaman á esta clase de banquetes Xichigoson,
que sólo se suelen dar á los señores de mucha distin-
ción; pero ni las viandas estaban guisadas al gusto de
los PP. misioneros, ni podian avenirse con las raras é
importunas ceremonias que los convidados les hacian.
Terminóse la comida con la música, y luego el Tono
y los demás señores se entretuvieron en hacerles varias
preguntas acerca de los usos y costumbres españolas.
Uno de ellos, admirado de su vida mortificada y peni-
tente les preguntó, por qué vivian de aquella suerte.
— 473 —
estando tan apartados de las ocasiones y libres de los vi-
cios de los demás hombres. Y como entendiese que su
fin era asegurar por este medio la salvación eterna, aña-
dió que él sabía otro muy fácil y seguro para alcan-
zarla, cual era invocar al dios Amida, uno de los más
famosos de Japón , de quien se asegura que vivió mu-
chos años haciendo penitencias asperísimas por los pe-
cados que los hombres cometiesen. Escucharon nues-
tros religiosos la respuesta, y contestando á ella con
modestia, dijeron que era opuesto á la sana razón ha-
cer uno penitencias para que los demás vivan en la di-
solución. El Tono, ora por convicción, ora por cum-
plimiento, que es lo más probable, se decidió por la
sentencia de los PP. misioneros, y con esto se terminó
la conferencia. El secretario de Estado, primer minis-
tro de Satzuma, quiso también tener el gusto de con-
vidar á nuestros religiosos, y su banquete, aunque no fué
de tanto lujo como el anterior, fué, sin embargo, más
acomodado á su fin; porque presentó buenos pescados,
que era lo que ellos más apetecían, por ser su comida
propia, sin las enfadosas ceremonias del primero. Des-
pués, á insinuación del mismo Tono, fueron á visitar á
su hermano en la ciudad de Tumanguchi, en donde fue-
ron también obsequiados con un espléndido banquete y
otros honores distinguidos.
33. Lo que más llamaba la atención de los japones
era la serenidad que los religiosos conservaban en me-
dio de los señores principales, sin haberles nunca vis-
to, y de aquí deducían que debia de residir en ellos
cierta superioridad, que no comprendían. El traje reli-
gioso los tenía muy edificados, así como la comida or-
— 474 —
diñarla de pescado. La casa en donde fueron hospeda-
dos convirtióse en un convento, en donde observaban
la vida regular con el mayor rigor. Rezaban el oficio
divino á sus horas; se levantaban á media noche para
los maitines; tenian algunas horas de oración mental,
y colocada la imagen sagrada de la Virgen en su altar,
le cantaban la Salve diariamente y la obsequiaban con
otras alabanzas, sin omitir el santo sacrificio de la misa.
La hermosura y majestad de aquella preciosa imagen
llamó la atención de los- señores que visitaban á nues-
tros religiosos, y á su vista, sin conocerla, la adoraban,
preguntando muchos por su nombre con respeto. Los
religiosos procuraban enseñar la salutación angélica á
los que más frecuentaban las visitas, y de esta suerte
los iban preparando para recibir la luz brillante de la
fe. En esta misma casa tuvieron el consuelo de recoger
las primicias de su celo; pues admirados los dueños de
su santa vida, y prendados de la doctrina que predica-
ban, quisieron abrazarla desde luego, y después fueron
reengendrados con el santo sacramento del bautismo.
Quemaron desde luego cuantos ídolos tenian; perse-
veraron fervorosos en la vida cristiana, y tuvieron un
dichoso fin en recompensa de sus merecimientos y ser-
vicios. Después de estas felices conversiones, aconteció
una desgracia, cuyo resultado fué muy satisfactorio
para nuestros religiosos. Un verno del Tono habla tra-
tado de apoderarse de su reino, quitándole la vida; pero
no pudo la conspiración ser tan secreta que no llegase
á traslucirse. Noticioso el Tono de los intentos de su
yerno, y deseoso de evitar una guerra civil, se valió de
una estratagema para burlar su intentona. A este fin, le
— 475 —
convidó á una diversión de caza, le condujo á un sitio
en donde le tenía preparada una emboscada, y allí per-
dió la vida á manos de asesinos. Pero la victoria del
Tono no pudo conseguirse sin que le costase mucha
sangre, porque los amigos del engañado yerno se de-
fendieron con valor, y en la refriega quedó herido, en-
tre otros, un caballero de la comitiva de aquel régulo.
Cuando trataron de llevarlo á su casa para curarle las
heridas, quiso que fuese conducido á la morada de nues-
tros religiosos, y con este motivo, después de haberse
restablecido de la herida, se instruyó en la doctrina de
la fe, y sin embargo de una ley vigente en Satzuma,
que habia publicado Taycosama, prohibiendo á los no-
bles, bajo pena de la vida, hacerse cristianos, recibió á
su tiempo el santo sacramento del bautismo.
Acabados los primeros cumplimientos de estilo en el
país, trataron nuestros religiosos de dar principio al mi-
nisterio apostólico, y para prevenir los inconvenientes
que luego podrían ofrecerse, pidieron el permiso com-
petente al que hasta entonces se les habia mostrado
tan afecto y complaciente. Mas en esta parte anduvo
más despacio de lo que nuestros celosos misioneros de-
seaban. Era este Tono muy adicto al culto de los ídolos,
y los bonzos, con la preponderancia que tenian sobre él,
entorpecían la marcha del negocio. Por otra parte, no
le parecía decoroso desairar á unos religiosos que él mis-
mo habia llamado á su país, y á quienes acababa de
prestar obsequios distinguidos. Tres meses los tuvo en
la espectativa, sin concederles ni negarles la licencia ya
pedida, atajado siempre en sus deseos por la oposición
de los bonzos, á quienes no queria disgustar. Esta de-
— 476 —
mora hizo perder á nuestros misioneros las esperanzas
de obtener la autorización que deseaban, y en su con-
secuencia se decidieron á pedirle que siquiera les per-
mitiese levantar una casa é iglesia en la isla de Cojiqui,
en donde hablan desembarcado á su llegada. En esto no
tuvo el Tono la menor dificultad; pues creia que de esta
suerte quedaba bien con los bonzos y con los reli-
giosos.
34. Con este requisito salieron nuestros misioneros
de la corte de Satzuma y se dirigieron á Cojiqui, acom-
paiíados del mismo capitán que los habia traido de Ma-
nila. A su llegada levantaron una casa y capilla para dar
principio al ministerio apostólico; mas estos edificios,
que sólo costaron ocho pesos, apenas les servían para
librarlos de las inclemencias del tiempo; pues las llu-
vias, nieves y vientos entraban por sus rendijas como
en campo descubierto. Aquí pasaron, sin embargo, tres
inviernos rigorosos, sin que la comida miserable con
que se alimentaban fuese capaz de desalentarlos en su
empresa. Todo su alimento se reduela á un poco de ar-
roz sin condimento, y unos rábanos silvestres de gran-
des hojas y de poca raíz, que el hermano recogía en
los inmediatos campos. A veces les daban los vecinos,
de limosna, algunos pescadillos, que para ellos eran un
regalo exquisito en su penuria. Esta vida tan pobre y
penitente, que no pudo ocultarse al Tono de Satzuma,
llenaba de admiración á los japones, y el mismo Tono
no pudo menos de pensar más seriamente sobre esto y
en proporcionarles algún alivio en su escasez. Llamó-
los, pues, un dia, y les dijo que estaba determinado á
remediar la necesidad que padecían en Cojiqui, y que
— 477 —
para ello les concedía las rentas de un pueblo. Mas
aquellos pobres misioneros, que no hablan ido á Japón
en busca de comodidades ni de riquezas, le agradecie-
ron la merced, y le dijeron que, como pobres, no podian
poseer, ni la corporación á que pertenecían les permi-
tía la propiedad. Añadieron, sin embargo, que si su al-
teza tenía por bien darles alguna vez limosnas, las re-
cibirían con acción de gracias. Con esto quedó el Tono
más edificado y satisfecho de nuestros religiosos, y des-
de luego les seríalo doce hombres para su servicio y el
de su iglesia, los que no rehusaron ciertamente, por-
que en realidad los necesitaban para cuando se viesen
precisados á pasar á tierra firme. Tres años estuvieron
en la miserable isla de Cojiqui, sin haber hecho gran-
des adelantos en la propagación del Evangelio. Esta
consideración poco halagüeña; las fi-ecuentes travesías
que habían de hacer por un brazo de mar de siete le-
guas, que no siempre estaba en bonanza; el tosco idio-
ma que hablaban aquellos rudos isleños, y la necesidad
de las cosas más precisas para la vida, los decidieron á
pedir al Tono, por segunda vez, una licencia para esta-
blecerse en tierra firme. Éste, que ya estaba prendado
de nuestros misioneros, se compadeció al fin de sus tra-
bajos y de su situación desventajosa. Comprendió que
nada podriín adelantar entre aquellos idiotas degrada-
dos, y en su vista les otorgó lo que pedían, concedién-
doles, en efecto, el permiso competente para levantar
una casa é iglesia en la ciudad de Quiodomarí, adon-
de trasladaron desde luego sus pobres muebles y la pre-
ciosa imagen de Nuestra Señora del Rosario.
35. Era Quiodomarí uno de los sitios más bellos y
— 47^ —
pintorescos del reino de Satzuma. Situado en la orilla
de la mar, ofrecía á la vista una agradable perspectiva.
Disfrutaba de un temperamento saludable, y sus ali-
mentos eran buenos y abundantes. El lugar que el
Tono designó para las fábricas de convento é iglesia
era ciertamente muy ameno, pero su vecindad tan
mala y tan molesta, que para evitarla pudieran los
PP. misioneros abandonar gustosamente las demás
ventajas de aquel sitio. En frente de su iglesia habia
un templo de ídolos, y otro ademas á su lado, cuyos
bonzos, con sus cantos y gestos extravagantes, inter-
rumpían con frecuencia la tranquilidad y el sosiego de
que necesitaban los cristianos para sus actos religiosos.
El venerable P. Fr. Jacinto Orfanell (i), testigo ocu-
lar de estos hechos, hablando en un manuscrito de
estos bonzos, dice, entre otras cosas, lo siguiente : «Uno
de ellos siempre rezaba muy alto y con un tonillo
bien molesto; porque aullaba al modo de un perro
cuando ladra y está algo enfadado, levantando y ba-
jando la voz más ó menos, según los gestos y cere-
monias que hacia delante del ídolo. Era aquél un es-
pectáculo que más parecia una burla que otra cosa;
porque siempre que rezaba estaba haciendo inclinacio-
nes y jugando de manos, haciendo mil figuras y visa-
jes, todos tan á propósito para mover á risa, que para
no provocar yo al lector, los dejo de poner aquí. Este
bonzo que digo, era tan puntual en levantarse á me-
dia noche á rezar sus maitines al diablo, que bien po-
(i) Hoy mártir beatificado.
— 479 —
cas veces le ganaban los padres por la mano; antes
muchas les dispertaba la campana del bonzo.»
La iglesia de Quiodomari se dedicó á nuestro santo
Patriarca, según la disposición de los PP. definidores
del capítulo citado de 1602, en que se designaron los
primeros religiosos de la Orden para predicar el santo
Evangelio en los reinos del Japón. Se cantó en ella la
primera misa el dia 2 de Julio de 1606, cuatro años
después de su llegada. La casa religiosa, ó convento, de
esta ciudad era el centro de las tareas apostólicas de
nuestros misioneros; pues de él sallan para predicar la
palabra de salud en los pueblos y comarcas inmediatas.
Con su ardiente celo, y ejemplos de una vida verda-
deramente apostólica, no tardaron en reducir á la grey
de Jesucristo un considerable número de fieles, y fun-
dar una iglesia respetable de miembros vivos del Se-
ñor. Sin embargo, era preciso que esta nueva iglesia
fuese acrisolada con el fuego de la tribulación y del
dolor, para su mayor corona. En efecto, envidioso el
infierno de las conquistas gloriosas de aquellos santos
misioneros, les declaró la guerra más atroz, para sos-
tenerse en un país en donde siempre habia dominado
á su placer. A este fin movió al mismo Tono, que tan
afecto se habia mostrado hasta entonces á los que él
mismo llamara de Manila, para expelerlos de su reino,
con cuantos cristianos se negasen á dejar la divina reli-
gión que ya hablan abrazado.
36. Aunque Dayfusama, á instancias del P. Fr. Je-
ró¡:imo de Jesús, habia permitido que los cristianos
del Japón pudiesen libremente profesar la ley de Je-
sucristo, los Tonos ó señores, poco afectos á la misma,
— 48o —
sostenían, sin embargo, con rigor la disposición de
Taycosama, que prohibia á los nobles, bajo pena de la
vida, la recepción del santo sacramento del bautismo;
prjhibicion que era sostenida con preocupaciones y
mentiras por la influencia de los bonzos. En las con-
versaciones que estos fanáticos tenian con el Tono de
Satzuma, le aseguraban que los partidos en donde los
cristianos abundaban, habian sido desgraciados en to-
das sus empresas y colisiones políticas. Para compro-
bar su dicho, le traian á la memoria los contratiempos
de D. Agustin Isunotami, hombre muy honrado y
poderoso, que habia sido vencido con sus vasallos por
el Emperador, en pena, decian, de haberse hecho cris-
tiano. Por la misma causa, proseguian, habia sido ven-
cido y muerto D. Francisco, rey de Bongo; puesto que
tenía indignados contra sí, por tal motivo, á los dioses
del imperio. Que el reino de Satzuma, por el contra-
rio, siempre se habia conservado poderoso, á pesar de
haber tenido tantas guerras, porque los tenía propicios
con sus obras, particularmente á Fagiman, que entre
los japones es tenido como el Marte de los griegos y
romanos. Estas precauciones, que los bonzos procura-
ban fomentar entre los Tonos, tenian obcecado á este
régulo, y eran el motivo principal, á no dudarlo, de
haber mantenido en todo su vigor aquella cruel dispo-
sición de Taycosama.
37. La primera víctima que fué sacrificaila en Sat-
zuma, en odio de la verdadera religión, fué un noble
militar, llamado Xichiemon, quien, admirado altamente
de la vida ejemplar de nuestros misioneros y de la su-
blimidad de su doctrina, trató de informarse detenida-
— 4^1 —
mente de sus misterios y preceptos, para ver lo que
debia hacer en un asunto de tanta importancia. Suje-
tóse como un niño á la instrucción del catecismo, se
impuso con el mayor cuidado en su doctrina, y de vez
en cuando solia poner sus objeciones contra lo que no
podia entender. Era de un entendimiento despejado, y
al mismo tiempo no le faltaba la docilidad convenien-
te para sujetarse á las razones con que los PP. misio-
neros daban solución á sus dificultades. Al fin, median-
te el auxilio de la gracia, abandonó el culto de los dio-
ses del país y pidió el santo sacramento del bautismo.
El P. Fr. Tomas de Zumárraga (i), que lo catequiza-
ba , noticioso de la ley que condenaba á pena capital á
los caballeros cristianos, le manifestó la gran dificultad
que se ofrecía para administrarle las aguas de salud;
pues debia tener bien entendido que, después de bau-
tizado, era preciso morir antes que abandonar nunca
esta enseña del cristiano. De otra suerte, fuera menos
mal para su alma quedarse en el estado de gentil, que
después de haber recibido el bautismo renunciar á la
fe de Jesucristo. Mas el fervoroso catecúmeno, con una
sonrisa agradable, le contestó de esta manera: «Yo,
padre mió, por lo que he oido, sé que hay salvación
para los hombres, y que ésta se alcanza por la religión
cristiana; y así le aseguro que nada será capaz de apar-
tarme de ella, aunque haya de perder la vida.» Con
una protesta tan sincera de su fidelidad y su constancia,
ya no dudó el P. misionero en administrarle el santo
sacramento que pedia; lo que verificó, con gran satis-
(i) Hoy ya está bcacilicado como mártir.
TOMO 1. 31.
— 4^2 —
facción de los cristianos, en la iglesia de Quiodomari,
imponiéndole el nomb-e de León. Un capitán que
custodiaba la fortaleza de Firaza supo poco después la
novedad, y le pareció que no debia dejarla pasar des-
apercibida y sin castigo. Al efecto llamó al neófito
León; lo reprendió ásperamente por el hecho; procuró
que abandonase la religión que habia abrazado, y por
último le dijo que no podria menos de proceder á
imponerle la pena de la ley si persistía tenaz en su
propósito. Mas el neófito, siempre más firme en la fe,
despreció las promesas y amenazas del capitán enojado,
y desde entonces fué disponiéndose para recibir la pal-
ma del martirio. Noticiosos sus parientes del suceso, se
apresuraron á persuadirle accediese á los deseos de aquel
jefe para librarles de la deshonra que, decian, iba á
resultarles por su muerte. Le representaron el desam-
paro en que su mujer é hijos quedarían en este mun-
do, y las esperanzas que toda la familia podía prome-
terse de su valor y su talento en la edad más hermosa
de la vida, si la empleaba en servicio de su Tono. Mas
él, correspondiendo á los auxilios de la gracia, se portó
con el valor y nobleza de León; pues se negó constan-
temente á las sugestiones de la carne y de la sangre, y
aun procuró convertir á los mismos que procuraban su
prevaricación y apostasía. A su mujer le dijo que si
de veras le amaba, no podria darle mejor prueba de su
amor que hacerse cristiana; pues sólo así podria que-
darle la esperanza cierta de unirse otra vez con él en
la patria de los hijos de Dios. Lo mismo dijo á su hijo
mayor, que ya tenía diez y seis años de edad, aconse-
jándole que se entregase en manos de los ministros de
- 483 -
la verdadera religión de Jesucristo, para recibir la fe,
por la cual daba él la vida muy gustoso. También des-
tinó otro hijo de siete años de edad al servicio de la
iglesia, con el fin de que pudiese recibir más fácilmen-
te el santo sacramento del bautismo. Arreglados de esta
suerte los asuntos de su casa, procuró tener una con-
ferencia con alguno de los PP. misioneros, para saber
lo que había de hacer á la hora del martirio. Afortu-
nadamente llegó poco después al pueblo inmediato á
Firaza el P. Fr. Jacinto Orfanell, y el venerable con-
fesor, que bajo palabra de honor andaba libre, fué á
visitarlo á su vivienda. El P. misionero lo exhortó elo-
cuentemente á sufrir con fortaleza la muerte por la fe
de Jesucristo, trayéndole á la memoria el ejemplo de
muchos valerosos mártires, que admiraron al mundo
con su heroico valor y constancia en los tormentos.
Después volvieron los parientes á tentarle, y redobla-
ron el combate para derribar á esta columna de la fe.
En esta ocasión apoyaron sus razones en la obediencia
que como militar debia á su jefe. Pero no adelantaron
en esta vez más que en la primera; porque el invicto
confesor de Jesucristo sabía hasta dónde llega la obe-
diencia que se debe á los hombres, la cual no debe ser
en perjuicio de la que debemos al Señor, que nos pro-
hibe estrechamente abandonar su santa religión. Los
tres dias de plazo que le concedió su jefe para delibe-
rar sobre su suerte, los empleó el venerable confesor
en prepararse y lograr los auxilios de la gracia para
merecer en el estadio la corona del martirio.
Llegó por fin el dia 17 de Noviembre de 1608, en
cuya madrugada, y mientras el P. misionero estaba ce-
— 484 -
labrando el santo sacrificio de la misa, para adminis-
trar al venerable el sacrosanto cuerpo del Señor, apa-
recieron en el lugar de su morada ocho soldados, en-
viados por el tirano capitán para cortarle la cabeza
por su orden. Sus primeras diligencias se dirigieron á
persuadirle que abandonara para siempre una religión
que le estaba prohibida; que mirase por su vida, por
su honor y su familia, y no persistiese terco en su re-
solución; pero nada pudieron conseguir con sus persua-
siones y consejos, porque el venerable confesor estaba
profundamente cimentado sobre la piedra de la fe y de
la religión que habia abrazado. Convencidos ya de la
inutilidad de sus palabras, se resolvieron á ejecutar la
orden que tenían de su jefe; y como se trataba con un
noble, le rogaron que él mismo se cortase la cabeza al
estilo del país. Mas á esto contestó el venerable que,
sin embargo de que no ignoraban su valor, no haria
en manera alguna lo que le aconsejaban; porque, si
bien mandaba la religión de Jesucristo anteponer la
muerte á la apostasía, prohibía rigurosamente el sui-
cidio. Tenía el venerable un vivo empeño en recibir
la sagrada Eucaristía, pero los soldados no quisieron
permitirle este consuelo. Le dieron, sin embargo, lu-
gar suficiente para disponerse y vestirse á su gusto. Pú-
sose el venerable un vestido blanco, se lavó la cara,
se ciñó dos catanas á la usanza del país, y anduvo por
sus pies hasta una encrucijada, en donde quiso recibir
la muerte en memoria del Salvador del mundo, por
cuya causa la sufria. Allí se arrodilló, se puso en una
mano el rosario y en la otra una estampa que tenía el
descendimiento de la cruz, orando en esta actitud una
— 485 —
media hora por lo menos. Al fin, recogiendo la ima-
gen, y envolviéndose el rosario en la muñeca, des-
pués de otro rato de oración, al decir que ya habia
terminado, de un solo golpe le separaron la cabeza de
los hombros. Así triunfó gloriosamente este neófito di-
choso, dejando á los PP. misioneros tristes por su pre-
matura muerte temporal, y alegres de su felicidad y
vida eterna. Era también un consuelo para ellos el ver
coronados sus trabajos apostólicos con este fruto pre-
cioso de su predicación y de su celo. El cuerpo del ve-
nerable fue enterrado y custodiado por los gentiles;
pero la piedad de los cristianos consiguió burlar su vi-
gilancia: á los pocos dias pudieron, en efecto, recoger-
lo, colocáronlo devotamente en una caja, y lo entre-
garon á nuestros religiosos, que después lo trasladaron
al convento de Ntro. P. Santo Domingo de Manila, y
allí fué depositado en el capítulo, en donde yacen los
restos de los religiosos de la Orden. Con las alternati-
vas de calmas y tormentas continuaron nuestros reli-
giosos sus misiones en Satzuma, Figen y Nangasaqui,
hasta la general persecución que levantó el mismo
Dayfusama, cuya conducta fué al fin todavía más cruel
que la de su antecesor. Mas para llevar de frente todos
los acontecimientos que deben ocupar un lugar en esta
historia, es preciso suspender por ahora la narración de
los sucesos pertenecientes á nuestras misiones del Ja-
pon, y retroceder un paso para variar la escena de los
hechos que nos incumbe referir.
38. Era por el año de 1603, cuando, después de ha-
ber principado nuestros religiosos sus misiones en Ja-
pon , se les ofreció otra jornada apostólica al reino de
— 486 —
Camboja, que no fué más feliz que las de 1596 y
1598. La pérdida de los venerables misioneros que en
ellas habia sufrido la Provincia, v las pocas esperanzas
que podia prometerse de la inconstancia de los cam-
bojas, pudieran haber desengañado ya bastantemente á
los padres que á la sazón tenían la dirección de los ne-
gocios; mas el celo por la propagación del Evangelio,
que era el primer móvil de aquellos apostólicos varo-
nes, y los deseos de no disgustar al gobierno de Ma-
nila, los decidió finalmente á enviar a otros religiosos
al expresado reino para promover su conversión.
No era ya el soberano de Camboja aquel rey que,
por el influjo de los portugueses y malayos, habia re-
cibido tan mal anteriormente la embajada de Mani-
la, que desempeñó el P. Fr. Juan Maldonado; aquel
inexperto joven habia sido despojado del reino y de la
vida por una insurrección malaya, y este país desgra-
ciado era tiranizado por esta pérfida raza, que al fin
agotó completamente la paciencia general de los cam-
bojas, y dio lugar á que éstos, capitaneados con va-
lor por algunos señores de prestigio, lograran sacu-
dir aquel yugo degradante, y colocar en el trono á un
sobrino del difunto. El reino, sin embargo, estaba di-
vidido ferozmente en facciones tumultuosas, y no era
fácil ni hacedero al nuevo soberano de Camboja el
conservar la pública tranquilidad de sus estados sin el
auxilio eficaz de algún aliado poderoso. Como todavía
era muy reciente la memoria de los servicios señalados
que los españoles habian hecho á sus predecesores en
el reino, le pareció que para consolidar su trono va-
cilante debia procurar á todo trance la amistad y alian-
— 487 —
zá deseada del gobierno de Manila. Para conseguir más
fácilmente el fin principal de sus gestiones, creyó con-
veniente el pedir con tal motivo algunos religiosos de
la Orden para predicar la religión de Jesucristo á sus
vasallos. Con este objeto y designios, envió una em-
bajada á Manila el año de 1603, gobernando las islas
Filipinas D. Pedro de Acuña. Era este caballero, co-
mo piadoso, muy propenso á favorecer en todo caso
las empresas religiosas; pues deseaba vivamente que el
nombre santo de Dios fuese adorado en todas partes,
y no podia, en tal concepto, negarse absolutamente al
doble fin de la embajada. Por su parte destinó algunos
soldados españoles, y al propio tiempo suplicó á nues-
tro P. Provincial que enviase misioneros de la Orden
para predicar el santo Evangelio en aquel reino; puesto
que ya tenian hechos tantos sacrificios á este fin, y lo
habian procurado eficazmente en todas las expedicio-
nes anteriores. No pudo negarse la Provincia á los de-
seos piadosos del Gobernador supremo de Manila, y
desde luego designó para el efecto á tres excelentes re-
ligiosos, que fueron los PP. Fr. Iñigo de Santa Ma-
ría, Fr. Jerónimo de Belén y Fr. Alonso Cuéllar de
Santa Catalina. Luego se hicieron á la vela con la tro-
pa en una buena fragatilla, que hizo felizmente el viaje
hasta el famoso Churdamue, después de haber costea-
do los reinos de Cochinchina y de Chiampa.
39. Noticioso el Rey de su llegada, les envió á los
dos dias su propio elefante y caballos para conducirlos
á la corte. Aquel celoso animal estaba ricamente ador-
nado con un sillón suntuoso de una grandeza real, y
en frente un bufete de respeto, con una caja dorada, en
— 488 —
donde debían colocarse los despachos que el Goberna-
dor de Filipinas le mandaba. Los religiosos, como mi-
sioneros apostólicos, rehusaron los caballos, y anduvie-
ron por sus pies las ocho leguas que hay de aquel puer-
to á la corte. También habia andado á pié este camino»
algunos años antes, el P. Fr. Diego Aduarte, en aque-
lla jornada peligrosa de que hase hecho mención en el
primer libro de esta Historia. Mas en esta ocasión, pa-
rece que se propuso el nuevo rey dar una satisfacción la
más completa á los enviados de Manila por los agra-
vios que otros españoles habían recibido anteriormente
de sus antecesores y vasallos. Desde el puerto los hizo
acompañar con un aparato verdaderamente regio por la
guardia Real hasta el palacio, en donde los recibió ves-
tido de seda encarnada y corona en la cabeza á manera
de tiara, acompañado de los grandes dignatarios. A la
entrada de los religiosos el Iley se sentó en un estrado
bajo, y los grandes lo hicieron en el suelo con las ma-
nos tendidas, que es la mayor señal de reverencia, se-
gún las usanzas del país. En seguida fué saludado de
los nuestros, y él les dijo que se sentasen en las gradas
de su trono. Entonces le entregaron los despachos y
le dieron la embajada con mucha gravedad. La prime-
ra pregunta que hizo á los padres fué, si debian que-
darse en su corte; y habiéndole contestado en sentido
afirmativo, mostró quedar muy satisfecho. Así se ter-
minó la primera audiencia, que envolvía graves com-
promisos de ambas partes. Después hacia llamar á los
religiosos con frecuencia á su palacio, los trataba con
mucho agrado, y solia hablarles de lo mucho que de-
bian los cambojas á los portugueses y españoles, que
— 489 —
los habían ayudado en sus guerras contra los enemigos
del Estado.
El afecto y familiaridad con que el Rey solia tratar
á nuestros religiosos excitaron grandes celos en los chi-
nos y malayos, que querian gobernarlo á su placer.
Para indisponerlo contra ellos le decian que los espa-
íioles no intentaban otra cosa que apoderarse de su rei-
no. Mas él jamas dio acogida á sus palabras seductoras:
cada dia fué formando más elevado concepto de aque-
llos ejemplares misioneros, y no cesó de protegerlos
hasta donde alcanzaba su poder. Esta conducta gene-
rosa del monarca estimulaba á los demás; los señores
más distinguidos de la corte procuraban imitarlo, y
hasta los bonzos principales tenian á mucha honra el
ser admitidos en su casa. No tuvo el Rey dificultad en
que levantasen una casa é iglesia á medida de su gusto,
cuyas obras se comenzaron con la decencia que las cir-
cunstancias permitían, aunque no se pudieron terminar,
desgraciadamente , por las guerras y alborotos que poco
después se suscitaron. En estos sucesos peligrosos mos-
tró el Rey mucho carácter, aprovechándose de los con-
sejos que le daban los españoles enviados de Manila,
habiendo triunfado así más de una vez de los pertur-
badores de la paz. Si en esta ocasión hubiera tenido en
su apoyo una buena compañía de soldados españoles,
hubiera consolidado, á no dudarlo, su trono mal segu-
ro; pero la mala condición de los auxiliares extranje-
ros que tenía á su lado comprometía á cada paso el
orden y tranquilidad de este desgraciado reino. Entre
los hombres de armas que solia enviarle el soberano de
Siam, había muchos malayos turbulentos, que siempre
- 49° —
promovían disturbios y disensiones, y eran precisamen-
te los que más se oponian al espíritu religioso de nues-
tros celosos misioneros. La religión, no obstante, hu-
biera prosperado con la decidida protección del sobe-
rano, si el país se hallara en un estado más pacífico y
en condiciones más estables.
40. Un lance sucedió, estando nuestros religiosos
en Camboja, que prueba la debilidad de aquel gobier-
no, agitado sin cesar por elementos encontrados. El
Rey de Cochinchina habia enviado á la corte á un chi-
no en calidad de embajador, y los japones que allí ha-
bia no dudaron en matarlo. Este chino era uno de los
asesinos del gobernador D. Pérez Gómez Dasmariñas,
el cual habia tomado después el oficio de pirata. En
una ocasión se habia apoderado de un buque de aque-
llos mismos japones que se hallaban en Camboja. Lue-
go que éstos lo reconocieron, trataron de vengar la
ofensa recibida; pero habiendo llegado á traslucirse su
intención, nuestros religiosos se apresuraron á impe-
dirlo. Poco después llegaron dos buques más de su na-
ción, y entonces ya no vacilaron en asesinar á cara des-
cubierta al antiguo pirata y á la sazón embajador, con
cuantos quisieron defenderlo. Estos desórdenes, que su-
cedían con frecuencia, sin que el Rey pudiese evitar-
los ni menos contenerlos, dieron lugar á que uno de
nuestros religiosos tuviese que venir á Manila para pe-
dir un auxilio respetable de soldados espaííoles, y al-
gunos otros compañeros de la Orden para dar un plan
más vasto á sus tareas apostólicas. Con este fin se em-
barcó para esta capital el P. Fr. Iñigo de Santa Ma-
ría; pero desgraciadamente murió de una enfermedad
— 49^ —
que le sobrevino en el viaje. Con él se malograron las
esperanzas que se tenian de la misión; porque faltando
quien agitase el negocio en Manila, no se envió el au-
xilio deseado al reino de Camboja. Murió también otro
de los religiosos que allí quedaban, y el tercero, al verse
solo, sin seguridad alguna en su persona, se determinó
á dejar aquel país y regresar á Filipinas, después de
haber fabricado una iglesia dedicada á S. Pedro Mártir.
No fueron, sin embargo, infructuosos los trabajos
de nuestros religiosos, en esta ocasión, en el reino de
Camboja; pues los naturales ya frecuentaban sus ser-
mones y escuchaban con afecto la doctrina del Señor.
Los mismos bonzos oian con admiración la palabra de
salud, y no cesaban de admirar la vida santa y peni-
tente de nuestros celosos misioneros. El superior de
ellos, persona respetada del mismo Soberano, conven-
cido en una ocasión de la verdad de nuestra sagrada
religión , les habló en estos términos : « Padres , todos
deseamos salvarnos , y lo que nosotros alcanzamos es lo
que hacemos. Vosotros sabéis más en esta parte, y por
esto nos alegramos de que hayáis venido, para que nos
enseñéis lo mejor.» Estas disposiciones tenian muy es-
peranzados á nuestros religiosos de que al fin la pala-
bra de la fe habia de triunfar de la superstición y del
error en el reino de Camboja, como en efecto hubiera
sucedido si los misioneros hubieran podido permanecer
pacificamente algunos años más en aquel reino. Em-
pero, por los juicios inescrutables del Señor, aquellas
esperanzas se desvanecieron como el humo, haciéndo-
se imposible sostener en aquel país agitado y turbulen-
to ningún establecimiento religioso.
— 49^ —
41. Mientras estaban trabajando nuestros religiosos
en la conversión de los cambojas, les aconteció un caso
que les fué de gran consuelo. Un japón muy devoto
de los ídolos llamados Xacá y Amida , que son los prin-
cipales de los muchos que en su imperio se veneran,
deseoso de conocer á los naturales de Camboja y de
Siam, de donde procedieron dichos ídolos, se propuso
ir en romería á estos reinos, para ver por experiencia
la realidad de los elogios que sus bonzos les prodiga-
ban; pues decian que eran bienaventurados los países
que habian dado tales dioses, con los hombres que te-
nian la dicha de habitarlos. Llegó, en efecto, el japón
al reino de Camboja, guiado tan sólo de esta idea; ob-
servó á los naturales del país y sus costumbres; mas al
verlos tan bárbaros y viciosos, le pareció muy indigno
y contrario a la razón y al buen sentido, el venerar
como bienaventurados á unos hombres tan degradados
y perversos. Al mismo tiempo observó la vida santa y
ejemplar de nuestros misioneros, y de ella deducia que
debia ser muy santa y excelente la ley que los forma-
ba. Inspirado en esta idea, quiso enterarse del dogma
de nuestra santa religión, y cotejando después la su-
blimidad de su doctrina con las absurdas creencias de
la abominable idolatría, se convenció finalmente de que
la religión de Jesucristo era la única verdadera, y en
fuerza de esta profunda convicción, se decidió á recibir
el santo sacramento del Bautismo.
42. Los acontecimientos lamentables que sucedie-
ron en Manila el año de 1604 contribuyeron en gran
parte á que se malograran los trabajos de nuestros re-
ligiosos en Camboja. En primer lugar, el dia 3 de
— 493 —
Abril (i) hubo un incendio en la ciudad, que en bre-
ve tiempo redujo á cenizas y pavesas la tercera parte
de sus edificios. El fuego salió del hospital de los indí-
genas , que á la sazón estaba en frente del convento de
San Francisco, y de allí fué propagándose á las casas
inmediatas hasta el convento de Ntro. P. Santo Do-
mingo, último edificio entonces de la ciudad por la
parte del rio. Nuestros religiosos, por haber atendido
con demasiada solicitud á la necesidad ajena, se olvi-
daron de la propia, habiendo descuidado el convento
y cuanto en él tenian, que fué pasto de las llamas mien-
tras los padres acudían al socorro de sus prójimos. Sólo
se preservó del voraz incendio una pequeña parte del
convento, la imagen de Ntra. Sra. del Rosario, el co-
pón con las formas consagradas, un lienzo de Nues-
tro P. S. Francisco y los papeles del Santo Oficio. En
la ciudad, ademas de haber consumido el incendio
muchas y magníficas casas, perecieron también veinte
y cinco personas, entre ellas un canónigo de la iglesia
catedral. La pérdida ascendió á un millón de pesos fuer-
tes , la cual arruinó á un número considerable de fami-
lias, que de la opulencia pasaron á la mendicidad.
43. En el mismo año (2), por el mes de Octubre,
se sublevaron los chinos ó sangleyes que habitaban en
los contornos de Manila. Estos hombres orgullosos y
cobardes con sus mismas imprudencias se hicieron sos-
pechosos al gobierno; y el temor, efecto de su mala
(1) Otros colocan este suceso, como también el levantamiento de los chi-
nos, en el arlo 1603.
(2) Véase la nota anterior.
— 494 —
conciencia, los precipitó á cometer un atentado que la-
bró su perdición. El año anterior habian venido á esta
capital tres mandarines de su nación en clase de em-
bajadores. Entraron con grande aparato en sillones do-
rados y embutidos de marfil, llevados por cuatro hom-
bres al estilo de la China. No pareció tan extraña su
entrada en aquella forma como la idea insensata que
dijeron habia motivado su venida. El Gobernador los
recibió como convenia al decoro que se debia á unos
enviados de un monarca vecino y poderoso; mas luego
que descubrió el fin de su mensaje los trató con el
mayor recelo y desconfianza, como gente sospechosa,
Decian que su emperador los habia enviado para ave-
riguar si era cierto que la isla de Cavite era de oro,
como se lo habia asegurado Tiong-ong, que antes ha-
bia estado en Manila; el cual se sujetaba á la pena ca-
pital en el caso de no ser verdadera la noticia. Aquel
jefe, sin embargo de lo absurdo del pretexto, y de la
poca habilidad para inventar otra filfa menos grotesca
y ridicula, les permitió que fuesen al expresado puerto
con su Tiong-ong, y viesen con sus ojos si era ó no ver-
dad lo que éste habia asegurado á su emperador, según
ellos torpemente aseguraban. Se presentaron, en efecto,
los tres mandarines en Cavite , y al ver que su suelo era
de arena ordinaria, sin haber vislumbrado en ninguna
parte el oro pretendido de su fábula, aparentaron ha-
cer cargos al chino delator, y se dijo que Tiong-ong
les dio satisfacción de esta manera : ^> Si queréis que esta
isla sea oro, oro es (aludiendo á los adornos de los in-
dios y riquezas délos españolas que se desembarcaban),
y si queréis que sea arena, arena es.» Con esta respues-
— 495 —
ta peregrina aparentaron quedar algo satisfechos, y en
seguida regresaron á Manila. El limo. Sr. D. Fr. Mi-
guel de Benavides, arzobispo á la sazón de esta capi-
tal, que habia tratado muy de cerca á estos extranjeros,
y los religiosos de la Orden, que los adoctrinaban, ma-
nifestaron desde luego el peligro que amenazaba á las
islas si prolongaban aquí su permanencia aquellos su-
puestos embajadores, tan insolentes como despreciables
y ridículos. En su concepto debia procederse contra
ellos, ó despacharlos cuanto antes, porque de otra suerte
podian imponerse fácilmente de la debilidad de la guar-
nición y fortificaciones de la plaza, y fraguar algún
plan de rebelión con sus compatriotas, que por enton-
ces no bajaban de veinte mil en las inmediaciones de
Manila; siendo muy contados los españoles que podian
tomar las armas en aquella circunstancia para oponer-
se á sus intentos. Desde entonces empezaron los chinos
á verter expresiones subversivas, que debieran haberles
valido la expulsión general de Filipinas. Entre otras
cosas, decian que no tardarian en declararse indepen-
dientes, auxiliados por una escuadra poderosa que les
habia de venir de su país. Los españoles, por otra parte,
les aseguraban que antes de verificarse este caso los aca-
barian á balazos. De esta suerte los ánimos se iban pre-
ocupando, y se preparaban todos á un sangriento rom-
pimiento. Los chinos cristianos, que eran los más acau-
dalados, deseaban la paz á todo trance; y para que el
Gobierno no dudase de su fidelidad, le comunicaban
las ideas alarmantes que los infieles hacian circular en-
tre los suyos. El asunto se fué formalizando de tal suer-
te, que el Gobernador creyó que debia prevenirse para
— 49^ —
un evento posible, reparando ante todas cosas las mu-
rallas.
44. Mientras se estaba trabajando en las obras, Eng-
cang, uno de los chinos que se quedaron en las islas
cuando vino á ellas Li-ma-ong con su escuadra, se
ofreció á levantar un baluarte contra sus misinos pai-
sanos, protestando adhesión al gobierno de Manila;
mas su proposición fué desechada, porque se presumió
con fundamento que procedía con doblez. Esta repul-
sa, y el espionaje de los japones enemigos de los chi-
nos, iban precipitando á estos infelices, hasta que el
Superior Gobierno tuvo que asegurarles, por medio de
las personas más cualificadas, que nada se meditaba
contra ellos. Sin embargo, el temor y la desconfianza
de los chinos hacian mirar las garantías de la autori-
dad como otras tantas prevenciones para asegurarse de
ellos, y sorprenderlos descuidados para degollarlos, an-
tes de que llegase la escuadra. Esta persuasión los de-
cidió á sublevarse en masa el dia 3 de Octubre, víspe-
ra de nuestro P. San Francisco. El cura de Quiapo
tuvo noticia de la conspiración antes de verificarse, por
medio de una india, y lo comunicó desde luego al
Arzobispo, y éste al Gobernador. Sin pérdida de tiem-
po se tomaron las mtdidas más enérgicas para impedir
los resultados; pero los chinos ya estaban comprome-
tidos. A media legua de Manila, en el territorio de
Tondo, se habian fortificado un gran número de ellos,
y las primeras diligencias del Gobierno fueron convi-
darlos con la paz y el perdón. A este fin les envió al-
gunos españoles con Eng-cang, que hasta entonces se
habia mantenido fiel en la apariencia, mostrándose
— 497 —
adicto al Gobierno; pero nada se pudo conseguir por
este medio; pues los enemigos, confiados en el número,
eran cada vez más insolentes.
45. Consumada la conspiración, entraron los trai-
dores de tropel en el pueblo de Binondo al son de ins-
trumentos bélicos, y enarboladas sus banderas, se lan-
zaron desatentados á la lid. Sus primeras tentativas se
dirigieron 4 reducir á los chinos cristianos á su bando;
mas éstos se mostraron fieles al Gobierno; y animados
por el valiente y piadoso D. Luis Pérez Dasmariñas,
los rechazaron con la mayor energía, y les obligaron
á retirarse al pueblo de Tondo, en cuyo convento é
ielesia se hicieron fuertes. Pasó este dia sin haber los
enemigos conseguido más ventaja que el engrosar su
número en su improvisado fuerte, para proseguir con
más empeño la campaña. Dasmariñas veló toda la no-
che por la conservación del pueblo de Binondo, y le
pareció muy oportuno que el dia siguiente se atacase
al enemigo, sin dejarlo descansar. Al efecto envió á
Manila á uno de nuestros religiosos, para proponer al
Superior Gobierno su proyecto, antes de que los ene-
migos pudiesen contar con más recursos. El goberna-
dor D. Pedro Brabo de Acuña trató el punto en con-
sejo de guerra, y en él se resolvió por unanimidad
que sin demora se llevase á efecto el plan de Dasmari-
ñas. Todos los españoles querían tener parte en aquel
primer ataque, y las personas más condecoradas eran
las primeras en ofrecerse para presentarse al enemigo.
Ciento y treinta españoles se consideraron suficientes
para destruir el campo de los chinos, lo que sin duda
consiguieran si las primeras ventajas que obtuvieron
3z.
— 498 —
no los alucinaran, ó se condujeran en el vencimiento
con prudencia y desconfianza, siempre en tales casos
necesarias. En efecto, el dia 4 de Octubre salieron es-
tos valientes de Manila. En Tondo los recibieron los
chinos con las armas; pero á los primeros tiros aban-
donaron sus ventajosas posiciones, retirándose desorde-
nadamente por los campos, para salvar sus vidas en el
fuerte donde estaba su fuerza principal. Los españoles,
al ver la cobardía de los chinos, los persiguieron im-
prudentemente hasta sus trincheras; mas allí, rechaza-
dos y oprimidos por un enemigo atrincherado y mu-
cho más numeroso, perecieron casi todos en medio de
campos pantanosos, en donde se atollaban hasta la ro-
dilla. Murió en esta ocasión el noble y piadoso Das-
mariñas, los sobrinos del Gobernador y del Arzobispo,
y otros ilustres espaíioles, que no pudieron evadirse
con la fuga de la multitud de enemigos que los perse-
guían en todas direcciones, fiados tan solamente en su
valor numérico.
46. Esta desgracia fatal cubrió de luto la ciudad, y
se miraba ya como presagio de otras calamidades más
funestas. Sin embargo, fué preciso aguardar al enemi-
go, y salvar la capital á todo trance. Viéronse entonces
salir los religiosos del retiro, abandonando sus conven-
tos para cooperar á la común defensa. Las murallas
estaban coronadas de fieles defensores, y los más deli-
cados echaban mano de la mecha ó del fusil, para opo-
nerse al asalto de un enemigo engreído con la efímera
victoria que acababa de ganar. No tardaron, en efecto,
en presentarse los insolentes chinos en frente de la ca-
pital con una gritería espantosa, llevando máquinas de
— 499 —
guerra, escaleras y otros instrumentos para el asalto.
En sus banderas tenían escritas en grandes caracteres
sínicos las siguientes expresiones : Ciento á uno y y nues-
tra es la victoria. \ Magnífica confesión de su valor, que
sólo cifraban en el número! Pero esta misma muche-
dumbre, que tanto los insolentaba en un principio, sólo
contribuyó para que fuese más gloriosa la victoria de
las armas espaííolas. Luego que los chinos estuvieron á
la vista de la plaza, se dio principio al fuego de la ar-
tillería y arcabucería, y no tardó en verse el campo
enemigo cubierto de cadáveres : hubo tiro de caíion
que se llevó con su metralla á treinta chinos, y toda
aquella orgullosa muchedumbre, en vez de avanzar,
como al principio , se procuró algún refugio en la der-
rota, para no acabar de perecer, abandonando cobar-
demente los heridos que no pudieron salvarse por sus
pies. Los más se refugiaron en la iglesia y convento de
Dilao, que á la sazón estaba sito en Bagumbayan; pero
ni allí hallaron la seguridad que deseaban; pues luego
se destacó una compañía al mando de Gallinato y Ve-
lazco, para desalojarlos de aquel sitio ventajoso. Entre
tanto se dio el Parlan, ó pueblo de los chinos, al saco
del soldado, con el cual muchos se enriquecieron, y
perecieron cuantos enemigos se habian refugiado en
sus casas. Se asegura que en esta acción perecieron más
de cinco mil chinos, y que nuestro P. San Francisco
se apareció en las murallas defendiendo la ciudad, cuya
presencia, dicen que acabó de desalentar á los enemi-
gos, como algunos de ellos después lo confesaron. Al
ver los chinos la imposibilidad de apoderarse de Ma-
nila, y que todas sus tentativas se frustraban, trataron
' — 5o<^ —
de internarse en las provincias para salvarse con la fuga.
Al efecto se marcharon en gran número para la de La-
Laguna, y los españoles entre tanto dieron gracias al
Señor, y mandaron enterrar los muertos en el mismo
sitio en donde los hallaron.
47. Libre ya Manila del peligro, se trató de perse-
guir al enemigo hasta rendirlo ó aniquilarlo. A este fin
se destinó un buen destacamento, compuesto de espa-
ñoles, indios y japones, bajo el mando del sargento
mayor D. Cristóbal de Azcueta, que siguiendo sus pi-
sadas, los alcanzó en Cabuyao, seis leguas distante de
la capital, en donde se dio el primer ataque. No con-
venia hostigarlos en demasía, ni obligarles á un com-
bate decisivo, porque la muchedumbre desesperada
pudiera oprimir á sus perseguidores, que eran en mu-
cho menor número. Lo más acertado era perseguirlos
lentamente y cansarlos, hasta que la necesidad les obli-
gara á dispersarse. Los españoles hablan tenido la pre-
caución de llevar una estacada ambulante, para for-
mar su campamento doquiera tuvieran necesidad de
hacer alguna detención, y con ella se aseguraban de
las acometidas que intentara el enemigo. De allí pasa-
ron los chinos á San Pablo de los Montes, provincia
de Batangas, en cuyos ventajosos sitios se hicieron fuer-
tes; pero con un nuevo refuerzo que llegó á la tropa
de Manila, fueron dispersados completamente, y pere-
cieron casi todos en manos de los indios. Los historia-
dores contemporáneos afirman que pasaban de quince
mil los chinos que en esta campaña perecieron, y no
falta quien hace subir á veinte y cinco mil las víctimas
miserables de tan loca tentativa. Lo cierto es, que de
— 501 —
todos los rebeldes sólo mil quedaron prisioneros, que
luego fueron condenados á galeras. Otros más culpa-
dos fueron ahorcados, y sólo dos mil quedaron sin cas-
tigo, por no haber tenido parte en la rebelión. Eng-
cang, que al fin tomó una parte muy activa en la su-
blevación de que se trata, á pesar de sus mentidas pro-
testas, pagó su perfidia con la horca, y su cabeza, co-
locada en una jaula, fué expuesta en lugar público, para
que sirviese de escarmiento á los traidores. La ciudad
se reconoció deudora á la protección de San Francisco,
en cuyo dia se habia dado el golpe decisivo al enemi-
go, por lo que ambos cabildos lo votaron por patrón.
La memoria de este beneficio se recuerda todavía, asis-
tiendo anualmente ambos cabildos á la misa de su fies-
ta, acompañando la imagen del Santo Patriarca desde
la iglesia catedral hasta la de su convento.
48. Duró esta campaña hasta el dia 20 de aquel mes
(Octubre), en el cual ya no habia enemigos que ven-
cer, porque los más hablan muerto, y los que no se
entregaron á discreción, anduvieron errantes por los
montes, pasando una vida todavía más penosa que los
condenados á galera. Quedó libre Manila de una fac-
ción más temible por el número que por su valor en
las batallas. Mas el exterminio de una gente tan labo-
riosa y necesaria á la vida industrial de estos pueblos
fué un mal que, para remediarlo, hubo que recurrir
por precisión al país de los vencidos. En efecto, como
los chinos eran los que ejercían todas las artes mecáni-
cas, no habia en las islas quien los sustituyese en esta
parte, y el Gobernador se resolvió á enviar al virey de
la provincia de Fo-kien una persona, que, condecora-
— 5^^ —
da con el título de embajador, le diese cuenta del su-
ceso con la exactitud posible, y le rogase que no por
esto embarazase la salida de los que quisiesen trasladar-
se á Manila, como antes, en donde serian bien trata-
dos, con tal que no provocasen nuevas perturbaciones
y disturbios en estos dominios españoles. La comisión
fué confiada al capitán Marcos de la Cueva y al V. pa-
dre Fr. Luis Gandullo, de cuya gran prudencia y vir-
tud nadie dudaba. El Virey los recibió muy bien; se
hizo cargo de la justicia con que hablan sido castiga-
dos los rebeldes, y no tuvo dificultad en que viniesen
á Manila, como antes, los mercaderes, labradores y
artesanos. De esta suerte volvieron los chinos á poblar
el Parlan y las cercanías de Manila, dedicándose, como
antes, á la industria y al comercio, sin pensar en pro-
ducir nuevos trastornos después de un castigo tan
ejemplar y espantoso.
CAPÍTULO IIL
Elección de provincial en la persona del P. Fr. Miguel de San Jacinto en 1604.
— Llega una misión á Manila. — Visita y viaje del provincial á Cagayan. —
Reducción de los pueblos de Itaves. — Nuestra Señora de Piat. — Muerte y
reseña de la vida del limo. Sr. D. Fr. Miguel de Benavides. — Muerte de
algunos religiosos de señalada virtud. — Es tomada la plaza de Temare por
la intercesión de Nuestra Señora del Rosario. — Su rey se pone en manos
del gobierno español, con algunas condiciones. — Llega á Manila otra mi-
sión.— Muerte de dos religiosos venerables.
49. El dia 9 de Mayo de 1604 celebraron los pa-
dres su capítulo provincial acostumbrado, y en él eli-
gieron al P. Fr. Miguel de San Jacinto. Era uno de
los primeros misioneros que fueron enviados á Caga-
— 5^3 —
yan para convertir á sus habitantes á la fe. Allí habia
dado pruebas de un gran fondo de prudencia, celo por
la conversión de los infieles y una virtud nada común.
En las actas de este capítulo provincial se aceptaron
las casas de N. P. Santo Domingo de Satzuma, en el
Japón , de San Vicente Ferrer de Daluda y Tocolana,
de San Miguel de Nassiping, de San Pedro Apóstol (i)
de Tuguegarao, de San Raimundo de Lobo, de Santa
Inés de Piat, de Santa Catalina de Sena de Nabunga
y de Nuestra Señora de la i\.suncion de Talama; todas
ellas en la citada provincia de Cagayan , y de las cua-
les ya se habian recibido algunas en congregaciones an-
teriores. La misión de San Raimundo de Lobo lo ha-
bia sido en 1596; pero su fundación no pudo entonces
llevarse á efecto, por falta de ministros. Este pueblo es
conocido en el dia con el nombre de Tabang, visita ó
anejo de Piat. A entrambos se dio después nuevo pa-
trón ó titular, siendo el del primero Santa Inés de Mon-
te Policiano, y el del segundo N. Santo Patriarca. En
el mismo año se dio principio á la fundación del pue-
blo de Tuao, bajo la invocación de los santos ángeles
custodios; y estos tres pueblos, con el de San Raimun-
do de Malaoeg, son los que antiguamente eran cono-
cidos por los del valle y rio de Lobo, y hoy dia forman
el partido llamado de Itaves, bañado por las aguas de
este rio, confinante por el O. con los montes que me-
ilian entre esta provincia é llocos Norte.
(i) En las acras antiguas se encuentra varias veces Tuguegarao bajo la de-
nominación de los santos apóstoles Pedro y Pablo; pero su patrón es San Pe-
dro Apóstol, y así fué aceptada como vicaría la casa en 1633.
— 504 —
50. Luego que se terminó el capítulo provincial de
este año, llegó á Manila la misión que se esperaba, or-
ganizada y conducida por el Ilmj. Sr. D. Fr. Diego
de Soria (i), consagrado ya obispo de la Nueva Sego-
via, en virtud del nombramiento que S. M. habia he-
cho en su persona, luego que vacó aquella silla por
traslación del Sr. de Benavides al arzobispado de Mani-
la. Fué su vicario el P. Fr. Bernabé de Reliegos. En la
primera etapa de su viaje, antes de llegar á Nueva Es-
paíía, les sucedieron dos lances lastimosos : el primero
fué la pérdida de dos hombres, que se cayeron en la
mar, y el otro una furiosa acometida de los bárbaros,
que poblaban á la sazón la Guadalupe. El general de
la flota no ignoraba la costumbre de aquellos feroces
habitantes, que solian asesinar á cuantos aportaban á
sus playas si no tomaban de antemano las precauciones
convenientes. Con este fin, destacó una compaííía de
soldados para contener sus irrupciones; pero la dema-
siada confianza de los que bajaron á la isla cubrió de
luto á la flota. En la playa se habia celebrado el santo
sacrificio de la misa con el mayor contento y regocijo,
y cuando se hallaban más desprevenidos principiaron á
llover sobre ellos innumerables saetas, que los bárbaros
lanzaban desde los matorrales inmediatos. Cuando los
incautos advirtieron el peligro, ya el daño estaba he-
cho; pues de la primera rociada quedaron varios heri-
dos, de cuyas resultas murieron seis de nuestros religio-
(i) Esta misión es la segunda que organizó el limo. Sr. Fr. Diego de So-
ria, y distinta de la que mandó siendo procurador de la provincia. Véase el
cap. IX del libro primero, núm. 143.
— sos —
sos, con algunos españoles (i). Los demás se salvaron
con la fuga, y luego se ocultaron los salvajes en sus
bosques, satisfechos de haber ensayado de algún modo
su barbarie. La flota, después de llorar esta desgracia,
y de hacer la aguada necesaria para el resto del cami-
no, se hizo á la vela desde luego, en proseguimiento
de su viaje. La misión de nuestros religiosos, que con-
taba veinte individuos al salir de la Península, quedó
reducida entonces á catorce solamente, los que llegaron
felizmente á Filipinas, y luego fueron repartidos en di-
ferentes ministerios, según las necesidades de nuestra
administración.
51. El nuevo Provincial emprendió, poco después
de la llegada de esta misión desgraciada, la visita anual
de la provincia, y al salir para la de Cagayan, en donde
habia trabajado tantos años en la conversión de los in-
fieles, escogió cuatro religiosos de los nuevos misione-
ros y se los llevó consigo. Hizo el viaje embarcado, y
llegó sin novedad especial hasta el cabo Bojeador, en
donde le sobrevino un peligro inminente de naufragio.
Antes de doblar el promontorio bajó de improviso de
los inmediatos montes una nube muy espesa, y tras de
ella un furioso torbellino, que ni siquiera dio tiempo
á la tripulación para arriar velas. Los religiosos, en vista
del peligro, rezaron las oraciones que la Iglesia tiene
prevenidas para semejantes casos, y observaron con sor-
presa que cedia el torbellino mientras practicaban este
(i) Según la historia de la provincia por el limo. Aduarte (Lib. i, capí-
tulo Lxxvi), cinco de estos religiosos murieron en el acto, y el otro después
por las heridas.
— £06 —
medio, y repetía con más furia cuando dejaban de
rezar. Estas circunstancias, que observaron por tres
veces, les dio á entender bastantemente que alguna
extraordinaria virtud causaba este raro temporal, que
Dios preparó, sin duda, para probar una vez más la
fortaleza de su fe, su resignación y su confianza. En-
tonces el Provincial, esperanzado en el Señor, le pro-
metió sinceramente que si los libraba del peligro de-
dicaria á los Santos Angeles Custodios uno de los
pueblos cristianos que de nuevo se fundasen en la
provincia mencionada. Apenas formulado dicho voto
cesó repentinamente aquella peligrosa tempestad. Este
pueblo es el de Tuao, que hasta hoy se ha conservado
en un estado floreciente, bajo el favor y la tutela de tan
poderosos protectores. Otro suceso, no menos extraor-
dinario, les sucedió poco después: el viento era contra-
rio, las corrientes más poderosas que los remos, y á
juicio de los mismos marineros, iban á estrellarse sin
remedio en unos arrecifes inmediatos, adonde la fuer-
za de las olas iba empujando el bajel rápidamente. A
vista de aquel peligro, uno de los religiosos echó al
agua una reliquia de San Raimundo, envuelta en un
lienzo, con respeto, y al momento experimentaron el
favor y la protección visible de este Santo. Al recibir
las aguas el contacto de aquella reliquia prodigiosa se
calmaron las olas de repente; y para que fuese más
completa la merced que recibieron, se les tornó el vien-
to favorable, que los condujo tranquilamente al rio Iba-
nag, que era su ruta.
También experimentaron las misericordias del Se-
ñor al llegar á Cagayan. El Provincial debia proveer
— 507 —
de misioneros á los pueblos de nueva creación , pero á
su arribada habia enfermado uno de ellos gravemente.
Los de Nassiping, deseosos de iniciarse en la doctrina
de la fe, le pidieron con instancias que les diese un
religioso que les instruyese y bautizase; mas el Pro-
vincial les contestó que lo baria inmediatamente que
el P. Fr. Francisco Jurado de la Cruz se mejorase de
su grave enfermedad. Desde aquel momento se fué éste
restableciendo de su mal, hasta que recuperó perfecta-
mente la salud. Este pueblo habia sido erigido mucho
antes, y en el capítulo provincial de este año se le dio
el título de San Miguel, quedando el primitivo de Santa
Catalina de Sena para su anejo de Gattáran, lo que se
confirmó en el definitorio del capítulo siguiente.
52. Los pueblos del valle de Lobo, ó partido de Ita-
ves, sin embargo de haberse aceptado y recibido en el
capítulo presente, todavía carecían de ministros que los
adoctrinasen. El Provincial debia de satisfacer los de-
seos de los definidores, y á este fin destinó á tres de los
cuatro que habia sacado de Manila, los cuales empe-
zaron desde luego sus tareas evangélicas para conver-
tir las rancherías de infieles que habia en aquel risueño
valle y en todo el partido que se extiende desde Nas-
siping á Malaoeg. Estos indios eran los más fieros y
valientes que habia en toda la provincia, particular-
mente los que habitaban en las cercanías del pueblo,
que ahora se llama Malaoeg. Por la facilidad de re-
montarse á sitios inaccesibles, y por ser su reducción
tan difícil y costosa, los habían dejado hasta entonces
en la más completa independencia; pero cuando pare-
cía que estaban más lejanos del camino de salud, el
— 5o8 —
Señor se apiadó de ellos, enviándoles finalmente após-
toles fervorosos, á quienes escucharon con la mayor
docilidad. La extraordinaria y repentina mutación de
estos bravos habitantes la describió uno de los prime-
ros misioneros que entraron en sus pueblos. Sus pala-
bras, tales como nos las ha trasmitido el limo. Sr. Don
Fr. Diego Aduarte (Lib. i, cap. 59), en su Historia,
son un testimonio nada equívoco de las mercedes del
Señor, que se dignó llamarlos finalmente al cristia-
nismo con una voz poderosa, que penetró todos los se-
nos de su corazón y de su alma. «Como la mano del
Señor, dice, ha andado tan fi"anca en estos indios, por
las de los religiosos que asisten entre ellos, ha sido
grande y maravillosa su mudanza de un extremo á
otro, casi sin pasar por el medio, después que los reli-
giosos los tienen á su cargo, siendo ellos antes tan libres,
sin Dios, sin ley y sin rey, sin persona á quien respe-
tasen en orden á sus gustos y pasiones, de que son tes-
tigos las guerras que sin orden ni traza han tenido en-
tre sí, y las borracheras é insultos que han cometido
sin respeto á Dios y á los hombres. Antes, el que era
temido entre ellos era más borracho, porque, como
más rico, alcanzaba más que beber. Casábanse y des-
casábanse cada dia con una y con muchas mujeres; al
fin, gente bárbara en todo género de insolencias. Con
ser esto así, en entrando el ministro entre ellos le es-
taban tan sujetos como si toda la vida hubieran apren-
dido á obedecer, y con ponerles el religioso luego un
general entredicho á todos sus vicios tan antiguos, y
obligarlos á que hagan compañía sólo con sus legí-
timas mujeres, y á muchos á que dejen su tierra y
— 509 —
pueblos antiguos para que vengan adonde hay doctri-
na, y finalmente, á que entren de golpe y por punto
en policía divina y humana, no saben á cosas de estas
decir de no; y esto sin castigos ni apremios, sino con
blandura y mansedumbre; de manera que los que no
sabian más que matar y beber hasta caer, y correr
tras todo género de vicios desenfrenadamente, ya no se
acuerdan de esto para ponerlo en ejecución, como yo
vi en estos tres primeros pueblos de este partido de
Itaves. El dia que entramos en ellos, los hallamos á
todos echados por las calles, borrachos perdidos, y des-
pués acá, si ha habido alguno, no ha sido hasta lle-
gar á perder el juicio; y esta misma reforma ha habi-
do en todas las demás cosas; pues no les obligó á ello
el miedo de los españoles; pero en entrando los religio-
sos se redujeron á pueblos grandes para poder ser mejor
adoctrinados, estando antes repartidos en muchos pe-
queños á modo de rancherías.» Tal es la pintura del
estado lastimoso de Tabang, Piat y Tuao, antes de
que la benéfica influencia de la religión obrase sobre
ellos tal mudanza, y después que recibieron su doc-
trina.
53. Tan cierto es que sólo el Evangelio es capaz de
domar las costumbres más feroces de los bárbaros y redu-
cirlos finalmente á vida política y social. Los tres pueblos
referidos todavía subsisten en el dia, y sus vecinos son
muy buenos cristianos, muy afectos á los religiosos que
los administran, y muy sumisos á la autoridad civil de la
provincia. Sin embargo, la conversión de los Itaves no
se realizó sin sacrificios. De los tres misioneros que en-
traron en sus pueblos, los dos enfermaron muy pronto
de peligro, y el uno falleció poco después, llevándolo
Dios á mejor vida. Mas la provincia del Santisi?jio Ro-
sario se tenia por bien recompensada de esta pérdida,
por los frutos abundantes que de sus fatigas recogía en
aquella viíía del Señor. Tampoco faltaron prodigios en
favor de los Itaves, acreditando con ellos el señor la
doctrina que sus ministros predicaban. El limo, señor
Aduarte, al fin del capítulo citado, refiere algunos ca-
sos singulares, que prueban mi aseveración, dando fin
á su relato con las palabras que se siguen : c A este modo
suceden cada dia casos maravillosos, con que se ve el
cuidado del Señor para salvar estos pobres indios, con
que los religiosos, animados, pasan alegremente los mu-
chos trabajos que al ministerio acompañan.»
54. Al hablar de Cayagan, cumple al deber del nar-
rador dedicar algunas líneas al célebre santuario que
allí existe, sumamente concurrido en todo tiempo. Se
venera, con efecto, en una ermita de Piat una prodi-
giosa imagen de Nuestra Señora del Rosario, que ha
sido siempre el consuelo universal de toda la provin-
cia. Es de talla, fabricada en Macao, y traida á Mani-
la por nuestros religiosos, que la llevaron á Cayagan
desde el principio de aquella cristiandad, y la colo-
caron desde luego en la iglesia de la ciudad de la
Nueva Segovia. Cuando los Itaves empezaron á ini-
ciarse en la doctrina de la fe, esta sagrada imagen
fué colocada en la iglesia de Piat, y se veneró por
mucho tiempo en uno de sus altares colaterales. El
P. Fr. Juan de Santa Ana, que fué vicario de este
pueblo en el provincialato del P. Fr. Miguel Ruiz, por
los años de 1622, deseoso de tener una imagen más
— 511 —
hermosa , la mandó hacer en Manila y la colocó en lu-
gar de la primera, cediendo ésta á la iglesia de Tugue-
garao. Luego que los de Piat advirtieron que se les
habia quitado la imagen primitiva, se mostraron tan
sentidos é hicieron tales instancias á fin de que se les
devolviese su tesoro, que el Vicario se vio en el caso
de acceder á sus deseos, y al efecto mandó pintar otra
igual y reclamó la imagen ya cedida. Informado, con
este motivo, de las maravillas que los indios afirmaban
haber obrado la Virgen mediante esta imagen prodi-
giosa, y vista la extraordinaria devoción que les inspi-
raba dicha Virgen, trató de levantar una ermita entre
los pueblos de Piat y de Tuao, y dedicarla á su culto
especialmente, para que pudiera ser de todos venerada
con más comodidad en aquel sitio. Propuesta la idea á
entrambos pueblos, vinieron en ello muy gustosos, y
desde luego se dio principio á la obra, que terminó fe-
lizmente en el año de 1623. Después se dispúsola tras-
lación de la imagen , que se hizo con una pompa y so-
lemnidad extraordinarias, el dia de San Esteban del
mismo año. Más tarde se edificó otra ermita más sóli-
da y capaz en el mismo territorio de Piat, y el viajero
ó peregrino saludan hoy aquel santuario en una emi-
nencia que se eleva al lado del rio Chico, á poco me-
nos de una milla de la iglesia parroquial. La devoción
de los pueblos cagayanes hacia la sagrada imagen no
se ha entibiado con el tiempo; pues hasta hoy solem-
nizan su fiesta aniversaria con demostraciones extraor-
dinarias de piedad. Andan muchas leguas para visitar
aquel santuario, y pagan el tributo de sus votos á la
divina Señora, que aquella devota imagen representa,
— 512 —
en agradecimiento de los muchos beneficios que reci-
ben y han recibido siempre de su mano.
§^. Desde el origen de estos cultos se ha mostrado
la Virgen generosa en favor de sus devotos, quienes,
sin embargo de ser aún muy tiernos en la fe, acudían
á implorar su poderosa protección. Un hecho extraor-
dinario refiere el limo. Aduarte (Lib. i, cap. lx), que
comprueba lo que llevo indicado. Aconteció por el
año de 1624 una horrible sequedad en el partido de
Itaves, que tenía consternados á sus infelices habitan-
tes. Tres veces hicieron la siembra de sus granos, y tres
veces se perdió aquella semilla por falta de lluvias opor-
tunas. Los vicarios de Piat y Tuao, que lo eran á la
sazón los PP, Fr. Francisco de Santa Ana del primero,
y Fr. Andrés de Haro del segundo, conferenciaron en-
tre sí sobre la conveniencia de hacer una rogativa pú-
blica para lograr del cielo el remedio de aquella ca-
lamidad que los pueblos padecían. Sólo abrigaban el
temor de que, si no se lograban sus deseos, podrían
aquellos neófitos atribuir el resultado á falta de poder y
providencia en el Señor. Era, en efecto, fundado este
recelo, habida consideración á la corta capacidad de
aquellas gentes, y á la infancia y debilidad de sus
creencias; pero como la necesidad era tan apremiante
y espantosa, se decidieron, por fin, á realizar su pensa-
miento. Ante todas cosas, el vicario de Piat manifestó
su propósito á los principales de su pueblo, y los halló
muy bien dispuestos para aquella expiación y desagra-
vio que debian á Dios por sus pecados. Luego hizo á
todo el pueblo una plática enérgica sobre las calami-
dades públicas, y los medios con que los fieles suelen
— S^3 —
obtener el remedio de sus males. Les manifestó que
los vicios y pecados de los pueblos son la causa de las
desgracias generales con que Dios les aflige alguna vez
en su justicia, y que sólo una verdadera penitencia pue-
de aplacar sus enojos. Al efecto les manifestó la con-
veniencia de que se dispusiesen desde luego para reci-
bir los santos sacramentos de confesión y comunión, é
implorar la misericordia de la Virgen, celebrándole
una fiesta en su santuario. La propuesta del vicario de
Piat halló en sus neófitos la más favorable acogida; des-
de luego se fueron disponiendo para confesarse como
con venia, y fueron tantas las personas que respondie-
ron á tan piadoso llamamiento , que los dos vicarios no
pudieron satisfacer á los deseos de todos. El dia de do-
mingo era el designado para las comuniones, y los veci-
nos de ambos pueblos acordaron, de común consenti-
miento, que si en dicho dia no llovia, el lunes irian en
procesión á la ermita de la Virgen para cumplir el voto
deseado. Mas, satisfecha de antemano esta celesti-al Se-
ñora de la fe y disposición de los de Piat, los consoló
desde luego, enviándoles en la noche de aquel mismo
dia una lluvia copiosa y fecundante. Cuando el Vica-
rio vio á la gente reunida el dia siguiente para ir en
procesión á la ermita celebrada, juzgando haber sido
la lluvia general en la provincia, les dijo: que ya no
era necesaria por entonces aquella solemnidad, y que
bastaba se cantase una misa en la iglesia del pueblo, en
acción de gracias á la Virgen por el beneficio recibido.
Mas los indios, poseidos de un santo entusiasmo, res-
pondieron desde luego que deseaban se prosiguiese la
procesión proyectada y prometida, y se cantase la misa
TOMO I. 33.
en el mismo santuario. El Vicario accedió á la segunda
parte del programa; pero no á la primera, por estar el
camino verdaderamente intransitable. Iban aquellos
habitantes poseídos de religión y de piedad á cumplir
su promesa fervorosa, admirando á la vez la eficacia
de los santos sacramentos para aplacar las iras temero-
sas del Señor, y el poder inmenso de la Virgen para
impetrar toda gracia y toda misericordia del Altísimo.
Pero su admiración subió de punto al encontrarse en
la ermita con la gente de Tuao, que habia hecho hasta
allí su procesión de rogativa, por no haber llovido en
su pueblo todavía. Entonces los mismos indios cono-
cieron que la Virgen no habia oido sus clamores, por-
que aun no se hablan confesado ni limpiado desús cul-
pas. Desde aquel dia solemne los habitantes de Tuao,
bien así como los que en Piat no hablan podido practicar
tan piadosa diligencia, se apresuraron á purificar sus
conciencias en las aguas saludables de la vida. Termi-
nada la función de la mariana, cantaron por la tarde
una Salve solemnísima á la Virgen de su esperanza y
de su amor, y en seguida se volvieron á sus pueblos
respectivos llenos de conpuncion y de piedad. En aque-
lla misma noche empezó el cielo á cubrirse de nubes
consoladoras, que derramaron por tres dias una lluvia
abundantísima. Con este beneficio extraordinario de
los cielos quedó más acreditada la eficacia de los San-
tos Sacramentos entre los neófitos de Itaves, y acreció
la devoción á la sagrada imagen de la Virgen, que se
venera en el santuario de Piat. Desde entonces ha sido
su ermita un gran centro de piedad, que los devotos
cagayanes visitan á cada paso con toda la fe sentida de
— s^s —
su corazón sencillo, para ofrecer rendidos sus obsequios
á la Reina de los cielos ante el pedestal sagrado de su
imagen.
56. Mientras los hijos de la provincia recogian ale-
gres el fruto de sus fatigas en aquella provincia reli-
giosa, se cubria esta capital de luto y de dolor por la
muerte tan sentida de su dignísimo arzobispo, el ilus-
trísimo Sr. D. Fr. Miguel de Benavides, que con tanto
lustre de la Orden habia gobernado las dos sillas de
Nueva Segovia y de Manila. Era natural este grande
hombre de Carrion de los Condes, en Castilla, com-
prensión del obispado de Falencia. A los quince años de
edad tomó el hábito de la Orden en el convento de San
Pablo de Valladolid, y por sus grandes talentos fué nom-
brado colegial de San Gregorio, en donde sólo ingresa-
ban las capacidades distinguidas. Allí tuvo la gloria de oir
las sabias lecciones del insigne maestro Fr. Domingo
Bañes, verdadera lumbrera de la ciencia. No desmintió
nuestro joven las esperanzas que de él hablan concebi-
do los prelados, pues apenas terminó su carrera litera-
ria mereció regentar, y regentó con gran aplauso, las
cátedras de filosofía y teología, en cuyo desempeño se
hallaba precisamente, cuando llegó á su noticia la cir-
cular del P. Fr. Juan Crisóstomo, convocando misio-
neros para fundar esta provincia del Santísifno Rosario.
Con este motivo abandonó los honores de la cátedra,
deseoso de consagrar el resto de sus dias á la propaga-
ción del Evangelio. En Manila presidió las conclusio-
nes con que solemnizaron nuestros venerables funda-
dores la primera fiesta de nuestro Santo Patriarca, y fué
también el primer ministro que tuvieron los sangleyes
en Manila. En este cargo aprendió su difícil idioma, y
luego pasó á su imperio con el provincial Fr. Juan de
Castro. En esta jornada padeció muchos trabajos por la
gloria del Señor : fué preso y tratado como espía; mas
Dios le libró con su mano poderosa, y lo restituyó sin
lesión á Filipinas, sin haber podido dar principio á la
predicación del Evangelio en aquel país abyecto, que
era el principal objeto de aquella expedición sin resul-
tado. Poco después tuvo que acompañar al Sr. obispo
Salazar en su viaje á España, y en él tuvo la desgracia
de caerse á la mar, si bien el Prelado venerable lo libró,
con sus oraciones, de la muerte, como todo queda di-
cho en el primer libro de esta obra. En la corte apoyó
con todos sus esfuerzos al limo. Prelado; le ayudó con
sus escritos á desvanecer los proyectos que contra nue-
vas misiones allí se agitaban , según en su lugar queda
referido, y cooperó eficazmente al logro de sus propó-
sitos. Como á la vez desempeñaba el cargo de procu-
rador general de la Provincia, hizo cuanto estuvo de
su parte para enviarle misioneros, y al efecto tuvo va-
rias conferencias con el Real Consejo de las Indias. En
una de las sesiones, preocupado un consejero por los
informes que siniestramente le habian dado algunos
desafectos á la Orden, contrarió sus pensamientos. No
dejó el P. Benavides de contestar á su objeción, y le
habló inmediatamente en estos términos: «Por lo que
á nosotros toca, no tenemos necesidad de pasar á In-
dias; y lo que pretendemos, pasando á ellas, esta capa
pobre lo indica.» La capa vieja y remendada que al de-
cir estas palabras mostró á los señores consejeros fué
la razón más enérgica que los edificó á todos, y con-
~ 517 —
fundió para siempre al preocupado consejero. Tres mi-
siones muy lucidas envió en su tiempo de procurador á
la Provincia, y tuvo la gran satisfacción de acompañar
la última á estas islas, nombrado ya y consagrado pri-
mer obispo de la silla de Nueva Segovia. Al llegar á
Manila en esta ocasión, dio principio á la defensa de
los indios en un sermón que predicó, dando cuenta al
auditorio de las amplias facultades que S. M. le habia
confiado en beneficio de los mismos. Procuró poco des-
pués ejecutar su espinosa comisión, y obtuvo que los
indios reconociesen nuevamente la obediencia que de-
bian al Rey, nuestro señor, subsanando de este modo
los defectos de los primeros capitanes, consiguientes á
la perturbación primitiva de estos pueblos.
Muerto el arzobispo Santibañez, se vio precisado el
nuevo Obispo á presentarse por dos v-eces en Manila,
con el fin de componer algunas disensiones que se ha-
bian suscitado en esta capital; y sabida en la corte la
noticia del fallecimiento de aquél, fué trasladado a
esta silla, con aplauso universal de estas provincias, por
ser tan conocidas sus virtudes. Con la nueva digni-
dad, no abandonó jamas la austeridad inflexible de su
vida mortificada y penitente. La pobreza y sencillez de
su persona eran las de un perfecto religioso. Su profunda
humildad se ve retratada en una carta que en los últi-
mos años de su vida escribió á los religiosos de la Or-
den, que habia dejado en Cagayan ocupados en la pro-
pagación del Evangelio. «Un pobre hermano de vues-
tras reverencias, les decia, harto falto de salud, y harto
lleno de trabajos y miserias propias, escribe ésta á vues-
tras reverencias, sus verdaderos hermanos, que en sus
-5i8-
descansos y nuevas dehesas del verdadero paraíso andan
apacentando las manadas del gran Pastor, y regalando
sus almas con los juegos y corredillas que los nuevos
corderinos hacen por las laderas de los collados, al sa-
lir la luz del verdadero sol. Regálense vuestras reveren-
cias, y coman de esa celestial leche, que cria maná en-
vuelta en miel por esos montes : gocen del buen tiem-
po ahora que lo es, que yo ya algún tiempo probé de
esos gustos, aunque me duró poco, por mis pecados y
soberbia, y ahora me veo cual ningún ruin como yo
se vea Páguenme en moneda de amor y compa-
sión. Válete in Domifio, viscera mea : felices , válete in
atermim.)) Sus expresiones eran tan conformes con sus
verdaderos sentimientos, que no sabía hablar de sí mis-
mo de otro modo. De este conocimiento de su nada,
y del gran respeto con que miraba á la majestad de
Dios, provenían los escrúpulos que con frecuencia pa-
decía, porque temia siempre disgustarle.
57. Como verdadero sabio, era muy amante de la
ciencia divina; razón por la que profesaba un singular
afecto á la doctrina del Angélico Doctor, y en sus cris-
talinas fuentes habia bebido su grande sabiduría. Esta
inclinación lo decidió á procurar con el mayor empeño
la fundación de un colegio público en Manila, en don-
de existiesen los estudios necesarios para la carrera ecle-
siástica. Entre tanto no pudo realizar su pensamiento,
mantenía en su iglesia una cátedra especial para expli-
car la Suma teológica á los que debian ascender al sa-
cerdocio, dejando después cuanto tenía para su proyec-
tada fundación. Su extraordinaria virtud la debia á la
devoción que profesaba á la Santísima Virgen del Ro-
— 5^9 —
sario, á quien amaba tiernamente, y a la que rezaba
el Ave María siempre que debia principiar alguna
obra en el discurso del dia. Esta práctica devota, según
él mismo confesó al Sr. Dean de su cabildo, D. Fran-
cisco de Arellano, se la habia inspirado esta celestial
Seííora por sí misma. Su vigilancia pastoral fué el gran
peso de sus dias, hasta los últimos instantes de su vida.
El pueblo de Mari veles, que por falta de sacerdotes
del clero secular, á quien estaba confiado, se hallaba
casualmente sin ministro durante la última enfermedad
de aquel prelado, tenía harto inquieta su conciencia, y
para su tranquiliditd en tal extremo llamó al provincial
de los PP. Dominicos, y le suplicó encarecidamente
destinase á cubrir por el pronto aquel vacío con alguno
de sus subditos. La contestación favorable que era de
esperar en aquel caso de nuestro P. Provincial, le dejó
algo descansado, y desde entonces creyó que sólo de-
bia atender á los cuidados de su alma. Nuestros reli-
giosos, que lo miraban como padre, estaban notable-
mente afligidos por su pérdida; mientras él con ánimo
sereno iba exhalando su vida gradualmente, encomen-
dando su alma á la Virgen del Rosario y á su Santo
Patriarca, para hallar á Dios propicio al despedirse de
este mundo. Llegó por fin y por desgracia su hora fa-
tal al gran Prelado, y espiró dulcemente en el Señor,
el dia 26 de Julio de 1605, después de haber gober-
nado santamente por espacio de cinco años la iglesia
de la Nueva Segovia, y por tres la de Manila. Su
cuerpo fué tratado con la veneración y el gran respeto
que sus virtudes merecían. A las insignias pontificales
se añadió en fin una palma, como símbolo precioso de
— 5^<^ —
su virginidad angelical; y al llegar á su presencia la
comunidad de los PP. Franciscanos, dijo el superior
(que lo era el venerable P. Fr. Vicente Valero) estas
palabras: «Este cuerpo santo es, y como tal debe ser
tenido.» En seguida le besó los pies humildemente, y
á su imitación hicieron lo mismo los religiosos de su
Orden y todos los presentes á la escena. Se le hicieron
las exequias con la mayor solemnidad, y su cadáver
fué enterrado al lado del Evangelio en el presbiterio
de la iglesia catedral. Su muerte fué muy sentida y llo-
rada de nuestros religiosos, y su memoria vivirá para
siempre muy impresa en el corazón de esta Provincia,
que tanto ilustró con sus cuidados y virtudes.
58. Por este mismo tiempo fallecieron otros religio-
sos con opinión de santidad. Se distinguía entre ellos el
P. Fr. Pedro de San Vicente, natural de Zalamea, é hijo
del convento de San Esteban de Salamanca, de donde
salió en 1594 para la provincia del Santísimo Rosario.
La obediencia lo destinó primero al partido de Bataan,
y después al pueblo de Binondo; y fué de gran prove-
cho en uno y otro ministerio para la salud espiritual
de sus vecinos. Era sabio, prudente y muy edificante
para todos en todos los detalles de su vida. Por tan
apreciables dotes, y por su gran desinterés, era de todos
muy amado. En 1604 fué nombrado para asistir al ca-
pítulo general que á la sazón debia celebrarse en Eu-
ropa, y se le confió al mismo tiempo el distinguido
cargo de procurador general en ambas cortes. Mas en
el viaje á la Península, terminó por desgracia, el curso
de sus dias. Era tan amante de la pobreza religiosa,
que, sin embargo de haber estado diez aíios en las is-
— 521 —
las Filipinas, y administrado á los chinos mucho tiem-
po, á la hora de la muerte sólo tenía una manta pobre,
única herencia que dejó á un criado que lo acompaña-
ba; protestando que moria como religioso dominico,
sin oro, ni plata, ni otra cosa alguna de valor; circuns-
tancia que edificó en gran manera á todos los pre-
sentes.
59. No fué menos sentida la muerte del P. Fr. Ja-
cinto Pardo, que aconteció hacia el mismo tiempo.
Era natural de Cuéllar, é hijo del convento de San
Pablo de Valladolid. Poco después de haber llegado á
Manila fué destinado á Cagayan , en donde trabajó con
celo muy ardiente en la conversión de los fieles. Desde
luego procuró adquirir con la perfección posible el
idioma Ibanag, que sólo se hablaba por entonces en la
costa y en Siguiran, y fué el primero que lo sujetó á
ciertas reglas, para facilitar su adquisición á los nue-
vos misioneros. Trasladado al pueblo de Tuguegarao,
aprendió también el peculiar idioma de la Irraya, que
hablaban comunmente sus vecinos, y de esta suerte sus
sermones y pláticas devotas eran de todos perfecta-
mente comprendidos. En su tiempo tuvo el gravísimo
disgusto de presenciar una sublevación en este último
partido, todavía semibárbaro, en la cual sus feroces ha-
bitantes mataron á un encomendero en un acceso de
furor y de locura. El misionero también fué amena-
zado con la muerte por los mismos sublevados, si no se
retiraba de su presencia; pero tan lejos estuvo de temer
sus amenazas, que permaneció entre ellos con la ma-
yor intrepidez, procurando apaciguarlos con la dulce-
dumbre celestial de su palabra, y reducirlos finalmen-
— 5^^ —
te á la obediencia del Gobierno. Mas no pudo sopor-
tar por mucho tiempo las molestias y disgustos que
tuvo que sufrir por esta causa; pues á los pocos dias
enfermó de gravedad, y luego falleció á muy poco
tiempo. Los españoles de aquella provincia opinaron
que fué envenenado por los mismos sublevados, que
no querían les hablase de religión ni obediencia.
También murió entonces el P. Fr. Juan de la Cruz,
uno de los primeros fundadores de la provincia, desti-
nado en un principio á la conversión de los pangasina-
nes. Esta sola circunstancia es el elogio más completo
que puede hacerse de su mérito y de su virtud á toda
prueba. Padeció entre aquellos bárbaros las contradic-
ciones y molestias de que ya ha hecho mención el
primer libro, las cuales fueron minando su salud pro-
fundamente. Enviado á Manila para curarse de sus
males, y restablecido ya de sus dolencias, hubiera
vuelto muy gustoso á padecer nuevos trabajos en aque-
llos penosos ministerios, si la obediencia á los Prelados
no dispusiera otra cosa. Pero, temeroso nuestro Padre
Provincial de perder á un misionero tan celoso en la
primavera de sus dias, si lo destinara otra vez á la pro-
vincia en donde habia contraido una enfermedad tan
peligrosa, lo envió al partido de Bataan , que por ser
de un temperamento más benigno, lo conceptuó más
acomodado ciertamente á su débil complexión. Aquí
se vio en la necesidad de entregarse al estudio de un
nuevo idioma, y lo adquirió con tal perfección y tal
primor, que dejó varios tratados escritos con mucha
elegancia en esta lengua; tratados que tenía en mucha
estima el P. Fr. Francisco de San José, reputado por
— S'^3 —
el Cicerón de los tagalos, y de los cuales se aprovechó
para dar á luz sus obras, que hasta hoy son tenidas
como clásicas por todos los maestros de este idioma.
En este nuevo ministerio contrajo la penosa enferme-
dad del asma, que, con otros achaques y dolencias que
venía padeciendo, lo tenía en un continuo martirio.
No por esto, sin embargo, dejaba de trabajar con to-
dos sus esfuerzos en el ministerio de las almas. Mas el
arzobispo Benavides, compadecido al fin de sus traba-
jos, y deseoso de aprovecharse de sus conocimientos y
virtudes, lo eligió por su confesor y secretario privado,
cuyos cargos desempeñó á gusto del prelado virtuoso,
y á cuyo fallecimiento sobrevivió muy poco tiempo. Es
de creer que el Señor le premiarla sus trabajos y fati-
gas con la corona de los justos en la gloria. De su
muerte se hace mención en las actas del capítulo pro-
vincial celebrado en i6 de Abril de 1806, aunque no
se lee elogio alguno de su mérito, porque todavía no
se habia introducido la costumbre de honrar por esta
manera la memoria de los reliííiosos beneméritos.
60. En este capítulo se aceptó el breve de Clemen-
te VIII De ¡argitione munerum^ con algunas declara-
ciones dirigidas á tranquilizar las conciencias de los re-
ligiosos de la Provincia. En el mismo se dispuso que
los PP. asignados al ministerio de Pilitan, que com-
prendía una gran parte de la Irraya, en Cagayan, pro-
curasen con esmero que los indios hablasen el idioma
ibanag, que, como ya queda indicado, era peculiar de
la costa y de Siguiran. Esta sabia providencia ha con-
tribuido en gran manera á que todos los pueblos de
aquella gran provincia, desde Gamú hasta la mar, pue-
— 5^4 —
dan ser administrados con un solo idioma; siendo así
que en un principio eran necesarios cuatro, á saber: el
ibanag y el itaves, el irraya y el gaddan. Mas la serie
de los tiempos nos obliga á cambiar notablemente la
decoración histórica, y á variar el escenario de la nar-
ración frecuentemente, retrocediendo algún tanto en la
carrera de los años, para dar la explicación de los su-
cesos y sus causas.
Coincidió efectivamente con los hechos anteriores
la bienhadada noticia de la victoria completa que las
armas españolas reportaron en Ternate. Con ella, la
Provincia tuvo doble motivo de congratularse en la jor-
nada; porque, ademas de la común satisfacción consi-
guiente á un triunfo tan glorioso, era público y noto-
rio el haberse conseguido victoria tan señalada por la
devoción piadosa á la Virgen del Santísimo Rosario. La
división tan antigua entre castellanos y portugueses, re-
tardaba la sujeción de los ternates y facilitaba al holan-
dés la entrada en aquellos mares, para posesionarse de
sus islas, y destruir, si fuese dable, la religión de Jesu-
cristo que San Francisco Javier habia tan gloriosa-
mente predicado á los ternates. El dia i.° de Febrero
de 1605 se dejaron ver aquellos enemigos de la fe en
frente de Amboyno con una escuadra poderosa, com-
puesta de diez buques mayores, cuatro pataches y vein-
te embarcaciones bien montadas de malayos auxiliares.
La sola presencia de esta armada consternó profunda-
mente á la guarnición portuguesa de aquel punto. Su
capitán era quizás el único que se hallaba dispuesto á
defenderlo hasta morir; pero como la empresa era ar-
riesgada, juntó ante todas cosas su consejo para deter-
— s^s —
minar lo conveniente en tan apremiadoras circunstan-
cias. La primera resolución de aquel consejo fué, que
debia defenderse la fortaleza á todo trance, y que se
enviase una comisión al enemigo, para interpelarle so-
bre el fin y designio de aquella visita sospechosa, pero
con el verdadero objeto de explorar el estado de sus
fuerzas. La contestación del almirante holandés fué ruda
y amenazadora. Dijo terminantemente que su objeto
era bombardear su fortaleza y posesionarse de aquel
punto. Aún añadió, por via de consejo, que se abstuvie-
sen de toda resistencia; porque de otra suerte toda la
guarnición sería pasada a cuchillo. Oida aquella con-
testación aterradora, volvió el capitán á consultar con
los jefes de la guarnición, manifestando á lajuntaque,
si bien estaba determinado á defender la fortaleza, no
queria aventurar la vida de los demás; que tuviesen pre-
sente la poca gente que tenian, la escasez de víveres y
municiones, y el poder colosal del enemigo con aque-
lla escuadra formidable. Todos fueron de dictamen, oí-
das sus razones poderosas, que el partido más pruden-
te era capitular en aquel caso, y entregar la fortaleza
con ventajosas condiciones, puesto que la defensa, so-
bre inútil, parecía temeraria. Así se hizo con efecto;
mas el enemigo aleve, aceptando aquellas condiciones
por el pronto, no cumplió lo estipulado y se apoderó á
placer de aquella fortaleza lusitana. De esta suerte em-
pezaron los holandeses sus conquistas en la grande Oc-
ceanía, fundando un imperio marítimo sobre las reli-
quias mal guardadas de las posesiones portuguesas, que
hubieran podido conservarse con el auxilio eficaz de
las armas españolas que Portugal rechazaba por sus
— 5^6 —
antiguas querellas, aun después de estar sujeto á la co-
rona de España.
6i. A la toma de Amboyno se siguió la de Tidore;
mas ésta no salió tan barata al enemigo, pues le costó
mucha sangre, por hallar en esta plaza hombres valien-
tes y aguerridos, que supieron defender con dignidad
el honor de su nación. El capitán Abreu, que mandaba
la guarnición, tuvo noticia anticipada del plan del ene-
migo, y se propuso oponerle una resistencia heroica.
Al efecto compró algunas provisiones de guerra, y se
allegó otros recursos que le ofreció un buque inglés es-
tacionado en sus aguas. No tardaron los holandeses en
presentarse á su vista; pero antes de intimar la rendi-
ción procuraron atraer á su partido al reyezuelo de la
isla, el cual no quiso por entonces decidirse á su fa-
vor. Contaban, para salir bien de la empresa, con cua-
tro navios formidables, otros tantos pataches bien ar-
mados y el poder de los ternates que trajeron á su alian-
za. Sin embargo de que los portugueses no tenian más
que dos malos navios, trataron de atacar á la escuadra po-
derosa de la Holanda antes de que hiciese el desembar-
que. Sostuvieron un combate porfiado, con ventaja por
su parte en el principio; pues herido el almirante ho-
landés, iba á decidirse la victoria en favor de Portu-
gal; mas entonces, avergonzados los holandeses de su
debilidad escandalosa, hicieron posteriormente prodi-
gios desesperados de valor, y obligaron á los portugue-
ses á retirarse a su presidio. Dueños ya los enemigos de
la mar, intimaron á aquéllos la entrega de la fortaleza
con las mismas amenazas que en Amboyno; pero su
capitán les contestó que los reveses de la mar no ha-
— 527 —
bian abatido el valor de la gente que mandaba, y que
sólo con su muerte podrían conseguir lo que exigían
con sus bravas amenazas. A respuesta tan digna y ter-
minante ya no le quedaba al jefe holandés otro recur-
so que retirarse, ó batirse de una manera sangrienta.
Creyendo, sin embargo, que no podrían resistir por
mucho tiempo los asendereados portugueses después
de la derrota naval que habían sufrido, hizo el des-
embarque desde luego sin oposición alguna; levantó
sus trincheras en frente del baluarte portugués, y dio
principio á un combante porfiado, que sostuvo la vic-
toria indecisa por tres dias, hasta que al fin lograron
los holandeses enviar la muerte, con sus fuegos, al cau-
dillo lusitano y tomar la fortaleza por asalto. Ya can-
taban los holandeses la victoria, y parece que no que-
daba más arbitrio á los defensores que rendirse; mas
la fortuna de las armas varió repentinamente, obligando
al enemigo á emprender una retirada vergonzosa, y á
abandonar su proyecto para ocasión más favorable.
Vueltos ya los holandeses á sus naves, la victoria esta-
ba al fin decidida por los defensores del presidio; mas
un suceso imprevisto volvió á cambiar tristemente la
suerte de la jornada. Entregados los portugueses á los
excesos de alegría que suele inspirar el vencimiento,
vieron arder de improviso los edificios del presidio, sin
poderlos apagar por ningún medio. El incendio se pro-
pagó rápidamente, y volaron al instante sesenta barri-
les de pólvora, con todas las municiones y pertrechos
del baluarte. Murieron abrasados por las llamas veinte
y seis hombres de guerra. A tan horrible desgracia aban-
donaron los demás aquella plaza de muerte, y se refu-
— 528 —
giaron desde luego entre los vasallos del reyezuelo de
la isla. Los holandeses, que ya estaban dispuestos á par-
tir sin haber logrado sus designios, volvieron á des-
embarcar toda su gente; se apoderaron del presidio sin
la menor oposición, y se declararon á sí mismos seño-
res absolutos del país. Los fugitivos portugueses fueron
tratados vilmente en su desgracia por el innoble reye-
zuelo, á cuyo amparo se hablan acogido en tal extre-
mo; pues les negó el inhumano los alimentos más pre-
cisos, y las atenciones garantidas en semejantes circuns-
tancias por el derecho de gentes. En tal situación se re-
solvieron á salir de un país enemistado, del cual ya nada
podian prometerse; y á este fin pidieron á los holande-
ses los auxilios necesarios para trasladarse á las islas Fi-
lipinas. Con tres pataches bien armados y una galeota
de guerra, aportaron á Zebú, en donde estaban aún los
que hablan entregado poco antes la fortaleza de Am-
boyno, y luego prosiguieron juntamente su viaje hasta
Manila, en donde ofrecieron sus servicios al goberna-
dor de la colonia.
62. Tal era el estado de las Molucas cuando el ca-
ballero D. Pedro de Acuña concibió el atrevido pen-
samiento de recuperar á viva fuerza con las armas es-
pañolas todo lo que hablan perdido los desgraciados
portugueses. A este fin reunió una escuadra poderosa,
y determinó humillar ante todo 4 los ternates, que eran
los amigos más decididos y valientes, con quienes con-
taban los holandeses para asegurar sus posesiones usur-
padas. Antes de salir de las islas Filipinas, celebró un
armisticio con los enemigos de Visayas, con quienes te-
nía entonces sus querellas, y por Febrero de 1606 ya
— S'^9 —
tenía todas las fuerzas reunidas. Estas consistían en mil
trescientos espaíioles, seiscientos indios de las cercanías
de Manila, y los portugueses con sus auxiliares que ha-
blan salido de Amboyno y de Tidore. Entre los cape-
llanes de esta fuerza estaba el P. Fr. Andrés de Santo
Domingo, de nuestra Orden, el cual, como verdadero
hijo de nuestro Santo Patriarca, procuró fundar en el
campo católico de Otong (i) la cofradía del Santísimo
Rosario, para lograr por este medio la protección y los
auxilios de la Reina de los cielos. Bajo su amparo po-
deroso, no dudaba que se conseguirla el deseado fin de
aquella empresa. El sargento mayor, á quien el devoto
religioso comunicó su proyecto, se dirigió al General y
demás capitanes del ejército, persuadiéndoles la gran
conveniencia pública de adoptar esta medida, que fué
de todos acogida con el mayor entusiasmo. El Obispo
de Zebú con su autoridad fomentó el fervor de los sol-
dados, y éstos fueron inscribiendo desde luego sus nom-
bres respectivos en aquella devota sociedad, bajo los
auspicios de María. Después se celebró una solemne
función, cuya misa cantó este prelado, y en ella predi-
có el P. Fr. Andrés, conforme á las constituciones pon-
tificias, por ser el único religioso dominico que habia
en la escuadra española. Al fin se dio la comunión á los
soldados, y el Gobernador, con los demás jefes del ejér-
cito, ofrecieron á la Virgen del Rosario una parte de
sus sueldos para mantener su culto, y fundar la mis-
ma cofradía en la primera ciudad que se ganase á los
(i) En la isla de Panay, una de las Visayas.
TOMO I. 34.
~ S30 —
ternates. Prometieron asimismo dar al primer pueblo
conquistado el glorioso nombre del «Rosario», en me-
moria del beneficio que todos esperaban de su divina
patrona. Después de estas funciones religiosas, en las
que resplandece vivamente la levantada piedad de aque-
llos tiempos, se paseó en procesión la sagrada imagen
de la Virgen, pintada en actitud de entregar su santí-
simo Rosario al Gobernador, capitanes y soldados de la
escuadra, disponiendo el General que se bordase aquel
cuadro religioso en el real estandarte. El entusiasmo
ferviente que con estas piadosas ceremonias se apode-
ró del soldado era tan extraordinario, que no sufria di-
ques su impaciencia por ir á medir sus armas con los
enemigos de la religión y de la patria. Animados de
este espíritu, dejó por fin aquel puerto (el de Otong)
nuestra escuadra, é hizo su viaje felizmente hasta las
islas del Moluco.
63. En Tidore celebraron la Semana Santa en paz
y en recogimiento, cumpliendo todos allí con la comu-
nión pascual, y encomendando el resultado de su em-
presa al poderoso Señor de las batallas. Luego celebra-
ron sus tratados con los régulos amigos de la isla, y
con los de Siacao y de Bac-kan. En la única factoría
que los holandeses hablan levantado en la isla, sólo se
hallaron dos hombres de esta nación orgullosa, los cua-
les fueron hechos prisioneros, y sus haberes confisca-
dos. Con el refuerzo de los nuevos aliados, y las noti-
cias recientes que tuvieron del país, trazó el General
el plan de campaña antes de emprender sus primeras
operaciones militares. De allí salió nuestra escuadra
para la isla y corte de Ternate, adgnde llegó el últi-
mo día de Marzo, fondeando á tiro de canon de su
fortaleza principal. El Rey, confiado en su ventajosa
posición y auxilio que los holandeses le prestaban, no
se amedrentó con la vista imponente de aquella arma-
da española, que se dispuso desde luego á rechazar con
todos sus esfuerzos. El sábado de la semana de Pascua,
un dia después de su llegada, dispuso nuestro general
el desembarque de sus tropas, que se llevó á cabo fe-
lizmente y sin la menor oposición. Luego se manifes-
tó de repente un entusiasmo extraordinario en todo el
ejército espariol, que hizo presagiar á todos el desen-
lace feliz de la campaña. Lo habia motivado una voz
desconocida y misteriosa, que resonando propicia en
el espacio, les aseguraba la victoria, y cuyo eco celes-
tial, nadie vaciló en atribuir á la Virgen del Rosario,
que los alentaba á la pelea en aquel dia señalado que
la Iglesia dedica especialmente á las solemnidades de
su culto. Hacia el mediodía se dio principio al com-
bate. iVnte todo se batieron los muros de la fortaleza
enemiga, y en seguida avanzaron las columnas sobre
ella, despreciando con audacia los fuegos del enemigo.
Una desgracia aconteció desde los primeros momentos
del ataque, capaz de entorpecer el valor de nuestros
combatientes, si no se hallaran animados de un valor
superior á toda prueba : una de las piezas enemigas se
llevó de un solo tiro á siete valientes españoles, que
recibieron á boca de jarro su metralla; mas esta con-
trariedad no podia abatir en aquel caso el valor español,
una vez comprometido á pelear. Antes bien iníiamó
los corazones á la lid, para vengar la memoria de sus
muertos. Por eso es que se arrojaron con la mayor in-
— S3^ —
trepidez sobre la brecha, y cual sangrientos fantasmas
escalan la fortaleza con la rapidez del pensamiento, de-
jando petrificados de estupor á los molucos y holande-
ses. Poseidos de terror y sorprendidos de espanto, hu-
yeron por todas partes, abandonando sus posiciones y
baluartes á las huestes vencedoras. El Rey y sus auxi-
liares se escaparon embarcados, y se refugiaron todos
á la isla del Moro, ó Batachina. Los nuestros se pose-
sionaron en seguida de la fortaleza principal, del pala-
cio del Rey, factoría holandesa y demás puntos, sin
hallar en parte alguna enemigos que vencer.
64. Cuando el General recibió de improviso la no-
ticia inesperada del asalto y de la toma instantánea de la
plaza, estaba postrado delante de una imagen de la Vir-
gen, y al oir tan feliz nueva dirigió á la divina Seíiora
estas palabras: «Humildad os pido; pues por Vos se
ha ganado la victoria.» (Aduarte, lib. i, cap. lxiii.) El
dia siguiente dispuso que se levantase un altar, y se co-
locase en él la imagen de Ntra. Sra. del Rosario, de-
lante de la cual estuvo postrado humildemente con to-
dos los capitanes y soldados del ejército, mientras se le
cantó solemnemente una misa con Te Deum, en ac-
ción de gracias por el triunfo que acababan de obtener
tan felizmente. Terminados estos actos religiosos, se
sacó de la mezquita el sillón ceremonial , en donde los
sectarios de Mahoma solian explicar el libro del Co-
ran, y la que hasta entonces habia sido asiento de la
mentira, fué trasformada de repente en cátedra inmor-
tal de la verdad, habiendo predicado en ella por la pri-
mera vez el P. Andrés, que magnificó oportunamente
las glorias y la grandeza de María, á quien rindió hu-
— S33 —
mildes gracias, en nombre del campo español, por la
victoria conseguida. Luego se dio cumplimiento á la
promesa que se habia hecho en Otong, y en su con-
secuencia titularon aquella capital y fortaleza de Ter-
nate con el nombre glorioso del Rosario ^ y fundaron
su célebre cofradía en la iglesia nuevamente erigida á
tal efecto.
65. Cumplidos los votos del ejército, trató el Ge-
neral español de pacificar la isla y de reducirla á la
obediencia de los reyes de Castilla. Guiado por esta
idea, envió á la Batachina á mil valientes con los me-
jores capitanes, y con algunos religiosos, asociados tam-
bién ala jornada. El rey prófugo estaba indefenso y des-
provisto, y muy pronto hubiera sido presa de la hueste
castellana, si la prudencia no aconsejara por entonces
otras miras, que estaban en armonía con el intento de-
seado. Se le propuso, pues, la paz al rey vencido, y se
le dio un salvo-conducto para que pudiese presentarse
sin temor ante el General en jefe, á fin de conferenciar
personalmente con el mismo sobre las bases convenien-
tes de un arreglo estable y amistoso. Así se verificó efec-
tivamente el dia 9 de Abril, pasando el rey destronado
al campo de los nuestros, y aceptando á la letra, una por
una, las siguientes condiciones : i.^ Que él y demás
reyezuelos de la isla jurarian para siempre vasallaje al
Monarca de Castilla, y entregarian todas las plazas y
todas las fuerzas de la misma. 2.^ Que restituirían des-
de luego todos los cautivos, tanto cristianos como in-
fieles, que fueran ó hubieran sido subditos de Su Ma-
jestad Católica. 3.'^ Que harian igual entrega de todos
los holandeses que estaban en su poder, así como tam-
— 534 —
bien délos españoles que, traidores á su patria, hubie-
sen pasado á su servicio. 4.^ Que también entregarian to-
dos los pueblos de la isla Batachina, que hablan sido cris-
tianos en un tiempo, con los de Morayta y del Herrao,
y toda su artillería. 5.^ y última. Que él deberla trasla-
darse con la escuadra á la ciudad de Manila, y podria
nombrar en todo caso á quien mejor le pareciese para
gobernar la isla en todo el tiempo de su ausencia. Acep-
tadas y firmadas estas cinco condiciones por el Rey,
con los demás señores de Ternate, nombró el monar-
ca vencido por sus gobernadores y regentes á sus dos
celebres tios, Cachil Sugui y Cachil Quipat. Orillado
ya este asunto, todos ellos prestaron juramento de fide-
lidad al Rey de España en manos del General, sentado
bajo de dosel para este acto imponente. Luego se acor-
dó el regreso de la escuadra á Filipinas, y entre tanto
se dispuso lo necesario y conveniente para asegurar
una conquista tan rápida y asombrosa. A este fin nom-
bró el General en jefe por su lugar-teniente en la isla
de Ternate al maestre de campo D. Martin de Esqui-
vel, dejándole desde luego, para hacerse respetar y obe-
decer de aquellas gentes, seiscientos infantes, doce ar-
tilleros, sesenta y cinco gastadores, dos galeotas y otros
tantos bergantines. En Tidore dejó de comandante al
capitán D. Pascual de Alarcon con cien soldados. Lue-
go se hizo á la vela con el resto de la escuadra, tra-
yendo por delante á los reyes vencidos de ambas islas,
con veinte y cuatro señores principales de las mismas,
que pudieran perturbar en cualquier caso la tranquili-
dad y el orden de los pueblos conquistados. La escua-
dra regresó prósperamente, y el dia último de Mayo
— 535 ~
del mismo año entraba en la bahía de Manila. Noti-
ciosa la ciudad del éxito feliz de la jornada, determino
hacer un recibimiento extraordinario al General, que
rehusando modestamente el honor de la victoria, dis-
puso por su parte que se hiciera desde luego una so-
lemne procesión en acción de gracias por el triunfo de
las armas españolas, y protestando altamente que si
bien el valor de sus soldados habia rayado en heroísmo
fabuloso, la victoria se debia principalmente á la pro-
tección visible de la Virgen del Rosario (i).
66. Después de un acontecimiento tan glorioso, re-
cibió la Provincia un refuerzo de veinte y ocho reli-
giosos, muy necesarios por cierto, para poder ir cu-
briendo sus crecientes atenciones. El Sr. Aduarte sólo
dice de esta misión fervorosa, que llegó á principios de
Agosto, sin expresar en su Historia el número de reli-
giosos que traia, ni la circunstancia especial de que en-
tre éstos habia seis colegiales de Alcalá y uno de Va-
lladolid, trece individuos del convento de Salamanca y
algunos de otros conventos. Sin embargo, según la dife-
rencia que se nota en las actas de los capítulos de i 606
y 1608, en cuyo intermedio llegaron, su número de-
bió de ser el referido. Algunos religiosos de esta céle-
bre misión fallecieron en el viaje. El mismo Aduarte
hace mención especial del P. Fr. Pedro Rodriguez,
religioso de singular virtud, á quien se llevó Dios cuan-
do la nao ya estaba en frente de la contra-costa de Lu-
(i) Así se probó en juicio, por información que se mandó abrir posterior-
mente sobre el caso, ante el tesorero D. Luis Herrera de Sandoval, provisor
que era de este arzobispado por el año 1609.
— 53^ —
zon, como á otro Moisés al acercarse á la tierra pro-
metida. Su temprana muerte fué muy sentida de sus
amados compañeros de viaje; porque, si bien creian que
habia pasado á mejor vida, miraban á la provincia del
Sanfísmo Rosario privada de un joven de grandes es-
peranzas, á quien habian ademas cobrado mucho afecto
por su vida santa y su gran conformidad en los traba-
jos sufridos en su larga enfermedad. Solo pudo recibir
el santo sacramento de la Extremaunción; pues no era
posible administrarle el Viático en el mar. Murió plá-
cidamente en el Señor, después de haber pronunciado
los dulcísimos nombres de Jesús y de María, y su cuer-
po fué sepultado al lado del Evangelio de la iglesia de
Casiguran.
Otro religioso no menos apreciable murió también
por aquel tiempo, que habia trabajado con mucho ce-
lo en la Provincia desde su fundación. Era éste el cé-
lebre P. Fr. Domingo de Nieva, el verdadero apóstol
del partido de Bataan, y gran ministro de Binondo.
Era natural de Villoría de Campos, é hijo del conven-
to de San Pablo de Valladolid. Habiendo llegado á
Manila en 1587 con los primeros fundadores, y siendo
aún diácono, fué destinado á la conversión de los in-
dios de la provincia ya citada. Allí, como más joven
que los otros, aprendió con más facilidad el idioma del
país, y en él predicaba y enseñaba el catecismo á los
indígenas, sirviendo muchas veces de intérprete á los
demás compañeros en el ministerio y conversión de las
almas. Después fué trasladado al ministerio de los chi-
nos de Binondo, en donde aprendió también su difícil
idioma, y en él compuso varios tratados religiosos, que
— 537 —
fueron de grande utilidad posteriormente para los re-
ligiosos que le sucedieron en el cargo. Tradujo ade-
mas, en caracteres sínicos, el Memorial de la vida cris-
tiana ^ compuesto por el venerable P. Fr. Luis de Gra-
nada, y escribió en los mismos caracteres varios cua-
dernos piadosos sobre asuntos de meditación y de ora-
ción, con otros relativos al sacramento de la penitencia
y comunión. También desempeñó el honroso cargo de
prior del convento de Manila, y nombrado procurador
general de ambas cortes, falleció en el mismo viaje,
antes de llegar al puerto de Acapulco. En sus últimos
momentos tuvo el consuelo de poder asegurar que no
le remordía la conciencia de haber dicho ó hecho cosa
alguna que, advirtiéndolo él, hubiese podido ser de
escándalo á los chinos ni á los indios que él adminis-
trara en estas islas, durante el largo período de los diez
y nueve años que estuvo viviendo entre ellos, y que
por lo mismo moria muy conforme con la voluntad
divina.
538
QUINTO PERIODO.
COMPRENDE DESDE EL AÑO 1608 HASTA LA SEGUNDA SUBLEVACIÓN DE LOS
INDIOS DE LA IRRAYA, Y DEMÁS SUCESOS POSTERIORES, OCURRIDOS
EN EL aSO DE 1615.
CAPITULO IV.
Elección de Provincial en la persona del P. Fr. Baltasar Fort en 1608, y se
admite el pueblo de Manaoag. — También se admiten las casas de Malaoeg
é Iguig en Cagayan. — Se sublevan los indios de aquel punto, y son luego
reducidos. — Primera sublevación de la Irraya. — Progresos de la fe en
Iguig. — Muerte de dos venerables religiosos. — Llega una misión de la
Península. — Reducción de los fotoles. — Se edifica una iglesia en Ba-
taoag. — Muerte de algunos religiosos virtuosos. — Capítulo provincial
de 1610. — Entran nuestros misioneros en Figen. — El Tono los admite,
previa consulta con un famoso bonzo. — Se fundan allí varias iglesias. —
Conversión singular de un gentil. — El Tono de Satzuma expele á nues-
tros misioneros de su reino, y prohibe la religión de Jesucristo. — La fe
progresa en Figen. — Reseña de la vida del P. Fr. Luis Gandullo.
67. Las misiones de la provincia del Santísimo Ro-
sario estaban por este tiempo en un estado floreciente.
En Bataan ya no habia indios que convertir. Sólo los
aetas 6 negritos, que hasta hoy andan errantes y ocul-
tos en la espesura de los montes, eran los que perma-
necían sumergidos en las tinieblas de la infidelidad; y
esto no por falta de celo y diligencias, que desplegaron
en grande escala nuestros fervorosos misioneros para
atraerlos á la sociedad cristiana, sino por su instinto,
casi irresistible á la vida montaraz. En Pangasinan las
rancherías más rebeldes humillaban su cerviz al yugo
suave de la fe; los pueblos ya constituidos y formados
iban siempre progresando en la vida social y religiosa,
y la palabra de salud era oida con respeto en todas par-
— 539 —
tes. En Cagayan faltaban ya obreros para recoger los
frutos copiosos que la gracia producia abundantemente
en aquella gran viña del Seiíor; pues los cristianos obe-
decían sumisos á la voz de sus pastores, y los infieles
procuraban con empeño entrar en el redil de Jesucris-
to. Hasta en el Japón se propagaba felizmente la luz
celestial del Evangelio, que nuestros misioneros lleva-
ban por todas partes con su palabra y con su ejemplo;
pues si bien el inconstante Tono de Satzuma empe-
zaba á molestarlos por desgracia en aquel reino, se les
franqueaba la entrada en Figen y en Nangasaqui,
donde trabajaban sin descanso con un celo infatigable
en el ministerio de las almas.
68. En medio de estos prósperos sucesos tuvo la sa-
tisfacción de acabar su cuatrienio el P. Fr. Miguel de
San Jacinto, y la Provincia procedió á nueva elección
el dia 26 de Abril de 1608, la que recayó acertada-
mente en la persona del P. Fr. Baltazar Fort, que re-
unía á sus virtudes grandes prendas de gobierno. En
este capítulo provincial se aceptó la casa de Manaoag,
en Pangasinan, cuyo pueblo administrábala Provincia
desde el año de 1605. Sus primeros cristianos hablan sido
bautizados por los PP. Agustinos que residían en Lin-
gayen, los cuales, según el P. Gaspar, lo hablan acep-
tado en la congregación que celebraron el 31 de Oc-
tubre del año 1600. En él hablan levantado una casa é
iglesia bajo la advocación de Santa Mónica, la que
cuidaban celosos desde aquella apartada residencia. Esta
administración debía serles muy gravosa; pues necesi-
taban dos dias de viaje para servirla y atenderla, dada
la falta de caminos y difíciles comunicaciones de aquel
— 540 —
tiempo. La reducida cristiandad de aquel remoto mi-
nisterio, las pocas esperanzas que daba de aumentarse,
la imposibilidad de poder asegurarle por entonces un
padre misionero, y su distancia, por fin, de Lingayen,
donde los PP. Agustinos estaban establecidos, les mo-
vieron á dejarlo en manos del diocesano, el limo. Se-
ñor D. Fr. Diego de Soria, quien la encomendó in-
mediatamente á los misioneros dominicos, que desde
Mangaldan podian atender más fácilmente á su admi-
nistración, pues sólo dista dos leguas de aquel punto.
Su primer vicario fué el P. Fr. Juan de San Jacinto,
misionero de gran celo, constancia y caridad, el cual
logró finalmente reducir las rancherías de infieles que
habia en sus inmediaciones, y formar con estos grupos
un pueblo regular y organizado.
69. Manaoag era en aquel tiempo molestado por
las frecuentes correrías de los igorrotes y negritos, que
habitaban en las vertientes de sus vecinos montes, cuyas
razas bravias degollaban cruelmente á sus vecinos, y
después se llevaban á sus niños y mujeres para vender-
los como esclavos á otros infieles más distantes, tan
degradados y feroces como aquéllos. Las frecuentes
agresiones de estos bárbaros tenian en continua alarma
á los infelices habitantes de Manaoag, que hubieran
abandonado mil veces sus hogares, si la sombra tutelar
de nuestros buenos religiosos no los protegiera y ani-
mara en sus desgracias. Para atajar aquellos males, que al
fin hubieran aniquilado por completo á esta población
cristiana, de donde debia partir la propagación del
Evangelio á las partes más distantes de aquella provin-
cia, no hallaron nuestros religiosos otro medio que la
— 541 —
protección constante de la Santísima Virgen del Rosa-
rio, su patrona, á la cual dedicaron desde luego una
iglesia más capaz que la antigua y primitiva de aquel
pueblo. Su erección se celebró con una solemnidad ex-
traordinaria, y con un entusiasmo fervoroso de los pue-
blos inmediatos. Contribuyó especialmente a dar inte-
rés marcado á aquel acto religioso la circunstancia de
bautizarse felizmente en aquel dia un gran número de
catecúmenos, en tanto que muchos otros se animaban
también para en su dia hacerse dignos de igual gracia.
La población de Manaoag, después de aquel dia so-
lemne, y por muchos conceptos memorable, no tardó
en ser toda cristiana, habiendo recibido al poco tiempo
el santo sacramento del Bautismo todos los infieles y
salvajes de las vecinas rancherías. La sagrada imagen
de la Virgen del Rosario que se venera en dicho pue-
blo se ha hecho posteriormente muy famosa, por los
favores singulares que por su medio é intercesión han
recibido siempre sus devotos. Un cristiano muy piado-
so ( i ) edificó después á sus expensas una iglesia de la-
drillo muy hermosa, que donó á la provincia del San-
tísimo Rosario^ y es hoy el célebre santuario de Ma-
(l) El nombre de este bienhechor no se puede aquí omitir. Llamábase don
Gaspar Gamboa, vecino de Manila y residente en Lingayen, profeso de nues-
tra V. Tercera Orden. La escritura de donación de la iglesia y humilladero (ó
sea un camarin que estaba á la salida del pueblo, hasta donde llevaban en
procesión la devota imagen déla Virgen) está hecha en Lingayen, el ario 1722,
y fué dada por buena en 1733 por el Sr. Alcalde de Pangasinan con presen-
cia de Doña Ágata Yangta, viuda de Gamboa. Hay en el archivo de Ma-
nauag traslado legal de la escritura de donación, y una copia en el archivo de
Provincia. El actual Vicario de Manauag ha escrito la historia de varias gra-
cias y favores que la provincia de Pangasinan ha recibido de la Virgen, se-
gún las noticias que ha podido recoger de padres antiguos.
— 542 —
naoag, en donde suelen ir en romería de todas las
provincias inmediatas, para ofrecer sus homenajes á la
celestial Seriora.
70. En el mismo capítulo provincial, de que hemos
hecho mención, se admitieron las casas de Malaoeg é
Iguig, con la administración de los indios que habita-
ban en la ciudad de la Nueva Segovia, á solicitud é
instancias de su obispo (i). La iglesia del primero se
fabricó en el sitio llamado de Nalfotan , que era como
centro y cabeza del partido conocido con el nombre de
Malaoeg. Se le dio por patrón al glorioso San Raimun-
do de Peñafort, y se principió desde luego la conver-
sión de los infieles que lo poblaban. Los vecinos de
estas rancherías eran, sin disputa, los más valientes y
belicosos de toda la provincia, y robustecidos con la
alianza que tenian con los infieles de Gattáran y Ta-
lapa, nunca hablan sido subyugados por otras hordas
salvajes. Ya la religión era conocida y acatada de toda
la provincia, según dejamos indicado en el libro pri-
mero de esta Historia, cuando los bravos malagueyes
yacian todavía por desgracia en la sombra de la infide-
lidad. Mas el Señor se dignó iluminarlos finalmente
con la luz del Evangelio, franqueándoles el tesoro de la
religión y de la fe, mediante un joven caudillo, llamado
Pagulayan, á quien los habitantes de Nalfotan obede-
cían como jefe. Era valiente á toda prueba, y dotado
al mismo tiempo de un corazón generoso, nacido para
(i) Habia alguna razón para que el Obispo así lo desease, puesto que
nuestros religiosos fueron los que habían formado y amamantado en cierto
modo aquella cristiandad, desde los primeros albores de su fe.
— 343 —
hacerla felicidad de cuantos le obedecían, que no sin-
tieron jamas el suave yugo de su mando. Cuando supo
que en Taban y en Piat y en Tuao habian recibido
sus vecinos la religión de Jesucristo, y noticioso de los
efectos maravillosos que producía entre ellos, suavizan-
do su carácter y moralizando sus costumbres, se sintió
hondamente conmovido, y animado por un súbito deseo
de abrazarla y de proponerla desde luego á su tribu
respectiva. Después de esta santa inspiración estuvo
meditando algunos dias acerca de un punto de tanta
gravedad, hasta que al fin se resolvió á manifestar su
pensamiento á los suyos, que adoptaron sin oposición
su grande idea, conformándose con la voluntad de su
Señor. Aun estaba en Cagayan el provincial Fr. Mi-
guel de San Jacinto girando su visita regular, cuando
Pagulayan, acompañado de algunos principales de su
tribu, se le presentó en Nueva Segovia, pidiéndole con
instancias les diese un religioso misionero para instruir-
les en la doctrina de la fe; si bien tuvo que contentarse
por entonces con promesas y esperanzas, porque el pre-
lado no tenía sujetos disponibles. Empero los deseos
del caudillo eran tan ardientes y sinceros, y tal su afán
por instruirse en la ley del Evangelio, que no quiso re-
gresar al distrito de Nalfotan sin llevar siquiera en su
compañía algún sujeto iniciado en aquella religión, que
ya amaba sin saberlo, y con quien pudiese aprender los
rudimentos de la fe. Llevóse en efecto á un niño per-
fectamente instruido en la doctrina cristiana, y tan
luego hubo regresado á sus hogares, dio principio á la
construcción de una capilla, para tener más obligado
al Provincial. Vio Pagulayan al fin realizados sus de-
— 544 —
seos por Agosto de 1607 (i), y el prelado Provincial
cumplió fielmente su palabra, destinando al P. Fray-
Pedro de Santo Tomas para misionero de Nalfotan.
Cuando llegó a dicho punto halló acabada la capilla,
y fué recibido con extraordinarias demostraciones de
afecto y de alegría por aquellas rudas gentes. El P. mi-
sionero, al ver el grande entusiasmo con que los nal-
fotanos se apresuraban á recibir el Evangelio, se con-
venció de que la obra era de Dios, y se propuso desde
luego consumarla por su parte con el empeño que su
ardiente celo le inspiraba. Mas el enemigo del hom-
bre, que por tantos siglos habia ejercido su reinado
entre estos infelices, no pudo mirar con indiferencia el
despojo que iba á sufrir su tiranía.
71. Empezó el P. Fr. Pedro sus tareas apostólicas,
anunciando la palabra del Señor por los valles y mon-
tañas del nebuloso Malaoeg. Ora se le veia trepar por
aquellos riscos, como un pastor amoroso, que busca
por todas partes á la oveja descarriada, para conducirla
sobre sus hombros al redil de Jesucristo; ora sentado y
tranquilo á la orilla de un torrente, en medio de tur-
bas bravas que bajaban de los montes á escucharle con
placer. Así fué como los habitantes del país iban aban-
donando las tinieblas en presencia de la luz, y suavi-
zando sus bárbaras costumbres al soplo civilizador del
Evangelio. Mas, cuando la obra de Dios iba progre-
sando felizmente, el espíritu del mal empezó á turbar
(i) Como se ve, estos hechos se refieren al provincialato anterior, siendo
precisado el narrador á este ligero retroceso para ligar los ac®ntecimientos,
haciéndolos remontar hasta su origen.
— 545 —
la paz y á destruir en sus principios lo que con tan be-
llos auspicios se habia comenzado. Valióse al efecto de
Caquenga, que, como sacerdotisa del infierno, servia
con gran fidelidad á sus designios. Esta mala hembra
tuvo tal habilidad de representar perfectamente el pa-
pel de Satanás , que consiguió sembrar en breve tiempo
la discordia feroz en los hogares, y encender el fuego
de la rebelión en las montañas. Como no todos los in-
dios querían variar de religión, Caquenga fomentaba
su mala disposición con sus discursos, y les decia á
todas horas que serian los hombres más ingratos si
abandonaban las costumbres que les habían legado sus
mayores. Y después de amenazarles con toda suerte de
males, concluía asegurando que serian unos impíos si
cambiaban su antigua religión y sus costumbres por
las que les proponía un visionario extranjero. Al propio
tiempo procuraba aprovecharse de todas las coyuntu-
ras favorables á sus miras para separar á los amigos de
Pagulayan de los que no pensaban como ellos, repre-
sentando papeles enteramente distintos, con el fin de
inducirlos á un violento rompimiento. Al fin las tra-
mas diabólicas de esta mujer infernal produjeron sus
efectos; pues sublevándose en los montes algunos in-
dios mal aconsejados por aquella pitonisa del demonio,
se pasaron al partido de los que hasta entonces hablan
sido enemigos de Nalfotan. Pagulayan, siempre fiel á
sus principios, hizo cuanto estuvo de su parte para con-
tener á los rebeldes. A este fin mandó á uno de sus
principales confidentes para que se viese con Furaga-
nan en las montañas (jefe de los sublevados ) , y le per-
suadiese eficazmente las conveniencias de la paz, ofre-
TOMO I. 35.
— 54é —
ciéndole el perdón bajo la palabra sacerdotal del padre
misionero, si aceptaba la amistad que le ofrecía; y que
de lo contrario sería severamente castigado, con los su-
yos, por los soldados de la Nueva Segovia, si persistía
en su rebelión escandalosa. Para que Furaganan no du-
dase de la buena fe con que procedía en el asunto, el
emisario le mostró un libro del misionero, que le habia
entregado á este propósito, y en esta sencilla garantía
vio el jefe de los rebeldes una prueba suficiente de ha-
ber empeñado el misionero su palabra en su favor. En
vista de todo esto, depuso toda su ferocidad y sus eno-
jos; prometió verse con el padre, y en seííal de su
amistad y buena fe entregó al emisario la cuchilla de
que usaba para degollar á sus contrarios. Con este rasgo
expresivo de su levantado corazón quiso dar á entender
que desde entonces quedaba desarmado en su presen-
cia, para que el P. misionero pudiese tratarlo con fran-
queza. Bajó, en efecto, Furaganan el dia designado, lleno
de altivez y gallardía; oyó con docilidad la elocuente
peroración del P. misionero, y se mostró muy enojado
contra la infame Caquenga, que con su doblez y malas
artes á todos tenía engafiados.
72. Restablecida la paz en las tribus de Nalfotan, y
entabladas las buenas relaciones de armonía entre los
jefes del partido, creyó el P. misionero que ya estaba
terminado aquel asunto. Mas aquella misma noche,
estando muy tranquilo el religioso rezando sus maiti-
nes, tuvo el disgusto y la amargura de ver arder la igle-
sia y convento, con otras casas cercanas, que hablan in-
cendiado alevemente los partidarios del pérfido Fura-
ganan. Pagulayan acudió sin pérdida de tiempo á sal-
— 547 —
var al P. misionero, á quien libró de la voracidad del
fuego, con lo más precioso que tenía, que era el recado
para celebrar el santo sacrificio de la misa, y un lienzo
de Nuestra Señora del Rosario, con algunas otras co-
sas del servicio de la iglesia. Con este acontecimiento
creyó que debia por entonces abandonar á Nalfotan, en
donde su vida peligraba, con la de los adictos al fiel
Pagulayan. Ocultó lo que se habia preservado del in-
cendio en un sitio adonde no creia llegasen los rebel-
des, y se fué rio abajo con algunos indios fieles para
refugiarse con ellos en Tuao. Los rebeldes, siguiendo
sus pisadas, hallaron los sagrados ornamentos escondi-
dos, y como gente sin Dios, ni religión, ni cultura,
los profanaron de mil modos, sin respetar á una imagen
de la Virgen, que insultaron igualmente con sacrilegas
maneras. Este hecho escandaloso fué castigado después
ejemplarmente; pues su principal autor fué á expiarlo
á las galeras, en donde sufrió su merecido de sus mis-
mos compañeros, por haberlos inducido á impiedad
tanta.
73. Por aquellos mismos tiempos se sublevaron los
infieles de las llanuras de Zimboey y de la Irraya; pues
aun no tenian misioneros que los adoctrinasen en la
fe y en la religión cristiana. En el calor del alzamiento
degollaron á su encomendero D. Luis Enrique, á quien
odiaban. Después de asesinarle ferozmente, hicieron
pedazos de su cuerpo, y compusieron de sus huesos
una escalera siniestra para subir á la casa del principal
que los regía. Tan luego como la noticia de estos he-
chos detestables llegó á la capital de Filipinas, la Real
Audiencia que á la sazón tenía el gobierno de las islas,
— 54B —
envió á la provincia de Cagayan á D. Cristóbal de Az-
cueta, con la gente necesaria para castigar, como era
justo, crueldades tan nefandas. Este jefe, á su llegada,
antes de proceder hostilmente contra ellos, quiso infor-
marse de la verdadera causa que los habia inducido á
sublevarse, y no tardó en descubrir que los embustes y
dobleces de Caquenga habían precipitado á los de Nal-
fotan, y la poca prudencia de D. Luis Enrique á los
de Zimboey y sus llanuras. Procedió luego á castigar á
los jefes principales de aquellas sublevaciones, perdo-
nando á los de Nalfotan, porque se adelantaron á pe-
dirle perdón de su delito, suplicándole á la vez que
volviese á su pueblo el misionero que ya habia princi-
piado su enseñanza.
Pudiera el P. Fr. Pedro haberse excusado razona-
blemente de volver á unas rancherías cuyos indios
lo habian tratado con tanta indignidad; mas el celo
que lo habia conducido á la provincia, y las mues-
tras de cariño que Pagulayan y algunos de los suyos
le habian mostrado, le hicieron olvidar los agravios
recibidos, y lo decidieron á exponerse otra vez á sus
insultos. La prudencia, no obstante, de este excelente
misionero , y la caridad con que solia atender á los que
más le habian ofendido, le hicieron olvidar pronto las
injurias de la anterior rebelión, y fueron preparando
aquel terreno lleno de malezas y cizañas, para recibir
la semilla de la fe. Fué tan extraordinaria la mudanza
de los que más rebeldes se habian mostrado hasta en-
tonces á la fe de Jesucristo, que se trasformaron final-
mente todas aquellas rancherías de gente dura y feroz
en un pueblo fervoroso de verdaderos creyentes; y de-
— 549 —
jando su antiguo nombre de Nalfotan, se apropió des-
de entonces el de Malaoeg, que hoy conserva, y que
era el de todo el partido anteriormente. Pagulayan y su
hermana fueron los primeros que recibieron las aguas
saludables del Bautismo, cuya piedad y fe santa fueron
el alma y la vida de esta cristiandad naciente; pues con
su ejemplo los demás dejaban gustosamente sus anti-
guas supersticiones idolátricas, y entraban de todas par-
tes al redil de Jesucristo. A los diez y ocho años de
esta fecha, el número de bautizados en Malaoeg y en
sus montañas era de cuatro mil seiscientos y setenta,
sin contar con los que hablan recibido el santo Sacra-
mento á la hora de la muerte.
74. Por este mismo tiempo se levantó la iglesia de
Iguig. Hubo por patrón al apóstol Santiago, bajo cuya
protección ha prosperado y perseverado hasta el pre-
sente, si bien sujeto á peripecias y á las vicisitudes
de los tiempos. Este pueblo, distante una jornada y
media de la Nueva Segovia, habia sido mucho antes
reducido á la obediencia del Gobierno por sus enco-
menderos; mas descuidando éstos, por desgracia, el pro-
curarles misioneros que los adoctrinasen en la fe y en
la religión de Jesucristo, habia adelantado poco en los
caminos de la vida. Convencidos al fin aquellos seño-
res de que la mano de Dios se habia agravado sobre
ellos con toda suerte de desgracias, por la indiferencia
con que miraban á sus encomendados en punto á la
religión y á la moral, tolerando entre ellos la idolatría
con sus prácticas nefandas, tuvieron al fin mejor acuer-
do, y procuraron recurrir á nuestro P. Provincial para
pedirle misioneros, según las instrucciones de la Ma-
— SSO —
jestad Católica, empeñando su palabra de no volver á
turbarles en su santo ministerio. Con esta sola diligen-
cia, aquel pueblo de idólatras vióse trasformado al poco
tiempo en un pueblo de cristianos. ¡Tanta era la bue-
na disposición de aquellas gentes para recibir el Evan-
gelio!
La iglesia de este pueblo ha sido reedificada cuatro
veces, y la actual está situada en una eminencia que
corona un vistoso panorama, adonde no pueden llegar
las inundaciones del gran rio (el Ibanag) que la ciñe
como una cinta de plata, bañando y fertilizando las
hermosas vegas que domina. Con estas mutaciones, el
pueblo de Iguig hubiera desaparecido, á no dudarlo,
de la carta, si los PP. misioneros que lo han adoctri-
nado con su caridad, celo y constancia, no hubieren
sido para él sus ángeles tutelares, consolando y ayu-
dando á sus vecinos en todas sus vicisitudes y desgra-
cias.
75. Por este tiempo fallecieron los PP. Fr. Juan
Bautista Gacet y Fr. Miguel del Oro, ambos religio-
sos de gran mérito. El primero era hijo del convento
de Predicadores de Valencia, y tuvo la dicha de pasar
el noviciado bajo la disciplina de San Luis Beltran, cu-
yas lecciones sublimes de santidad comprobada no po-
dian menos de conducirle á un grado muy superior de
perfección y de virtud. No fueron menores los pro-
gresos que hizo en la carrera literaria, que le hubieran
proporcionado, sin disputa, los primeros honores de la
Orden, si su profunda modestia no procurara evitarlos.
Con este fin, habia concebido el pensamiento de ale-
jarse de su patria, trasladándose á la Nueva España
— 55^ —
para trabajar, humilde obrero, en aquella viña del Se-
ñor, adonde fué con efecto destinado en calidad de
socio consultor del P. Maestro Fr. Juan Baylo, á quien
el Maestro General y Su Majestad Católica habian con-
ferido la alta y delicada comisión de separar las pro-
vincias de Guaxaca y de Santiago. Como su vocación
era la conversión de las gentes, se propuso ejercer su
apostolado en donde hubiese mayor necesidad de ope-
rarios evangélicos, y en tal concepto se agregó á una
misión que pasaba á la provincia del Saiitísimo Rosario^
presidida por el P. Fr. Pedro de Ledesma. Por su
avanzada edad no fué destinado á las provincias leja-
nas, cuyo idioma le hubiera sido difícil adquirir; mas
en Manila no cesó de trabajar en beneficio de las al-
mas, predicando y confesando y adquiriendo nuevos
méritos para el reino de los cielos con su vida peni-
tente, que recordaba el fervor de los primitivos tiem-
pos de la Orden. Finalmente, en 1607, satisfecho el
Señor de sus merecimientos y virtudes, lo llamó para
sí amorosamente con la dulce muerte de los justos.
El P. Fr. Miguel del Oro era hijo del convento de
San Pablo de Valladolid, y terminó la gloriosa carrera
de sus dias en la Nueva Segovia, el 20 de Julio del
mismo año, dejando viva para siempre su memoria en
el corazón de sus ovejas. Este venerable misionero, aun-
que no llegó á poseer con mucha perfección el idioma
de los indios, por su avanzada edad, fué, sin embar-
go, muy útil en aquellas nuevas conversiones por su
ejemplar y santa vida, que suele ser el móvil principal
para la propagación del Evangelio; siendo ademas el
prudente consejero y director de los más jóvenes. Su
— 55^ —
penitencia era extraordinaria, y entre los aflictivos ins-
trumentos con que mortificaba sus miembros, según
el mandamiento de San Pablo, llevaba ceñida á la raíz
de las carnes una cadena de hierro de diez libras de
peso, la cual, en un país como las islas Filipinas, en don-
de el sudor es siempre constante, debia ser insoporta-
ble. Aun parece más increíble este hecho, por otra par-
te incontestable, habida consideración á su ancianidad
y á la natural debilidad de su existencia. Con estas mor-
tificaciones asombrosas , procuraba, como el Apóstol, su
propia santificación y la ajena, temeroso de merecer su
propia reprobación, mientras trabajaba con ardor en la
salvación de los demás. Llegó por fin, con un tenor de
vida tan austero, al término feliz de aquellos dias que
deseaba dejar por Jesucristo, á quien se unió postrera-
mente en las eternas moradas de su reino.
76. La falta de estos religiosos ejemplares, y la de
otros que fallecieron en el cuatrienio pasado, fué reem-
plazada felizmente por una nueva misión, que el dia
II de Abril de 1608 llegó á la capital de Filipinas,
con su gobernador D. Juan de Silva. Su vicario y pre-
sidente, desde Cádiz hasta Méjico, fué el P. Fr. Ga-
briel Quiroa (ó Quiroga), hijo del convento de Oca-
íia, que algunos años antes habia dejado la Provincia,
por no haber podido aprender como queria el idioma
de los chinos, á cuyo ministerio habia sido destinado a
su llegada, que fué en 1795. Las prendas extraordina-
rias de que se hallaba adornado, y la nobleza de su al-
curnia le merecieron en la corte el afecto de los gran-
des, cuyos aplausos lo hubieran conducido tal vez al
precipicio, si el Señor no lo mirara con ojos de miseri-
— S53 —
cordia y de piedad. Lleno de remordimientos por ha-
ber interrumpido, siquiera por breve tiempo, el curso
de su carrera, pidió licencia al maestro de la Orden para
reunir una misión en la Península, y volver con ella á
Filipinas. Recabó efectivamente del General de la Or-
den el permiso que pedia en 1607; mas cuando ya es-
taban los PP. misioneros en Sevilla, faltó la flota que
habia de salir para la América, y tuvieron que regre-
sar á sus conventos. No debian, sin embargo, esperar
mucho tiempo su partida. A fines del mismo año, de-
biendo embarcarse para Méjico el Gobernador de Fili-
pinas, anteriormente mencionado, el P. Quiroa volvió
á reunir sus misioneros, y con treinta excelentes reli-
giosos se hizo alegremente á la vela, para volver á es-
tas playas, que nunca pudo olvidar en la Península. Las
incomodidades del viaje, y los contratiempos que sufrie-
ron en la navegación, le agravaron la enfermedad de
asma que padecía de muchos años, cortándole el hilo
de la vida cuando iba á empezar de nuevo una carre-
ra gloriosa; pues llevaba en sus despachos, sin saberlo,
el real nombramiento de obispo de Nueva Cáceres.
Esta noticia aumentó más el sentimiento que su falle-
cimiento habia causado á sus compañeros de viaje. És-
tos, con la falta de su amado director y de su guía, las
molestias que hablan padecido en la navegación hasta
aquel punto, la falta de navio que pudiese conducirlos
por entonces á Manila, y el deseo de trabajar en la viña
del Señor, que abraza toda la tierra, inclinó el celo de
algunos á fijar su apostolado en los países dilatados de
la América, que ofrecian un campo inmenso á los ope-
rarios evangélicos.
— 554 —
jj. Los misioneros que prosiguieron su viaje hasta
las islas Filipinas fueron un grande consuelo para la
provincia del Santísimo Rosario^ porque con ellos pudo
cubrir por entonces las bajas de los difuntos, proveer
al ministerio de Fotol, y hubiera dado también misio-
neros fervorosos á los habitantes del valle de Ituy, si no
se hubiese frustrado su proyecto. Fotol estaba situado
á las orillas del rio de Abulug, distante media jorna-
da de este pueblo. Se compuso en un principio de unas
tribus montaraces y feroces, que no reconocian otra ley
que la de sus bárbaras costumbres. Los españoles hablan
conseguido, finalmente, que pagasen algunas bagate-
las, en señal de reconocimiento y vasallaje al Monarca
de Castilla. Mas era preciso ir bien armados y preve-
nidos á cobrarlas, habida consideración á su barbarie.
Solia acompañar á los soldados, en estas espediciones,
alguno de nuestros religiosos, y entonces procuraba
atraer el afecto de los bárbaros, para disponerlos gra-
dualmente á recibir en su día el espíritu civilizador del
cristianismo. Con los lances y ocurrencias que solian
tener lugar frecuentemente en esta clase de visitas, co-
nocieron los fotoles cuan útil les sería la presencia
permanente entre ellos de algún P. misionero, cuya
idea les inspiró el pensamiento de pedirlo, y al efecto
se presentaron al P. Fr. Miguel de San Jacinto, vica-
rio de Abulug, rogándole les concediese un religioso
siquiera, que les enseñase el catecismo. Este, que lo de-
seaba más que ellos, les envió al P. Fr. Diego Carlos,
el cual fué recibido con extraordinarias demostraciones
de afecto por aquellas tribus bárbaras. Sus tareas apos-
tólicas muy pronto produjeron los efectos deseados, por-
— sss —
que los fotoles se dedicaron con una santa emulación
á instruirse en las verdades de nuestra religión santa, y
muy en breve se hizo Fotol un verdadero pueblo de
cristianos, que no se distinguían de los demás de la
provincia. Se dio el título de Nuestra Seííora del Ro-
sario á la iglesia que en él se erigiera en un principio,
y después de doscientos años de existencia, su pobla-
ción fué decayendo, hasta que los pocos cristianos que
al fin contaba en su seno, fueron trasladados totalmen-
te al antiguo pueblo de Abulug. Muchos otros pueblos
de Cagayan han tenido que sufrir la misma suerte, efec-
to, ya de la escasez de religiosos que los administrasen,
ya de la insalubridad de la provincia, ya por otras cau-
sas, que no han permitido el desarrollo de la población
como en otras partes de las islas.
78. En Bataoag, pueblo situado en las orillas del
rio Ibanag, y constituido por el celo del P. Fr. Luis
Flores (que después fué glorioso mártir en Japón), se
edificó también hacia este tiempo una iglesia muy ca-
paz. Habia subido á aquel punto este celoso misione-
ro solo y desarmado, sin más auxilio que la firme con-
fianza en la divina Providencia, y comenzó á predicar
la ley santa del Señor á sus feroces habitantes, que lo
escuchaban como á un ángel de caridad y de dulzura.
En breve se formó un pueblo respetable de cristianos,
de donde debia partir la luz del Evangelio á otras bár-
baras naciones, que habitaban en sus vecinos montes.
iMas la inconstancia natural de unos salvajes acostum-
brados á vivir como fieras en los bosques, y de la que
tantas pruebas tenían dadas otros pueblos, contribuyó á
la ruina desastrosa de aquella cristiandad; pues cansa-
- 556-
dos al fin de la nueva vida social y cristiana, se remon-
taron como fieras á sitios inaccesibles, para vivir en sus
guaridas como sus antepasados.
79. En medio de estas alternativas de progresos y
reveses, en esta lucha constante de la civilización con
la barbarie, perdió la Provincia algunos religiosos de
singular virtud y santidad, que la honraban altamente.
El año de 1609 fué uno de los más fatales para ella en
tal concepto. Murió con efecto por entonces en la pro-
vincia de Cagayan el V. P. Fr. Juan de Anaya, natu-
ral de San Pedro de las Dueñas, é hijo de San Pablo de
Valladolid. Habia llegado á Manila en 1598, y desti-
nado a aquella provincia desde luego, trabajó como un
apóstol en la conversión de los infieles. Persuadido del
gran valor de una sola alma convertida, no perdonaba
trabajos ni fatigas para procurarles la salud; y á este fin
andaba por las breñas y por las aberturas de las rocas,
á imitación del buen Pastor, para reducir á la oveja des-
carriada al redil de Jesucristo. Haciéndose, como el
Apóstol, todo para todos dulcemente, con el fin de ga-
narlos para Dios, ademas de la doctrina de la religión
cristiana, enseñaba á los indios á labrar sus tierras con
su ejemplo, siendo el primero en coger el arado con su
mano, y sembrar las semillas en sus campos, para fa-
miliarizar aquellas gentes con la agricultura y el traba-
jo. Con su celo, constancia y paciencia inagotable atra-
jo á vida social y cristiana á un gran número de bár-
baros, que yacian tristemente en sombras de muerte y
de pecado. Era tal el amor que profesaba á sus neófi-
tos, que le afectaban más sus males que los propios.
Sus desgracias le causaban las mayores amarguras, y sus
— 557 —
calamidades eran tan sensibles á su tierno corazón, que
al fin lo condujeron al sepulcro. Habiendo acontecido,
con efecto una grande inundación en el pueblo de Pi-
litan, en donde estaba de vicario, lo afectó de tal suer-
te este siniestro, que enfermó de gravedad, y murió
poco después en el Señor.
A su muerte sucedió la del P. Fr. Vicente Alonso,
natural del reino de Valencia é hijo del convento de
Predicadores de aquella ciudad; religioso muy carita-
tivo y muy humilde, que jamas hizo paz con el demo-
nio en los caminos de la iniquidad y del pecado. Como
verdadero misionero, su principal ocupación era ins-
truir por sí mismo á los indios más rudos y salvajes, á
quienes cuidaba ademas con sus propias manos en sus
enfermedades asquerosas, como una madre solícita llena
de sensibilidad y de ternura. A los pobres y desnudos
los cubria con su ropa, y partía con ellos su alimento
con la mayor caridad. Las fatigas que su celo le oca-
sionaba á cada paso por la salud eterna de las almas;
sus muchas penitencias, ayunos y maceraciones inau-
ditas lo debilitaron de tal suerte, que no pudo sopor-
tar la fuerza devoradora de una fiebre perniciosa que
después le sobrevino. Recibidos con gran devoción los
Santos Sacramentos, llegó al fin de su carrera, pasando
á vida mejor para reunirse á Jesucristo.
Falleció también por aquel tiempo, en Pangasinan,
el P. Fr. Francisco Martínez, vicario de Binalatongan,
era natural de Zacatecas é hijo del convento de Méjico.
Se distinguió en la observancia regular, ajustando en
un todo sus acciones y su sistema de vida á las consti-
tuciones de la Orden y ordenaciones primordiales de
— ss^ -
esta Provincia religiosa. Mas no por esto dejaba de
trabajar con todos sus esfuerzos en la salud y provecho
de las almas. Empleaba la mayor parte del dia en el
tribunal de la penitencia y en la instrucción de los in-
dios que le estaban encomendados, y de noche se de-
dicaba especialmente al estudio de su idioma con aque-
lla perfección que era posible, para escribir en su len-
gua los sermones doctrinales y los ejemplos de los San-
tos, que eran para todos de mucha utilidad y gran pro-
vecho. En una ocasión, por su desgracia, cayó en ma-
nos de unos piratas japones, que, como gente feroz y
sanguinaria, lo maltrataron cruelmente, y lo amenaza-
ron de muerte varias veces. Mas el Señor le propor-
cionó por fin la libertad, mediante un rescate provi-
dencial y oportuno que le facilitó para el efecto. Des-
pués prosiguió tranquilamente en sus tareas apostóli-
cas, y al llegar precisamente en sus piadosos escritos á
la petición del Padre nuestro, venga á nos el tu reino,
le asaltó una terrible enfermedad, de que murió poco
después, recibidos con toda la devoción de un alma
pura los Santos Sacramentos.
8o. Pasaron también á mejor vida, en la ciudad de
Manila, dos venerables religiosos que habian merecido
siempre bien de la religión y del país. Eran éstos el pa-
dre Fr. Bartolomé de Nieva y Fr. Pedro Rodríguez.
Aquél habíase ausentado de su patria siendo todavía
joven y del estado secular; mas obedeciendo en Méji-
co á los impulsos de la gracia, que lo llamaba á la Or-
den con una voz secreta y poderosa, fué recibido a la
misma en el convento de nuestro P. Santo Domingo,
que él visitaba con frecuencia en aquella capital ame-
— 459 —
ricana. Allí empezó sus estudios desde la gramática la-
tina; cursó después filosofía, y pasó, finalmente, á la pro-
vincia del Santísimo Rosario con la misión que condu-
ela el P. Fr. Alonso Delgado, uno de los primeros
fundadores. Su avanzada edad no le permitió aprender
con perfección el idioma de los indios; mas no por eso
estuvo ocioso, ni dejó de ser útil operario en la viña
del Señor, donde hay trabajo para todos cuando arde
en el alma el celo santo por la gloria del Señor. Desti-
nado en un principio al ministerio de los chinos, cuan-
do aun no se habia trasladado á Binondo, su parroquia,
atraía con caridad los paganos de la fe, y aliviaba con
su celo al vicario de la casa en aquella administración
harto penosa. Desde allí acudía con frecuencia á la igle-
sia de Manila, cuyo pulpito y confesonario frecuenta-
ba con buen éxito, conduciendo a muchas almas por
las sendas misteriosas de la perfección cristiana. Cele-
braba el santo sacrificio de la misa con gran recogi-
miento y devoción, y era tan exacto en la oración, á
la que dedicaba muchas horas, que por nada ni por
nadie la omitía, como no fuese en beneficio de las al-
mas. Era muy mortificado y penitente; ayunaba y cas-
tigaba su cuerpo debilitado con disciplinas y cilicios , y
no salía del convento sino para el servicio de Dios ó
de sus prójimos. Sus enfermedades eran continuas y
penosas; y sin embargo, era el primero en celebrar el
santo sacrificio de la misa, en la asistencia del coro y
en el cumplimiento exacto de los demás deberes reli-
giosos. Ocupado habítualmente en estos santos ejerci-
cios, se le agravaron sus achaques al extremo de pos-
trarlo para siempre en el lecho del dolor, para no salir
— ^6o —
de él sino para la eternidad, que era su dicha. Treinta
dias estuvo padeciendo en la postura más aflictiva y
trabajosa; y entonces, cuando no le era ya posible le-
vantarse de su lecho para ir á coro á todas horas, re-
zaba en la cama sus maitines á las doce de la noche,
como lo practica el coro y la comunidad en el con-
vento, según la ley de la Provincia. Así perseveró aquel
varón fuerte hasta el fin de su carrera; de suerte que
en la última noche de su vida rezaba en la misma hora
el oficio parvo de la Virgen, pasando á ofrecerla, final-
mente, sus obsequios filiales en el reino de los cielos.
El religioso Fr. Pedro Rodriguez fué uno de los
primeros fundadores de esta provincia religiosa. Ayudó
desde un principio al Vicario general en la construc-
ción del convento de Manila, y cuando se hubo fun-
dado el hospital para el cuidado de los chinos, á él se
debió principalmente el buen resultado de esta empre-
sa; pues, ocupados los demás en el ministerio de las
almas, él cuidaba con amor de los pobres enfermos y
apestosos, los consolaba en sus males, recogia limosnas
y socorros para sus necesidades, y no perdonaba di-
ligencias para dar impulso y desarrollo á un estableci-
miento tan benéfico. Tres veces se reedificó aquella
fábrica durante el curso de sus dias, y en la última fué
trasladado el hospital á la isla de Binondo, en donde
fueron mayores sus cuidados, por haberse aumentado
con este motivo los enfermos. Su caridad no se limita-
ba á procurarles la sola salud del cuerpo; pues su ma-
yor solicitud se dirigia á facilitarles la salvación eterna
de sus almas, y muy particularmente cuando la en-
fermedad se iba agravando, y reclamaban más cuidado
- ;6i -
las almas y los cuerpos juntamente. Por esto era muy
raro el enfermo que moria sin el santo sacramento del
Bautismo. Desde el año de 1590 hasta el de i 609, que
tuvo a su cargo el hospital, fueron bautizados más de
dos mil y seiscientos chinos en la hora de la muerte,
con otros muchos, ademas, que después de bautizados
recuperaban la salud, como él mismo lo atestiguó en
un escrito que aun existe en el archivo general de la
Provincia, firmado de su mano poco antes de entregar
su alma á Dios.
Sus modales religiosos eran tan edificantes , que ins-
piraban el mayor respeto hasta á las personas distingui-
das. El gobernador D. Juan de Silva, poco después de
haber llegado á Manila, quiso visitar el hospital, y al
ver delante de sus ojos á tan venerable religioso, noti-
cioso ya de sus virtudes , le besó la mano con el mayor
respeto y reverencia, y le ofreció todo el favor que po-
día dispensarle en beneficio de la casa. Mas, se aproxi-
maba finalmente este hombre justo al término feliz de
su carrera. Enfermó, pues, de gravedad, y conociendo
que su hora era llegada, se dispuso para ir á Jesucristo,
cuyo reino se acercaba para aquel varón glorioso. En
esta dulce confianza recibió los últimos auxilios de la
religión y de la Iglesia, entregando su alma al Criador
en la casa de Binondo.
De todos estos venerables religiosos se hizo mención
especial en el Capítulo intermedio que celebró la Pro-
vincia en 8 de Mayo de 1610; y hablando en particu-
lar del último que se cita, se expresaron los padres ca-
pitulares en los términos siguientes: «En la doctrina
de Binondo murió Fr. Pedro Rodríguez, de la obe-
TOMO I. 36.
— ^62 —
diencia, uno de los primeros religiosos que vinieron
para fundar esta Provincia, y muy benemérito del hos-
pital de San Gabriel de los chinos, el cual habiendo
sido destruido, lo reedificó tres veces, y hasta el fin
de su vida trató caritativamente á los infieles enfermos,
los curó y favoreció, y sabemos positivamente que con
su diligencia, celo y buen ejemplo, muchos de ellos
fueron convertidos á la fe.»
8 1. En este Capítulo provincial se aceptaron las ac-
tas de los generales celebrados en Roma y Valladolid
en 1 6o I y 1605, con ciertas explicaciones que se die-
ron acerca de algunas disposiciones especiales, de las
cuales se suplicó en sentido reverente, según los privi-
legios primitivos de esta Provincia religiosa, por no ser
aquí posible su rigorosa observancia. En el mismo se
aceptaron como vicarías de la Orden las casas de Tu-
guegarao (á la cual se agregó como visita la de Iguig),
de Manaoag y de Fotol, con las de Meaco y Nanga-
saqui, en el imperio del Japón. Después se acordaron
algunas disposiciones relativas á la administración de
los Santos Sacramentos a los indios, con el fin de con-
servar la uniformidad posible entre todos los religiosos
de la Orden encargados de la administración espiri-
tual en las provincias.
La erección de las dos casas que se aceptaron en el
imperio del Japón, la una en la misma corte, y la otra
en el puerto principal de aquel imperio, nos descubre
los progresos religiosos que hacian nuestros misioneros
en aquellas regiones apartadas. Es verdad que el Tono
de Satzuma, al ver que no llenaban sus miras codiciosas,
trataba ya de expelerlos de su reino; mas entre tanto el
— S^3 —
Señor les abrió la puerta de otro campo más espacioso
todavía, adonde podrían libremente llevar con su apos-
tolado la esplendorosa luz del Evangelio. Este era el rei-
no de Figen, uno de los más ricos y poblados del Japón ,
cuyos habitantes apenas hablan oido todavía la palabra
de Dios en su país. Nuestros religiosos, pues, deseaban
fundar en él una misión , lo que no era fácil conseguir
por los medios ordinarios, por ser su Tono muy adicto
al abominable culto de los ídolos. Mas al fin vieron
cumplidos sus deseos en el año de 1606, con motivo
de un suceso que en manera alguna podian prever los
misioneros.
Habiendo ido, con efecto, el P. Fr. Alonso de Mena
á Nangasaqui para asuntos relativos á la misión domi-
nicana, tuvo noticia que habia arribado á Fucafori, en
dicho reino de Figen, un capitán español con un bu-
que mercante de Manila. Este honrado español, que
se llamaba Francisco Moreno Donoso , era muy afecto
á los PP. misioneros, muy conocido ademas de nues-
tros religiosos de Manila, y bienhechor especial de
nuestra Orden; lo que no ignorando el P. Mena, se
hizo un deber de visitarle y de ofrecerle sus servicios;
atención que él debia apreciar por mucho en aquellas
circunstancias, hallándose en un país cuyo idioma ig-
noraba totalmente. Donoso habia salido de Manila con
algunos PP. Franciscanos para uno de los puertos del
Kuanto; mas un incidente providencial é inesperado
le obligó á tocar en Fucafori, como vamos á referir
sucintamente.
82. Habia salido de Manila el dia 22 de Julio, y el
viaje habia sido feliz hasta el 20 de Agosto, en que le
— 564 —
asalto una tempestad amenazadora y espantable, que
desarboló completamente su bajel. Sin velas y sin los
mástiles, y rota la caña del timón, ya no quedaba otra
esperanza á los afligidos navegantes que la de Dios y
de María. Acudieron, en efecto, á la oración, y parece
que el Señor tenía reservada en sus consejos la gloria
de librarlos del naufragio a su Madre clementísima
bajo la dulce advocación del Santísimo Rosario. Por eso
que la tormenta, á pesar de sus plegarias, iba en progre-
sión creciente, y todos estaban ya en la firme persua-
sión de que era inevitable su naufragio. Sin embargo, el
dia de San Bartolomé, lleno el capitán Donoso de una
secreta confianza, preguntó por el patrón de la iglesia
del Kuanto, y habiendo averiguado, por su dicha, que
era Nuestra Señora del Rosario, la invocó de todo co-
razón en aquel trance, y la ofreció para su culto dos
lámparas de plata de ciento y cincuenta pesos de valor
cada una, realzando con su piedad aquella ofrenda. No
tardó, con efecto, mucho tiempo en ser oido; pues si
bien siguió la tormenta todavía, al picar el palo mayor
bajo el amparo y en nombre de la Virgen del Rosario,
cesó casi de repente aquel peligro; pues replegando la
tempestad sus negras alas, la mar contuvo sus iras, y
sobreviniendo en seguida la bonanza, un viento fresco
y favorable los condujo desde luego al puerto de Nan-
gasaqui. Donoso, que conocia el carácter de los portu-
gueses, y los inconvenientes que pudiera ofrecerle una
arribada en aquel punto, pasó de largo aquellas aguas,
y aportó en Fucafori para componer sus averías. Con
este motivo la presencia del P. Mena le fué de utilidad
y gran consuelo en aquellas desgraciadas circunstancias.
- 565 -
Sabida por el Tono su llegada, ordenó inmediata-
mente á Nichizayemon , gobernador de aquel distrito,
que fuese personalmente á visitarle, y le prestase á la
vez todos los auxilios necesarios. En esta ocasión se
dio a conocer el P. Mena á este gobernador, el cual
quedó muy prendado y satisfecho de su trato cariñoso,
y le manifestó que sería de su gusto de que lo visitase
en su fortaleza con frecuencia. Informado de las ver-
dades de nuestra santa religión, hablaba de ella con
respeto, asegurando al P. misionero que cuanto ense-
ñaban las sectas del país era, en su comparación, verda-
dera locura y necedad. Desde entonces se mostró muy
inclinado á recibir el santo sacramento del Bautismo;
más no llegó á realizar aquellos votos, temeroso de
caer en desgracia de su Tono, en cuyos dominios es-
taba en todo su vigor la ley de Taycosama, que pro-
hibía á los nobles, bajo pena de la vida, profesar la ley
de Jesucristo. ¡Juicios y consejos formidables del Altí-
simo! ¡Conocía la verdad, y se adhirió por temor á la
mentira! Queria, no obstante, y deseaba, que el padre
Mena se quedase en su distrito, en donde podria des-
empeñar su ministerio libremente. Por entonces no
creyó oportuno el P. misionero aceptar los ofrecimien-
tos de este gobernador; pero se aprovechó de su afecto
y valimiento para dar principio á la predicación del
Evangelio en la misma corte de Figen.
83. El P. Alonso prosiguió desde allí su viaje a la
ciudad de Nangasaqui, y el Gobernador de Fucafori
debia presentarse entre tanto á la corte de su Tono.
Como aquél le habia manifestado que deseaba fundar
una misión en aquel reino con los requisitos necesarios.
— 566 —
le encargó el caballero que á su vuelta se le hiciese en-
contradizo en la misma corte, en donde esperaba fa-
vorecer sus pretensiones. Hízolo así el P. Mena; mas
la primera entrevista no fué favorable á sus deseos,
porque el caballero halló de mal humor al Tono, y no
creyó conveniente hablarle de un asunto que presumia
no le sería grato en aquel caso, é insistió en que podría
predicar el Evangelio en su distrito. Nada parecia más
opuesto á los deseos del P. misionero, que la mala dis-
posición del Tono de Figen; pues, atendido su carác-
ter, ni aun en el distrito de Nichizayemon le sería fá-
cil el fundar con seguridad una iglesia, ni establecer
allí su apostolado. Pero Dios, en cuyas manos están
los corazones de los reyes, dispuso las cosas de tal
suerte, que todo salió postreramente á medida de su vo-
luntad y sus deseos. Por la noche de aquel mismo dia,
el Gobernador de Fucafori, en una conversación que
tuvo con el Tono, le habló en favor del P. Mena; le
aseguró que era un hombre extraordinario, lleno de
santidad y de virtudes, y de un trato dulce y agrada-
ble, que cautivaba al instante los corazones bien naci-
dos. Estas alabanzas justas, y la noticia simultánea de
que hablaba perfectamente el idioma del país, excita-
ron la curiosidad del Tono, y lo interesaron por el
P. misionero, aun antes de conocerle ni tratarle. Al
dia siguiente de estos hechos recibía el P. misionero
un aviso de atención, poniendo en su conocimiento
que el Tono deseaba conocerle y recibirle en su pa-
lacio.
Coincidió la llegada del P. Mena á la corte de Fi-
gen con la del capitán Donoso, que también deseaba
— 5^7 —
visitar al Tono, á quien traia algunas cosas de regalo
para ganarle el afecto; cuya circunstancia fué también
muy favorable á las pretensiones y designios del padre
misionero. Pasaron entrambos a palacio para sus fines
respectivos, y Donoso entregó al Tono sus presentes,
que recibió con demostraciones expresivas de gratitud
y de afecto. Cuando el Tono hubo de corresponder,
según usanzas, con algunos obsequios de su parte. Do-
noso se contentó con recibir una catana que aquél se
habia quitado de su cinta; y aun le dijo con finura
que se quedaba con aquella prenda de su estima, por
ser cosa de su Alteza; pero añadió que se reservaba
pedirle una gracia de otro orden, que, si tenía el gusto
de lograrla, se tendría por bien recompensado. Llevaba
Donoso un hermoso sombrero, engalanado con cintas
y plumas muy vistosas, que llamó la atención del Tono,
el cual quiso tener el gusto de ponérselo. Los señores
que lo acompañaban lo aplaudieron altamente, dicién-
dole que sentaba muy bien á su persona. Satisfecha su
curiosidad, lo iba á devolver al capitán; mas éste re-
husó admitirlo, diciendo que se lo cedia muy gustoso.
A este rasgo de generosidad añadió una preciosa espa-
da y la daga que traia, con lo cual dejó al Tono tan
contento que le dijo podia pedir lo que gustase, pues
estaba dispuesto á concedérselo. El piadoso capitán,
más amante de la gloria de Dios que de sus conve-
niencias temporales, se limitó á suplicarle que se sir-
viese conceder á los padres de nuestra Orden su per-
miso para predicar y propagar la religión de Jesucristo
en sus estados. Su contestación no fué tan favorable
como era de esperar; pues le dijo que, si bien le otor-
— 568 —
gaba desde luego la merced que deseaba, no quería se
edificasen iglesias en la corte contra la voluntad del
bonzo Gaco, con quien solia consultar frecuentemente
los asuntos de gravedad y trascendencia.
84. Esta segunda condición disgustó en gran manera
al P. Mena; porque temia que Gaco no habia de con-
sentir se pertnitiese la predicación del Evangelio, tan
contrario á las doctrinas que su secta enseñaba á sus
prosélitos. Era el bonzo natural del reino de Figen;
habia estudiado en el Kuanto, y habiéndose distingui-
do en su carrera sobre sus contemporáneos, mereció el
afecto del mismo Dayfusama, quien lo tenía siempre
á su lado, oyendo sus consejos y dictámenes con el
mayor respeto y deferencia. A la sazón habia venido á
su patria para visitar á sus parientes, y creyó el Tono
en su caso que, hallándose presente dicho bonzo, debia
contar con su anuencia para conceder la libre predica-
ción del Evangelio. Al efecto le envió su propio secre-
tario, por medio del cual le manifestó sus intenciones,
y las circunstancias que hablan mediado para hacerle
la propuesta. Le alabó las cualidades del P. misionero,
ensalzó su gran modestia y su desinterés reconocido, y
le dio á entender muy claramente que tendría mucho
gusto en conceder la merced que le pedian, para lo
cual contaba con su asentimiento en aquel caso. Gaco,
ora fuese por condescender con los deseos del Tono,
ora movido tal vez por una virtud secreta, de la cual
no podia aún darse cuenta, le contestó desde luego que,
siendo el misionero un varón justo, tal como se lo ha-
bia pintado el secretario, bien podia concederle sin
peligro el permiso que pedia. Con esta respuesta favo-
— 569 —
rabie quedó el negocio terminado; pues el Tono dio
al P. Mena la licencia deseada para extender y propa-
gar la religión de Jesucristo en el reino de Figen , y
éste se apresuró á dar principio á su misión fervorosa,
anunciando en todas partes la nueva del Evangelio.
85. La primera iglesia de Figen se fundó en La-
mamachi, bajo la invocación de Nuestra Señora del
Rosario, en contemplación á los deseos del capitán
Donoso, que habia sido el instrumento principal de
una concesión tan favorable. Luego se levantó otra en
Caxima, dedicada á San Vicente Ferrer, y posterior-
mente otra en Sanga, corte de aquel mismo reino,
cuyo permiso se habia denegado en un principio. Otras
muchas iglesias se hubieran podido levantar, si no fal-
taran ministros evangélicos para tenerlas bien servidas;
pero los pocos que habia gozaron de la más completa
libertad por largo tiempo, y el mismo Tono era su
bienhechor especial en aquel reino. De esta suerte se
comprende que nuestros misioneros pudieran formar
una cristiandad floreciente en sus estados, cuando an-
tes apenas era conocido el nombre del Señor de aque-
llas gentes.
86. Una de las muchas conversiones que obró el
Señor en este reino por el ministerio santo del célebre
P. Mena, fué la de un gentil, muy rico de bienes de
fortuna; pero que sentia profundamente la necesidad
de un bien absoluto y soberano, superior á todos los
bienes de la tierra. Guiado por esta idea, se habia con-
sagrado mucho tiempo al estudio de las sectas cono-
cidas del país; pero ninguna podia satisfacer á sus de-
seos, ni calmaba la inquietud que atormentaba su alma.
— 570 —
También había examinado la doctrina de nuestra san-
ta religión; pero como los japones, con quienes habia
consultado en aquel caso, no tenian la instrucción sufi-
ciente para desatar sus argumentos, se quedaba en su
infidelidad y en sus zozobras. El P. Mena tuvo noticia,
por fin, de las diligencias que este gentil habia practi-
cado tanto tiempo para buscar la verdad; y persuadido
de la buena fe que le guiaba en su constante inquisi-
ción, se le hizo en una ocasión encontradizo, y le ha-
bló seriamente del asunto que tan inquieto y pertur-
bado le traia. Le demostró palmariamente, en sus lar-
gas conferencias, que no hallarla la salud eterna de su
alma en ninguna de las sectas conocidas, y que sólo
podria proporcionarle esta dicha deseada la religión de
Jesucristo, única y verdadera revelación del Criador,
que encierra en su seno los destinos y la felicidad de
los mortales. En cuanto al primer aserto, no tenía cosa
alguna que oponer, porque ya estaba convencido por
sí mismo de que las sectas del Japón eran una mentira
y una farsa, insuficientes, por tanto, para dirigirle en los
caminos de la verdad y del bien. Mas en cuanto al otro
punto opuso sus dificultades, que el celoso é ilustra-
do P. Mena resolvió perfectamente, dejándole tan con-
vencido y satisfecho, que abriendo el gentil los ojos
á la luz de la verdad, abandonó para siempre la idola-
tría nefanda y entró en la iglesia de Dios por el Jor-
dán sagrado del Bautismo. Su fe era tan sincera, que
probada después por algún tiempo con el fuego de la
persecución y los trabajos, lo convirtió en un caudillo
valeroso de los cristianos de Figen, á muchos de los
cuales hizo triunfar en la lucha con las potestades del
— 571 —
abismo, enseñándoles á pelear varonilmente las batallas
del Señor con la fuerza poderosa de su palabra y de
su ejemplo.
87. Poco después de haber obtenido nuestros reli-
giosos el permiso para predicar la religión de Jesucristo
en el reino de Figen, fueron expelidos de Satzumapor
el mismo Tono de aquel reino, que los habia llamado
anteriormente. Su designio al invitarles no habia sido
ciertamente el celo por el bien espiritual de sus vasa-
llos, sino el interés y la codicia; pues creia que por su
medio el comercio de Manila se hubiera dirigido á
sus mercados. Mas al ver que después de tanto tiempo
los PP. misioneros de la Orden sólo trataban de la pre-
dicación del Evangelio, y no se ocupaban para nada
en sus intereses temporales, se convenció, finalmente,
que nada adelantarla por esta parte con retenerlos y
protegerlos en su reino. Este manifiesto desengaño de
sus miras codiciosas, su celo por las sectas de los dio-
ses del país, y las instancias de los bonzos que le habla-
ban sin rebozo contra nuestros misioneros, fueron el
origen verdadero de la conducta desleal é inconsecuente
de aquel Tono despreciable.
Sin embargo de todo esto, no quiso por de pronto
declararse abiertamente contra ellos; si bien creyó que
podria llevar á cabo su perfidia , quedando en buen lu-
gar en todo caso, por medio de una estratagema que
abortó por dicha nuestra. Resuelto, pues, á expeler á
los religiosos de su reino, los llamó á su presencia, y les
dijo brevemente : que el Regente le habia dirigido una
queja contra ellos porque no se le habian presentado to-
davía, como cumplia á su deber, y que por consiguiente
— 572 —
era preciso que cumplieran cuanto antes esta indis-
pensable diligencia. Ya el P. Fr. Alonso Mena habia
cumplido, en esta parte, con el Regente del imperio, y
los demás religiosos podian igualmente desmentirle; maS
con esto sólo hubieran conseguido exasperarlo, y cre-
yeron más oportuno contestarle que no tenian incon-
veniente en subsanar esta falta, conforme á su indica-
ción y á sus deseos. No esperaba el Tono ciertamente
esta respuesta y vistos frustrados sus intentos, trató de
imposibilitar aquello mismo que dijo era indispensable;
pues les dijo que para presentarse todos ellos al Re-
gente, debian prepararle, ante todas cosas, un regalo,
según la costumbre del imperio, y que de tan digno
obsequio él mismo les daria la minuta. Entrególes, en
efecto, una lista de algunas cosas preciosas, cuyo valor
fabuloso no podia soportar su conocida pobreza. No se
negaron abiertamente nuestros religiosos á la manifes-
tación disimulada de su perverso designio; mas le di-
jeron que, si bien les era imposible presentarse al Re-
gente del imperio con el regalo precioso que él les ha-
bia designado, procurarian, no obstante, en Nangasa-
qui, que los españoles, sus paisanos, les ayudasen al
efecto, para no faltar á su deber en aquel punto. El
Tono se conformó, al parecer, con su contestación y su
promesa, y los PP. misioneros resolvieron desde luego
que el P. Fr. Francisco de Morales, como superior de
la misión, se presentase en nombre de todos al Re-
gente. En orden al regalo sobredicho, no todos los re-
ligiosos eran de un mismo parecer : algunos opinaban
que sin este requisito no tendria aquella visita un re-
sultado favorable, y aun dudaban de la posibilidad de
— 573 —
conseguir la entrada en palacio en aquel caso sin algún
obsequio de valor. Otros decian, por el contrario, que
supuesto no podian, como pobres, presentar un regalo
muy costoso , sería tal vez más conveniente el omitirlo.
Se adoptó, por fin, la opinión de los segundos, y el pa-
dre Morales se puso en camino para Meaco, ponién-
dose enteramente en las manos amorosas de la divina
Providencia. Su primera diligencia, á su llegada, fué
encomendar el negocio á su buen Dios, del cual no fué
desatendido en tal extremo, pues logró visitar al Re-
gente sin presentes , aseguró ademas la permanencia de
sus religiosos en Japón, y obtuvo por escrito un per-
miso terminante para residir en Nangasaqui, que era
lo que él deseaba, por ser esta gran ciudad uno de los
puntos más seguros y como el verdadero emporio de los
comerciantes europeos. De esta suerte el Tono de Sat-
zuma, que se habia propuesto, en su falsía, tender un
lazo engañoso á los pobres misioneros, quedó burlado
en sus designios; mas no por esto desistió de llevar á
cabo su proyecto de expeler de sus estados á nuestros
buenos religiosos. Noticioso, sin duda, del buen éxito
que habia tenido la visita del P. Morales al Regente,
sin aguardar siquiera su regreso, expidió un decreto
draconiano contra todos los PP. misioneros, desterrán-
dolos á todos de su reino, é incluyendo en esta pros-
cripción á los cristianos sus vasallos. Ordenó también
al mismo tiempo que fuesen derribados desde luego
todos los templos cristianos que se habian levantado en
sus estados, lo que se llevó á efecto sin demora en to-
dos los extremos del decreto.
¿Cuál sería h. sorpresa del P. Fr. Francisco de Mo-
— 574 —
rales al regresar tan alegre y contento de la corte, y
hallarse con la novedad de aquella ley, que destruía su
misión de un solo golpe, á pesar de las garantías que
habia recabado del Regente? Prisiones, destierros, cas-
tigos y toda suerte de violencias estaban tolerando á la
sazón aquellos buenos cristianos, sin otra causa para
ello que haber abrazado una religión autorizada y pro-
tegida por las autoridades del imperio. La principal
iglesia fué destruida por los mismos cristianos de Fi-
gen , con el fin de que no fuese profanada por los ene-
migos de la fe, y de poder conservar las piezas de ma-
dera de que estaba construida, las que fueron traslada-
das en seguida á Nangasaqui. Muchos fieles fervorosos
acompañaron á los PP. misioneros en su proscripción
á todas partes, y no faltaban entre ellos personas ricas
y opulentas que prefirieron el padecer por Jesucristo,
á los bienes de fortuna, de la familia y de la patria.
Todos los tesoros que nuestros religiosos sacaron de
Satzuma consistieron en las maderas de la iglesia, en
algunos lazarientos que se llevaron consigo para man-
tenerlos y asistirlos en su asquerosa enfermedad, y en
el cuerpo, finalmente, del venerable León, cuyo mar-
tirio glorioso queda ya referido en su lugar.
Los PP. Fr. Jacinto Orfanell y Fr. José de San Ja-
cinto, que á la sazón estaban trabajando con gran celo
en los estados de Satzuma, fueron enviados finalmente,
el primero al reino de Figen, y el segundo á la corte
de Meaco, en donde edificó una iglesia con el título
de Ntra. Sra. del Rosario. Preciso era que el P. Fr. José
visitase á su llegada á Dayfusama y tuvo el gusto de
tratar, con tal motivo, al famoso Masamune, Tono del
— 575 —
reino de Voxu, que entonces se hallaba en la corte
casualmente. Este príncipe leal y bien nacido deseaba
que nuestro misionero fuese á predicar la religión de
Jesucristo en sus estados, á cuyo fin le ofi-eció su pro-
tección y sus tierras para levantar iglesia en sus domi-
nios ; mas la escasez de operarios que la misión de la
Orden padecía, no permitió se realizasen sus deseos, y
el P. José se vio precisado á quedarse por entonces en
Meaco. Entre tanto el P. Fr. Francisco de Morales se
estaba ocupando en edificar una iglesia en Nangasa-
qui, bajo la misma advocación de Ntra. Sra. del Ro-
sario , con los materiales de la que habia sido destruida
en Quiodomari, perteneciente al reino de Satzuma.
Con la tormenta levantada por el Tono de este rei-
no, nuestros religiosos conocieron la gran merced que
les habia hecho el gran padre de familias, trasladando
su heredad al hermoso reino de Figen. Esta misión fer-
vorosa era el ameno campo destinado á sus tareas apos-
tólicas, en donde la obra de la fe progresaba felizmen-
te de una manera asombrosa. Allí trabajaban sin des-
canso casi todos en aquella rica viña del Señor, sin aban-
donar por esto las reliquias preciosas de su iglesia, que
como primicias de su predicación se hablan quedado
en Satzuma, en donde destruidos los altares y las aras
de la Cruz, los corazones cristianos eran verdaderos
templos del Señor.
88. Tal era el estado de nuestras misiones en Japón,
cuando el P. Fr. Juan Ormaza de Santo Tomas hubo
de pasar á Nangasaqui, para visitar solícito á nuestros
celosos misioneros, que trabajaban allí en la propaga-
ción del Evangelio. Empero, más bien que una visita,
— 576 —
el verdadero objeto de su viaje era para ser testigo de
las maravillas de la gracia, y animar con su presencia
á aquellos operarios del Señor. Este prelado venerable
habia tenido la gloria de enviar, durante su gobierno,
los primeros misioneros de la Orden á Satzuma (i);
y si bien á su llegada la cristiandad de este reino esta-
ba sufriendo los efectos de la más cruel persecución, en
cambio, la de Figen, gozaba por su fortuna de los bene-
ficios de la paz. El fervor de sus neófitos , los progresos
de su fe, y las grandes esperanzas que habia de reducir
aquel rebaño al redil de Jesucristo, eran motivos pode-
rosos para llenar de consuelo al santo anciano, que tan-
to habia trabajado por la prosperidad de aquella iglesia
y por ver glorificado el nombre de Dios en el Japón.
89. Mas no se limitaban los afanes de nuestros reli-
giosos á los pueblos en donde habian levantado ya al-
gún templo; hacian ademas sus excursiones apostólicas
á otros puntos muy distantes, y de ellos solian regresar
siempre triunfantes, con alguna conquista religiosa. Al
pasar el P. Fr. Juan Rueda de los Angeles, en una de
estas jornadas, por un puente solitario y poco transitado
de las gentes, advirtió que habia debajo una mujer
abandonada, y no quiso pasar más adelante sin averi-
guar la novedad y la verdadera causa de aquel aconte-
cimiento. Bajó, con efecto, adonde estaba aquel ser in-
fortunado, y vio con admiración á una vieja ya caduca,
de setenta años de edad, muy debilitada y consumida,
tirada quizás por sus parientes en aquel sitio apartado.
(i) Habia sido Provincial, y después pasó al Japón como Vicario Provin-
cial de la misión , acompaííado del hermano Fr. Antonio de San Vicente.
— 577 —
para que allí acabara la infeliz el resto miserable de sus
dias. A vista de aquella escena tan desgarradora y tris-
te, se le conmovieron al misionero sus entrañas de mi-
sericordia y compasión; sacó á la infeliz mujer de aquel
lugar escondido, donde yacia olvidada y moribunda. Al
respirar el aire libre, y al sentir el suave calor del sol
naciente, volvió en sí la pobre anciana, y el misionero
procuró catequizarla para administrarle inmediatamen-
te el santo sacramento del Bautismo; lo que se verificó,
con gran consuelo de aquella alma predestinada, des-
pués de una breve explicación de la doctrina. Habian
trascurrido aún pocos instantes, cuando su espíritu di-
choso pasaba al seno de Dios adornado con las galas
de la gracia bautismal. Este mismo misionero, que era
la visible providencia de todos los desgraciados, halló
en Firando a un pobre anciano, envuelto groseramente
con un pedazo de estera, lleno todo de inmundicias y
abandonado de los suyos, que le miraban con desprecio
y con horror, como un mueble ya gastado que sólo
sirve de estorbo al propietario. ¡Todavía no eran cris-
tianos! El caritativo misionero no pudo menos de con-
moverse y lastimarse al ver aquel espectáculo, y pro-
curó al infeliz la salud eterna de su alma, ya que la del
cuerpo no era dable, ni ofrecía esperanza alguna de vi-
vir por mucho tiempo. Lo lavó, sin embargo, con sus
manos, y le asistió con ropa y con medicinas y alimen-
tos que pedia de limosna á los cristianos; finalmente, le
instruyó en los misterios más principales de la fe, y le
administró igualmente el santo sacramento del Bautis-
mo, para enviarlo á Jesucristo ceñido con la estola del
Cordero. Estos y otros prodigios de la gracia, que su-
TOMO I. 37.
- J78-
cedían con frecuencia en el Japón, endulzaban las fa-
tigas de aquellos varones apostólicos, cuyo principal
designio era promover en todas partes la gloria de Dios
y de su templo.
90. Por este mismo tiempo falleció, en el convento
de N. P. Santo Domingo de Manila, el V. P. Fr. Luis
GanduUo, varón esclarecido á toda luz por su santidad
y sus virtudes. Nació en Aracena, del reino y arzobis-
pado de Sevilla, y habiendo pasado á América, fué re-
cibido al santo hábito en el convento de la Puebla, en
Nueva España. Antes de profesar solemnemente le
aconteció un contratiempo que lo llenó de sinsabores
y amarguras, retardando, á su pesar, la consumación
del sacrificio y la santa profesión que deseaba. Habia
prestado mucho antes una fianza que, bien examinada
por los padres del convento de la Puebla, en manera
alguna le obligaba en el fuero interior de la concien-
cia, y ni aun pro foro externo y si la parte interesada hu-
biera querido confesar todo lo que de verdad habia en
el caso. Llegó el tiempo de la profesión prescrito por
el derecho, y los padres volvieron á examinar la natu-
raleza de aquel crédito; y sin embargo de que forma-
ron la misma conciencia sobre el caso, le dilataron la
profesión por algún tiempo; mas, después de algunas
vicisitudes, que no es de este momento el referir, pro-
fesó solemnemente como tanto deseaba. Vivió sin no-
vedad en aquel religiosísimo convento algunos años,
con notable aprovechamiento de su alma, hasta el de
1588, en que pasó á la provincia del Santísimo Rosa-
rio, desterrado por el Virey de Nueva España, con mo-
tivo de haber predicado con santa libertad contra los
— 579 —
vicios de que resultaba cómplice aquel alto dignatario,
si bien el orador se dirigia al público en general, y se
abstenía, discreto, de hacer referencias personales. Por
este medio logró este venerable misionero lo que habia
deseado mucho tiempo, adorando los juicios del Señor en
esta parte, por la providencia especialísima con que le
condujo á su destino. Poco después de haber llegado á
Manila, fué destinado á la provincia de Pangasinan,
en donde trabajó con mucho celo en la conversión de
los infieles, con los primeros misioneros de la Orden que
emprendieron con tanta constancia y heroísmo aquella
conquista religiosa. El campo más principal de sus tareas
apostólicas fué el pueblo de Calasiao, en donde el Señor
se valió de su virtud para obrar algunas maravillas en
beneficio de los indios. Entre otros casos prodigiosos
que refieren nuestras crónicas, y de los que habla el au-
tor de la primera parte de la Historia primordial de
la Provincia, se refiere la resurrección de un niño,
muerto después del bautismo (lib. i, cap. lxxi). Lla-
mado, pues, este venerable religioso para que viese al
difunto, lo halló en efecto sin vida, de lo cual tuvo
gran pena; y fué mayor su sentimiento al oir los im-
píos insultos de un indio muy principal, llamado Ca-
tongal, que delante de todos le decia toda suerte de
improperios. Afirmaba el insolente que los religiosos
mataban con el bautismo á los infantes, puesto que
muchos de los que recibían aquellas aguas lústrales
morian á muy poco tiempo. Esto en parte era verdad,
porque los pangasinanes al principio sólo permitían que
sus niños fuesen bautizados en la hora de la muerte, y
no era de extrañar que muchos de ellos se muriesen
— 58o —
después de bautizados. El buen P. misionero trató con
su acostumbrada mansedumbre de apaciguar a Caton-
gal, pero fué vano su empeño; porque este hombre fe-
roz y de condición airada siempre se mostraba más co-
lérico contra los ministros del Señor, á quienes aborre-
cia profundamente. Era, pues, necesario amortajar al
niño ya cadáver, y el P. misionero dio la orden de con-
ducirlo á la iglesia para enterrarlo en sagrado, á fin de
evitar con esto las supersticiones detestables que en se-
mejantes circunstancias practicaban generalmente los
infieles. Mas antes de emprender la marcha fúnebre,
sintió el religioso en su interior un impulso extraordi-
nario de rezar en presencia del difunto el Evangelio de
San Juan : In principio erat Verbum. Al fin hizo la se-
ñal de la cruz sobre el cadáver; y animado su semblan-
te de una santa inspiración, pronunció conmovido es-
tas palabras: «Señor, yo no os pido milagros; mas si
conviene por ventura á vuestra gloria, al crédito de
vuestra fe y á la conversión de estos gentiles, hacedlos
por esta vez»; y poniendo en seguida la mano sobre la
cabeza del cadáver, añadió con voz ferviente: Evangéli-
ca lectio sit tibi salus et protectio. Dichas estas palabras
poderosas , el niño resucita al instante, sano y salvo, con
asombro y estupor de todos los circunstantes, que lo
vieron aplicar con afán su tierna boca á los pechos de
su madre, con la sonrisa del ángel, como si despertara
á la sazón de un dulce sueño.
En proporción de las mercedes con que le favorecia
el Señor en todo tiempo, aumentaba este venerable mi-
sionero sus mortificaciones cotidianas, y trabajaba con
más celo en la conversión de los gentiles. No satisfecho
- jSi -
aún de los frutos abundantes que recogía á manos lle-
nas en aquella viña de su cargo, deseaba en gran ma-
nera que el nombre del Señor fuese conocido y adora-
do en el grande imperio de la China, con cuyo objeto
acompañó muy gustoso á un alto representante del go-
bierno de Manila, enviado á la provincia de Fo-kien
para reclamar oficialmente lo que habian robado y des-
truido los asesinos del gobernador D. Gómez Pérez
Dasmariñas. Mas en esta expedición no tuvo otro con-
suelo su buena alma que el de haber reducido y re-
conciliado con la Iglesia, en la provincia de Cantón, al-
gunos malos cristianos, que escapados de Macao vivian,
como los infieles, entregados á las supersticiones ido-
látricas.
Desempeñó con mucho lustre de la Orden y gran
reputación pública el oficio de prior del convento de
Manila. Después fué enviado a Cagayan, en donde su
presencia fué muy útil para consolar y animar á sus
hermanos, ocupados en las nuevas conversiones de aque-
lla naciente cristiandad. Sin embargo de que no llegó
á poseer el idioma del país, jamas faltó pábulo á su
celo en la viña del Señor; pues adoctrinaba á los sol-
dados, y administraba por sí mismo los santos sacra-
mentos á todos los españoles que guarnecian la ciudad
y tenian su residencia en la capital de la provincia.
Varios de los pacificadores primitivos de aquella pro-
vincia belicosa necesitaban en efecto toda la virtud y
la prudencia de este venerable misionero para avenirse
á la razón y al buen consejo en ciertos casos. Como
varón adornado de tan eminentes cualidades, era al
mismo tiempo el confesor y director del Obispo, y
— 582 —
como tal lo acompañaba en la visita y en las confir-
maciones de la diócesis. Conociendo, finalmente, que
su vida no podia ser ya duradera, con la venia del
Obispo y de nuestro P. Provincial se retiró al con-
vento de Manila con el fin de disponerse para la últi-
ma jornada. Aquí toleró postreramente con una pa-
ciencia santa los dolores tormentosos de una breve en-
fermedad, que lo condujo al sepulcro, después de reci-
bidos á su tiempo los santos Sacramentos, lleno de fe
y de esperanza en las promesas de Dios y de su reino.
El corto elogio que los Padres del Capítulo provincial
celebrado en 1 6 1 2 hicieron de este venerable misione-
ro, nos descubre claramente su perfección religiosa.
«En el convento de Manila, dicen, murió en el Señor
Fr. Luis Gandullo, sacerdote y padre antiguo, varón
observantísimo y esclarecido ejemplar de todas las vir-
tudes.» No fué menos gloriosa la memoria que los
padres del Capítulo general celebrado en 161 5 hicie-
ron del mismo venerable; pues se leen en ella estas
palabras tan expresivas y elocuentes: «Siendo de seten-
ta años de edad, volvió al Señor su alma santísima.»
- 583 -
CAPÍTULO V.
Elección de Provincial en la persona del P. Fr. Miguel de San Jacinto
en 161 2. — Fundación del colegio de Santo Tomas de Manila. — Bases
principales y escritura de su fundación. — Cédulas de nuestros reyes y
bulas de Su Santidad para erigirlo en universidad. — Verdadero origen
de sus rentas. — A instancias del Sr. Obispo de Macao pasan á aquel
puerto dos religiosos de la Orden , y son expelidos por las autoridades por-
tuguesas.— Origen de la persecución que luego se declaró contra la reli-
gión de Jesucristo en el imperio del Japón. — Nuestros misioneros son ex-
pelidos de Figen. — Conversión extraordinaria del Gobernador de Con-
gu. — Martirio de algunos caballeros de Arima. — El P. Fr. Baltazar Fort
en Nangasaqui. — Edicto contra la religión de Jesucristo. — Suplicios igno-
miniosos que inventan los tiranos para que los cristianos apostaten de la
fe. — Milagroso valor y fortaleza de una doncella cristiana en Sacay.
91. En 1 6 1 2 celebró la Provincia su Capítulo cor-
respondiente á aquella fecha, en el cual eligió segunda
vez por su prelado Provincial al P. Fr. Miguel de San
Jacinto. En sus actas se admitió la fundación del cole-
gio de Santo Tomas de Manila, y en ellas fué nom-
brado el P. Fr. Domingo González para lector de teo-
logía, á quien los padres encargaron que procediese
desde luego á organizar y perfeccionar debidamente la
enseñanza en este establecimiento religioso.
No hablan faltado en la Provincia, desde su funda-
ción, varones doctos, que hubieran podido honrar con
sus talentos las más célebres universidades de la Euro-
pa; mas como el objeto principal que los habia sepa-
rado de su patria y de sus conventos respectivos era la
propagación del Evangelio por toda la haz de la tierra,
sólo por necesidad destinaba la Provincia algún reli-
gioso á la enseñanza para explicar teología, y aun fi-
losofía alguna vez , 4 los religiosos jóvenes que aun no
— SH —
habían podido concluir estos estudios en los conventos
de España. A esta escuela conventual solian asistir al-
gunos hijos de españoles que deseaban entrar en la car-
rera eclesiástica, habiéndose aumentado con el tiempo
estos alumnos externos, hasta el punto de hacerse ne-
cesario un establecimiento público en donde pudiera
darse con más comodidad esta enseñanza. El ilustrísi-
mo Sr. D. Fr. Miguel de Benavides, arzobispo de
Manila, lo procuró con todos sus esfuerzos, como quien
conocia por experiencia la necesidad de sacerdotes. Este
varón venerable y en todo concepto insigne estaba en
la persuasión de que los religiosos de la Orden no lle-
narían perfectamente el fin de su institución, si todos
ellos se hablan de consagrar exclusivamente á las mi-
siones, sin dedicarse también á la enseñanza, en la que
se han de formar continuamente nuevos operarios evan-
gélicos, para trabajar en el ministerio de las almas
como dignos sacerdotes del Señor. Hondamente poseído
de tan alto pensamiento, apenas fué promovido á la
silla metropolitana de Manila, nombró á un religioso
de la Orden para explicar en la iglesia catedral la suma
de Santo Tomas á los jóvenes seglares que deseaban
ascender á las órdenes sagradas, por no ser aun bastan-
te á cubrir esta necesidad la reducida escuela conven-
tual de Santo Domingo de Manila. Esto le movió á
idear la fundación de un colegio en donde se perpe-
tuase aquella cátedra, lo que no pudo llevar á efecto
por su muerte prematura. Dejó, no obstante, á este fin
todo lo que tenía, con su hermosa biblioteca; pero
sus expolios fueron de tan poca importancia, que todo
su valor no pasó de mil y quinientos pesos, suma insu-
- s^s -
ficiente á toda luz para llevar á su término una em-
presa tan costosa. Es preciso, sin embargo, confesar en
obsequio de la justicia y la verdad, que esta idea gene-
rosa era también de la Provincia, y estaba en su pen-
samiento antes que nadie promoviese esta gestión. Por
eso se apresuró á realizarla por medio de su represen-
tante el P. Fr. Bernardo de Santa Catalina, albacea del
Sr. de Benavides, y encargado especial de la proyec-
tada fundación, el cual halló algunos bienhechores que
le facilitaron algunos recursos para dar principio á di-
cha obra. Tales fueron D. Pablo Rodriguez de Arau-
jo, D. Andrés Hermosa y D. Juan Morales, que le
ofrecieron al efecto, el primero tres mil seiscientos cua-
renta pesos, el segundo dos mil, y el tercero ochocien-
tos solamente. Poco después el obispo de la Nueva
Segovia, D. Fr. Diego de Soria, legó también su li-
brería, y tres mil ochocientos duros ademas, para el
mismo fin y objeto. Cantidades que sirvieron para
comprar algunas casas, donde se daba en un principio
la enseñanza, y más tarde se destinó su local para le-
vantar el edificio que hoy existe, si bien ensanchada,
finalmente, su planta primitiva con otras fincas y ane-
jos, que sucesivamente se compraron á expensas de la
corporación.
92. Hasta el año 161 1 no se publicaron las bases
de la nueva fundación, porque no contaba todavía la
Provincia con suficientes fondos para llevarla á efecto.
La escritura de fundación se otorgó en 28 de Abril de
este año, ante el escribano real D. Juan Ulan, firmada
por el Provincial, el P. Fr. Baltazar Fort y los padres
Fr. Francisco Minayo, prior del convento de Manila,
— 586 —
y Fr. Bernardo de Santa Catalina, ya citado, comisio-
nado especial del limo. Sr. de Benavides para cumplir
en esta parte su última voluntad. En ella se declara :
que el Colegio se fundaba con los mil quinientos du-
ros de los expolios de este limo. Prelado, y cantidades
de los tres bienhechores mencionados : que como fun-
dadores de esta casa, querían que el Provincial de la
Orden tuviese la prerogativa y privilegio de nombrar
todos los lectores que fuesen necesarios con el tiempo
para llenar el objeto de esta piadosa fundación : que el
estudio de Humanidades, Filosofía, Teología dogmá-
tica y moral, debia estar á cargo siempre de los reli-
giosos de la Provincia; y finalmente, dispusieron lo
conveniente para asegurar la propiedad de las rentas y
bienes del colegio. Efectivamente se previene en la
escritura que si, en algún caso posible, alguna potes-
tad constituida tratase de entrometerse en su gobierno,
ó quisiese perturbar ó intervenir la administración de
este instituto, se traslada el dominio de sus bienes ha-
bidos y por haber á la Provincia religiosa del Santísi-
mo Rosario. «Establecemos y ordenamos, dicen, que
por cuanto el dicho colegio se funda con la limosna
que para él dedicó el dicho Sr. Arzobispo y los de-
mas difuntos, como está declarado, al arbitrio de mí
el dicho P. Fr. Bernardo de Santa Catalina, queremos
y es nuestra voluntad que si en algún tiempo preten-
diere de hecho y de derecho tener algún dominio, por
via de patronazgo, ó en otra cualquier manera, algún
príncipe eclesiástico ó seglar, para querer disponer de
los bienes y rentas del dicho colegio, y de entrome-
terse en la administración y gobierno de él, ó impedir
- 587 -
y perturbar su efecto, por cualquier modo y forma que
sea, y por cualquier juez ó persona poderosa, ú otro
cualquier que lo haga; desde luego para entonces apli-
camos los dichos bienes y hacienda con que se funda
el dicho colegio á la dicha Provincia y religiosos de
la Orden, para que todo ello, con las dichas casas y
colegio, y sus aumentos y mejoras, lo haya y goce
como bienes propios, adquiridos con justo y derecho
título, y damos por nula y ninguna esta fundación,
como si no se hubiera hecho, con cargo de tener cui-
dado la dicha Orden de decir misas y otros beneficios
y sufragios para las almas del dicho Sr. Arzobispo y
los demás con cuya limosna y bienes se da principio á
esta fundación, y de los demás que adelante, en cual-
quier tiempo y manera, dejaren y aplicaren algunos
otros bienes para ella, de manera que por este modo
se haga satisfacción por parte de la dicha Provincia de
las dichas limosnas á los dadores de ellas.))
Los recursos con que contaban los fundadores por
entonces eran insuficientes ciertamente para la realiza-
ción del pensamiento; por esto los primeros catedráti-
cos, incluso el Rector de este colegio, que, según las
actas del Capítulo provincial de 1616, ya estaba insti-
tuido en este año, vivieron por algún tiempo en el con-
vento de Santo Domingo, y hasta el año de 161 9 no
se dio la última mano á dicha obra. En el Capítulo pro-
vincial que se celebró en aquella fecha, fué instituido
rector el ex-provincial Fr. Baltazar Fort, uno de sus
fundadores , á quien asociaron por entonces dos catedrá-
ticos de teología, uno de filosofía y dos hermanos legos
de la Orden. En el mismo año la Provincia solicitó del
— 5^8 —
superior Gobierno de estas islas, y de los dos cabildos
eclesiástico y civil, de esta ciudad, el permiso competen-
te para la erección formal y apertura del colegio, contan-
do con el de S. M. C. que se obtuvo a su tiempo para
el caso. En su virtud, el dia 15 de Agosto de aquel
año, el Rector dio la beca á doce colegiales españoles,
hijos de las primeras familias de Manila, a los que des-
pués se agregaron otros muchos. En esta forma quedó
establecida por entonces la enseñanza pública y compe-
tentemente autorizada de establecimiento literario. El
Sr. D. Felipe IV aprobó y confirmó dicha enseñanza,
con el permiso y autorización anteriormente obtenidos,
por una cédula real, fechada en 27 de Noviembre de
1623, que ha formado la ley 53, tít. xxii, lib. i de la
Recopilación de Indias, en los términos siguientes : «Por
cuanto con licencia del Ordinario y Gobernador de las
islas Filipinas, y acuerdo de la Real Audiencia de ellas,
los religiosos de la Orden de Santo Domingo, en la
ciudad de Manila, fundaron un colegio, donde se lea
gramática, artes y teología, en que pusieron dos reli-
giosos de cada facultad y veinte colegiales seglares, de
que ha resultado y resulta grande provecho á la juven-
tud, predicación del santo Evangelio y enseñanza de
los hijos de los vecinos ; mandamos que usen los dichos
religiosos de la licencia que el Gobernador les dio para
fundar el colegio y leer en él las dichas facultades. »
93. Los sumos pontífices Paulo V y Urbano VIII,
por sus breves de 1 i de Marzo de 1 6 1 9 y 7 de Enero
de 1629, concedieron facultad á nuestra Orden para
que pudiesen conferir los grados de bachiller , licencia-
do, doctor y maestro á los alumnos de sus colegios es-
— 589 —
tableados en las Indias Occidentales, los que fueron
extendidos á los de las islas Filipinas por el Real Con-
sejo de las Indias. Después, en 20 de Noviembre de
1 645 , la santidad de Inocencio X concedió al colegio
de Santo Tomas el título de universidad, cuyo breve,
que sólo hablaba de las facultades de artes y teología,
fué extendido por Clemente XII á las de derecho ca-
nónico y civil, y demás que en el trascurso del tiem-
po se fundasen, por una bula despachada en 2 de Se-
tiembre de 1734. Todas estas gracias, no sólo obtu-
vieron el competente pase regio, sí que también hanse
obtenido á instancia de S. M. C; confiriendo, en vir-
tud de ellas, los rectores de dicho establecimiento, to-
dos los grados académicos en las expresadas facultades
á los alumnos en quienes concurran los expresados re-
quisitos prescritos por los estatutos de la universidad.
Posteriormente, por cédula Real de 17 de Mayo de
1680, S. M. recibió la universidad bajo su Real pro-
tección, y declaró ser su patrono á instancias de la Pro-
vincia. Finalmente, y por otra Real cédula de 7 de
Marzo de 1785, le confirió el título de Real, eleván-
dola al rango de las universidades más ilustres de la
monarquía española.
Como el objeto principal que se propusieron los
fundadores del colegio habia sido el educar ala juven-
tud de Filipinas , y darla por este medio la instrucción
más conveniente para que pudiesen aspirar y ser pro-
movidos dignamente al sacerdocio los que fuesen lla-
mados por Dios al verdadero servicio de su templo, se
contentaron al principio con establecer las cátedras de
gramática latina, retórica, artes y teología dogmática
— 590 —
y moral, para cuyo desempeño ha destinado siempre
la Provincia un número conveniente de religiosos que
pudiesen ilustrarla con su saber y buen ejemplo. Em-
pero estas facultades, si bien llenaban el objeto de aque-
llos venerables fundadores, no bastaban á satisfacer las
exigencias y necesidades del país, que echaba de me-
nos desde entonces la carrera del derecho en este plan
incompleto de enseñanza. Persuadido S. M. de las ra-
zones que aconsejaban llenar este vacío, autorizó y or-
denó posteriormente la enseñanza general de ambos
derechos para abrir á los hijos del país las puertas
del foro y de la Iglesia. Organizados de esta suerte los
estudios de esta universidad, nadie tiene necesidad de
abandonar este su país nativo para seguir una carrera
en la Península, ni hacer gastos al efecto, que los más
no podrian soportar seguramente.
94. Las rentas que en el dia posee este colegio han
sido todas ellas adquiridas por los mismos religiosos,
pues los donativos gratuitos que los primeros bienhe-
chores franquearon , fueron invertidos en la compra de
algunas casas que después han sido derribadas para le-
vantar en sus solares una parte de la fábrica que en la
actualidad existe. Entre las obras pías que la santa mesa
de la Misericordia administra, habia algunas mandas
destinadas para costear dos becas de colegiales; pero se
han cobrado pocas veces , y en el dia bien poco se co-
bra, efecto de los siniestros y grandes vicisitudes que
han debido sufrir aquellos fondos. Con el producto de
algunas capellanías, cuyas cargas desempeñaban los re-
ligiosos profesores , y con las tierras que sucesivamente
se fueron adquiriendo, gravándolas al efecto con toda
- 591 —
suerte de censos é hipotecas, es como los religiosos de
la Orden han podido asegurar su subsistencia, sin ser
gravosos al Estado, ni depender del erario este gran es-
tablecimiento de enseñanza. Mantienen ademas los re-
ligiosos dominicos, en este colegio de su cargo, nu-
merosas becas de españoles, completamente gratuitas, y
sin que la Corporación esté obligada á tan grande sa-
crificio por ninguna fundación que exista para el efecto.
Aquí tienen, pues, los hijos de las honradas familias
españolas un recurso inapreciable para dedicarse á los
estudios sin gastos ni gravamen alguno de sus padres,
que entregando sus hijos desde niños á nuestros reli-
giosos profesores , pueden estar seguros de recibirlos á
su tiempo perfectamente educados en los deberes cris-
tianos y civiles, sin haber tenido que hacer expensa
alguna en este establecimiento.
95. Por este mismo tiempo trataba la Provincia de
fundar una misión en el vecino y populoso imperio de
la China. Con este fin habia destinado dos insignes re-
ligiosos en el Capítulo provincial de 1 6 1 2, que fueron
enviados á Macao con el limo. Sr. D. Juan Pinto de
la Piedad, obispo de aquella diócesis, al regresar de
estas islas á su iglesia. Este prelado venerable habia
tratado muy de cerca á nuestros religiosos residentes en
aquella Capital, y los miraba con mayor respeto cada
dia por su conducta edificante y ejemplar. Deseaba, por
otra parte, en gran manera extender por todas partes el
reino de Jesucristo en los países que le habian sido enco-
mendados, y trató con la Provincia de llevarse algunos
misioneros de su seno, sin reparar por entonces que eran
religiosos españoles, á quienes los de su nación mira-
— 592 —
ron siempre con la mayor desconfianza. Escribiendo al
Maestro General de nuestra Orden, después de haber
elogiado sus virtudes, su pobreza religiosa y su celo,
finalmente por la conversión de los infieles, le decia
conmovido estas palabras: «Cuando me acuerdo que
he de volver a Macao, muero de pesar. Sólo un reme-
dio espero, y es que será nuestro Señor servido de con-
solarme por medio de V. Rma., el cual será en gran-
dísimo servicio de Dios, nuestro Señor, bien y honra
de nuestra sagrada religión, y aumento de la cristian-
dad de la China, y consuelo mió y de los infieles, y
es restituir V. Rma. á estos PP. españoles el convento
que sus pasados edificaron en Macao, y que esté suje-
to á esta provincia de Manila, que con esto se refor-
mará y volverá á su perfección. Hay aquí religiosos
que saben la lengua china grandemente, y que harán
grande fruto en la tierra donde resido y en las demás
que están por cultivar.» La carta de este celoso obispo
de Macao, fechada en Manila á 25 de Junio de 1610,
llegó á Europa cuando estaba para celebrarse el Capí-
tulo general de París de 1 6 1 1 , en el cual se vio y aten-
dió su petición; pues se confirmó en él el derecho, mu-
cho antes declarado, que la Provincia del Santísimo Ro-
sario tenía sobre nuestro covento de Macao, y perpetuó
en sus actas una memoria muy grata á esta provincia
religiosa. «Con gran gozo de todos nosotros, decíanlos
definidores, hemos sido informados con relación cierta
que nuestra Provincia del Santísimo Rosario de Fili-
pinas ha hecho y hace cada dia grandes frutos en la
conversión de los gentiles de aquel orbe; y que está
muy en su vigor la observancia regular; y aunque pe-
— 593 —
quena en el número de religiosos, con todo esto ha
extendido larga y anchamente sus ramas aun en los
reinos del Japón; y cuáles hayan sido las ganancias que
allí han tenido, puédese colegir de que algunos de los
japones por ellos enseriados, aun recien convertidos á
nuestra santa fe, están tan crecidos en caridad, que mu-
rieron por ella, como en relación cierta é impresa se
nos ha referido; y aun no contentos con esto, se apres-
tan para enviar algunos de sus religiosos al pobladísimo
reino de la China, adonde los llama el limo, prelado
D. Fr. Juan de la Piedad, obispo de Macao, portugués.»
Estas honoríficas y consoladoras letras aun no se ha-
blan recibido en Manila cuando la Provincia celebró
el Capítulo de 1 6 1 2, en el que se destinaron para China
á los RR. PP. indicados para llenar los deseos de aquel
ilustrísimo prelado. Eran los PP. Fr. Tomas Mayor y
Fr. Bartolomé Martínez, ambos instruidos en el difí-
cil idioma de los chinos, y ministros muy celosos de la
gloria de Dios y de su templo. Llegaron, con efecto,
muy animosos á Macao, confiados en el valimiento del
Obispo, quien, como padre y prelado, podia y debia
procurar á todo trance fervorosos misioneros á la in-
mensa muchedumbre de paganos, esparcidos, por su
mal, en el vastísimo campo de su diócesis. Pero los nue-
vos misioneros no eran portugueses, como es visto; y
como habia sucedido en el Japón, hallaron también
en la China la oposición más obstinada; oposición que
no podian superar ni sus virtudes, ni su celo, ni aun la
autoridad de aquel prelado, que los habia llamado motu
propio para anunciar en la China la religión de Jesu-
cristo. Contrariados, pues, nuestros religiosos por los
TOMO I. 3^"
— 594 —
portugueses de Macao, desistieron por entonces de su
empresa. El resultado fué, que el P. Fr. Tomas Ma-
yor, al ver frustrados sus deseos de predicar en la gran
China el Evangelio de Dios, se desanimó hasta el pun-
to de regresar á su convento, y el P. Martínez se vol-
vió á Filipinas, esperando que el Señor le ofreciera otra
ocasión más oportuna para ejercitar su celo en la sal-
vación eterna de las almas.
96. En el Japón también sufrían por entonces nues-
tros celosos misioneros la oposición de los sacerdotes
portugueses, que en unión con el Obispo que allí te-
nían, y en su manera de ver, aun creian subsistente el
breve de Gregorio XIII, después que habia sido re-
vocado por la Silla Apostólica, que lo declaró sin efec-
to tan luego como llegó á entender que aquel privi-
legio exclusivo, obtenido sin instrucción bastante de las
causas, redundaba en perjuicio de la fe, que se debia
de propagcir por todo el mundo. Aun existe una carta
original en nuestro archivo de Manila, del P. Fr. Alon-
so de Mena, vicario provincial de nuestros religiosos
en aquellas islas, en la que se quejaba amargamente de
las molestias que sufrían de aquellos sacerdotes portu-
gueses. «Uno de los mayores trabajos que tenemos, de-
cía, es el no poder convencer á estos ministros de Dios
de las razones que tenemos para poder predicar á Je-
sucristo en estos reinos, y ahora el Obispo que todavía
nos cita el breve de Gregorio XIII, y ha mandado que
no nos den en sus iglesias recado para decir misa; lo
cual guarda al pié de la letra: y así al P. Fr. Tomas de
Zumárraga y á mí nos sucedió, estos dias pasados, que
andando el camino llegamos á una visita de estos bue-
— 595 —
nos sacerdotes, y el padre que está una legua de allí en-
vió á mandar al sacristán que no nos dejase decir misa;
y así, aunque nosotros llevamos todo recado de decir-
la, y no pediamos más que el altar, no nos dejaron, y
nos volvimos con harta vergüenza, porque estaban ya
muchos esperando para oiría; y ellos nos tuvieron har-
ta lástima.» Era muy triste, por cierto, que mientras las
autoridades paganas del Japón no tenian el menor re-
paro en que los religiosos españoles predicasen la ley
de Jesucristo en sus dominios, los ministros portugue-
ses les molestaban de mil modos para que abandonasen
las tareas apostólicas, que tan felizmente hablan co-
menzado en aquel reino. Los inconvenientes que de
esto debian naturalmente resultar, fueron quizás los que
principalmente provocaron la persecución general que
sobrevino á todos los cristianos del Japón. Daremos al-
gunos antecedentes, sin embargo, sobre otras causas,
que pudieron exacerbar las circunstancias, y que la his-
toria severa debe consignar en sus anales.
Era por los años de 1609, cuando apareció en las
aguas de Macao un buque del Tono de Arima con
efectos mercantiles. Los marineros japones de su bor-
do hablan tenido una contienda muy reñida con algu-
nos portugueses, que, capitaneados por Andrés Pezón,
quitaron la vida á varios de ellos de una manera san-
grienta. El mismo año fué este portugués á Nangasa-
qui con un buque de su nación , y tuvo varios encuen-
tros con Safioye, gobernador gentil de la ciudad. Este,
que no ignoraba el suceso desagradable de Macao, se
propuso arruinar á su imprudente adversario, que no
habia sabido prever el resultado fatal de esta jornada.
— S9^ —
El gobernador Safioye, que acechaba la ocasión de sa-
crificarle á su venganza, elevó contra él una terrible
acusación á Dayfusama. La respuesta del Regente fué,
que se asegurase el cargamento del navio portugués, y
la persona de Pezón fuese desde luego remitida á la
corte de Meaco. El acusador japón, al recibir la orden
del Regente, trató de llevarla á efecto, auxiliado del
Tono de Arima. Era un dia nebuloso, cuando el bu-
que portugués apareció de repente, rodeado de embar-
caciones numerosas, montadas por gente armada, de
cuya fuerza formidable no le era posible ya evadirse.
Mas no por esto el portugués se rindió á sus enemi-
gos, y en la desesperación de su coraje puso fuego á la
pólvora del buque, pereciendo él mismo en la explo-
sión, con la tripulación y el cargamento. Este aconte-
cimiento desgraciado, al paso que irritó más á Day-
fusama, le reconcilió al mismo tiempo con el Tono de
Arima, que habia caido anteriormente de su gracia.
Desde entonces el Regente le prodigaba con frecuen-
cia toda clase de favores, que motivaron su ruina es-
trepitosa. Envanecido este régulo con la nueva privan-
za del Regente, se dejó llevar de sus codiciosos senti-
mientos, pretendiendo á todo trance la indemnización
completa de unas ricas posesiones que habia perdido en
la guerra. Para conseguir su fin, comprometió en su
negocio á algunos cristianos tépidos, cuya conducta no
fué nada conforme, en aquel caso, con la sencillez y pu-
reza de intención que prescribe el Evangelio. Tenía
relaciones este régulo con D. Pablo Dayfachi, secreta-
rio de magnate del imperio y gran privado del Regen-
te. Con su cooperación y por su medio creyó que le se-
— 597 —
ría fácil y hacedero llevar adelante su propósito, ha-
biendo en cuenta el afecto interesado que éste le mos-
traba á todas horas. Para llevar á cabo su designio, fran-
queaba todas las sumas que Dayfachi le pedia, pero sin
adelantar mucho en su negocio. Cansado ya de esperar
y gastar inútilmente, le dijo finalmente, despechado,
que le devolviese su dinero, ó le alcanzase la gracia pro-
metida; ó que, en caso negativo, lo acusaria al Re-
gente de sus crímenes. Mas como quiera que el mal-
vado no pudiese cumplir ningún extremo de aquella
disyuntiva indeclinable, el Tono realizó sus amenazas,
y en su consecuencia, fue Dayfachi condenado final-
mente al suplicio de las llamas, como estafador infame
del imperio. Esta sentencia horrorosa, que parecía por
el pronto el triunfo de la justicia en aquel régulo, fué
la causa principal y determinante de su ruina; pues los
parientes y deudos del desgraciado Dayfachi, resenti-
dos hondamente de aquel Tono, juraron destruirlo para
siempre y consumar su exterminio. Para conseguir el
fin de su venganza, hicieron conocer á Dayfusama la
iniquidad de los medios con que trataba de recuperar
las posesiones de que habia sido justamente despojado,
y en fuerza de sus revelaciones espantosas fué conde-
nado al último suplicio con dos hijos, de los cuales sólo
pudo salvarse D. Miguel, por estar casado con su nie-
ta. Estos hechos espantables exacerbaron hondamente
el ánimo del. Regente, y sus iras temerosas, que nece-
sitaban desbordarse, vinieron á estrellarse, finalmente,
contra todos los cristianos. Desde luego promulgó un
edicto furibundo, disponiendo que todas las iglesias del
Camí y del Kuanto fuesen inmediatamente derriba-
- 598 -
das, y que todos sus vasallos que hubiesen abrazado el
cristianismo renegasen para siempre de su Dios y de
su fe. El tiránico decreto se ejecutó sin pérdida de tiem-
po en todas partes, y sólo se libraron las iglesias de los
PP. Franciscanos de Fugimi, la nuestra de Meaco y
una de los PP. Jesuítas, que pudieron finalmente res-
catar. Desde esta época, que comenzó en 1612, data la
segunda persecución que padeció la iglesia del Japón,
que no cesó ya de ensangrentarse contra los adoradores
de la cruz, mientras hubo sacerdotes y cristianos que
sacrificar á su furor.
97. El Tono de Figen todavía toleró a nuestros mi-
sioneros algún tiempo, á pesar del edicto que habia
publicado el Regente; pero temiendo caer en su des-
gracia si llegaba á su noticia que protegía en sus esta-
dos la religión verdadera que él se habia propuesto des-
truir, el dia 23 de Setiembre de 16 13 les pasó un avi-
so atento para que se fuesen buenamente, por haberlo
ordenado así (según decia) el regente Dayfusama. Des-
de este dia nefasto cesó ya la protección á los PP. mi-
sioneros, y todos se dispusieron á partir de aquel país
desgraciado. Renunciamos, por imposible, á describir
las escenas de ternura, de sentimiento y de dolor que
no pudo menos de producir tan triste y desgarrador
apartamiento en todos los corazones fervorosos de aque-
lla perseguida cristiandad.
98. Estaban en Figen á la sazón los PP. Fr. Alonso
de Mena, Fr. Jacinto Orfanell y Fr. Juan de Rueda;
los dos primeros salieron para la ciudad de Nangasa-
qui el dia 8 de Octubre, y el tercero, vestido deja-
pon , se fué al reino de Omura para animar y consolar
— 599 —
á los cristianos, que ya se estaban disponiendo para el
último combate. La llegada consoladora y oportuna de
este venerable misionero fué muy útil, en efecto, para
aquella grey amenazada; pues los fieles de aquel reino
estaban hondamente poseidos de su profunda desgra-
cia, y con su dulce presencia cobraron ánimo y va-
lor. A los PP. Alonso y Orfanell les ocurrió, en su
viaje á Nangasaqui, un caso providencial, que debe y
merece consignarse en letras de oro. Altamente pre-
ocupados de la gran calamidad que pesaba sobre ellos,
les sale al encuentro, en el Congu, un mandatario del
gobernador de aquel distrito, suplicándoles por Dios y
por el cielo, de parte de su señor, que pasasen un mo-
mento á su morada; pues deseaba comunicarles un se-
creto de urgente necesidad y alta importancia. Los pa-
dres misioneros accedieron gustosos á una indicación
tan grave, presintiendo interiormente algún desenlace
extraordinario de la gracia, cuyos efectos milagrosos
solian experimentar frecuentemente. Al acercarse, en
efecto, á la casa-habitacion de aquel funcionario pú-
blico, les sale al encuentro presuroso, vertiendo de sus
ojos abundantes lágrimas y articulando apenas algunas
palabras inconexas de sentimiento y de dolor. Compa-
decidos los padres de su pena, le dijeron con ternura
que si estaba en su mano el consolarle en aquel caso,
les manifestase francamente el motivo de sus penas.
Entonces cobrando el afligido prefecto algún aliento y
confianza, les habló de esta manera : «Yo, padres mios,
soy el hombre peor del mundo, é indigno de besarlos
pies al último criado de mi casa; porque, por condes-
cender con la voluntad del Tono de Arima, á quien
— 6oo —
estoy sujeto, he abandonado la fe de mi Dios y mi
Señor.» Por la confesión espontánea de este caballero,
conocieron los PP. misioneros que Dios lo llamaba á
penitencia por su misericordia. Su caida habia sido rui-
dosa á la verdad, y la reparación completa del escán-
dalo debia ser muy difícil; mas, como estaba dispuesto
á todo, y se prestó sin dificultad á las instrucciones y
penitencias que le dieron, no dudaron los PP. misio-
neros en reconciliarlo con la Iglesia, y administrarle
desde luego el santo sacramento de la Penitencia, que
pedia.
El parentesco que el miserable Tono de Arima ha-
bia contraido con el regente Dayfusama, después de
haberlo inducido á la más vergonzosa apostasía, lo iba
precipitando cada dia en un abismo sin fondo, donde
se agitaba su conciencia, atormentada sin cesar por sus
maldades. Mas, no contento el Regente con la con-
ducta criminal de aquel cobarde desertor del cristia-
nismo por lo que tocaba á su persona, quiso ademas
que indujese á los de Arima, con su palabra y con su
ejemplo, á que abandonasen para siempre la religión de
Jesucristo. Persuadido Dayfusama de lo difícil y arries-
gado de su empresa (casi todo el reino era cristiano),
le asoció en esta obra de impiedad un hábil bonzo, para
que lo ayudase en su proyecto con su astucia prover-
bial y malas artes. Este ministro del diablo acompaííó,
con efecto, al Tono infame por las principales ciudades
de su reino en prosecución de su demanda; mas su
apostolado impío no produjo, ni de mucho, los efectos
prodigiosos que se habia propuesto el tirano en su de-
lirio. Creyendo el bonzo, finalmente, que la esterilidad
— 6oi —
de sus amaños contra la obra de Dios procedía de la
tibieza con que el Tono se conducia en la persecución
de los cristianos, lo acusó á Safioye (diputado espe-
cial de Dayfusama para destruir la religión de Jesu-
cristo en aquel reino), diciéndole claramente que, si
bien en lo exterior habia renegado de la fe, en lo in-
terior debia ser aún cristiano, habida consideración al
poco celo con que procuraba cumplir en esta parte el
rigoroso mandato del Regente. En virtud de esta de-
nuncia escribió Safioye desde luego al apóstata de Ari-
ma, y le reprendió ásperamente por su culpable ti-
bieza en el cumplimiento rigoroso de su deber oficial
en aquel punto. Y para obligarle por el temor, que era
su flaco, á desplegar más energía en la persecución de
los cristianos, le prevenía desde luego que le denun-
ciarla á la corte si no daba cumplimiento con más es-
tricta exactitud á lo que se le habia ordenado con tanta
seguridad por el Regente del imperio, si no secundaba
sus designios con mayor actividad. Apretado el após-
tata de Arima por estas severas amenazas, suplicó á sus
criados que apostatasen á su ejemplo, para que de esta
suerte pudiese dar alguna prueba de obediencia á Day-
fusama, y cubrir de algún modo su responsabilidad en
aquel caso. Pero aquellos cristianos, más amantes de
su fe que de su Tono, despreciaron su propuesta, y no
quisieron acceder á sus deseos. Al ver frustrados por
esta via sus intentos, é instado siempre por Safioye y
por su consorte, aun infiel, motivo principal de su caida,
hizo llamar á ocho caballeros de su reino, y les rogó
que se compadeciesen de su triste y desgraciada posi-
ción, abandonando la religión de Jesucristo, que todos
— 6o2
ellos profesaban, siquiera fuese en lo exterior, para sa-
carlo del grave compromiso en que se hallaba. No faltó
alguno, por desgracia, que, por una compasión mal en-
tendida, se prestó cobardemente á tan impía exigencia,
abandonando á su Dios por conservar á todo trance
aquella efímera amistad que su señor les prometía.
Uno de estos miserables era el Gobernador del Congu,
á quien nos venimos refiriendo, y por cuya falta fué
abandonado justamente de su cristiana consorte y de
sus fieles criados , después de haberle afeado su abomi-
nable conducta. Desde entonces, acosado por los remor-
dimientos incesantes de su culpa, y avergonzado y con-
fuso por su debilidad inexcusable, se entregaba noche y
dia á la más triste pesadumbre, hasta que por fin halló
el consuelo de purificarse de esta mancha , y de limpiar
su conciencia en las aguas saludables de la vida por
medio de una sentida y dolorosa confesión de sus pe-
cados. Los otros régulos cómplices, arrepentidos tam-
bién postreramente de su nefanda apostasía, se presen-
taron al mismo Tono, su señor, y le dijeron que ha-
blan hecho mal en renegar de su fe; que entendiese
para siempre que eran cristianos como antes, y que se
hallaban muy dispuestos á morir, si era preciso, por
Dios y sus creencias. Mas el Tono, que sólo habia da-
do aquel paso para salvar su compromiso, no trató de
molestarlos en su caso.
99. Los otros religiosos caballeros, que se hablan
negado firmemente á las sugestiones del apóstata, con-
siguieron poco después la gloriosa palma del martirio;
pues, noticioso Safioye de su noble y generosa resis-
tencia, mandó al miserable Tono que los prendiese al
— 6o3 —
momento, y los hiciese arrojar en una pira para ser
abrasados por las llamas, con sus hijos y mujeres jun-
tamente. La prisión de estos caudillos, que se verificó
el dia 6 de Octubre de aquel año, fué una de las más
famosas y más célebres que se hablan visto jamas en
el imperio. A esta noticia funesta, que voló por todas
partes con la rapidez del rayo, se presentaron en la
cárcel y en sus alrededores y cercados más de quince
mil cristianos, que apenas podian convencerse de lo
mismo que veian. No podian, en efecto, comprender
que tres caballeros distinguidos, tres Tonos acredita-
dos, tres régulos del imperio, se viesen encarcelados
por haber sido fieles á su Dios, y por orden y minis-
terio de aquel mismo que profesaba poco antes la mis-
ma religión y el mismo culto. Asustado el bonzo in-
fame á vista de aquella innumerable muchedumbre de
cristianos, y temiendo desde luego alguna subleva-
ción aterradora, dio parte inmediatamente al sangui-
nario Safioye, que residía á la sazón en Nangasaqui.
Asustado también éste de la imponente actitud de los
cristianos, no tuvo más arbitrio, que llamar á los re-
gidores del distrito, que todos eran cristianos, á fin de
que le sugeriesen algún medio para evitar las conse-
cuencias de aquella reunión espantadora, que se habia
agrupado prestamente, y como por encanto incom-
prensible, en derredor de la cárcel de los Tonos cris-
tianos. Sin embargo de que le aseguraron por de pron-
to que nada tenía que temer, el dia siguiente los ve-
nerables confesores fueron conducidos al último supli-
cio, antes que cundiese más el movimiento y fuese más
peligrosa la actitud amenazadora de los pueblos.
— 6o4 —
Apenas rayó, en efecto, aquel dia memorable, sa-
caron de la cárcel tenebrosa á los campeones de la fe,
para llevarlos, cual víctimas, al lugar del sacrificio.
Aquélla fué una escena nunca vista, un espectáculo,
un hecho desconocido é inenarrable en las islas del Ja-
pon. Iban vestidos los Tonos con unas túnicas blancas,
y llevando reverentes una cruz en las espaldas, y otra
ademas en el pecho, como símbolo glorioso de su reli-
gión y de su fe. Los hermanos y asociados de una santa
cofradía, á que pertenecian aquellos régulos, los acom-
paííaban al suplicio con candelas encendidas y con ro-
sarios en sus manos, cantando en procesión pública la
letanía de la Virgen con la más solemne entonación.
El aspecto de los venerables confesores infundía reve-
rencia á toda aquella muchedumbre, que se agrupaba
piadosa al andar de su camino. Lejos de temer aquellas
víctimas los efectos de las llamas, en medio de las cua-
les iban á ser sacrificadas muy en breve, mostraban en
sus semblantes una alegría y majestad incontrastable,
con la cual alentaban á los débiles y llenaban de con-
fusión á los gentiles. Llegaron, por fin, los campeones
al lugar del sacrificio, y mientras los ministros de jus-
ticia estaban levantando una estacada al rededor de la
hoguera, los fieles procuraban cambiar su ropa y sus
prendas con las de los venerables confesores, para con-
servarlas siempre como reliquias preciosas. Ya estaba
la leíía prevenida, y los verdugos siniestros con las teas
en la mano iban ya á encender la pira, cuando León
Taquedomi, uno de aquellos paladines de la cruz, ha-
blando en nombre de todos, levantó su voz y dijo:
«Morimos, Señores, por la fe que hemos recibido en
— 6o5 —
el bautismo. Debemos este homenaje al autor de nues-
tra vida, que es el verdadero Dios de los cielos y de
la tierra. Él nos da á conocer su santo nombre, y mo-
rimos libremente por su religión y por su culto. Esta
es la fe verdadera, que deben conservar siempre todos
los cristianos del Arima.» En seguida se encaminó con
la mayor serenidad y grandeza de espíritu al lugar
que le estaba prevenido. Entonces sacó de su seno una
imagen religiosa, la adoró devotamente, y en segui-
da la entregó con expresión de ternura á su mujer,
que no estaba muy distante de su esposo. Era cristia-
na como él, y también iba á morir por su Dios y por
su fe. Encendida ya la leña, y colocados los atletas ve-
nerables en medio de las llamas, no dieron señal algu-
na de flaqueza al sentirse devorados por el fuego. El
venerable León Taquedomi vio quemarse las amarras
con que sin necesidad le sujetaban, y sin moverse del
fuego espiró poco después, haciendo la señal de la cruz
sobre su frente. Un niño tierno y hermoso, que se lla-
maba Jacobo, al ver también abrasadas sus ataduras y
sus cuerdas , se encaminó por sus pies en el estado más
lastimoso y más horrible adonde estaba padeciendo su
dulce y piadosa madre, y al verla ya moribunda, sólo
se oyeron estas voces : «¡Madre mia! ¡Hijo mió! ¡Jesús!
I Jesús !« Al espirar en sus labios este dulcísimo nombre,
volaron al cielo juntamente sus almas predestinadas para
no separarse yajamas el hijo y la madre en la otra vida.
¡Qué espectáculo! ¡Qué escena! ¡Qué religión y qué
grupos! Si Tito Livio ó Genofonte hubieran presenciado
este suceso en las plazas de Roma ó de la Grecia, hu-
bieran hecho de su narración una epopeya, y hubieran
— 6o6 —
hecho resonar toda la tierra con las cien trompas de la
fama. De esta suerte consumaron estos venerables con-
fesores del Señor el sacrificio de sus vidas por la fe que
profesaban , dejando á las generaciones venideras un
ejemplo de constancia y de fortaleza invictas, capaces
de alentar en los combates de la religión y de la fe á
los cristianos más débiles y corazones más tímidos.
Por entonces cesó la persecución en el reino de Ari-
ma, y el apóstata, su Tono, en pago de la fidelidad con
que trataba de dar gusto á Dayfusama, fué privado
para siempre de la herencia de los suyos, y trasladado
al reino infeliz de Finga, mucho más pequeño y po-
bre que el que dejaba por sus vicios. Sin embargo, no
por esto dejó de ser un vil esclavo del anciano Dayfu-
sama, á quien procuraba complacer para conservar su
vida. Para darle gusto en todo, hacia alarde á todas
horas de su apostasía nefanda, y caminando de este
modo de precipicio en precipicio, llegó á ofrecer in-
cienso, finalmente, y adorar con torpes cultos á las dei-
dades del imperio. A tan infeliz estado de abyección
se vio reducido, finalmente, aquel Tono despreciable,
en castigo formidable de sus abominaciones.
ICO. En medio de estos contratiempos, casi todos
los PP. misioneros se hablan retirado á Nangasaqui,
ora lanzados con violencia por las autoridades del país,
ora de su propio movimiento, á esperar otra ocasión
más oportuna para volver á reedificar el destruido tem-
plo del Señor. El ex-Provincial de ésta, Fr. Baltasar
Fort, que á la sazón desempeñaba el oficio de Vicario
Provincial de nuestros misioneros en aquella ciudad
célebre, al ver tantos sacerdotes reunidos en aquel
— 6o7 —
puerto famoso, despachó á dos de sus subditos para
alentar en todas partes a los cristianos perseguidos, y
administrarles también en todo caso los santos sacra-
mentos. El uno se quedó para este efecto en las aldeas
de Arima y Amaguza, y el otro fué al reino de Figen
con las precauciones necesarias para el caso. Otros re-
ligiosos dieron principio en este mismo tiempo á esta
clase de misiones, que pudiéramos llamar conservado-
ras, y que fueron de grande utilidad para los fieles; pero
que no pudieron ocultarse a la suspicaz política del ti-
rano Dayfusama. Luego que traspiró el nuevo sistema
de estas misiones dispersas, se publicó otro decreto del
Regente, dirigido á todos los Tonos del imperio, por
el cual les comunicaba bajo las penas más severas que
prendiesen inmediatamente á todos los PP. misioneros
de sus distritos respectivos, y los enviasen, bien asegu-
rados, a la ciudad de Nangasaqui. También se les man-
daba al mismo tiempo que derribasen do quier todos
los templos cristianos, y obligasen con su autoridad á
sus vasallos á que abjurasen públicamente la religión y
la ley de Jesucristo. Uno de nuestros religiosos fué sor-
prendido en su retiro con tres PP. Jesuítas y dos mi-
sioneros Agustinos, estando juntos en Usaqui. Mas este
incidente desgraciado, lejos de abatir el ánimo y el va-
lor de los demás, los inflamó de tal modo por la glo-
ria de Dios y de su reino, que abandonaron por fin sus
retiros ignorados, y se esparcieron sin temor por los
cuatro vientos del imperio á la faz de los cielos y la
tierra. No podian en efecto contener los arrebatos de
su celo, al ver á los cristianos perseguidos y los peligros
que corria la causa de la religión y de la fe. Nuestro
— 6o8 —
venerable P. Fr. José de San Jacinto fué enviado por
esta causa á la misma corte de Meaco, en donde el
peligro y la necesidad era mayor, y trabajó allí por
mucho tiempo, sin haber sido denunciado felizmente
por los perseguidores de la cruz, á pesar de las pocas
6 ningunas precauciones que tomaba.
I oí. Publicado, finalmente, el último decreto del
Regente, se llevó á efecto en todas partes con todo ri-
gor y todo apremio. A la prisión y destierro de los
PP. misioneros se seguia la destrucción de sus altares
y sus templos, y luego toda clase de resortes y de me-
dios vergonzosos para pervertir á todo trance la fe y el
corazón de los cristianos. No reparaban los monstruos
de aquella persecución universal en la elección de los
medios si podian conducir á sus designios, por más
horrendos que fuesen á los ojos de la humanidad y del
pudor. Algunos de ellos publicaron que los inobedien-
tes y tenaces serian ignominiosamente paseados por las
calles y por los lugares públicos, desnudos enteramente,
sin exceptuar a las doncellas; y que éstas, después de
todo, serian arrojadas finalmente a los lupanares del im-
perio, para que juntamente con la honra perdiesen
también la castidad. Este ardid de los infiernos fué la
ruina miserable de muchas cristianas débiles, que pres-
cindiendo de este caso hubieran dado muy gustosas la
vida en medio de las llamas, antes que sufrir tamaña
afrenta. Muchos, sin embargo, permanecieron cons-
tantes en la fe, despreciando con razón las impruden-
tes amenazas de los Tonos. Entre los pocos que su-
frieron esta clase de suplicio se distinguió especialmen-
te un cristiano fervoroso, llamado Benito por su nom-
— 6o9 —
bre, con Águeda, su mujer, v con Juan y Melchor, dos
hijos suyos. Después de haberlos desnudado enteramen-
te, fueron paseados por Faqueda, ciudad del reino de
Bungo, y no satisfecha aún la crueldad de los tiranos
con haberles hecho padecer tan vergonzosa ignominia,
los metieron al fin en unos sacos llenos de paja de ar-
roz, y los amontonaron en el suelo, burlándose en su
impiedad de aquellas víctimas. Así fué como Benito
murió allí mismo á los tres dias, oprimido y asfixiado,
como es justo comprender. Su cuerpo fué luego entre-
gado á las llamas ya cadáver, y sus cenizas lanzadas á
las aguas de un torrente, para privar á los devotos cris-
tianos de la posesión de sus reliquias.
102. En Tucuta, ciudad del reino de Chicuyen,
padecieron por la fe, hacia el mismo tiempo, algunos
cristianos, que se prepararon desde luego con los santos
sacramentos para salir victoriosos en el dia de los com-
bates. Entre los que practicaron estas santas diligencias
con nuestro misionero, el venerable P. Fr. Juan de Rue-
da, se ha conservado la memoria de un médico del
país, llamado Joaquin desde el bautismo, con la de
otro cristiano, llamado Tomé en la ciudad, y muy co-
nocido en la población por su religiosidad y sus virtu-
des. Siendo estos buenos cristianos tan fervorosos y
exactos en el cumplimiento de la ley santa del Señor,
fueron los primeros en sufrir los efectos de la persecu-
ción y del furor, que provocaron en el reino la noticia
y la publicación aterradora del decreto neroniano. Ata-
dos, en efecto, por un pié á las ramas de algún pino,
fué probada de varios modos su constancia, hasta que
cansados los tiranos de hacerlos padecer inútilmente,
TOMO I. 39.
' — élO —
los bajaron maltratados, y en seguida les cortaron la
cabeza á golpe de hacha.
103. En Meaco, Osaca, Sacay y Fugimí padecie-
ron también á la sazón todos los cristianos del país
grandes tribulaciones y trabajos por la fe de Jesucristo,
si bien no experimentaron, felizmente, las crueldades
nefandas que en otras partes del imperio, por la gene-
rosa índole de sus gobernadores respectivos. Hacura-
dono, que lo era de Meaco, se contentaba tan sólo con
meter en unos sacos á los que permanecian más cons-
tantes, y los amenazaba con la muerte si persistían en
su creencia; mas todos sus rigores y amenazas no pa-
saban de palabras, porque trataba solamente de salir
del paso en estos lances, y cubrir de cualquier modo
el expediente y las apariencias de la ley. El de Osaca
desterró algunos cristianos, y el de Sacay sólo procedió
con rigor, en sus dominios, contra una pobre doncella,
llamada Catalina según el nombre de bautismo, é hija
de padres infieles, que la arrojaron de su casa por no
querer abjurar de ningún modo la religión de Jesu-
cristo. Noticioso el Gobernador del hecho, se empeñó
en combatir la fe robusta de aquella virgen cristiana;
mas halló en su alma preciosa un castillo inexpugna-
ble, capaz de resistir á los ataques de todas las potes-
tades del infierno. Cansado de exhortarla inútilmente
á que renegase de su fe, la mandó desnudar de medio
cuerpo y colgarla de un gran palo en actitud vergon-
zosa, expuesta á las burlas é indecencias de los hom-
bres inmorales. Sufrió la virgen heroica tan afrentoso
tormento por espacio de tres dias con una constancia
milagrosa, hasta que los cristianos obtuvieron el per-
— 6ii —
miso de bajarla medio muerta. Mas un hermano de la
Orden de nuestro P. San Francisco la curó perfecta-
mente, y vivió aquella heroina hasta una edad avanza-
da. Otros muchos venerables mártires y confesores del
Seíior hubo en el imperio del Japón por este tiempo,
que sólo son conocidos en la presencia de Dios. Estos
ataques, sin embargo, que entonces sufrió la religión
en el imperio, sólo fueron los preludios de la persecu-
ción general y prolongada, que no tardó en declararse
bajo la tiránica opresión de Dayfusama, en toda la ex-
tensión de sus dominios.
CAPITULO VI.
Capítulo intermedio del P. Fr. Miguel de San Jacinto. — Se constituyen y
organizan las vicarías de provincia. — Se admiten las casas de Lingayen y
de Bagnotan, hoy Dagupan. — Diferencias y transacciones entre his pro-
vincias del Santísimo Rosario y Santísimo Nombre de Jesús, sobre la fiesta
del Corpus y otras gestiones pendientes. — Muerte y reseña de la vida del
limo. Sr. D. Fr. Diego de Soria. — ídem del V. P. Fr. Francisco Minayo.
— Se sublevan los indios deja Irraya. — Llega á Manila una misión de
treinta y dos religiosos de la Orden. — Sucesos y vicisitudes de su viaje.
104. Por los años de 1 614 se celebraba en Manila
el Capítulo intermedio del P. Fr. Miguel de San Ja-
cinto. Constituidos en sesión los PP. capitulares, dis-
cutieron varios puntos que se conceptuaron necesarios
para el bienestar orgánico y gobierno general de la
Provincia. En primer lugar, determinaron que los vi-
carios provinciales ocupasen el lugar preferente al su-
perior, y que en todos los actos de comunidad, estando
ausente el Prior ó el vicario de la casa, presidiese á los
6l2
demás, no estando á la sazón el Provincial dentro de la
vicaría ó de su circunscripción. Luego declararon, con
autoridad apostólica habida para el efecto, algunos pun-
tos de las constituciones de la Orden, determinando
al mismo tiempo que sus declaraciones eran de per-
petua duración por su importancia y gravedad. Entre
las disposiciones saludables que se tomaron entonces, se
acordó señalar en cada provincia ciertos distritos espe-
ciales, con el nombre particular de Vicarías, en las cua-
les residia un superior, que debía ejercer su autoridad
sobre todos los religiosos misioneros de su peculiar ju-
risdicción. En Cagayan, las vicarías designadas fueron
éstas : el convento de la ciudad de la Nueva Segovia,
con un sacerdote y un lego; las casas de Santa María
Magdalena de Patta, Abulug, Massi, Fotol y Capi-
natan, con un vicario y seis sacerdotes; las de Cama-
lanyugan, Aparri, Buguey, Tocolana, Gattaran y Nas-
siping, con un vicario, seis sacerdotes y un lego; las
de Tabang, Tuao, Piat, Malaoeg y Santa Cruz, con
un vicario, cinco sacerdotes y un lego; las de Tugue-
garao é Iguig, con un vicario y tres sacerdotes. La pro-
vincia de Pangasinan se organizó en dos distritos, á sa-
ber: las casas de Binalatongan, hoy San Carlos, Ba-
lunguey, Telban, Lingayen y Binmaley, con un vica-
rio, cinco sacerdotes y un lego; y las de Calasiao, Man-
galdan, Manaoag, San Jacinto y Bagnotan, con un vi-
cario y cuatro sacerdotes. Así se clasificaron y dividie-
ron otras vicarías. Todo el partido de Bataan se redujo
á una sola vicaría, con un vicario y tres sacerdotes. Bi-
nondo fué también clasificado como vicaría, á la que
se destinó un vicario con tres sacerdotes y un lego. En
— 6i3 —
Japón habia entonces nueve misioneros sacerdotes de
la Orden, y todos ellos fueron asignados al convento
de la ciudad de Nangasaqui; los demás de la provincia
lo fueron al de N. P. Santo Domingo de Manila, á ex-
cepción del procurador de Méjico, que lo fué, con un
sacerdote y un lego, al hospicio de San Jacinto, que
formaba también su vicaría.
Esta sabia ley orgánica era sin duda por entonces la
más adecuada y oportuna, habida consideración, como
era justo, á la razón de los tiempos, para mantener en
todo su vigor la observancia regular de esta Provincia.
De esta suerte, los religiosos destinados al ministerio
de los indios tenian un superior inmediato, que podia
fácilmente vigilar su proceder, según las medidas é ins-
trucciones que en el mismo Capítulo provincial se adop-
taron al efecto. Cuatro veces al año debian los vicarios
visitar las casas de sus distritos respectivos, y debia du-
rar esta visita una semana completa en cada residencia
religiosa, en cuyo tiempo tenian lugar suficiente para
poder informarse v observar lo conveniente respecto al
celo particular de cada uno, y á la manera de condu-
cirse en sus pueblos y cristiandades respectivas. Medi-
da muy conveniente en aquel tiempo de organización
social y religiosa.
105. En este Capítulo provincial se aceptaron las ca-
sas de Lingayen y de Bagnotan, en la provincia de
Pangasinan, y la que se debia fundar á breve plazo en
los rnayidayas de Cagayan, según estaba resuelto y acor-
dado. Lingayen habia sido desde antiguo la población
principal de la provincia, que los PP. Agustinos hablan
adoctrinado con gran celo, desde que sus naturales re-
— 6l4 —
conocieron al Gobierno. Mas sus conquistas religiosas
en aquellos tiempos primitivos, y antes que nuestros
religiosos tomaran á su cargo esta provincia, se limita-
ron casi á los indios de aquella sola población, por la
tenaz oposición y resistencia que los demás ofrecían á
su fervoroso apostolado. Nuestros misioneros, sin em-
bargo, tomaron con el mayor empeño y eficacia, como
hase visto anteriormente, el ablandar la dureza de aque-
lla gente feroz, y con el auxilio de la gracia y una cons-
tancia tenaz, consiguieron su objeto finalmente, y triun-
faron de su obstinación y de su braveza; quedando los
PP. Agustinos por entonces como aislados de algún
modo en la circunscripción de Lingayen. Mas su celo,
siempre activo, ensayó posteriormente la reducción de
Manaoag , que luego se vieron precisados á resignar en
manos del Obispo por la mucha distancia de aquel pun-
to, y la difícil comunicación tan necesaria con su resi-
dencia principal. Esta sola circunstancia y demás pre-
cedentes indicados les ponian en el caso de ceder á la
provincia del Santísimo Rosario el pueblo de Lingayen,
tan luego como se les ofreciese alguna coyuntura de-
corosa y favorable. Esto se verificó en 1 6 1 3 con mo-
tivo de una transacción honrosa para las dos corpora-
ciones, con la que terminó el ruidoso pleito sobre la
preferencia en celebrar la fiesta del Corpus en el do-
mingo infraoctavo, que ambas comunidades pretendían.
Los PP. Agustinos fundaban su pretensión y su dere-
cho en la posesión en que estaban de esta gracia antes
que llegasen los PP. Dominicos á Manila, y ademas
en un breve de Clemente VIII, que obtuvieron al efec-
to durante el tiempo del litigio. A nosotros nos favo-
redan igualmente los breves de S. Pío V, de Grego-
rio XIII y otro del mismo Clemente VIII. De esta
suerte, creyendo las dos corporaciones tener derecho de
su parte, hacian la cuestión interminable. Al fin, re-
solvióse en dicho año á satisfacción de todos, con mo-
tivo de un incidente desagradable que aconteció en
Narvacan, de la provincia de llocos, en donde admi-
nistraba un religioso de la Orden por disposición y en-
cargo del Obispo.
Extraño parecería á primera vista que nuestros reli-
giosos se hubiesen encargado de la administración de
aquel distrito, que no les habia confiado el vice-patrono
de las islas, circunvalado ademas por otros pueblos,
cuya administración estaba á cargo de otra corporación
religiosa. La Historia del limo. Sr. D. Fr. Diego Aduar-
te (lib. II, cap. xLiv), haciendo mención del venera-
ble P. Fr. Tomas Gutiérrez, asegura que fué ministro
de aquel pueblo por espacio de un año; y añade des-
pués á este propósito, que estando los demás pueblos
de la provincia de llocos á cargo de los PP. Agusti-
nos, nuestra Orden entregó la administración de Nar-
vacan á dichos padres, por otro pueblo de la provincia
de Pangasinan, que es su limítrofe (i), para que de
esta suerte toda la administración de esta provincia fue-
se de nuestros religiosos, así bien que la de aquélla per-
teneciese igualmente á los PP. Agustinos. Mas el ilus-
trísimo Aduarte no refiere el motivo principal de esta
permuta, que se aclara en un manuscrito interesante que
(i) Hoy no lo es, por la provincia de la Union, que está por medio, y que
formaba parte en un principio de la provincia de llocos.
— 6i6 —
existe en el archivo del convento de nuestro padre San-
to Domingo de Manila. Era á la sazón obispo de aque-
lla diócesis, que comprende ambas provincias, el ilus-
trísimo Sr. D. Fr. Diego de Soria, y tenía un empeíio
decidido en abrir una comunicación por el centro de
los montes entre Pangasinan y Cagayan, que pertene-
cia también á su obispado. En aquella época lejana,
sólo eran conocidos los primeros pueblos que se hallan
al otro lado del monte Caraballo, situados en el valle
y territorio de Ituy, ignorándose la posición, y la dis-
tancia y demás condiciones topográficas del país, que
se extiende desde allí hasta los últimos pueblos de Ca-
gayan, ya reducidos por nuestros celosos misioneros.
Las grandes esperanzas que se tenian por entonces de
un descubrimiento tan precioso, hacian mirar este pro-
yecto como de grande importancia, y para llevarlo á
cabo consideraba el Obispo como necesaria é indispen-
sable la reducción de aquel país, aun desconocido, por
medio de nuestros religiosos, que ya administraban los
extremos de aquellas provincias apartadas.
Nuestra corporación, que ya abundaba en los mis-
mos sentimientos, suplicó al gobernador D. Juan de
Silva que le encomendase la reducción definitiva de
aquel valle, cuyos industriosos habitantes, con motivo
del beneficioso tráfico que venian manteniendo con los
pangasinanes en su tiempo, habian cobrado mucho afec-
to á los religiosos de la Orden, que adoctrinaban ya en-
tonces á los de esta Provincia. Silva no tuvo dificultad
en conceder la gracia suplicada por los nuestros; gra-
cia que nadie hasta entonces habia pretendido ni ges-
tionado formalmente en los términos explícitos que lo
- 6i7 -
verificó nuestra Provincia. Más los PP. Franciscanos,
noticiosos al fin de esta gestión de los PP. Dominicos,
reclamaron para sí esta concesión, fundándola en la
proximidad reconocida de los montes de Baler, en don-
de ellos hablan principiado sus misiones. Entonces el
Gobernador revocó la gracia otorgada á la provincia
del Santísimo Rosario^ para que los PP. Franciscanos
pudiesen ejercer su celoso ministerio en el deseado va-
lle. Al ver el Obispo fi'ustrado su proyecto, y como
hombre poseido de tan levantado pensamiento, conci-
bió la posibilidad de realizar su gran proyecto por otra
parte distinta, y creyó que Narvacan, cuyas vecinas
montarías estaban habitadas por infieles de la raza tin-
guiana, que trataba de reducir y de civilizar cristiana-
mente, sería también conveniente como punto de par-
tida para abrir la famosa comunicación de Cagayan.
Este pueblo pertenecía por entonces al clero secular de
aquella diócesis, y hallándose vacante á la sazón, el pre-
lado debía proveerlo en aquel caso de un sacerdote ca-
paz de administrarlo espiritualmente. Mas no pudien-
do al efecto disponer de ningún sacerdote secular, lo
entregó al P. Gutiérrez, que á la vez ejercía en aque-
lla diócesis el oficio de su vicario general. Empero omi-
tiendo hacer mención de las diferencias que mediaron
con semejante motivo entre ambas corporaciones, al fin
hubo honrosas transacciones de ambas partes, que se
zanjaron felizmente sin la menor oposición. En su vir-
tud, los PP. Agustinos se quedaron con el partido de
Narvacan, que comprendía los anejos de Santa María,
San Esteban y Santiago, y nosotros con Lingayen, como
se ha dicho; sobreseyendo también la provincia del San-
— 6i8 —
tísimo Nombre de Jesús sobre el derecho que preten-
día acerca del barrio de Baybay, habitado por los chi-
nos cristianos, incorporados desde antiguo con el pue-
blo de Binondo. El clero secular de la Nueva Segovia
fué indemnizado también, por el derecho que con el
ministerio de Abra tenía á Narvacan, que los padres
Agustinos habian reducido á la fe desde un principio.
Finalmente, se arregló la competencia sobre el dia ani-
versario para la ñesta del Corpus, del modo más satis-
factorio y fraternal. De suerte que los PP. Agustinos,
al tenor de este convenio, deben celebrarla un año en
nuestra iglesia, y á su vez los Dominicos deben cele-
brarla otro año en la iglesia conventual de los prime-
ros, alternando de este modo fraternal en sus funcio-
nes, y siempre con asistencia de ambas comunidades
religiosas. Esta célebre é ingeniosa transacción se cele-
braba por Julio de 1613, y se autorizó, hnalmente, en
toda forma, por una escritura pública, ante el escribano
de número de Manila, D. Diego de Rueda, con la
sanción poderosa de los señores el gobernador de las
islas Filipinas D. Juan de Silva, el arzobispo de Ma-
nila D. Diego Vázquez de Mercado, el obispo de la
Nueva Segovia D. Fr. Diego de Soria, todos los pro-
vinciales de las órdenes religiosas de Manila y los pa-
dres más graves de cada corporación, residentes por en-
tonces en la misma capital. De esta suerte quedó la paz
restablecida, y se dio solución satisfactoria á todas las
diferencias suscitadas.
106. El limo. Sr. D. Diego de Soria sobrevivió
muy poco tiempo al convenio referido; pues en el Ca-
pítulo provincial de este año se hace mención de su fa-
— 619 —
llecimiento, elogiando los padres su memoria. Era na-
tural de Yébenes é hijo del convento de Ocaña. Des-
tinado al colegio de Alcalá, después de haber emitido
la solemne profesión, se aplicó con gran cuidado al es-
tudio de las ciencias y de las virtudes de los santos, ob-
servando con rigor todas las leyes y constituciones de
la Orden. Luego que oyó en la soledad de su retiro la
primera circular del P. Fr. Juan Crisóstomo, hacien-
do un llamamiento fervoroso á todos los escogidos, para
fundar en Filipinas una provincia religiosa destinada á
anunciar y propagar el Evangelio en los países infieles,
pidió con humildad ser admitido entre ellos, y desde
luego abandonó las esperanzas con que su talento y sus
virtudes pudieran acariciarle en la Península. Incorpo-
rado, pues, á la misión organizada por los primeros
fundadores, y tan luego como aportara á este país, el
Vicario general lo destinó para fundar y dirigir el con-
vento de esta capital, del cual fué nombrado su primer
vicario por el pronto, y finalmente prior. En este car-
go importante descubrió un gran fondo de prudencia,
con la cual subyugaba siempre las voluntades. La en-
tereza con que decia la verdad y seííalaba á todos el pe-
ligro de perderse en los caminos del pecado, le con-
quistaron por fin una gran reputación pública. Es por
demás interesante el hecho que vamos á referir en com-
probación de esta verdad. Confesaba en cierta ocasión
á un personaje de superior jerarquía y de alta repre-
sentación en estas islas; y habiéndose atravesado una
cuestión de conciencia, éste decia que su opinión en la
materia era ajustada á la razón y á la justicia; el P. So-
ria sostenía lo contrario, y al ver que su penitente sos-
620
tenia con insistencia su opinión, altamente poseido de
su ministerio y su carácter, le dijo de esta manera :
«V. S. en este asunto está sujeto al fuero de la con-
ciencia, y siendo reo en este tribunal, no puede ser juez
al mismo tiempo; yo tengo bien meditada la materia,
y no puedo formar otro juicio; y si no quiere acomo-
darse á mi sentencia, puede desde luego buscar otro
confesor.» El personaje, que no dudaba de la gran ca-
pacidad del P. Soria, y menos de su virtud, miró me-
jor el punto de la cuestión y no tardó en desengarzar-
se. Entonces fué personalmente á visitarle, y le suplicó
con mucha humildad lo confesase; pues estaba ya re-
suelto á seguir en todo su dictamen.
Después de haber desempeñado dignamente el ofi-
cio de prior, fué destinado á los penosos ministerios de
Pangasinan, como ya es dicho, en donde participó de
los trabajos y amarguras con que fué probada la cons-
tancia de los primeros misioneros de la Orden, á quie-
nes se confió su conversión. Allí desplegó todo su celo
y su caridad sin límites en cristianizar aquellas gentes
supersticiosas é idolátricas. Mas Dios le tenía reserva-
do en sus consejos otro campo más vasto todavía, para
derramar en él la semilla celestial de su palabra. Esta
heredad predilecta del gran Padre de familias era la
provincia de Cagayan, con sus montarías y sus valles, y
las hermosas riberas de sus rios. Don Luis Pérez Das-
mariñas la encomendó á la provincia del Santísimo Ro-
sarioy cuando sus entonces feroces habitantes yacían to-
davía en las tinieblas de la gentilidad y del error. Em-
pezada ya, bajo su auspicio, aquella conquista religiosa,
se vio precisado á abandonarla, porque Manila tenía
621
necesidad de su presencia. Era la segunda vez que lo
nombraban prior de Santo Domingo, cuya casa con-
ventual acreditó en gran manera con su virtud y santa
vida. Mas como la corporación tenía gran necesidad
de personal en proporción que se dilataba el horizonte
de sus trabajos apostólicos, creyó el Provincial que na-
die mejor que el P. Soria podria sacarla del ahogo en
que se hallaba á la sazón por la escasez de ministros.
Con este fin, fué nombrado representante y procura-
dor general de la Provincia en las cortes de Roma y de
Madrid, adonde tuvo que trasladarse en desempeño de
su cargo.
Sus primeras diligencias, al llegar a Nueva España,
fueron la adquisición de una casa, en donde se debian
hospedar los religiosos enviados á la provincia del San-
tisimo Rosario; proyecto que no habia podido realizar
el limo. Sr. D. Fr. Miguel de Benavides, por más que
lo habia deseado.
En Madrid fué luego conocido por su alta reputa-
ción de santidad y por sus grandes talentos; bien que
por su larga experiencia y conocimiento especial de
este país, merecían todo concepto sus gestiones en la
corte. No tardó, efectivamente, en ser el profundo
oráculo del Real Consejo de las Indias, que no resol-
vía jamas ningún asunto importante sin haber oido
antes su dictamen. Hasta las personas reales le dispen-
saban su confianza, honrando sus altas prendas con mil
consideraciones y respetos. Predicaba con frecuencia en
la capilla de los Reyes, que oian siempre con placer
sus elocuentes discursos.
Entre tanto vacó la silla de Nueva Segovia, por la
— dll —
promoción de su primer obispo al arzobispado de Ma-
nila, y S. M. C. puso al momento los ojos en el padre
Soria, sin haber precedido gestión alguna en este asunto.
Era un pensamiento espontáneo y privativo del Mo-
narca. La Reina queria conservarlo en la corte, ó pro-
moverlo á otra silla en la Península; mas él se resistió
constantemente á su emperío, y le manifestó que en
todo caso admitiria solamente la primera, por haber
trabajado muchos arios entre los naturales de estas islas,
á quienes amaba tiernamente como hijos predilectos, á
muchos de los cuales habia reengendrado en Jesucris-
to. Entonces cedió la Reina de su empeño, se libró al
P. Soria el real despacho, y confirmado por el Papa,
recibió en la misma corte la consagración episcopal. Al
aproximarse su partida, fué el limo, anciano á despe-
dirse de los Reyes, que quisieron darle en aquel caso
una prueba más del alto aprecio que les merecia su
persona. Efectivamente, al levantarse para darles cor-
dialmente su última despedida, la Reina se quitó un
precioso anillo de su dedo, y lo entregó al nuevo Obis-
po, diciendo de esta manera: «Tomad este anillo para
vuestro pontifical, y deseo que os sea de recuerdo para
encomendar á Dios al Rey mi señor y á mí.« Confuso
quedaria realmente aquel humilde prelado en vista de
una distinción tan honorífica; pero ninguno de tantos
favores hacian mella á su virtud, porque los miraba di-
rigidos más á la dignidad que á la persona.
Llegó á Filipinas en 1604 con una misión de reli-
giosos de la Orden, que habia organizado en la Penín-
sula, como se ha dicho de pasada en su lugar. Colo-
cado ya en su silla episcopal, se portó con sus ovejas
— 623 —
como un pastor amoroso y tierno padre, siendo su
alivio y consuelo en las desgracias, y trabajando siem-
pre por su bien. Su renta, á excepción de una pequeña
parte que se reservaba para cubrir sus necesidades más
precisas, era el patrimonio de los pobres y del esplen-
dor del templo. El trato que daba á su persona era el
más austero y penitente. Su comida cotidiana eran
hierbas y pescado solamente, con algún huevo ademas,
como plato extraordinario en las festividades muy so-
lemnes. Su vestido era de lana, y tan escaso de todo,
que le faltaban con frecuencia túnicas para mudarse.
Su oración era continua, pues aun estando fuera del
oratorio y del palacio, prorumpia con frecuencia en
soliloquios fervientes. Profesaba, sobre todo, una devo-
ción especial al Santísimo Sacramento del altar, al que
acompañaba siempre, cuando salia el Viático, donde
quiera que se ofrecia aquel venturoso encuentro. Por
este amor inefable á tan divino Sacramento jamas omi-
tía la celebración del santo sacrificio de la misa, ni aun
en sus viajes y jornadas, que fueron asaz frecuentes. De
esta manera llegó al término de sus dias, después de
haber trabajado veintisiete años cumplidos en la salud
de las almas y en beneficio de los indios. Hé aquí al-
gunas circunstancias de su muerte bienhadada.
Era á principios del año 1614, y hallábase á la sa-
zón en la Villa Fernandina, su ordinaria residencia,
cuando le sobrevino de repente una violenta calentura,
que lo avisó previamente de su última partida. Inme-
diatamente se dispuso para hacer una confesión gene-
ral con el párroco de Vigan , porque no tenía entonces
á su lado ningún sacerdote de la Orden. El párroco de
— 624 —
la Villa no podia persuadirse del peligro en que se ha-
llaba su Prelado, y le aconsejaba que aplazase aquella
grave diligencia para cuando la calentura le cesase ; á
lo que el Obispo contestó en términos bien concretos
y precisos, como quien estaba cierto interiormente de
que su hora era llegada. «Me muero, dijo, y muy
pronto: ésta es la calentura de la muerte.» En seguida
dispuso de la pobreza que tenía; escribió edificantes
cartas de última despedida al Arzobispo de Manila, á
diferentes religiosos y á varios amigos personales, y
procuró también con eficacia que fuese con gran pre-
mura alguno de sus hermanos para auxiliarle y conso-
larle á la hora de la muerte; y aunque los más próxi-
mos á Vigan eran nuestros misioneros de Pangasinan,
consiguió por fin este consuelo de su corazón y de su
alma. Recibió con la mayor devoción los santos Sacra-
mentos, y después de veintisiete dias de enfermedad, es-
piró plácidamente en el seno del Señor, á quien siempre
habia procurado agradar en este mundo.
Su venerable cuerpo fué enterrado en la iglesia de
Vigan, y á los diez ó doce años fué trasladado á la
de Nueva Segovia. Legó tres mil pesos y su buena li-
brería al colegio de Santo Tomas, recien fundado, y
el sobrante del gran pobre fué repartido también entre
los pobres. Su muerte fué muy sentida y llorada en estas
islas, y la provincia del Santísimo Rosario y que él tanto
habia engrandecido y honrado por mil conceptos, per-
dió en el venerable Obispo un padre amoroso y tierno,
y una de sus columnas más robustas.
107. También se hizo mención, en este mismo ca-
pítulo, del fallecimiento harto sensible del V. P. Fray
— 625 — •
Francisco Minayo, varón de vida ejemplar y de virtu-
des apostólicas. Era natural de Arévalo, en Castilla la
Vieja, é hijo del convento de San Pablo de Valladolid,
que tantos hombres ilustres ha dado á nuestra provin-
cia. Pasó á ella por los años de 1595 en compañía del
limo. Sr. D. Fr. Miguel de Benavides que regresaba
á Filipinas, consagrado ya primer Obispo de la Nueva
Segovia. Destinado por el pronto á Cagayan , desplegó
desde luego un celo heroico por la conversión de los
infieles; pues no satisfecho todavía con procurar la sa-
lud eterna de las almas á los que ya estaban reunidos
en los pueblos, hacia frecuentes expediciones á los mon-
tes para evangelizar entre los riscos á las rancherías de
los bárbaros que coronaban las alturas, disponiéndolos
con dulzura y suavidad para recibir la fe de Jesucristo,
y procurando que bajasen á las hermosas llanuras de
Cimboey, en donde podian ser más cómodamente adoc-
trinados é instruidos. Con su virtud y paciencia ganó
el afecto amoroso de aquella gente bravia, y recorría
solo con frecuencia aquellos sitios fragosos con la mayor
seguridad de su persona. ¡Dijérase, ciertamente, que
era el ángel tutelar de sus montañas, ó sea el genio po-
deroso de la religión cristiana, que cernia sus blancas
alas sobre las horrendas sombras de la infidelidad y la
barbarie ! Confiado el grande hombre en la divina Pro-
videncia, se propuso destruir á todo trance los cultos
abominables que aquellas míseras gentes daban, en su
ceguedad, al espíritu satánico, y á este fin se internaba
sin temor en sus bosques apartados para destruir uno
por uno sus adoratorios infernales. No dejaba Satanás
de manifestar sus quejas á los indios, por el desamparo
TOMO I. 4°'
que sufría de los suyos, que se trasladaban con sus tien-
das al reino de Jesucristo. Unas veces se les aparecia
en sueños bajo formas espantables; otras, poblaba sus
bosques de visiones y de vestiglos horribles, y hacia re-
sonar los montes con voces y ruidos infernales, ame-
nazando á los infieles porque habian admitido en sus
hogares á los de los dientes blancos (así llamaba á los
PP. misioneros, porque aquellos indios se los teñian de
negro), y porque tan fácilmente se dejaban seducir de
su palabra. Eran curiosos los diálogos que solian tener
lugar en estos casos entre el demonio y los paganos.
Estos solian replicarle que si él era tan poderoso como
blasonaba á todas horas, ¿por qué no arrojaba de allí
inmediatamente á aquel pobre é indefenso misionero?
A este argumento les contestaba Satanás, con mucha
gracia, que no lo ejecutaba desde luego por no de-
gradarse hasta ese punto, entrando en lid manifiesta
con adversario tan débil. Pero entre tanto la verdad
ganaba más terreno cada dia, al paso que la mentira
iba abandonando el campo, porque las razas infieles
llegaron á comprender que los PP. misioneros eran
muy superiores en poder al que hasta entonces habia
sido el objeto de su culto.
Trabajando de este modo en su acostumbrado mi-
nisterio, y hallándose un cierto dia con sus queridos
salvajes, supo que Guiab el bravo, uno de sus princi-
pales y más valientes caudillos, estaba enfermo de mu-
cha gravedad en la montaíia, y que los curanderos del
collado le habian recetado la sangre de un niño, que
debian degollar para su cura. Con esta triste noticia,
el compasivo misionero se apresuro á impedir á todo
— '627 —
trance aquella abominación, que ya estaba decretada
por el consejo fatal de los ancianos. Cuando llegó á la
casa del enfermo, la pobre é inocente víctima estaba
ya muy próxima á ser sacrificada, y con sus exhorta-
ciones elocuentes, y con el efecto mágico de aquella
voz conocida, que habia triunfado tantas veces de su
ferocidad y su barbarie, consiguió al fin que no se lle-
vase á efecto aquel designio, y no llegara á consumarse
el sacrificio nefando. La docilidad con que Guiab obe-
deció sin replicar á este venerable misionero le mere-
ció la salud eterna de su alma, ya que su enfermedad
era mortal, y no se encontraron medios hábiles para
salvarse la vida. Recibió con efecto, y sin demora, las
aguas saludables del Bautismo, y murió muy resignado
en el seno de la Iglesia. El niño, librado finalmente de
las garras de la muerte, fué también bautizado desde
luego, dándole el P. misionero el nombre nuevo de
Félix, por la dicha de haber recibido el beneficio de la
vida temporal y de la gracia.
Era en extremo compasivo este buen religioso con
los indios, á quienes acudia con el mayor afecto en sus
necesidades y en sus cuitas, en particular cuando tenían
alguna enfermedad grave. Entonces no se desdeiíaba
de servirles y auxiliarles con sus manos, por nausea-
bundas que fuesen sus enfermedades y dolencias. To-
leraba en todo caso sus impertinencias mansamente.
Cumpliendo de esta manera con los deberes de padre
y de perfecto misionero, quiso el Seííor purificarlo en
el crisol de las tribulaciones y amarguras, permitiendo
que un malvado lo acusase de un crimen horroroso, del
cual debia conocer la santa Inquisición. El acusador
— 628 —
dio tales visos de verdad á la calumnia, que la hizo
creible aun á los mismos religiosos, que tenian bien
probada la profunda solidez de su virtud. El venerable
P. Fr. Luis Gandullo, vicario provincial de Cagayan
y juez en la materia, quedó asombrado del suceso, y
sin embargo se vio precisado á proceder contra el ino-
cente religioso, el cual, á pesar de su virtud y de su
gran corazón, sintió de tal manera la imputación in-
fame de un pecado que no estaba en su conciencia,
que empezó á perder las fuerzas y la salud corporal,
llegando hasta desmayarse en el santo sacrificio de la
misa. Era llegada la hora de proceder contra él, y en-
tonces el supuesto reo, que ya habia recuperado el va-
lor del corazón, que la inocencia le inspiraba, dijo al
juez estas palabras con la mayor serenidad: «Míreme
vuestra paternidad muy bien, y averigüe cuanto fuere
servido; que no ha de hallar en mí la menor cosa del
mundo. » Ambos religiosos eran santos : el juez y el
supuesto reo rogaban con instancias al Señor sincera-
mente que se dignase descubrir la verdad en un asun-
to tan delicado y tan grave, que podia comprometer
el honor y la inocencia de aquel venerable religioso.
No podia Dios desoir esta plegaria de sus siervos. En
efecto, el mismo encargado de presentar la acusación
en nombre y representación del calumniador infame,
y que estaria sin duda en el secreto, dióse trazas al
momento para que se pudiese descubrir fácilmente la
calumnia. Se procedió entonces al examen de los tes-
tigos presentados, los cuales no temieron declarar que
nada habia de lo dicho, y que hablan sido inducidos á
confirmar con su dicho la calumnia. En su vista, de-
— 629 —
clarada la inocencia del venerable acusado, fué puesto
inmediatamente en libertad, y honrado luego con el
priorato del convento de nuestro P. Santo Domingo
de Manila. Mas el falso acusador no tardó en experi-
mentar, por su desgracia, los efectos pavorosos de la jus-
ticia divina, que más tarde ó más temprano siempre
suele volver por la inocencia, y vengar con mano aira-
da sus agravios. Efectivamente, al poco tiempo fué
asesinado en su lecho el calumniador infame por los
bárbaros del monte, sin haber logrado los auxilios de
la religión ni de la gracia que él habia despreciado en
todo tiempo con su vida escandalosa. Castigo horrendo
y espantoso, que más de una vez se ha reservado por
la cólera de Dios al calumniador de la inocencia.
Durante su oficio de prior, se reedificó el convento,
y sin embargo de su notoria pobreza y escasez, nunca le
faltó la divina Providencia para poder continuar aque-
lla obra. La devoción hacia la Virgen del Rosario se
acrecentó extraordinariamente en su tiempo y por su
amor á la divina Señora. Al mismo debió su imagen
muchos adornos preciosos, y le dedicó ademas un re-
tablo devotísimo. Al fin volvió á Cagayan, ejerció por
algún tiempo todavía el ministerio apostólico, y lleno
de merecimientos y virtudes, murió con la muerte de
los justos en la ciudad de la Nueva Segovia, después
de haber recibido con todo el fervor de su alma pura
los santos sacramentos. La opinión de su extraordina-
ria virtud habíase extendido á todas partes, y por lo
mismo su muerte fué muy sentida y llorada de las gen-
tes, y muy particularmente de sus queridos hermanos.
108. Otra pérdida tuvo la Provincia hacia este
— 630 —
tiempo, que le fué todavía más sensible: tal debia ser
y tal fué el desgraciado hn de Hs misiones que nues-
tros religiosos habian fundado con tantos sacrificios y
trabajos en los últimos confines de Cagayan y sus mon-
tañas. Era que los feroces habitantes de la Irraya, mu-
dables como las hojas de sus bosques y el viento mur-
murador de sus collados, se retiraron de nuevo á la
espesura de sus antiguos matorrales. Nacidos estos neó-
fitos en medio de las selvas, y familiarizados con la vida
libre y licenciosa del salvaje, no se acomodaban fácil-
mente á vivir en sociedad, y como poco cimentados
todavía en la fe de Jesucristo, sentian gravoso y pesado
el suave yugo de su ley. Los habitantes de Bataoag
habian empezado á bautizarse de algunos años atrás, y
no obstante la influencia de la religión cristiana cuando
está bien arraigada en el corazón de un pueblo, aun no
habia domado las feroces y las bárbaras costumbres de
la tribu. Era, pues, lógico y consiguiente suponer que,
faltándoles el freno de la fuerza, abandonaran también
las conveniencias sociales que aun no conocian bastan-
temente, para gozar á su arbitrio de su antigua liber-
tad. Tuvo su origen siniestro este suceso desgraciado
en las vanas observancias de unas viejas, que ejercian
aún ocultamente un ministerio nefando. Eran unas
verdaderas pitonisas del espíritu infernal, y cometian
toda clase de abominaciones idolátricas en el ejercicio
impío de su profesión escandalosa. El religioso encar-
gado de administrar este pueblo no pudo descubrir tan
pronto como fuera deseable las abusiones infames de
las viejas, y cuando trató de aplicar el remedio conve-
niente á tanto mal, ya fué tarde por desgracia. Sus pri-
— 631 —
meras diligencias se encaminaron á descubrir los auto-
res del desorden que trataba de cortar, lo que sabido
con tiempo por aquellas Medusas infernales, persua-
dieron á los indios á que se retirasen á los montes para
vivir á sus anchuras la vida, que tenian por feliz, de los
salvajes. La seducción triunfó completamente de estos
indios inconstantes; pues al oir este discurso se suble-
varon al momento, y abandonaron aquel pueblo ape-
nas constituido, sin que pudiese detenerlos la poderosa
voz del misionero. Estos cambios repentinos suelen
producir entre los bárbaros una diminución muy no-
table de las razas; pues, al desbordarse libremente sus
pasiones comprimidas, se consumen y perecen en la
misma embriaguez de sus excesos. En esta vez, por for-
tuna, estuvieron comedidos con los PP. misioneros, y
no intentaron siquiera la más pequeña violencia contra
ellos. Sólo se hicieron sordos para siempre á sus exhor-
taciones y consejos, resueltos á vivir en sus montañas
y riscos inaccesibles, sin más ley que su fiereza como
sus antepasados. Luego se retiraron los afligidos misio-
neros de aquel ya desierto aprisco, con algunos cristia-
nos consecuentes, que no quisieron en manera alguna
abandonar á sus pastores. Mas tarde fueron bajando al-
gunos otros, acosados por los remordimientos é inquie-
tudes de su negra apostasía; pero quedaron remonta-
dos aún muchos infieles, que hasta hoy viven como
salvajes en la espesura de los bosques.
109. Poco después de este suceso lamentable con-
soló el Señor á la Provincia con la llegada de treinta y
dos misioneros de la Orden, que el P. Fr. Diego Aduar-
te habia reunido en la Península y conducido hasta
— 632 —
Méjico. El objeto de este ilustre religioso era regresar
á Filipinas, curnplida esta comisión; mas estando en
aquella capital, recibió carta del Prelado, en que le sig-
nificaba sus deseos de que regresase á la Península, por
la dificultad de mandar á la sazón un sujeto compe-
tente que estuviese á la altura de aquel cargo. El Pa-
dre Aduarte miró la carta de su Provincial como un
mandato, y en tal concepto nombró presidente de la
misión hasta Manila al P. Fr. Ángel Ferrer Orsuchi,
vicario que era de San Jacinto, y después glorioso már-
tir del Japón.
Aun no habian abandonado el suelo patrio, cuando
estos celosos misioneros empezaron á ejercer su minis-
terio. Vivia á la sazón en Cádiz una doncella famosa,
á quien un alférez corrompido habia sacado furtiva-
mente de un convento de Jerez para vivir con ella en
mal estado. Esta desgraciadci joven llegó á enfermar de
peligro á consecuencia de un mareo, que habia sufrido
en el trayecto de Santa María á Cádiz. Hubo de ser
este accidente tan peligroso y violento, que todos creian
por el momento que no habia salvación para su vida.
Noticiosos, por fortuna, los que la asistían en su lecho
de la llegada de nuestros religiosos á aquel puerto, su-
plicaron al superior de la misión se sirviese destinar á
dos de ellos para velar á la enferma, y confesarla, si
era dable, en los cortos intervalos que la dejaba el ac-
cidente. Fueron inmediatamente enviados con este en
cargo los PP. Fr. Pedro Muriel y Fr. Pedro Mártir, que
procuraron ejercer eficazmente los deberes amorosos de
confesores y enfermeros. La desgraciada doliente no
tardó en mejorar con sus cuidados de su grave enfer-
— ^33 —
medad, y entonces descubrió las hondas llagas de su
corazón y de su alma á nuestros venerables misioneros,
que procuraron remediar aquel escándalo con la cau-
tela necesaria, después de haberla confesado y purifi-
cado su conciencia. La joven arrepentida no tuvo difi-
cultad en volver á su convento, del cual habia sido ex-
traida con engaño, y los mismos religiosos dispusieron
el negocio de tal modo, que fué restituida al monaste-
rio con todo el sigilo y precauciones que reclamaba
estrictamente la naturaleza del asunto. Así salvaron
aquella alma de las garras del demonio sin ruidos y
sin escándalos, que tanto eran de temer en aquel caso,
lio. En Méjico tuvo lugar otro suceso no menos
consolador para aquellos santos misioneros que el de la
doncella de Jerez. Habia en la cárcel de la corte de
aquella gran capital un preso sevillano, muy famoso por
su vida aventurera, y acusado, finalmente, de un crimen
asaz nefando. Encerrado el infeliz en un oscuro calabo-
zo, permaneció inconfeso y negativo por espacio de diez
meses; pero como habia contra él pruebas harto con-
vincentes, procedió el juez á la tortura, según la usanza
terrible de aquellos remotos tiempos. Por este medio
espantable el reo se confesó culpable de aquel crimen,
y en seguida reveló también algunos cómplices, que no
se pudieron haber por la justicia. El infeliz habia to-
mado el partido de citar nombres supuestos para librar-
se del tormento; pero sólo sirvió para fundar contra él
otras sospechas, que movieron al juez de aquella causa
á volverlo á la tortura, con el fin de que manifestase
claramente los cómplices verdaderos que se suponia
tener en el delito. Entonces varió de rumbo, y empezó
— 634 —
á amontonar nombres de personas respetables, pero de
inocencia conocida y reputación sin mancha. Como
buen andaluz, y sevillano á mayor abundamiento, se
despachaba á su gusto, mareando á los jueces, acumu-
lando mentiras y vomitando revelaciones horrorosas.
Su objeto era embrollarlo todo, y aburrir al juez de
aquel proceso para que no sacara nada en limpio. En
solas tres ocasiones ensartó treinta y ocho nombres res-
petables, cuya complicidad supo pintar con tan deta-
lladas circunstancias, que los más inocentes é inculpa-
bles temblaban de sólo oirlo. Dos de los infelices de-
latados, á quienes también dieron tormento, murieron
en esta prueba, y padecieron otros muchos por la cruel-
dad y la sevicia de aquel juez desapiadado. Coincidió
con estos hechos la llegada de nuestros religiosos, y no
se hablaba entonces de otra cosa en aquella capital
americana. Era general el pánico y la consternación y
la zozobra en todos sus habitantes. Muchos prelados y
religiosos venerables habian ido á visitar á dicho preso,
que se llamaba á sí mismo mozo cruo, y le aconsejaban
que enmendase el camino errado en un principio; mas
era pedir peras al olmo: aferrado el mozo cruo en sus
embrollos y en sus mentiras colosales, creyó más con-
veniente aturdir toda la tierra con sus salidas estupen-
das, para ver si de ese modo le dejaban en libertad por
imposible, y porque no aumentase más enredos á la
madeja horrorosa de su causa. La noticia escandalosa de
estos hechos llegó al hospital de San Jacinto, y nues-
tros buenos misioneros, compadecidos de aquel hombre
harto miserable y desgraciado, se resolvieron también
á visitarle para ver si podrian reducirlo á la razón.
— 635 —
El mismo P. Muriel, con la venia del Vicario del
hospicio, salió de su retiro y soledad para visitar al pre-
so sevillano. Obtenido el permiso competente, entró en
la cárcel de la corte, se avistó con el reo que buscaba,
y tuvo con él una larga conferencia sobre cosas indife-
rentes y triviales, sin hablarle una palabra del asunto
principal. Esto es conocer á fondo el corazón de los
hombres Al fin le regaló una cajita de conserva, y
se despidió de él, dejándolo, al parecer, muy consolado.
Pero antes de salir le preguntó si gustarla de que re-
pitiese sus visitas; á lo cual el preso contestó, que po-
día hacerlo con frecuencia, y que aun se lo suplicaba
encarecidamente, porque la dulzura de su conversación
le habia enternecido el alma, al paso que se la hablan
endurecido los rigores con que otros lo trataban. Por la
tarde de aquel dia volvió el padre á visitarle; le hizo
otro pequeño obsequio, y empezó á tocarle con la ma-
yor suavidad el asunto de su alma. Las palabras fueron
en esta ocasión tan penetrantes y la gracia del Señor
tan generosa y eficaz, que no tardó en ablandarse la
dureza y la grande obstinación de aquel culpable, que
era tenido poco antes como reprobo. El primer sínto-
ma que dio de la revolución profunda de su espíritu
fué convertir sus pupilas en dos torrentes de lágrimas.
Como tocado de repente por un resorte divino, dijo
en seguida al misionero, con una resolución incontras-
table, que se queria confesar sinceramente arrodillado
á sus plantas, y que desde aquel momento se entrega-
ba enteramente en sus manos bienhadadas, dispuesto á
practicar literalmente cuanto se sirviese ordenarle en
su conciencia, para alcanzar el perdón de sus pecados.
-636-
Las primeras diligencias fueron reparar en lo posible
el escándalo causado á tantas gentes, y restituir el ho-
nor que habia quitado con sus falsas delaciones á tan-
tos inocentes y almas justas. Al efecto declaró en au-
diencia pública que sólo habia levantado aquellos fal-
sos testimonios para librarse del tormento que le pre-
paraba el tribunal, y que por su parte se hallaba ya
muy dispuesto á sufrir todo castigo que quisiesen im-
ponerle por sus crímenes, y por razón especial de sus
escándalos. Luego se dispuso lo mejor que pudo en su
conciencia para hacer una confesión general de sus pe-
cados con el mismo P. misionero, en la cual ocupó
exclusivamente los quince dias completos que duró su
causa aún, hasta la sentencia definitiva de garrote y la
combustión de su cadáver por el delito nefando. Su ar-
repentimiento y su dolor fueron extraordinarios; pues
recibió dos veces todavía con profunda y sentida devo-
ción el divino Sacramento del altar en los tres dias que
estuvo en la capilla expiatoria, derramando con fre-
cuencia muchas lágrimas de verdadera compunción y
de dolor. Desde que estuvo en capilla, ya no se separó
un momento de su lado el ángel de su consuelo, hasta
recoger en el patíbulo el postrimer aliento de su vida.
A la salida de la cárcel hizo otra declaración pública
como la que habia hecho anteriormente, y caminó ha-
cia el lugar del suplicio con la mayor tranquilidad, se-
guro ya en su conciencia sobre la eternidad de sus des-
tinos. Ejecutada la sentencia, su rostro se tornó plácido
y bello, con admiración de todos, sin que nadie dudase
que su alma habia pasado á mejor vida.
Este hecho providencial y extraordinario, en que se
— 637 —
mostraron tan visiblemente los efectos de la misericor-
dia de Dios y de su gracia, fué de gran consuelo y sa-
tisfacción para los padres, al ver que ya empezaban á
recoger los frutos de su celo, animándolos a proseguir
su largo viaje , á pesar de la demora que sufrieron por
haber faltado en aquel año galeones de Acapulco, que
pudieran conducirlos a Manila. Hasta el principio del
año siguiente de 1615 no tuvieron proporción para
embarcarse y continuar su viaje a Filipinas, adonde lle-
garon, finalmente, el dia 19 de Junio del mismo año,
sin más novedad ni contratiempo que pertenezca á la
historia. Esta nueva falange religiosa llenó de gozo y
de satisfacción á esta Provincia; pues, entre los misio-
neros que llegaron, habia muchos sujetos de altas pren-
das, que fueron destinados finalmente al imperio del
Japón , en donde pelearon lealmente las batallas de la
cruz, y murieron al fin por Jesucristo y por el adve-
nimiento de su reino.
638 —
SEXTO PERIODO.
COMPRENDE LA NARRACIÓN DE LOS SUCESOS OCURRIDOS DESDE 1616 HASTA
LOS GRANDES TERREMOTOS DE 1619, Y FIN DEL LIBRO II.
CAPITULO VII.
Elección de Provincial en la persona del P. Fr. Bernardo Navarro de Santa
Catalina en 1616. — Muere en el primer año de su oficio. — Se da no-
ticia de SU vida. — La religión cristiana es de nuevo perseguida en el Ja-
pon. — Rogativas públicas en Nangasaqui. — Llega Safioye á la ciudad,
y ejecuta la orden de expulsar á todos los PP. misioneros. — Se embar-
can, y vuelven muchos á desembarcarse ocultamente. — Persecución en
Arima. — Crueldades que ejecutan los verdugos. — Manda el tirano abra-
sar en Nangasaqui todos los objetos de religión que pudo haber á sus ma-
nos.— Martirio glorioso de cuatro caballeros cristianos. — Fideyori , legí-
timo sucesor de Taycosama, se declara contra el tirano y usurpador Day-
fusama. — Treguas pérfidas ofrecidas por el usurpador. — Las acepta Fide-
yori, y de nuevo es atacado y vencido. — Tareas apostólicas de los padres
misioneros durante la guerra. — Dos PP. Franciscanos son presos y encar-
celados.— Situación espantosa de la cárcel.
III. Cuando aportaba á las islas esta célebre mi-
sión, el provincial Fr. Miguel de San Jacinto habia
entrado en el cuarto año de su alta prelatura, y con
este refuerzo poderoso dejó provisto el servicio de to-
dos los ministerios y misiones que tenía á su cargo la
Provincia. Su cuatrienio terminó el dia 30 de Abril
de 1 616, y en el mismo se reunieron los vocales en el
convento de nuestro P. Santo Domingo de Manila,
para elegir en su lugar el P. Fr. Beniardo Navarro de
Santa Catalina, que ya habia gobernado la provincia
por cuatro años, según base dicho en su lugar. Mas no
tardó en enlutarla con su muerte, que aconteció el mis-
mo año, estando de visita en Cagayan.
— ^39 —
Era natural este venerable misionero de Villanueva
de la Jara, comprensión de la provincia y del obispado
de Cuenca, é hijo ademas del convento antiguo de
Villa-escusa, de la misma provincia y obispado. En-
viado al colegio de Alcalá para cursar la carrera de la
Orden, se distinguió de tal manera entre sus muchos
condiscípulos, que le confiaron sus catedráticos la defen-
sa de unas conclusiones públicas habidas en un capítulo
provincial que tuvo lugar entonces durante sus estudios
académicos. Apenas terminó los cursos designados por
las leyes, fué nombrado lector de artes en el convento
de Tríanos. Su talento pudiera haberle facilitado cier-
tamente los grados mas honrosos de la Orden, si hu-
biese continuado la carrera del profesorado en la Pe-
nínsula; pero como su vocación era el apostolado de las
gentes, luego que supo que el P. Fr. Juan Crisóstomo
convocaba religiosos para fundar una provincia de la
Orden en las islas Filipinas, pidió ser admitido en el
número de los que se inscribieron al efecto, y fué uno
de los primeros fundadores. A los dos meses de su lle-
gada á Manila, fué nombrado superior de los primeros
misioneros que el Vicario general envió á la provincia
de Pangasinan para cristianizar á sus feroces y supersti-
ciosos habitantes. Lo que en esta penosísima misión
padeció por la gloria de Dios y de su Cristo, es im-
posible consignarlo en los reducidos límites á que nos
hemos circunscrito. Algo se ha dicho ya en el primer
libro de esta Historia de la tenaz oposición que los pan-
ga.sinanes hicieron á nuestros misioneros, desde los pri-
meros años de su lucha gigantesca con las potestades
del abismo; y es preciso confesar que este venerable
— 640 —
religioso, como superior de los demás, era el blanco
favorito de su odio, y el que más tenía que sufrir del
rencor y aversión que les tenian. Sin embargo, su cons-
tancia fué tan firme, que ni las persecuciones de los in-
dios, ni las erradas persuasiones de algunos españoles,
ni los deseos que personas respetables habian manifes-
tado al prelado provincial para que abandonasen nues-
tros religiosos la empresa comenzada, pudieron doble-
garla ni rendirla. Su fuerza de voluntad incontrastable
y sus oraciones fervorosas consiguieron , finalmente,
ablandar la dureza de aquella gente indomable, y atraer-
la á los destinos de la civilización y del cristianismo.
Fué testigo en su penoso ministerio de muchas ma-
ravillas y prodigios, con que plugo á Dios acreditar
aquel glorioso apostolado. El limo. Aduarte (cap. iv,
lib. 11) refiere algunas cosas admirables de este varón
de dolores, que son una prueba nada equívoca de la
privanza que tenía con la Majestad de Dios, por quien
trabajaba noche y dia en el establecimiento de su reino.
Su vida era verdaderamente santa, y poseia las virtudes
del sacerdote y del apóstol en el grado más heroico. La
abstinencia, la mortificación y el celo más laborioso é
infatigable por la salvación eterna de las almas, se veian
retratadas en este venerable misionero, como en uno
de aquellos héroes y centinelas avanzados de Israel que
Dios suele escoger entre millares, para esforzar con su
ejemplo á los demás operarios evangélicos.
En 1596, hallándose tan útilmente ocupado en su
ministerio apostólico, fué elegido provincial, con harto
sentimiento de su alma, porque esta prelacia le obli-
gaba á dejar por algún tiempo á sus ovejas, á quienes
— ■ 641 —
profesaba un amor de verdadero padre, pues los había
reengendrado en Jesucristo. El que era en el ministe-
rio de los indios un ejemplar de misioneros, lo fué
también de* prelados , promovido al gobierno y direc-
ción superior de la Provincia. Dejando á un lado los
honores, y escogiendo para sí lo más penoso de su car-
go, hacia sus visitas á pié generalmente, y pocas veces
embarcado ; sólo el que ha estado en los países que él
ha corrido con su báculo, puede formar algún con-
cepto de lo que debia padecer en sus jornadas, en unos
tiempos en que no habia comunicaciones aún de nin-
gún género, y era preciso caminar por entre brerias y
bosques impenetrables, habitados solamente por las
fieras y salvajes primitivos. Su gobierno era verdade-
ramente paternal, y nunca se veia precisado á proceder
como juez entre los suyos. Terminado el tiempo de su
oficio, deseaba regresar al primitivo aprisco de su grey;
pero llamado por voluntad y mandamiento superior al
desempeño de la comisaría del Santo Oficio, tuvo que
fijar su residencia en esta capital por la causa de la fe.
Pasados los intersticios prescritos por la ley, fué pro-
movido por segunda vez al gobierno superior de la
Provincia. Pero sus fuerzas naturales ya estaban ago-
tadas por los trabajos de su vida laboriosa, y no pudie-
ron soportar por mucho tiempo las penalidades que
eran consiguientes á los deberes sao-rados de tan ardua
prelacia.
En efecto, á fines del mismo ario en que fué elegi-
do provincial segunda vez, trató de pasar á Cagayan
con el fin de visitar, animar y consolar á sus amados
subditos. Al efecto se embarcó en un pequeño buque,
TOMO I. 4'-
— 6^2 —
y navegó sin novedad por la costa de llocos hasta do-
blar el cabo Bojeador. Mas allí empezaron á soplar
con violencia los arrebatados vientos del nordeste, que
en aquellos meses suelen ser muy peligrosos en el norte
de Luzon, y se vio precisado á arribar, para salvarse, á
las playas solitarias y desiertas que hay á lo largo de
las costas de llocos y Cagayan, con el capitán D. Pe-
dro Rojas, que lo acompañaba en aquel viaje. Allí,
para colmo de sus penas, le sobrevino un furioso hu-
racán y lluvias fuertes, que le obligaron a pasaren una
desprovista y mala choza, teniendo que p"oseguir des-
pués su viaje por una tierra ignorada. Aquel camino
de fieras, largo, escabroso y sombrío, cortado frecuen-
temente por barrancos espantables, no pudo menos de
debilitar profundamente las fuerzas de entrambos vian-
dantes, los cuáles al fin llegaron al remoto pueblo de
Abulug desconocidos y acabados.
Todas las ansias y afán de nuestro anciano venera-
ble, en medio de sus penas y fatigas, se limitaban al
deseo de llegar al primer pueblo de Cagayan para te-
ner el consuelo de morir con los Santos Sacramentos
entre sus amados hijos : por esto solia decir entonces al
Seííor : «No, mi Dios, no aquí: dejadme llegar en
donde haya sacramentos.» Llegó, por fin, como desea-
ba, al citado pueblo de Abulug, y no tardó en ir á visi-
tarlo un médico que habia en Nueva Segovia. El esta-
do del capitán Rojas era más grave, al parecer, que el
del P. Provincial; de suerte que el médico dipuso desde
luego que le administrasen los Santos Sacramentos, lo
cual tenía en extremo afligido el venerable Prelado,
porque consideraba su vida más necesaria que la suya
— 643 —
propia, y que le habia sucedido este trabajo por haber
querido acompañarlo. En medio de sus penas, pidió á
Dios que se dignase librar al compañero de la muerte,
ofreciéndole la suya en recompensa. Apenas acabó su
fervorosa oración, dijo á Rojas, mientras le adminis-
traban el Viático, «que confiaba mucho en que recu-
peraria la salud, porque así lo habia pedido al Señor,
á quien habia ofrecido su vida en sustitución y cam-
bio de la suya.)) El éxito mostró poco después que su
divina Majestad habia aceptado, en efecto, su caritati-
vo sacrificio. Rojas, sin embargo de que deseaba la sa-
lud, no queria fuese á costa de la vida de su amado
padre y amigo, y sintió se le hubiese comunicado tal
noticia, porque ya no dudaba de la realidad al saber
que era un favor pedido con eficacia al Hacedor de la
existencia por el anciano y venerable provincial. ¡Tanta
era la fe que tenía en sus oraciones! No debia tardar
el Sr. Rojas en experimentar los efectos de aquella santa
plegaria. Su mejoría fué visible desde entonces, hasta
que recuperó completamente la salud providencial que
le redimiera con su vida el amigo de sus dias. Entre
tanto se agravó en Camalanyugan la enfermedad del
Provincial, y entonces ya no dudó de que Dios habia
oido sus ruegos anteriores, y se dispuso, por fin, para la
última jornada. Hízose llevar á la enfermería del con-
vento de Nueva Segovia, en donde, después de haber
recibido con gran consuelo y devoción los Santos Sa-
cramentos, murió en la paz del Señor.
El' dia 8 de Novic.nbre, en medio de su enferme-
dad y sus dolencias, habia escrito una carta pastoral á
la provincia de su cargo, como verdadero padre, que
— ^44 —
al despedirse de sus hijos en el lecho de la muerte, se
complace en inculcarles sus últimas exhortaciones y
consejos. Les recomendó particularmente las ordena-
ciones primordiales de esta Provincia religiosa, que
miraba como el sosten y manantial de su prosperidad
y desarrollo. La observancia de las leyes, la santifica-
ción propia y la salvación eterna de las almas, eran el
gran testamento que les legaba á sus hijos aquel padre
cariñoso. Llegó, por fin, á Manila la noticia de su fa-
llecimiento, que fué sentido en gran manera de todos
nuestros religiosos, y aun de todos los particulares que
habian tenido la dicha de conocerle y de tratarle. Los
indios de Pangasinan, que lo miraban como un ángel
que Dios les habia enviado de lo alto para su salud
eterna, participaron también del general sentimiento,
y lo demostraron con sus obras. Agradecidos por los
muchos beneficios que de él habian recibido, hicieron
aplicar en todas partes un gran número de misas en
sufragio de su alma : cosa rara entre neófitos que to-
davía son tiernos en la fe y no conocen bien á fondo
la eficacia y el poder de los sufragios. En Manila se le
hicieron unas honras muy solemnes, con oración fúne-
bre y sentida, que dijo el P. Fr. Juan de Santo Domin-
go, su más antiguo y amado compañero. Los oficiales
del Santo Oficio también quisieron honrar, por su
parte, la memoria de su venerable comisario, hacién-
dole, por su parte, sus honras extraordinarias, en las
que predicó el P. Fr. Antonio Gutiérrez.
I I 2. No debe darse al olvido una circunstancia es-
pecialísima con que plugo á Dios honrar la memoria
de este venerable religioso, y de la que hace mención
— ^45 —
el autor de nuestra Crónica. En Pangasinan habia, á
la sazón, un religioso, á quien el difunto provincial
estimaba especialmente por sus grandes virtudes y ta-
lentos. Luego que tuvo noticia de su muerte, quiso
celebrarle muchas misas para pagarle de algún modo
su especial benevolencia. Estando una tarde muy triste
y afligido, pensando en la muerte de su amado padre.
Se acostó hondamente impresionado de este sentimiento,
cuando hé aquí que á primera noche notó fuera del
convento una extraordinaria claridad; levantóse al mo-
mento de su lecho, y vio con admiración una blanca
nubecilla del tamaño y de la forma de un hombre, que,
hermosa y resplandeciente, subia perpendicular hacia
el empíreo, hasta perderla de vista en las alturas. Con
esta visión exraordinaria quedó muy contento y conso-
lado aquel excelente religioso, y entendió perfecta-
mente que Dios le habia querido mostrar la gloria de
su amigo, por el grande amor que le habia profesado
en este mundo.
El Capítulo provincial que se celebró el año siguiente
dejó en sus actas una honorífica memoria biográfica
de este varón admirable, que traducida en romance,
dice así : « En el convento de nuestro P. Santo Domin-
go, de la Nueva Segovia, murió el M. R. P. provin-
cial Fr. Bernardo Navarro de Santa Catalina, uno de
los primeros y principales fundadores de esta Provincia,
que habiendo echado desde un principio profundísi-
mas raíces de humildad y paciencia en la religión, fué
creciendo de tal suerte en estas y en las demás virtudes,
que elevado á la perfección de la caridad, hablando
siempre de Dios ó con Dios afectuosamente, provo-
— 646 —
caba aun á los tibios al amor divino. La conversión de
los indios de Pangasinan fué fruto muy especial de sus
virtudes, pues á los que no pudieron domar las armas
españolas sujetó él sin ellas. Colocado, efectivamente,
entre ellos con muy pocos compañeros, contra la opi-
nión y las esperanzas de los hombres, después de haber
sufrido innumerables trabajos por Jesucristo, venció á
aquellas gentes indómitas, ofreciéndolas á Dios cual
pacíficas ovejas sujetas al suave yugo de la fe; y, final-
mente, abrasado con el celo de la religión, mientras
desempeñaba por segunda vez el alto cargo de prelado
provincial, murió alegre en el Señor, consumido de
trabajos, habiendo llegado al fin de su carrera, que él
tanto deseaba, lleno de méritos para con Dios, para
con los españoles y para con los indios, llorado con
muchas lágrimas de todos, como padre común de cada
uno.» Mas las leyes de la narración nos obligan á va-
riar por un momento la escena de los acontecimientos,
para llevar de frente los sucesos que pertenecen á esta
historia.
113. Como es visto anteriormente, la iglesia del
Japón venía sufriendo, hacia tiempo, los ataques más
temibles por parte del Regente y de sus Tonos. Des-
de la muerte del tirano Taycosama, no se habia observa-
do en los perseguidores y enemigos de la fe un empeño
tan feroz en destruirla y aniquilarla para siempre en sus
dominios. El terrible Safioye, muy parecido, en el odio
que abrigaba contra la religión de Jesucristo, á los fe-
roces prefectos y magistrados romanos enviados á to-
das partes para perseguir doquier á los cristianos afli-
gidos, no desistia de la empresa que el tirano Dayfu-
— 647 —
sama le habia recomendado eficazmente. En primer
lugar, habia apurado todos los ardides y mentiras que le
inspiraba su astucia para reunir á todos los sacerdotes
del Señor en la ciudad de Nangasaqui; y conseguido
su intento, finalmente, expidió decretos fulminantes y
tomó las medidas más severas para que todos se em-
barcasen desde luego con dirección á Macao, si no
querian regresar á Filipinas. Como no ignoraba la di-
ficultad de poder llevar á cabo su proyecto, estando
aún en la corte de Meaco, escribió una carta llena de
amenazas é improperios á los cristianos de aquel puer-
to, con el fin de amedrentarlos y de anular su influen-
cia poderosa en Nangasaqui. Era esta ciudad famosa
el gran mercado del Asia para los pueblos de Occiden-
te; y todos sus habitantes, salvas raras excepciones, es-
taban bautizados felizmente. Es la razón verdadera por-
que sus iglesias y sus aras habian sido hasta entonces
respetadas, y nadie se habia atrevido á insultar á sus mi-
nistros, ni maquinar la ruina de sus templos. Mas esta
vez llegó á temerse con razón que su floreciente cris-
tiandad no sería de mejor condición que las otras del
imperio. Antes de la llegada del tirano , aquellos fervo-
rosos cristianos se apresuraron á pedir á Dios su gracia
para tolerar con fortaleza los tormentos y la muerte,
antes que renunciar á Jesucristo y su evangelio. A este
fin hacian rogativas , procesiones y demostraciones pú-
blicas de extraordinarias penitencias, para atraer sobre
sus almas las misericordias del Señor.
114. La procesión inaudita que el segundo dia de
Pentecostés de 16 14 salió del templo católico de los
misioneros Dominicos, fué una de las más extraordi-
— 648 —
narias que jamas se habian visto y conocido en las is-
las del Japón. Un sacristán, con una cruz en alto, en
son de trofeo religioso, acoir. panado también de dos
acólitos, rompia la marcha solemne de aquella con-
gregación penitenciaria de cristianos afligidos. Luego
seguían los asistentes ó catequistas de los PP. misio-
neros, vestidos de sobrepellices, con los niños, que can-
taban á dos coros las letanías de los santos. Tras de és-
tos venian más de dos mil mujeres, ordenadas en dos
filas, entre las cuales se contaban las matronas y don-
cellas más nobles de la ciudad. Su traje era en extremo
edificante : llevaban unas tánicas blancas con velos ne-
gros, que les cubrían hasta medio cuerpo; una corona
de espinas en la cabeza, y en las manos crucifijos, ro-
sarios y otros símbolos religiosos. Seguían después unos
ocho mil cristianos con túnicas blancas y candelas en-
cendidas, y en seguida la comunidad de nuestros reli-
giosos, que acompañaba un alto crucifijo cubierto con
un velo negro. El Gobernador cristiano de la ciudad,
con sus hijos, seguía enternecido esta procesión fúne-
bre, y un inmenso concurso la admiraba consternado.
En todos estos dias estuvo expuesto el Santísimo en las
iglesias de la Orden y en las de los PP. Jesuítas, y las
confesiones fueron esta vez innumerables. Todos los
cristianos, en fin, se concertaron de palabra y por es-
crito, ofreciéndose y comprometiéndose á morir, pade-
ciendo por su Dios toda suerte de tormentos antes de
negar la verdadera religión de Jesucristo. Mas Safioye
sólo trataba por entonces de quitarles sus pastores, bien
persuadido de que sin ellos no sería muy difícil doble -
garles y hacerles abandonar su religión.
— 649 —
115. El día 23 de Junio llegó el perseguidor á Nan-
gasaqui, y disimuló al principio sus intentos; de suerte
que se dejó visitar de los prelados , á quienes recibió con
muestras afectadas de cariño, según usanzas del Japón
cuando se respira el mayor odio. Por eso apenas dejaron
los umbrales de su casa, les mandó notificar una orden
del Regente , en la que se disponía que todos los sacer-
dotes de la religión de Jesucristo existentes en las islas
del Japón, debian de salir de ellas en el otoño inme-
diato, y que entre tanto procurasen algún buque que los
condujese á Macao, á no preferir tal vez su regreso á
Filipinas. Esta orden terminante hubo de turbar en
gran manera la cristiandad de Nangasaqui, y los pros-
critos trataron desde luego de eludirla, con el fin de no
dejar desamparada aquella iglesia, que ellos hablan edi-
ficado en Jesucristo. Mas el ciego y obstinado Dayfu-
sama habia decretado exterminarla, y sus ejecutores no
perdonaban diligencias para llevar á cabo su designio.
Por Agosto envió el tirano á Nangasaqui al sagaz
Surugadono, para coadyuvar á Safioye en su obra de
destrucción y de exterminio. Con su cooperación y sus
consejos, Safioye desplegó aún más energía. Desde lue-
go pasó éste una orden á los superiores de los PP. mi-
sioneros, dándoles el mes de Octubre por término im-
prorogable para salir del imperio , si querían salvar sus
vidas. Por Setiembre reiteró la misma orden. Su des-
confianza era tal , que sin embargo de haberle contes-
tado que ya tenian preparados buques al efecto, no
quedó satisfecho hasta saber sus nombres y su ruta.
Poco después hizo llamar á los regidores de la ciudad,
y les hizo firmar un documento por el cual se debian
— 650 —
obligar, bajo pena de la vida, con la de sus hijos y mu-
jeres, y confiscación de sus haciendas, á que ninguno
de ellos ocultarla ni permitirla ocultarse en sus calles y
distritos respectivos á ningún misionero ni sacerdote
cristiano, para quedarse, finalmente, en el imperio.
Luego hizo firmar la misma obligación á todos los pre-
sidentes de las juntas y corporaciones, y por último
publicó un bando dirigido al mismo fin, imponiendo
igual pena á todos los habitantes de la ciudad y sus
contornos. En aquellos dias de conflicto estaban los
cristianos oprimidos de tristeza y de dolor, por la pér-
dida de sus amados padres y maestros, que temian les
abandonasen para siempre. Y queriendo aprovechar
aquellos últimos momentos, fi-ecuentaban la confesión
y comunión para encontrarse más fiaertes en el gran
dia de la prueba, y los PP. misioneros se veian tan
agobiados con la muchedumbre de cristianos que se
presentaban á sus pies para limpiar su conciencia, que
apenas les quedaba tiempo para el oficio divino.
El 1 1 de Octubre volvió Safioye á repetir sus ór-
denes apremiantes, y señaló entonces el dia 16 del
mismo mes como plazo perentorio para la salida de-
cretada de todos los misioneros. Entonces los superio-
res le dijeron que por su parte ya estaban prevenidos
y dispuestos; pero que no les era posible dar cumpli-
miento á su orden en el dia designado, por no estarlo
los buques fletados al efecto. Esta contestación era
ciertamente razonable, y en ella pudieran los proscri-
tos descansar para retardar su salida algunos dias más;
pero nuestros religiosos, que no esperaban condescen-
dencia alguna del inexorable Safioye, arrancaron las
- 651 -
cruces que tenían en el patio de su iglesia y cemente-
rio, y recogieron ademas todos los cuadros y símbolos
religiosos, para que no fuesen profanados en su dolo-
rosa ausencia. El dia siguiente consumieron el Santísi-
mo, apagaron su lámpara sagrada y quitaron el velo
que cubría la custodia, consagrando un suspiro á cada
objeto que retiraban del culto. Estos actos fueron pre-
senciados por una multitud inmensa de cristianos y
gentiles, que lloraban confundidos en un mismo senti-
miento; pues hasta los paganos respetaban la divina
Majestad de nuestros templos. Al fin recogieron la
custodia y levantaron los altares, dejando únicamente
las paredes de aquel recinto sagrado. Poco después hi-
cieron lo mismo los padres de la Compañía de Jesús,
y todos embarcaron sus reliquias, reservando solamen-
te algunos ornamentos para los que se habían deter-
minado á quedarse en el imperio, con peligro inmi-
nente de la vida, por no abandonar enteramente aque-
lla gran cristiandad.
Hasta el dia 25 no se había dado cumplimiento á
las órdenes apremiantes del activo Safioye, el cual dis-
puso, en tal concepto, que el dia 27 de aquel mes todos
los PP. misioneros se trasladasen al puerto de Firando,
en donde deberían embarcarse para salvar su existen-
cia, tan pronto como los buques que debían conducir-
los estuviesen prevenidos. Esta orden se llevó á efecto
sin demora, y desde luego dispuso el tirano que todas
las iglesias de la ciudad de Nangasaqui fuesen derriba-
das al niomento, con la circunstancia de que los mis-
mos regidores cristianos debian ser los ejecutores de la
orden. Mas alegando éstos el cansancio motivado por
— 652 —
las tribulaciones y fatigas de aquellos dias agitados, les
admitió la disculpa y mandó que la demolición se hi-
ciese por los gentiles bajo la inmediata dirección de los
Tonos de Omura y de Firando. Esta fué la prueba más
cruel que habian sufrido hasta entonces aquellos cris-
tianos afligidos, presagio de otras desgracias y otros
males todavía más funestos, porque no podian menos
de oir con estremecimiento y con horror el ruido acia-
go y siniestro producido por la ruina estrepitosa de los
templos, al desplomarse con estruendo bajo el golpe
redoblado y estridente de la piqueta destructora.
1 16. Sin embargo de las precauciones y medidas ri-
gurosas que habian adoptado previamente los astutos
prefectos del imperio para llevar á efecto á todo trance
el decreto del tirano, su vigilancia fué burlada por la
intrepidez y el valor santo de treinta y siete campeo-
nes, que despreciando los peligros de la vida y los te-
mores de una muerte despiadada y tormentosa, se de-
terminaron á quedarse en las islas del Japón por la sa-
lud de sus hermanos. Entre los buques fletados para
conducir á los proscritos habia uno de Toan, gober-
nador cristiano de la ciudad de Nangasaqui, y en él se
embarcaron, finalmente, los que se habian decidido á
permanecer en el imperio y afrontar todos los riesgos
de su proceder heroico. Ya la nave bienhadada daba
sus lonas al viento, y los centinelas puestos por las au-
toridades en su bordo la habian desamparado, muy aje-
nos del piadoso contrabando que encerraba, cuando á
las pocas horas salieron á encontrarla dos embarcacio-
nes de cristianos decididos, que la aguardaban escon-
didos detras de unas isletas y arrecifes para recibir en
— ^53 —
ellas á los venerables misioneros. Eran estos siete Clé-
rigos indígenas, veinte Jesuitas, seis Franciscanos, un
Agustino y siete religiosos de la Orden, que todos, ó
casi todos, derramaron á la postre su sangre generosa
por la fe, con un valor muy parecido al de los prime-
ros héroes de la Iglesia.
Los que no miran con los ojos de la fe los grandes
hechos y virtudes de los varones inmortales que con
peligro de la vida predican á Jesucristo en las regiones
paganas, tendrán quizás por temeraria la resolución
sublime de estos sacerdotes del Señor, volviendo á in-
ternarse en un imperio de donde eran expulsados por
sus gobernadores y prefectos, y aun los juzgarán tal
vez como culpables, por no obedecer fielmente á las
autoridades constituidas del país; pero si se quiere re-
cordar el noble ejemplo que nos dieron los apóstoles,
es preciso repetir, con el gran Céfas, que primero se
debe obedecer á Dios que á los hombres en tal caso, y
que la caridad todo lo arrostra por amor de Jesucristo.
No volvieron, ciertamente, á sus misiones por su pro-
pia conveniencia, ni guiados por las miras de conse-
guir la palma gloriosa del martirio, sino con el fin su-
blime y altamente generoso de consolar en aquel trance
á los cristianos afligidos, animar á los flacos en la lucha,
y conservarlos en la fe que con tantos trabajos y fati-
gas habian conseguido al fin introducir en el imperio.
Disfrazados en traje de paisanos, se ocultaron por de
pronto en las comarcas más inmediatas á la ciudad de
Nangasaqui, y desde allí se trasladaron á otras partes
más distantes, en donde los cristianos perseguidos te-
nían mayor necesidad de misioneros. El P. Fr. Alonso
— 654 —
Navarrete, religioso de la Orden, andaba por los rios
y riberas en donde los cristianos tenian sus pobres do-
micilios, á quienes aparecía de tiempo en tiempo como
una visión del cielo, para animarlos al combate, si com-
batir era preciso. El P. Fr. José de San Jacinto, de la
misma, se internó atrevidamente hasta los contornos de
Meaco, en donde el riesgo era mayor, y más terribles
aún las tribulaciones de los fieles, por estar á la vista
el tirano. ¡Qué lejos estaba éste de pensar, á la sazón,
que tenía cerca de sí aquel paladín de Jesucristo! El
P. Fr. Juan de los Angeles, su compaíiero y hermano,
se habia refugiado al principio en una choza miserable,
colocada en la espesura de un bosque triste y sombrío;
mas luego se trasladó al mismo reino de Arima, en
donde el sanguinario Safioye, á manera de un tigre ó
de pantera, despedazaba ferozmente á los cristianos que
se negaban con valor á sus impías exigencias. En el
mismo reino estaba el P. Fr. Jacinto Orfanell, cuya
presencia era también necesaria en aquellas azarosas
circunstancias, que constituían á los cristianos con fre-
cuencia en la dolorosa alternativa de abandonar el don
inestimable de la fe, ó sufrir los tormentos más crue-
les. El P. Fr. Alonso de Mena se fué al reino de Fi-
gen, su antigua residencia, y cuyos fieles lo miraban
como un ángel que Dios enviaba á sus hogares para
procurarles la salud eterna de sus almas y animarlos
con su ejemplo á las batallas de la cruz. Los demás re-
ligiosos de la Orden permanecieron ocultos en la mis-
ma ciudad de Nangasaqui, con no menos riesgo de
caer en manos de los perseguidores de la fe. Todos, en
fin, arrostrando peligros y dificultades inauditas, tra-
-655 -
bajaban sin cesar ocultamente en aquella viña muy
amada del Señor, sin amedrentarles ni el furor de los
tiranos, ni la falta de alimento, ni la privación com-
pleta de las cosas más necesarias á la vida, ni, en fin,
las pesquisas rigurosas de aquellos tristes heraldos del
abismo, que sospechaban sin duda su presencia en el
imperio.
117. Las crueldades con que el tirano Safioye pro-
bó la fe de los cristianos de Arima, sólo pueden com-
pararse con las de Diocleciano y Maximiano en los
primeros siglos de la Iglesia. Sediento de sangre y vi-
das cual tigre devorador, habia obtenido un decreto es-
pecial de Dayfusama, según el cual, todos los objetos
adorables de nuestra religión santa debian ser entrega-
dos á los jueces, y los cristianos renegar inmediatamente
de su fe, so pena de ser juzgados como reos de esta-
do, y rebeldes á los mandatos imperiales. Desterrados
los PP. misioneros de las playas japonesas, y derriba-
dos los templos de la religión cristiana, creia el tirano
prefecto que le sería fácil la ejecución de su proyecto;
y como los cristianos de este reino eran el principal
objeto de su odio por la generosa resistencia que hablan
hecho á las órdenes impías de su Tono, y al bonzo
infernal que le inspiraba, empezó á desbordarse su fu-
ror contra los habitantes de Figen, como fieles adora-
dores de la cruz.
El dia 17 de Noviembre se presentó en este reino,
acompañado de una turba numerosa de satélites. El
pueblo de Cochintra oyó por la vez primera el edicto
draconiano, y vio á sus ejecutores á sus puertas, ame-
nazando con cadenas, y prisiones y destierros á los con-
__ ese —
traventores de la ley. Al principio aseguraban a los fie-
les que no trataban de quitarles en absoluto la existen-
cia, para que no creyesen que en la muerte hallarían,
por su dicha, la gloriosa corona del martirio; pero que
debian estar en la inteligencia que no por esto serian
menores sus trabajos, pues se les atormentarla hasta el
extremo de inutilizar sus miembros para los oficios de
la vida, y que sus hijas y mujeres serian colocadas en
las casas públicas, y entregadas á disposición de todo
infame que las quisiese violar en su torpeza. Desde allí
pasó a la capital del mismo reino; publicó también allí
su fiero edicto, y en seguida envió sus mandatarios á las
casas principales de los fieles, para obligarles á pres-
tar obediencia á lo mandado. Muchos infelices se de-
jaron vencer de su flaqueza; pero también mostraron
otros el valor y la constancia que inspira siempre al
cristiano la conciencia de su fe y la gracia de Dios en
todo caso. Entre los muchos que entonces padecie-
ron por la fe, se distinguieron tres caballeros cristia-
nos, naturales de Figen, que hablan sido desterrados
desde antes con nuestros celosos misioneros. Noticiosos
al fin, de los combates que los fieles de Arima iban á
sufrir por aquel tiempo, y movidos por sus sentimien-
tos religiosos, dejaron la ciudad de Nangasaqui, anti-
gua mansión de su destierro, y se encaminaron ani-
mosos á la capital de aquel reino, en donde Safioye ha-
bla erigido su sangriento tribunal. Su espontánea apa-
rición llamó la atención del juez tirano, y en su vista
les preguntó de dónde eran, y por qué se le hablan
presentado de aquel modo, sin haber sido llamados. A
esta pregunta severa no temieron contestar que eran
— 657 —
cristianos, antiguos habitantes de la ciudad de Nanga-
saqui, y que noticiosos, finalmente, de la gran perse-
cución que iban a sufrir por aquel tiempo los fieles de
Arima, habian venido para dar testimonio de su fe y
vindicar la religión que profesaban. Esta respuesta ge-
nerosa enfureció al juez tirano, el cual mandó a sus sa-
télites que inmediatamente los apaleasen á su vista, y
en seguida los condenó á muerte á todos, sufriendo aque-
llos atletas los tormentos más atroces con la mayor re-
signación, hasta inmolar su existencia en las aras amo-
rosas de su religión y de su fe.
1 1 8. Entre tanto envió Safioye á otras provincias de
Arima algunos jueces subalternos tan crueles como él,
de los cuales existe todavía la memoria detestable de
Gozayemon y Matagiro, que llevaban el espanto y el
terror por todas partes. En Ariye prendieron á un cris-
tiano de alta y noble jerarquía, llamado por nombre
Adriano, que tentado inútilmente con amenazas y pro-
mesas, no pudieron sacarle otra respuesta que «yo soy
cristiano, y no más.» Cansados ya los satélites de mor-
tificar en vano su constancia, lo abandonaron por el
pronto á los rudos combates de la carne y de la sangre
para vencerle en la lid, en tanto se desbordaba su fu-
ror en otros pueblos. Algunos de sus amigos, que ha-
bian caido, como flacos, en el estadio sangriento, lo in-
citaban con su ejemplo á la defección, por lo menos
exterior, de sus creencias; mas él, siempre constante ser-
vidor de Jesucristo, rechazaba victoriosamente su ne-
fanda apostasía, y les manifestaba el deber indeclinable
en que todos se hallaban de reconciliarse prestamente
con su Dios y con su Iglesia; echándoles en cara de esta
TOMO I. 4*-
— 658 —
suerte su criminal debilidad. Entraron luego sus hijos
y sus nietos y sobrinos, rogándole tiernamente, con lá-
grimas abundantes, que siquiera por el amor que les
debia y que le profesaban todos ellos, accediera á la vo-
luntad y á los deseos del poderoso prefecto; no siendo
posible de otra suerte librarse, en su situación , de una
muerte ignominiosa, ni evitar la deshonra general de
la familia. Mas el atleta generoso les contestaba con fir-
meza que, si bien amaba la vida temporal, como era
justo, por ser un don muy precioso de su Hacedor so-
berano, prefería, sin embargo, las delicias de la eterna,
y no dudaba sacrificar por un momento la primera por
no perder la segunda, siendo traidor á su Dios. «No os
han de matar, le replicaban, sino que os cortarán á pe-
dazos los miembros de vuestro cuerpo, hasta dejaros
inhábil para todo. — No importa nada de esto, contesta-
ba vivamente el venerable confesor, porque de esta suer-
te viviré más satisfecho, padeciendo por mi Dios y mi
Señor.)) Los satélites infames, que no esperaban un re-
sultado tan contrario á sus intentos, volvieron de nue-
vo á maltratarlo, y luego lo llevaron al tribunal de Ma-
tajiro, el cual, noticioso y cerciorado de su constancia
invencible, ordenó que fuese inmediatamente degolla-
do. Los crueles ejecutores le cortaron por el pronto to-
dos los dedos de las manos, y preguntado por ellos si
le dolian las heridas, el mártir de Jesucristo contestó
de esta manera: «Soy hombre, y como tal, no puedo
prescindir de los dolores; mas yo espero en el Criador
del cielo y de la tierra, á quien los cristianos adora-
mos, que me premiará en lo alto lo que por su amor
padezco.» Entonces, desesperanzados los verdugos de
vencer con sus tormentos á aquel varón de dolores,
cortaron el hilo precioso de sus dias al redoblado golpe
de su acero. Fué martirizado á los sesenta y un años de
su edad.
Cansado el tirano Matajiro de atormentar á los cris-
tianos de Ariye , fué á incorporarse con su digno com-
pañero Gozayemon, y los dos mancomunados fueron
á levantar su sangriento tribunal en Cochinotra, en el
mismo sitio donde se levantaba poco antes el templo
de los cristianos. Inmediatamente se dispersaron sus sa-
télites con gente armada por el pueblo, con orden de
conducir á su presencia á cuantos cristianos persistiesen
en confesar á Jesucristo. El que tenía valor para opo-
nerse á renegar de su Dios, era desde luego atormenta-
do cruelmente por los sayones impíos. Después de apa-
learle con horror hasta reventar la sangre de sus venas,
le cortaban las extremidades de los dedos y le apreta-
ban las piernas con dos palos, hasta que apostataba de
la fe ó perdia los sentidos con la violencia del tormen-
to. Entre los muchos campeones que en esta ocasión
suprema dieron un brillante testimonio de su fe, sobre-
salió un coreano avecindado en el Japón. En medio de
las torturas y de los procedimientos más atroces, no
abria la boca el grande atleta sino para proferir los dul-
císimos nombres de Jesús y de María. Fatigados los
verdugos de mutilarle y despedazar inútilmente sus des-
coyuntados miembros le atravesaron el pecho con una
daga homicida, y con día dieron fin á su existencia ge-
nerosa.
Durante el estrago impío de esta borrasca furiosa,
el P. Fr. Jacinto Orfanell se hallaba en las cercanías
— 66o —
de la capital del reino, confesando á los cristianos que
acudian para el efecto; y no siéndole posible entrar en
la ciudad misma, envió un cristiano principal, que es-
taba en su compañía, para invitar de su parte á los fie-
les cochinotras á que fuesen sin cuidado adonde él es-
taba hospedado ocultamente, para animarlos á la per-
severancia en los combates, y fortalecer su espíritu en
el dia de la lucha. Todos los PP. misioneros estaban
entonces escondidos en albergues solitarios, no porque
temiesen los tormentos y la muerte, que ellos deseaban
padecer por Jesucristo, sino para consagrarse al minis-
terio espiritual de los cristianos, que tanto lo habian
menester en aquellas circunstancias. Y era verdad que
en su retiro ejercian sus funciones apostólicas, como
pudieran hacerlo en tiempo de seguridad y de bonan-
za. Los que se hallaban en los contornos de Nangasa-
qui apenas tenian una hora de reposo, porque temien-
do que Safioye, después de haber saciado su fiereza en
los cristianos de Arima, volveria contra ellos los rayos
de su furor, procuraban disponerse á la lid aterradora
con el sagrado banquete del altar. Mas por entonces no
llegaron á verificarse sus temores, porque comenzó a
divulgarse la noticia de la guerra que Fideyori, legíti-
mo sucesor de Taycosama, habia declarado ya al Re-
gente que trataba de usurparle el trono y la corona
del imperio. Esta grave circunstancia obligaba por en-
tonces al miserable Safioye á suspender sus trabajos de
persecución y de venganza para presentarse en la cor-
te á su señor, como uno de sus más adictos servidores.
Antes de salir de Nangasaqui, ya que no le era posi-
ble por entonces consumar el sacrificio de todos sus ha-
— 66i —
hitantes (eran cristianos casi todos), quiso atérrales con
un acto capaz de irritar á los cristianos más indiferen-
tes y más tépidos. Mando formar en una plaza una pira
levantada de cruces, imágenes sagradas, rosarios y otros
objetos de nuestra religión santa, que habia arrebatado,
impío, á los cristianos de Arima, y lo mandó quemar
públicamente. El P. Fr. Alonso Navarrete dio un bri-
llante testimonio de su piedad y de su fe en aquel tran-
ce supremo; pues al ver que por abominación y por
desprecio eran entregados á las llamas aquellos objetos
tan sagrados, se arrojó sobre la pira para salvar alguna
cosa con sus manos, y manifestar á los enemigos de su
Dios que no temia arrostrar sus iras cuando se trataba
de vindicar la religión de sus ultrajes. Su celo le costó
algunos golpes violentos, que le dieron los míseros ser-
vidores del tirano; pero también le cupo la gran satis-
facción de haber dado á los cristianos un ejemplo de
heroísmo, y una lección elocuente á los paganos.
119. Al incendio de los símbolos sagrados añadió
aquel cruel prefecto otro acto de barbarie, que por sí
solo nos descubre su carácter inhumano. El tirano de
Arima, D. Miguel, habia despojado de sus bienes á
cuatro caballeros de alta alcurnia que no quisieron aban-
donar la fe de Jesucristo; pero les otorgaba todavía el
beneficio de la vida. Retirados desde entonces á un
monte muy apartado, se alimentaban de la caza, y
preferían vivir en la miseria á la apostasía final de sus
creencias. Noticioso Safioye del suceso, no se confor-
mó con la condescendencia del prefecto, y se propuso,
antes de abandonar á Nangasaqui, hacerles renegar de
Jesucristo, ó quitarles la vida cruelmente. A este fin
— 662 —
envió sus ministros al collado en donde habitaban aque-
llos nobles confesores de la fe, á quienes intimaron des-
de luego la orden inesperada del tirano. Mas los atle-
tas de Dios, que habian tolerado hasta entonces las pri-
vaciones del destierro y el abandono completo de sus
bienes y familia por no rendir vasallaje á Satanás y á
sus obras, se opusieron con igual valor á esta exigen-
cia. Desengañados los satélites de poderlos reducir á
su propósito con palabras solamente, procedieron á las
obras. Ante todas cosas les cortaron las narices cruel-
mente; después los dedos de los pies y de las manos; á
continuación los marcaron con hierros candentes todo
el cuerpo, y por fin los despeñaron a un arroyo, con
prohibición severa de que nadie los sacase ni socorriese
en aquel trance. Dos de ellos no tardaron en pasar á
mejor vida, y los otros dos salieron de aquel sitio me-
dio muertos, no sin especial providencia del Señor,
para animar con su constancia á los fieles de aquel rei-
no perseguido. Tal fué por entonces el fin de esta per-
secución general; pues ocupados los tiranos en la guer-
ra, no pudieron llevar á efecto en todas sus partes el
edicto neroniano del ambicioso Regente.
1 20. Esta guerra que Fideyori habia declarado á
Dayfusama era sin duda más justa por su parte. Se
miraba el infeliz, no sólo despojado de su herencia, sino
también amenazado en su vida á todas horas; porque,
abusando el tirano de su imperial omnipotencia, habia
determinado perpetuar la corona del imperio en su fa-
milia por línea recta de varón, poniéndola desde luego
en las sienes de su hijo. Sus planes ya eran conocidos
de antemano. Tres años antes habia dado á entender
-663 -
á Fideyori que debia hacerle una visita, siquiera para
tributarle las atenciones que como yerno le debia; á
cuya invitación, que por otra parte parecía justa y ra-
zonable, no pudo negarse el inexperto y joven prínci-
pe. Con este fin salió por la primera vez de la forta-
leza de Osaca, acompañado de varios señores que ha-
blan servido fielmente a su padre, y entró en la corte
de Meaco, en donde residía Dayfusama. Este lo recibió
con extraordinarias demostraciones de afecto; lo festejó
según la calidad de su persona, y le convidó á un es-
pléndido banquete, al fin del cual le ofreció de propia
mano una taza de té, que los amigos del Príncipe tu-
vieron por sospechosa. Este, sin embargo, para no des-
airar al suegro, la aceptó; mas entonces Gazayemon,
Tono de Fingo, que habia sido uno de los principales
capitanes de Taycosama y profesaba un singular afecto
á Fideyori, se anticipó á su señor; alargó la mano a la
misteriosa taza; dijo que su soberano no podia tomar
té en aquella ocasión, por estar algo indispuesto, y ha-
ciendo una profunda reverencia á entrambos, tomó la
fatal bebida en presencia y con espanto de todos los
circunstantes. No se dio por ofendido el pérfido Re-
gente con la acción aterradora de este Tono, que si
bien frustraba su proyecto , á lo menos le libraba de un
poderoso rival, que le servia de estorbo. En efecto, no
hablan transcurrido muchas horas, y moria Gazaye-
mon en medio de los dolores más acerbos.
Descubierto de un modo tan espantoso el pérfido
designio del tirano, pudiera desde luego Fideyori pe-
dir la satisfacción debida á su persona; mas aquél era
depositario del poder, y se habia creado un gran par-
— 664 —
tido en los muchos años que habia tenido en sus ma-
nos las riendas del imperio : en tal concepto, creyó que
debia por entonces disimular con prudencia la ofensa
recibida. Entre tanto Dayfusama se iba desprendiendo
de los Tonos y señores que podrian oponerse á sus
ambiciosas miras, despachando á unos con venenos y
á otros con su pérfida política; y por fin acusó al Prín-
cipe de haber faltado al respeto que le debia como Re-
gente del imperio, con motivo de un incidente el más
sencillo. Habia Fideyori hecho fundir á sus expensas
una magnífica campana para el templo de Daybut, y
en ella hizo inscribir su nombre, omitiendo el de Day-
fusama, sin la menor intención de faltarle ni ofenderle.
Noticioso éste del suceso, se quejó de él amargamente,
lo que visto por el yerno, y agotado ya su sufrimiento,
no dudó declararse contra él abiertamente. Desde lue-
go se le adhirieron los muchos confinados inculpables
y cristianos perseguidos, con varios Tonos y señores
de superior jerarquía, que hablan sido favorecidos por
su padre; y su partido no tardó en ser el de la gran
mayoría del imperio. A los pocos meses de haber sa-
cudido Fideyori el ominoso yugo de aquella larga tu-
tela, ya no se dudaba de su triunfo. Dayfusama, sin
embargo, como diestro general, juntó á la brevedad
posible todas las fuerzas de que podia disponer á la sa-
zón, y sin cuidarse de batallas parciales, se precipitó con
la rapidez del pensamiento sobre Osaca, para sorpren-
der á su adversario. Mas la buena posición de esta gran
plaza, el valor de los que la defendían y el rigor de la
estación no le permitieron finalizar con un golpe atre-
vido la campaña. Puso cerco á la ciudad, ya que no
— ees —
pudo tomarla por sorpresa; intentó varias veces el asal-
to, é hizo cuantas tentativas su larga experiencia le
dictaba; pero siempre sin efecto, porque sus tropas,
acampadas sin abrigo, estaban debilitadas y ateridas
por el rigor del invierno. Convencido al fin de la im-
posibilidad de apoderarse de la plaza, y temiendo, por
otra parte, la deserción de sus mejores tropas, echó mano
de la perfidia, tan proverbial á su carácter, para conse-
guir por el engaño lo que no podia por la fuerza de
las armas. Por el pronto ofreció la paz á los sitiados,
con algunas condiciones, que para mayor seguridad del
cumplimiento firmó con la sangre de sus venas, y las
confirmó con el más solemne juramento por los dioses
imperiales. Las primeras eran muy favorables al incau-
to Fideyori, mas la última contenia el veneno que ha-
bia de perder á este infeliz, muy fácil, por otra parte,
de descubrirse, si en Osaca no existieran traidores, que
habian determinado venderlo á su rival. En ella se le
exigia que habia de allanar uno de los tres muros que
aseguraban su castillo, y cegar completamente todos
los fosos y reductos que cercaban el castillo. Para co-
honestar su pretensión, alegaba que su retirada, sin
haber logrado ninguna clase de ventajas, sería muy in-
decorosa á su persona, lo que él debia evitar en todo
caso. El muro, pues, fué derribado, los fosos se cega-
ron y el pérfido Regente se retiró con los suyos á
Meaco por Enero de 1615, dejando muy satisfecho á
Fideyori, que se creia seguro con el juramento de un
traidor, que no reparaba en atropellar las leyes más
inviolables y sagradas.
Pasada la estación de aquel invierno, y concluidas
— 666 —
las fiestas del año nuevo que empezaba, trató Dayfu-
sama de consumar, finalmente, la obra de iniquidad
que le inspiraba. Ante todas cosas buscó nuevos moti-
vos para volver á romper con Fideyori, y al efecto le
hizo escribir una carta confidencial y amistosa, por me-
dio de su mismo secretario, aconsejándole que despi-
diese de su servicio á varios señores que citaba, en aten-
ción á no serle necesarios y consumirle inútilmente sus
tesoros. Esta carta llenó de indignación á los partida-
rios del príncipe imperial, porque desde luego pene-
traron los designios del tirano. Contestó, sin embargo,
Fideyori con política y finura, diciéndole en breves
términos que los señores que lo acompañaban más
eran amigos que soldados, y que no podia desconocer
los servicios y la lealtad de sus adictos. Después le ma-
nifestó algunas otras exigencias cuyo cumplimiento era
imposible, y por fin el mes de Junio volvió otra vez
con su ejército sobre los muros de Osaca, que ya no
se hallaban en disposición de resistir por mucho tiem-
po á sus fuerzas poderosas. Pocos dias bastaron, en efec-
to, para apoderarse por asalto de aquella ciudad infausta,
habiendo perecido en la refriega el desgraciado Fide-
yori, con otros muchos señores y partidarios de su
bando.
Estaban allí á la sazón los PP. Fr. Apolinario Fran-
co, de la Orden Seráfica, Fr. Hernando de Ayala, Agus-
tino calzado, y el presbítero Toan, hijo del Goberna-
dor de Nangasaqui, que habian concurrido á aquella
plaza con el fin de asistir á los muchos cristianos que
servian á Fideyori. Los dos primeros se salvaron con
la fuga; mas el tercero sucumbió bajo la cuchilla ven-
— 667 ~
cedora. Con esta acción decisiva quedó terminada la
campaña, y al fin del mismo mes entró Dayfusama
como en triunfo en la ciudad de Suruga, aclamado por
los pueblos, siempre aduladores del más fuerte. Desde
aquel dia se consideró el tirano como emperador legí-
timo de las islas de Japón; varió la era primitiva, que
habia regido hasta entonces, y mandó derribar las for-
talezas del imperio, á excepción de las que habia en
las capitales para la seguridad de sus gobernadores y
habitantes. El exterminio y la venganza amenazaban
de cerca á los que habian seguido el partido del malo-
grado Fideyori. Perdonó tan sólo en parte á un hijo
que habia dejado este infeliz, conmutándole la pena
capital en la de muerte civil; pues mandó se le cortase
el pelo como infame, y que fuese encerrado en un
monasterio de bonzos, en donde acabó su triste vida.
Entonces fueron mayores los conflictos de los PP. mi-
sioneros, pues habiendo sido desafectos al tirano en la
guerra con el Príncipe, temian con razón que proce-
diera desde luego contra ellos.
12 1. En medio de los trastornos que eran consi-
guientes á los azares de aquella breve camparía, los pa-
dres misioneros y ministros que con traje del país re-
sidían en la ciudad de Nangasaqui, aprovechando las
treguas que les concedían los enemigos del nombre
cristiano, salieron sin precauciones para ejercer el mi-
nisterio apostólico en otras provincias del imperio. Los
nuestros recorrían animosos los reinos más apartados y
distantes, y en todas partes fructificaba felizmente la
palabra del Señor. Sólo en el reino de Arima el padre
Fr. Juan de Rueda reconcilió con la Iglesia á más de
— 668 —
mil miserables, que tan sólo por evitaren aquel trance
los tormentos y la muerte hablan apostatado exterior-
mente de la fe. El P. Fr. Tomas de Zumarraga fué
enviado á las comarcas de Meaco, después de la toma
de Osaca, con motivo de haber enfermado el P. fray-
José de San Jacinto, que habia trabajado por aquellas
partes hasta entonces. El P. Fr. Jacinto Orfanell ejer-
citó su celo fervoroso en los reinos de Chicugo, Chi-
cuyen, Bungo y Buyen, en los cuales estaban los cris-
tianos absolutamente destituidos de ministros. En Nan-
gasaqui se quedaron por entonces los PP. Fr. Alonso
Navarrete y Fr. Francisco de Morales, que cuidaban
con esmero de aquella grey numerosa. Su mayor peli-
gro les venia, á la sazón, de las pesquisas rigorosas con
que los emisarios del tirano perseguían sin compasión
á los que habian defendido á Fideyori.
122. A consecuencia de estas averiguaciones y pes-
quisas, cayeron en poder de los esbirros dos religiosos
Franciscanos. El P. Fr. Diego de San Francisco, que
era uno de los dos aprisionados, fué encerrado desde
luego en un espantoso calabozo, cuyos horrores des-
cribía él mismo, en una carta, con los términos si-
guientes: «Nunca leí en las historias una cárcel tan
cruel; porque se mataban los presos unos á otros, y de
noche mataban á los enfermos, echándolos contra las
bigas; y porque los reprendí, me respondieron, que con
esto se les hacia un bien, quitándoles de presto las
penas que padecían. Del hambre que por allí se padecía
no digo nada, porque habia siempre más de treinta
que no tenían quien les diese de comer, y vivían algu-
nos dias con lo que arrebataban á los otros, que no te-
nian para sí. La sed, como es más penosa de sufrir,
para aliviarla recogian con una vasija el agua que se
caia de la cabeza de los que yo bautizaba. Estábamos
tan estrechos, que á veces se hallaba uno vivo entre
dos muertos, envidiando la suerte de ellos, los cuales
solian quedar casi podridos, sin que los quitasen de la
misma cárcel en muchos dias. El hedor y la corrupción
era el mayor tormento que yo sentia. Estos cadáveres,
con la hediondez que despedían, corrompían á los cuer-
pos vivos, y así estábamos todos leprosos; é yo de pies
á cabeza no tenía cosa sana, con una comezón tan ra-
biosa, que no podia concluir el decenario sin echar las
uñas á las carnes, y como las tenía tan largas, que sólo
podia cortarlas con los dientes, me lastimaban grande-
mente.» En este horrible calabozo estuvo este venera-
ble misionero por espacio de año y medio, padeciendo
los trabajos y agonías de la muerte. Mas al fin logró
su libertad y se embarcó para Manila, con motivo de
una embajada que habia enviado á Japón nuestro ca-
tólico Monarca. El otro misionero era el venerable
P. Fr. Juan de Santa María, preso por el Tono de
Omura, el cual, después de haber sufrido con admira-
ble resignación tres años de prisión y de tormentos, fué
condecorado, finalmente, con la palma del martirio.
— 670
CAPITULO VIII.
Progresos de la devoción del Santísimo Rosario en el imperio del Japón. —
Muerte desastrosa del tirano Dayfusama. — El nuevo emperador se propo-
ne abolir la religión en todos sus dominios. — Martirio de dos PP. misio-
neros en Omura. — Los PP. Navarrete y Ayala entran á predicar en el
mismo reino, y son luego capturados. — Conducidos á otras islas, son por
fin decapitados. — Resefia de su vida. — Entran otros misioneros en Omu-
ra, y son asimismo capturados. — Martirio de Lino |irobioye. — Constan-
cia prodigiosa de un criado del venerable Zumarraga. — Encono del Tono
de Omura contra los venerables confesores. — Conversión y martirio de
Juan Niyemon.
123. Corriaii hacia su fin los años de 1 6 1 6 , y cuan-
do iba á empezar para la iglesia del Japón una época
todavía más cruel que la pasada, infundió el Señor en
los corazones de los fieles una inclinación extraordina-
ria á la devoción del Santísimo Rosario. Su cofi-adía se
habia fundado en Nangasaqui desde los primeros años
en que nuestros religiosos entraron en el imperio (i);
pero sus progresos datan especialmente de este año, con
motivo de haberse publicado allí las muchas gracias y
favores con que los sumos pontífices han enriquecido
esta hermosa institución del cristianismo. El entusias-
mo con que aquellos perseguidos cristianos abrazaban
(i) La cofradía del Santísimo Rosario la fundaron también los PP. Fran-
ciscanos en una iglesia que tenían en Yeddo, bajo h. advocación de Nues-
tra Sra. del Rosario, con autorización de nuestra Orden y letras de funda-
ción, otorgadas por el provincial de Santo Domingo de Manila. Existe un li-
brito, impreso en 1626 y reimpreso en 1868, escrito por el entonces vicario
de Binondo, el P. Fr. Francisco Carrero, bajo el nombre. Triunfo del Santo
Rosario y Orden de Santo Domingo en los reinos del Japón. Comprende la
historia de la persecución del Japón y los martirios de los cofrades del Santí-
simo Rosario, desde 1617 a 1624.
— éyi — ■
una devoción tan saludable, mostraba bien claramente
que aquel movimiento extraordinario de los ánimos no
era obra de los hombres. De todas partes se elevaba á
las alturas el concierto de aquel salterio divino, y no
habia cristiano ferviente que no procurase poseer al-
guna imagen de la Virgen del Rosario que á este fin
se habia grabado en Nangasaqui. Los frutos abundosos
y admirables que este santo ejercicio producía en sus
devotos, eran de todos conocidos, y entre ellos debe
contarse la reforma de costumbres de los fieles, aun de
los que hasta entonces solo hablan sido cristianos en
el nombre. A la misma se debe atribuir aquel valor
nunca vencido con que tantos cristianos entregaban la
vida por su Dios; bien así como el haberse conservado
en aquel punto la verdadera fe de Jesucristo por mucho
tiempo después de haber faltado á los cristianos sus sa-
cerdotes y sus templos. El venerable P. Fr. Jacinto Or-
fanell, en un escrito que compuso, relativo á los últimos
sucesos del Japón, decia así: «¡Qué de cristianos, que
vivian como medio desesperados de su salvación, por
la devoción del Santísimo Rosario han vuelto a cobrar
aliento , y viven muy consolados ! i Qué de hombres per-
didos y pecadores públicos vemos que se han converti-
do, y cada dia se convierten! Verdaderamente es esta de-
voción como una lima, que poco á poco va comiendo
el candado de los vicios con que el demonio nos tiene
presos, y cuando menos lo pensamos nos hallamos libres
y totalmente trocados; y si no, véase en muchos, que
antes de esto se hallaban fiacos en las cosas de la fe, que
al primer empellón cayeron; y después que entraron
en la cofradía, y trataron de veras de rezar el Rosario,
— (i']1 —
se hallaron muy trocados y fuertes.» En confirmación
de esto, refiere algunos hechos admirables de constan-
cia con que muchos devotos del Rosario acreditaron
fielmente que sabían morir en el estadio antes que re-
nunciar á Jesucristo. El mismo fué testigo presencial
de la respuesta generosa que los cofrades del Rosario
dieron á un Tono de Arima, cuando queria obligarles
por la fuerza á contribuir con sus personas é intereses
á la construcción famosa de un templo pagano. «Nos-
otros, dijeron, somos cristianos, y no podemos coope-
rar á una obra de esta naturaleza : mándanos otra cosa
permitida, y no dudes que, aunque sea más gravosa,
daremos cumplimiento á tus mandatos.» Por esta sola
resistencia pudiera el Tono condenarlos á la pena ca-
pital, según las leyes vigentes del imperio, lo cual aque-
llos cristianos no podian ignorar de modo alguno; mas
por entonces no pasó más adelante este negocio, y tu-
vieron la satisfacción de haber cumplido con su deber
sin ulteriores consecuencias, que ellos hubieran afron-
tado en todo caso; pues estaban prevenidos para toda
contingencia. Bella y edificante perspectiva de aquella
grey perseguida, muy satisfactoria, ciertamente, para
nuestros misioneros, los cuales se tenian por muy feli-
ces al ver el buen resultado de sus trabajos apostólicos.
124. Así las cosas del imperio, y sin embargo de no
ignorar Dayfusama que muchos de los cristianos ha-
blan seguido el partido de su yerno Fideyori, ocupado
á la sazón en perseguir y castigar á los señores que le
hablan sido desafectos, no los molestaba por entonces
con el rigor que se temia. Quiso, no obstante, dar al-
gunas pruebas en la corte de que no los tenía olvida-
— ^73 —
dos, y que aun vivia en su corazón su antiguo é im-
placable odio contra el Cristo del Señor. Por su orden
fueron presos, en efecto, y martirizados en Suruga doce
valientes de Israel. Mandó ademas degollar á seis cris-
tianos leprosos, y á otros seis les hizo cortar los dedos
de las manos, descoyuntarles los huesos y marcarles con
hierros candentes todo el cuerpo, en cuyos tormentos
indecibles espiraran dos de ellos. Más; se acercaba la
hora postrera de aquel monstruo, que habia logrado
asegurar en la frente de su hijo la diadema imperial,
que habia usurpado. Era por el mes de Julio de aquel
mismo año, y habia salido á divertirse con sus criados
á la caza. Las peripecias y fatigas de aquella partida pe-
ligrosa le produjeron una especie de desmayo, que vino
á interrumpir fuera de tiempo aquella malhadada di-
versión. Los que estaban á su lado echaron mano al
momento del repuesto en donde solia tener algunos cor-
diales á propósito para estos casos posibles; pero, sin sa-
berlo ni advertirlo, le suministraron la bebida de un
frasco emponzoñado, que él solo conocia perfectamen-
te. Vuelto en sí del parasismo, preguntó de qué frasco
le habian dado la bebida, y averiguada la verdad, ase-
guró (según dicen) que no podia vivir más tiempo. Re-
tiróse inmediatamente á su palacio, se puso en cura
inútilmente, y á los pocos dias de haber tomado aque-
lla pócima acabó su vida abominable en medio de los
dolores más horribles. ¡Digno fin de aquel tirano, que
habia dado tantas veces igual género de muerte á los
caballeros más honrados, y sacrificado de este modo
á muchos cristianos inocentes, sin más causa ni motivo
que no querer abandonar la verdadera religión de Je-
TOMO I. 43'
— 674 —
sucristo! Dios suele herir al impío con aquellas mis-
mas armas que él ha usado por ventura para extermi-
nar al justo.
125. Con la muerte del tirano Dayfusama parecia
que los cristianos hablan de hallar algún alivio en sus
penas y amarguras; pero no sucedió así. Los dignata-
rios del imperio, que tenían en sus manos la dirección
y las riendas del gobierno, eran los mismos por des-
gracia, y el nuevo príncipe, conocido con el nombre de
Jogunsama, aun más cruel y sanguinario que su pa-
dre, se propuso con empeño destruir enteramente el
nombre cristiano en sus dominios. Así se comprende
bien que muy poco después de coronado emperador
del Japón, tan malamente heredado por la usurpación
triunfante de su padre, lo empezó á manchar con san-
gre de víctimas inocentes. Yedo, Meaco y demás ciu-
dades del Cami presenciaron con horror sus cruelda-
des nefandas; pues renovó desde luego los tiránicos edic-
tos, que los Tonos ya miraban con alguna indiferencia.
Con este motivo, Acuradono, señor de una gran co-
marca, á pesar de su genio apacible y bondadoso, creyó
que debia afectar algún rigor por no aparecer omiso,
cuando sólo se trataba de agradar por este medio al
nuevo monarca del Japón. Entre tanto el Gobernador
de Chicugo quitaba la vida cruelmente á un pobre la-
brador de su distrito, y atormentaba á otros muchos
por adoradores de la cruz. Llamábase Luis el uno de
ellos; era ademas muy devoto del Santísimo Rosario, y
bienhechor especial de los PP. misioneros. Toleró con
invicta paciencia el tormento de las cañas, con que le
atravesaron los muslos en varias y distintas direcciones.
— 675 —
Colgado después de una viga en la actitud más violen-
ta, estuvo mucho tiempo así pendiente, como un san-
griento espectáculo entre los cielos y la tierra.
La nueva tempestad que habia estallado al aparecer
el astro horrendo, cuya malhadada faz y disco infaus-
to hacia presagiar muy tristes dias para los hijos de Is-
rael, rugia también por todas partes en el reino de Fi-
gen. Una de las muchas víctimas sacrificadas en odio
de la religión y de la cruz fué el mayordomo de la
cofradía del Rosario, conocido con el nombre de Pa-
blo entre los cristianos de aquel reino. Con su ejemplo
se animaron muchos fieles y devotos del Rosario á per-
der antes la vida que abandonar á Jesucristo. Asimis-
mo daba testimonio de su fe un joven de alta jerarquía,
crucificado en Bayen por sostener varonilmente su doc-
trina.
El puerto de Nangasaqui , que hasta entonces habia
sido tratado por todos los tiranos del imperio con más
consideración que otras ciudades, empezó también á
perturbarse por Diciembre de este año, con motivo de
haber sabido Safioye que allí se hallaba Nayquidono,
cristiano muy distinguido é hijo de Amjicadono, uno
de los capitanes más valientes que habían sostenido la
causa del infortunado Fideyori. Con el fin de captu-
rarlo, envió á este puerto con sigilo á dos pesquisido-
res de confianza, que con sus procedimientos espanta-
bles alborotaron la ciudad por todas partes. A fuerza de
tormentos v violencias pudieron averiguar que habia es-
tado Nayquidono con im P. Jesuíta, y el resultado in-
mediato de esta delación infame fué reducir á prisión
á un pobre hermano de la misma Compaiíía, que á los
^ 676 —
tres años de su encierro murió gloriosamente por la fe.
Estos y otros descubrimientos, obtenidos por la policía
siniestra de los Tonos, les hicieron comprender que aun
habia en el imperio sacerdotes cristianos, cuyo exter-
minio era urgente para secundar las miras del nuevo y
sanguinario emperador. Con el fin de precaver los re-
sultados, algunos misioneros se trasladaron á los reinos
más remotos, y otros aparentaron nuevamente que re-
gresaban á Manila.
126. Cuando se supo en la corte que habían queda-
do todavía misioneros en las islas, el Tono de Omura,
que estaba allí casualmente, tuvo que sufrir una repren-
sión muy dura de los ministros imperiales, por lo mo-
roso que habia sido en esta parte. Para sincerarse de
este cargo hizo alarde y vanidad de su abominable apos-
tasía, y de hijo que habia sido de la Iglesia, se convir-
tió desde entonces en su perseguidor infatigable. A su
vuelta de \:\ corte mostró un empeño decidido en pren-
der con mano armada á cuantos sacerdotes y ministros
se hallaban en la ciudad de Nangasaqui; pero, sabido su
intento, se tomaron precauciones oportunas, que frus-
traron finalmente sus más exquisitas diligencias. Al ver
que se cansaba sin provecho, se marchó disgustado de
aquel puerto; mas luego envió de repente á su privado
Jirobioye para ensayar una sorpresa cuando estuviesen
más descuidados los cristianos y los sacerdotes allí ocul-
tos. Empero sus engaños y pesquisas tampoco produ-
jeron esta vez los efectos que los perseguidores espera-
ban. Es verdad que, por desgracia, lo que no pudieron
conseguir en Nangasaqui, lo consiguieron al fin en una
de las aldeas ó pueblos circunvecinos; pues cayeron en
— 677 ~
sus manos los PP. Fr. Pedro de la Asunción, religioso
Franciscano, y el P. Juan Bautista Machado de Ta-
vora, de la Compañía de Jesús, que murieron por la fe
el dia 22 de Mayo de 1617 (i).
127. Creia el tirano de Omura que en vista del ri-
gor y los tormentos usados á tal extremo con los pri-
meros sacerdotes que habian caido en sus manos, los
demás se marcharían del imperio, ó se ocultarían de
tal suerte, que no llegase á la corte la noticia de su per-
manencia en el Japón; pero también se engañó por esta
vez. Los PP. Fr. Alonso Navarrete, vicario provincial
de nuestros misioneros, y Fr. Hernando de Ayala, re-
ligioso agustiniano, llenos de un santo celo por la cau-
sa de la fe, no temieron exponerse á las iras del após-
tata, bien persuadidos entrambos de que con su predi-
cación y con su ejemplo, é inmolando en todo caso su
existencia en las aras de la cruz, los fieles se levanta-
rían finalmente del abatimiento en que yacian. El mar-
tirio de aquellos venerables misioneros, de que hase he-
cho mención en los anteriores números, produjo efec-
tivamente una sensación profunda en todos los cristia-
nos del imperio, por ser los primeros misioneros que
en esta persecución perdieron la vida por la fe. El ve-
nerable Navarrete, luego que tuvo noticia del suceso,
pensó seriamente sobre la conducta que, como supe-
rior de sus hermanos, deberla adoptar en aquel caso, y
(i) Por estos dos mártires empieza la seria cronología de los que nuestro
santísimo pudre Pío IX henificó solemnemente en 7 de Julio de 1867, que
comprende los niartiriziidos desde esa fecha (22 de Mayo de 1617) hasta el 3
de Setiembre de 1632.
— 678 —
pidió al Señor le iluminase en circunstancias tan difí-
ciles. Al fin, sintiéndose inspirado por un superior im-
pulso, creyó que era llamado á h\ barrera de la religión
que predicaba, para dar un brillante testimonio de su
fe. Ocupado en estas reflexiones, llegó la víspera del
Corpus, que señaló para siempre su resolución definiti-
va. Llamó, en efecto, á su presencia á su catequista Pa-
blo, en quien tenía mucha confianza, y le habló de esta
manera: «Ya sabes, Pablo, que antes de ayer martiri-
zaron á los benditos PP. Fr. Pedro de la Asunción y
Fr. Juan Bautista, ¿tendrás valor para ir allá y traerme
sus cuerpos venerables?» Le hizo el P. Navarrete esta
propuesta, con el único objeto de explorar la disposi-
ción en que estaria respecto á seguirle en todo caso,
como luego se lo manifestó más claramente. Pablo, po-
seido de un santo entusiasmo religioso, le contestó in-
mediatamente que á todo se atrevia por su Dios. En-
tonces lo llevó delante de un altar, se postró con él hu-
mildemente, hizo una breve oración, y en seguida le
dio su bendición, haciéndole tomar agua bendita. Des-
pués de esta breve ceremonia, le dijo sencillamente:
«Escucha, Pablo, y guárdate de descubrir á persona al-
guna lo que ahora te voy á manifestar. Sepas que yo
estoy resuelto á presentarme en Omura para ayudar á
los afligidos cristianos, y aconsejar al Tono que desista
ya de sus maldades; lo cual espero que será muy pro-
vechoso para los fieles de Nangasaqui, que se hallan
poseidos de temor. Dime ahora francamente: ¿tendrás
valor para seguirme y decir al Tono lo que yo te or-
denare? Pablo contestó, sin vacilar, que á todo estaba
dispuesto, y el venerable Navarrete aceptó gustosa-
— 679 —
mente su espontáneo ofrecimiento. Al dia siguiente co-
mulgaba fervorosamente el catequista, preparando su
alma pura con el pan divino de los fuertes para se-
guir á todas partes al venerable maestro, dispuesto á
morir en todo caso por su Dios y por su fe. El dueño
de la vivienda en donde estaban hospedados , llamado
Gaspar Ficoyuro, sin embargo del sigilo con que ha-
bian tratado aquel asunto, traslució su pensamiento, y
animado de los mismos sentimientos, dijo al P. misio-
nero: «Yo entiendo, mi padre amado, que habéis de-
terminado ir al reino de Omura; si verdaderamente es
así, os suplico que me llevéis en vuestra compañía, por-
que estoy resuelto á sufrir el martirio si fuese necesa-
rio, y dar la vida y mi sangre por mi señor Jesucristo.))
A una manifestación tan espontánea, que revelaba la fe
viva y extraordinaria de su huésped, no pudo negarse
el venerable misionero, y le dijo que se preparase para
la marcha sin pérdida de tiempo.
Como superior que era el venerable Navarrete de
nuestros misioneros en Japón, creyó que no debia lle-
var á efecto su arriesgado pensamiento, sin disponer
lo conveniente para su gobierno y sustitución de su
persona en el caso de morir en la demanda. A este fin
les escribió una carta edificante, que muestra asaz á las
claras la pureza de su celo. «Ya ven vuestras reveren-
cias, les decia, como esta cristiandad se va acabando
poco á poco, y así es menester dar buen ejemplo á es-
tos cristianos; por lo cual pido á vuestras reverencias,
por las entrañas de nuestro buen Jesús, procuren ser
hijos de nuestro Padre Santo Domingo, y tener mu-
cha paz y hermandad con los demás religiosos. Yo voy
— 68o —
á Omura á confesar y consolar á aquellos cristianos :
ahora es buen tiempo para eso; pues con la sangre de
los mártires estarán más animados. ¡Plegué á su divina
Majestad sea de algún servicio suyo mi vida! Y por-
que pudiera ser que me pusiesen en la cárcel, dejo en
mi lugar al P. Fr. Francisco de Morales. Y si acaso
me quitasen la vida, podrán vuestras reverencias nom-
brar un P. Vicario Provincial, que les gobierne, como
disponen las Constituciones. Y perdónenme por amor
de Dios el mal ejemplo que les he dado, y no se olvi-
den de mí en sus oraciones y sacrificios. Pido á vues-
tras reverencias muy encarecidamente que á la mujer
de Pablo y su hijo sustenten, pues él va conmigo para
ayudar á los cristianos, y podria ser lo martirizasen
igualmente. La obra de los niños perdidos (i) se la
encomiendo mucho. Hoy dia de la traslación de nues-
tro Padre Santo Domingo, á 24 de Mayo de 16 17. —
Fr. Alonso Navarrete.»
Profesaba este venerable misionero una amistad es-
pecial al venerable P. Fr. Hernando de Ayala, ya cita-
do, vicario provincial que también habia sido de los
misioneros Agustinos, el cual vivia casi siempre con
los nuestros, á quienes amaba como hermanos. La casa
en donde habitaba el venerable Navarrete no distaba
mucho de la suya, y como eran tan parecidos en el
(i) Se refiere á una casa de expósitos que fundó con medios que habia es-
cogitado y limosnas que recogía en aquel país, devastado por las guerras y
persecuciones, en cuya casa recogía y alimentaba á los niiíos y niíías que por
pobreza ó por crueldad de sus padres eran abandonados. Así se practicaba
entonces la bella obra de la Sntita Infancia , que en la actualidad con tanto
celo se va desplegando en la Europa.
— 68i —
celo, le comunicó su pensamiento. El venerable Aya-
la, aunque abundaba en los mismos sentimientos, te-
mia emprender una obra tan heroica sin el mandato
superior de su prelado, que no tenía en el Japón. Sin
embargo, como se confesaba con el venerable Navar-
rete, se puso en sus manos á este fin, y le prometió
obediencia si le mandaba acompañarle. ¡Sublime ejem-
plo de humildad y de abnegación cristiana! Con este
rasgo de heroismo quedó muy consolado y satisfecho
nuestro venerable Navarrete, y ante todas cosas encar-
gó á su nuevo subdito que encomendase de veras al
Señor aquel negocio tan grave, á fin de que se digna-
se inspirarles en tal caso lo que fuese más conforme á
su divina voluntad. Al terminar el venerable Ayala su
fervorosa oración, se ofreció de nuevo á la voluntad y
al mandamiento del venerable Navarrete, y éste, mo-
vido sin duda por el espíritu de Dios, le mandó que
lo siguiese en la expedición que habia determinado
hacer al reino de O mura. Entonces escribió una carta
muy devota á los misioneros del imperio y á sus her-
manos de Manila. Estos hechos ocurrian el dia 25 de
Mayo, y en aquella misma noche salian los dos vene-
rables religiosos de la ciudad de Nangasaqui, y se hos-
pedaron juntamente en la morada de Pablo, sita en
uno de los arrabales de la misma. Por la noche fueron
visitados con sigilo por el P. Fr. Francisco de Mora-
les. Este insigne misionero se propuso examinar el es-
píritu verdadero que les movia á emprender una jor-
nada tan arriesgada y tan difícil. Todavía se conservan
algunos pormenores importantes de esta célebre visita,
que debia decidir postreramente de su glorioso desti-
— 682 —
no. «Aunque la obra es tan santa y perfecta, les decía,
deben vuestras reverencias reflexionar si sería más
conveniente aguardar un poco más, para ver en qué
para la tormenta : puede suceder muy bien que no les
quiten la vida si los prenden, sino que los echen del
Japón, ó los tengan detenidos por mucho tiempo en
una cárcel. También se dice que ha de haber perse-
cución en Nangasaqui, y por lo mismo es necesario
considerar si se podrán abandonar tantos cristianos,
que van á quedar por estos sitios como ovejas sin pas-
tor.)) Contestaron desde luego aquellos venerables mi-
sioneros de un modo satisfactorio á los dos reparos
enunciados; de suerte que el venerable Morales nada
tuvo que oponer. «¿Es acaso algún asunto de poca en-
tidad, decian, el padecer cárceles y destierro por el
nombre de Jesús? ¿No sería hacer un gran servicio á
la causa de la religión y de la fe el dar este ejemplo de
valor á los fieles del Japón , para que no rehusen estas
penas y esta persecución siempre creciente, que es un
verdadero martirio prolongado? La tempestad que ame-
naza á Nangasaqui es dudosa todavía, y no parece ra-
zonable dejar lo cierto por lo incierto; y dado que lle-
gue este caso, hay allí suficientes sacerdotes para aten-
der á las necesidades de su cristiandad, lo que no su-
cede en Omura ciertamente. Vamos, pues, á desem-
peñar nuestro sagrado ministerio, y venga lo que vi-
niere. Nosotros no tratamos de obtener la dignidad
grande del martirio, sino de ayudar en lo que pode-
mos á los perseguidos cristianos.)) Al despedirse el ve-
nerable Morales pidió la bendición al venerable Na-
varrete, su vicario, y antes de marcharse recordó al
- 683 —
venerable Ayala cierto contrato piadoso, que habian ce-
lebrado anteriormente, de aplicar el que sobreviviese
de los dos doce misas por el alma del que primero fa-
lleciese, y añadió, «si era su voluntad que se las apli-
case en todo caso, aun en la suposición tan verosímil
de que le quitasen la vida por la fe en los sangrientos
combates que tal vez le esperaban en Omura.» A lo
cual el venerable Ayala contestó «que en tal caso le
condonaba la obligación, y que no pasase cuidado
por ella.»
128. A los primeros albores de la mañana siguiente
se pusieron en camino, y no pasaron de una aldea si-
tuada á tres horas de distancia de la ciudad de Nanga-
saqui. Se detuvieron tres dias en aquel pueblo cristia-
no, para confesar á muchos que les suplicaban esta
gracia. Entre estos hombres devotos compareció tam-
bién el gobernador de aquel distrito, que pocos dias
antes habia cooperado á la prisión del venerable padre
Fr. Pedro de la Asunción, según se ha visto. Mas ahora,
avergonzado de su vil apostasía, se confesó, con señales
muy sensibles de un verdadero arrepentimiento. Desde
allí se trasladaron los venerables misioneros á otra al-
dea, en donde se vieron precisados á detenerse también
algunos dias por la misma causa y necesidad que en la
anterior. La tercera etapa de su viaje fué la ciudad po-
pulosa de Nangaye, uno de los puertos principales de
Omura: allí estuvieron algún tiempo, trabajando siem-
pre en el ministerio de las almas, y consagrados ente-
ramente al bien y provecho espiritual de los cristianos,
que de todas partes les salian al encuentro en su ca-
mino. En aquellos pocos dias, que habian de ser los
— 684 —
postreros de su predicación y de su vida, su palabra
produjo frutos admirables de virtud en aquella viña
predilecta del Señor. Bautizaron á muchos niños y
adultos, que estaban ya preparados al efecto, y recon-
ciliaron con Dios á una inmensa multitud de pecado-
res de todos sexos, edades y condiciones. Con sus plá-
ticas sentidas y ejercicios espirituales animaban á los
fieles para conservar el don precioso de la fe, que su
Tono les queria arrebatar á mano airada. ¡Como si el
hombre pudiera arrancar del corazón esa semilla del
cielo cuando ha echado hondas raíces en la conciencia
cristiana! El concurso extraordinario de aquella grey
fervorosa iba en progresión creciente, hasta el punto
de verse precisados á ejercer su ministerio bajo un tol-
do de ramaje, y disponer allí mismo un altar en la flo-
resta para que todos pudiesen asistir al santo sacrificio
de la misa, y escuchar atentamente los postrimeros
acentos de su palabra divina. ¡Qué espectáculo tan
bello! El Dios del amor hermoso y de las gracias ce-
lestes recibiendo en la enramada la adoración de un
gran pueblo sobre una alfombra de flores (era en Mayo),
al son arrebatador de cantadoras avecillas! Entonces
conocieron ciertamente aquellos hombres de Dios que
la noticia de su proximidad y de su permanencia en
aquel punto no podria ocultarse al fiero apóstata, y que
no tardarían en ser presos de su orden. En esta con-
vicción é inteligencia se abrieron la corona con pres-
teza y se vistieron con sus trajes religiosos, para tener
siquiera el gran consuelo de llevar por algún tiempo
estas insignias venerables de su estado, pues ya era in-
útil su disfraz en aquel trance. No se equivocaban, en
^ 685 —
efecto : á la mañana siguiente, cuando se estaban dis-
poniendo para celebrar el santo sacrificio de la misa,
vieron tres embarcaciones que se dirigian á aquel puer-
to, en las que venian los emisarios del apóstata Omu-
radono con orden de capturarlos y de conducirlos á la
cárcel. No se alteraron los venerables misioneros con
su vista, ni trataron siquiera de ocultarse, pues su prin-
cipal intento era animar á los fieles con su ejemplo,
para mantenerlos firmes en las luchas formidables que
se preparaban á su fe. A su llegada les hicieron los es-
birros una profunda reverencia al estilo del país, y to-
mando en seguida uno de ellos la palabra, dijo así :
«Padres mios, mucho nos pesa de venir á lo que veni-
mos; pero somos mandados, y no podemos hacer otra
cosa, so pena de perder nuestras rentas y la vida : el
Tono, nuestro señor, nos manda que os prendamos.»
Al oir estas palabras, los cristianos prorumpieron en
llantos inconsolables, capaces de enternecer al corazón
más insensible; pero los venerables confesores los ani-
maban, diciéndoles que no debían en manera alguna
entristecerse por su prisión, sino dar gracias al Señor
porque les concedia la gran dicha de padecer por la
gloria de su nombre.
Estando ya los atletas de la cruz en poder de los mi-
nistros, sólo trataron de disponerse para recibir en el
estadio la corona del martirio. Lejos de manifestarse
disgustados por la traición infame del apóstata, hicieron
algunos regalos á sus verdugos y aprehensores, y el ve-
nerable Navarrete, sacando del bolsillo una carta que
tenía prevenida, la entregó á uno de ellos, rogándole
humildemente que la pusiese en manos de su Tono. Su
— 686 —
contenido era el siguiente : » Los superiores de San Agus-
tin y Santo Domingo, andando escondidos ayudando
á esta cristiandad, supimos como habiais hecho marti-
rizar á dos padres, de lo cual quedamos muy maravi-
llados, porque semejante pecado entre gentiles es muy
grande, y en los que están bautizados es gravísimo. Por
lo cual, lastimados, señor, de vos y de vuestros vasa-
llos, hemos venido aquí para amonestaros que os ar-
repintáis de tan gran pecado, os confeséis y permitáis
que vuestros vasallos se levanten y conviertan, porque
de otro modo os iréis al infierno sin remedio; y os en-
viamos por delante esta carta, para que os sirva de avi-
so.» El que recibió la carta les aseguró de todos modos
que llegarla á su destino; pero se ignora si dio cumpli-
miento á su palabra. El fervoroso y valiente dueño de
la casa en donde habia estado hospedado el venerable
Navarrete en Nangasaqui, al ver que los ministros sólo
se apoderaban de los padres, se dirigió al que manda-
ba la cuadrilla, y le habló de esta manera: «Yo soy,
señor, el que he tenido en mi casa por tres años á es-
tos padres contra el mandato del Emperador; si por esto
me queréis prender y quitarme la vida, aquí me tenéis
dispuesto.)) ¿ Quién puede inspirar al hombre sentimien-
tos tan sublimes.? Sólo la verdadera religión de Jesu-
cristo. Esta sola confesión era de sí suficiente para con-
denarlo á muerte, según los edictos imperiales; mas ni
él ni el buen catequista Pablo fueron presos por su
Dios, como tanto deseaban, pues los esbirros misera-
bles no tenian orden del Tono para ello.
Fué tan estrepitosa la prisión de estos venerables mi-
sioneros, que apenas empezó á divulgarse su noticia,
acudió de todas partes una muchedumbre innumerable
de cristianos y gentiles al puerto en donde debian em-
barcarlos; los unos atraidos instintivamente por la no-
vedad del caso, y los otros para darles el adiós postri-
mero de la vida. Cuando los ministros de justicia se los
llevaban á sus naves, acercábanse los fieles para besar-
les las manos y las extremidades del vestido, y los más
atrevidos y piadosos llegaban á cortarles alguna parte
de sus hábitos, para conservarlos en su poder como re-
liquias del cielo. Tal era la fe y la devoción de aquellos
cristianos fervorosos, que poco antes estaban amedren-
tados de terror. Al llegar los venerables á la mar, no
faltaron cristianos decididos que intentaron impedir los
embarcasen; mas ellos les disuadian su atrevida preten-
sión, asegurándoles que con la muerte esperaban alcan-
zar una vida más dichosa, y favorecer más eficazmen-
te á los cristianos cabe al trono del Altísimo. Todo su
empeño en esta parte era animar á los fieles de Omu-
ra, y quitarles el horror de la muerte sufrida por la
gran causa de la religión y de la fe. Embarcáronse por
fin, y aquella muchedumbre de cristianos afligidos los
seguia por el agua hasta donde pudieron hacer pié, y
hasta que los ministros de justicia los trasbordaron á
otra nave fondeada más adentro, haciéndose á la vela
prestamente. Aun entonces los acompañaban por la
playa, hasta que desaparecieron enteramente de su vis-
ta. ¡Oh religión! ¡Oh imán del cielo, que así atraes y
encadenas con amorosa lazada el corazón de los hom-
bres en la tierra! ¡Qué tristeza! ¡qué dolor! ¡qué pesa-
dumbre para aquella grey piadosa el separarse para
siempre de sus amados misioneros! No podemos resis-
— 688 —
tir á dar la copia de un hermoso trozo de Aduarte so-
bre esta circunstancia singular.
« Lo que pasó desde la casa donde estaban hasta el
embarcadero, ¿quién podrá explicarlo? Estaba toda la
playa llena de hombres y mujeres de toda suerte, y entre
ellas muchas principales, que á la fama de los benditos
padres, habian venido á pié tres y cuatro leguas (cosa
bien ajena de su costumbre), pasando muchos malos
caminos, lodosos y de cuestas, rios y arroyos, que
como entonces llovió tanto, habia muchos, y todos los
pasaban á pié y descalzos, sin sentir nada de esto, con
el deseo que tenian de recibir la bendición de los que
debian ir al martirio; pues como ellas y toda la otra
multitud de gente que allí se habian congregado vie-
sen que los santos se iban á embarcar, y entendiendo
que no los verian más, se afligían, lloraban á gritos y
alaridos, y de golpe acudieron todos, procurando be-
sarles las manos y los hábitos, y fué tanto el concurso
de la gente, que corrian peligro los benditos padres, y
los lastimaron con el aprieto, queriéndolos más que á
sus propias vidas. Los soldados de guardia no estaban
entonces ociosos; antes procuraban apartar la gente,
atropellando y derribando algunos por los suelos, dan-
do á otros con palos y pegándoles achas encendidas á
las caras. Pero los devotos cristianos decian que los
quemasen ó apaleasen, que por todo pasarian. Y di-
ciendo y haciendo, se entraban por los palos y por el
fuego, por llegar á sus padres amantísimos, quedando
tristes y desconsolados los que no podian llegar, que
fueron muchos.
)jLos que llegaron se pagaron del trabajo que les ha-
— 689 —
bia costado, tomando por reliquias los hábitos de los
religiosos; y como los que tomaban eran tantos, en
breve rato los hicieron nesgas, sin que les quedase fi-
gura de hábitos; tanto, que el santo Fr. Alonso tuvo ne-
cesidad de ponerse otro, porque de la capilla abajo le
habían quitado todo el escapulario, y de la saya no le
habian dejado la mitad; otros se contentaban con be-
sarles la mano ó el hábito, tocarles ó alcanzarles á mi-
rar, ó ser vistos de ellos; algunos de los que más cerca
llegaron, abrazándose con los benditos padres, quisieran
estorbar la prisión, aunque les costara la vida; pero los
santos con palabras dulces los sosegaban y consolaban,
diciendo que se alegrasen de su bien; pues en el suelo
no le hay mayor que padecer y morir por Cristo. En
oyendo muerte y entendiendo que no los habian de ver
más, el sentimiento y llanto era grandísimo, semejante
al de los cristianos cuando San Pablo se despidió de ellos
en Efeso, caminando al martirio y diciéndoles que no
les habian de ver más.
Al embarcarse los benditos padres fué el sentimien-
to de todos tal, y tal el grito que todos á una voz le-
vantaron, que parecía se rompian las nubes, y sin sa-
ber lo que se hacian, olvidados de sí mismos, hombres
y mujeres se entraban por el agua, deseosos de seguir-
los, sin reparar en que se les mojasen ó echasen á per-
der los vestidos, y por más que se lo estorbaban, en-
traron tantos en la embarcación, que se iban anegan-
do; y así pasaron á los santos á otra, con los dos mozos
que les habian dado para su compañía; y comenzaron
á caminar, siguiéndolos toda aquella multitud por la
playa adelante, dando gritos que los ponian en el cielo.
44-
— 690 —
Fué este espectáculo de mucho sentimiento, donde
mostraron los japones gran devoción y espíritu, porque
por grande rato se quedaron en la playa suspensos y
llorando; y así hablaban ya con los santos, ya consigo,
ya con el Tono, ya con los ministros de justicia, ya con
la embarcación que los llevaba, ya con el mar por don-
de iban, y decían:
«¡Oh santos mártires (que como á tales los trataban
ya en vida), para vosotros es la dicha, que con tantas
ventajas vais á gozar de Dios para siempre! ¡Cuitados
de nosotros, si se nos van los pastores, cuáles quedare-
mos en medio de los lobos carniceros! ¡Oh Omura-
dono, que tal mandas! ¿No te acuerdas que recibiste
el agua del Bautismo y que eres hijo de la Iglesia?
Pues ¿cómo te has hecho tan cruel contra tu misma
Madre? ¿Dónde los lleváis, sacrilegos ministros? ¿Por
qué no nos lleváis en su compaíiía? ¡Oh embarcación,
que los llevas al puerto de claridad eterna! ¡Oh mar,
que has de ser sepultura de tan preciosos cuerpos! ¡Oh
Dios omnipotente, que tanto amáis á la cristiandad,
pues la regáis con tan excelente sangre! ¡Oh sagradas
Ordenes, cuánto os debemos; pues tanto os cuesta
cultivar esta viña!» ^ Aduar te y lib. 11, cap. vil.) Sus
querellas más sentidas se dirigian á su Tono por haber
ordenado la prisión de aquellos ministros del Señor,
á quienes, como hijo de la Iglesia, y en su carácter de
cristiano por ehsanto sacramento del Bautismo, debia
proteger á todo trance contra todas las potestades de la
tierra.
Mas este vil esclavo de la corte no estaba, de otra
parte, muy tranquilo por la entrada de nuestros venera-
— 691 —
bles en su reino, y la ruidosa prisión ejecutada en sus
personas. Temia, como hombre cobarde, que, sabido
en la corte aquel suceso, se le agravarla por mucho el
cargo que se le hiciera anteriormente por su poca vi-
gilancia en este punto. Llevado de este temor, juntó
secretamenre su Consejo, y le pidió su dictamen acerca
de su proceder en aquel caso. Como los sujetos de que
se hallaba rodeado eran todos enemigos de nuestra re-
ligión santa, el resultado de su acuerdo no podia ser
dudoso. En él se pronunció por voto unánime senten-
cia impía de muerte contra los venerables confesores,
la que debia ejecutarse en una isla despoblada, á fin de
que no se divulgara su noticia. También se habia adop-
tado á este propósito la medida extraordinaria de pro-
hibir severamente que saliese por entonces persona al-
guna de la corte; mas á esto se opuso tenazmente el
ministro que debia ejecutarla, por la gran dificultad que
presentaba, la que manifestó al Tono con este lacóni-
co discurso: «Las leyes, señor, se publican para que
la gente tema: estos hombres, esto es, los cristianos,
no temen la muerte; es, pues, inútil publicar lo que
no ha de ser obedecido.» En esto no iba mal fundado;
pues habia aún en aquella capital muchos cristianos
que no habian adjurado su creencia, y no habia que
esperar de ellos que pudieran obedecer aquel mandato.
Y, en efecto, muchos de ellos, sin embargo del rigor
de aquella ley, se marcharon á la isla de Usujima, en
donde estaban detenidos los venerables varones, luego
que tuvieron noticia de estos hechos. Entre aquella
piadosa muchedumbre se hallaban la abuela y una tia
de aquel Tono, deseosas de confesarse con los santos
— 692 — '
misioneros, y a las que los ministros no pudieron ne-
garles el permiso, agrupándose en su torno otros mu-
chos cristianos para practicar con ellas la misma dili-
gencia.
La proximidad de aquella isla no era muy acomo-
dada á los designios del tirano, que ya no ignoraban
sus ministros. Esta circunstancia explica por qué tras-
ladaron los venerables confesores á otra mucho más
distante, conocida con el nombre de Ameyora ó Ama-
gera; pero ni allí pudieron sustraerlos á la piadosa mu-
chedumbre que á todas partes les seguia, y los condu-
jeron á Coguchi, adonde llegaron el último dia de
Mayo. Al amanecer aparecieron en las aguas de esta
isla algunas embarcaciones con ministros de justicia, y
mucha gente allegada por la curiosidad que les inspi-
raba aquel acontecimiento. Los esbirros llevaban la sen-
tencia de muerte pronunciada contra los dos sacerdotes
del Seíior, y los cuerpos de los venerables que antes
habian sido degollados en O mura por la misma causa,
con un venerable catequista llamado León, que habia
servido al P. Fr. Francisco de Morales en sus viajes y
peregrinaciones apostólicas. Esta novedad extraña re-
veló desde luego á nuestros venerables misioneros el
verdadero fin de su venida; y al ver que con rodeos
rehusaban notificarles la sentencia, los provocaron ellos
mismos á que les manifestasen la verdad; «pues nos
hallamos, decian, muy dispuestos á sufrir la muerte
por la fe que hemos predicado.» Entonces uno de los
ministros, con modo cortés y muy urbano, hubo de
hablar en estos términos: «Padres mios, el Tono, á quien
conocéis, os manda quitar la cabeza: aparejaos, pues.
— 693 —
para el efecto, porque ha de ejecutarse presto la sen-
tencia, sin que nosotros podamos obrar de otra suerte.»
No se asustaron los venerables confesores al oirle; an-
tes bien le dijeron y afirmaron que no podia haberles
comunicado una noticia más alegre. ¿ Cómo os llamáis,
le preguntó el venerable Navarrete? y dicho que se
llamaba «Yoyemon» (que en lengua del país quiere
decir bueno) ^ añadió el venerable: «¡Oh qué bueno!
¡Buenas nuevas! ¡Todo bueno! ¿Qué os podré yo dar
en albricias? Tomad esa frazada, pues no tengo otra
cosa mejor y de más valía que daros.» A este regalo
añadió el venerable Ayala un cobertor, y desde enton-
ces ya no pensaron entrambos sino en prepararse inte-
riormente para ser dignos del martirio, y morir por
defender el arca santa, como los fuertes de Israel.
No pareció aún aquella isla bastante retirada á los
esbirros para llevar á su efecto la sentencia del tirano,
por cuyo motivo se trasladaron á Tacajima. En el tra-
yecto escribieron los venerables confesores algunas car-
tas expresivas á sus prelados de Manila y á otros mi-
sioneros de Japón, suplicando encarecidamente á los
primeros que se apresurasen á enviar religiosos misio-
neros para sostener aquella cristiandad, sin reparar en
las dificultades que debian presentarse, y exhortando
á los segundos á que viviesen en paz y armonía, pro-
metiéndoles su ayuda desde el cielo. Todas estas cartas
estaban llenas de una unción y alegría extraordinarias,
y se descubria en ellas el espíritu del Señor, de que es-
taban poseídos sus autores. Al llegar al lugar de su mar-
tirio repartieron los libros y pobres alhajas que tenian
entre los cristianos, á quienes los ministros de justicia
— 694 —
despacharon inmediatamente, para que no viesen y
asistiesen al triunfo de sus amados padres y maestros.
Algunos, sin embargo, se quedaron, confundidos con
los marineros, y pudieron después atestiguar su fin
dichoso.
Al dia siguiente, que era el i .° de Junio de 1 6 1 7 , es-
taba todo preparado para la ejecución de la sentencia.
Llegado el supremo instante tan vivamente deseado,
fueron conducidos al suplicio los venerables confesores,
alegrándose de morir por Jesucristo para hacerse dignos
de su reino. Una vez en el estadio, postróse el venera-
ble Navarrete en la presencia del Señor, y le ofreció el
sacrificio de su vida con la efusión más amorosa de
su corazón y de su alma. Lo mismo hicieron el vene-
rable Ayala y el catequista León, que estaban postra-
dos á su lado. Los verdugos los trataron, sin embargo,
con el mayor respeto y reverencia, y ni siquiera se opu-
sieron esta vez á sus espansiones santas. El venerable
Avala quiso darles en aquellos últimos momentos una
prueba de valor, y manifestarles el amor que le ins-
piraban hasta los instrumentos de su muerte; pidió su
catana al verdugo que debia cortarle la cabeza, la besó
con gran respeto, la puso sobre su cabeza, y luego se
la devolvió con alegría. Finalmente dirigió su palabra
elocuente al gran concurso, compuesto, en su mayoría,
de cristianos renegados, y les dijo de este modo: «Oid-
me, señores, con atención: nosotros, como sabéis, he-
mos venido de tierras muy lejanas, dejando á nuestros
padres y parientes, no para ganar reinos ni riquezas,
sino con el fin de enseñaros el camino de la salvación
y de la gloria. No entendáis que somos tan ignorantes.
— hs —
que no estimemos la vida como es debido; mas el per-
derla ahora de nuestra voluntad, es porque esperamos
con la muerte alcanzar bienes innumerables y eternos-
Volveos á Dios, hermanos mios, y entended que todo
lo demás es nada. Sabed que la muerte que ahora va-
mos á sufrir es una carta viva firmada con nuestra san-
gre, que pasará á España y Roma á pedir ministros
para esta tierra, y por cada uno que matéis han de ve-
nir otros muchos.» Después les suplicó que le dejasen
descansar un breve rato : recogióse unos momentos;
levantó después la mano para darles á entender que ha-
bia terminado su oración, y el verdugo le cortó de un
solo golpe la cabeza. Entre tanto el venerable Navar-
rete estaba como extasiado en la contemplación más
elevada, con una cruz en una mano y una candela con
el rosario de la Virgen en la otra, cuando el verdugo,
temblando, descargó su primer golpe por debajo de sus
sienes, siendo preciso que le hiriese por tres veces para
cortar el débil lazo de su preciosa existencia. Tal era
el estremecimiento que sentia al segar con su cuchilla
aquella vida generosa. A continuación dieron la muer-
te al venerable catequista. El cuerpo del venerable Na-
varrete fué colocado en la misma caja en donde estaba
encerrado el del venerable P. Bautista, y el del venera-
ble Ayala lo fué en la que contenia los restos del vene-
rable P. Fr. Pedro de la Asunción, las que asegura-
das, finalmente, con unas piedras enormes, fueron ar-
rojadas á la mar.
Luego que la noticia del martirio llegó á la ciudad
de Nangasaqui, se trató de recobrar á todo trance
aquellos restos venerandos, y á este fin los superiores
— 696 —
de las órdenes religiosas hicieron un convenio de prac-
ticar solidariamente las diligencias necesarias, con la
precisa condición de que los cuerpos se entregarian in-
mediatamente á las corporaciones respectivas. Para el
logro de esta empresa dispusieron desde luego varias
embarcaciones con garfios y redes dirigidas por el pia-
doso D. Andrés Tocuan, hijo del Gobernador de Nan-
gasaqui, á quien acompañaban muchos fieles, deseosos
de contribuir al hallazgo del tesoro que buscaban. Mas
no tuvieron la ventura de ver satisfechos sus deseos, á
pesar de los esfuerzos que hicieron para conseguirlo. Por
fin , á los dos meses salió á la playa una de las dos cajas,
impelida por las olas, y en ella se hallaron los cuerpos
de los venerables Fr. Pedro de la Asunción y Fr. Her-
nando de Ayala, quedando nuestros religiosos y los pa-
dres de la Compaíiía de Jesús privados del consuelo de
poseer las reliquias preciosas de sus mártires.
Aunque Dios suele conceder la gracia del martirio
á quien le place, no faltan razones, sin embargo, para
suponer que los merecimientos y virtudes de estos at-
letas cristianos obtuvieron esta gracia, de muchos ape-
tecida y á no pocos denegada. Habian profesado am-
bos un particular afecto á todos los PP. misioneros que
trabajaban en Japón, procurando conservar la paz y
buena armonía entre ellos, trabajando á la vez con un
celo infatigable en levantar á los caidos, enfervorizar á
los más tépidos y convertir en todas partes á los que
yacian en las tinieblas de la infidelidad y del pecado.
El venerable Ayala tenía también una particular devo-
ción á las almas del purgatorio, en cuyo sufragio ha-
bía celebrado más de tres mil misas, y algún tiempo
— 697 —
antes de su martirio glorioso aplicaba ademas todas las
obras satisfactorias que ordinariamente practicaba. Si
alguna vez le ofrecian limosnas para celebrar por otros
fines, las entregaba á otros sacerdotes, á fin de tener la
intención libre, y poder continuar de esta manera su
obra de caridad; prefiriendo padecer algunas necesida-
des personales á privar de los sufi'agios á las almas, que,
sin embargo de ser esposas muy amadas del Señor, se
ven precisadas á expiar en la otra vida el reato de sus
faltas y defectos temporales. De sus virtudes heroicas
dan testimonio sus obras y su celo extraordinario por
la salvación eterna de las almas. El espíritu de Dios y
la continua oración, en que se inspiraba su alma pura,
eran el móvil secreto de su vida.
128. El venerable P. Fr. Alonso Navarrete era na-
tural de la ciudad de Logroño, é hijo del convento de
San Pablo de Valladolid. Se incorporó á esta Provincia
y aportó á las playas de Manila por los años 1598, y
fué luego destinado á la conversión de los infieles, que
se estaba llevando á feliz término en la provincia de
Cagayan y sus comarcas. Aquí trabajó con fruto y con
celo infatigable; mas no tardó en alterarse su salud de
una manera alarmante; motivo por que pidió, y obtuvo
fácilmente el permiso deseado de regresar á su conven-
to en la Península. Restablecido ya de su salud, pidió
al General de la orden la autorización correspondiente
para reunir y organizar una misión con destino á esta
Provincia, que él mismo presidió y condujo felizmente
á las islas Filipinas, desembarcando los treinta que eran
en estas playas por los años de 161 i. Como su mérito y
virtudes eran harto conocidas, fué recibido en esta ca-
r- 698 —
pital con un afecto singular, y no tardó en ser destinado
á las islas del Japón, en donde su ardiente celo halló un
anchuroso campo para ejercer la caridad de su elevado
ministerio. Fundó allí la cofradía del Santísimo Nom-
bre de Jesús; una obra pía para el amparo de los niños
expósitos; y auxiliado por los PP. Franciscanos y Agus-
tinos, una hermandad, que tituló de la Caridad Cris-
tiana, destinada al socorro de las necesidades espiritua-
les y temporales de los pobres. Comprendido en la ex-
pulsión decretada por Safioye, de todos los PP. misio-
neros del imperio, fué embarcado, finalmente, en el
puerto de Firando con los demás misioneros; mas su
celo inextinguible le obligó á regresar ocultamente á
Nangasaqui, con grave peligro de la vida. Desde su
retiro solitario asistia con su caridad acostumbrada á
los fieles del contorno, y les administraba con sigilo los
santos sacramentos, realzando su misión con su palabra
y con su ejemplo. Su intrepidez y su celo le habian
merecido anteriormente el sufrir en este mundo por el
nombre del Señor cuando el tirano Safioye mandó que-
mar públicamente en Nangasaqui las imágenes sagra-
das de nuestra religión santa, y la sublime grandeza de
su alma le inspiró, como ya es visto, el osado pensa-
miento de marchar, como los héroes, á morir sobre la
brecha, donde acababan de perder la vida por la fe dos
PP. misioneros. Todas sus empresas religiosas llevaban
el sello remarcable de sus grandes concepciones, y de
aquella caridad ilimitada que encerraba en su seno al
universo. Por eso es que al despedirse de la vida, no
podia olvidarse de aquella piadosa institución que de-
jaba en testamento á los fieles del Japón, destinada á
— ^99 —
recoger y cristianizar á los niños expósitos y abando-
nados de sus padres. Todavía existe el contenido de
una carta que en el último dia de su vida escribió á un
cristiano fervoroso, capitán español, llamado Pablo Car-
rucho, de la ciudad de Nangasaqui, dirigida á reco-
mendar eficazmente la conservación y el desarrollo de
aquella obra piadosa. Hé aquí algunas palabras de su
texto. «Jesús sea en el alma de V. y le dé mucha sa-
lud. No se olvide V. de llevar adelante la limosna de
los niños expósitos, que es de muy gran servicio de
Dios. Ésta la escribo en una isla despoblada, donde nos
tienen , aguardando la muerte : el Señor haga lo que
fuere servido de nosotros. Hoy nos matan : ya nos han
notificado la sentencia. No me olvidaré de V. — Fray
Alonso Navarrete.» ¡Qué palabras! ¡Qué serenidad,
y qué grandeza en su misma sencillez! Y esto en el mo-
mento mismo de morir Sólo Dios y su doctrina
pueden hacer estos milagros.
Su determinación de trasladarse al reino de Omura
en aquellas circunstancias parecía á primera vista te-
meraria; mas los frutos abundantes que á su martirio
se siguieron son una prueba evidente de que Dios les
inspiraba aquella empresa. Desde luego se observaron
innumerables conversiones en la ciudad de Nangasa-
qui y sus contornos. Los fieles frecuentaban mucho
más los santos sacramentos, y los que antes no se atre-
vían á recibir á los PP. misioneros en sus casas, eran
los primeros en llamarlos, depuesto todo temor y todo
respeto humano. En el reino de Omura, donde, por
haber sido expulsados mucho antes los venerables mi-
sioneros, abundaban en todas partes los apóstatas, se
— yoo —
notó desde el martirio de estos varones de Dios una
reacción tan repentina, que muchos confesaban públi-
camente sus excesos; se reducian al gremio de la Igle-
sia, y clamaban por sacerdotes que les ayudasen á salir
del mal estado en que se hallaban. Esta mutación ma-
ravillosa fué progresando de tal suerte, que el superior
de nuestros religiosos no pudo menos de enviar allí á
dos misioneros de la Orden, que, asociados con un pa-
dre Franciscano, fueron de grande utilidad para la salud
de los cristianos. Este acontecimiento tan notable inau-
guró con efecto una era más dichosa para las misiones
del Japón, y los asuntos de la religión mudaron de as-
pecto en todas partes; pues los fieles, animados con el
ejemplo de los mártires, no temian oponerse á la volun-
tad de los tiranos, que para destruir la religión se vie-
ron precisados á echar mano de los tormentos más
crueles, excitando de este modo el heroismo que ins-
pira siempre la verdad, cuando es contrariada por la
fuerza.
129. Los misioneros que entraron en los estados de
Omura después del martirio de los venerables Ayala y
Navarrete, fueron los PP. Fr. Tomas de Zumarraga,
Fr. Juan Rueda de los Angeles y Fr. Apolinario Fran-
co, los dos primeros Dominicos, y Franciscano el ter-
cero. Empezaron á ejercer el ministerio de las almas
con las más prudentes precauciones, y sin embargo, no
descansaban un momento, trabajando noche y dia en
el prolijo desempeño de sus funciones sagradas. Aver-
gonzados, en efecto, los cristianos de su culpable co-
bardía, trataban con eficacia de volver á los caminos
de la verdad y del bien, de los cuales se habian des-
70I — '
viado tristemente, acosados sin cesar por las amenazas
del tirano. Pero el consuelo de estos infelices no fué
de larga duración, por su desgracia; pues antes de cum-
plirse los dos meses de aquella renovación piadosa de
sus almas, dos de los tres misioneros (el P. Fr. Tomas
de Zu márraga y el P, Fr. Apolinario Franco) fueron
á dar en las manos de los perseguidores de la Cruz,
habiéndose librado el P. Fr. Juan de Rueda por una
particular providencia del Señor. Con el venerable pa-
dre Franco prendieron á siete cristianos, y á seis con
el venerable P. Fr. Tomas de Zumarraga, entre los
cuales se contaba un catequista que los habia auxiliado
grandemente en sus tareas apostólicas, y aquel famoso
y buen Pablo, que lo habia sido también del venerable
Navarrete. La prisión del venerable Tomas de Zumar-
raga se verificó en una isla, en donde se hallaba admi-
nistrando los santos sacramentos á los fieles, é instru-
yendo á los paganos en las verdades divinas de nuestra
religión santa. El fervor de los cristianos, y sus deseos
de limpiar sus conciencias angustiadas, lo delataron, fi-
nalmente, á los tiranos. Al ver el venerable confesor
el concurso numeroso que se agolpaba á su morada,
temiendo con fundamento lo que no podia dejar de su-
ceder, trató de marcharse á otra parte ocultamente,
siquiera para no comprometer con su presencia al due-
ño de aquel asilo hospitalario; mas éste, que deseaba en
gran manera obtener la gracia del martirio, no se lo
permitió de ningún modo. Sus temores no tardaron en
verificarse exactamente; pues en aquel mismo dia vio
aparecer á los umbrales de su mansión escondida á los
esbirros del Tono, con orden de prenderle desde lué-
go, y de conducirle asegurado á las cárceles del reino.
El venerable misionero sin la menor turbación ni so-
bresalto salió á recibir á sus verdugos, dando gracias al
Señor por la merced que le hacia de ofrecerle ocasión
de padecer por su amor y por la gloria inefable de su
nombre. Asegurado el venerable misionero, prendieron
á cuantos lo acompañaban en su asilo, incluso el hués-
ped fervoroso, que celebraba interiormente aquella ha-
zaña. Inmediatamente los llevaron á sus veleros bajeles,
y de allí á la cárcel de Satzuma, distante dos leguas
solamente de la fortaleza de Cujima, en donde el após-
tata Omuradono solia tener establecida su ordinaria
residencia. Allí encontraron encerrados al venerable
Franco y compañeros, de quienes fueron recibidos
como confesores de la fe, esperando todos vivamente
la felicidad suprema de rubricar con su sangre la ver-
dadera religión de Jesucristo.
I 30. Como la prisión de estos venerables confesores
también habia sido harto ruidosa, no se creyó prudente
por entonces imponerles la pena capital, sin consultar
aquel caso con el nuevo emperador. Con este fin hizo
su viaje á la corte el Tono de aquel distrito, dejando por
su lugar-teniente en los estados de Omura á su gran
privado Jirobioye, á quien habia confiado anterior-
mente la captura de los PP. misioneros, que, según sus
presunciones, se hallaban ó debian hallarse en la ciudad
de Nangasaqui. Mas este terrible Saulo, que con tanto
furor habia perseguido el nombre cristiano, fué troca-
do felizmente en vaso de elección por la mano pode-
rosa del Señor. Esta mudanza, verdaderamente prodi-
giosa, ya se habia principiado á manifestar en cierto
— 703 —
modo cuando fueron aprendidos los venerables padres
Fr. Pedro de la Asunción y Juan Bautista; mas aun
no se habia querido declarar, tal vez para conservarse
en la gracia de su Tono. Empero, fortalecido con el
tiempo en la fe de Jesucristo, de la que viviera algu-
nos años en un triste apartamiento, juzgó que ya no
debia permanecer un solo momento más en aquel es-
tado lamentable, que le tenía divorciado de la religión
y de su Dios. Asistido, finalmente, con los auxilios de
la gracia, se declaró públicamente cristiano durante la
ausencia de su Tono; manifestó un sincero arrepenti-
miento de sus culpas, y empezó á predicar por todas
partes las grandezas de la misma religión que antes
habia perseguido cruelmente. Con su ejemplo muchos
gentiles se convirtieron á la fe; un gran número de re-
negados lloró amargamente su caida, y la cristiandad
atribulada empezó á levantarse desde luego de su pro-
fundo abatimiento. El Tono, á su vuelta de la corte,
apenas podia persuadirse de la realidad milagrosa de
aquel cambio; mas los bonzos, que bramaban de coraje
por la mutación inesperada del privado, se lo confir-
maron con sus actos públicos é incontestables, y le pre-
dispusieron contra él profundamente. Los venerables
confesores, á quienes Jirobioye hubo de favorecer en
lo posible, fueron las primeras víctimas de la indigna-
ción de aquel tirano : les redobló las guardias de la cár-
cel; les privó del gran consuelo que los cristianos les
proporcionaban en su encierro con obras de caridad;
. les quitó los ornamentos con que celebraban el santo
sacrificio de la misa, y los puso, finalmente, en la in-
comunicación más rigorosa. Luego mandó prender á
— 704 —
todo trance a un caballero cristiano, llamado Domingo
Yamanguchi, por haberse reconciliado con la Iglesia,
él y toda su familia, después de haber apostatado de la
fe y de las ignominias de la cruz. Por el pronto lo con-
denó, inexorable, á un ostracismo cruel, y después á la
pena capital, que mandó ejecutar el i.° de Noviembre
de 1 6 17.
Con este acto de rigor, ejecutado en un noble, creyó
el Tono de Omura que podria vencer á su privado, su-
poniéndolo espantado por este rasgo de su cólera. Para
cerciorarse por sí mismo de aquella simple conjetura,
le hizo venir á su presencia y le habló de aqueste modo:
«¿Es verdad, Jirobioye, que sois cristiano.? — Sí, señor. —
¿Es verdad, prosiguió el Tono, que en mi ausencia
habéis persuadido eficazmente á los mismos á quienes
vos habláis hecho renegar, que se reconciliasen con su
Dios? — Es verdad)), contestó el noble confesor serena-
mente. Entonces, enfurecido el tirano contra él , prosi-
guió de esta manera: «Pues ahora mismo, aquí, en
mi presencia, habéis de retractaros de todo eso.)) Pero
al verle siempre firme en la profesión cristiana de su
fe, y desesperanzado de poderlo inducir segunda vez á
su nefanda apostasía, entró bramando de furor en su
retrete, y pronunció sentencia de muerte contra él.
Moria Jirobioye degollado por la fe de Jesucristo, el
dia 4 de Noviembre, tres dias después del martirio de
Domingo Yamanguchi.
131. Por aquellos mismos tiempos daba testimonio
de su fe un fervoroso catequista, discípulo muy nota-
ble del venerable P. Fr. Tomas de Zumarraga, y cuyo
nombre era Andrés por la gracia de la religión y del
— 705 —
Bautismo. Deseoso de ver y saludar á su amantísímo
padre, se presentó con la mayor intrepidez en la cár-
cel tenebrosa de los venerables confesores; pero los cen-
tinelas que guardaban aquella prisión horrenda no qui-
sieron permitirle el pasar de sus umbrales. Preguntado
por los mismos acerca de su persona, de su religión y
de su estado, no temió el joven contestar rotundamen-
te que era cristiano puro y neto, y discípulo, ademas,
del venerable Zumarraga, y que habia estado mucho
tiempo en las aldeas de Omura, animando á los cris-
tianos para que permaneciesen fieles á su Dios, á cuyo
fin les leia algunos libros excelentes que le habian dado,
por su dicha, los PP. misioneros. Indignados al oir una
confesión tan generosa, lo detuvieron en la cárcel, sin
dejarle ver á su maestro, y lo denunciaron al tirano.
Este malvado Nerón, que, endurecido en su malicia, se
mostraba cada dia más cruel, se propuso derribar á
esta columna de la fe con rigores y tormentos inaudi-
tos. Al efecto mandó fabricar una jaula bien segura, y
encerró en ella al valiente confesor, exponiéndolo des-
nudo á las inclemencias del invierno y á los frios rigo-
rosos propios de aquella estación. Allí estuvo el atleta
del Señor muy cerca de un mes encerrado, sin más
cama ni abrigo que una simple esterilla que le propor-
cionó la caridad cristiana, tolerando con valor y resig-
nación cristiana las lluvias, nieves y escarchas, que caian
á todas horas sobre sus desnudos miembros. Atendida
la condición humana, no era posible que el venerable
confesor sobreviviese mucho tiempo en tal estado; pero
Dios, que para confundir al soberbio babilonio preser-
vara en otro tiempo á los tres santos mancebos de la
TOMO I. 45-
— ■]o6 —
voracidad de las llamas, quiso ahora preservar de los
rigores del frió á su siervo muy amado, para animar
con su ejemplo y la constancia de su fe á los demás
paladines de la cruz. Para mayor confusión de sus ti-
ranos, el venerable catequista aseguraba á los verdugos
que nunca se habia sentido más feliz que en aquel es-
tado, tan lastimoso y miserable á los ojos de los hom-
bres. Viendo, por fin, el tirano que nada se adelantaba
por este medio cruel, y que la constancia del venera-
ble confesor confirmaba aún más á los cristianos en la
fe de Jesucristo, dispuso que lo sacasen de la jaula y
lo encerrasen en la cárcel, con separación completa de
los otros confesores. Allí permaneció siempre constan-
te por espacio de tres meses, aguardando con impa-
ciencia la sentencia de muerte, que esperaba con todo
el ardor de su fe viva; mas no pudo por entonces ver
cumplidos sus deseos; pues avergonzado y confuso Sa-
fioye de no poder vencer en el estadio á aquel atleta de
Israel, le dio por fin libertad, y el venerable confesor
de Jesucristo volvió al antiguo servicio de los PP. mi-
sioneros de la Orden que todavía estaban libres, y an-
daban ejerciendo ocultamente el ministerio de las al-
mas en diferentes cristiandades del imperio.
132. Coincidió por este tiempo la conversión de un
gentil muy distinguido, llamado Niyemon, á quien
habia catequizado Jirobioye, é iniciado en los miste-
rios de nuestra religión santa. Era muy adicto á la doc-
trina de las sectas del país; mas, convencido á la postre
de su falsedad impía, deseaba ardientemente hallar la
verdad donde estuviere, para abrazarla y sostenerla con
toda la energía de su alma. Persuadido, finalmente, de
— 707 —
que sólo en la religión de Jesucristo hallaría su cora-
zón lo que tanto deseaba, se trasladó á Nangasaqui, en
donde aprendió el catecismo y recibió postreramente
el sacramento del Bautismo. Habiendo vuelto ya cris-
tiano á los estados de Omura, visitaba con frecuencia
á los venerables confesores, oia con gusto sus devotas
pláticas, y de esta suerte su fe se hacia cada dia más
robusta y remontaba su vuelo sobre los montes de Dios.
Luego se alistó en la cofradía del Rosario; predicaba á
los demás las magnificencias de María y las bellezas
inefables de nuestra religión santa. Los hechos de este
neófito, y la fama ruidosa de su nombre, llegaron por
fin á oidos del miserable tirano, el cual no pudiendo
tolerar de ningún modo la santa libertad con que anun-
ciaba las verdades de la fe, lo mandó prender á sus es-
birros, dándole al pronto por cárcel su misma casa, cus-
todiada noche y dia por una guardia numerosa. Desde
entonces comprendió perfectamente su destino, y sólo
pensó en prepararse y disponerse á morir por Jesucris-
to. Publicada su prisión, iban de todas partes los cris-
tianos á visitarle y animarle en la barrera de lid, pi-
diéndole ademas sus oraciones para el gran dia de Dios.
Mas, entre los hijos de la gracia, no debia faltar un
Satanás, que fuera á mortificar con sus blasfemias á
aquel héroe de la fe. Era un miserable bonzo, que ins-
pirado en aquel trance por el espíritu del mal, fué á
visitarlo en su morada el dia de Navidad. Allí le pon-
deró los beneficios de la libertad y de la vida; le habló
de la necedad de una muerte voluntaria; pintó con vi-
vos colores el soberano bien de la existencia; pulsó to-
dos los resortes de la carne y de la sangre, y acabó por
— 7o8 —
aconsejarle el abandono final de sus creencias. «Supues-
to que no tienes más delito, le decia, que profesar una
religión proscrita, ¿no es una lástima perder por ella
una vida tan apreciable? » Mas el confesor de Cristo,
sin entrar en contestaciones con aquel ministro del
error, le dio á entender con una mano que no temia
dar la vida por la fe, y con la otra que se fuese. Salióse
el bonzo, corrido y despechado, de la casa, é inmedia-
tamente se presentaron en la misma los ministros de
justicia, enviados por el Tono para cortarle la cabeza.
No se turbó el venerable con su vista; recibiólos cortes-
mente; regaló un vestido al ejecutor de la sentencia, y
se puso en oración para ofrecer á Dios el sacrificio de su
vida. Arrodillado en seguida bajo la cuchilla del verdu-
go, rodó su cabeza á un solo golpe, y su dichosa alma
salió triunfante de la lucha, para recibir allá en el cielo la
gloria y los honores del martirio. En vano fué que los
verdugos cebasen cruelmente sus catanas en su venera-
ble cuerpo, haciéndolo pedazos diminutos para ocul-
tarlo á los cristianos; pues éstos allegaron cuidadosa-
mente aquellos restos venerandos, con toda la sangre
que pudieron recoger en sus vestidos.
133. Cesaron por entonces las crueldades del apósta-
ta; los PP. misioneros prosiguieron trabajando en su ele-
vado ministerio, y los venerables confesores imploraban
en la cárcel las misericordias del Señor en beneficio de la
cristiandad perseguida del imperio. Entre tanto la fama
de los mártires sacrificados hasta entonces voló á los
reinos de Europa, y muchos religiosos se animaron á
traspasar el Océano para llenar el vacío que dejaban
tantos mártires en las misiones famosas del Japón. Los
— 709 —
que habitaban en la ciudad de Nangasaqui disfrutaban
de alguna más libertad en esta parte; pero no les era
permitido ejercer públicamente su sagrado ministerio.
Algunos se habian internado en el imperio, arrostran-
do con valor todos los peligros de una vida proscrita
por los tiranos; y si bien no eran infructuosos los tra-
bajos de su misión apostólica, aquella iglesia desolada
corria con velocidad hacia su ruina, por la porfiada re-
sistencia y persecución tenaz de aquellos Tonos, inspi-
rados al efecto por las potestades del abismo.
CAPÍTULO IX.
Elección de Provincial en la persona del P. Fr. Melchor del Manzano en 1617.
— Fúndase el ministerio del Parlan, bajo el cuidado de un Vicario. — Se
reedifica varias veces su iglesia. — Se publica en Manila un jubileo. — Caso
de un pecador escandaloso. — Vuelve el P. Fr. Bartolomé Martínez á Ma-
cao. — Se intenta fundar una misión en el reino de Corea. — Se admiten
varias casas en el Capítulo provincial de 1619. — Reducción de los indios
de las islas Babuyanes. — Origen del convento de Cavite. — Terremotos es-
pantosos de 1619. — Muerte de tres venerables religiosos.
I 34. Durante la tempestad que nuestros santos mi-
sioneros venian afrontando con valor en los reinos del
Japón, la provincia del Santísimo Rosario se vio pre-
cisada á celebrar un Capítulo extraordiario con motivo
del fallecimiento del V. Fr. Bernardo Navarro de San-
ta Catalina, ya conocido en esta Historia. El lugar de-
signado á este propósito por el Capítulo anterior habia
sido el convento de Manila, y sin embargo, lo celebra-
ron en el de Binalatongan, quizás para honrar, como
era justo, la memoria del difunto, que habia sido el
JIO
apóstol inmortal de aquel partido. Al efecto se junta-
ron en San Carlos los vocales que pudieron concurrir,
y el dia 1 6 de Abril de 1 6 1 7 eligieron al P. Fr. Mel-
chor del Manzano, sujeto de todas prendas y de una
virtud probada. Era hijo y profeso de la Orden en el
convento de Ocaña, y habia pasado á la provincia en
1606. En esta congregación se renovaron algunas or-
denaciones antiguas, y se hicieron otras nuevas, en ar-
monía con las nuevas necesidades de la corporación en
el país.
135. En este mismo año se reformó también el mi-
nisterio espiritual de los sangleyes, que habitaban en
las cercanías de Manila. Ya queda referido extensamen-
te cómo la Provincia se hizo cargo de la conversión y
administración espiritual de aquesta raza desde que sus
primeros fundadores llegaron a las islas Filipinas. Tam-
bién hase dicho en su lugar la traslación que se hizo
de los cristianos sangleyes, que habitaban el Parian y
barrio de Baybay, al pueblo y feligresía de Binondo.
Esta medida se habia mirado en aquel tiempo como
muy ventajosa á los intereses de la religión y de la fe,
para alejar el peligro que corrian los recien cristianiza-
dos, á vista del mal ejemplo y supersticiones idolátri-
cas que los demás chinos practicaban en el interior de
sus hogares. Empero, si esto era un bien en un sentido
concreto, en cambio se retardaba la conversión de los
infieles, y venía á ser inútil la creación de aquel pri-
mitivo ministerio originariamente instituido para redu-
cirlos á la fe. Y era preciso que así fuera; pues si bien
los vicarios de Binondo aprendian perfectamente el idio-
ma de los chinos, los infieles del Parian no se cuidaban
— yii —
de ir á su iglesia para oir sus instrucciones, ni aquéllos
podian dedicarse exclusivamente á su enseñanza, por-
que harto tenian en que entender con el cuidado de
sus propios feligreses. Esta gran dificultad sólo podia
zanjarse creando otra casa-ministerio en el Parian, cuyo
vicario no tuviese otro deber que el de procurar la con-
versión de los infieles que habitaban en su pueblo. Per-
suadida la Provincia de las ventajas que este nuevo mi-
nisterio debia necesariamente producir en beneficio de
la fe, levantó á su costa una iglesia y convento vicarial,
bajo la advocación y patrocinio de los santos reyes. Es-
tos edificios se principiaron en 1617, y el ministerio
se aceptó en el Capítulo provincial celebrado en 1 6 1 9,
como vicaría de la Orden, con voto futuro en los Ca-
pítulos que después se celebrasen.
La iglesia primitiva de este ministerio fué de corta
duración; pues habiéndose edificado de madera en un
sitio pantanoso, no tenía condiciones para resistir por
mucho tiempo á la acción siempre constante del calor
y la humedad. El P. Fr. Bartolomé Martínez, que á
la sazón era su vicario, emprendió una nueva fábrica
más consistente y capaz que la primera, sin contar para
el efecto con más recursos pecuniarios que los que po-
dría depararle la divina Providencia. Para dar principio
á la nueva obra fué necesario destruir la primitiva, y
en esta operación ocurrió una circunstancia singular,
que pudiera haber debilitado en gran manera el crédi-
to invulnerable de nuestra religión santa en el concep-
to de una gente que suele atribuir todas las adversida-
des de la vida á los genios y divinidades de su antiguo
paganismo. Habíase principiado á destechar el antiguo
712
edificio, sin haber tomado antes las convenientes pre-
cauciones, cuando hé aquí que de improviso se des-
ploma la techumbre y quedan sepultados en sus ruinas
algunos diez operarios, que fueron oprimidos bajo el
peso material del edificio. Al ruido acudió la gente para
socorrer á los peones, que ya se suponían muertos, ó por
lo menos contusos y en gran manera maltratados; pero
todos quedaron sorprendidos cuando los vieron salir de
entre las ruinas sin lesión alguna corporal que les pu-
diese inutilizar para el trabajo. Admirados los gentiles
de este hecho providencial, se inclinaban á creer en la
omnipotencia é inefable bondad de nuestro Dios, que
así velaba por sus hijos y por la gloria de su templo.
Este singular fenómeno, que no era fácil explicar por
el curso ordinario de la naturaleza y de sus leyes, mo-
vió á muchísimos paganos á pedir de corazón el santo
sacramento del Bautismo.
I 36. La nueva iglesia de los chinos se hizo también
de madera; pero con tanta gracia, solidez y maestría,
que llamaba la atención de todos los inteligentes en el
arte. Todas sus piezas estaban trabadas con muezcas y
espigas de una manera admirable, y debian levantarse
á la vez, para dejar constituido el edificio. Cuando ya
sólo faltaba esta última operación , enfermó gravemen-
te el propio artífice, y nadie se creia capaz de ejecu-
tarla sin su presencia y dirección. Más el orden con que
estaban numeradas las tres mil piezas hermosas de que
se componia el edificio, y las explicaciones que él daba
desde el lecho del dolor, facilitaron al fin su colocación
esbelta y elegante, y quedó, con su auxilio, terminada
aquella iglesia, que semejaba de algún modo, por su
— 713 —
construcción y por su forma, el antiguo tabernáculo de
Dios en medio de los pabellones de Israel. El Señor se
dignó recompensar con un premio inestimable aque-
lla hermosa concepción y su trabajo, recibiéndolo en
su reino después del santo sacramento del Bautismo,
que pidió de todas veras en las horas postrimeras de su
vida. Su cuerpo fué sepultado dentro de aquel mismo
templo, que él habia edificado por su dicha.
Este precioso monumento, que nacionales y extran-
jeros admiraban altamente, por el primor y buen gusto
con que estaba ejecutado, fué poco tiempo después pre-
servado maravillosamente de un incendio. El fuego se
habia presentado desde un principio voraz y amenaza-
dor por todas partes. Todos los edificios inmediatos,
como construidos de madera y elementos combustibles,
fueron pábulo bien pronto de las llamas, y nuestra igle-
sia, enclavada en medio de aquel grande arrabal, devo-
rado ya por el incendio, debiera de haber sufrido la
misma suerte en su caso, á juzgar tan solamente por el
orden de las causas naturales y de las leyes que las ri-
gen. Los mismos infieles se burlaban de nuestro Dios
y Seríor, y retaban su poder en estos términos: «Va-
mos á ver si el Dios de los cristianos preserva ahora su
casa del incendio.)) Mas el cielo se burló de aquellos
mofadores del santuario: la casa de Dios quedó preser-
vada enteramente del fuego devorador en medio de las
cenizas de aquel pueblo. Este prodigio acreció la devo-
ción de los cristianos hacia aquel templo admirable,
que se miraba protegido por una especial providencia
del Seíior. Los mismos infieles del Parian no podian
dejar de respetarlo, y se sentían atraídos por un impul-
— 7H —
so interior á renunciar en sus aras su impotente paga-
nismo. Mas la hermosa perspectiva de aquel templo en-
cantador tampoco debía de ser muy duradera, por las
mismas causas que abreviaron la efímera existencia del
primero. La pobreza y escasez de los recursos obliga-
ba muchas veces á este género de construcción más
económica, que, por muy acabada que ella fuese, al fin
sólo podia ser provisional. Entonces idearon una cons-
trucción más sólida y duradera, y se hubiera llevado á
efecto finalmente si la seguridad de la plaza permitiera
obras de mampostería en el radio seíialado para la de-
fensa de sus muros. Logróse postreramente edificarla
de pilares, y con algunas precauciones que dictaba la
experiencia, resultó un templo capaz y de bastante con-
sistencia. Adornáronlo después con muchos cuadros y
con pinturas preciosas, que representando los miste-
rios de nuestra santa religión , avivaban la fe y la devo-
ción de los cristianos. Los frutos abundantísimos de
este nuevo ministerio eran ya de todos conocidos. Mu-
chos infieles que miraban con la mayor indiferencia
nuestra santa religión y sus creencias, se fueron acris-
tianando por el celo y la instrucción de sus vicarios, y
los enfermos que no cabian en el hospital de San Ga-
briel, recibían casi todos en la hora de la muerte el san-
to sacramento del Bautismo; cuando antes no era posi-
ble el sorprender en todo caso aquellos últimos momen-
tos de la gracia, para salvar tantas almas en las postri-
merías formidables de la vida. La estadística religiosa
de aquel tiempo viene á confirmar el resultado satis-
factorio que daba aquel ministerio. Desde el año 1618
hasta el de 1633 se sumaban cuatro mil seiscientos
— 7^5 —
cincuenta y dos bautismos; los dos mil cincuenta y cin-
co administrados en estado perfecto de salud, y los res-
tantes en el artículo inminente de la muerte.
Más tarde pudo edificarse la iglesia de este ministe-
rio de piedra sillar perfectamente labrada, y era tenida
comunmente por la más bella de cuantas se habian fa-
bricado hasta entonces en las islas. Estaba adornada con
lámparas, frontales, gradillas y sagrario preciosísimos,
con hermosos candelabros y riquísimos adornos. Allí se
celebraban con religiosa pompa y gravedad los sacro-
santos misterios de nuestra religión consoladora. Pero
este precioso templo, con el pueblo en donde estaba edi-
ficado, fué destruido, de orden del superior Gobierno,
á fines del siglo último, por razones elevadas de públi-
ca seguridad y de política. La parroquia fué trasladada,
á solicitud del seíior Gobernador, á la capilla del anti-
guo hospital de San Gabriel, de la propiedad de esta
Provincia, la cual no tuvo inconveniente en cederla á
este propósito, mientras los chinos cristianos edificasen
otra iglesia, que hasta hoy no han pensado en cons-
truir. Desde entonces todos los chinos cristianos de las
islas se consideraron agregados á esta iglesia, cuyo re-
sultado debia ser la nulidad del ministerio; pues su pár-
roco no podia velar sobre las ovejas que le estaban con-
fiadas (i).
I 37. Era también por este tiempo cuando llegó á
Manila el gobernador D. Alonso Fajardo de Tensa, y
(1) Posteriormente los chinos fueron agregados á las parroquias respecti-
vas donde se hallan radicados, y las del arrabal de Binondo están á cargo de
un ministro, que los administra espirirualmente, y debe saber su idioma para
desempeñar este destino.
- 7i6-
con él un breve de la santidad de Paulo V, que conce-
día un jubileo especial de quince dias. Esta gracia ex-
traordinaria con que la Silla Apostólica facilitaba los te-
soros de la Iglesia á todos los fieles de la tierra, abria
al mismo tiempo á la caridad y al celo de los sacerdo-
tes de Manila un nuevo y fecundo campo para traba-
jar en él, y recoger á manos llenas frutos abundantes de
salud. Su publicación se habia acordado para Noviem-
bre de 1618, y entonces precisamente apareció en la
bahía de esta capital una escuadra holandesa, compues-
ta de seis navios, para hostilizar estas riberas. Muchos
opinaban que, pidiendo el jubileo mucho recogimien-
to religioso para conseguir eficazmente los elevados fi-
nes de esta gracia, no parecían aquellas circunstancias
oportunas; pues nadie podia ocuparse entonces de otra
cosa que de los preparativos de defensa contra un ene-
migo poderoso. Otros, animados quizá de sentimientos
más piadosos, discurrían de otra manera, y sostenían
firmemente que la misma necesidad en que se halla-
ban de ocurrir á Dios para que los protegiese en aquel
trance, les ponía en el caso de aprovecharse mejor del
jubileo, con oraciones, confesiones y ejercicios espiri-
tuales, fundándose para esto en que la protección y la
misericordia del Altísimo es la defensa más segura de
las ciudades y los pueblos. Esta piadosa opinión pre-
valeció generalmente; y en su consecuencia, el jubileo
quedó publicado para el día 1 1 de Noviembre de aquel
año.
Los beneficios de este jubileo no se limitaron á los
alrededores de Manila; pues las misiones vivas se ex-
tendieron á otros pueblos, predicando los padres sus ser-
— 717 —
mones en idioma del país. Quizás no se habia visto en
todo el orbe un jubileo más universalmente concurri-
do. Manila era en aquel tiempo el emporio del Orien-
te. Se agitaban en su pequeño recinto, ademas de los
espaiíoles y naturales del país, muchos chinos y japo-
nes, negros del Congo y de Angola; malabares, coro-
mandeles, bengalas, ternates, bornees, tidores, minda-
naos, joloes, malayos, parias, tártaros y macedonios;
turcos, armenios y griegos; numerosos europeos de di-
ferentes reinos y naciones; canarienses, en fin, y ame-
ricanos, y toda raza de gentes y de pueblos. Dij érase
que Manila era verdaderamente un mundo abreviado
en aquel tiempo.
138. Muchos se aprovecharon ciertamente de aque-
lla gracia fecunda, que debia traer sobre estos pueblos
las misericordias del Señor; pero tampoco faltaron hom-
bres inmorales y perversos que miraron con la mayor
indiferencia estos dias aceptables de penitencia y de sa-
lud. Las historias nos refieren un hecho raro y sorpren-
dente que sucedió por entonces, capaz de hacer estre-
mecer profundamente á todo pecador que abusa de las
bondades y de las misericordias del Altísimo. Habia en
Manila, á la sazón, un mercader sevillano de mucha
celebridad y nombradía. Era rico y poderoso , y tan fe-
liz á los ojos de los hombres como miserable á los de
Dios, que es el verdadero apreciador del corazón y de
las acciones de los hombres. En medio de sus placeres
y riquezas, vivia olvidado enteramente de su Dios y de
sí mismo, sin querer romper los lazos de la iniquidad
y del pecado. En aquel estado lamentable de corrup-
ción y de impiedad, se vio de improviso á los umbra-
— 7i8 —
les de la eternidad de Dios, sorprendido por su Ira en
las delicias del pecado. Los que le asistian de cerca en
el lecho del dolor llamaron á un padre de la Compa-
pañía para que lo confesase en tal extremo, á fin de que
el público y la gente creyese que por lo menos moria
como cristiano el que habia vivido como impío. Cuan-
do llegó el confesor, sus disposiciones parecían á los cir-
cunstantes las mejores; pues al verlo empezó á llorar
amargamente. Mas luego significó que sus lágrimas no
eran efecto de una verdadera contrición, sino produ-
cidas por el horror que le causaba la memoria del in-
fierno, que ya tenía como cierto por la muchedumbre
de sus culpas. ^Yo me hallo tal y tan apretado, decia
al confesor, que me ahogaran con un hilo de estambre.
La vida se me va acabando, y muero con el mayor des-
consuelo, porque no me queda esperanza alguna de sal-
varme. Mis pecados son tales, que me han colocado en
el extremo á que hombre alguno pueda llegar. Vues-
tra reverencia óigame con gran cuidado lo que dijere,
sin interrumpirme; pues quiero desahogar mi corazón,
y después me dirá lo que tuviere por conveniente. Ni
repare en que mis pecados se publiquen, pues han de
ser notorios finalmente en el tribunal de Dios, y me
parece que este Juez inexorable ya me está juzgando
con todo el rigor de su justicia.»
Luego que acabó este preámbulo terrible, empezó á
confesar en voz alta sus pecados, cuya relación aterra-
dora hizo estremecer al mismo sacerdote, mayormen-
te cuando advirtió que á cada maldad interpolaba al-
guna merced que de Dios habia recibido. «Yo (dijo en-
tre otras cosas) me embarqué años pasados en uno de
— 719 —
nuestros galeones, llevando en mi compañía la causa de
mi perdición. Levantóse en alta mar una tempestad tan
recia, que dándonos todos por perdidos, pediamos á Dios
misericordia. En este conflicto se estrelló la nao en una
de las costas de Japón; yo, que era el más digno de que
Dios me quitase la vida en el naufragio, debí á su pie-
dad una tabla, con que me pude mantener, viendo con
mis ojos perecer á muchos de mis compañeros de via-
je. Todo era confusión y llanto, y lástimas y clamores.
Entonces vi batallar entre las olas á la infeliz ocasión
de mi ruina, y que, para mayor tormento mió y peli-
gro de mi alma, se asió de la misma tabla que yo te-
nía. Pero ¡qué mudados estaban nuestros corazones á
la vista del peligro! Detestábamos las culpas cometi-
das; haciamos propósitos de la enmienda; clamábamos
á Dios sinceramente, y le ofrecíamos emplear nuestras
vidas en su servicio, con mil votos y promesas; y al fin
se dignó Su Majestad que cesase la furia de los vientos
y se aplacasen las olas, y saliéramos á tierra salvos ya
de aquel peligro. Besábamos la playa cuando hubimos
pisado sus arenas, y no acabábamos de dar gracias á
Dios, porque habiendo visto tantas muertes y desdichas
de nuestros conocidos y compañeros de mar, nos vi-
mos en tierra libres de la furia de las olas. Mas ¡oh fla-
queza del corazón humano! luego que se pasó el susto,
olvidados ya de él, como si nada dijera aquel aviso del
cielo á nuestra vida pecadora, volvimos á la comuni-
cación antigua, y en ella hemos continuado hasta aho-
ra, o De estos antecedentes criminales, el infeliz sacaba
por consecuencia que, después de tantas recaídas, su
mal era ya incurable, y en su vista llenaba el aire da
— -jio —
suspiros, derramaba de sus ojos lágrimas de compun-
ción, y le parecía que ya estaba á las puertas del infier-
no, al repasar en su mente la historia horrorosa de sus
vicios.
Duró la relación más de dos horas; y sin embargo
de que el confesor estaba ya estremecido de tanta abo-
minación y tanto escándalo, procuró animar al enfer-
mo como pudo; le habló como convenia de la infinita
misericordia del Señor, y le mostró que aun podia ob-
tener el perdón de sus pecados, si aprovechaba al efec-
to los momentos fugaces de existencia que el Señor le
concediese. Al decir esto el Sacerdote, exclamó el mi-
serable con presteza: «¡Cómo! ¿aun hay perdón para
mí? — Sí, señor, replicó el confesor serenamente; pero
ante todas cosas, añadió, es necesario que V. arroje de
su casa y compañía á la que ha tenido tanta parte en
sus pecados. — ¡Que salga, pues, dijo el enfermo, y oja-
lá nunca la hubiera conocido!» Echaron en efecto de
la casa á la manceba, y él se confesó inmediatamente,
al parecer muy compungido. En todo lo halló el con-
fesor muy bien dispuesto : prometió el doliente obede-
cer á cuanto le ordenase por su bien, y fué absuelto,
finalmente, de sus culpas, con señales inequívocas de
una verdadera penitencia.
Con esta saludable medicina quedó su alma tan ali-
viada de la pesadumbre de sus crímenes, que comuni-
cando al cuerpo el interior consuelo de su espíritu, em-
pezó á mejorar visiblemente de aquella peligrosa en-
fermedad. Con tal motivo los amigos le daban la en-
horabuena, y él correspondía á la buena voluntad que
le manifestaban, prorumpiendo en mil elogios y ala-
— "Jll —
banzas de su confesor y padre, á quien, después de su
Dios, se reconocia deudor de su alivio y mejoría. Cuan-
do, al parecer, ya estaba fuera de todo peligro^ las visi-
tas eran más frecuentes, y entre sus falsos amigos no
faltó quien reprobase como ligereza del confesor el
haberle ordenado la separación de su manceba. Con
este fatal recuerdo su corazón empezó de nuevo á en-
ternecerse, se fué olvidando de los sentimientos que la
gracia le habia inspirado anteriormente, y renaciendo
más viva la pasión, exclamó de esta manera: «¡Oh!
¡cuántos trabajos habrá pasado la infeliz! Traigan otra
vez á mi morada á esa joven sin ventura.» Se la traje-
ron, en efecto; mas al acercarse la malvada principió
á quejarse amorosamente de su inicuo proceder, y con-
cluyó por hacerle mil caricias, que él no supo recha-
zar como debiera. Entonces se desbordó la cólera del
Altísimo sobre aquel pecador incorregible, y sobrevi-
niendo un accidente aun más terrible y fulminante que
el primero, ni siquiera le dio lugar á confesarse. Lla-
maron, en efecto, al cura párroco; mas su presencia fué
inútil, pues sólo pudo llegar á tiempo para verlo ya
cadáver al lado de su manceba desvergonzada y pro-
caz. Este horroroso suceso, que no tardó en publicarse,
motivó muchas conversiones en Manila y extramuros;
y se comprende muy bien que habiendo sido tan no-
torio el castigo como lo fuera el escándalo, muchos
abandonaran para siempre los caminos culpables de su
vida.
139. Libre ya esta capital de aquella escuadra ho-
landesa, que habia tomado otro rumbo, se trató de im-
pedir de todos modos que cayesen en sus manos las ri-
TOMO I. 46.
— 7!iü —
cas y valiosas mercancías que de las plazas de China se
exportaban á estas islas. A este fin dispuso inmediata-
mente el Gobernador de Filipinas que el P. Fr. Barto-
lomé Martinez se presentase en los puertos de Cantón
y de Chincheu para prevenir á los mandarines respec-
tivos que no permitiesen por entonces la salida de nin-
gún buque mercante para el puerto de Manila, por-
que la escuadra holandesa tenía bloqueadas de algún
modo estas islas españolas. La provincia del Santísimo
Rosario accedió gustosa á los deseos del Gobierno; pues,
ademas de la utilidad que los intereses públicos pudie-
ran reportar de este mensaje, era de esperar que aquel
excelente religioso procurarla allanar todas las vias para
que nuestros misioneros pudiesen establecerse en algu-
na parte del imperio, con el fin de propagar en la gran
China la verdadera fe de Jesucristo, que era el objeto
constante de sus piadosas ambiciones.
A principios de Enero de 1 6 19 se hizo el bajel a
la vela con rumbo al puerto de Macao, para dirigirse
desde allí á los puntos designados por el superior go-
bierno de Manila. Mas á los pocos dias de navegación,
y á la altura de Zambales, sobrevino un furioso tempo-
ral, que rompió el palo mayor de la fragata, y luego
arrojó su casco sobre unos arrecifes espantosos, en don-
de perdió el timón y una gran parte de la popa. La
tripulación procuró salvarse en el esquife, y el P. Mar-
tinez se quedó espontáneamente en la destrozada nave,
con el santo fin de confesar y disponer para la muerte
á los que no pudieron salir con los primeros. Quiso
Dios que toda la gente se salvase; pero la fragata que-
dó abandonada enteramente al arbitrio de las olas, que
— m —
se estrellaban con furor sobre su quilla. De allí pasaron,
por fin, á Pangasinan, de cuya provincia no distaban,
y el P. Martinez dio cuenta á Manila del siniestro que
acababa de ocurrir, aguardando en Lingayen la deter-
minación que el Gobierno hubiese de tomar en aquel
caso. Entre tanto concibió la noble idea de reducir á
la fe á los numerosos chinos que se hallaban en aque-
lla población ocupados solamente en sus intereses tem-
porales, y olvidados por completo de sus destinos eter-
nos. A su breve y fervorosa misión de pocos dias de-
bióse la conversión de unos veinte mercaderes, á quie-
nes administró el santo sacramento del Bautismo. Des-
de Lingayen se trasladó, previo aviso, á Cagayan, en
donde recibió á muy poco tiempo una orden del Go-
bierno para proseguir el viaje comenzado, en otro
buque que se le mandó para el efecto. Apenas perdió
de vista las costas de Cagayan, cuando le asaltó de
nuevo un temporal horroroso, que le obligó á refu-
giarse por dos veces á los puertos de Formosa; y con
este motivo reconoció toda la isla, auxiliado en esta
empresa por un muy hábil piloto, que dirigia la derro-
ta, llamado Gaspar de Nuñez. Era que tomaba pose-
sión de la Formosa en el nombre augusto de la patria,
por elevadas razones de justicia, que se dirán más ade-
lante.
Por fin continuó su ruta hasta Macao, en donde fué
recibido por las autoridades portuguesas con la mayor
indiferencia. Mejor dicho todavía : lo recibieron con
desconfianza y con recelo, y en vez de ayudarlo eficaz-
mente en la interesante comisión que el gobierno de
Manila le habia confiado en tal extremo, le opusieron
— 7^4 —
desde luego dificultades y obstáculos, que no pudo su-
perar de ningún modo. En tal concepto opinó que,
para evitar desavenencias y disgustos, debia regresar á
las islas Filipinas, sin haber podido secundarlas eleva-
das miras del Gobierno ni las grandes esperanzas de
esta Provincia religiosa.
140. Entonces se ensayaron otras vias para llevarla
luz del Evangelio al imperio de la China. La gran Co-
rea, bañada por los mares de Japón, aun no habia sido
visitada por ningún predicador de Jesucristo. Su situa-
ción ventajosa ofrecia las más lisonjeras esperanzas á
aquellos apostólicos varones, cuyas principales miras
eran extender el reino de Dios por todas partes. De«de
allí pudieran fácilmente internarse en la Tartaria y en
las provincias septentrionales del imperio, y tener un
refugio en todo caso para sus hermanos perseguidos en
los reinos del Japón. Empero, genios ocultos, que la
historia no revela, frustraron también por esta vez su
magnífico proyecto. La ocasión que se ofreció no po-
día ser más favorable y oportuna. Vivia por entonces
en Manila un cristiano coreano, hijo de un gran
privado del monarca que regía los destinos del pais.
Este joven sin ventura habia tenido la desgracia de
caer, con otros nobles, en manos del famoso Taycosama
en la desoladora guerra que declaró á la Corea, y en
el desvalido estado de esclavitud en que gemia tuvo la
dicha inefable de ser iluminado finalmente por el espí-
ritu de Dios y de recibir el santo sacramento del Bau-
tismo. Habiendo logrado fugarse del Japón, y muy
verosímilmente en algún buque de Manila, aquí tuvo
intimidad con nuestros religiosos de aquel tiempo, con
— 7^5 —
quienes mantuvo siempre relaciones amistosas. Su pa-
dre, que llegó á obtener la dignidad de secretario ó
primer ministro del soberano de su reino, lloraba su
ausencia sin cesar, y mandaba á todas partes numero-
sos emisarios para averiguar su suerte y su destino. Al
fin sintió volver á su seno la dicha paternal, que habia
perdido, al saber que su hijo amado vivia en la ciudad
de Manila, libre de toda servidumbre y bastante aco-
modado. Cuando estuvo bien seguro de su descubri-
miento venturoso despachó en su demanda á un deudo
de la familia, para que pudiera restituirse con toda se-
guridad á los hogares paternos, donde nadie podia ser
feliz con su triste apartamiento. Al recibir el neófito
este mensaje amoroso, lo consultó desde luego con
nuestros religiosos de Manila, y les rogó que le dijesen
francamente lo que debia hacer en aquel caso. Ante
todo les previno que, si bien deseaba complacer á su
buen padre y regresar á su país, como parecía natural,
sin embargo, que prefería la religión á todas las con-
sideraciones de otro género, y que tuviesen presente el
riesgo á que se exponia regresando á una nación ente-
ramente pagana, donde el verdadero Dios carecía ab-
solutamente de templo y de sacerdotes. Concluía, final-
mente, por añadir, que, á su juicio, deberían acompa-
ñarle en todo caso algunos religiosos de la Orden, con
la esperanza de hallar á la sombra de su padre una ver-
dadera tolerancia para la verdadera religión de Jesu-
cristo, y de poder anunciar el reino de Dios Qitre los
suyos.
Las observaciones del fervoroso coreano parecieron
— 7^6 —
muy sensatas á los PP. Dominicos, quienes trataron el
asunto con la circunspección y la cordura que su gra-
vedad pedia; y después de haber pesado las razones que
por una y otra parte militaban, resolvieron, finalmen-
te, enviar á tres religiosos en compañía del neófito,
que debian dar principio á una misión dominicana en la
Corea, aprovechando al efiscto circunstancias tan pro-
picias. El punto más conocido y más inmediato á di-
cho reino era la ciudad de Nangasaqui, y el dia 13 de
Junio de 161 9 zarparon de esta bahía con dirección á
aquel puerto. Esta primera etapa de su viaje se habia
hecho felizmente y sin contradicción de ningún géne-
ro; mas no tardaron en experimentar dificultades que
no habian podido prever. Dispuestos á llevar á cabo
aquella empresa, fletaron un bajel para el efecto, y cuan-
do debian hacerse á la vela en dirección á su destino,
uno de los gobernadores de la ciudad, movido por una
mano oculta (dicen las antiguas crónicas), opuso su
autoridad á su salida. No por esto se desanimaron nues-
tros celosos misioneros; pues no les faltaron fiadores
que respondiesen en todo caso de la inocencia de sus
miras. Pero los opositores habian decidido impedir á
todo trance la proyectada misión de los PP. Domini-
cos, y al fin lograron su intento, procurando que uno
de los fiadores se retirase de su empeño, y manifestase
algún recelo con reticencias ofensivas. Con esto ya no
hallaron nuestros religiosos ningún buque que pudiese
conducirlos, y el neófito se vio en la necesidad de par-
tir solo; pero en la firme resolución de que en llegan-
do á la Corea, les enviarla embarcación de su confianza,
— 1^1 —
que les conduciría sin tropiezo al término deseado de
su viaje. Pero desgraciadamente los asuntos del Japón
fueron siempre empeorando, y en la agitación cons-
tante en que se hallaban los ministros del santuario por
la persecución sangrienta que venian sufriendo en el
imperio, nuestros religiosos no tuvieron más noticia
de aquel fervoroso cristiano, que tal vez les buscaba
con afán, sin hallar ocasión para conducirlos á su reino.
El P. Fr. Juan de Santo Domingo, uno de los desti-
nados para la misión de la Corea, se quedó en Nan-
gasaqui, y sufrió después la muerte por la fe. Los otros
dos regresaron á Manila, finalmente, quedando así
desvanecidas las hermosas esperanzas que de esta mi-
sión frustrada se habia prometido la Provincia.
141. El celo y la solicitud con que nuestros santos
misioneros procuraban extender el reino de Jesucristo
en países extranjeros, en nada perjudicaba á las misio-
nes de las islas Filipinas. El Capítulo Provincial que
se celebró en Nueva Segovia el dia 20 de Abril de 1 6 1 9
habia acordado la admisión de muchos ministerios y
doctrinas que se fueron creando nuevamente, y que
prueban en la historia el desarrollo de nuestra admi-
nistración espiritual en el país. Dan testimonio de esto
las residencias vicariales de Malaoeg, Telvan, Parlan,
Búhi, Sumpao, Massi, Malabbu, Gacu, Bafulayan,
Bacurauan y otras, con el convento de San Telmo de
Cavite. Los habitantes de algunos de estos pueblos es-
taban ya cristianizados, según es visto en esta Historia;
pero sus casas aun no hablan sido erigidas formalmen-
te en vicaría, por la escasez de operarios que habia
padecido hasta entonces la Provincia. Mas esta razón
— 7^8 —
ya no existia, por haber llegado en el año anterior una
misión de veinte y cuatro religiosos (i).
142. La conversión de los indios que habitaban las
islas Babuyanes, á donde pertenecía el pueblo citado de
Gacu, habia sido proyectada mucho antes, pero nunca
realizada hasta aquel tiempo, ora por falta de arbitrios
para establecerse en aquel punto, ora, y muy especial-
mente, por la escasez de misioneros. Estas islas misera-
bles están situadas al Norte de Luzon, y casi á la vista
de sus costas. Las primeras distan unas ocho leguas
solamente de la barra del gran rio conocido en esta
Historia con el nombre de Ibanag. Después se encuen-
tra otro grupo más distante, que son las islas Batanes,
y que ya no dista demasiado de Formosa. Los infelices
babuyanes solian ir en el buen tiempo á Cagayan, en
donde cambiaban algunos comestibles y productos por
otros muy necesarios, de que solian ellos carecer. Los
religiosos de la Orden que residían en la costa de Ca-
gayan los observaban con estudio, y al verlos tan hu-
mildes y sumisos, sentían en el alma la imposibilidad
de poder establecer una misión en su país; medio in-
dispensable para llevar á sus playas la revelación del
cristianismo. Sus deseos se cumplieron, finalmente,
hacia este tiempo, enviando la Provincia á dichas islas
á los PP. Fr. Jerónimo Morer y Fr. Andrés Sánchez,
los cuales dieron principio á la fundación de un minis-
terio bajo la advocación de Santa Úrsula, que se con-
servó por muchos años, hasta que sus habitantes fue-
ron trasladados por fin á tierra firme, y se establecie-
(i) Diez y nueve, según otros.
— 729 —
ron, finalmente, en Cagayan. Por entonces quedaron
aquellas islas casi desiertas; mas después se han ido re-
poblando de toda suerte de prófugos y de gente fora-
gida, procedente en su gran parte de las islas de Luzon
y de Visayas. Obedeciendo á nuestro plan de ir siguien-
do paso á paso el desenvolvimiento de la vida y orga-
nización religiosa de esta Provincia de la Orden, cum-
ple á nuestro pensamiento el decir alguna cosa sobre
el origen histórico del convento de Cavite, y la razón
especial de su existencia.
143. El convento de San Telmo de Cavite ha sido
siempre de un carácter puramente regular, sin tener
cura de almas ni administración espiritual obligatoria.
En tanto duró el comercio de Manila con Nueva Es-
paña, fué siempre de mucha importancia esta casa re-
ligiosa, por los grandes elementos de animación y de
vida que se agitaban entonces en su seno. En Cavite
se fabricaban y carenaban los galeones, pataches y ga-
leras que cruzaban estos mares; se cargaban las ricas
mercancías que se remitian á Acapulco, y desembar-
caban allí los pasajeros que pasaban á las islas con to-
dos los efectos y capitales que traian. Era mirado en-
tonces este puerto como la segunda capital de Filipi-
nas, en donde podian ocuparse santamente muchos
religiosos y ministros en el confesonario y en el pulpi-
to, siquiera no tuviesen á su cargo la administración
espiritual , como ya es visto. La cofradía del Santísimo
Rosario, que se fundó y radica todavía en la iglesia de
San Telmo, se propagó maravillosamente entre los ha-
bitantes de aquel puerto, y se ha conservado siempre
con fervor, celebrándose al efecto su fiesta aniversaria
— 730 —
con toda la solemnidad que permiten sus recursos.
También es notable el culto y la devoción especialísi-
ma con que se honra á San Vicente en aquel templo.
Dado el concurso extraordinario de navegantes y de
buques procedentes de todas las partes de la tierra, y
dado también, como es sabido, que San Pedro Telmo
es el patrón de todos los marineros, dicho se está que
su iglesia es una especie de santuario para todo mari-
nero que ha invocado á su patrón en medio de las
tormentas. Esta casa vicarial tiene voto en los Capí-
tulos.
144. Por este tiempo hubo de sentirse un terremo-
to, cuya trepidación extraordinaria se notó en toda la
zona que se extiende desde Cagayan hasta Manila.
Ninguno de los historiadores antiguos de las islas hace
mención de este fenómeno, á excepción del limo, se-
ñor D. Fr. Diego Aduarte. Empero, los detalles es-
pantosos de su terrible relación, y la circunstancia muy
notable de ser autor contemporáneo el narrador, dejan
fuera de duda la verdad de tan aciago suceso. Dice así
el ilustre autor : « A últimos de Noviembre de 1 6 1 9,
dia de San Andrés, hubo en estas islas, desde Manila
hasta lo último de la provincia de Nueva Segovia, que
son como 200 leguas, ó algo menos, un terrible temblor
de tierra, que nunca se habia visto semejante; hizo mu-
cha impresión y daño en toda esta tierra. En la provin-
cia de llocos enterró palmares por doquier, dejando solo
los cogollos defuera; dándose los unos montes contra
otros con la gran furia del temblor, derribando muchos
edificios y matando gentes; pero su mayor furia fué en
la Nueva Segovia, donde abrió los montes y descubrió
— 731 —
nuevas bocas de agua. Escupía la tierra grandes golpes
de arena, y temblaba de suerte, que no pudiéndose la
gente tener en pié, se sentaban los hombres en el sue-
lo, y se mareaban en tierra como si estuviesen en la mar
atormentada. En los altos de los indios llamados Man-
dayas se cayó un monte, cogiendo un pueblo debajo,
lo arruinó y mató la gente que en él halló. Una gran
parte de la tierra junto al rio se hundió, y siendo en-
tonces montecillos, y lo más de ella alta, está ahora
casi igual con la margen del agua. En la madre del
rio era tan grande el movimiento , que levantaba cres-
pas ondas como si fuera en el mar, ó como si sus aguas
estuviesen azotadas por un furioso viento. Los edificios
de piedra sintieron mayor daño: la iglesia y convento
de la ciudad de Nueva Segovia se vino todo abajo, fal-
tando por partes los mismos cimientos por haberse
hundido la tierra. Y no fué poco consuelo el poder
hallar el Santísimo Sacramento en tan lastimosa ruina,
sin que se quebrase ni padeciese detrimento alguno
ninguna de las formas consagradas. Habia nueve reli-
giosos entonces en el convento de Nueva Segovia, de
los cuales tres se hallaban fuera de casa, y los demás
escaparon, no sin particular providencia divina. El pa-
dre Fr. Ambrosio de la Madre de Dios, que era el
vicario, se quedó en el hueco de una ventana, habién-
dose caido todo lo que al rededor estaba. Personas hubo
que atestiguaban haber visto por encima de la€ paredes
de la casa venir una matrona con el traje y manto que
suele tener Nuestra Señora; y no fuera nuevo el venir
tan soberana Princesa á favorecer á sus hijos en un apu-
ro tan grande; pero, con la mucha turbación y descuido
— 73^ —
que ordinariamente se tiene de la religión en estos ca-
sos, se dejó de averiguar esta verdad.» (Lib. ii, capí-
tulo XV.) No debe confundirse este terremoto con el
que sucedió en el mismo dia el año de 1644, porque
en éste el Sr. Aduarte ya no existia, habiendo fallecido,
como es cierto, por los años de 1637.
145. Poco antes de haber acontecido el terremoto
referido, perdió la Provincia en el mismo Cagayan un
religioso venerable , cuya falta fué de todos muy senti-
da. Era el P. Fr. Juan Leiva, natural de Greñon, en
la Rioja, é hijo del convento de Ntra. Sra. de Atocha.
Desde sus primeros años perdió á su madre querida,
pero halló, por su ventura, en la que lo es de todos, el
consuelo y la protección de su débil existencia. Era,
en efecto, muy devoto de la Virgen y su hijo predi-
lecto. Recomendado, en su orfandad, 4 una persona
muy honrada, que lo llevó consigo á Valencia del Cid,
vióse otra vez desamparado de los hombres por falle-
cimiento de su querido protector. Entonces, que ya
tendria unos doce años de edad, se trasladó el pobre
niño á la villa de Madrid, y en el viaje que hizo á pié
experimentó sensiblemente el amparo de María. En la
iglesia de Atocha le rindió humildemente sus obse-
quios; le mostró su tierno agradecimiento con toda la
efusión de su alma pura, y la Virgen le proveyó de un
nuevo y generoso protector, que le dio una educación
cristiana, y le facilitó los medios para instruirse en los
primeros rudimentos de las ciencias. Después tomó el
santo hábito en el mismo convento de Ntra. Sra. de
Atocha, á cuya sagrada imagen profesó toda su vida
la más tierna devoción. Deseoso después de empicarse
— 733 —
en la conversión de los infieles, resolvió para el efecto
pasar á Filipinas, como lo verificó en realidad por los
años de 1608. Destinado por la obediencia al ministe-
rio de Binondo, empezó a dedicarse con ahinco al es-
tudio del idioma de los^chinos. Mas por el movimiento
del personal religioso, tan fi-ecuente en la Provincia, su
presencia se hizo luego más necesaria en Cagayan, en
donde habia mucha mies y muy pocos operarios. Allí
aprendió con admirable perfección el Ibanag; y desde
luego reveló las disposiciones más brillantes para do-
minar con el poder de la palabra aquella raza bravia,
y afirmar á los neófitos en la doctrina recibida. Era
en todo muy pulcro y aseado, y muy particularmente
en la casa del Señor. Él cuidaba por sí mismo de la
lámpara sagrada, que ardia continuamente ante las aras
de Dios. En la oración era continuo, muy parco en la
comida, y á todos atraia con el suave olor de santidad
que exhalaba por doquier el purísimo vergel de sus
virtudes. En Iguig salvó de la muerte á un indio con
el extraordinario poder de su oración. Asistía á los en-
fermos con mucha caridad en todas partes, y parecia
multiplicarse su existencia para estar siempre presente,
como los genios benéficos, á todos los que yacian en la
miseria y el dolor. Solícito á la vez que de las almas,
de las necesidades y sufrimientos de los cuerpos, era el
médico y el padre de aquellos pueblos incultos. Col-
mada ya la medida de sus venturosos dias, murió al fin
en el Señor, después de recibidos con fervor los úl-
timos sacramentos de la vida. Falleció en Tuguegarao,
y en las actas del Capítulo provincial por los años
de 1 62 1 se hizo de este venerable religioso la me-
— 734 —
moria postuma que sigue : « En la casa de Tugue-
garao, provincia de la Nueva Segovia, murió el pa-
dre Fr. Juan Leiva, sacerdote y padre antiguo, vicario
de aquella casa, varón verdaderamente pío y devoto,
muy sediento de la salud espiritual de los indios, y muy
aplicado al provecho temporal y espiritual de ellos.»
Otros dos varones eminentes perdió por este mismo
tiempo la Provincia, cuyo nombre debe ocupar justa-
mente un lugar muy distinguido en los antiguos ana-
les de nuestra Corporación. El uno de ellos falleció en
el hospicio de San Jacinto (Méjico), y el otro en el
mar Océano, cuando iba á sustituirle. Era el primero
el P. Fr. Atanasio de Moya, pariente muy cercano
de Santo Tomas de Villanueva. Recibió el santo há-
bito en el convento de Segovia, en donde hizo progre-
sos admirables en la vida religiosa. En la horrorosa epi-
demia que despoblaba esta ciudad por los años de iJ^g
brilló cual hermoso astro el P. Moya, por el fuego
inextinguible de su caridad ardiente; asistiendo perso-
nalmente á los enfermos con otros religiosos de la Or-
den, constituidos como él en la mansión del dolor, y
sin querer abandonar el hospital mientras hubo un
sólo enfermo que asistir. Esta misma caridad le inspiró
el gran pensamiento de afiliarse á esta Provincia para
poderse dedicar á la conversión de los infieles, como lo
verificó efectivamente en la misión organizada el año
de 1 6o I. Era tan observante de las leyes de la Orden,
y tan penitente fué su vida, que hizo á pié todo el ca-
mino desde la ciudad de Méjico hasta el puerto de
Acapulco, cuando aun los jinetes se fatigan en aquel
largo trayecto. Llegado que hubo á Manila, fué desti-
— 735 —
nado al poco tiempo a la provincia de Bataan , en don-
de trabajó con mucho celo en la evangelizacion de
aquellas gentes. Después de haber desempeñado algu-
nos años felizmente aquella antigua misión , fué trasla-
dada al hospicio de San Jacinto de Méjico, donde pu-
diera decirse que habia resucitado en su persona el fer-
vor primitivo de la Orden. Vivia en la austeridad y
en la pobreza; tenía las horas de oración que prescri-
ben las ordenaciones primordiales; rezaba en el coro
diariamente todo el oficio divino; se levantaba á me-
dia noche para los maitines de costumbre , según la ley
de la Provincia, y practicaba, finalmente, las macera-
ciones y asperezas que pudieran envidiar los más rígi-
dos anacoretas del desierto. Con su presencia venerable
infundia el mayor respeto á cuantos cultivaban su amis-
tad, y era el dechado perfecto de todos los religiosos
de la Orden que pasaban de España á esta Provincia,
á quienes con su palabra y con su ejemplo enseñaba á
todas horas lo que debian de ser y practicar en las islas
Filipinas. Llegó, por fin, para él la hora postrimera de
su vida, en que Dios tenía determinado abrirle las puer-
tas de su reino, para ceñir á sus sienes la corona de los
santos. Sufrió muy paciente y resignado las postrime-
ras dolencias de su vida; recibió con devoción y con
ternura los Santos Sacramentos, y pasó á vivir con Je-
sucristo en las moradas eternas de la celestial Jerusalen,
Parece que el Señor le reveló la hora postrera de su
vida; pues, habiendo preguntado al enfermero, en la úl-
tima noche de sus dias, qué horapodria ser á la sazón,
y habiéndosele contestado que las diez, exclamó pres-
tamente en estos términos: «Válgame Dios, dijo, que
-736-
aun me faltan dos horas de vida!» Daban, efectiva-
mente, las doce de aquella noche cuando espiró dul-
cemente en el seno amoroso del Señor.
Luego qne se supo en Manila la noticia de su falle-
cimiento, harto sentido, fué nombrado inmediatamente
el P. Fr. Juan Anaya para sucederle en aquel cargo.
Mas el Señor, que se habia dignado conducir á este
siervo muy amado por la senda dolorosa de la cruz,
cortó repentinamente el hilo precioso de sus dias antes
de llegar á su destino. Era natural de Aragón é hijo del
convento de Calatayud. Desde los primeros años de su
vida religiosa puso el mayor cuidado en cultivar su in-
teligencia con el estudio de las letras, y su hermoso
corazón con el ejercicio general de las virtudes. Nada
prueba mejor el mérito extraordinario de sus prendas,
que el haber sido nombrado, siendo muy joven aún,
maestro y director de los novicios, desplegando en el
desempeño de este cargo las más elevadas dotes de san-
tidad y de prudencia. Profesaba una devoción muy
tierna á la Reina de las vírgenes, bajo la piadosa advo-
cación de su Santísimo Rosario. Por medio de esta ple-
garia libró de la esclavitud en que yacia á una mujer
desgraciada, que posesa y agitada por el espíritu del
mal, proferia sin querer mil blasfemias horrorosas, con
espanto universal de cuantos estaban al alcance de sus
terribles acentos. Por fin , Dios le llamó de lo alto para
llevar su santo nombre á la muchedumbre y á la for-
taleza de las gentes, y al efecto hubo de incorporar-
se á la misión que llegó á esta provincia por los años
de 1604.
En Guadalupe tuvo la desgracia de ser uno de los
— 737 —
que fueron acometidos por los bárbaros, según queda
referido en su lugar; mas el Seiior se dignó librarlo de
sus manos de un modo maravilloso. Atacado de impro-
viso, no tuvo más arbitrio para salvar su existencia, que
meterse más adentro; pero la resaca era tal, que por
tres veces lo puso en evidente riesgo de ahogarse. En
una de estas ocasiones vio cerca de sí á un bárbaro que
cortaba la cabeza á una mujer; y al observar que el sal-
vaje se preparaba después para hacer lo mismo con la
suya, sumergió en el mar todo su cuerpo, dejando tan
sólo á descubierto su cabeza para poder respirar fuera
del agua. El bárbaro, sin embargo, le disparó con gran
fuerza un flechazo, que le pasó un brazo parte á parte.
En aquel grave conflicto invocó de todo corazón á Dios,
y luego vio á dos hombres muy robustos tirando pie-
dras á los bárbaros, y acometiéndolos, espada en mano,
por la playa. Merced á este auxilio extraordinario, que-
dó el campo libre de enemigos; pero él no vio desde
entonces á sus libertadores generosos, y dio gracias al
Señor, que tan visiblemente lo habia librado de la muer-
te. Anduvo, sin embargo más tiempo por el agua, y la
resaca lo arrebató mar adentro con violencia tan irre-
sistible y poderosa, que ya se daba por perdido. Enton-
ces invocó de nuevo á Dios, y ve de repente á un hom-
bre que se coloca á su lado con el pecho atravesado de
una flecha, el cual, asiéndolo fuertemente de una mano,
le dirigió estas palabras : «Démonos prisa, P. Fr. Juan;
no sea que vuelvan los bárbaros.» Y mientras este buen
padre se arreglaba su vestido para poder andar con más
agilidad, desapareció también aquel genio tutelar, sin
verlo después en parte alguna. Este hecho extraordi-
TOMO 1. 47
- 73^ —
nario acabó de confirmarle en la verdad de que Dios
habia velado por su vida en tan apurada situación. Por
fin llegó á los navios, dio gracias á Dios, como era jus-
to, por una merced tan grande, y lloró con los demás
el horrible destrozo que los bárbaros habian hecho en
sus hermanos y compaíieros de viaje.
Poco después de haber llegado á Manila fué destina-
do á Cagayan, cuya provincia estaba todavía á la sazón
muy poblada de infieles; vasta y hermosa viña aun in-
culta del gran padre de familias, donde podia desple-
gar las anchas alas de su caridad y de su celo. Más el
Seííor, quizás para probar por este medio los muy su-
bidos quilates de su heroica paciencia, le envió una en-
fermedad muy peligrosa, que por espacio de un ario lo
inhabilitó para el trabajo en aquel laboratorio de la re-
ligión y del Evangelio. Su enfermedad iba progresando
con el tiempo, sin dar seríales de cortarse, hasta que otro
religioso muy devoto le aconsejó, por su dicha, que se
pusiese enteramente en las manos de la Virgen. En efec-
to, el dia de su Visitación, con el permiso competente
del Prelado, le hizo un voto religioso, formulado en los
términos siguientes: "Yo, Fr. Juan Anaya, puesto en
esta larga enfermedad, considerándome muy impedido
para el ministerio á que de Espaíia vine, humilde y de-
voto cuanto puedo, hago voto desde ahora y prometo
á la Santísima Virgen María, mi Seííora, que adminis-
traré á los indios en este ministerio, estando y asistien-
do en él á voluntad de mis prelados, en reverencia y
honor de esta Santísima Virgen, mi Seríora, por siete
arios continuos, desde el dia de su Visitación, contados
á 2 de Julio de 1605 , si se digna de alcanzarme de su
— 739 —
Santísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la compe-
tente salud, con que pueda practicar lo que es necesa-
rio para el ministerio; y alcanzado, ejercitarlo.)) Sus vo-
tos fueron oidos, en efecto, ante el trono poderoso de
xMaría; pues al mes de aquella fecha ya estaba sano y
robusto, y empezó á trabajar en las misiones, confor-
me á sus ofrecimientos y deseos. Y para que no llega-
se á dudar en ningún tiempo que su salud era obra de
la Virgen, á los siete años de su voto se sintió de nue-
vo enfermo con síntomas alarmantes y señales precur-
soras de una muerte prematura. Entonces repitió á la
Virgen su voto primitivo por solos cuatro años más, y
volvió á recuperar la salud que habia perdido, traba-
jando sin descanso en la cristianización de aquellos
pueblos.
Era tal el valimiento que este venerable misionero te-
nía con María Santísima en el cielo y en la tierra, que
en una ocasión aciaga apagó con su rosario un incendio
pavoroso. Hallábase de Vicario en Abuatan, antiguo
pueblo de la Irraya, cuando á la una de la noche, es-
tando orando en el coro con otros religiosos de la Or-
den, prendió fuego en una casa de las principales que
cercaban la residencia vicarial. Advertido el pueblo del
peligro, se alborotó en gran manera; pero sin poder re-
mediar aquel siniestro, que se extendía amenazador por
todas partes. Al observar el P. A naya que, según la di-
rección y la violencia aterradora de los vientos, todo el
pueblo corria peligro de ser pasto de las llamas, poseí-
do de una fe robusta como su amor y su confianza en
la Virgen, se puso de rodillas á rezar devotamente su
rosario en frente de aquel incendio formidable. jCosa
— 740 —
prodigiosa! Al segundo padre nuestro el viento cambió
de dirección completamente y el fuego se volvió de la
otra parte. Mas entonces se dirigia hacia los graneros;
y al observar este cambio el devoto religioso, levantó
en alto su rosario, como imperando con él á todos los
elementos, y calmó el viento de improviso, sin que el
fuego devorante avanzase un paso más en su carrera.
Con esta maravilla tan visible la devoción del Rosario
se arraigó profundamente en el corazón de aquellos
pueblos, y la fama se encargó de hacer resonar en to-
das partes el nombre y la santidad del P. Anaya.
Sin embargo de que era un dechado en todas las vir-
tudes, sobresalió particularmente en la oración, que le
ocupaba muchas horas, y parecía ser en cierto modo
el continuo pensamiento de su vida. Habido conoci-
miento de la muerte del P. Moya en San Jacinto de
Méjico, fué nombrado para sucederle en el cargo de
Vicario de aquel establecimiento; mas la navegación ha-
bla sumado el número precioso de sus dias, y después
de una breve enfermedad, en la que se confesó gene-
ralmente, murió la muerte del justo el dia de San Juan
Bautista. Los pasajeros que hablan tenido ocasión de
experimentar su santidad, no dudaban atribuirle la sal-
vación y la vida, en las grandes tempestades que sefía-
laron aquel viaje. El capitán de la nave quiso interro-
garle en los últimos momentos de su vida, si termina-
rían por fin aquella navegación tan azarosa, y á una se-
ñal afirmativa que pudo hacer con la cabeza, quedó
aquél tranquilizado. Espiró aquel santo religioso á las
nueve de la noche, y su cuerpo venerando, lejos de cau-
sar horror, infundía amor y respeto á todos los circuns-
— 741 —
tantes. Toda la pobreza de sus ropas y prendas de su
vestido fueron repartidas desde luego entre los pasaje-
ros del bajel como reliquias de un santo. A los pocos
dias de su fallecimiento calmó el recio temporal que
estaban atravesando, y tuvieron á la postre vientos más
propicios en su viaje. Al observar esta bonanza, todos
decian á una voz: «El P. Fr. Juan se ha visto con Dios,
y nos envia viento favorable.» Y llegaron en efecto al
deseado fin de su jornada, sin más novedad ni contra-
tiempo, según les habia asegurado el P. Anaya.
Las actas del Capítulo provincial de 1621, hicieron
memoria de este venerable misionero en los términos
siguientes: «El P. Fr. Juan Anaya, sacerdote y padre
antiguo, murió en la mar, viajando para la casa de San
Jacinto de Méjico, de la cual era Vicario. Mucho an-
tes habia empezado á derramar su sangre por Jesucris-
to, traspasado con saetas por los bárbaros de la isla de
Guadalupe, mientras venía á esta Provincia, en donde,
con muchos progresos de religión y de virtud, amado
de Dios y de los hombres, mereció el nombre de san-
to en su muerte, tanto de los religiosos de nuestra y
demás órdenes, como de los seglares que en la misma
nave viajaban; y venerado de todos como tal, se distri-
buyeron entre sí con mucho afecto sus vestidos, disci-
plinas y otras cosas, para conservar de esta suerte la me-
moria de su santidad.» La Historia le llama Naya; pero
varios documentos antiguos le apellidan TVnaya.
FIN DRL TOMO PRIMERO.
índice
DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE TOMO PRIMERO.
Páginas.
Dedicatoria á la gloriosa Virgen-Madre, reina del Santísimo Rosario. vii
Al lector IX
Protesta del Autor xi
NOTICIAS PRELIMINARES
X LA HISTORIA DE LA PROVINXIA DEL SANTÍSIMO ROSARIO DE FILIPINAS.
Sección primera. — Geografía y estado de las Islas Filipinas. — Situa-
ción.— Clima. — Montes y Llanuras. — Rios y lagos. — Aguas ter-
males.— Volcanes. — Minerales. — Vegetales. — Reino animal. — Po-
blación.— Razas. — Estadística. — Parte política y administrati\'a. —
Parte eclesiástica
Sección segunda. — Idea general histórica. — Primera época hasta la
toma de Manila por Legaspi. — Magallanes. — Su empresa. — Descu-
brimiento del estrecho que lleva su nombre. — Visicitudcs de su na-
vegación.— Descubrimiento de estas islas. — Llegada de Magallanes
á Cebú. — Su muerte. — Serrano es nombrado en su lugar jefe de la
expedición. — Su muerte alevosa con otro.-, compaíícros. — Le sucede
en el mando Juan Carballo. — Su tratado con Almanzor en la isla de
Tidorc. — Regreso á España de la fragata Victoria al mando de
D. Sebastian Elcano. — Nueva expedición á las Molucas bajo la
conducta del general Loavsa. — Otra expedición á las Molucas, or-
ganizada en Acapulco, al mando de D. Alvaro Saavedra. — Muerte
de Saavedra. — Tratado de paz con los portugueses, y nueva línea
divisoria de sus posesiones. — Varias otras expediciones al mar del
Sur. — Nueva expedición á las islas Filipinas al mando de Villalo-
bos,— Muerte de este jefe. — Nueva expedición á estas islas al man-
do del general Legaspi, por orden de Felipe II. — Urdaneta. — Nue-
va posesión de las islas Filipinas por el adelantado Legaspi. — Sus
-- 744 —
Páginas.
primeras operaciones y tratados en las islas Visayas. — Se establece
después en Cebú como centro y base de sus operaciones. — Regreso
á Nueva Espaiía y á la corte del P. Urdaneta. — Su vuelta á Nueva
España y su muerte. — Llegada á Cebú del navio San Jerónimo, pro-
cedente de Méjico. — Horrores y desgracias de su viaje. — Nuevos
proyectos de hostilidad por parte de los portugueses. — El goberna-
dor portugués de las Molucas se presenta en Cebú con una escuadra,
disputando á Legaspi sus derechos sobre las islas Visayas. — Es re-
chazado en el terreno de las negociaciones y de las armas. — La es-
casez de víveres obliga á Legaspi á trasladar el campo á la isla de
Panay, al mando de Salcedo. — Ovación de Legaspi en la isla de
Panay. — Libra sus costas de piratas. — Expediciones con este obje-
to.— Primera expedición á Manila al mando de D. Martin Goiti. —
Sus tratados con el régulo llamado Raja Matanda. — Alevosía y hos-
tilidades de Solimán su sobrino. — Su derrota y escarmiento por los
espaííoles. — Regreso de Goiti á la isla de Panay. — Fundación de la
villa de Cebú por Legaspi bajo la denominación del Santísimo Nom-
bre de Jesús 67
Sección tercera. — Segunda época desde la toma de Manila por Le-
gaspi hasta la fundación de la provincia del Santísimo Rosario en
1587. — Legaspi se posesiona de esta capital. — Un moro desafia á los
españoles y muere en Bancusay. — Fundación de la ciudad de Mani-
la.— Muerte de Raja-Matanda. — Sujeción de Taytay y Cainta. —
Sujeción de la Laguna y viaje de Salcedo á Paracale. — Sujeción de
Betis y Lubao, — Se sublevan algunos pueblos de Visayas, vejados
por los encomenderos. — Expedición de Salcedo á Cagayan, y su
vuelta por la contra-costa. — Muere Legaspi v le sucede Lavezares.
— Expedición de Goiti á Pangasinan é llocos, y pacificación del rio
del Vicol. — Viaje de Salcedo á Vigan, y llegada del corsario Li-
ma-hon. — Manila es atacada por Sioco, su general. — Es atacada con
todo su ejército, y huye su escuadra de la bahía. — Sublevación del
Raja Solimán y Lacandola. — Expedición mandada por Salcedo con-
tra Li-ma-hon. — Sitio del corsario y su fuga. — Llega á Manila el
gobernador Sande, y muere Salcedo. — Pacificación de algunos pue-
blos de Camarines. — Expedición á Borneo. — Sujeción de Minda-
nao y utilidad de los PP. misioneros. — Llegan á Manila los padres
Franciscanos. — El Arzobispo de Méjico nombra sus delegados á las
islas Filipinas. — Llega á las islas el gobernador Ronquillo.^ El pri-
mer Obispo de Filipinas. — Hecho escandaloso de un encomende-
ro.— Pacificación de Cagayan. — Expedición desgraciada á la isla de
Témate y muerte de Ronquillo. — Le sucede su sobrino. — Gobier-
no de Vera - 13^
PLAN GENERAL DE LA HISTORIA DE LA PROVINCIA DEL SANTÍSIMO ROSA-
RIO DE FILIPINAS 203
— 745 —
HISTORIA DE LA PROVINCIA
DEL SANTÍSIMO ROSARIO DE FILIPINAS.
LIBRO PRIMERO.
Primer período. — Comprende la fimdaciotí de esta Provincia v los primeros
trabajos de los misioneros , hasta el primer Capitulo provincial celebrado
en 1588.
Páginas.
Capítulo primero. — El señor obispo Salazar parte, con una misión
de religiosos de la Orden, para Manila, y mueren casi rodos en el
viaje. — El P. Fr. Juan Crisóstomo es enviado desde Méjico á Ma-
drid y Roma, para organizar la fundación de la Provincia. — Es des-
pachado favorablemente por el general de la Orden y por el Papa.
— Halla dificultades en Madrid á su proyecto. — Sus mciivos. —
Obtiene finalmente el permiso de S. M. para embarcar una misión.
— Su viaje hasta Sanlúcar. — Contradicciones que padecen los pri-
meros fundadores. — Llegan á Veracruz, y enferman en la Puebla.
— Son tentados en Méjico á fijar allí su residencia, y el P. Alonso
Sánchez trata de impedir la prosecución de su viaje. — El Virey
permite que se embarquen hasta veinte. — Ordenaciones primordia-
les de la Provincia. — Se embarcan tres de los fundadores para Ma-
cao y quince para Manila. — Viaje de los primeros. — Fundan un
convento en aquel puerto y son expelidos para Goa. — Dos de ellos
prosiguen su viaje hasta Espafia, y el uno funda un colegio en aque-
lla capital. — Viaje de los quince. — Padecen una tormenta antes de
llegar á la bahía de Manila. — Su entrada en esta capital. — El señor
Obispo los hospeda en su palacio. — Primera fiesta de nuestro Santo
Rosario 207
Cap. II. — Los fundadores de la Provincia se trasladan al convento de
N. P. San Francisco, en donde son tratados con mucha caridad. —
El Vicario general los destina á las misiones. — Fundación del con-
vento de N. P. Santo Domingo de Manila, y circunstancias extra-
ordinarias que mediaron al efecto. — Primeras provincias donde se
han establecido nuestros celosos misioneros. — Preocupaciones supers-
ticiosas en la provincia de Bataan. — Su desaparición y su remedio.
— Frutos de nuestros religiosos en esta capital. — Se reedifica la Igle-
sia varias veces. — Limosnas para este objeto. — Imagen milagrosa
de Nuestra Señora del Rosario. — Conversión de su escultor, — De-
voción extraordinaria de los fieles hacia ella. — Milagro con que alar-
gó la vida á un devoto. — Prodigios que obra hasta hoy por su vestido. 232
Cap. III. — Estado del partido de Bataan. — Fatigas de nuestros religio-
sos en su reducción. — Muere el P. Bolaños, uno de ellos. — Reseña
de su vida. — Progresos en las nuevas conversiones. — Acredítase la
ley de Dios y el Bautismo. — Reducen los PP. misioneros las muchas
TOMO I. 48,
— 74^ —
Páginas.
rancherías del partido en pueblos. — Mala disposición de los panga-
sinanes para reducirse á la fe. — ídolo llamado Ana-gaoley. — Enmu-
dece el demonio. — Trabajos de nuestros misioneros. — Inocencia
vindicada. — Empiezan los pangasinanes á convertirse. — Razón y
motivo. — Caso prodigioso de un bautismo. — Casipit y su conver-
sión.— Cambio radical de esta provincia obrado por la religión y por
la fe. — Resurrección de un difunto. — Otro caso prodigioso. . . . 249
Segundo período — Comprende desde el primer Capítulo provincial celebrado en
1588, hasta el nuevo y voluntario vasallaje , prestado por los habitantes de
estas islas á la corona de España, á últimos del siglo xvi.
Cap. IV. — Llegan á Manila otros cuatro reliosos de la Orden. — Pri-
mer Capítulo provincial en 1588. — Patronato de Santa María Mag-
dalena.— Aceptación de las primeras casas de la Provincia. — Mue-
re el P. Fr. Gregorio de Ochoa, — Primera visita del provincial fray
Juan de Castro. — Llegan otros religiosos y se da principio al minis-
terio de los chinos. — Fundación del hospital de San Gabriel. —
ídem de la iglesia y convento de Binondo. — Viaje del padre provin-
cial y Fr. Miguel de Benavidcs al imperio de China. — Sus trabajos
y regreso á Manila. — Gobierno y visita del P. Fr. Juan Cobo. —
Muerte del venerable P. Fr. Juan Crisóstomo 27 1
Cap. V. — Llega á Manila el gobernador D. Gómez Pérez Dasmariñas
y suprime la real Audiencia de las islas. — Sus competencias con el
Obispo. — Conducta que en ellas observan nuestros religiosos. — El
Obispo se resuelve á presentarse personalmente en la corte. — Su
viaje. — Trata sus asuntos con el Rey. — Divididas las islas en un ar-
zobispado y tres sufragáneos, es nombrado arzobispo del primero y
muere antes de recibir las bulas. — Reseña de su vida. — Celebra la
Provincia su Capítulo en 1 592 , y el P. Fr. Alonso Jiménez es elec-
to provincial. — Sus disposiciones acerca de las vicarías. — Muerte
del P. Fr. Juan Castro y reseña de su vida. — Embajada del Empe-
rador de Japón al gobierno de Manila. — Intrigas de Foranda. — Se
celebra en Manila una junta, y el P. Fr. Juan Cobo es nombrado
embajador. — Su llegada á Japón y nuevas intrigas de Foranda. —
Infieles relaciones de algunos sujetos acerca de esta embajada. — El
P. Cobo desempeña felizmente su comisión, y muere en su regreso.
— Vuelta de Foranda á Manila 291
Cap. VI. — Dasmariñas organiza una expedición para posesionarse de
las Molucas, y es asesinado por los chinos de su galera en el viaje.
— Observación acerca de su muerte. — Le sucede en el gobierno su
hijo D. Luis, y envía al P. Fr. Luis Gandullo á China para recu-
perar lo que los asesinos de su padre hablan robado. — Frutos de su
viaje. — Llegan á Manila algunos mandarines chinos. — Junta inter-
media de 1594. — La administración espiritual de Cagayan es entre-
— 747 —
Páginas,
gada á la Provincia. — Conquista final de Cagayan por Carrion. —
Su combate con unos corsarios japones. — Guiab y los dos herma-
nos.— Sujeción de la provincia. — Los PP. Agustinos en la Nueva
Segovia. — La dejan y entran en su lugar los nuestros. — Primeros mi-
sioneros de la Orden que dan principio á la predicación del santo
Evangelio en sus pueblos. — La sacerdotisa Fulangan desaparece en
Cabicungan. — Conversión de Siriban. — Primeros bautismos en Lal-
lo. — Tratan los de Abulug de expeler á los PP. misioneros. — Se
convierten por último á la fe. — Tenaz resistencia de los de Camalan-
yugan. — Conversión de Siguiran. — Prestan espontánea obediencia
al Rey, nuestro seflor, mediante las diligencias de nuestros religiosos.
— Relación del Sr. D. Fr. Miguel de Benavides 318
Tercer período. — Comprende desde el año 1595 ^ expedición al reino de
Camboja, hasta el capítulo provincial celebrado en 1602, en que se acuer-
da la ida de nuestros primeros misioneros á Japón , y se da fin al primer
libro.
Cap. Vn. — Llega una misión á la provincia en 1595. — Expedición la
reino de Camboja de los PP. Fr. Alonso Jiménez y Fr. Diego
Aduarte. — Sus trabajos en la mar. — Estado del reino. — Exploran
el ánimo de su gobernador. — Su viaje á Churdamuc. — Visita el pa-
dre Aduarte un monasterio de bonzos. — Los chinos molestan á los es-
pañoles, y son privados de sus champanes. — El P. Jiménez se pre-
senta en la corte, y averigua que el intruso trató de matarle con los
suyos." — Vuelve solo á Churdamue, y el P. Aduarte va á consolar á
los españoles detenidos. — Atacan éstos de noche el palacio, para
librarse de las manos del intruso. — Se frustran sus intentos. — Su
heroica retirada. — Vadean un rio, á pesar de los esfuerzos de sus
perseguidores. — Llegan felizmente á Churdamue. — Llega al mismo
punto Gallinato, jefe de la expedición, y salen para Cochinchina.
— El rey del país se declara contra los españoles. — Salen para Ma-
nila.— Nuevos trabajos del P. Aduarte. — Combate peligroso con
unos piratas. — Se libran los españoles de sus manos y llegan á Ma-
laca 348
Cap. VIIL — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Ber-
nardo de Santa Catalina en 1596, y se admiten algunas administra-
ciones.— Misión del P. Ledesma. — El Sr. de Benavides, obispo de
la Nueva Segovia, procura reunir otra misión, y llega con ella á Ma-
nila.— Junta intermedia de 1598. — Se admiten muchos pueblos y
se resuelven casos importantes. — Segunda embajada del Rey de
Camboja al gobierno de Manila. — Expedición desgraciada á este
reino, organizada por D. Luis Pérez Dasmariñas. — El P. Aduarte
naufraga en Babuyanes, va á Cagayan y regresa á Manila. — Traba-
jos de Dasmariñas en Lampacao, en donde habia naufragado. — El pa-
dre Aduarte hace un viaje para librarlo con su gente. — Sus trabajos
— 748 —
Página».
en Cantón. — Sale Dasmariñas para Manila, y el P. Aduarte para
Macao. — Viaje de los PP. Fr. Juan Maldonado y Fr. Pedro de la
Bastida á Camboja. — Muere éste en Churdamue. — Entra el prime-
ro en Siam, — Crueldades de su rey. — Combate naval para salvar á
un padre portugués. — Muere el P. Maldonido. — Reseíía de su vida.
Muerte y reseíía de la vida del P. Fr. Alonso Jiménez 383
Cap. IX. — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Juan de
Orma/,a. — Circunstancias notables de esta elección. — Disposiciones
interesantes de este capítulo provincial. — Progresos dé las misiones
de Cagayan. — Muerte de dos religiosos venerables. — Fundación de
la casa de San Juan del Monte. — Llega á la provincia una misión
de treinta religiosos. — Son los primeros que se hospedaron en San
Jacinto. — Su viaje de Acapulco hasta Manila. — Son nombrados los
primeros misioneros de la Orden que fueron á predicar el Evangelio
en Japón 411
LIBRO SEGUNDO.
Cuarto PERfooo. — Comprende e¡ origen de los primero: establecimientos reli-
giosos en Japón, sus vicisitudes y progresos , hasta el capítulo provincial ce-
lebrado en 1 608 exclusive.
Capítulo primero. — Principios de la religión cristiana en el imperio
de Japón. — Embajada de Taycosama á Manila y misión del beato
Fr. Pedro Bautista y compañeros. — Primeras perturbaciones y obs-
táculos á su entrada en aquel reino. — Motivos que alegaban los pa-
dres portugueses para impedir la misión de los PP. Franciscanos. —
En Manila se resuelve en una junta el derecho indisputable en fa-
vor de los segundos. — Terremotos espantosos que suceden en Japón
por este tiempo. — Pérdida del galeón San Felipe. — Infamia del
régulo de Tosa. — Impostura inventada para hacer odiosos á los es-
pañoles en Japón. — Es decomisado el cargamento del galeón de
Manila. — El beato Bautista trata de salvarlo. — Cae por esto en des-
gracia del Emperador. — Nuevas perturbaciones ocasionadas á los pa-
dres Franciscanos. — Se decreta la prisión de todos los padres mi-
sioneros.— Son excluidos los padres y sacerdotes portugueses, y sólo
tres indígenas son presos. — Reseña de su prisión. — Les cortan una
oreja y los pasean ignominiosamente. — Espectáculo .sorprendente
en Osaca. — Son conducidos los confesores á Nangasaqui, en donde
son martirizados 426
Cap. II. — Nueva persecución contra la religión cristiana en el Japón.
— Llegan á Nangasaqui otros dos PP. Franciscanos. — Llega al Ja-
pon otro obispo. — Muere Taycosama. — Jeyaso, rey del Kuanto,
nombrado regente del imperio, se hace cargo de su gobierno y toma
el nombre de Dayfusama. — Se declara en favor de los PP. misio-
neros,— Entrada de nuestros religiosos en Satzuma, y son tratados
— 749 —
Páginas.
honoríficamente por su Tono. — Dan principio á su misión. — Edi-
fican una iglesia en Cojiqui y otra en Quiodomari. — Conversión y
martirio de un caballero llamado León. — Misión en Camboja. — Su
rey hace un magnífico recibimiento á nuestros religiosos. — Caso raro
y conversión de un japón en aquel reino. — Mueren dos PP. misio-
neros, y el tercero se vuelve desconsolado á Manila. — Se sublevan
los chinos en esta capital. — Matan á D. Luis Pérez Dasmariiías, con
otros españoles. — Se libra la plaza, y los chinos se retiran. — Son
perseguidos y exterminados. — El Gobernador envia una comisión
al VLrey de Fo-Kien, para que permita que los chinos vengan á Ma-
nila, como antes 461
Cap. IIL — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Miguel de
San Jacinto en 1604. — Llega una misión á Manila. — Visita y viaje
del provincial á Cagayan. — Reducción de los pueblos de Itáves. —
Nuestra Seiíora de Piat. — Muerte y reseña de la vida del limo, se-
ñor Fr. D. Miguel de Benavides. — Muerte de algunos religiosos de
señalada virtud. — Es tomada la plaza de Ternate por la intercesión
de Nuestra Señora del Rosario. — Su rey se pone en manos del go-
bierno español con algunas condiciones. — Llega á Manila otra mi-
sión.— Muerte de dos religiosos venerables 502
Quinto período. — Comprende desde el año 1608 hasta la segundasubleva-
cion de los indios de la Irraya , y demás sucesos posteriores , ocurridos en el
año de 1 6 1 5 .
Cap. IV. — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Baltasar
Fort en 1608, y se admite el pueblo de Manaoag. — También se
admiten las casas de Malaoeg é Iguig en Cagayan. — Se sublevan los
indios de aquel punto, y son luego reducidos. — Primera subleva-
ción de la Irraya. — Progresos de la fe en Iguig. — Muerte de dos
venerables religiosos. — Llega una misión de la Península. — Re-
ducción de los fotoles. — Se edifica una iglesia en Bataoag. —
Muerte de algunos religiosos virtuosos. — Capítulo provincial de
16 1 o. — Entran nuestros misioneros en Figen. — El Tono los ad-
mite, previa consulta con un famoso bonzo. — Se fundan allí varias
iglesias. — Conversión singular de un gentil. — El Tono de Satzu-
ma expele á nuestros misioneros de su reino, y prohibe la reli-
gión de Jesucristo. — La fe progresa en Figen. — Reseña de la vida
del P. Fr. Luis Gandullo 53»
Cap. V. — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Miguel de
San Jacinto en 161 z. — Fundación del colegio de Santo Tomas de
Manila. — Bases principales y escritura de su fundación. — Cédulas
de nuestros reyes y bulas de Su Santidad para erigirlo en univer-
sidad.— V^crdadero origen de sus rentas. — A instancias del Sr. Obis-
po de Macao pasan á aquel puerto dos religiosos de la Orden , y
— 750 —
Páginas.
son expelidos por las autoridades portuguesas. — Origen de la perse-
cución que luego se declaró contra la religión de Jesucristo en el
imperio del Japón. — Nuestros misioneros son expelidos de Figen. —
Conversión extraordinaria del Gobernador de Congu. — Martirio
de algunos caballeros de Arima. — El P. Fr. Baltasar Fort en Nan-
gasaqui. — Edicto contra la religión de Jesucristo. — Suplicios igno-
miniosos que inventan los tiranos para que los cristianos apostaten
de la fe. — Milagroso valor y fortaleza de una doncella cristiana en
Sacay 583
Cap. VI. — Capítulo intermedio del P. Fr. Miguel de San Jacinto. —
Se constituyen y organizan las vicarías de provincia. — Se admiten
las casas de Lingayen y de Bagnotan, hoy Dagupan. — Diferencias
y transacciones entre las provincias del Santísimo Rosario y Santí-
simo Nombre de Jesús sobre la fiesta del Corpus, y otras gestiones
pendientes. — Muerte y reseña de la vida del limo. Sr. D. Fr. Diego
de Soria. — ídem del V. P. Fr. Francisco Minayo. — Se sublevan
los indios de la Irraya. — Llega á Manila una misión de treinta y
dos religiosos de la Orden. — Sucesos y vicisitudes de su viaje. . . 611
Sexto período. — Comprende la narración de los sucesos ocurridos desde 161 6
hasta los grandes terremotos de 1 6 1 9 , j fin del libro segundo.
Cap. vil — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Bernardo
Navarro de Santa Catalina en 1616. — Muere en el primer año de
su oficio. — Se da noticia de su vida. — La religión cristiana es de
nuevo perseguida en el Japón. — Rogativas públicas en Nangasa-
qui. — Llega Safioye á la ciudad, y ejecuta la orden de expulsar á
todos los PP. misioneros. — Se embarcan, y vuelven muchos á
desembarcarse ocultamente. — Persecución en Arima. — Crueldades
que ejecutan los verdugos. — Manda el tirano abrasar en Nangasa-
qui todos los objetos de religión que pudo haber á sus manos. —
Martirio glorioso de cuatro caballeros cristianos. — Fideyori, legí-
timo sucesor de Taycosama , se declara contra el tirano y usurpador
Dayfusama. — Treguas pérfidas ofrecidas por el usurpador. — Las
acepta Fideyori, y de nuevo es atacado y vencido. — Tareas apostó-
licas de los padres misioneros durante la guerra. — Dos PP. Francis-
canos son presos y encarcelados. — Situación espantosa de la cárcel. 638
Cap. VIII. — Progresos de la devoción del Santísimo Rosario en el
imperio del Japón. — Muerte desastrosa del tirano Dayfusama. —
El nuevo emperador se propone abolir la religión en todos sus do-
minios.— Martirio de dos PP. misioneros en Omura. — Los padres
Navarrete y Ayala entran á predicar en el mismo reino, y son lue-
go capturados. — Conducidos á otras islas, son por fin decapitados.
— Reseña de su vida. — Entran otros misioneros en Omura, v son
asimismo capturados. — Martirio de Lino jirobioye. — Constancia
— 751 —
Páginas.
prodigiosa de un criado del venerable Zumarraga. — Encono del
Tono de Omura contra los venerables confesores. — Conversión y
martirio de Juan Niyemon 670
Cap. IX. — Elección de provincial en la persona del P. Fr. Melchor del
Manzano en 161 7. — Fúndase el ministerio del Parían, bajo el cui-
dado de un Vicario. — Se reedifica varias veces su iglesia. — Se pu-
blica en Manila un jubileo. — Caso de un pecador escandaloso. —
Vuelve el P. Fr. Bartolomé Martínez á Macao. — Se intenta fundar
una misión en el reino de Corea. — Se admiten varias casas en el
Capítulo provincial de 16 19. — Reducción de los indios de las islas
Babuyanes. — Origen del convento de Cavite. — Terremotos espan-
tosos de 1 6 19. — Muerte de tres venerables religiosos 709
FIN DEL Índice del tomo primero.
/
. \
Como Davao. .
Depende directamci
ídem
ídem
AWIIISTRACION POLÍTICA Y RELIGIOSA W LAS ISLAS FILIPINAS.
DENOMINACIÓN
Míndoro I Provi
Cebú
Distrito
Negros (lalft de)
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Leyte
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Conceiwion
Distrito
Iloilo
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EN LA ISLA DE LUZON.
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Provincia.. . .
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GoberriíMlor P, 1
Comandante H.. .
Qobemador P. U. .
'omandántc P. M..
I Lai generales gubernat:
Gobierno Superior C
Obispado
o Infanta, y depender
Obispado de Naera Cáceres..
' Eobi^ado de Manila. . .
o la liAguna y Bnla<
o!a Laguna y Bulat
o Infanta y Tarlac,
¡lependiendodel Alcalde de Nucí
Las generales, y dcpcndcnci
Como Bontoc, y depender
, y dependencia de Isabela. .
Como Bulacan y la Laguna.
Oobemailor, qne es ai
8u Oobcniador es un
allf estacionada. .
Oobornador, que es u
ídem!
Oobtrnador, que es u
■\ Capitán de Ejército.
OBSERVACIONES.
¡nU'nte dr Narto. Jefe il
Capitán de Rjército.
Como In Laguna y Butaca
Como Infanta y Tarlac.
Gobernador, que es un Cu)
liento militar, donde, Aezcepoion de los empli
[i-l<^grafo, los habitantes son todos aforados.
1 Coman (tañí
Como Uniú
Como Bulacan y la Lagunii.
BulacE
c Administrador.
EN LAS ISLAS DEL MAR DE MINDORO.
u Teniente de Ejército.
1 Capitán de Ejército.
Poiioc. ....■;
Uosilaii ; ídem. . .
IMnoipe Alfonso (Isla de k^„m^í„ „
Balaobtc). . . . , .1 '^«lableeim."
Mañanas (Islas),' '. ' ' "
EN LAS ISLAS VISAYAS.
Ob¡.p«Jod.Cebü t''"^™'viU^*¿°..'^'''.'"°''!™^'°.'°'^'°'°.'''■.'°°'*':l<:obe™,
Obispado de Jaro.
Como Isla
ídem!
Depende del Gobernador de Negros..
Como ' ■ ' "
I Depende del Gobernador de Iloilo,
Idcm , pero el Jefe ei
ídem; su Uobernadoi
Como Encalante.
) Isla de Negros J '^"rador""^" '
.... I Como BñrloK.
EN LAS ISLAS ÜK .MINDANAO V ADYACENTES.
j ) Lab generales, bajo inspección d
Cebú I Depende de Zamboanga. , . .
ídem I Depende de Misamis
8n «obcrnadori'S un Comondanto. Tien
Alcalde y A.lminislriidor.
Como Escalante.
Como Escalante.
Como Zomboanga: no time Aloalili-.
Como Escalante.
ídem.
amoeatacaa...
Sn Jefe civil oa un Capitán de Prngota.
No tiene jni.K. pero si Administrador. 8
ílSde''m"áiS-Tm'plí¡¡í<;
A bien un Establecimiento militar a
Nota. — La población de alguna» lU las Comandancias
militares eftd incluida en el censo de la provincia en la que
aquéllas están enclavadas y á la que pertenecen en algunos
de lof ramos ilf administración.
Cnlculando im sacerdote para Cttdo 1.000 tributos, lu
que ciertament<^ no es mucho, se necesitarían 1.2.'i0 para
la aUministrncion e^pirituai del arobípiélago.
La estadística se hizo en vista de loa datos
dos pni- los RIl. Curas párrocos on el año prA;
. ¡himxngu ilf M>mi/„, 1. ,/r Enen
i
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